"Horóscopos Para Veintiún Días"
Por CandyFann
Capítulo 12
Día 11 - "En la vida siempre hay personas que se merecen una bofetada con un ladrillo."
"Tauro: Deja que el tiempo se encargue de todo, si has pasado por un mal momento la vida te va a dejar un aprendizaje y no volverás a ser la misma. Vienen días de mucha reflexión en los cuales deberás aprender a quererte un poco más y darte cuenta que nadie en tu vida es indispensable y todos somos reemplazables." – Nana Calistar
Poco después de medianoche, Elisa caminó cautelosamente de puntillas protegida por el manto de una oscuridad casi absoluta, ya que la tenue luz de la luna apenas se filtraba a través de las nubes para iluminar su camino.
Se había pasado todo el día sonriendo a los invitados con displicencia mientras por dentro ira bullía en silencio cual olla de presión. Su cólera comenzó a aflorar el momento en que William se atrevió a avergonzarla a la hora del desayuno frente a los hermanos Cornwell y encontrar la manera de hacerle pagar por ese desplante fue su único aliciente durante el odioso funeral. Sin embargo, tramar un plan de venganza contra alguien tan poderoso y rico como William Ardley nunca suponía una tarea fácil, pero si algo Elisa Leagan sabía cómo hacer a la perfección era fastidiar a la gente al punto de la locura.
Elisa era, pese a opinión popular, una chica sumamente lista. Poseía un buen ojo para observar a sus víctimas con el mismo interés que un científico examina un espécimen, y, bajo el escrutinio de su mirada, no le tomaba mucho tiempo descubrir cualquier tipo de debilidad en una persona. Su imagen como una muñeca cabeza hueca era un espejismo que usaba a su ventaja, ya que la mayoría de gente tendía a subestimar su intelecto, prefiriendo asumir que ella no era nada más que un bicho inofensiva. Pero las personas que cometían ese error garrafal pronto descubrían su verdadero ingenio, ya que Elisa sonsacaba información para manipular o herir con pasmosa habilidad hasta que sus oponentes estuviesen fuera de acción.
Fue así como el comportamiento solícito de William hacia Candice White no pasó desapercibido por la pelirroja, así como la manera que él le había besado la mano en la iglesia… un gesto galante en cualquier otro hombre, mas conociendo la historia de la pareja, un gesto intensamente íntimo entre ellos. Los labios de William habían rozado levemente los nudillos de la rubia, atreviéndose a detenerse por un instante como si estuviera intentando prolongar el contacto con su piel.
Ese beso no fue solo un gesto cariñoso. A través de ese inocente beso William, sin proponérselo, expresó todo el anhelo que obviamente aun sentía por su ex novia. Y el rubor en las mejillas de Candice dejó claro que ella no era indiferente a las atenciones del joven rubio.
Sin embargo, por cual quiera que fuesen sus motivos, ambos se negaban a aceptar esa mutua atracción que existía entre ellos, haciendo todo lo posible por ignorar las pequeñas señales que delataban sus verdaderos sentimientos.
Como si tapar el sol con un dedo alguna vez había logrado engañar a alguien…
Así que, para efectuar su venganza, había decidido hacer algo en lo que sobresalía sin esfuerzo: crearía duda en la mente de la chica y caos total en la vida sentimental del rubio. Cuando terminara su estadía con la familia Ardley, Candice White jamás confiaría otra vez en las palabras de William.
Con eso en mente, se abrió paso lentamente y con confianza a través de la fría oscuridad que la rodeada con su cuerpo envuelto de pie a cabeza en un abrigo de visón negro Gucci que había sido un regalo de su último amante; un acaudalado príncipe saudí que por fin se había cansado de sus berrinches y caprichos extravagantes. Acostarse con un hombre tan viejo y panzón como Ahmed había sido un suplicio para la chica, pero sus exquisitos regalos le proporcionaron un poco de consuelo por su 'inmenso sacrificio'.
Un escalofrío de placer atravesó de su cuerpo, como el suave forro de seda del abrigo acariciaba cada pulgada de su cuerpo desnudo al rozarlo con cada paso, y la chica sonrió. En uno de sus bolsillos escondía un frasco pequeño de cristal conteniendo un par de gramos de cocaína, algo que le ofrecería a William, o simplemente dejaría en su habitación como evidencia de su mal comportamiento… todavía no lo había decidido. Claro, con la fama que él tenía, no sería difícil inculparlo con posesión de drogas. Al solo imaginarse la mirada decepcionada de Candice al descubrir la existencia de ese frasco, los labios de Elisa se curvaron en una sonrisa maquiavélica.
En cualquier caso, Elisa sabía que la visita inesperada a su habitación en medio de la noche sería suficiente para crear duda en la mente de la rubia, y complicaría la vida doméstica de William inmensamente. "Si arrojas suficiente barro, algo se pega", ella había escuchado Elroy decir en más de una ocasión, y la afrenta abierta de William en la mesa del desayuno ameritaba una camionada de mierda.
Una vez que llegó a su destino, buscó la manija de la puerta a tientas, lentamente girándola para abrir la puerta lo suficiente como para entrar sin hacer ruido. Con las cortinas cerradas la penumbra dentro de la habitación no le permitía ver mucho, pero a medida que sus ojos se ajustaron a la oscuridad, finalmente pudo distinguir la forma de la enorme cama y un bulto cubierto con un edredón grueso que subía y bajaba rítmicamente con cada respiración.
La chica se quitó los zapatos, caminando descalza de puntillas hacia la cama mientras se quitaba su carísimo abrigo, dejándolo tirado en el suelo.
Silenciosamente levantó una esquina del edredón, deslizándose bajo las mantas igual que una serpiente venenosa para buscar el calor del cuerpo del hombre profundamente dormido en el lecho. Elisa sintió cómo el cuerpo se removió ligeramente, por lo tanto se apresuró a presionar su cuerpo desnudo contra el ocupante de la cama. "No te preocupes guapo, soy sólo yo," jadeó seductivamente, presionando sus pechos desnudos contra la espalda cubierta de su presa. "Vine para hacerte compañía por si acaso te sientes solo esta noche."
De repente la persona en la cama se sentó como si fuese impulsada por un resorte, casi empujando a Elisa fuera de la cama con una patada. "¡¿Qué demonios crees que haces aquí, Elisa?!" gritó Candy mientras encendía la lámpara en su mesita de noche. "Dios mío… ¿ESTAS COMPLETAMENTE DESNUDA?"
Elisa cayó al suelo de culo, sus ojos abiertos de par en par. "¡¿Y QUE DEMONIOS HACES TU AQUI?!" rechinó a la pelirroja, jalando el edredón de la cama contra su cuerpo mientras buscaba el abrigo que había desechado en el suelo. "¡Este es el dormitorio de William! ¡No tienes derecho a estar aquí!"
Candy se apresuró a ponerse su albornoz encima de su vieja pijama de franela. "Este es el dormitorio que Annie me asignó cuando llegué, Elisa," la rubia respondió sin amedrentarse, viendo divertida la torpeza de la chica al intentar lidiar con el edredón y el pesado abrigo de piel al mismo tiempo. "Si supieras algo sobre Albert, te hubieras dado cuenta que él no ha ocupado un dormitorio en esta mansión desde que tenía dieciocho años. Prefiere quedarse en la cabaña del bosque y, excluyendo la hora del desayuno, rara vez viene aquí."
Con un tirón furioso, Elisa por fin consiguió cerrar el abrigo alrededor de su cuerpo, mirando a Candy con obvio desdén al ponerse de pie. "¿Y crees que yo no conozco a William tan íntimamente como tú? ¿Acaso piensas que eres alguien especial porque decidió vivir contigo en un barrio de mala fama por un par de años? ¡No me hagas reír!"
"No, ahí sí que tienes razón. No soy una persona especial y ya no lo conozco tan bien como solía hacerlo," refutó la rubia con astucia, cruzando los brazos sobre su pecho "Pero tú tampoco lo conoces Elisa, y eso te está matando, porque a estas alturas él definitivamente prefiere besar a un leproso que acercarse a ti. Después de lo que hiciste, tienes mucha suerte de que Albert no te puso de patitas en la calle tan pronto como llegaste en ese ridículo coche que conduces."
Elisa, enfurecida al ver que su plan estaba ya completamente patas arriba, decidió cambiar de tácticas, buscando abrir viejas heridas con un comentario mordaz. Componiendo su rostro en una máscara de desprecio, miró a Candy como alguien podría ver a un gusano aplastado bajo su talón. "Entiendo tu animadversión hacia mí, Candice," siseó con sarna, esbozando una sonrisa lobuna. "Pero seamos sinceras por un momento. Alguien como tú nunca podría haber mantenido una relación con William Ardley a largo plazo. Al final de cuentas, se habría cansado de tu patético estilo de vida. Eres una simple enfermera seguramente ganando sueldo mínimo; una huérfana adoptada por una familia de advenedizos. Pronto la gente en el círculo social de William habría comenzado a hacer preguntas sobre tu pasado, ¿y qué ibas a decir entonces? Nada… absolutamente nada. Porque sabes perfectamente bien que tú eres nada."
Candy enderezó la espalda y bajando los brazos, hizo puños con sus manos mirando a Elisa de pie a cabeza sin pestañear. "Es demasiado tarde para comenzar a discutir contigo, Elisa. Pero sí te diré algo: tú no sabes nada acerca de mí, así que por favor sal de este dormitorio si no quieres arrepentirte de tus palabras."
La estridente risa de la pelirroja llenó la habitación repentinamente. Elisa, doblándose sobre si misma en un aparente ataque de risa, apenas pudo articular palabra. Sacudiéndose como una hiena huesuda, gesticuló con las manos hasta que pudo hablar. "¿Tú harás que me arrepienta de mis palabras?" hipeó riéndose, usando la manga de su abrigo para limpiarse un par de lágrimas de risa. "Por Dios, Candice, ¡eras aún más patética de lo que yo podría haber imaginado!"
Candy sintió una oleada de ira comenzando a burbujear el fondo de su estómago, como un volcán durmiente que empieza a rugir al despertar después de un largo letargo. La joven tomó una bocanada de aire en un vano intento de apaciguar su exasperación. "Puedes quedarte aquí si quieres, pero no pienso escuchar tu mierda por un minuto más," Candy espetó con firmeza, pasando al lado de Elisa para salir de la habitación.
"¡Tú no vas a ninguna parte, huérfana de mierda!" gruñó Elisa perdiendo finalmente su compostura y apresurándose a sujetar a Candy por la muñeca.
"¡Suéltame!" gritó Candy al sentir las uñas de Elisa clavándose en su piel. Candy torció el brazo tratando de aflojar el agarre de la pelirroja, pero la chica sólo la estrujó con más fuerza.
Furiosa, Elisa entonces le agarró el cabello con la mano libre, tirando sin piedad de los bucles dorados a la vez que escupía su veneno. "Entenderás de una vez por todas que tú no eres nada más que una rubia tonta que fue abandonada por sus propios padres. ¡Mírate! ¡Eres tan patética que ni tu propia madre te quiso criar!"
A partir de ese momento, el tiempo dejó de correr como normalmente lo hace y todo lo que sucedió a continuación pasó como en cámara lenta. Enderezando la espalda, Candy flexionó su brazo libre a nivel del hombro y entonces, con sorprendente precisión, dirigió un puñetazo con todas sus fuerzas directamente en medio del rostro estúpido de Elisa, quien lo recibió justo cuando sus labios formaron una 'o' perfecta. Candy sintió el momento en que su puño hizo contacto directo con la nariz de chica, oyendo el sonido del cartílago al romperse y luego crujiendo al desencajar fuera de su lugar. Elisa abrió la mano de golpe, soltando el cabello de Candy. Propulsada por el golpe, la chica cayó hacia atrás a la vez que un manantial de sangre comenzó a manar de su nariz.
"¿QUE HAS HECHO? ¡MALDITA FURCIA!" chilló la agredida, y el volumen y frecuencia de sus alaridos pronto despertaron a la familia entera. "¡ME HAS ROTO LA NARIZ, ZORRA DEL DEMONIO!"
De repente el sonido del murmullo de voces y pasos acercándose al pasillo fuera de la habitación de Candy fue aumentando, hasta que un pequeño batallón de gente, con Annie de cabecilla, irrumpió en la habitación.
"¿¡QUE DIABLOS ESTA PASANDO!?" gritó la joven al ver a su hermana, aún con su mano en un puño, de pie y casi encima de una Elisa sangrante, luciendo como un campeón de boxeo justo después de derrotar a su contrincante. "¡Candy! ¿Qué te hizo esa bruja?"
"¿A quién llamas bruja, imbécil? ¡Esta bestia a quien tú llamas hermana me ha atacado y creo que me ha roto la nariz!" berreó la chica, sosteniéndose la nariz para frenar un poco el flujo de sangre.
Rosemary se abrió paso entre todos, posando una mano sobre el hombro de Candy y dejando claro con ese gesto a quien estaba dispuesta a darle su apoyo incondicional. "¿Si? Y dime Elisa, ¿qué motivo puede tener Candy para agredirte? ¿Acaso te invitó a su habitación con la intención de darte una paliza a medianoche?"
Resollando y con el corazón aun latiendo como el de un potrillo desbocado, Candy fue la primera en responder. "No Rosemary. Yo estaba profundamente dormida cuando sentí a alguien a mi lado en la cama. Espantada, al encender la luz me di cuenta que se trataba de Elisa. Le dije que se fuera y ella se negó a hacerlo. Cuando comenzó a discutir yo intenté salir de la habitación, pero Elisa me detuvo agarrándome por la muñeca y luego tiró de mi cabello, por lo que me encontré en una posición donde tuve que defenderme... y lo hice."
"¿Y cómo diablos iba yo a saber que una harapienta como tú estaría alojándose aquí? ¡Creía que este todavía era el dormitorio de William!" Elisa espetó hecha una furia, dedicándole a Candy una mirada llena de odio. "Pero supongo que desde que esta mansión fue invadida por un par de advenedizos oportunistas, nada es como debería ser."
"¡Si las cosas fueran como deberían ser, tú estarías en un manicomio!" replicó Annie tomando la indirecta y poniendo un brazo protector alrededor de su hermana. "Entraste en esta habitación sin ser invitada y mi hermana te rompió la nariz por comportarte como una zorra violenta. Además, yo no creo que Albert haya hecho algo para alentar algún tipo de acercamiento ya que todo este tiempo te ha evitado como a una plaga. Lo que tú buscabas era crear problemas en esta casa y causar un escándalo. En vista de todo lo sucedido, creo que recibiste exactamente lo que te mereces, Elisa Leagan."
Furiosa, Elisa se levantó del suelo con sus rodillas aun temblando de shock. "¡No te he pedido tu opinión, zorra metiche! ¡Además, es tu hermana quien es una puta violenta, no yo!"
"¡Ya basta, Elisa!" dijo Rosemary, poniéndose frente a Candy para protegerla de algún arrebato de la pelirroja o impedir un ataque inesperado por parte de Annie hacia la chica Leagan que acabaría por empeorar la situación. "Tú no tenías un buen motivo para entrar en lo que pensabas era el dormitorio de mi hermano en medio de la noche. Como de costumbre, atacaste a una espectadora inocente y esta vez subestimaste su fuerza y habilidad. Si no hubieras asumido tantas cosas, habrías entendido que William nunca duerme en esta casa y que Candy fue la compañera de entrenamiento de su hermana cuando Annie practicaba karate. Así que considérate sumamente afortunada. Candy podría fácilmente haberte roto mucho más que tu nariz o tu ego."
Archie, Stear y Patty, el otro matrimonio Cornwell así como George permanecieron tan quietos como estatuas y el ambiente de la habitación se tornó tenso y pesado. Los niños seguían dormidos bajo el cuidado de sus niñeras, gracias a Dios, pero después de presenciar ese encuentro tan explosivo, probablemente ningún adulto en la mansión sería capaz de volver a dormir.
La señora Cornwell se acercó a la chica herida con cautela. "Ven conmigo Elisa," sugirió Elizabeth Cornwall, la madre de Archie y Stear, intentando poner un fin al incidente para que al menos el resto de la familia pudiera descansar un poco. "Matthew y yo te llevaremos al hospital para que un médico pueda enderezar tu nariz."
"Aún no hemos terminado, Candice," escupió la pelirroja cuando Elizabeth la tomó por el brazo y la condujo fuera de la habitación. "Has decidido iniciar una guerra con la mujer equivocada."
"Te recomiendo que pases a tu habitación para ponerte algo de ropa, Elisa," replicó Candy esbozando una sonrisa ladeada. "Estoy segura de que los médicos en el hospital no necesitan saber cuán corriente eres si apareces en la sala de emergencias completamente desnuda como una stripper bajo ese abrigo de piel."
Todos los hombres en la habitación hicieron una mueca de asco y aprensión al pasar Elisa a su lado.
"Tú vienes conmigo a la cocina," le susurró Rosemary a Candy. "Voy a sacar un poco de hielo para tus nudillos. Al juzgar por el rostro de Elisa, seguramente te has lastimado un poco." Candy sonrió tímidamente, dejándose guiar por Rosemary hacia la cocina.
Stear, presintiendo las consecuencias de ese enfrentamiento, se acercó al lado de su esposa. "No debes estar despierta, mi amor," le dijo a Patty al oído, depositando un tierno beso en la curva de su cuello. "Regresa a la cama y yo estaré ahí en cinco minutos, ¿está bien?" Patricia asintió aun somnolienta y, arrastrando los pies, se dirigió a su dormitorio acariciando su vientre.
Al salir Candy, Annie y George también la siguieron, pero Stear, tan precavido como siempre, se llevó a su hermano a un lado. "Archie, es mejor que acompañes a mamá y papá al hospital. Asegúrate de que Elisa no tenga el repentino deseo de llamar a la policía y presentar cargos contra Candy. Este es un asunto de familia y voy hablar con Albert acerca de este incidente antes del desayuno, ¿está claro?"
Sintiéndose de repente cansado, Archie suspiró. Aunque no quisiera admitirlo, Stear tenía razón. Elisa era tan imprevisible como una cobra hambrienta y sería capaz de hacer cualquier cosa para crear caos con el fin de dañar a Albert y su familia. "Prometo que no me aparataré de ella," afirmó sombríamente. "Pero por si acaso las cosas no salen como esperamos, pídele a Albert el nombre de su abogado. Presiento que esta vez el dinero no comprará el silencio de Elisa."
"Me temo lo mismo," admitió Stear. "Perjudicar a Candy sería la manera más fácil de hacerle daño a Albert y creo que Elisa ahora es consciente de eso."
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Después de apresurarse para terminar su desayuno y ponerse los gruesos abrigos de invierno, Drew y Pat salieron corriendo a jugar en el jardín cubierto por un grueso manto de nieve, deseosos por discutir entre sí los dramáticos acontecimientos de la noche anterior.
"Oí un grito horripilante anoche," Drew comenzó a decir, recogiendo un palo y agitándolo en el aire como la espada de un pirata. "Pero esta mañana Rosanna, la niñera de las gemelas, me dijo que debe haber sido el viento o un búho."
"Un búho no chilla como Elisa Leagan," respondió Pat, recogiendo otro palo. Con una sonrisa y un guiño travieso, el chiquillo retó a su hermano menor a una lucha épica de espadas, y pronto ambos chicos estaban saltando sobre los bancos de piedra y estatuas como piratas feroces en medio de un combate mortal.
"Escuché a Rosanna hablando con el señor Morris esta mañana," dijo Pat, blandiendo la espada contra su hermano en una estocada magistral. "Nuestros abuelos llevaron a Elisa al hospital anoche porque tía Candy le dio una paliza. El señor Morris le dijo a la niñera que Elisa nunca tendrá el mismo aspecto de nuevo."
"¿En serio?" preguntó Drew completamente sorprendido, deteniendo su ataque en el aire y soltando su palo de golpe. "¿Tía Candy se deshizo de la bruja?"
Pat sonrió, levemente empujando la punta de su espada en la pancita de su hermano. "No del todo. Por lo que estuve escuchando, Elisa tiene que regresar del hospital y puede ser que llame a la policía para que tía Candy tenga problemas. Papá conoce a muchos abogados, pero no sé si podrán evitar que Candy vaya a parar a la cárcel. Tú sabes lo que la abuela Martha siempre dice: si vas golpear a alguien asegúrate de no dejar evidencia."
"Eso es cierto," acordó Drew, frotando su mentón pensativamente igual que su padre. "Tendremos que defenderla si alguien viene a buscarla, Patrick."
El rostro de Pat se iluminó de repente cuando un pensamiento entró en su mente. "¡Podemos ser sus paladines, Drew!"
"¡Sí!" vociferó el chiquillo con entusiasmo, y ambos hermanos comenzaron a correr alrededor del jardín persiguiéndose entre risas y gritos.
Cuando agotaron todas sus fuerzas, los hermanos se desplomaron sobre el manto de nieve fresca, carcajeándose y bromeando entre ellos como los niños suelen hacer a esa edad. Pero su algarabío fue súbitamente interrumpido por el sonido de un coche abriéndose camino por el sendero cubierto de nieve hacia la entrada principal de la mansión.
"¡Pat! ¡Es el coche del sheriff!" Drew le susurró, como si de alguna manera el sheriff podría escuchar sus palabras a través de las ventanas cerradas del vehículo.
"Actúa normal," gruñó Pat entre dientes, poniendo los ojos en blanco al ver a su hermano menor parándose tan recto como un soldado en miniatura.
Leo Ashford, el sheriff en Lakewood durante más de veinte años, era conocido por todo el pueblo como un hombre inteligente y de buen criterio. Al salir de su vehículo, el sheriff esbozó una sonrisa amable al ver a los niños Cornwell de pie frente a la entrada principal como dos esfinges. "Muchachos. Buenos días," saludó en un tono oficial con el que escondía su diversión. "Me pregunto si sería posible tener un par de palabras con su padre esta mañana."
"Buenos días Sheriff Ashford," respondió Pat educadamente, enderezando la espalda y cuadrando sus hombros con el fin de aparentar más edad de la que tenía. "Me temo que eso será imposible, señor. Nuestro padre abandonó ayer a nuestra madre porque ella está embarazada de trillizos. No sabemos dónde está ni si alguna vez regresará a casa."
"Trillizos significa tres bebés," interrumpió Drew, sosteniendo tres deditos hacia el rostro impertérrito del sheriff.
El sheriff Ashford tuvo que sofocar una carcajada al enfocar su mirada en los chiquillos con lo que él esperaba fuese una expresión neutra en su rostro. "Está bien... eso sí que es una pena. ¿Entonces quién es el adulto responsable por ustedes dos?"
"Nuestra madre," respondió Pat con prontitud. "Pero ella no puede levantarse de la cama a causa de los trillizos."
"¡Porque ella va a tener tres bebés!" repitió Drew con gravedad, sosteniendo nuevamente sus tres dedos hacia el rostro inexpresivo del sheriff.
La enorme puerta a sus espaldas se abrió de repente y la cabeza de Archie se asomó detrás de ella. "Niños, ¿qué están haciendo? Su padre los ha estado buscando por todas partes."
"Parece ser que su padre al fin ha decidido volver, muchachos," bromeó el sheriff, guiñando un ojo a los dos chicos cuyos rostros adquirieron el color de remolachas. "Buenos días, Archivald. Les estaba preguntando a los chicos si sería posible hablar con tu hermano o contigo en privado. En caso de que te preguntes el motivo de esta visita, se trata del incidente que ocurrió aquí ayer por la noche..."
"¡Sheriff Ashford! Por favor entre," respondió Archie de inmediato, abriendo la puerta de par en par. "Sólo estamos esperando a que Albert se una a nosotros para comenzar a desayunar, pero ya estamos reunidos en la cocina. Por favor, sígame."
Cuando el sheriff entró en la mansión, Archie fulminó a los chicos con una mirada de advertencia. "Voy a lidiar con ustedes dos, par de rufianes, más tarde," espetó con la mandíbula tensa, observando cómo los chiquillos se miraron el uno al otro antes de estallar en sonoras carcajadas para luego desaparecer en el jardín congelado.
Con la excepción de Elizabeth y Matthew Cornwell que aún estaban descansando después de pasar la noche en el hospital, toda la familia estaba ya sentada en la mesa del desayuno cuando Archie entró en la habitación seguido por el sheriff.
"Buenos días a todos," saludó al sheriff, quitándose el sombrero y sosteniéndolo contra su pecho. "Lamento venir tan temprano e interrumpir su comida, pero hay una cuestión muy seria que necesito discutir contigo, Stear."
Antes de que Stear tuviera la oportunidad de responder, Albert se puso de pie, ofreciendo respetuosamente su mano al sheriff. "Soy William Ardley, el jefe de esta familia," declaró estrechando la mano del oficial. "Si hay algo que discutir, soy la persona con la que debe hablar."
"Es un placer verle otra vez, señor Ardley. Yo era un buen amigo de su padre Henry y, talvez no lo recuerde, pero nos conocimos cuando usted era un niño. Su padre y yo solíamos pescar juntos... era un hombre muy bueno."
Albert relajó un poco su gesto adusto. "En ese caso, únase a nosotros para tomar una taza de café y llámeme solo Albert por favor," sugirió cortésmente.
Candy, quien estaba sentada en una silla junto a él, inmediatamente perdió su apetito. "Si se trata de Elisa Leagan, es conmigo con quien necesita hablar, sheriff," señaló ella, dejando su cuchillo y tenedor a un lado de su plato.
"Te agradezco la oferta Albert, pero prefiero ir al grano si no te importa. Supongo que usted es la señorita Candice White, ¿no es así?" indagó dirigiendo su atención hacia la rubia. Candy asintió levemente. "Estoy aquí porque la señorita Elisa Leagan quiere presentar cargos en su contra debido a un altercado que tuvo lugar aquí por la noche en el que ella fue lesionada físicamente. ¿Hay algún lugar en el que podemos hablar en privado, señorita Candy?"
"Ella no necesita ir a ningún lado," declaró Stear, tomando la mano de su esposa para tranquilizarla y dejarle saber que todo estaba bajo control. "Fuimos todos testigos de lo ocurrido ayer por la noche y Candy no hizo nada más que defenderse".
"Stear está en lo correcto," agregó Albert, girando el rostro para ver el pálido semblante de Candy. Sentándose otra vez, le ofreció una silla al sheriff con un gesto de su mano. "Esta mañana mi primo me contó lo sucedido y, en mi opinión, Candy no hizo nada más que defenderse cuando fue atacada por Elisa en su habitación."
Sherriff Ashford tomó la silla que le había sido ofrecida con un suspiro cansado. "Sea como sea, Albert, la señorita Leagan fue gravemente herida a raíz de ese altercado y está en su derecho legal de presentar cargos si ella así lo desea. En mi trabajo, tengo que lidiar con personas como ella todo el tiempo... y aunque tú y yo podríamos argumentar que obtuvo exactamente lo que se merecía, la ley está de su lado en este caso."
"¡Pensé que dijiste que estuviste a su lado todo el tiempo!" Annie escupió furiosa a su marido, taladrándolo con sus ojos azul zafiro. "¿Qué demonios pasó, Archivald Cornwell?"
"¡No la dejé sola ni por un segundo!" se defendió Archie cuando los ojos de todos los ahí presentes cayeron sobre su persona. "¡Ella debe haberse llevado el teléfono con ella cuando fue al baño, porque estuvo allí durante mucho tiempo! Al ver que no salía, pensé que talvez tenía un poco de estreñimiento... ¡Nunca me imaginé que estaría ocupada haciendo una llamada a la oficina del sheriff!"
Annie puso los ojos en blanco, demasiado enojada para seguir hablando con su marido. Archie, por su parte, pudo hacer poco más que tragar incómodo, ya que sabía que en la intimidad de su dormitorio su esposa iba a hacerlo trizas.
"Si no es molestia, sheriff Ashford, me gustaría tener a mi familia presente cuando hablemos," contestó la chica, sintiendo cómo Albert tomaba su mano, ofreciéndole con ese simple gesto su apoyo.
"Me temo que tendrá que acompañarme a mi oficina ahora mismo, señorita Candice," explicó el sheriff, mirándola con ojos preocupados. "Debo tomar su declaración y luego discutir los cargos que la señorita Leagan ha levantado contra usted. Si lo desea, puede traer a alguien con usted, pero tendrá que venir en un vehículo separado ya que usted tendrá que viajar en mi coche."
"¡Usted no puede estar pensando en ponerle esposas a mi hermana!" gritó Annie, repentinamente dejando su silla como si hubiera sido impulsada por un resorte. "¡Albert! ¡Tienes que hacer algo!," chilló frustrada, girándose para encarar al joven rubio.
"Cálmate mi amor," le sugirió Archie a su esposa, levantándose y poniendo un brazo alrededor de sus hombros por si acaso ella decidía tratar de abalanzarse sobre el sheriff para impedir que se llevara a su hermana. "Candy no es una criminal y el sheriff Ashford es un hombre razonable capaz de reconocer eso."
"Candy no irá a ninguna parte sola," declaró Albert, suavemente apretando la mano fría de Candy. "Dondequiera que vaya, yo iré con ella. Sheriff, usted conoce a mi familia y fue un amigo personal de mi padre … ¿le podría pedir que haga una excepción esta vez y yo llevaré a Candy a su oficina en mi coche? Juro que conduciremos detrás de su vehículo. No quiero que Candy tenga que sufrir la indignidad de viajar a su oficina en el asiento de trasero de su coche patrullero como si fuese una criminal. El pueblo entero estará chismorreando durante meses si alguien vislumbra a la señorita White llegando a la comisaría de esa manera."
El sheriff pareció pensárselo durante unos momentos antes de pararse, poniéndose nuevamente su sombrero de piel. "Muy bien, Albert," finalmente acordó con una sonrisa tensa. "Talvez le gustaría llevarse un buen abrigo y su bolso, señorita White. Trataré de terminar con el proceso tan pronto como sea posible, pero aun así podría tomar un poco de tiempo. Sé que no tengo que decir esto, pero si tiene un abogado, le recomendaría que lo llame cuanto antes."
"Yo no tengo…" comenzó a decir antes de que Albert interpusiera repentinamente. "Me he puesto en contacto con mi abogado esta mañana y estará aquí en treinta minutos," declaró el joven, levantándose y extendiendo su mano al sheriff. "Le llamaré de mi coche para pedirle que se dirija directamente a su oficina y nos encuentre ahí, sheriff Ashford."
El sheriff estrechó la mano de Albert con genuina admiración por el hijo de su difunto amigo. "Bueno, supongo que está decidido. No es necesario que me sigas a la estación, Albert, pero confío en que la señorita Candice estará allí no más tarde que dentro de una hora. Les pido disculpas nuevamente por interrumpir su mañana con este asunto. Decidí venir personalmente en lugar de enviar a uno de mis diputados por respeto a tu padre y a la familia Ardley... y puedo honestamente decir que tu padre habría estado orgulloso de llamarte hijo. Gracias por tu tiempo. Ahora, si me disculpan, no se preocupen por acompañarme a la puerta, ya conozco el camino de regreso a mi vehículo."
Tan pronto como el sheriff se marchó, Annie y Archie se dejaron caer en sus sillas y todo el mundo dejó escapar un suspiro de alivio colectivo. "¡Oh Candy, esto es terrible!" gimió Patty, todavía sosteniendo la mano de su marido. "¡No puedo creer que esa bruja haya tenido la audacia de presentar cargos contra ti!"
"Será mejor que Elisa no se atreva a volver a esta casa, Albert," exclamó Annie frunciendo el cejo y cruzando los brazos sobre su pecho. "Si mi hermana le rompió solo la nariz, yo le romperé la mandíbula… las costillas… sus piernas …"
"¡Ya basta Annie!" espetó Candy a la vez que Albert se sentaba nuevamente a su lado. "Me dejé llevar por la ira y ahora, como consecuencia, esa bruja tiene la ley a su favor. Albert," la rubio dirigió su atención hacia él, "¿Cuál es el resultado más probable en este tipo de situación?"
Todos los ahí reunidos contuvieron el aliento, posando sus miradas expectativas sobre Albert, esperando una respuesta. "Definitivamente pedirá un interdicto," contestó él sin emoción, sus hermosos ojos azul cobalto clavados en el rostro de la rubia y buscando algún indicio de lágrimas. ""No hay ningún testigo del incidente en sí, por lo que una alegación de defensa legítima por parte de Candy será difícil de comprobar... más aún si Elisa decide revelar la historia detrás de su animosidad."
"Tengo los arañazos que me hizo en la muñeca," afirmó Candy, mostrando a Albert las marcas rojas en su brazo. "Sé que probablemente debería haber usado otro método de defensa propia menos agresivo… pero ahora me doy cuenta de que ella me empujó buscando ese tipo de reacción. Supongo que Elisa nunca esperaba que yo le rompiera la nariz."
Rosemary, quien había permanecido en silencio durante la visita del sheriff, por fin habló. "Nunca conocerás a una persona más pérfida que Elisa Leagan, Candy. Todo lo que hace es un medio para lograr un fin. Mi corazonada es que ella quería hacer tu estadía en esta casa tan incómoda como fuera posible, de manera que tendrías que decidir marcharte por tu propia voluntad. Sin embargo, has demostrado que no eres fácilmente intimidada, así que ella tuvo que buscar la forma de elevar su plan de ataque y, desafortunadamente, eso la llevó a ser físicamente agresiva. Me alegro de que le rompieras la nariz… ahora talvez ella se lo piense dos veces antes de querer intimidar a otra persona en esta casa. Pero por supuesto, ese conocimiento sirve de poco consuelo cuando ella ha tenido la audacia de ponerse en contacto con las autoridades y asumir el papel de víctima."
"Albert, ¿hay algo que podamos hacer para ayudar a Candy?" preguntó George, consciente del enorme estrés que la situación podría estar causando a su joven cuñado.
Albert miró a George con agradecimiento grabado en sus ojos. "Gracias, George. Necesito que me ayudes a organizar la instalación de una cabaña desmontable para Elisa al final del jardín. No estaba bromeando cuando le advertí que no le permitiría alojarse en esta casa si ella causaba algún problema y si ahora piensa que ha ganado la batalla, lamento que estará profundamente decepcionada. La cabaña debe ser funcional, George, no lujosa. El espacio suficiente para una cama y un cuarto de baño… nada más. Me niego a verme forzado a entrar en el juego de esa mujer. Candy, ¿puedes llamar a tu tía Pony y preguntarle si es posible quedarte con ella hasta que todo este lío esté solucionado? No quiero que te marches de esta casa pero, hasta que averigüe la manera de cómo manejar a Elisa y sus locuras, necesito mantenerte a salvo y muy lejos de ella."
El silencio que descendió sobre aquellos fue aplastante y todos jugaron desganados con los restos de comida en sus platos hasta Annie, como era de esperarse, protestó vehementemente desde su asiento. "Esto no es justo, Albert. Mi hermana no hizo nada malo. No puedo creer que a esa zorra le será permitido permanecer en esta casa mientras mi hermana se ve obligada a permanecer lejos de mí y de sus sobrinas y sobrinos."
"A nadie le gusta esa perspectiva más que a ti, Annie, pero por favor trata de entender que las manos de mi hermano están atadas por el testamento de tía Elroy," explicó Rosemary con suavidad, disfrutando la rara oportunidad de defender a su hermano menor. "Ninguno de nosotros quiere ver a Candy salir de esta casa, Annie, pero mi hermano tiene razón. Elisa es … imprevisible y esto la hace muy peligrosa para controlar. Sus ataques contra Candy llegarán a empeorarse si comparten el mismo espacio. Hasta que toda esta farsa con el testamento se termine, creo que Candy estaría más segura si se queda con su tía."
Albert abandonó su asiento, ayudando a la rubia a hacer lo mismo. "Gracias por todo su apoyo," ella dijo a todos, mas mirando directamente a Albert a los ojos. "Creo que ya es hora de irnos, Albert. No quiero hacer esperar al sheriff."
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Continuará después de la Guerra Florida 2017
Chicas, lamento mucho no poder actualizar con más frecuencia, pero como muchas saben, eso de ser la Mujer Maravilla es difícil después de trabajar y estar al tanto de 5 hijos…
Siento mucho si alguien se siente defraudada por mi tardía en subir cada capítulo, pero tampoco quiero escribir algo que no sea digno de su lectura.
Si tuviera más tiempo (o me ganara la lotería) definitivamente podría dedicarme a este pasatiempo con más frecuencia.
Sus amables palabras de apoyo siguen siendo mi mayor fuente de ánimo e inspiración.
Como siempre, agradezco a las chicas que leen en silencio, y aún más a las que dejan un comentario:
HaniR
Sabrina Weasley
Katnnis
Stormaw
Elitagv
Gina Riquelme
Tania Lizbeth
Glenda
Liovana
Nina
Carolina Macias
Paulayjoaqui
Guest
ROSSANA
Mary silenciosa
Candy777
Angdl
Chiquita Andrew
Silvia gc
Saray Gazel
Mercedes
Fandcya
Bertgirl
