Contrato de Amor
-Te prestaré algo -sonrió Iñaki-. ¿Por qué no me dijiste que no tenías traje de baño? Yo debo tener una docena -aventó unos cuantos sobre la cama-. Me muero por usarlos de nuevo. Yugi sonrió pues el embarazo apenas se notaba en el esbelto cuerpo de Iñaki.
-¿No puedes usarlos ahora?
-Siempre estoy muy cansado durante los primeros meses -Iñaki frunció la nariz-. Es una desgracia -sus ojos se ensombrecie ron-. Tristan es muy activo, le encantan los deportes y acostarse tarde. No soy muy divertido cuando estoy asi y no debería quejarme de que esté fuera de casa tanto tiempo. No soy muy atrac tivo así.
-Dices tonterías -protestó Yugi, acalorado. Pero Iñaki estaba inconsolable. Así que se puso el traje de baño para no ver la tensión en el.
Tristan podía estar en casa, pero rara vez se le encontraba allí. En los últimos quince días, Yugi visitó una docena de veces a Iñaki y siempre lo halló solo y agradecido por tener compañía. Era obvio que la vida junto al exuberante Tristan no era fácil.
Por fin, Yugi concedió que lo que sintió por Seto no fue más que el cariño de hermanos. Debió darse cuenta de ello mucho antes.
Yami regresaría ese fin de semana. Yugi no tenía noticias de él. Lo enfurecía que él dominara sus pensamientos cuando estaba au sente. Pero, ¿en qué otra cosa podía pensar? Sólo estudiaba árabe una hora al día y Atemu iba a un colegio exclusivo en el Cairo y por las tardes veía televisión o recibía amigos de su misma edad.
-¿En dónde están las niñas? -preguntó Yugi al no verlas jugar en el patio en donde estaba la piscina.
-Con su niñera. Me agotaron esta mañana. Debí invitarte -dudó Iñaki-. Te gustan mucho los niños, ¿verdad?
-Fue algo necesario, ya que tuve hermanos más chicos que yo -rió Yugi-. Además, tus hijas son preciosas.
Se metió en la piscina y le encantó la frescura del agua. Después de nadar varias vueltas, se puso a flotar. Tenía puestos unos anteojos de sol que le protegían los ojos del intenso brillo.
-Eres un buen amigo -notó Iñaki de pronto-. No haces pre guntas aun cuando sabes que algo anda mal. Me alegro de que tengas tanto tacto.
Yugi apretó los labios para no mostrar su sorpresa. No merecía el halago ya que no sospechó que hubiera dificultades entre Iñaki y Tristan, todas las parejas tienen altas y bajas. Estaba demasiado ansioso por sus problemas para ser demasiado observadora.
-Si hay algo que yo pueda hacer...
-Eres muy amable, pero todo resultará bien -le aseguró Iñaki, tenso.
¿Qué funcionaría? Yugi tuvo la sensación de que la creía más informada de lo que estaba en realidad. Era frustrante. Eso lo hizo pen sar en Ruy, de la que seguía sin saber nada. ¿Y si se lo preguntaba a Iñaki?
-¿Te importa si te pregunto cómo era Ryu?
-¿Ruy? =repitió la sorprendido.
-Yami nunca lo menciona y no quiero preguntárselo -confesó Yugi-. ¿Lo conociste bien? Supe que murió poco después de que te casaras con Tristan.
-Sólo lo vi unas cuantas veces. Siendo adolescente, pasaba los ve ranos aquí cuando mis padres estaban en el extranjero. Eso fue para que Tristan y yo nos conociéramos mejor -explicó.
-Pero Yami no conoció a Ryu sino hasta que se casó con el, ¿verdad?
-El príncipe Yami es muy anticuado -Iñaki hizo una mue ca-. Ryu fue criado de modo estricto-suspiró-. Era hermoso, muy callado, muy introvertido.
-Atemu me dijo que con frecuencia estaba muy deprimido.
-Sí, es cierto -Iñaki palideció-. Se... trastornó un poco por sus deseos de tener un hijo. Amaba mucho a Yami... lo idolatraba. Tristan lo odiaba. Dijo que el cambió a Yami para siempre... no lo sé. Siempre he conocido a Yami como el hombre que es ahora. . . -volvió la cabeza con alivio al oír pasos que se acercaban.
Tristan se dirigía a la piscina, vestido con un elegante traje blanco. Tenía actitud bonachona. Cuando vio a Yugi, puso una cara de teatral asombró.
-¡No lo puedo creer! Es Yugi, la ilusión. Oímos cosas acerca de ti, hablamos de ti, pero, ¿cuándo te vemos? -sonrió-. Pero desde tu llegada has sido una rara diversión. Te lo puedo asegurar.
-Yugi está con frecuencia aquí. ¿Por qué dices eso? -Iñaki se tensó, evitando mirar a su extrovertido marido-. ¿Qué va a pen sar de ti?
-Estaba bromeando -rió-. No tengo que tratar a Yugi como si fuera un invitado. No necesito decirle que estoy encantado de que esté aquí. Pero si yo fuera tú, Yugi. . . -se puso en cuclillas y adoptó un tono confidencial-, me iría de aquí a toda velocidad. Quizá ya hayas notado que Yami no es el hombre más liberado que existe y tiene la tendencia a creer que ningún hombre puede verte sin que sea inspirado por el tipo de pensamientos íntimos que considera exclusi vos de él. ¿Por qué otro motivo me prohibió ir a visitarte cuando estuviste enfermo? Hasta objetó que te mandara flores... pero yo desobede...
-¿Flores? -repitió Yugi, mareado.
-En este preciso instante, Yami trata de encontrarte -prosiguió, sin darse cuenta de lo que reveló-. Créeme, no creo que quiera encontrar petróleo en mi piscina.
Tristan mandó las flores. Yugi habría podido ahogarse de tristeza. Pero se concentró en las otras palabras de Tristan.
-¿Yamo regresó? -estaba tenso-. ¿Antes de tiempo? Salió de la piscina e Iñaki le tendió una bata de felpa.
-Te enviaré tu ropa después -ofreció Iñaki.
Yugi se exprimió el cabello con nerviosismo. Yami llegó cinco días antes y el ni siquiera oyó el jet. ¿Cómo diablos no lo oyó?
Corrió hacia el palacio, temeroso. Estaba molesto por haber descu bierto lo de las flores. También lo alteraba saber que Ryu parecía haber sido el esposo perfecto, no se tomaba en cuenta su tristeza comprensible por no poder tener hijos. Hermoso, silencioso, adorado. Yugi se detuvo al entrar en la habitación. Se quitaba la bata, cuando la puerta se abrió.
Los penetrantes ojos violetas miraron con ardor a Yugi.
Yugi se cubrió de nuevo en un movimiento defensivo.
-¿Has estado nadando?
-Sí -habló con dureza, tenso por la mirada ferviente de Yami-. No oí que el jet aterrizara.
-Lo hicimos en el aeropuerto. Tenía que resolver unos asuntos en el Cairo -se quitó Toda su atención se concentró en el joven al cruzar el cuarto.
Tomó los bordes de la bata y los separó con lentitud. La deslizó por los hombros para dejarla caer al suelo. Sus ojos ardían de deseo. Un segundo después, Yugi se halló en sus brazos y su protesta fue ahogada por la insistente posesión de la boca de Yami. Devastado por el beso, Yugi tembló. Lo hacía estremecerse de la cabeza a los pies con la fuerza de su pasión. Su respuesta fue intuitiva, espontá nea. Por unos momentos, sólo existió el abrazo de ese hombre.
Yami le bajó el traje de baño. Gruñó con satisfacción al acariciar con los pulgares su cuerpo. Yugi sintió que caería al suelo y tuvo que aferrarse de sus hombros para no hacerlo. Yami dejó de besarlo sólo para levantarlo en brazos y colocarlo en la cama.
Yugi se cubrió con las manos. Yami se apartó y empezó a desvestirse.
-Compensado con este entusiasmo, puedo ser clemente -susurró con voz ronca-. A pesar de que estabas tenso en nuestra noche de bodas, habrías resultado ser un compañero deseoso a no ser porque la providencia te envió una enfermedad.
-¡Mentira! -replicó, con los ojos abiertos por la impresión.
-Me encantará probarte lo contrario. Creo que el hacer las veces de mártir amenazado por la lujuria de su esposo será un papel que te costará trabajo desempeñar cuando vuelvas a salir de este cuarto
Yami se inclinó y lo tomó de un tobillo para evitar que escapara al otro extremo de la cama. Estaba muy divertido-. Pero confieso que no esperaba que hicieras que esto fuera tan gracioso.
Yugi trató de patearlo. Estaba fúrico. Pero Yami no lo soltó y lo miró con tan buen humor que Yugi se enfureció aún más.
-Qué tonto fui al no adivinarlo. Es probable que esto sea tu fantasía.
-¿Fan... fantasía? -repitió, atónito.
-Tu cruel esposo que te toma a la fuerza y que permanece indiferente a tus súplicas -aclaró con sarcasmo aterciopelado.
Yugi se quedó boquiabierto y mudo por una vez.
Yami sólo le soltó el tobillo cuando se reclinó en la cama y apri sionó el cuerpo agitado.
-¿No vas a gritar ahora? -lo provocó-. Entonces, puedo ver tu dilema. El maldito seductor sólo te inspira una supuesta aversión. No me gusta desacreditar tu actuación, ya que tienes un talento inmenso para el drama, pero hasta la fecha, no ha sido una actuación convincente.
Sus desafíos lo enfurecieron. Sus ojos estaban encendidos y Yugi alzó la mano para abofetearlo. Pero Yami no lo dejo.
-No -habló como si le enseñara una lección básica a un niño rebelde.
Yugi lloró de furia y de tristeza. Si lo hubiera abofeteado, habría sido su primer acto de violencia en la vida, pero todavía lo deseaba y sentía haber fallado.
-¡Bestia odiosa! -exclamó.
Yami le rozó las yemas de los dedos con los dientes y acarició la palma con la lengua hasta llegar al centro en donde le dio un beso cálido.
-Hace casi un mes que estamos casados. He sido muy paciente.
-¡No me has preguntado cómo me siento yo! -Yugi temblaba y es taba tenso al mismo tiempo. La erótica seducción de la caricia lenta inundó de deseo su estómago.
-¿Llena de vida? -se burló-. Creo que no se puede discutir que tienes un alto nivel de energía.
-¡Esto es degradante! -replicó con desprecio.
Los ojos de Raschid brillaron con un violeta intenso y él le mordió el índice, jugando.
-Un hombre tendría que colgarte de los tobillos sobre un pozo seco para que le dijeras la verdad, pero por fortuna para ti, soy mucho más sutil -rodó sobre el, aprisionándolo con su cuerpo musculoso, y colocó una mano bajo la nuca-. Creo que has pasado mucho tiempo dormid, Yugi, y seré yo quien te despierte -recalcó con decisión.
-No puedo detenerte, ¿verdad? -rugió.
-Pero es que no quieres detenerme -lo retó y con la mano le quitó el traje de baño.
