CAMBIOS

Por Catumy

Capítulo 12

- ¡Miroku! Necesito hablar contigo.

Sango y Miroku levantaron la mirada de su desayuno y miraron a una nerviosa Kagome. Después de la fiesta de la noche anterior, todavía estaban adormilados a una hora tan temprana, sobretodo después de lo que hicieron tras retirarse a su pequeña cabaña recién construida… Y ahora su amiga estaba frente a ellos, con una expresión que nunca antes le habían visto. Shippo y Kirara, a su lado, los miraban sin comprender.

- Tú dirás, Kagome- acertó a decir el monje lanzando una mirada interrogante a su esposa.

- Verás… Tú eres un hombre… - empezó a juguetear con el borde de su blusa.

- Pues eso creo – rió el monje acariciando la abultada tripa de Sango – Esto es una buena prueba de ello.

- No me refería a eso – murmuró Kagome con las mejillas sonrojadas mientras Sango le daba un golpe en la mano a su esposo por su poca delicadeza – Quiero decir… Tú debes saber que os gusta a los hombres de nosotras.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Miroku. Estaba verdaderamente espeso esa mañana.

- ¿Me encuentras atractiva? – preguntó a bocajarro.

Sango no sabía si molestarse o no. Después de la conversación que mantuvo la noche anterior con su amiga, creía saber por donde iban los tiros de su pregunta ¿pero acaso no había más hombres a los que preguntarle? Mientras, Miroku pensaba qué responder. Si decía que no, además de mentir, estaría haciendo daño a su amiga. Pero si se le ocurría decirle que si… Sango era capaz de mantenerlo apartado de ella hasta que el bebé que todavía no había nacido les hiciera abuelos.

- Me pones en un compromiso Kagome… - miró a Sango de reojo y vio que ella hacía un leve asentimiento con la cabeza, otorgándole libertad para responder – Bien, sinceramente… Si, creo que eres una mujer atractiva. Pero lamento decirte que ahora que he unido mi vida a la de Sango…

- ¡No te hagas ilusiones! – Murmuró Kagome, sombría – Dime una cosa Miroku, Si dices que crees que soy atractiva ¿Qué tengo de malo? – Se puso de pie - ¿Es mi pelo? Quizás tengo la voz muy irritante o mi carácter es demasiado voluble… ¿Qué hay malo en mí?

- No hay nada malo en ti, Kagome – Sango respondió por su marido.

- Kagome, ahora que voy a ser padre… - comenzó a excusarse después de echarle una buena mirada al cuerpo de la miko.

- ¿Y por qué no puedo gustarle a Inuyasha? – le ignoró ella.

- ¿Inuyasha? – Miroku se quedó de piedra al escuchar el nombre de su amigo.

- No me digas que sigues con esa idea – continuó Sango.

- ¡Es que no puedo entenderlo Sango! – exclamó la miko, sentándose de nuevo frente a ellos.

- ¿Quieres gustarle a Inuyasha? – volvió a preguntar el monje, saliendo se su estupor inicial.

Kagome enrojeció hasta la raíz de su cabello. Dicho por Miroku, sonaba un tanto extraño, sobretodo en esa época. Seguramente que allí se estilaban más los matrimonios concertados o que fuera siempre el hombre quien llevara la iniciativa. Pero si lograba recordar siempre que ella no pertenecía a esa época…

- Vaya, vaya… - Miroku cogió su cuenco y se llevó un poco de arroz a la boca – De modo que por fin te has decidido a declararle tu amor a Inuyasha.

- Si tuviera que esperar a que él tomara la iniciativa… - comentó Sango.

- Cierto. – Comió un poco más – De todas formas, me sorprende. Siempre pensé que sería él quien finalmente se decidiera.

- Imposible, Inuyasha es demasiado tímido – añadió Shippo.

- Es necesario darle un empujoncito – concluyó Sango.

- ¿Vais a ayudarme o no? – preguntó Kagome con la cabeza gacha y la piel al rojo vivo.

Miroku volvió a dejar el cuenco sobre la mesita y la miró atentamente. ¿Cómo podía creer esa muchacha que había algo de malo en ella? No era tan perfecta como su preciosa Sango pero era muy hermosa. Francamente hermosa. Detectó la señal de advertencia de su esposa, lo que indicaba que en sus ojos azules había aparecido un toque de su antigua perversión. Carraspeó disimuladamente, temiendo por su integridad física.

- En primer lugar… ¿por qué te has propuesto gustarle a Inuyasha? – Kagome no tuvo tiempo de contestar. Shippo lo hizo por ella.

- ¡Porque el muy idiota ha traído a Kikyo y ahora no hace ningún caso de Kagome!

- Unos días es amable con ella y al siguiente apenas le dirige la palabra… - continuó Sango. – Debe estar confundida

- Cuando Kagome se va no se le puede mirar sin que se enfade – continuó Shippo – La protege y no deja que nadie se acerca a ella pero cuando tienen algo de intimidad se comporta como…

- ¡Basta! – Ordenó Kagome – podríais dejar que respondiera yo…

La verdad era que sus amigos habían dado en el clavo. Inuyasha no actuaba de forma constante cuando estaba con ella. Un minuto podía estar tratándola con dulzura y al siguiente insultarla; podía acudir cada día puntualmente durante un mes al árbol del tiempo pero, a su regreso, no ser capaz ni de mirarla a los ojos durante más de dos segundos seguidos.

- Está bien, sean cuales sean tus motivos… ¿Por qué crees que no le gustas a Inuyasha?

- ¿Por qué? Pues… porque está con Kikyo… y no conmigo – confesó con timidez. Se moría de vergüenza al estar confesando sus sentimientos de esa forma pero necesitaba consejo con urgencia. Y estaba dispuesta a cualquier cosa por Inuyasha.

- Pues yo creo que estás equivocada. A Inuyasha le gustas – anunció Shippo. Los tres adultos lo miraron - ¿Acaso no va a buscarte a tu tiempo?

- Si… pero es porque teme que me retrase y porque sin mi no puede encontrar los fragmentos de la Shikon… - aclaró la miko.

- ¿Y no se pone celoso cuando Kouga está cerca? – Preguntó Sango.

- Pero es… porque es muy competitivo con Kouga – sintió un escalofrío al recordar la desagradable pelea entre el lobo y el hanyou un mes atrás. No le apetecía en absoluto hablar de ese tema.

- ¿Y no se desespera cuando estás en peligro y arriesga su propia vida por protegerte?

- Lo haría por cualquiera de vosotros… ¿verdad? - murmuró Kagome.

Los otros tres se miraron entre ellos. Si tan obcecada estaba con que Inuyasha no sentía nada especial por ella ¿Para qué se molestaba? Debía estar muy enamorada para intentarlo a pesar de todo. Shippo levantó su mano bien alto.

- Que levante la mano quien crea que Inuyasha está enamorado de Kagome.

Sango y Miroku levantaron la mano instantáneamente. Incluso Kirara alzó una de sus patitas en un gracioso gesto. Kagome no sabía que pensar. Si Inuyasha sentía lo que decían sus amigos… ¿Cómo habían llegado a la situación en la que se encontraban? Pensó en los momentos de intimidad que habían compartido en los últimos meses: las caricias furtivas, los intensos abrazos, aquel beso medio robado…y el deseo que había descubierto en forma de virilidad apretada contra su cuerpo. ¿Qué demonios le había ocurrido para que a su regreso no quisiera hablar con ella?

- En mi opinión – sugirió Miroku – debes mostrarle lo que otras no pueden.

Los demás le miraron, sin entender ¿mostrarle? El monje señaló la falda del viejo uniforme de Kagome, dejándola sin palabras. Miroku lo tenía muy claro: lo mejor para atraer a un hombre era la visión de unas buenas curvas femeninas. Y no conocía a nadie, exceptuando a Sango, que tuviera unas formas mejores que las de Kagome. No en vano él mismo las había palpado cuando simulaba entrenarla.

- Yo creo que deberías intentar mandarle menos al suelo y tratarle con más dulzura. No te enfades aunque se comporte de forma infantil. – apuntó Shippo. Kirara maulló, apoyándole.

Eso iba a ser difícil ya que Inuyasha podía ser muy irritante cuando se lo proponía. Y se lo proponía muy a menudo. Entonces todos miraron a Sango, ya que era la única que faltaba por dar su opinión.

- Tienes que darle celos. Y no te será muy difícil, conociendo a Inuyasha. – sentenció la exterminadora.

Y así siguieron durante un buen rato, llevando a Kagome al borde de la locura con sus extraños consejos y descabelladas sugerencias.

-.-.-.-.-

Kagome abandonó la cabaña algo deprimida. De su desesperada visita había sacado en claro que, para atraer a Inuyasha debía, entre otras cosas, llenarle el estómago, proponerle que le diera un hijo (ese consejo había salido de la boca de Miroku), malcriarle, mostrar cuanta más carne mejor y darle celos coqueteando con todo bicho viviente ¿sería capaz de hacerlo? Sintió que toda su decisión se iba esfumando. Realmente, esas cosas parecían más sencillas en la televisión.

Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron a un pequeño y soleado claro del bosque cercano a la aldea. Cansada, se sentó en el suelo, con las piernas extendidas en toda su longitud. Hizo un examen mental de su comportamiento habitual cuando estaba con Inuyasha. Estaba completamente segura de que había algo mal entre ellos pero no lograba encontrar el motivo. Suspiró y se dejó caer hacia atrás, apoyando la cabeza sobre el pasto. Disfrutaría por un rato del tibio sol sobre su piel para relajarse. Ya seguiría pensando en ello más tarde. Cerró los ojos y respiró.

De pronto, el sol que calentaba suavemente sus mejillas se ocultó, no siendo así con el resto del cuerpo. Extrañada, abrió sus ojos somnolientos y se encontró con unos ojos dorados que la miraban con curiosidad. Inuyasha, extrañado de verla tendida en el suelo de esa forma, no había podido contener el impulso de acercarse a comprobar que todo estaba en orden. Kagome se incorporó, quedándose sentada como al principio, con las piernas extendidas.

- ¿Qué estabas haciendo ahí tumbada? – preguntó él.

- Tomaba el sol… - miró a su alrededor, asegurándose de que estaban solos. Ni rastro de Kikyo. Cruzando los dedos, decidió intentar una de las técnicas propuestas por sus amigos – Creo que se me están quedando muy blancas las piernas ¿no te parece?

Con un movimiento mal disimulado y calculado a toda prisa, Kagome movió un poco las piernas, llamando la atención del hanyou sobre ellas. Sintió su mirada abrasadora recorrerlas durante unos instantes pero él pronto cambió de tema.

- No hay tiempo para tonterías, Kagome. Tenemos que irnos.

Kagome pensó a toda velocidad ¿Qué más podía 'mostrarle' en esa situación? Una rápida idea cruzó por su mente. Era arriesgarse a parecer una fresca pero las situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

- Dame unos minutos para que me refresque… Hace mucho calor… – Dicho esto procedió a desabotonarse uno, dos, tres botones de su blusa, ofreciéndole una buena vista al hanyou de un escote en todo su esplendor.

Sus mejillas volvieron a colorearse intensamente al observar al hanyou y comprobar que estaba mirando justo donde ella quería. ¿Qué podía hacer ahora? Se preguntó si no se estaba pasando al actuar de esa forma.

Inuyasha no decía nada. Después de la tremenda experiencia de contemplar esas piernas con absoluta libertad, ahora Kagome le mostraba sus atributos con total desinhibición. Sintió la sangre golpeándole furiosamente en el interior de las venas ¿Qué podía hacer en esa situación? Trató de respirar profundamente peo al ver una diminuta gota de sudor recorriendo el cuello de la muchacha, una ola de calor lo invadió. Debía detenerse antes de que fuera demasiado tarde.

En cuestión de segundos, sintió como si el mundo que tenía delante comenzara a difuminarse delante de sus ojos, quedando la imagen de Kagome como lo único nítido de alrededor. Inuyasha sabía lo que le estaba ocurriendo, Myoga se lo había explicado a tiempo, justo antes de que cometiera una locura de la que hubiera arrepentido durante toda su miserable vida. Pero ahora… el ver desabrochada la blusa de Kagome era una tentación demasiado apetecible… Cerró los ojos con fuerza.

- Inuyasha… ¿Te encuentras bien? – susurró la miko al verle tan agitado. Quizás había ido demasiado lejos – Te estás poniendo pálido…

Preocupada por si se estuviera mareando, Kagome se apresuró a levantarse y colocarse a su lado. Sin pensarlo, llevó una mano a la tibia frente del hanyou, comprobando así que no estaba sufriendo una insolación. Inuyasha eligió ese momento para abrir los ojos de nuevo y la miró fijamente. Su mano se disparó a agarrar la muñeca de la mujer, sin permitirle que se retirara.

- Inu… yasha… - murmuró ella de forma casi inaudible, incluso para él.

- ¿Qué estás haciendo Kagome? – Dijo él acercándose ligeramente a ella, sin poder evitarlo.

- No estoy haciendo… nada – una mentira piadosa tampoco le haría daño.

Inuyasha dio un pequeño tirón de la muñeca que todavía mantenía aferrada, haciendo que Kagome perdiera el equilibrio y tuviera que apoyarse sobre su pecho con su mano libre. Sintió el aroma del cabello femenino impregnando sus fosas nasales y la tibieza de su aliento contra su cuello. Era tan dulce y… tentadora…

- Maldita mujer… no tienes idea del peligro que corres… - susurró casi contra la boca de ella.

Kagome no entendía pero tampoco le preocupaba. Tenía a Inuyasha justo donde quería y no había sido tan difícil como ella había pensado. Al parecer, el consejo de Miroku no había sido erróneo. Ahora, en cuestión de instantes el hanyou iba a besarla… O eso creía ella.

Bruscamente, Inuyasha se apartó de la muchacha, dejando que ésta cayera de bruces sobre el pasto. Después de la sorpresa inicial, Kagome levantó la mirada, temerosa de lo que podría encontrar en los ojos del hanyou pero, por suerte o por desgracia para ella, solo se encontró con su amplia espalda.

- Deberías estar acompañada – comenzó a caminar – Es peligroso que estés sola.

No añadió que el mayor peligro que la acechaba era él mismo. Con un par de saltos se alejó de ella. Kagome reprimió el deseo de chillar de rabia, sabiendo que podía ser escuchada por oídos indiscretos. Se abotonó la blusa con furia mientras hacia esfuerzos sobrehumanos por evitar las lágrimas. Acababa de servirse en bandeja y había sido humillada de la peor de las maneras. La había dejado caer al suelo sin importarle que pudiera partirse la crisma con el golpe. Definitivamente, se le habían terminado las ganas de 'mostrarse' a Inuyasha.

Aunque tenía que reconocer que había estado cerca… Echó a andar hacia la aldea, inmersa en sus pensamientos. Estaba completamente segura de que el hanyou había estado a punto de besarla, incluso había llegado a vislumbrar el deseo en esos orbes dorados que la mantenían en vilo pero… ¿Qué le había obligado a detenerse?

-.-.-.-.-

Llevaban más de medio día caminando en silencio, siguiendo la única pista que tenían sobre el paradero de Naraku. Kikyo iba delante, seguida de Kirara con Sango y Miroku sobre su lomo. Kagome arrastraba su bicicleta con Shippo sobre la espalda y cerrando el grupo, caminaba Inuyasha.

No dejaba de darle vueltas al extraño comportamiento de Kagome horas antes. Era como si algo se hubiera apoderado de ella y la obligara a actuar como… Como nunca antes se había comportado. Se había vuelto seductora, excitante… Con poco más que un par de gestos, había estado a punto de hacerle perder el control. Afortunadamente, había sido capaz de detenerse justo a tiempo. A saber lo que hubiera podido suceder si sus labios se hubieran llegado a tocar. No quería arriesgarse. Era demasiado peligroso.

Pese a llevar horas dándole vueltas, no recordaba a ningún espíritu ni ninguna poción que provocara ese tipo de alteraciones en el comportamiento. Y tampoco su aroma parecía diferente. Cierto era que creía haber captado cierto rastro ligero de excitación en la muchacha pero también era posible que tan solo hubiera sido una mala pasada por parte de su imaginación. Por más que lo pensaba, no era capaz de comprenderlo.

Shippo, sobre el hombro de Kagome, se volvió disimuladamente para estudiar a Inuyasha. Para su sorpresa, estaba contemplando fijamente el suave contoneo de las caderas de la miko al andar, como si le fuera la vida en ello. Sonrió para sí mismo. Los adultos eran muy complicados y a veces necesitaban de una ayudita. Era posible que recibiera algún que otro golpe pero ¡Qué demonios!

Kagome trataba de mantener la compostura a pesar de sentir una mirada fija sobre ella. Sabía que Inuyasha la miraba sin disimulo ahora que nadie podía verle a él, de modo que, casi inconscientemente, había comenzado a caminar moviendo las caderas de forma sensual. O eso intentaba, ya que era la primera vez que se veía en una situación como aquella. De pronto, sintió que Shippo se movía sobre su hombro y en seguida notó una fuerte corriente de aire detrás de ella con un resultado más que obvio: su falda se estaba levantando.

Sus manos fueron rápidas en sostener la tela sobre su cuerpo pero la atenta mirada de Inuyasha lo había sido más. Y había visto todo lo que Kagome pretendía ocultar con esa falta minúscula. De nuevo sintió el sonido de su corazón dentro de su cabeza mientras que todo comenzaba a nublarse. "Otra vez no… maldita sea…"

- ¡Shippo! – La voz de Kagome riñendo al youkai lo sacó de su ensoñación - ¿A qué estás jugando?

Inuyasha logró enfocar a una Kagome disgustada y a un Shippo riendo de forma traviesa mientras recogía del suelo su peonza de juguete. Un momento ¿Había sido el enano el culpable de lo que acababa de suceder? Con dos zancadas se puso a la altura de la pareja.

- ¿Qué diablos te crees que estás haciendo? – gritó, furioso con el cachorro, al tiempo que le propinaba un golpe en la cabeza.

El kitsune se arrojó a los brazos de Kagome para recibir consuelo pero, al escuchar como tomaba aire para hacer sentar al hanyou, se alarmó. ¿De qué servía lo que él acababa de hacer si ahora Inuyasha terminaba besando el suelo? Tomó una decisión arriesgada. Su vida iba a correr grave peligro pero, si las cosas terminaban bien, merecería la pena. Solo esperaba poder ser más rápido que Inuyasha.

Justo cuando Kagome comenzaba a pronunciar la palabra mágica, el kitsune le propinó un tremendo pellizco en el pecho, haciéndola lanzar una exclamación de dolor y provocando que lo soltara. Justo entonces, lo más rápido que dieron de sí sus patitas, corrió a refugiarse en los brazos de Miroku, que lo había visto todo y asentía con la cabeza.

- ¡Auch! – Se quejó Kagome frotándose en la zona dañada mientras Shippo corría.- ¿A qué ha venido eso?

- ¿Qué ocurre? – La muchacha se volteó, encontrándose con Inuyasha de frente. Se había preocupado al escucharla y ahora veía en sus ojos indicios de lágrimas ¿Acaso estaba lastimada?

- Me… - volvió la cabeza hacia donde se encontraba Kirara con sus tres ocupantes. Sango, Miroku y Shippo asentían con la cabeza de forma exagerada – me ha… dado un… - si no lo decía rápido terminaría por dejar pasar su oportunidad. De modo que volvió a mirarle a los ojos, tomó aire y… - ¡Me ha pellizcado un pecho!

Inuyasha se quedó sin habla. Eso si que le había tomado por sorpresa. ¿Un pecho? Inevitablemente, su mirada viajó hacia donde Kagome seguía manteniendo su mano, como intentando calmar el dolor. Sintió la tentación de pedirle que le dejara comprobar el tamaño de la lesión pero se contuvo. Todavía no tenía ganas de morir. Así pues, decidió volcar su rabia contenida sobre el travieso youkai.

- ¡Shippo! – Gritó – Si te atrapo te haré pedazos… ¡Baja de ahí inmediatamente!

Presintiendo el peligro, Kirara había tenido la precaución de ascender varios metros para mantener a salvo a su preciada carga, por lo que Inuyasha se encontró gritando al vacío y a solas con Kagome ¿Dónde estaban todos?

- ¡Keh! Ese mocoso ha estado demasiado tiempo con Miroku…

- No te enfades Inuyasha – susurró ella poniendo una mano sobre su hombro, con suavidad – Sólo son cosas de niños. Sigamos adelante.

Comenzaron a caminar en silencio, uno al lado del otro pero sin tocarse ni cruzar una sola mirada. Kagome le daba vueltas y más vueltas a lo que acababa de ocurrir. En pocos minutos, había llevado a cabo las tres estrategias de sus amigos, pero ninguna había dado resultado. Le había mostrado, aunque sin proponérselo, su ropa interior. Le había tratado dulcemente al pedirle que no matara a Shippo por su atrevimiento. Y había intentado ponerle celoso al confesarle que Shippo ponía las manos donde no debía. ¿Acaso no tenía sangre en las venas? Estaba visto que tenía que coger al toro por los cuernos si quería lograr algún avance.

- Inuyasha… - puso su voz más dulce e inocente – Cuando Shippo lanzó la peonza… ¿Has visto algo?

Inuyasha tragó saliva con fuerza mientras se preguntaba por que ella había tenido que sacar el tema, haciéndole recordar todo lo sucedido.

- No sé a qué te refieres. – contestó con sequedad.

- ¿No lo sabes? – Se ruborizó profundamente – Me refiero a… mi ropa… mi ropa interior.

Inuyasha la miró de reojo. Ella mantenía la mirada fija en el camino y tenía las mejillas a punto de estallar. "Solo pregunta por curiosidad… tranquilízate y deja de pensar cosas extrañas". Se dijo a sí mismo.

- No he visto nada. – hizo una pausa. Eso había sonado poco convincente – tengo mejores cosas que hacer que andar mirando lo que llevas puesto.

- ¿Aunque sea un tanga negro de encaje? – preguntó ella con toda la intención, recordando una ocasión en la que Inuyasha se detuvo frente al escaparate de una mercería para preguntarle qué tipo de ropa era aquella.

- No era un tanga negro de encaje.

Rápidamente, se llevó las manos a la boca queriendo detener las palabras que ya había pronunciado. Kagome se detuvo un par de pasos por detrás de él. Inuyasha se volvió lentamente, temiendo que le cayeran encima todas las calamidades del infierno. Pero Kagome estaba sonriendo.

- Veo que te has fijado.

- No… yo no…

- No te preocupes – caminó un par de pasos y se detuvo junto a él - ¿Sabes una cosa? – Se puso de puntillas para acercarse a su oreja – No me importa que lo veas… siempre que solo seas tú.

Y así, sin decir nada más, Kagome siguió caminando en busca de sus amigos, arrastrando la bicicleta rosa a su lado. Mientras tanto, Inuyasha se quedó en medio del camino preguntándose si lo que acababa de ocurrir era real o efecto del sol que castigaba su cabeza sin piedad.

-.-.-.-.-

Hacía rato que había oscurecido. El grupo había decidido acampar cerca de un riachuelo que les había proporcionado, además de agua fresca, una cena suculenta. Kikyo se había marchado silenciosamente en cuanto los demás se habían sentado a cocinar el pescado. Claro, ella no podía comer nada, sino que necesitaba otro tipo de nutrición, para la cual prefería estar sola. Así pues, aprovechando la ausencia de la sacerdotisa, Miroku decidió emular a Shippo y poner su granito de arena para juntar a sus dos amigos.

- Kagome – la aludida le miró - ¿Te apetece que entrenemos un poco? Debes estar agarrotada después de tu convalecencia.

La muchacha se levantó sin darse cuenta de que una especie de tic nervioso se había apoderado de la ceja del hanyou. Se había imaginado la clase de entrenamiento que le gustaba llevar a cabo al pervertido de Miroku y la idea no le gustó en absoluto. Se planteó la idea de castrarlo mientras dormía.

- No, no y no – dijo Miroku, levantando la voz y atrayendo la atención de todos. – Te dije que no quería que entrenaras con esta ropa.

Kagome lo miró, sin comprender. No recordaba que el monje le hubiera dicho nada por el estilo en su vida. Por suerte para Miroku, Shippo entendió la intención del futuro padre.

- Pero Miroku, Kagome no puede ponerse la falda más corta que la que lleva ¡Podría resfriarse! – Ahora tenían toda la atención del hanyou.

- No es de los resfriados de lo que se tiene que preocupar – dijo Miroku severamente mientras tomaba del brazo a la incrédula muchacha – Con esta falta apenas tiene libertad de movimientos. ¡Fijaos!

Cogido el borde de la falda y lo estiró para mostrar la amplitud máxima que ésta alcanzaba. Kagome dio un manotazo para quitarse las manos del monje de encima. Creía haber comprendido la intención de su amigo pero no estaba segura de que ese plan fuera a ser efectivo.

- Monje libinidoso… ¡Quita tus manos de Kagome!

Todas las miradas se volvieron hacia Inuyasha, quien se había levantado sin que nadie se diera cuenta y que ahora se interponía entre la muchacha y el supuesto agresor. Había llegado al máximo de su paciencia cuando el monje le enseñó descaradamente lo que Kagome llevaba bajo la falda. Claro que los demás no se habían percatado de que, desde su posición, su ángulo de visión había sido perfecto. Demasiado perfecto.

- Vamos Inuyasha, no te lo tomes a mal… Mi intención es buena. Solamente quiero ayudar… - tratando de quitarle importancia al asunto, Miroku se acobardó al ver como latía una vena en la sien del hanyou.

- Pues me estoy cansando de tus buenas intenciones… - haciéndose crujir los nudillos, miró en dirección a Sango para comprobar que ella no iba a adelantarse para matar al monje pero, para su sorpresa, la exterminadora no se había movido de su sitio. Algo no estaba yendo bien. Se detuvo abruptamente - ¿Qué está pasando aquí?

Sango se sobresaltó al percatarse de que Inuyasha estaba hablándole a ella. Claro, seguro que le extrañaba que ella no hubiera sido la primera en golpear a su marido por permitirse esas libertades con Kagome. Simulando estar enfadada, cogió el Hiraikotsu y trató de golpear a Miroku al tiempo que le gritaba:

- Cerdo, pervertido… ¡No vas a volver a tocarme en lo que te queda de vida! – Simuló llorar - ¿No tienes ninguna vergüenza? Hacerme esto cuanto estoy esperando a tu hijo…

Todos la miraron. Definitivamente, Sango era muy mala actriz.

Inuyasha se cruzó de brazos. Algo estaban tramando y quería saber que era. Y no tenía demasiadas ganas de esperar ¿Quién de ellos sería el más fácil de 'convencer' para que le diera una explicación convincente? La respuesta era sencilla. Con un ágil movimiento, atrapó al pequeño Shippo del rabo y lo levantó hasta que quedó a la altura de su cara.

- Ahora, Shippo – le mostró los dientes en una mueca diabólica – Vas a contarme a que viene todo este numerito.

Kagome quiso intervenir en defensa del cachorro pero algo llamó su atención. Percibía dos fragmentos de la Shikon que se acercaban a toda velocidad. Y eso solo podía significar una cosa… Problemas. Y, para colmo de males, Inuyasha acababa de olfatear el aroma del visitante. Un remolino de polvo les envolvió mientras que una voz masculina y seductora preguntaba:

- Mi hermosa Kagome ¿te ha estado cuidando el chucho apestoso?

Continuará…

Estoy haciendo lo que puedo para ponerme al día pero no es tan fácil... Recibí algun que otro RW diciendo que me olvido de mis fics y os aseguro que no es así, pero mi vida profesional y privada no me permite la dedicación que tenía hace algunos meses. Espero que lo comprendáis, yo haré lo que pueda para que estos largos meses sin publicar no se repitan.

Gracias por la paciencia y perdón por la espera.