NA: Como siempre, gracias por los reviews a masg, a InEsIkA1989 y a NMrsMolko! Me voy de vacaciones hasta agosto, pero antes os dejo este capítulo para que no os quedéis sin lectura.
Durante este capítulo, H/C (Hurt / Comfort) a montones. Si a alguien no le gusta, puede que se empalague. A mí, personalmente, me encanta; y la gente a la que le guste seguramente disfrutará de este capítulo. Este capítulo está inspirado por una escena del fic de ashthedragon, desde aquí le agradezco que me haya servido de inspiración.
Aviso: hago ciertas alusiones a un tema delicado como es la drogadicción. En los cómics, Harry efectivamente fue adicto a las drogas durante un tiempo (aunque era al LSD, droga más de moda en la época; yo lo he actualizado con lo de los analgésicos porque se adapta mejor a esta época y a la historia). Cuando se estaba desintoxicando conoció a Liz, que le ayudó significativamente en su recuperación, y yo he querido adaptar esto un poco. Supongo que este tema no ofenderá o escandalizará a nadie, aunque he elevado el rating por si acaso (y así me lo ahorro para cuando haya escenas "subidas de tono").
En este capítulo empiezo también a incluir estrofas de canciones que creo que por la letra le van genial a la historia, pondré algunas en algún que otro capítulo si encuentro alguna canción que le vaya bien. Todo lo que incluyo son traducciones libres, no copias literales, y cito las fuentes; así que espero que no haya problemas legales. Las estrofas que acompañan la parte de la relación de Harry con su padre (o al menos, con su fantasma), son de "Open wounds", de Skillet. Las de la parte de Harry con Liz son de "You've got a friend", de Carole King (bueno, es la del original, la versión que yo tengo es de James Taylor). Es una canción prehistórica pero le va genial.
Capítulo 12: No estás solo
Harry y Norman
En la oscuridad, con la música encendida,
deseando ser otra persona,
sacando toda tu ira fuera de mí, que alguien me ayude.
Prefiero pudrirme aquí solo
antes que pasar un minuto contigo.
En el piso de abajo duerme el enemigo
con la televisión encendida
mirando los sueños que convertimos en estática.
No importa lo que haga,
nada cambiará,
no soy lo bastante bueno.
De nuevo, Harry estaba en su ático, después de que el doctor le hubiera dado el alta, otra vez. Pero su vuelta a casa no había sido ni mucho menos tan feliz como la primera. Había vuelto solo, con Bernard como única compañía, y nada más llegar había hecho retirarse a su fiel mayordomo, ante la conmiseración silenciosa de éste. Desde entonces se había tirado todo el tiempo hundido en una profunda depresión. Se quedaba sentado en el sillón del despacho de su padre, trasegando whisky y tomando pastillas para aliviar el dolor de su cara… y el de su alma.
Los analgésicos que le habían recetado en el hospital no eran suficientes para él, y la oxicodona estaba muy de moda en el mercado de sustancias ilegales de Nueva York, muchas celebridades habían sido reconocidas consumidoras. Harry había oído hablar del nombre de aquel medicamento en una de las fiestas de la jet set neoyorkina a las que había ido; en dichas fiestas, el hecho de que los invitados fueran miembros de la más alta sociedad no era óbice para que el alcohol, la cocaína y otras sustancias corrieran a sus anchas, en realidad corrían mucho más que en las fiestas normales debido al alto poder adquisitivo de los consumidores. Aunque a Harry nunca le habían interesado otras drogas aparte del alcohol, sus circunstancias y su perspectiva de la vida habían cambiado por completo en aquellos últimos días; así que, en cuanto hubo llegado a su casa después de que le dieran el alta, había llamado a un conocido que le había pasado el nombre y teléfono de su proveedor, quien le había vendido un frasco de OxyContin (1) por un precio exorbitante, comparado con su precio dentro del circuito legal. Tan sólo tras tomar aquellas pastillas Harry se sentía un poco mejor, sumergido en el apacible olvido del narcótico, cayendo poco a poco en las garras de la dependencia sin darse apenas cuenta.
Cuando no estaba amodorrado por el alcohol o las píldoras, sus recuerdos y la conciencia de su fracaso volvían hacia él para aguijonearle como avispas furiosas. Contemplaba el retrato de su padre y, sin el menor reparo, conversaba con él como si verdaderamente fuera Norman Osborn el que lo observara desde aquel sillón pintado. Algunas veces se ahogaba en la desesperación y suplicaba perdón a su padre por haberle fallado; otras, el tono con el que se dirigía a él era más amargo, más irónico y rabioso:
"Sí, ya sé que te he decepcionado, pero qué importa. Y qué si soy un fracasado en todo. Tú tampoco me apoyaste mucho cuando estabas vivo que digamos. ¡Sí, soy un fracaso como hijo, pero tú también lo fuiste como padre! La culpa de que todo se desintegre a mi alrededor la tenemos los dos."
Por supuesto, no pensaba eso… todo el tiempo. Algunas veces, sí le culpaba por haberlo arrastrado a su situación actual; pero otras sólo se culpaba a sí mismo, se llamaba incompetente, inútil, desgraciado y mil insultos más. En esas ocasiones tenía ganas de meterse todas las pastillas a la vez para acabar con aquello de una vez por todas, pero entonces recordaba de quién era realmente la culpa de todo y se decía que tenía que seguir viviendo, aunque no fuera más que aquella penosa existencia que tendría que arrastrar hasta el fin de sus días.
"Spiderman… él, él es el verdadero culpable de mi desgracia. No puedo morir, aunque la muerte me parezca ahora mismo la solución más fácil; no le daré esa satisfacción. Algún día, él lamentará no haberse quedado a comprobar que yo estaba muerto".
Su padre no contestaba nunca a aquellas disertaciones sombrías con las que solía autotorturarse, cosa extraña porque siempre había estado a su lado antes… Cuando se trataba de su venganza y su odio hacia Spiderman, él siempre había estado ahí, apoyándolo y aconsejándole. Pero desde que Harry había vuelto del hospital, su voz había enmudecido y su imagen en el espejo no había vuelto a aparecer; lo cual Harry interpretaba como una muestra de la decepción y desprecio inmensos de su padre ante su fracaso. Cualquier médico le habría dicho que, en realidad, las ingentes cantidades de alcohol y potentes analgésicos que consumía tenían tan embotada su cabeza que hasta habían hecho desaparecer las alucinaciones por las que creía ver y hablar con su padre, pero en ese momento Harry no estaba para explicaciones médicas, en caso de que alguien se las hubiese dado.
Todo lo que él sabía era que hasta su padre lo había abandonado. Ahora sí que no tenía a nadie.
Estaba completamente solo.
Y no puedes detener mi caída
porque mi autodestrucción es toda culpa tuya.
Cómo pudiste, cómo pudiste, cómo pudiste odiarme
cuando tú eras todo lo que yo quería ser.
Cómo pudiste, cómo pudiste, cómo pudiste amarme
cuando todo lo que me dejaste fueron heridas abiertas.
Harry y Liz
Cuando estés hundido, y con problemas
y necesites una mano que te ayude
y nada, nada vaya bien,
cierra tus ojos y piensa en mí
y pronto estaré allí
para iluminar incluso tu noche más oscura.
Si el cielo sobre ti
se hace más oscuro y se llena de nubes
y el viejo viento del oeste empieza a soplar
mantén la calma y llámame en voz alta
y pronto estaré llamando a tu puerta.
Después de varios días así, una tarde Bernard golpeó a la puerta de su despacho.
– ¿Señor? – preguntó rígidamente. Tal vez fuera debido a su nuevo comportamiento, pero Bernard ya no lo llamaba jamás Harry, una especie de distancia se había establecido entre ellos – Tiene visita.
– Que se largue… – fue todo lo que contestó Harry, con voz rasposa y hastiada – Esos pesados del comité no saben ni ir a mear sin mi firma… dile que les puse ahí para no tener que ocuparme yo de esas cosas, y que como no aprendan a manejar los asuntos de OsCorp solos, les pondré de patitas en la calle.
– Ejem, señor… No es uno de sus colegas del comité. Es una señorita.
Harry puso cara de extrañeza, a través de la neblina borrosa de su aturdimiento alcohólico.
– ¿Quién? – No creía que fuera Mary Jane, después de lo que le hizo. Tal vez…
– Creo que es una de las enfermeras que le atendió en el Bellevue, señor. Se identificó como Elizabeth Allen.
Liz… nunca pensó que ella llegaría a ir a verle a su casa. Cómo deseaba verla, y sin embargo…
– Dile que no me encuentro bien. – Lo cual era cierto. No quería que lo viera así.
– Ya se lo he dicho, señor, pero ella ha insistido en verle. Dijo que no se marcharía sin comprobarlo personalmente.
Maldita Liz… tan terca, tan empeñada en que siempre se tenía que hacer lo que ella dijera. Sí, en ese aspecto seguía siendo igual que cuando iban al instituto.
– Está bien, que haga lo que le dé la gana… – suspiró él con fastidio. Tenía la cabeza como un tambor, no quería ponerse a discutir.
Un par de minutos después Liz estaba subiendo por el ascensor al ático de Harry. Como siempre y para mayor mortificación de Harry, iba sonriente y animada, como si el ambiente oscuro y depresivo del lugar no pudiera alcanzarla. Éste no se había querido mover de su despacho y había sido Bernard el que había tenido que salir a recibirla.
– Señorita Allen, hemos hablado por teléfono alguna vez…
– Ah, sí… Bernard... ¿verdad? – le preguntó ella, y éste asintió – Es un placer conocerle al fin, pero por favor, llámeme Liz.
– Está bien, señorita Liz. El señor Osborn está en su despacho. Ya le advertí que no se encuentra bien.
– Bueno, para eso estoy aquí, para comprobar el verdadero alcance de su "malestar", y descartar que realmente tenga problemas.
El mayordomo condujo a la joven hasta el despacho que durante los últimos días había sido el lugar de encierro y único refugio de Harry.
– De hecho, efectivamente no se encuentra bien… pero su "malestar", como usted lo llama, es más psicológico que físico. – le advirtió – Tal vez no la reciba bien.
– Gracias por avisarme, pero ya contaba con ello. Los pacientes que acaban de sufrir algún tipo de trauma, especialmente si se refiere a un trauma físico que afecte a su capacidad para desenvolverse socialmente, se encierran en sí mismos, manifestando síntomas de hostilidad hacia el entorno que les rodea y aumentando aún más su aislamiento. – explicó ella – Es un círculo vicioso, y por eso no conviene que estén solos mucho tiempo.
– Vaya... – se asombró el mayordomo – Parece tener usted bastante experiencia en tratar este tipo de casos. ¿Es psicóloga?
– No, sólo enfermera… pero sí, tengo algo de experiencia en estos casos… – contestó ella distraídamente, y llamó a la puerta. "¡Adelante!", se oyó la voz áspera y algo irritada de Harry al otro lado. – Deséeme suerte, Bernard.
– Se la deseo de corazón, señorita.
Tras franquear el umbral, se detuvo para observar aquel despacho, decorado con la misma lujosa sobriedad que el resto de habitaciones de la casa. Se sintió incómoda cuando vio el retrato de Norman Osborn dominar por completo la estancia, demasiado grande y demasiado ostentoso para su gusto, contrastando con el buen gusto general del resto de la decoración. "Así que ése es su famoso padre…", se dijo. Mientras estaba en el hospital, Harry le había hablado de él un par de veces cuando se sentía parlanchín, lo cual tampoco ocurría a menudo. Aunque Liz no sabía mucho de psicología, entendía lo suficiente como para deducir del tamaño del cuadro y de la expresión arrogante del retrato que el señor Osborn padre debía haber sido un hombre con un altísimo concepto de sí mismo… y, por tanto, con un bajo concepto del resto del mundo. Los hombres así solían criar hijos con problemas de inseguridad y baja autoestima por la sensación de que nunca llegarían a satisfacer las expectativas de sus padres; o por lo menos eso le había contado una compañera psicóloga del hospital.
– Hola, Harry… – lo saludó, con un tono cuidadosamente neutro.
– ¿Qué haces aquí? – le espetó éste por toda respuesta.
Liz dejó de mirar el retrato que atraía sus ojos como un imán y se detuvo a contemplar a Harry. Tenía peor aspecto aún que cuando se había despertado en el hospital. Estaba pálido, ojeroso, sin afeitar, con el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre; y las cicatrices en su cara no ayudaban en nada a mejorar su apariencia. Llevaba la ropa arrugada y con manchas y tenía todo el aspecto de no haberse duchado en varios días. Y parecía bastante bebido.
– Sé que me dijiste que esperara a que estuvieras mejor para que volviéramos a vernos, pero tenía que saber cómo estabas. – respondió ella, disimulando cuanto pudo la lástima que le producía verlo en ese estado. Siempre le había parecido tan guapo… y le rompía el corazón ver cómo se estaba desmoronando tanto física como psicológicamente.
– Pues ya lo has visto… – replicó él, con animosidad. – Y… ¿qué te parece?
– No tienes muy buen aspecto…
– No seas tan diplomática. Di más bien que estoy hecho una mierda. Es la verdad… ¿no?
Ella se cruzó de brazos, muy seria.
– Sí, se aproxima bastante.
– Bueno, pues ya que lo has visto, te puedes volver por donde has venido.
– No seas así… sólo me preocupo por ti.
– Nada te obliga a hacerlo.
– No, claro que no. Pero eso es lo que hacen los amigos: se preocupan por uno sin tener por qué hacerlo.
Él soltó una carcajada desagradable, sarcástica.
– ¡Amigos! Yo no tengo amigos. Nunca los he tenido.
– Sabes que eso no es verdad.
Él no respondió; aparentemente no estaba en condiciones de debatir sobre quién tenía razón, ni tenía ganas de escuchar los argumentos de ella al respecto. Suspirando, ella siguió paseando su mirada por el ampuloso despacho, observando con desagrado el caos que parecía reinar donde hasta hacía poco era un santuario de orden y seriedad: había libros y papeles tirados por todas partes durante alguno de los accesos de furia y desesperación de Harry, al lado del retrato había otra cosa en la pared, de tamaño de un cuerpo entero, que había sido tapado con una manta; y la mesa estaba atestada de más papeles olvidados, comida y latas de cerveza y botellas de whisky vacías. La anarquía se había apoderado de la habitación, ya que Harry hacía días que no salía de allí, y no permitía entrar a Bernard ni a nadie del servicio ni siquiera para limpiar. Los ojos de ella se detuvieron en la mesa, en un objeto que llamó su atención: era un frasco de pastillas.
Dirigiéndose hacia la mesa, tomó el frasco y lo sostuvo en alto para que Harry pudiera verlo.
– ¿Qué es esto? – le preguntó con severidad.
– Analgésicos para el dolor de la cara. Me los recetó el doctor.
– Sí, mientras estaba cerrándose la herida; pero ahora está cicatrizada y ya no los necesitas. Dudo mucho que el doctor aprobara que los siguieses tomando.
– Sí los necesito.
– Tal vez, pero no por el dolor. – Ella giró el frasco para poder ver la marca, y se escandalizó al reconocerla – Por el amor de Dios, Harry… Esto no es lo que te recetó el doctor, es mucho más fuerte. ¿Cómo lo has conseguido?... ¿Y sabes lo adictivo que es? – exclamó con dureza.
– Los necesito. – insistió él con voz hosca.
– De eso nada, y voy a acabar con esto.
Sin que él pudiera evitarlo, se dirigió al baño que estaba al lado del despacho, con el frasco en la mano. Él intentó alcanzarla, detenerla; pero estaba aún atontado por la reciente borrachera y se movía con bastante torpeza, por lo que ella consiguió llegar al baño mucho antes que él. Abriendo el frasco, arrojó todas las pastillas por el inodoro y tiró de la cadena.
Él no llegó a tiempo para poder detenerla, pero cuando vio lo que hacía su cara se desencajó y su expresión se convirtió en una oscura y furiosa. La agarró del brazo con violencia y tiró de ella para alejarla del inodoro, pero ya era demasiado tarde: sus queridas píldoras ya habían desaparecido por el desagüe.
– Pero… ¡serás estúpida!... ¡Eso valía un montón de pasta! – le gritó a la cara, lleno de cólera. Ella no pareció impresionada y la firmeza de su expresión no varió ni un ápice. Estaba acostumbrada a los estallidos de ira de Mark, que era mucho más grande que Harry, y hacía falta mucho más que eso para asustarla.
– Te estoy ayudando, Harry. Puede que ahora no te des cuenta, pero es lo que estoy haciendo. – respondió con calma.
Y, al igual que solía hacer con Mark, se decidió a tomar las riendas de la situación. Harry era mucho más fuerte que ella (y que cualquier persona normal), pero ahora estaba totalmente aturdido e inutilizado por el alcohol. Aprovechando esa circunstancia, Liz se las arregló para arrastrarlo a empujones por el baño y meterlo en la ducha vestido y todo, y cuando él intentó resistirse, no le quedó más remedio que meterse con él en la ducha para sujetarlo. A continuación, abrió el grifo de agua fría y un chorro helado los empapó a ambos.
– ¡¡Argh!! – Harry chilló de la impresión ante el brusquísimo descenso de temperatura, que hizo desaparecer la borrachera en un segundo – ¡Está fría!... ¿Te has vuelto loca?
Al ver que el joven parecía más sereno, Liz cerró el agua y, cogiendo una de las mullidas toallas que había al lado de la ducha, lo envolvió con ella como a un niño pequeño, frotando con delicadeza sus brazos y su pelo para absorber la humedad. Ella estaba tan empapada como él, pero ni parecía darse cuenta de ello.
– ¿Por qué coño has hecho eso? – le preguntó Harry enfurruñado, aunque dejándose hacer.
– Es lo más rápido para quitar las borracheras. Con Flash tuve que hacerlo montones de veces cuando estábamos juntos. Y él protestaba aún más que tú, pero yo siempre acababa saliéndome con la mía. – rió la joven, mientras cogía otra toalla y empezaba a secarse ella misma.
– Tal vez te dejó por eso. – le disparó él, arrepintiéndose de inmediato de haber dicho algo tan rastrero. Ella dejó de reírse, pero aparte de eso no pareció acusar el golpe y continuó secándose tranquilamente.
– Tal vez. Pero tú no eres mi novio ni nada parecido así que te fastidias. ¿Te sientes mejor ahora?
– No. – Estaba mintiendo; en realidad el agua lo había despejado mucho y le había hecho recuperar el uso de sus facultades mentales, aunque no había hecho desaparecer su mal humor.
Salió de la ducha y se quitó la camiseta mojada para continuar secándose. Su torso desnudo era esbelto aunque de hombros anchos y músculos perfectamente esculpidos, y ni siquiera las leves señales de quemaduras en su cuello y hombro derechos, dañados también durante la explosión, disminuían su atractivo. Liz se ruborizó y desvió la vista, turbada. En realidad, no era nada que no hubiera visto ya, pues lo había visto casi totalmente desnudo cuando había estado preparándolo para el quirófano antes de la operación. Pero en ese momento sólo lo había mirado como a un paciente. Era muy diferente verlo como a un hombre.
Él desapareció en otra habitación y volvió con una camiseta limpia puesta y con otra en la mano.
– Quítate eso. – le dijo a Liz, señalando su blusa. Ella puso una cara digna de un poema, antes de que él le mostrara la camiseta que llevaba en la mano – Tranquila, no te voy a violar. Pero te pondrás enferma si no te quitas eso mojado.
Ella asintió reluctante y cogió la camiseta que Harry le tendía, entrando de nuevo en el baño para cambiarse y cerrando la puerta. Lo que ella no sabía era que esa puerta estaba estropeada y no cerraba bien del todo, por lo que volvió a abrirse sin que ella se diera cuenta mientras se desnudaba. A través del reflejo en el espejo del baño, Harry pudo atisbar levemente a la joven mientras se cambiaba y, aunque sólo pudo verla en ropa interior, vio que tenía un cuerpo precioso, no perfecto pero lo bastante bonito como para que él deseara darse de cabezazos contra la pared cada vez que recordaba que había pasado de ella.
Liz salió del baño intentando conservar la dignidad, llevando puestos la camiseta de Harry (que le quedaba enorme) y sus propios vaqueros mojados; no estaba dispuesta a quitárselos delante de aquel chico por mucho que se arriesgara a enfermar. Aun así, era una visión encantadora, y Harry habría caído en su hechizo de no haber sido porque aún seguía muy molesto con ella por el asunto de sus píldoras.
– No tenías ningún derecho a tirar mis pastillas. – le reprochó, intentando no ablandarse.
Ella sacudió la cabeza.
– Se acabaron las pastillas, Harry, en serio. No voy a dejar que te sigas agrediendo así.
El joven Osborn volvió a enfurecerse ante el tono exigente de la muchacha.
– ¿Crees que voy hacer lo que tú digas? – le preguntó desafiante – Nadie me da órdenes… ¡nadie! Sólo mi padre tenía autoridad para decirme lo que tenía que hacer, y él está muerto. ¿Crees que tirando esas pastillas te saldrás con la tuya, como con Flash? Lo llevas claro. Una de las ventajas de tener dinero es que sólo tengo que coger el teléfono y tengo servicio de entrega a domicilio, sin receta. En cuanto te vayas llamaré para que me traigan otro frasco, o diez si me da la gana.
Liz sacudió la cabeza, con una mezcla de lástima y decepción en su rostro.
– La oxicodona, mezclada con alcohol, puede matarte. Y, aunque no fuera así, ya tienes problemas con el alcohol… ¿quieres convertirte también en un drogadicto?
– Eso es mentira. No tengo ningún problema con el alcohol, ni mucho menos con las drogas.
– Todos los alcohólicos niegan tener problemas, pero ese montón de botellas de whisky vacías me dice otra cosa. Y, esa reacción cuando te he quitado las pastillas... es un síntoma claro de que te estás enganchando. – Se acercó a él, con expresión suplicante – Harry… ¿Es que no te das cuenta de que te estás destruyendo a ti mismo?... ¿Cómo puedes no verlo?
Sin poder argumentar nada en contra, éste optó por defenderse de la única forma que sabía: atacando.
– ¿Quieres dejar de meterte en mi vida?... ¿A ti qué más te da lo que me pase? – preguntó con amargura.
Ella sólo se le quedó mirando, muy seria. Tras unos segundos, contestó quedamente:
– No, no voy a dejar de meterme en tu vida. Debo hacer que despiertes, aunque tenga que obligarte. Porque aunque no lo creas, me importa mucho lo que te pase.
Él desvió la vista, volviendo a sentarse en su sillón con expresión atormentada.
– Pero yo no quiero tu ayuda, ni tu compasión… – murmuró – No las merezco. He hecho cosas que… Vete Liz, por favor. Sólo quiero quedarme aquí hasta que me muera, y que me dejen en paz.
Enojada, ella se inclinó hacia él y le sujetó de los hombros, sacudiéndolo para hacerlo reaccionar.
– Vale ya Harry, deja esa actitud de víctima que tienes. ¡Reacciona de una vez! – le espetó con aspereza – Te has caído, sí, pero tienes que volver a levantarte. Es en estos momentos duros cuando se ve de qué pasta está hecho cada uno. Y tú vas a ser fuerte y superar esto. Porque si no… ¿qué vas a ser, un niño de papá que se acobarda a la primera dificultad? – añadió, sin darse cuenta del cambio en la expresión de él, que se iba desencajando cada vez más a medida que hablaba ella – ¿Es eso lo que quieres que digan de ti, que eres un débil y un bland…?
– ¡¡Basta!! – rugió él, agarrándola de nuevo por los brazos, tan fuerte que le hizo daño – ¡Cállate!... ¡Hablas igual que él!
Ella lo miró impresionada por aquella inesperada y violenta reacción, y extrañada por aquella última frase.
– ¿Igual que quién?
Él la soltó y no contestó, pero sus ojos se dirigieron por un instante al retrato de su padre antes de agachar la cabeza desanimado. Ella lo comprendió todo y se arrepintió terriblemente de haberle hablado así.
– Lo siento… No quería decir esas cosas. Pero pensé que sólo podría hacerte reaccionar si te hablaba con dureza.
– No, si tienes razón... – respondió él, apenado pero de nuevo tranquilo – Ojalá todo el mundo fuera así de sincero conmigo. Sólo mi padre lo era, cuando estaba vivo, y su severidad me empujaba a continuar, a superarme. Tal vez… tal vez él tenía razón y sigo necesitando disciplina para no abandonarme a mis debilidades.
Ella se acuclilló ante él y le acarició con ternura el cabello aún húmedo, intentando consolarle.
– No, él estaba equivocado. No eres débil, Harry, sólo humano. Simplemente estás pasando por un mal momento y necesitas que alguien te eche una mano.
– ¿Sí? – Una pequeña y triste sonrisa se dibujó en sus labios – ¿Y quién será el masoquista que quiera ayudarme?
Ella le devolvió la sonrisa, una sonrisa amplia y afectuosa que confortó el corazón del joven, la primera vez que algo lo reconfortaba desde que había comenzado aquel infierno.
– ¿Te valgo yo? Ya que estoy aquí… – dijo, mientras tomaba sus manos en un cariñoso gesto que le provocó a él un nudo en la garganta.
– No tienes por qué hacerlo. – se resistió aún un poco. Le molestaba la idea de que ella se quedara con él por lástima, pese a que tenerla a su lado ahora le parecía tan necesario como respirar.
– No, no tengo que hacerlo, pero quiero hacerlo. – insistió ella y apretó sus manos para animarlo, entrelazando sus delicados dedos con los de él; y le hizo la misma promesa que le había hecho a Mark casi tres años antes. – No voy a abandonarte. Voy a cuidar de ti, y juntos vamos a superar esto… ¿vale?
Harry asintió, renunciando por fin a toda resistencia y a todo su orgullo, y sin poder contenerse, la rodeó con sus brazos y la estrechó con delicadeza, lleno de agradecimiento. Ella pareció sentirse algo tensa ante el abrazo pero no lo rechazó como en un principio temía él, sino que respondió al abrazo con cariño. Se quedaron abrazados durante casi un minuto, sin decir nada, mientras ella continuaba acariciando su cabello con la ternura de una madre y él se dejaba hacer con los ojos cerrados.
Aunque aquel gesto era solamente amistoso, Harry se abandonó a él y al afecto que le estaba mostrando aquella chica admirable, y tuvo que contenerse para no echarse a llorar como un niño. Los hombres no lloran, le había dicho su padre mil veces. Para Norman Osborn, los únicos sentimientos que era tolerable manifestar eran la ira y el odio, y aun así, sólo en dosis medidas; todo lo demás eran debilidades, mariconadas. Así que Harry, bien entrenado por su padre, sólo se había permitido dar rienda suelta a sus emociones una vez en toda su vida de adulto, y fue en el entierro de éste. Pero ahora, por primera vez desde entonces, volvía a tener esperanza, porque pese a todo lo que le había pasado y a todo lo que había hecho, ya no estaba solo.
Sólo tienes que pronunciar mi nombre
y sabes que, desde dondequiera que esté,
vendré corriendo a verte de nuevo.
Invierno, primavera, verano u otoño,
todo lo que tienes que hacer es llamarme
y estaré allí.
Tienes un amigo.
(1) El OxyContin es un medicamento cuyo componente principal es la oxicodona. Esta sustancia es uno de los analgésicos más potentes que existen y provoca una seria adicción cuando se consume de forma incontrolada. También puede matar cuando se mezcla con alcohol u otros depresores del sistema nervioso. Aunque debe ser recetado por los médicos, debido a sus efectos, circula mucho en el mercado negro de estupefacientes de América. (Por si alguien se pregunta de dónde he sacado esta información, de la Wikipedia).
NA: Espero que os haya gustado. Pero para que no os canséis de tanto diálogo, en el siguiente capítulo ya pondré algo más jugoso. ¡Disfrutad del verano, nos vemos en agosto!
