La semana pasó demasiado rápido para gusto de Marinette, mientras que a Adrien se le hizo eterna. Mientras que una esperaba que la cita fuese bien (no quería hacerle daño a Nathaniel), el otro se arrepentía de haberse hecho a un lado. Ver cómo ella intercambiaba sonrisas y miradas con el pelirrojo de ojos azules hacía que a Adrien le hirviese la sangre. Cada vez estaba más convencido de que lo que le ocurría con su dueña era algo inusual. Se moría de celos cuando les veía juntos. Espera que aquella cita absurda saliese mal y a que ella se le quitara de la cabeza esa estúpida idea que él le había metido en la cabeza. ¿Cómo podía ser tan tonto?
Marinette, por su parte, se había asegurado de pasar más tiempo con Nathaniel. Había observado cómo Adrien se alejaba cada vez más de sus compañeras de fotografía, aunque se decía a sí misma que eso no tenía que hacer que se arrepintiera de salir con Nathaniel. Se estaba autoconvenciendo de ello mientras le daba los últimos retoques a su look de esa noche, para ir al cine con Nathaniel, cuando escuchó unos suaves golpeteos en la puerta de su habitación.
Asomó la cabeza y vio cómo esta se abría un poco, dejando entrever los ojos verdes de Adrien.
―¿Puedo pasar? ―preguntó él, mirando hacia el suelo.
―Sí, entra, enseguida salgo.
Marinette volvió a esconderse tras la pared que separaba el cuarto de baño de su habitación. Escuchó los pasos de Adrien y cómo este cerraba la puerta. Solía tener esa costumbre cada vez que subía a su cuarto, como si así pudiera aislarlos del mundo. Marinette no pudo evitar sonreír un poco al recordar la cara de sospecha de su padre y de alegría de su madre cuando les comentó que Adrien necesitaba regresar de nuevo a su casa. Había sido un momento realmente incómodo, pero había sabido solventarlo. Las fugas de gas y las inundaciones eran algo normal en casa de Alya, de modo que no hubo demasiados problemas para que Adrien volviera con los Dupain-Cheng.
Marinette respiró hondo antes de salir del cuarto de baño. Adrien se había sentado en su silla de escritorio y examinaba el Libro de los Deseos sin mucho interés. En cuanto ella apareció en la estancia, la atención del rubio quedó completamente absorbida por la mujer que tenía ante él. Adrien no podía creer lo que veía. Marinette iba demasiado guapa, con un vestido burdeos con el escote de corazón fruncido, acentuando sus pechos. En torno a la cintura tenía una especie de lazo negro de seda con un fino dibujo de pedrería. La falda del vestido le llegaba poco por encima de las rodillas y bailaba en torno a sus piernas torneadas. Para completar el conjunto, Marinette había decidido maquillarse con un poco más de intensidad de la que estaba acostumbrada a llevar y se había recogido el pelo en un bonito y sencillo moño.
Sí, Marinette estaba demasiado guapa y a Adrien le fastidiaba que no fuese por él.
―¿No es demasiado? ―preguntó ella con aire inocente, cosa que provocó en Adrien un ardor que pocas veces había sentido en su vida; ninguna, a decir verdad.
No había sentido jamás nada que pudiera compararse a la sensación de opresión en el pecho, el corazón desbocado y el estómago a punto de salírsele por la boca. Adrien tuvo que tragar con fuerza dos veces antes de poder hablar.
―No me preguntes cosas de las que no quieres oír la respuesta, Marinette―contestó, esbozando una media sonrisa que la puso nerviosa de inmediato.
Marinette alzó una ceja y decidió no replicar. Caminó hasta él y le rodeó para coger el bolso de mano que reposaba en el escritorio. Adrien cerró el libro y se giró para seguirla con la mirada. Al tenerla tan cerca podía oler su perfume a vainilla. Se le hizo la boca agua.
―Nathaniel no tardará en llegar―informó Marinette tras echarle un vistazo al reloj de su mesilla―. Iremos a cenar y luego, al cine. No sé a qué hora regresaré, así que no te molestes en esperarme despierto para asustarme.
Adrien se llevó una mano al pecho, haciéndose el ofendido.
―¿Yo? Jamás osaría.
Marinette puso los ojos en blanco.
―Cómo sea. Un solo susto y mi tacón―se señaló los bonitos zapatos de salón negros que llevaba―acabará en tu entrepierna―su dedo voló hacia la zona central entre las piernas de Adrien― y de ahí irá a tu cara―volvió a mover el dedo, esta vez para apuntar a su nariz―. ¿Queda claro?
―¿Serías capaz de agredir a la sensación de París?―bromeó Adrien, poniéndose en pie y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón del pijama para evitar agarrar a Marinette de la cintura y toquetearla por todas partes.
―Soy capaz de muchas cosas, Adrien. No tientes a la suerte―replicó Marinette, siguiéndole el juego con el corazón latiéndole a mil por hora.
Adrien soltó una risa baja, pero el sonido quedó ahogado por el de un claxon sonando frente a la puerta de la casa. La sonrisa se le borró de inmediato de la cara y pudo ver cómo a Marinette le ocurría lo mismo. La miró fijamente a los ojos, incapaz de creerse que iba a salir con cualquiera menos con él.
―Ya está aquí―anunció ella con un suspiro―. Hasta mañana, Adrien.
Él solo sacudió la cabeza a modo de despedida. No se veía capaz de bromear y de mantener el ambiente distendido cuando ella se iba a largar con otro en breves momentos. Al ver que no obtenía nada más que una extraña mirada, Marinette se resignó a seguir con su plan inicial y le dio la espalda a Adrien. Sin embargo, antes de que pudiera tocar el pomo de la puerta, él la sujetó por una muñeca y la obligó a darse la vuelta. Marinette buscó sus ojos, confusa.
―Adrien, ¿qué…?
No pudo seguir hablando, no cuando la boca de Adrien había atrapado la suya entre sus labios y la besaba como si fuese el último reducto de aire en el mundo. El bolso se deslizó por su mano hasta tocar el suelo con un golpe suave y sus manos se aferraron, como por instinto, a los mechones rubios de la nuca de él. Adrien utilizó las suyas para pegarse a Marinette y acariciarle el costado de arriba abajo.
Marinette no pudo reprimir un suspiro en el momento en que ella se dejó besar por completo y él le mordió el labio inferior con suavidad, enviando una potente descarga eléctrica a su bajo vientre. Marinette juntó los muslos al sentir las dos manos de Adrien agarrarla con fuerza por las nalgas, acercándola aún más a su cuerpo, con la intención de que no hubiera ni un solo hueco libre entre ellos. Marinette dejó que sus dedos acariciaran la zona de la clavícula y del pecho de Adrien, que reverberó de deseo en cuanto ella le permitió acceder al interior de su boca.
Fue en ese instante cuando Marinette sintió la dureza de Adrien golpeándola en la zona del ombligo. Al contrario de lo que pensaba, aquello solo hizo que el fuego que Adrien había encendido con su beso se intensificara y se alzara como una peligrosa hoguera que amenazaba con quemarla. No podía resistirse a sus caricias, a sus jadeos dentro de su boca, a la manera en que la sujetaba contra él. Por eso, cuando Adrien se separó de ella un momento para coger aire, fue la propia Marinette quien salió en su busca. No quería sentir nada que fuese su aliento entremezclándose con el de ella, su sabor y el suyo creando una nueva sinfonía, cada minúscula parte de sus cuerpos entrelazándose y acoplándose las unas a las otras.
―Adrien…―jadeó Marinette al notar una de sus manos sobre su cuello y su boca deslizándose por la mandíbula con cuidado hasta llegar a un punto oculto tras su oreja.
―No vayas, por favor―le suplicó Adrien, besándola con auténtica adoración, nada que ver con la necesidad que había puesto en los besos sobre su boca y en las caricias por todo el cuerpo.
Marinette abrió los ojos, que no sabía cuándo había cerrado y los alzó al techo.
―No puedo…
―Sí puedes―repuso Adrien sin ánimo de discutir, marcando con la lengua el mismo lugar que acababa de besar.
Marinette inspiró con fuerza por la nariz en cuanto los dientes de Adrien encontraron su carne.
―Quieto―rio ella, haciéndose a un lado y poniéndole las manos en la cara para hacer que la mirase―. No puedo salir a la calle si me marcas.
Adrien chasqueó la lengua, pero sonrió.
―Me has pillado.
Marinette le devolvió la sonrisa, aunque tuvo que volver a reír al ver la cara de Adrien manchada con su pintalabios rojo.
―Qué gracioso, pareces un payaso―señaló ella, ganándose un leve azote que le hizo pegar un saltito en el sitio.
Adrien alzó una mano y señaló su cara.
―Y tú parece que te has quedado dormida con el maquillaje puesto.
Marinette hizo una mueca de disgusto.
―Ya voy tarde y ahora encima tengo que volver a arreglarme―dijo con fastidio, dándole un manotazo en el brazo a Adrien―. Lo has hecho a posta.
Adrien se encogió de hombros y, con esfuerzo, se apartó de ella y le quitó las manos de encima.
―Si no estuvieras tan increíblemente preciosa, no me habría echado sobre ti.
―No, si encima la culpa será mía y todo…
―Por supuesto―replicó Adrien, guiñándole un ojo.
Marinette negó con la cabeza, pero en el fondo le divertía aquella "discusión". Si todo fuese siempre como en aquellos momentos, no le importaría "discutir" más a menudo con Adrien. No obstante, había una persona esperándola, por lo que tenía que darse prisa en zanjar aquella discusión para más tarde.
―No me distraigas más―ordenó mientras volvía al baño y se adecentaba a la velocidad de la luz.
Adrien no dijo nada, se limitó a apoyarse sobre el marco de la puerta para poder observarla. Sabía que su beso no la detendría, pero al menos le llevaría consigo durante toda la cita. Tal vez, con un poco de suerte, a ella le diese reparo besar a Nathaniel después de haberle besado a él. Aquello era jugar sucio, pero en el amor y en la guerra valía todo. Por otra parte, su ego masculino estaba en su pico más alto. Ella no le había rechazado; aún más, había ido también a por él, lo cual significaba que había muchas cosas que Marinette se guardaba para sí y que no estaba tan segura de sus planes como aparentaba.
Abordaría aquel tema cuando ella regresase de la cita. Estaba seguro de que no podría dormir con ella fuera, aunque quisiera, y que ella le buscaría de nuevo al volver a casa para aclarar la situación. Era típico de Marinette querer solucionar las cosas cuanto antes. Por eso no hizo ningún comentario hiriente cuando ella terminó de arreglarse y le puso morritos.
―¿Ves? Como nueva.
Adrien sonrió. ¿Qué pasaría si volvía a besarla? Su amigo de ahí abajo lo tenía muy claro.
Marinette le esquivó como pudo y recogió su bolso del suelo. Se puso bien el vestido y respiró hondo por enésima vez en menos de diez minutos.
―Volveré―le aseguró a Adrien, acariciándole la mejilla con la yema de los dedos.
―Lo sé.
Marinette sonrió, se acercó a él y le dio un último beso allí donde la había acariciado. Sin añadir nada más, salió de su habitación, sabiendo que dejaba su corazón con Adrien. A pesar de todo, ella había dado su palabra a Nathaniel y debía salir con él. Aunque se moría de miedo por lo que sentía hacia Adrien, por lo que sus besos y su ansia habían hecho resurgir en ella, sus intenciones se habían ido al traste. Cuando Nathaniel la llevara a casa, le pediría perdón por hacerle perder el tiempo y le explicaría las cosas. Si todo iba bien, ella no perdería un amigo. De momento, se concentraría en disfrutar del esfuerzo que Nathaniel estaba haciendo. Luego, ya enfrentaría a Adrien y a sus sentimientos contradictorios.
