Era el 23 de junio de 1944, los alemanes decidieron reanudar las deportaciones.
LOS ALEMANES REANUDAN LAS DEPORTACIONES DESDE EL GHETTO DE LODZ
Entre septiembre de 1942 y mayo de 1944, no se realizan deportaciones importantes desde Lodz. El ghetto se asemeja a un campo de trabajos forzados. En la primavera de 1944, los nazis deciden destruir el ghetto de Lodz. Para entonces, es el único ghetto que queda en Polonia y posee una población de aproximadamente 75.000 judíos. El 23 de junio de 1944, los alemanes reanudan las deportaciones desde Lodz. Aproximadamente 7.000 judíos son deportados a Chelmno y asesinados. Las deportaciones continúan durante julio y agosto; la mayoría de la población restante del ghetto es deportada al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.
En el mes de julio de 1944, En el ghetto, nos anunciaron que seríamos deportados a un campo de concentración a la mañana siguiente. Hubo mucha confusión e incertidumbre al respecto. Nos ordenaron que nos preparáramos, y nos advirtieron que por cada prisionero que escapara se matarían a 10 de los que quedaran, por lo que no intentemos escapar. Luego un oficial mando a que nos retiráramos y, "que debíamos arrepentirnos, y quizás seriamos perdonados". Pero ¿de que teníamos que arrepentirnos y de que ser perdonados? ¿Solo por haber nacido judíos? ¿Por haber nacido gitanos o negros?
Entonces llego la noche, y fue una noche tal que se sabía que los ojos humanos no habrían podido contemplarla y sobrevivir. Todos se dieron cuenta de ello, ninguno de los guardianes que rondaban las casas esa noche, tuvo el ánimo de venir a ver lo que hacen los hombres cuando saben que tienen que morir.
Cada uno se despedía de la vida del modo que le fuera más apropiado. Unos rezaron, otros bebieron desmesuradamente, otros se embriagaron con sus últimas pasiones nefandas.
Las madres, velaron para preparar con amoroso cuidado la comida para el viaje, y lavaron a los niños, e hicieron el equipaje, y al amanecer las alambradas espinosas estaban llenas de ropa interior infantil puesta a secar. Prepararon Pañales, juguetes, almohadas, y no se olvidaron de ninguna de las cien pequeñeces que una madre amorosa recuerda para que los niños no tengan necesidad ¿Acaso no harían lo mismo ustedes? Si fueras a matarlos mañana con vuestros hijos, ¿No les darían de comer hoy?
Con Celestia y Luna, preparamos todo para el viaje, silenciosamente y rápidamente para quedar tiempo para rezar. Cuando estuvo todo preparado, el pan cocinado para mañana, las provisiones hechas, entonces nos soltamos el pelo, nos descalzamos, vajamos a la sala principal de la casa y pusimos velas en el suelo, y empezamos nuestro propio duelo durante toda la noche, acompañadas por las demás presas. Algunas lloramos y otras rezaban durante horas, en un coro de lamentaciones y rezos.
Dejamos la puerta principal abierta. Cada vez que miraba la puerta durante esa noche, había muchas personas paradas en la puerta, observándonos arrodilladas, en oración. En ese momento, sé que todos sentíamos que descendía en nuestras almas, fresco en nosotros, el dolor antiguo de este pueblo que no tiene tierra, el dolor sin esperanza del éxodo, que Abraham y los nuestros que se renovaba cada siglo.
El amanecer, se levantaba sobre las colinas, como si estuviera aliado con los hombres en el deseo de destruirnos. En ese momento, distintos sentimientos que nos agitaban, de aceptación consiente, de rebelión sin frenos, de abandono religioso, de miedo, de desesperación, desembocaban después de la noche de insomnio pasado, en una incontrolable locura colectiva. El tiempo de meditar, de asumir las cosas había terminado, y en ese momento, cualquier momento de razonar se disolvía en un tumulto sin vínculos del cual, dolorosos como cortes de una espada, emergían como relámpagos, tan cercanos todavía en el tiempo y espacio, los buenos recuerdos de nuestras casas, familias y amigos.
Muchas cosas dijimos e hicimos entonces de las cuales, es mejor que no queden en el recuerdo.
Entonces nos cargaron en las camionetas y nos llevaron a la estación cercana, allí nos esperaba el tren y la escolta para el viaje. Allí recibimos los primeros golpes: Y la cosa fue tan inesperada e insensata que no sentíamos ningún dolor, ni en el cuerpo ni en el alma. Nos separaron a todos, y en poco tiempo ya no pude ver a Dsicord, Onix, ni a Celestia o Luna, ni a sus hijos. Volvía a estar sola.
Miramos los vagones, eran 20, y nosotros 850; en el vagón que nos tocó viajar éramos 85, a pesar de ser un vagón pequeño. Aquí estaba, ante nuestros ojos, y bajo nuestros pies, los trenes de guerra alemanes, que no vuelven, aquellos de los cuales, oímos hablar con tanta frecuencia, siempre temblando e incrédulos que cosas así existieran en la tierra. Exactamente así, punto por punto como lo habíamos oído: Vagones de mercancías, cerrados desde el exterior, y dentro: Hombres, mujeres, niños y ancianos comprimidos sin piedad, como cualquier mercancía en docenas, en un viaje hacia la nada, en un viaje hacía allá abajo, hacía ese oscuro fondo del que nadie regresaba. Esta vez, dentro, íbamos nosotros.
Habían cerrado las puertas, apenas entramos, pero el tren no se puso en marcha hasta la tarde. El tren iba lentamente, con largas paradas enervantes. Desde las mirillas, veíamos desfilar las altas rocas de las montañas, los edificios de las ciudades que cruzábamos, los arboles de los bosques, los carteles que indicaban las ciudades que pasábamos, etc. Yo tenía en el corazón el pensamiento de la vuelta, y se me representaba cruelmente cuál debería ser la sobrehumana alegría de pasar por allí otra vez, por una puerta abierta donde ninguno de nosotros desearía saltar para huir…y mirando alrededor pensaba en cuantos, de aquel triste polvo humano, podría estar señalado por el destina a regresar. En ese largo viaje, solo nos quedaba hablar, o dormir para distraernos del viaje. Entre los temas que hablábamos para matar el tiempo, de lo que habíamos perdido, de algún libro que habíamos leído, de alguna anécdota de nuestra antigua vida, etc. Otros Pensábamos donde se dirigía el tren, es decir, si verdaderamente se dirigía a Auschwitz. Algunos creían que se dirigía a una fábrica de municiones, donde nos emplearían como fuerza de trabajo, otros a algún lugar lejano donde nos exterminarían.
Parecería una broma, que nos contábamos anécdotas de nuestra vida, Como lo haría cualquier lector con sus amigos, o con un extraño al que uno le ha tomado afecto, o incluso dudáramos hacia donde se dirigía el tren. Pero Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y de otro estado límite son de la misma naturaleza, se derivan de nuestra condición humana que es enemiga de cualquier infinitud. Se oponen a ellos nuestras eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza y en otro, incertidumbre del mañana. Se opone a ello la seguridad de la muerte, que pone límite a cualquier gozo, pero también a cualquier dolor. Se opone a ellos las inevitables preocupaciones materiales que, así como contaminan cualquier felicidad duradera, de la misma manera apartan nuestra atención continuamente de la desgracia que nos oprime y convierten en fragmentaria, y por lo mismo en soportable, su conciencia.
Entre las 85 personas de mi vagón, tan solo 4 personas volvieron a ver su hogar; y fue el vagón más afortunado. Muchas personas murieron antes de llegar a nuestro destino, y los cuerpos eran pisados por las demás personas, porque no había lugar para dejar los cadáveres.
Sufríamos de sed y frío: a cada persona que pedíamos agua a grandes voces y gritos, o por lo menos un puñado de nieve, pero en pocas ocasiones nos hicieron caso; los soldados de la escolta alejaban a quienes trataban de acercarse al vagón. Dos jóvenes madres, con sus hijos todavía colgando del pecho, gemían noche y día pidiendo agua. Menos terrible, era el hambre, el cansancio y el insomnio que la tensión y los nervios hacían menos penosos: Pero las noches eran una pesadilla interminable. Durante las noches, y durante todo el viaje, nos turnábamos para sentarnos en el suelo. Muchos jóvenes, como yo, permanecimos casi todo el viaje de pie durante el día, para que ancianos, embarazadas y enfermos pudieran descansar el mayor tiempo posible.
Fueron las incomodidades, los golpes, el frio, la sed, la que nos mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo, durante el viaje y después. No el deseo de vivir ni una resignación consiente: porque poco son los hombres capases de ello y nosotros no éramos sino una muestra de la humanidad más común. Esto podía verlo cualquier persona que estuviera con nosotros.
No había casi espacio para acostarse, pero algunas personas lo hacían a duras penas, de maneras incomodas y dolorosas. Pocas personas pudieron dormir, durante el viaje. Pude dormir poco, y Nuestros sueños inquietos era interrumpido frecuentemente por riñas ruidosas y fútiles, por imprecaciones, patadas puñetazos lanzados a ciegas para defenderse contra cualquier contacto molesto e inevitable. Me despertaba cada momento, Entonces alguien encendía la lúgubre llama de un pequeño fosforo y ponía en evidencia, tendido en el suelo, un revoltijo oscuro, una masa humana confusa y continua, torpe y dolorosa, que se elevaba acá y allá en convulsiones imprevistas súbitamente sofocadas por el cansancio. Luego se prendía una pequeña vela, que iluminaba mortecinamente el vagón, en donde se desdibujaban los rostros y personas en sombras tenebrosas y miserables.
Finalmente, antes de cada amanecer estaba nuevamente de pie, y me dirigía a la mirilla donde siempre había personas con las que podía hablar. Desde las mirillas que apenas iluminaba el vagón en el alba, mirábamos nombres conocidos y desconocidos de ciudades alemanas. Los edificios de las casas de las ciudades, se desdibujaban mientras pasábamos en frente de ellos, dejando un color difuso por la velocidad del tren, así como los arboles cercanos que pasaban frente a nuestra ventana. En esos pequeños segundos, solo podíamos percibir que estaban secos, con sus ramas desnudas y frágiles agitadas por la velocidad del tren.
Luego llego la última noche de viaje. Esa noche fue intensa, mientras el tren recorría interminables pinares negros, subiendo de modo perceptible. Había nieve alta. Debía de ser una vía secundaría, las estaciones eran pequeñas y estaban casi desiertas. Nadie trataba ya de comunicarse con el exterior, muchos nos sentíamos ya "del otro lado". Hubo una larga parada, en campo abierto, después continuamos con la marcha, con extrema lentitud, a medida que de a poco fue acelerando.
Sonó el silbato de la locomotora. Era extraño, ese sonido, para mí, era como un grito de socorro en medio de aquella guerra, de ese cargamento que iba directo a la perdición. El tren hizo una maniobra, entonces quedaba claro: Nos dirigíamos a una estación principal. Entonces uno de los pasajeros que estaba cerca de la ventanilla, anuncia:
-"Jest to znak, Auschwitz! (¡Hay una señal, Auschwitz!)
Esa sola palabra, invocaba todo lo horrible que había en el mundo. Por un minuto, me abstraje de la realidad, hacia lo más profundo de mi imaginación. Imaginaba, esos cuerpos mutilados en medio del campo, que eran devorados por cuervos, la cámara de gas, donde las personas eran víctimas del fuego que les quemaba hasta los huesos, mientras algunos intentaban escapar arañando las paredes, hasta arrancarse las uñas de la desesperación, mientras veían a los demás arder. La matanza indiscriminada de seres humanos, la falta de alimento, y la lucha entre las personas, para sobrevivir un día más, y miles de otros pensamientos que en ese momento asomaron por mi cabeza. Era como si todos los horrores de la guerra, se hubieran reunido en un minuto en mi imaginación, y pasaban, como un rollo de película, frente a mis ojos, mientras estaban completamente abiertos.
Junto a mí, había ido durante casi todo el viaje, aprisionadas entre un cuerpo y otro, una vieja compañera del Ghetto llamada Rainbow Dash. Nos conocíamos hace muchos años, pero solo de vista, porque habíamos estudiado 5 años juntas en Alemania, antes de que estallara la guerra ella ya se había ido de Alemania, parece que la desgracia nos había golpeado a la vez pero poco sabíamos el uno de la otra. Durante todo el viaje nos contamos entonces, en aquel momento decisivo, cosas que entre vivientes nunca se dicen. Nos despedimos, y fuimos breves, las dos al hacerlo, nos despedimos de la vida.
Creo que fuimos las únicas que hablaron en ese momento, porque los demás, estaban en profundo silencio. Pocas son las personas que saben caminar hacia la muerte con dignidad, y muchas veces no aquéllos de quienes lo esperaríamos. Pocos son los que saben callar y respetar el silencio ajeno. Luego guardamos silencio.
En mi pensamiento, en ese pequeño momento de silencio pasaron muchas ideas: Todos los sueños, o metas que me había propuesto, fueron arrancadas de mi vida de un solo tirón. No me quedaba nada. Las metas de una vida familiar, mis amigos, las personas que alguna vez había conocido, ya no estaban. Estábamos en ese lugar en el mundo, donde solo encontraba desolación, terror y miseria. Estaba totalmente sola, con "la última de las libertades humanas" que me quedaba en esos días: "Elegir la actitud personal que tomaría frente a esas circunstancias".
Ya no teníamos miedo.
