LA HISTORIA COMIENZA DE NUEVO
Los granitos de arena tan blancos como el marfil componían aquel desierto sin fin, formando inmensas dunas a su alrededor. No era un desierto cualquiera, sobre él había un cielo violáceo y negro plagado de billones de estrellas y astros.
Parecía estar en la luna, pero Ireth sabía de sobra que tan sólo se trataba de una dimensión. Era la segunda vez que presenciaba una, la primera fue con el último demonio que junto a Phadme, había derrotado. Esa simple idea ya le hacía sentirse insegura. Las dimensiones no eran normales, no eran causa de la casualidad, y esa en la que estaba ahora mismo dentro podía formar parte de otro demonio.
Había preferido no arrimarse a nadie, sabía que si la cosa no salía bien se arrepentiría entonces de crear lazos. Además, había llegado allí convencida de desconfiar de lo primero y último con lo que se cruzara pues, no sabía el objetivo de esa reunión. Al menos, ya tenía claro de que una simple broma no se trataba. Había muchas chicas como ella, mirando el paisaje asombradas y preguntándose qué sucedería, hablándose entre ellas y confirmando que habían ido hasta allá con el mismo objetivo: llevar todos los demonios muy lejos de este mundo. Algunas se presentaban para ir conociéndose, otras ya iban en grupo bien preparadas para trabajar en equipo.
Ni siquiera le llamó la atención ninguna de ellas, y eso que cada cuál iba más variopinta con su especial traje de chica mágica. Ella sólo levantaría el rostro al reconocer el de Phadme, pero ya había echado un vistazo. Estaba bastante convencida de que no se encontraba allí. No, mejor dicho, estaba segura de ello.
No eran más de treinta. No eran un grupo muy grande, y eso sólo le hacía pensar en las últimas palabras de Kyuubey. Eran insuficientes comparado con los demonios. Aún si todo aquello era verdad y podrían invocarlos, no saldrían vivas de aquella.
Lo inquietante no era ni el desierto ni el cielo oscuro, sino aquel portal. Ya cuando llegaron, ese portal estaba allí, abierto. Ni mucho menos se trataba de una puerta, pero sabía que había allí una obertura entre ese remolino morado que se retorcía en el interior del arco metálico, obstruyendo visibilidad alguna hacia el otro lado y produciendo una pequeña brisa que removía el cabello y ropa de las chicas para sí, como si succionara el aire. Daba la impresión de que en cualquier momento serían tragadas, quedando en un lugar inhóspito por siempre.
Ni siquiera sabía con certeza si podría salir de allí. Con los ojos entrecerrados como dos rejillas, se quedó mirando la espiral. Apretó los puños, aguantando el temblor de sus dedos. El viento que tragaba ese portal provocaba un extraño silbido que parecían susurros del más allá.
- Hay que hacer la invocación.
Una chica de cabellos azulados se le había acercado, posando una mano en su hombro para llamar su atención. Fue ahí cuando Ireth se dio cuenta que la mayor parte de las chicas mágicas se habían juntado haciendo un círculo y recitaban en alto como si fuera un ritual.
- ¿Cómo sabéis hacer la invocación?-le preguntó con recelo, dando un paso hacia atrás para evitar el contacto.
- ¿No lo sientes?-le contestó ella, mirándola directamente a los ojos.
Cogió aire, sorprendida al ver el reflejo de la espiral del portal en sus pupilas. Se quedó en silencio, dando toda su concentración en lo que escuchaba.
El susurro del viento. Ese susurro eran palabras de verdad, palabras que al darles atención se fueron metiendo en sus oídos, componiendo así parrafadas con sentido que sin darse cuenta iba memorizando.
"¿Qué debía hacer?" "¿De verdad lo correcto era invocarlos?" "¿La finalidad era matarlos o había otra escondida?" "¿Quién estaba detrás de todo eso?"
- Oye, ¿cómo se sabía que hoy en la Noche de Aquelarre…
- ¿No leíste la leyenda? – le interrpumpió ésta y esbozó una media sonrisa compasiva.- Las brujas se reúnen para ser capaces de invocar a los demonios. Es una leyenda de muchas generaciones que por fin será cumplida. Es la noche de las Brujas.
"Noche de brujas" se repitió en su interior. Por alguna razón pensaba que la palabra bruja no era idónea para una chica mágica. Pero para ojos de los demás así debían serlo; Personas inhumanas con poderes.
Cerró los ojos, se concentró y empezó a decir en voz alta todos esos murmullos que escuchaba a la perfección como si entraran directamente a su mente. Sin darse cuenta, decía las mismas palabras que las demás chicas. Al mismo tiempo, sin un segundo de retraso.
Fue una batalla desigualada, larga y hostil. Fue un error empezarla; Más que un combate entre poderes, aquello fue un apaleamiento que nada más empezar, un bando tenía la victoria dada: Los demonios.
No llegaban ni a pasar diez minutos y perdían más de dos chicas mágicas en el intento al mismo tiempo que diez demonios más aparecían del portal. Habían débiles, fuertes, una mezcla de ambos, pero las heroínas eran cosa de lo mismo. E incluso, muchas de las chicas eran demasiado novatas y principiantes como para estar allí.
Ireth fue fuerte, debía depositar todas sus fuerzas en derrotar a esos infames. Sabía que no vencerían, pero no quería perder esperanzas por tal verdad, confiaba en que contra más demonios venciera, más tranquilo quedaría el mundo. Quería negar con cada ataque que aquello no había servido para nada, quería pensar que cada vida perdida de las treinta chicas de allí no había sido un sacrificio en vano. No iba arriesgar su vida para nada, no.
Aún quedando sola entre una cuarentena de monstruos, confío en que al menos podría matar a diez de ellos. Sonreía, pensaba que así sería más fácil evadir la muerte.
Su precioso vestido largo se había roto, perdiendo ese perfecto volumen y dejando mostrar sus piernas, llenas de rasgaduras y cortes profundos. Se había quedado sin brazo derecho, y la pérdida de sangre le empezaba a nublar los ojos. Se apretaba con fuerza el extremo del miembro descuajado, intentando así evitar la hemorragia sin resultado.
No fue ningún demonio el que le arrebató la vida, ella misma se desplomó en el suelo perdiendo el conocimiento. Antes de cerrar los ojos por última vez deseó en su interior que aquello nunca hubiera sucedido. Ya no era por aquellos demonios sueltos, sino porque algo le decía que habían originado un hecho fatídico.
Y fue así como, una vez todos los espíritus de las chicas mágicas salieron de aquellos cuerpos vacíos y muertos que iban desapareciendo, los demonios volvieron al portal, al lugar de dónde habían venido.
Al rato, una figura más apareció por debajo del arco. Era humana, llevaba un vestido largo y negro al igual que los lazos que recogían su cabello rosado. Ésta profirió un grito abrumador capaz de cortar el aliento, cayendo al suelo como si algo transparente le hubiera perforado el corazón.
Arrodillada, miraba con esos ojos rojos desorbitados el cielo. Estaba tan echada hacia atrás, que su cogote casi rozaba la arena. Articulando como si le costara mover los músculos, se llevó las manos a las mejillas; Apretándoselas y arañándose con aquellas uñas negras hasta rasgarse la piel.
Ensanchó las comisuras de forma inhumana y de ellas salió una siniestra carcajada parecida al chillido de un espectro.
Ya no había vuelta atrás. La historia volvía a empezar de nuevo.
