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Capítulo XII – El Principio del Fin
En el capítulo anterior…
— No te atrevas a hablarme, jovencita. — dijo con una indescriptible frialdad.
— Padre…
Rin se estremeció en el suelo, trató de levantarse, pero sus piernas le fallaron. Su cuerpo no respondía… Era obvio que se encontraba mucho más que aterrada. Su padre la tomó violentamente del brazo, obligándola a pararse, y la empujó hacia las escaleras.
La joven cayó de rodillas en frente del primer escalón. Devolvió su vista a los presentes, examinado nuevamente aquella escena. Los soldados la miraban inquietos, esperando que se hallase bien, su padre se mantenía con el entrecejo fruncido, respirando agitadamente y con los puños cerrados. Jack no había salido de su escondite, y no tenía intenciones de hacerlo.
Logró incorporarse, pero se mantuvo callada, parecía que sus labios se habían sellado.
— ¡Llévenselo! — volvió a ordenar el comandante, mirando a Gakupo y a Dell, pero ninguno se movió, simplemente no podían traicionar a su compañero…— ¡¿Qué esperan? ¡Dije que se lo llevaran! — exclamó. Ambos cerraron sus párpados, deseando que todo fuera un mal sueño; y acataron el mandato con pesadez.
— Padre…— susurró Rin extendiendo una mano hacia él… No podía creer lo que estaba pasando.
— ¡Lárgate Rin! – le gritó molesto a su hija. Ella retrocedió.
— Está bien, Rin…— le habló Kaito desde la puerta — Todo estará bien…— musitó sonriendo. La chica sintió como su corazón se estremecía ante el acto del peliazul.
— Kaito…— tragó con fuerza. Transcurrieron unos segundos de silencio, parecía que el tiempo se hubiese detenido. El cerró sus ojos resignado, al mismo tiempo en que sus opresores retomaban la marcha.
La rubia no pudo hacer nada, más que mirar cómo se llevaban a su cómplice. La puerta principal se cerró, inundando la casa en un completo silencio. Decidió retirarse del lugar, con la intensión de refugiarse en su cuarto, aunque no estaba muy segura de que si estaría completamente a salvo ahí. Se giró y comenzó a ascender por los escalones.
— Y tú…— la llamó su padre, haciendo que se detuviera enseguida. No se giró a verlo, prefería seguir dándole la espalda a ver su irreconocible expresión — La única razón de que no corriste con la misma suerte que el general es debido a que eres mi hija, y no tengo pensando ejecutar a alguien de mi misma sangre…— ella llevó sus manos a su boca, oprimiendo un chillido de horror — Pero no me creas un mal padre…Tú te lo buscaste, Rin — sentenció.
Aguardó un momento, para después terminar de subir aquella vieja escalera de madera. Entró precipitadamente en su alcoba, cerrando con fuerza la puerta. Cayó de rodillas ante ella, mientras sollozaba desesperada.
— Esto no puede estar pasando…— repetía. Un fuerte dolor se apoderó de ella, su corazón se contrajo, y comenzó a ver borroso — Len…— llevó su mano a su pecho, apretándola fuertemente.
Su vista se nubló completamente, y lo último que sintió fue el choque de su cuerpo contra el frío piso. Apareció en un espacio negro, sentía que flotaba. De repente, una fuerte luz la cegó y pudo divisar al rubio sentando no muy lejos de la cerca; mantenía su rostro oculto entre sus rodillas. Trató de llamarlo, pero éste no la escuchó. Intentó llegar a él, más unos soldados se acercaron antes, lo apresaron y comenzaron a arrastrarlo. Algo que no había notado Rin, es que el chico se encontraba gravemente herido, como si le hubiesen dado una paliza…
— ¿Pero qué…?
Siguió a los hombres, y pudo ver como metían a Len en una extraña edificación. Era más o menos rectangular, con paredes hechas a base de ladrillos y cemento. Se hicieron paso entre mucha gente que se hallaba en el suelo, tirados.
— ¿Estarán dormidos? — se preguntó Rin acercándose a ver a uno de ellos. Se agachó, y lo tocó — Un cadáver…— musitó al sentir el frío cuerpo sin vida. Trató de alejarse, pero tropezó, cayendo sentada entre aquella multitud.
Inspeccionó su alrededor y notó que todos eran iguales: cuerpos flacuchos, sucios, y amontonados en el suelo como si de basura se tratase. Sintió un vacío en el estómago, y unas inmensas ganas de gritar.
— ¡Todos son cadáveres! — corroboró espantada.
Escuchó un fuerte estruendo, se giró y los solados se encontraban cerrado una puerta de metal oxidado. Se quedaron quietos, aparentaban estar esperando algo. En seguida, apareció su padre, le pasó por un lado, como si ella no existiese, y se acercó a ellos.
— ¡Pueden continuar! — confirmó con su típica expresión fría. Los nazis asintieron.
— ¿Continuar…? — repitió confundida. Un profano silencio gobernó el ambiente. Sin embargo, a pesar de que no se escuchaba nada, la rubia oía lamentos.
— ¡Rin…! ¡Rin…! — alguien la nombraba incontable veces. Se levantó como pudo y se dirigió a la entrada del extraño edificio. Algo inesperado sucedió: atravesó la puerta y se encontró un cuarto completamente vacío y oscuro.
— ¿Dónde estoy…? — cuestionó tratando de ver algo en aquella penumbra.
— Rin…— escuchó decir a alguien. Buscó al dueño de esa voz, y, en una esquina de aquella recámara, lo encontró.
Len se encontraba recostado en la pared, sufriendo en silencio. Ella se percató de las heridas del muchacho, y, antes de que pudiese actuar, oyó que él murmuraba:
— No quiero morir…
— ¡No vas a morir! — le reprochó. Corrió a su lado, y, en un intento fallido, quiso alentar a su acompañante a levantarse, pero éste no podía oírla. Sus esfuerzos eran inútiles.
— Debí decirle… — se reprendía. Rin comenzó a llorar, mientras zarandeaba al joven.
— ¡Len, por favor, reacciona! ¿Por qué no me oyes…?
— Mi querida Rin… ¿dónde estarás en este momento?
— ¡Estoy aquí! ¡Escúchame! — gritaba alterada. No cesaba de agitarlo, pero para él ella no se encontraba ahí.
— Si tan solo no te hubieses ido…— tosió secamente — Deseaba decirte algo…
— ¡Estoy aquí…! — insistió abrazándolo — ¡Len! ¡Len! ¡Óyeme…! ¡Te lo ruego…!
— Ojalá nos volvamos a encontrar…en otra vida, tal vez…— susurró cerrando por completo sus ojos, mientras sus palabras se perdían en el viento. Su cabeza cedió ante su peso y chocó contra la helada pared. Rin lo miró atónita.
— No puede ser… Len… ¡despierta…! — rogó acariciando su rostro. Sus lágrimas caían desde sus mejillas hasta las manos del muchacho — ¡Len…!
— ¡LEN! — despertó de golpe, respirando agitadamente. Se encontraba acostada en su cama, con un pequeño retazo de tela húmedo en la cabeza, dándole a entender que había tenido fiebre. Sentía el constante choque de su corazón contra su pecho — Tuve una pesadilla…— aseguró.
— ¿Ya has despertado? — interrogó una voz desde la puerta del cuarto. Rin se sobresaltó al sentir la presencia de alguien.
— ¡Haku! — dijo al ver a la joven albina — ¿Qué haces tú aquí?
— ¿Ya te sientes mejor? — esquivó su pregunta — Has dormido mucho.
— ¿Dormido…? ¿Cuánto tiempo?
— Llevas 2 días con fiebre… empezaba a preocuparme — contestó colocando un recipiente con agua en su mesa de noche. Tomó el pañuelito que hasta hace unos momentos la rubia tenía en la frente, y lo remojó con cuidado.
— ¿Dos… días? - se sorprendió al recibir tal información. Guardó silencio, recordando lo último que pasó — Haku, ¿qué ha sucedido con Kaito…? — inquirió ocultando su mirada, temía la respuesta que pudiese recibir.
La muchacha de mirada borgoña se quedó callada y la examinó detenidamente. En sus ojos escarlatas se notaba un gran dolor y tristeza. Salió precipitadamente de la recámara, dejándola completamente sola.
— Kaito…— respiró profundamente, tratando de calmar aquel sentimiento que la destruía. Pero, fracasando en el intento, no aguantó más y rompió en el llanto — ¡Fue mi culpa! ¡Todo esto es mi culpa! ¡Si tan solo no lo hubiese involucrado!
— Veo que ya despertaste, Rin…— le llamó una voz masculina. Se tensó completamente; el dueño de aquella voz era la última persona que quería ver. Levantó su mirada hacia la puerta de la habitación y confirmó sus sospechas: el teniente se hallaba recostado sobre el marco de ésta.
— ¡Lárgate! — exclamó furiosa — ¡No quiero verte! ¡Sal de aquí!
— Vamos, querida…— tomó asiento en la orilla de la cama donde permanecía la joven — Debes olvidar lo que ocurrió… Eso quedó en el pasado… Comencemos de nuevo, ¿sí?
No contestó. Mantenía una arruga entre sus cejas, mientras apretaba los puños con rabia.
— ¿Olvidarlo todo? ¿Comenzar de nuevo? ¿Qué le ocurre a este tipo? — se decía molesta.
— Sé que estás enojada, pero con el tiempo podrás perdonarme — se acercó peligrosamente a ella — ¿O me equivoco?
— ¡Aléjate! — le espetó, empujándolo. El teniente soltó una risita.
— Eres adorable…— opinó aproximándose nuevamente — Eres muy hermosa, ¿te lo han dicho? — pronunció en un suspiro, muy cerca de su rostro.
— Y tú muy insistente — ironizó — Te dije que no te me acercaras…
— ¿Eso es una amenaza? — consultó con un tono pícaro y a la vez burlón — Porque yo no te tengo miedo.
— Eso no era una amenaza, era un advertencia — aclaró tomando el recipiente que había dejado Haku, para luego verter su contenido sobre aquel acosador.
Saltó de su camastro, disponiéndose a abandonar el cuarto. Sin embargo, Jack fue más rápido y la haló por el brazo, acorralándola contra la pared. Rin trató de soltarse del agarre, pero por más que forcejeara, el teniente era más fuerte que ella.
— Eres una pequeña traviesa…— sonrió socarronamente — Me vuelves loco…— susurró cerca del cuello de la muchacha. Desesperada, comenzó a gritar.
— ¡AUXILIO! ¡AUXILIO! — imploraba el socorro de alguien. Se sentía impotente al encontrarse en aquella posición.
— Shh…— la cayó el pelirrojo, colocando sobre su boca una de sus manos — No grites, linda…
— ¡SUÉLTAME DEPRAVADO! ¡PERVERTIDO! — vociferó apartando la mano del oficial — ¡No quiero que me toques! ¡Qué me sueltes! — repetía exhausta.
Antes de que el pelirrojo pudiese decir algo, entraron en la pieza Dell y Gakupo, quienes habían oído el alboroto causado por la joven.
— ¡Jack! — exclamó el soldado de cabello violáceo al verlos en esa situación tan comprometedora — ¡Suéltala! — ordenó. Tomó al susodicho por lo brazos, alejándolo de Rin, y lo aventó hacia el otro extremo de la habitación.
— ¡¿Pero qué carrizo estabas haciendo? — cuestionó Dell colocándose enfrente de la rubia — ¡¿Estás loco o qué?
— ¡Bah! Esto no es asunto de ustedes…— recobró la compostura, mientras una mueca arrogante se pintaba en su rostro — Si se entrometen… Terminaran como el general Kaito — soltó una sonora carcajada — Muertos — pronunció serio y se retiró de aquella estancia.
— ¡Gracias a Dios que llegaron! — cayó aterrorizada al suelo — ¡Tenía mucho miedo…!
Gakupo y Dell se intercambiaron miradas con notable preocupación, ciertamente se encontraban entre la espada y la pared. Sin previo aviso, la muchacha colapsó, quedando inconsciente nuevamente.
— ¡Señorita…!
.
.
Len se hallaba trabajando en la tierra, hombro a hombro con los demás presos. La pica que utilizaba resonaba cuando tocaba el suelo... Subía y bajaba, entraba y salía... Una ardua labor, que requería de mucha paciencia, además de tiempo, y eso era algo que le sobraba a Len. Meito, quien se encontraba a su lado, mantenía una animada plática con él.
— Oí que los ingleses se estaban moviendo… — musitó asegurándose de que ninguno de los guardias lo escuchara — ¡Aun hay esperanza de salir de aquí, Len!
— Ojalá… — sonrió de manera soñadora aquel rubio — ¿Qué crees que pase después de la guerra, Meito?
— ¿Después de la guerra…? — repitió pensativo el castaño — No lo sé. Supongo que habrá que reconstruir a los países en ruinas...
— ¿Podremos rehacer nuestras vidas, no? — preguntó esperanzado, imaginándose un futuro próspero. Pero, su felicidad desapareció en menos de una milésima de segundo — Tú crees… ¿que mis padres estén bien? — ocultó su mirada, deteniendo su trabajo con la pica.
Su acompañante lo miró atentamente, no sabía que responder ante aquella pregunta. A diferencia de Len, Meito sí sabía sobre su familia. Su hermana había huido a Estados Unidos con sus padres, y cuando el planeaba irse con su abuela, los encontraron, y al ser descendientes de judíos, fueron a parar donde estaban ahora. Más no podía darse el lujo de ver a su amigo deprimirse, así que decidió animarlo. Pero, antes de que pudiese decir algo, un fuerte sonido proveniente de la entrada al campo retumbó por todo el lugar. Una camioneta entró en la prisión, y de ella bajaron los oficiales que mantenían inmovilizado a Kaito.
Los prisioneros se detuvieron un momento, observando la escena que estaba por armarse.
— ¡Kaito Shion será ejecutado mañana al amanecer, por órdenes directas del comandante Shun Yamamoto! — indicó uno de los soldados poniéndose al tanto de lo que ocurría.
Una ola de murmullos se desató sobre el lugar. Los judíos se miraban expectantes, cuestionándose qué habría hecho aquel hombre para que lo mandasen a ejecutar.
— Estamos hablando de los nazis…— susurró un hombre adulto — Ese muchacho pudo habernos defendido, y ya lo tomarían como traición.
— No creo que sea un delincuente — opinó otro en voz baja — Se veía que era un buen muchacho…
— ¿Por qué lo defienden? — refutaba un tercero — ¡Es un nazi, al fin y al cabo!
— Yo también pienso que aparentaba ser un buen joven — irrumpió en la plática Len — Después de todo, él me defendió.
— ¡Bah! Ustedes son muy blandos, un nazi será un nazi hasta la muerte — repuso el mismo que antes había hablado.
— Quien diría que Len Kagamine defendería a un general nazi — bromeó su amigo de ojos pardos.
Len sonrió, al mismo tiempo en que se escuchaban disparos cerca de ellos.
— ¿Quién les dijo que podían parar? ¡Continúen trabajando! — gritó un oficial, amenazando con la vista a los pobres presos. Todos los presentes — condenados, claro — tomaron de nuevo sus herramientas y continuaron con su labor.
El rubio pudo ver como despojaban a Kaito de sus ropas, y lo vestían como un prisionero. Le dieron una pala y lo sometieron al trabajo forzoso. Len, indignado por la forma en que ellos se burlaban del que antes era su compañero, se dispuso a acercarse al joven peli azul.
— ¡Vamos, más rápido, más rápido! – dictaba un soldado joven, aparentemente era un novato — ¿No querías ser tratado como uno de ellos? ¡Pues continúa trabajando! — se carcajeó al ver humillado al ex general.
Sin embargo, la expresión de Kaito solo mostraba serenidad. No se arrepentía de alguna de sus decisiones. Por fin Len logró llegar a su lado.
— Hola — le saludó amablemente. Él tardó varios minutos en responder; se encontraba reflexionando algo.
— ¿No te parece irónico? — consultó riéndose.
— ¿Qué cosa? — inquirió el rubio intrigado — ¿Qué es tan gracioso?
— Yo era uno de ellos — señaló a quienes ahora se reían de él — Los hacía llamar mis camaradas, y míralos ahora…
— No me sorprende — le reprochó, recibiendo una mirada de confusión por parte de su compañero — Nunca he visto que sean leales a algo, todos son iguales… Unos cínicos sin corazón — opinó — Pero, tú eres diferente… Que estés en la misma situación que nosotros lo prueba.
Kaito quedó atónito ante las palabras del chico, no tenía nada que decir en contra de aquella deducción. Una sonrisa adornó su rostro y despeinó un poco la cabellera del muchacho.
— Eres bastante simpático, ¿lo sabías?
— Oye…— habló Len, armándose de valor — ¿Qué ha pasado con Rin?
— Eh…— calló unos momentos. Inhaló un poco de aire, aclaró su garganta y respondió — Ella se encuentra en una situación difícil…
— ¿Cómo así? — insistió — ¿Le ha ocurrido algo malo?
— Verás, todo tiene que ver con el por qué terminé aquí… — buscó las palabras correctas — La descubrieron.
— ¿La qué? — parpadeó estupefacto — Pero ella estará bien, ¿cierto?
— Bueno, yo creo…
— ¡Oigan! — intervino nuevamente el soldado, golpeando a Kaito en la cabeza. El susodicho perdió el equilibrio, cayendo en la tierra, mientras el novato se reía descaradamente — ¡Sigan trabajando!
— ¡Fujiwara! — se acercó Dell molesto — ¿Qué rayos estás haciendo? ¡Lárgate de aquí! — apuntó — ¡Ve con Mikuo a vigilar el lado noroeste!
— Pero…
— ¡Vete! — dictaminó, fulminándolo con la mirada.
— Entendido — el joven soldado se alejó de ahí, susurrando imprudencias que ninguno llegó a oír.
— ¿Estás bien…? — consultó algo angustiado el albino. Kaito sonrió al ver que su amigo seguía siendo el mismo.
— No te preocupes, Dell… Será mejor que te vayas o te meterás en problemas — sugirió. Su amigo asintió y guardó distancia de ellos.
— ¡A trabajar! — siguió con su papel de líder, examinando atentamente al peliazul.
Len dejó el tema hasta ese punto. Estaba asustado, aunque no entendía cuál era el motivo de su inquietud. El oscuro manto que traía consigo esa noche cayó sobre el campo, sin embargo, no había luceros en el cielo. Ni una sola estrella se veía en aquella oscuridad, ¿sería una señal de mal presagio?
No supo dónde pasó la noche Kaito, pues lo perdió de vista después de varias horas de trabajo y reagrupación.
Esa mañana, los soldados entraron en la cabaña más temprano de lo usual.
— ¡Levántense! — exclamó uno, mientras golpeaba con su barrote los postes de madera de las literas, logrando despertar a todo el mundo por el alboroto.
Los condenados salieron de la barraca, bajo amenazas y golpes. Llegaron hasta el centro del campo, donde se encontraban un gran grupo de uniformados reunidos. En el centro de éstos, se encontraba el general Shion, vestido nuevamente con su antiguo uniforme. Tenía atada las muñecas, y estaba sometido a una fuerte vigilancia.
— ¿Qué es esto? — susurró Meito, haciéndose paso entre la gente.
— La ejecución…— tragó secamente.
El padre de Rin llegó hasta donde se encontraba el peliazul, arrodillado. Se colocó a su altura, y después de examinarlo unos minutos, tuvo el descaro de escupirle en la cara.
— Quiero que todos ustedes vean lo que sucede cuando me traicionan… O si quiera, se atreven a traicionar al Führer — habló.
Con una de sus manos, hiso una seña hacia los soldados para que se pusieran en posición. Éstos, obedeciendo el mandato, tomaron lugar alrededor del joven, rodeándolo por completo. El comandante se alejó del "traidor".
— ¡Preparados! — vociferó. Los nazis alistaron sus armas, manteniendo como objetivo a Kaito.
— Imposible…— Len tenía sus ojos en blanco — ¿Es que acaso no tienen corazón? — murmuró — Es cierto, no lo tienen…— se dijo irónico.
— ¡Listos! — acercaron sus dedos a los gatillos. Kaito buscó entre la multitud al joven rubio, esperando ver a través de él la imagen de Rin. Lo localizó al lado de Meito, en su rostro se hacía presente el horror.
— Len…— susurró entristecido. Si la rubia estuviera ahí, lo vería de la misma forma. Cerró sus ojos, esperando el último golpe — No me arrepiento de nada…
— ¡Fuego! —
Silencio.
Después de aquella orden y el fuerte sonido de los disparos, lo único que hubo fue un silencio. El cuerpo de Kaito cayó estrepitosamente al suelo. Gakupo se acercó a recogerlo, reprimiéndose sus inmensas ganas de llorar. Dell ocultó su mirada, no podía creer lo que estaba ocurriendo.
El comandante soltó una risita, mientras sonreía de manera temible. Cuando el oficial de cabello púrpura retiraba el cadáver del lugar, aquel individuo mandó a llamar a Dell.
— ¿Sucede algo? — se presentó éste.
— Dell, busca a un joven rubio, de ojos azules, llamado Len — le espetó. El muchacho levantó una de sus cejas, incrédulo.
— Pero señor, hay muchísimos prisioneros aquí y…— trató de excusarse, pero fue en vano.
— ¡Hazlo ahora! — ordenó. Dell se quedó callado — Solo busca en los registros a un niño llamado Len Kagamine — verificó el nombre en un pequeño papel — Y cuando lo encuentres, trámelo.
— C-Claro…— respondió inseguro ante tal petición.
Acatando la orden, se dirigió al edificio donde se hallaban los libros en los que se registraban los presos. Leyó libro tras libro, examinándolos atentamente. Buscaba por edad, género, nacionalidad… Pero, eran demasiados prisioneros. Parecía que nunca iba a terminar.
Inseguro, se encaminó hasta las numerosas cabañas, y puso en marcha su nuevo plan. Entró en la primera, y una vez dentro, preguntó:
— ¿Len Kagamine está aquí? — pero no recibió respuesta.
Continúo haciendo eso en las próximas 3 cabañas, hasta que en la 4ta, al realizar esa pregunta, cierto hombre contestó:
— Ese niño se encuentra en una de las últimas cabañas… Ahí donde casi todos son más jóvenes de 30 años…— musitó adolorido un anciano.
Dell siguió su trayecto hasta esa cabaña, y se hiso paso entre la gente que se hallaba dentro de esta.
— ¡ Escuchen todos! — gritó adentro. Todos los presentes voltearon a verlo — Len Kagamine, venga conmigo — ordenó.
Meito frunció el ceño, no le daba buena espina que llamaran a su amigo. Sin hacerse esperar, el rubio se levantó del suelo y dio un paso al frente para que el albino pudiese verlo. Dell se llevó una gran sorpresa al detallarlo bien: era idéntico a Rin. Además, era el mismo muchacho con que Jack había tenido una disputa. ¿Por qué el comandante lo quería ver?
Cuando el ojiceleste estuvo lo suficientemente cerca de él, lo tomó bruscamente por el brazo y comenzó a, literalmente, arrastrarlo
— ¿A dónde me llevas? — interrogó Len rompiendo el silencio.
— No lo sé — contestó — El comandante me pidió que te llevara con él…
En seguida, Len se frenó de golpe, deteniendo consigo al nazi.
— ¿Me vas a llevar con él…? — repitió atemorizado.
— Órdenes son órdenes — recalcó. Len lo miró suplicante, era fácil deducir que tenía miedo.
— ¿Me van a matar? — habló. Dell abrió los ojos, sorprendido, sin saber que contestar a eso. Lo pensó por varios minutos, y no se reconoció. Él jamás había sido tan abierto con los prisioneros.
Lentamente, soltó el brazo del joven y lo miró con compasión.
— Vete, le diré al comandante que estabas terminando tu trabajo — explicó.
— ¿No te meterás en problemas?
— ¡Ja! ¿Te preocupas por mí? ¡Qué tontería! — siempre con su orgullo por delante — ¡Preocúpate más por tu suerte que por la mía!
El joven rubio, aun confundido, hiso un gesto de afirmación y regresó corriendo a su cabaña.
— Vaya, no pensé que desobedecerías una orden…— comentó una voz detrás de él.
— Gakupo… ¿Le dirás al comandante…?
— No, no lo haré… Yo en tú lugar hubiese hecho lo mismo — contestó — Además, ese niño es bastante agradable...
— Concuerdo contigo.
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— ¿Hacía su trabajo? — repitió molesto el líder.
— Señor, ¿con qué motivo requiere la presencia de ese muchacho? — consultó el de mirada escarlata, tratando de evadir esa interrogación.
— ¿Con qué motivo, dices? — sonrió — Digamos, que hay algo que quiero hablar con él…
Ninguno de los soldados entendió esa respuesta, pero no tenían intenciones de meterse en los asuntos de ese hombre. Antes de que pudiesen retomar aquella conversación, entró un civil a la cabaña en la que se encontraban.
— Comandante Yamamoto, traigo un mensaje para usted — explicó señalando un pedacito de papel.
— Habla.
— Es de parte de la señorita Haku. Ella le informa que su hija está ardiendo en fiebre, y que, por más que lo intente, no se despierta. Si continúa así, la señorita Rin podría morir…
Sonó un fuerte golpe contra una mesa, tomando por sorpresa a los presentes. Dell observó cómo Shun apretaba los puños, y maldecía por lo bajo.
— Trae un vehículo — le indicó el comandante. El mensajero salió de aquel sitio — Iré a la ciudad a buscar al doctor, será mejor traerlo pronto — objetó, contándole su plan a Dell y Gakupo.
— ¿Quién quedará al mando, señor?
— Jack.
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— ¿Mi padre aun no regresa? — consultó Rin, después de haber recobrado la conciencia horas después — ¿Hace cuánto se fue?
— Ayer, señorita — respondió Dell, entregándole una taza de té — Supimos que se le presentó un problema con respecto al médico…
— Entonces,… Jack está al mando, ¿no? — confirmó — Ese estúpido — su acompañante rió ante tal expresión — ¿Qué? Es cierto.
— El teniente regresó al campo — entró inquieto Gakupo al cuarto.
— ¡¿Qué? — Dell se levantó al tope — ¡Rápido! ¡No debemos dejarlo solo!
— ¡Esperen! — intervino Rin, confundida ante tal preocupación — ¿Por qué tanta prisa?
— Señorita, si dejamos a Jack solo, ¡quién sabe qué le hará a los presos! — respondió el albino.
— En especial, a ese muchacho que tanto odia… A Len - Rin abrió sus ojos desmesuradamente.
— Oh Dios mío…- chilló imaginándose lo que le pudiese ocurrir.
Ambos soldados salieron corriendo de la casa, pero no había ningún auto en el porche de la casa. Mandaron a llamar un vehículo al campo, pero tardaría unos 10 minutos en llegar, y otros 10 minutos en llevarlos. Demasiado tiempo para que Jack hiciese de las suyas.
— ¡Ese desgraciado!
.
El pelirrojo caminaba entre las cabañas, viendo con repulsión y superioridad a todos los prisioneros del lugar. En su memoria se hacía presente su última conversación con el comandante Yamamoto.
— ¿Sabes qué hacer, Jack?
— Así es, señor.
— Pero, no lo asesines. Yo también quiero ser partícipe en esto.
— Entendido, señor.
Una risa espantosa salió de sus labios. Entró en una de las míseras barracas y examinó a los presos, encontrando al que buscaba entre aquella multitud.
— Len Kagamine, da un paso al frente.
El rubio arrugó su entrecejo al percatarse quién era aquel hombre, más obedeció la orden y se acercó a él.
— Vendrás conmigo — tomó su brazo, y murmuró cerca de su oído — Tú suerte se ha acabado. Acaba de comenzar, el principio de tu fin.
Continuará…
¿Largo? ¿Trágico? ¿Horrible?
¿Fui demasiado cruel? D:
Perdonen :(
Tuve mucho tiempo para escribir este cap. — además de que es Semana Santa — .
Tal vez suba otro el jueves o viernes.
Como sea, espero que les haya gustado :(
Me esmeré en él, y como estoy engripada no se si quedó bien o no, todo es muy confuso.
Hablando de confusión, si tienen alguna duda con más o menos el tiempo, me la dicen :)
Sin más que decirles, ¡me despido! ¡Cuídense!
¡Dejen sus reviews!
Con cariño, Jess.
