Nota previa: dedicado a Leto Antenora, por su persistencia en conseguir participantes para el Ficsotón en Saint Seiya Yaoi.

Pues yo quería escribir algo muy serio, sombrío y deprimente… nope, no me salió como yo quería XD

El Juez y el Arquero

Llega un momento para todo inmortal (sobre todo para uno que no ha nacido siéndolo) en el que los días terminan por ser iguales entre sí y todo deja de ser importante. La rutina y el aburrimiento son los peores enemigos de los inmortales

Eso fue algo que Aiacos, hijo de Egina y Zeus, rey de Egina (el reino se llamaba así por su madre, no al revés) y célebre legislador descubrió… no mucho después de su muerte. El "no mucho" después es relativo, claro, para un simple mortal, le tomó el término de varias vidas humanas, pero para un inmortal… no fue mucho lo que tardó en caer en la cuenta de ese detalle.

Después de todo, si de algo podía presumir Egina (su madre, no el reino) era de no haber criado tontos (porque en aquella época y lugar, los tontos no vivían lo suficiente como para que sus madres pudieran presumirlos, claro… y si vivían lo suficiente, eran motivo de desdichas sin cuento para toda la humanidad, así como para numerosos dioses).

Estaba atrapado entre una labor eminentemente rutinaria (juzgar almas) y un trabajo extra que (invariablemente) traía consigo toda clase de molestias, incomodidades y dolores de cabeza (pelear las guerras de Hades). Y estaría así por el resto de la eternidad porque…

…Bueno, porque esa era la recompensa de los Hados por una vida noble y heroica, y por una sabiduría incomparable.

Llega un momento en que todo inmortal se pregunta si las Moiras pueden llegar a padecer alzheimer, pero ningún inmortal que sea sabio lo comenta en voz alta (y los que llegan a comentarlo, no suelen durar mucho con el estatus de "inmortales", porque hasta eso es relativo).

Su existencia (ya no valía la pena hablar de su vida) estaba reducida a una sucesión cíclica de guerras y juicios. Ya no había nada capaz de sorprenderlo: no había enemigos lo bastante astutos ni pecadores lo bastante retorcidos como para inventar nada nuevo, nada que Aiacos no hubiera visto antes, docenas de veces.

Por eso, cuando conoció a Aioros, lo que más lo sorprendió de todo el asunto fue el hecho de sorprenderse.

Nada debería haber tenido de especial aquella alma de una persona que había muerto en forma violenta y que se resistía con todas sus fuerzas a ser llevada a juicio porque todavía tenía asuntos pendientes en el mundo de los vivos. Eso era desalentadoramente frecuente (una de tantas razones por las que Hades estaba decidido a hacer borrón y cuenta nueva con la totalidad de los seres humanos). Lo que resultaba sorprendente era lo mucho que estaban tardando sus servidores en someter aquella alma y arrastrarla hasta el tribunal.

Cuando se fue subiendo en la categoría de los Espectros porque los encargados seguían pidiendo ayuda para contener aquel belicoso espíritu, las cejas de Aiacos fueron enarcándose progresivamente. ¡Pronto empezarían a pedirle ayuda a los generales, al paso que iban!

Antes de que eso fuera necesario, se levantó de su trono y avanzó majestuoso hasta donde se debatían el espíritu del muerto y cuatro Espectros de rango medio.

-Deja de luchar, mortal –ordenó con voz firme-. Yo estoy a cargo, habla conmigo si tienes alguna queja.

El forcejeo se detuvo y los Espectros retrocedieron para que el alma recién llegada al Inframundo pudiera ponerse en pie.

Era un hombre joven. Sin duda alguna, un guerrero sagrado. Su muerte no debía haber sido sencilla.

-¿Quién eres? –demandó el joven.

-Aiacos de Garuda, uno de los tres Jueces que sirven a Hades. En este momento, soy quien debe juzgar tus pecados y decidir tu destino.

-Yo soy Aioros de Sagitario…

-Un Caballero de Atenea.

-Sí, y no puedo permanecer aquí. Debo ir a protegerla.

-¿A quién?

-¡A Atenea! ¡Es apenas una bebé y tuve que huir con ella del Santuario para evitar que la asesinaran! ¡Tuve que dejarla en manos de un desconocido! ¡No puedo…!

Aiacos levantó una mano con gesto imperioso, cortando en seco el discurso del Caballero de Sagitario.

-Entiende esto, guerrero de Atenea: estás muerto. Tu tiempo entre los vivos ha terminado y no podrás volver hasta el próximo ciclo.

-¡No es justo!

-No. La vida no es justa –Aiacos dio media vuelta para dar por terminada la discusión y volver al estrado, pero lo detuvo la voz enojada del Caballero.

-¡No voy a quedarme aquí! ¡Ella me necesita! Morí tratando de protegerla y…

-¿Diste tu vida por su seguridad? Tu diosa no puede exigir de ti más de lo que ya le has dado. Es hora de descansar, guerrero. ¡Atenea no tiene permitido llamar a los suyos de entre los muertos!

Eso debiera haber cerrado el asunto, pero solo le dio inicio.

A los pocos días, los guardianes atraparon a Aioros intentando escapar del Inframundo.

-Si sales en estas condiciones, solo serás un espíritu descarnado. ¡Ni siquiera podrás comunicarte con los vivos! –le advirtió Aiacos cuando lo llevaron ante su presencia.

-¡Ella me necesita! –fue la terca respuesta.

Aiacos ordenó que lo llevaran de vuelta al lugar que le correspondía e intentó olvidarse del asunto… hasta la siguiente vez que lo atraparon.

Había que concederle crédito en algo al Caballero de Atenea: era creativo con sus planes de escape. En pocos años llegó conocer los recovecos de Inframundo tan bien como los espectros más veteranos (o quizá mejor todavía). Y nunca se había sabido de un alma que hubiese intentado escapar cavando un túnel.

O escondida en el vehículo en el que transportaban los suministros del mundo exterior para la Dama Pandora (alimentos, telas, maquillaje, chucherías…).

O disfrazada de monja (una monja muy poco femenina, dicho sea de paso).

O que simplemente caminara con paso firme y seguro hacia la salida, asegurándole a todo el que preguntara que se le había concedido la libertad (con eso consiguió engañar a casi todos los vigilantes, y habría escapado si no lo hubiera visto Lune de Balrog, que era demasiado quisquilloso como para no confirmar si la historia era cierta).

Llegó un momento en que Aiacos despertaba, se aseaba, se vestía, tomaba su desayuno y, en lugar de preguntar por las noticias del día, preguntaba a sus ayudantes por el más reciente intento de fuga por parte del Caballero de Sagitario.

Cuando se lo trajo Cerbero (bien sujeto entre los dientes de su cabeza central) habían pasado siete años desde la muerte de Aioros y el guerrero sagrado había conseguido llegar hasta pocos metros de la salida.

-¿No vas a darte por vencido? –preguntó el Juez, intrigado, mientras el alma del Arquero intentaba limpiarse la baba de perro gigante sin perder (demasiada) dignidad.

-¡Jamás! ¡Ella me…!

-Te necesita, sí claro.

A la siguiente vez, Aioros logró escapar. Nadie se preocupó demasiado.

Se lo llevaron a Aiacos tres días después, agotado y reducido casi a la inexistencia.

-Ya habrás notado –dijo Aiacos, sin apartar los ojos del periódico que leía mientras tomaba el café de la tarde- que un espíritu no puede permanecer mucho tiempo fuera del Hades a menos que exista algo que lo ate al mundo de los vivos. Da la casualidad que tú no eres de los espíritus que se convierten en fantasmas. No cumples con los requisitos.

Aioros lo miró con rencor desde el suelo, donde lo habían dejado los Espectros menores y de donde no tenía fuerzas suficientes como para levantarse.

-Pero Atenea…

-Resulta que tu mejor amigo te sepultó con todos los honores y ha regado tu tumba con sus lágrimas estos siete años. Eso bastaría para hacer descansar a cualquier alma menos terca que la tuya. Atenea, por su parte, no ha despertado en esta reencarnación y no te recuerda ni te necesita. Y tu hermano ya hizo su duelo y sigue adelante con su vida, como es sano y normal.

-¿Saga llora… por mí?

-Ordenó tu muerte en contra de su voluntad.

-Acabas de darme más razones para volver.

-No vas a volver –Aiacos dejó la taza en su platito y miró a Aioros por encima del periódico con las cejas fruncidas-. ¿No te diste cuenta de que no puedes hacer nada?

-Hice mucho en estos tres días. Pude verla, sé que está a salvo…

-Entonces no necesitas volver.

-…Y hay jóvenes, niños, entrenándose para ser sus Caballeros. Debo guiarlos para que cumplan con su misión.

-¡Para eso tienen Maestros, que están vivos!

-Dejé mi testamento en la Casa de Sagitario, aguardando a esos jóvenes futuros Caballeros –Aioros sonrió-. Pero me faltan cosas por hacer.

-Si sales de nuevo, dejaré que te desintegres.

-…¿Acaso estabas cuidándome?

El periódico subió unos centímetros, escondiendo el rostro de Aiacos de la mirada inquisitiva de Aioros.

-Un espíritu que esté fuera del Inframundo sin nada que lo ate al mundo de los vivos, pierde fuerza y desaparece como la niebla de un mal sueño cuando se levanta el sol.

-¿Y qué podría… atarme… para que pudiera permanecer un poco más allá afuera?

-No sé. Un objeto, quizá. Pero no tiene caso pensar en eso, porque no saldrás de aquí.

-Un objeto… ¿Como la Armadura de Sagitario?

-Tienes ideas muy raras, Aioros. Cuando te aburras de estar tirado en el suelo, avísame y daré orden para que te lleven a donde corresponde.

Nadie supo cómo escapó Aioros la siguiente vez. Se hubiera podido jurar que en esa ocasión nadie trató de impedirle que se fuera.

Hubo quienes se sintieron intrigados cuando su ausencia se alargó, días, semanas, meses, años…

¿Quizá se había convertido en fantasma, o quizá había dejado de existir?

El Juez de Garuda no parecía darle importancia, aunque por esa ausencia ya no cuadrasen bien los libros.

Aioros regresó, por fin, en lo más crudo de una guerra santa, y una vez más los Espectros lo llevaron a rastras (y con mucha dificultad) ante la presencia de Aicos y Radamanthys, cuando los Jueces (luego de sendas derrotas) se preparaban para trasladarse a las Islas Afortunadas, donde esperarían el momento de reencarnar una vez más.

-¡Déjenme! –gritaba el Caballero de Sagitario-. ¡Tengo que volver! ¡Me necesitan!

Radamanthys puso cara de fastidio, Aiacos suspiró.

-¿Cuándo entenderás que ya no es asunto tuyo? Llevas muerto trece años y esos jovencitos a los que tanto te empeñas en proteger son muy dueños de sus actos.

-No podrán pasar del Muro de los Lamentos sin ayuda. Necesitarán luz solar, ¡necesitarán las Doce Armaduras de Oro!

-Son muy capaces de encontrar otra manera de entrar, ya han demostrado más de una vez lo que pueden hacer por sí solos.

-¡Pero esto es demasiado para ellos! –los ojos de Aioros, por primera vez en trece años, se empañaron con lágrimas de frustración. Era la primera vez desde que el Juez lo conocía que el alma del Arquero parecía a punto de admitir la derrota-. Es… demasiado…

Aiacos se masajeó las sienes.

-Ve y ayúdalos. Busca a las almas de los otros Caballeros de Oro, los guardianes sabrán que tienes mi permiso para sacarlos del Cocyto. Poseidón en este momento está trasladando las armaduras doradas al Inframundo, vayan a reunirse con sus ropajes y ayuden a esos mocosos a derribar el Muro.

-¿Harías eso? ¿Traicionarías a tu Señor…?

-Hemos muerto defendiéndolo, nuestro Señor no nos exigirá más de lo que ya hemos dado –intervino Radamanthys-. En lugar de discutir, deberías aceptar la sugerencia del Juez de Garuda, antes de que [i]los dos[/i] cambiemos de opinión.

-¿Qué es lo que estás esperando? ¿Una invitación escrita? –añadió Aiacos.

Había esperado que Aioros se marchar a toda carrera, no que se lanzara hacia él para estrujarlo en un abrazo y darle un beso apasionado que lo dejó sin aliento.

…Y sin palabras, hasta un buen rato después.

-Por un momento, llegué a creer que este se daría cuenta de la verdad –gruñó Radamanthys.

Aiacos suspiró otra vez.


"¡Pero… pero esto es una farsa!" había exclamado, milenios antes, cuando Hades le explicó la verdad oculta de las Guerras Sagradas. No había tales guerras.

"Es una farsa necesaria" había explicado Hades, con paciencia. "Debemos darles ideales por los cuales luchar, peligros qué afrontar, enemigos a los cuales vencer. De otro modo, jamás se elevarán sobre sí mismos ni llegarán a conocer la verdadera fuerza que reside en ellos."

"¿Y qué pasará cuando descubran la farsa?"

"Entonces buscaremos otra cosa."

Miles de años habían pasado desde entonces, y los mortales seguían sin darse cuenta.


-Temo que tanto Hades como Atenea están empezando a aburrirse. Sus planes se vuelven más y más transparentes en cada ciclo –dijo Radamanthys-. No logro entender cómo es que ni uno solo de sus Caballeros cuestionó el "espléndido" plan de Atenea de fingir su muerte para luego presentarse ante Hades para dejar ahí que la matara. Y cómo es que a ninguno le llamó la atención que la encerrara en una vasija para desangrarla lentamente en lugar de ejecutarla en forma expedita. ¡Ni siquiera les pareció "curiosamente" semejante a lo que hizo Poseidón!

-Bueno… quizá alguno de ellos se pregunte ahora cómo es que Poseidón sabe tanto sobre lo que pasa en reino completamente ajeno al suyo como para enviarles las armaduras de oro en el momento justo… a pesar de encontrarse sellado en la vasija de Atenea, o por lo menos cómo es posible que las almas de los Caballeros de Oro lleguen a ayudarlos luego de que fueran condenados al Cocyto y sin que el universo se derrumbe luego de semejante despropósito como lo es el que un alma condenada pueda moverse a sus anchas por el infierno.

-¿Y si no?

-Ya habrá otros ciclos, tiempo es lo que nos sobra… Eso sí, tendremos que ir pensando en una lista de sugerencias para la trama de la próxima guerra, porque es evidente que a nuestros dioses se les están acabando. ¿Nos vamos ya o esperamos a Minos un rato más?

-Esperémoslo. No debe tardar y además vendrá con tu Arquero.

-No es mi…

-Aiacos –lo interrumpió Radamanthys, muy serio-. Eres demasiado obvio y creo que él ya te dejó muy claro que está convencido de que lo has estado ayudando por amor.

-Yo solo quería…

-Ayudar a los dioses, ya lo sé. Pues déjame decirte que no captó ese detalle y que lo vas a tener luchando por ser digno de tu amor y del "sacrificio" que acabas de hacer… con el mismo empeño con el que ha estado luchando estos trece años por los "ideales" su diosa.

-Oh, diablos.

-No pongas esa cara, que no soy tan tonto como para no darme cuenta de que la perspectiva no te molesta en lo más mínimo –Radamanthys se cruzó de brazos y miró hacia el horizonte-. Primero Minos y ahora, tú. Habiendo tantos dioses… ¿realmente tenían que entregarle sus corazones a guerreros de Atenea? ¿No podía elegir a guerreros de alguien más?

-¿Por ejemplo, a uno de Poseidón? –preguntó Aiacos, con una sonrisa burlona.

-Hazte un favor, Garuda. Cierra el pico y espera a tu Arquero.

El Juez obedeció, sonriente.

fin