Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 12

Edward se quedó una semana en el rancho, disfrutando de su nueva familia. Sorprendió a todos con su decisión de ayudar con algunas de las tareas más desagradables, y pronto superó la aprensión que le producía estar cerca de animales grandes.

Tras decidir que regresarían el domingo, la pareja estaba disfrutando de una barbacoa con la familia cuando el padre de Isabella señaló unas ominosas nubes que se acercaban rápidamente.

—Parece que vais a tener que quedaros uno o dos días más— afirmó, observando el cielo. —Es probable que la tormenta empiece esta noche.

Después de excusarse, Edward llamó a Sam para informarle del posible cambio de planes. Tras rechazar su ofrecimiento de enviarles el helicóptero, decidió que esperarían a que pasara la tormenta.

—Antes de que cuelgues... —comenzó Sam, y tomó una bocanada de aire.

—¿Qué ocurre?

—Estaba esperando a que regresaras, pero si vas a tardar más…

—Sam, ¡suéltalo! —exigió Edward, preocupado.

—He hablado con el abogado de Nueva York, el que administra los fondos de tus padres. Hace tres noches hubo un incendio en el edificio de apartamentos donde vivían. La policía no ha descartado que se trate de un incendio provocado, pero se inclinan más por una negligencia.

—¿Están bien? Espera. Has dicho "vivían".

—Murieron varias personas, principalmente por inhalación de humo. Hasta esta mañana no habían identificado todos los cadáveres.

—¿Y?

—Tus padres estaban entre ellos. Lo siento mucho, Edward.

Apoyándose contra la pared, Edward respiró profundamente.

—¿Sabes si sufrieron?

—No lo sé. Lo siento. El incendio se produjo después de la medianoche, por lo que es posible que estuvieran en la cama. Puede que no se despertaran.

Asintiendo con la cabeza, Edward tragó saliva.

—Eso ya es algo. Sam, gracias por decírmelo. Eres un buen amigo, y últimamente has tenido que hacer cosas no muy agradables. Recuérdame que haga algo por ti cuando regrese.

—Edward, no es necesario.

—Sí. Lo es.

Tras colgar el teléfono, Edward caminó despacio hacia la casa. Un murmullo de risas resonaba en el aire y vio a sus sobrinos corriendo por el patio. Deseó que las cosas hubiesen sido distintas con sus padres. Estaba seguro de que en otra vida habrían querido a Isabella y a sus nietos.

Pero la suya había sido una vida de angustia y remordimientos. Cuando se aproximó a Isabella, ésta hizo una pausa en su conversación con una de sus cuñadas al ver la expresión de su rostro. Acercándose, miró a su esposa y se juró a sí mismo que jamás sería como sus padres. Siempre amaría a su esposa e hijos.

—¿Has conseguido hablar con Sam?

Él asintió con la cabeza.

—Sí, sabe que seguramente no volveremos mañana.

Acariciándole el pecho, contemplo su rostro apenado —Edward, ¿qué ha pasado?

—Ha habido un accidente. Un incendio— se corrigió. —En casa de mis padres.

—¿Están...?

Él sacudió la cabeza.

—No sobrevivieron— dijo, preguntándose por qué no estaba más afectado.

Isabella se aproximó y le abrazó.

—Lo siento mucho.

—¿Qué es lo que sientes? —preguntó Paul, uniéndose a ellos.

Ella miró a su hermano y le contó lo sucedido. Antes de que Edward pudiese hablar, se encontró completamente rodeado del clan Swan, que le ofrecía sus condolencias y abrazos. Aquel despliegue de cariño fue muy abrumador, y Edward sintió cómo los vestigios de su vida pasada se desvanecían con el amor y la bondad de aquella familia.

Más tarde, mandaron a los niños a la cama y sacaron varias botellas de whisky irlandés y de centeno, y repartieron vasos para todos. Brindaron por todos los que se habían ido.

Cerca de la medianoche, la lluvia empezó a caer, e Isabella acompañó a un Edward muy bebido a su cabaña. Tras entrar, le ayudó a quitarse la ropa mojada antes de que se desplomara sobre la cama.

—Isabella, mi Isabella— canturreó él, antes de darse la vuelta y quedarse dormido.

Isabella lo besó delicadamente y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Mientras el agua le caía por la espalda, apoyó la frente contra la pared. Le dolía la cabeza desde la cena, pero después de enterarse de la muerte de sus suegros, quería darle tiempo a su marido para que llorara su pérdida.

Cuando salió de la ducha, escuchó la lluvia caer, y supo que no se irían al día siguiente. Aunque le encantaba pasar tiempo con su familia, iba a dar a luz en menos de un mes, y estaba ansiosa por volver a casa y terminar el cuarto de los bebés.

Tras meterse a la cama, durmió de forma intermitente, con un sueño plagado de pesadillas que no había tenido desde la muerte de su madre. Asumiendo que estaban provocadas por el fallecimiento de los padres de Edward, se incorporó y observó a su esposo, deseando poder dormir con aquella paz. Miró por la ventana y vio que casi era de día, y aún seguía lloviendo.

Se levantó y se estiró, y estaba a medio camino del baño cuando empezó a sentir dolores. Aferrándose a su vientre, contuvo el aliento, antes de recordarse a sí misma cómo debía respirar. Al disminuir el dolor, fue a dar otro paso, pero notó que tenía los pies mojados. Miró hacia abajo y vio un charco.

Un poco confundida, se dio cuenta de lo que era, y comenzó a gritar para que Edward se despertara.

—¡Edward! ¡Edward, despierta! ¡EDWARD! —voceó.

De un salto, Edward aterrizó en el suelo, donde se quedó tirado mirando a su esposa con ojos llenos de sueño. Ella se dio cuenta de que aún estaba borracho, y lo más seguro era que también lo estuviesen el resto de los adultos.

—¡Mierda! —espetó, yendo a por su teléfono. Al no encontrarlo, se acordó de la campana que habían colgado sus sobrinas en el exterior de la cabaña, para usarla en caso de emergencias. Esperando que fuera lo bastante ruidosa, Isabella fue tambaleándose hasta la puerta y la abrió. Salió al porche y comenzó a tocar la campana lo más fuerte que pudo.

El estruendo se oyó en varios kilómetros a la redonda, pero Isabella siguió llamando y esperando a que apareciera alguien. Cuando sintió otra contracción, intentó hacer sonar la campana más rápido, preocupada por si se desmayaba. Por fin oyó unos pasos, y su padre, tíos y hermanos se aproximaron corriendo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jacob.

—He. Roto. Aguas—. anunció Isabella, ante de caer de rodillas.

Sus hermanos la ayudaron a levantarse y la condujeron de vuelta a la cabaña, donde un aturdido Edward se estaba enfundando unos pantalones.

—Lo he oído— logró decir, mientras buscaba sus zapatos.

—Y, ¿dónde crees que vas? —preguntó Victoria, mirándole con las manos en las caderas.

—Al hospital.

—No llegarías ni a la carretera en ese estado— espetó la mujer. —Paul, Eric. Coged el todoterreno e id a ver si el médico está despierto.

Cuando los hermanos salieron, Victoria comenzó a dar órdenes para que metieran a Isabella en la cama.

Observando todo el jaleo, Edward preguntó: —¿Hay un médico cerca?

—El mejor del valle— respondió James. —Y tiene experiencia en partos de gemelos.

Edward se sintió más aliviado, hasta que Isabella intervino: —Se refiere a los caballos.

—Y a las vacas— añadió su tío.

Cuando Edward miró a uno y a otro de los Swan, la habitación comenzó a dar vueltas y su visión se oscureció.