"Hija de la Tempestad"
Cap. 11: Aquelarre.
Las cosas habían cambiado en muy poco tiempo. Lo sentía a cada paso que daba, lo olía en el aire, lo percibía en el mismo ambiente.
No es que le fueran mal las cosas, había conseguido acceder a la Universidad Arcana y, en aquellos momentos, estaba estudiando a conciencia, hincando codos, leyendo mucho y asistiendo a muchos seminarios que daban los más avezados en sus correspondientes escuelas y materias. Estaba aprendiendo.
Pero no solo en materias mágicas, no, estaba aprendiendo Historia, remontada incluso a antes de Tiber Septim y la unificación del Imperio de Tamriel.
Había cosas que le aburrían sobremanera y otras que encontraba mucho más interesantes. La Botánica, por ejemplo, se enlazaba con la Alquimia y el tema de mezclar ingredientes y memorizar cuáles hervir, cuáles machacar en el mortero y cuáles decantar se le daba bastante bien a Tempest. Lo único gracioso es que su mayor especialidad, parecía ser, era la elaboración del arte de los venenos.
Ni pociones curativas, ni brebajes potenciadores o elixires mágicos, nada, lo suyo eran los venenos.
Tal vez porque era lo más fácil de obtener y lo más útil a su juicio a la hora de defenderse. Había hasta venenos volátiles que, al precipitar o ser agitados con mucha fuerza, estallaban. No es que fueran gran cosa, ya que asustaban más que hacer daño, pero contra las fieras de los caminos, los salteadores e incluso toros furiosos que te persiguen para pincharte el culo con sus cuernos cuando has entrado en la finca de su amo sin permiso... eran de lo mejorcito.
También seguía con su trabajo de ganar ingresos aquí y allá, pero ya no tenía por qué preocuparse del tema de los alojamientos: en cada ciudad tenía comida, techo y cama gratis.
Seguía llamando a Mazoga, seguía viendo a Lex, seguía visitando a Martin al menos una vez por semana para llevarle dinero, informarse de los progresos con los Portones y la investigación sobre el Amanecer Mítico, que seguía parada tras meses y meses de infructuosas búsquedas, y para amenizar la aburridísima vida en reclusión del sacerdote imperial, quien ya se había acabado habituando al silencio y la rutina diarios en el Templo del Soberano de las Nubes.
La vida seguía su curso más o menos apaciblemente, con pocos ingresos, muchos libros e ingredientes y una dinámica que, de no haber sido Tempest una criatura vital, nerviosa e inquieta, nunca hubiera podido aguantar aquel ritmo de vida tan desenfrenado.
Había empezado a desarrollar ojeras, eso sí, y su cuerpecillo adolescente se había endurecido y fibrado por el esfuerzo físico. A ver, tampoco es que se hubiera puesto cachas, seguía siendo una chiquilla finúsquila kilo cuarto, pero resistía más tiempo corriendo y haciendo ejercicio y seguía teniendo muy buen humor y apetito. El único problema a su nueva condición física es que aún estaba más plana que antes por efecto de la tonificación muscular.
Bueno, no se puede tener todo en esta vida.
A veces soñaba despierta con los trabajos que había hecho para el Gremio de Ladrones. No es que le llamase el vicio de afanar lo ajeno, pero sí era bien cierto que el tema del dinero movía vidas y aseguraba una plácida vejez en caso de que todo lo demás te fallase. Y con el Gremio había ganado muchísimo dinero.
Tempest a menudo pensaba en el futuro, en la restauración de poder con Martin sentado en el Trono del Imperio, en la clausura definitiva de los Portones al Oblivion una vez los Fuegos del Dragón volvieran a encenderse en el Templo del Único, en qué haría ella después... porque tenía intención de tomarse unas buenas vacaciones.
Si conseguía dinero igual hasta se permitiría el lujo de viajar a Morrowind y ver con sus propios ojos las maravillas de las que Eidon le habló aquella vez; o visitar las cálidas arenas de Elsweyr, el hogar nativo de Nela; o, incluso, arriesgarse a salir del Continente para visitar Akavir y ver a los hombres-mono con sus propios ojos. Siendo una Cuchilla no le sería muy difícil concertar un arreglo con Jauffre para que le mandase con algunos Hermanos Cuchillas en términos de peregrinaje. Seguro que hasta el viejo Maestro lo aprobaría y le parecería muy adecuado.
Bueno... todo esto en la suposición de que Lex le dejase hacerlo. Era un hombre... ciertamente muy convencional en muchos aspectos de la vida diaria. Se notaba que había sido criado en el seno de una familia muy religiosa, de costumbres rígidas y un tanto... arcaicas.
Era un hombre de honor, sin duda, un hombre de los que hacen lo que se espera de ellos, que alcanza todas las cotas, asume responsabilidades, llega a las expectativas... pero tenía una mente muy cerrada, era minucioso en el detalle hasta decir basta, Tempest nunca podía ser del todo coloquial con él y... tenía que adornarle mucho las cosas y contarle muchas medias verdades para que no se enfadase con ella.
Ya le había visto en compañía de Mazoga, y desaprobaba firmemente su amistad con la orca, no ya por su raza, sino porque el hombre entendía que una mujer como aquella iba exudando pelea por cada poro, un auténtico imán para los líos y las... "aventuras" que tan poco apropiadas le parecían para una señorita.
Dentro de su cerradísimo margen, Tempest entendía que el capitán, dentro de lo que cabe, era extremadamente permisivo con ella en lo concerniente a sus trabajos y sus ingresos (pese al frecuente adorno con el que la chica se los presentaba) y Tempest tenía paciencia. Al fin y al cabo, las personas pueden evolucionar y mejorar. Ella era la viva prueba de ello.
- Oye novata, deja de dormirte en los laureles y muele a conciencia ésos pétalos de belladama. – le amonestó en aquel momento la voz aflautada de la bretona Julienne Fanis, alquímica reconocida y cabeza del Lustratorium en la Universidad Arcana, sacándola por completo de sus ensoñaciones – Para elaborar un ungüento neutralizador de veneno a nivel cutáneo es preciso que no haya un solo grumo en la molienda de belladama o, al filtrar, el veneno podría pasar a la mezcla final y, en vez de tener una pomada curativa, tendremos un veneno más con el que salgan llagas, la sangre se infecte y, como resultado de TU negligencia, la carne a tratar se necrose.
Al notar todas las miradas del resto de estudiantes en la sala posarse sobre ella, Tempest agachó la cabeza y empleó más brío con el mazo y el mortero de madera sin decir esta boca es mía.
Su tendencia a que los venenos le salieran como churros le estaba reportando serios problemas en las clases de Alquimia. Si no eran cosas básicas como mezclar vegetales y frutas para conseguir poco más que batidos de proteínas o la clásica poción sanadora hecha con trigo y alas de mariposa monarca; el resto acababan derivando en mejunjes varios con los que, como mínimo, o acababas vomitando o te salían sarpullidos.
Y ella lo intentaba hacer bien, de veras que lo intentaba, pero...
- ¿Me estás prestando atención o solo vienes a mi clase a calentar la silla?
No había manera.
Tempest se levantó calmadamente de su banqueta, recogió los ingredientes que ella misma había recolectado con tanto esfuerzo por el bosque (porque no, a los novatos no les dejaban tocar el Jardín Botánico de la Universidad), asió SU equipo de alquimia comprado con SU oro y se marchó de la sala sin mediar una sola palabra con la instructora.
Si la tipa tenía problemas intestinales no era asunto suyo, era una borde y pasaba olímpicamente de tener que estarle aguantando semejantes gilipolleces día sí, día también.
¿Que solo sabía hacer pociones básicas y venenos? Pues vale, le bastaban para sus propósitos. Ella no estaba allí para llegar a ser una gran hechicera ni para acabar dando clases a alumnos marisabidillos. Ella estaba allí para aprender cosas útiles y, si no podía con algún campo de enseñanza en particular, pues a otra cosa, mariposa.
Tratando de contener su mal genio, Tempest caminó por las salas vacías de la Universidad para calmarse un poco hasta que, pensando en despejarse un rato, dejó sus enseres alquímicos en los dormitorios de los estudiantes, se cambió de ropa, se hizo una cola caballo (algo inusual en ella ya que prefería una trenza o ir con los pelos locos al viento), agarró una bandolera de fieltro que se había comprado para ir con su oro y otras menudencias mientras su estancia en cualquier ciudad de la provincia se prolongase más tiempo del normal y marchó con paso ligero fuera de las puertas de aquel recinto del saber arcano para integrarse con el resto de mortales, mucho más de su agrado que los magos elitistas de la Universidad.
Respiró aire durante una media hora en la que estuvo paseando tranquilamente por el Distrito de los Jardines Élficos y, acordándose que aún no había vendido el diamante aquel del que no había modo de deshacerse, fue derecha al Barrio del Mercado y entró a la joyería "Diamante Rojo", esta vez ya abierta.
Una vez en el interior del establecimiento, tratando de que no se le pusieran los dientes largos con todo el muestrario de collares, sortijas, pendientes, brazaletes y demás adornos caros, se plantó ante el elegante mostrador de cristal tras el cual se hallaba de pie el dueño, Hamlof Diente-Rojo, un nórdico ya viejo, extremadamente pálido y ojeroso y ataviado todo él en terciopelo y seda negra. Parecía, más que un joyero, un enterrador.
- Bienvenida seas, señorita, al "Diamante Rojo". - fue el saludo que el hombre le dispensó – Un guiño, si así lo prefieres, a la famosa gema Real el Amuleto de Reyes. – explicó - Estás hablando con Hamlof Diente-Rojo, dime en qué puedo servirte.
A Tempest casi le entró ardor de estómago al recordar la perdida gema por la que tantas penurias se habían ido sucediendo en cadena.
- Bien yo... - comenzó, no muy segura de si sonaba de buen gusto tratar de vender algo en una joyería – Tengo una piedra que quizás le interese comprar. Jensine me derivó aquí hace unas semanas, pero estaba cerrado.
- Ah, sí. – convino el nórdico – Ataxia. Un mal al parecer muy común en Cyrodiil. Hube de guardar reposo. Muéstrame ésa piedra que traes, jovencita. – dijo tranquilamente mientras extendía la mano enorme y pálida hacia ella.
Tempest hurgó en su bandolera, sacó la gema en cuestión, que traía envuelta en una tela para que no se estropease (ignoraba que los diamantes, ciertamente, no se rallan con facilidad), lo desenvolvió ante los atónitos ojos del nórdico y se lo entregó.
- ¿Qué me da por eso? - inquirió la chica haciendo un leve gesto con la cabeza.
- Espera un momento. – dijo el hombre sacando de su estuche personal de trabajo como joyero y tallista un pequeño catalejo que se colocó en su ojo derecho para examinar la gema más detalladamente - ¡Por Ysmir! - murmuró asombrado - ¡Es de verdad!
Pues claro que es de verdad, so lelo. – pensó Tempest enarcando una ceja.
- Te ofrezco ochenta monedas por él. – declaró el nórdico finalmente.
Vale, ya empezamos con los regateos de rigor.
- De eso nada. – negó la chica – Vale mucho más y lo sabe. Ciento sesenta.
Al hombre casi le dio un patatús al oír aquella cifra.
- Noventa y cinco. – probó, no muy seguro.
- Ciento cuarenta. – exigió Tempest.
- ¡Shor bendito! - exclamó el nórdico escandalizado - ¡Eso es mucho dinero!
- Seguro que usted lo vende por doscientos. – replicó Tempest inflexible.
- ¿No puede ser un poco menos? - casi rogó el hombre.
- Muy bien. Ciento treinta y cinco.
- ¡Ysmir de mi alma!
- He bajado el precio.
- ¡Yo me refería a una bajada más significativa!
- Oiga, si quiere sacar mucho dinero en poco tiempo, póngase a vender elixires de pega.
El joyero se llevó una mano a la frente, atacado por un súbito dolor de cabeza.
- Los Dioses me amparen... y parecía inofensiva. – se quejó – Está bien, te lo compro por ciento treinta.
- He dicho ciento treinta y cinco. – recalcó Tempest con una sonrisilla de autosuficiencia – No me regatee más.
- ¡Dame un respiro, muchacha!
- Bueno, vale, ciento treinta y tres.
- ¡Talos mío!
- ¿Lo toma o lo deja?
Al final, tras mucho tira y afloja, Tempest se llevó sus ciento treinta y tres septims, una sensación de triunfo que no se la quitaba nadie y un número recién salido de imprenta de "El Mensajero del Caballo Negro": "¡Aumento de los rituales a la Madre Noche!".
Mientras se encaminaba a comprarse un par de manzanas, Tempest se leyó la prensa con verdadera curiosidad.
Hablaba de un tal Claudius Arcadia, que había sido encarcelado por realizar un ritual de llamada a la Hermandad Oscura con objeto de que la infame Organización se hiciera cargo de sus rencillas personales.
Parecía ser que bastaba con hacerse con un libro descatalogado de título "Un beso, querida Madre", seguir las instrucciones (las cuales, por cierto, incluían prácticamente la exhumación de un cadáver entero) y convenir el trato con el asesino de turno.
Luego también hablaba de la campaña personal que el Comandante Adamus Phillida estaba llevando a cabo en contra de semejantes rituales (madero de alto rango obsesionado con detener a toda una Organización criminal, de qué le sonaba a Tempest todo eso...), quien exigía respeto por los ciudadanos del Imperio y amenazaba con detener a cualquiera que osase atentar contra las leyes vigentes contratando a aquellos mercaderes del crimen.
Tempest, desde luego, no se creía ni media palabra del asunto. Que le parecía bien que arrestasen a la gente por profanar tumbas y exhumar cadáveres, pero el tema de la supuesta Hermandad Oscura... por favor, que no tenía cinco años, aquello no eran más que cuentos de brujas para mantener al vulgo controlado.
Lo del Morag Tong en Morrowind tras su decisivo encuentro con Eidon se lo creía, vaya que sí, pero ésas cosas en Cyrodiil eran básicamente impensables. Que estaban en la Tercera Era, por Akatosh...
Meneando la cabeza pensativamente, Tempest decidió que le apetecía hablar con alguien, chismorrear un poco; y la persona indicada para los chismes era Jensine, la tendera de "Mejor que Nuevo". Así pues la joven, con sus manzanas y su periódico en mano, tiró los pasos en dirección a la tienda en cuestión, la nórdica sin duda se alegraría de verla, últimamente le había visto el negocio un tanto vacío...
- Hey, Tempest. - saludó con la voz un tanto apagada - ¿Vienes a vender algo? No creo que pueda permitirme comprar nada ahora...
Tempest negó con la cabeza, percibiendo inmediatamente el estado de abatimiento de la mujer.
- No, tranquila, solo venía a comentarte acerca del último número de "El Mensajero del Caballo Negro". Han detenido a un profanador de tumbas.
- A un resentido que contrató a la Hermandad Oscura, querrás decir. - le corrigió la nórdica severamente - Dioses, mira que he llegado a pelearme con guardias y tenderos por cosas graves... pero jamás se me ocurriría contratar a ésos cortacuellos para solucionar mis rencillas personales. Incluso con el tema de Thoronir y eso de que nos esté arruinando el negocio a los demás tenderos con sus precios rebajados... ni aun así contrataría sicarios.
- ¿Que os están arruinando los negocios? - preguntó Tempest cambiando drásticamente de tema, incómoda con hablar acerca de asuntos asesinos y de Organizaciones inexistentes - ¿Por qué?, ¿qué les pasa a los precios de ése tal Thoronir?
- ¡Sus precios son escandalosamente bajos! - exclamó Jensine furiosa - ¡No podemos competir con ellos!
Tempest se rascó la cabeza un momento, desorientada. Ella no entendía cómo funcionaba el tema de mantener un negocio a flote y solo pensaba como compradora. Los precios bajos no le parecían nada malo, todo lo contrario.
- Mira... - comenzó sin dejar traslucir sus pensamientos, ya que sin duda ofendería a la tendera - Explícamelo todo con puntos y comas, que yo no entiendo cómo va esto de regentar una tienda...
Jensine suspiró.
- Soy la presidenta de la Sociedad de Mercaderes Afectados. Hace poco que hemos formado este grupo con el objetivo de mantener un equilibrio económico justo y saludable en la ciudad. - explicó pausadamente - No todos los comerciantes son miembros, pero poco a poco estamos intentando convencerlos para que se unan. Todo iba bien hasta que Thoronir abrió su tienda en las cercanías.
Tempest comenzaba a entender.
- Y os quita la clientela. - asumió.
- Exactamente. - confirmó Jensine asintiendo - Vendiendo todo tipo de mercancías, rebaja los precios como no te puedes imaginar. No siempre vende lo mismo que nosotros, pero sigue siendo un problema.
- Sí, no es que afecte solo a tu negocio, sino a las tiendas de alquimia, de ropa...
Jensine asintió nuevamente.
- Los compradores tienden a gastar su dinero allí. Y nosotros nos quedamos sin clientela. - continuó - La cosa se está poniendo fea, y algunos de nosotros puede que tengamos que cerrar nuestras tiendas. - suspiró - Se niega rotundamente a unirse a la Sociedad o tan siquiera hablar del tema. Estamos convencidos de que trama algo.
- No, si por cómo me lo pintas, no parece trigo limpio. - convino la chica.
- Ninguno de nosotros puede hacerlo, puesto que nos conoce. - dijo Jensine - Hay una buena recompensa para quien lo lleve ante la justicia. - añadió subrayando esto último con la esperanza de que la chica se prestase a la tarea.
Y no erró.
- Hombre... - comenzó Tempest ya con los dientes largos por el dinero que podría ganar - Si quieres, yo podría investigarle a ver qué saco.
La dependienta sonrió.
- Sabía que dirías eso. - rió - Así que sí, confío en ti y en que nos puedas sacar del apuro. Todavía me acuerdo de tu mediación con el tema de Audens Avidius y, en nombre de la Sociedad, te doy las gracias por tus desvelos.
Tempest enrojeció cual amapola.
- Vale, sí... - balbuceó aturullada – Que me voy a ver al Thoronir ése. Veremos qué me cuenta.
- No gran cosa. – asumió la nórdica meneando la cabeza – Si oculta algo, ten por seguro que no soltará prenda.
- Confía en mí, le cazaré. – aseguró la chica mientras salía por la puerta, haciendo repiquetear la campanilla del marco.
Al salir a la calle, anduvo mirando cada cartel de cada negocio hasta que, enfrente de la librería "Primera Edición", encontró la tienda del tal Thoronir: "El Monedero Abundante".
Ya de por sí el nombre de la tienda incitaba a echar un vistazo a la mercancía con la promesa de conseguir alguna que otra ganga, con lo que Tempest entró, saludó y se dispuso a echar una ojeada.
El establecimiento no era lo que se dice lujoso, pero estaba limpio y muy ordenado. Había muchísimas estanterías y mesitas llenas a rebosar de esto y de lo otro. Tempest encontró finalmente unos pendientes de plata de lo más monos.
Sabía que los metales nobles no eran lo que se dice precisamente baratos, así que, con toda tranquilidad, se encaminó hacia el mostrador y habló con el bajito bosmer que encontró al otro lado.
Era rubio, con ojos verdes de duende muy sesgados y tenía cara de bonachón, a Tempest no le pareció mala persona.
- Espero poder ayudarte. – dijo el elfo con una sonrisa encantadora.
Tempest sonrió. La verdad es que los bosmeri, concretamente los hombres, le parecían criaturas de lo más cándidas y tiernas que había sobre la faz de Nirn, parecían niños...
- Oiga, ¿qué precio tienen los pendientes de aquel estante? - preguntó la chica señalando en la dirección de lo que quería.
El hombre salió de detrás de su mostrador y caminó tranquilamente donde le indicaba la chiquilla.
- ¿Estos? - inquirió mostrándoselos.
- Sí.
- Para ti se quedan en cinco septims.
Tempest abrió los ojos desmesuradamente ante aquella revelación. Estaban tiradísimos de precio. Así no tenías ni que regatear...
- Oh... - dijo, completamente descolocada, mirando los pendientes con deseo – Pues... me los llevo. – se le escapó.
Al final le había podido más el capricho que el sentido común. Con aquel precio perfectamente podían ser robados.
- ¡Magnífico! - exclamó el encantador bosmer alegremente mientras los tomaba de la estantería y regresaba a su mostrador – Aquí los tienes, jovencita.
- Gracias... - balbuceó la chica mientras sacaba su bolsa y pagaba, totalmente desorientada. Aquel hombre parecía tan amable y era tan simpático... no le cabía en la cabeza a Tempest que pudiera ser un ladrón o un sinvergüenza. Decidió tantear terreno – Una selección fabulosa, si me lo permite. – dijo echando un vistazo con la cabeza alrededor.
El bosmer asintió entusiasmado.
- Bueno, ¡gracias! - sonrió alegremente - Debes verlo no como una buena colección de artículos, sino como si hubieras encontrado un tesoro; nunca sabes lo que tendré en existencias.
Y era verdad, para qué negarlo. Una chica como ella, caprichosa y con poco dinero para gastarlo en tonterías, se podría tirar a gusto toda una tarde buceando entre aquella avalancha de cosas bonitas y llevarse de aquí y de allá. Thoronir tenía el negocio del siglo.
- Por tu cara deduzco que te estás preguntando de dónde saco todos estos objetos tan fantásticos. – le dijo el hombre con una sonrisa de pilluelo - Te diré lo mismo que a los demás: todo depende de los contactos que tengas. Mis fuentes son buenas, pero son secretas. – constató - En cualquier caso, diviértete echando un vistazo y cuando quieras comprar algo, llámame. – añadió muy ufano mientras le hacía entrega de los pendientes que había comprado - ¡Gracias por tu compra!
- Uh... - Tempest, cada vez más desconcertada, se despidió con la mano mientras abría la puerta que daba a la calle – Que pase un buen día.
La verdad es que, al salir del establecimiento, pensó inmediatamente en dos cosas: que ahora tendría que perforarse las orejas para poder lucir los pendientes y que seguiría al elfo tras su jornada laboral. Le parecía demasiado simpático y quizás eso fuera lo que nublara su juicio. Así que, a las ocho menos cuarto de la tarde, se apostó en una esquina cercana a "El Monedero Abundante" y esperó mientras mordisqueaba una manzana.
Cuando el hombre salió y echó la llave a su local, Tempest le siguió a una buena distancia de tal manera que Thoronir no se percatase de que le andaban tras sus pasos.
Anduvo prácticamente el resto de la tarde tras el elfo viéndole caminar, sentarse en la zona ajardinada del Distrito de los Jardines Élficos, ponerse a leer e irse derecho a una posada para cenar. Tempest se pertrechó bien de magdalenas y bollos y le siguió incluso después de medianoche. Porque Thoronir volvió al Distrito del Mercado, torció a la derecha de su negocio y se metió en la zona donde Tempest tenía localizada una de las varias entradas de la Ciudad Imperial a la red de alcantarillas.
Pero Thoronir no bajó a las alcantarillas, sino que se dirigió hacia un enorme nórdico rubio quien, al parecer, le estaba esperando.
Tras una intensa charla en la cual el nórdico rubio, que pasaba por el nombre de Agamir, se dedicó básicamente a intimidar al diminuto elfo y a obligarle a comprar un pedido de ropa que en aquellos momentos no le hacía falta.
Thoronir aceptó obedientemente el trato del tal Agamir y este desapareció en la oscuridad de las calles. Tempest decidió seguirle para ver dónde iba.
Tras andar un rato en pos del enorme nórdico, este se metió en una vivienda de piedra de dos pisos, típicas de la Ciudad Imperial, ubicada en la Plaza de Talos.
Sabiendo ya dónde vivía, Tempest anduvo los próximos dos días observando a Agamir, aprendiéndose su rutina y sus entradas y salidas de la casa.
En una de ésas, sobre las seis de la tarde, Tempest vio cómo el nórdico salía de la casa y aprovechó la ocasión.
Cuidando de que ninguno de los Latasardinas de la Legión la pillase in fraganti, la chica forzó la cerradura con una de sus ganzúas y se introdujo en la vivienda. No halló gran cosa en las plantas superiores, de modo que bajó al sótano a ver qué podía descubrir.
Y vaya si descubrió.
Decorando el suelo y los muebles a partes iguales con su horror, Tempest se encontró desplazándose en mitad de un maremágnum de muerte y podredumbre: sangre seca, probablemente de los cadáveres exhumados cuyos restos yacían troceados y desperdigados por el suelo de aquel sótano inmundo, salpicando el suelo y la horrible mesa donde el animal aquel llevaba a cabo sus horribles mutilaciones.
Ya no es que solo robase a los muertos, es que los vendía por piezas a saber a qué nigromante o practicante de la magia negra lo suficientemente perturbado como para comprar todo aquel muestrario macabro de restos humanos.
Ahogando una súbita arcada, la chica dio un paso atrás y se tropezó con una enorme pala que cayó al suelo del pavimento estrepitosamente, volviéndola histérica en un momento.
Con el corazón a punto de salírsele, literalmente, por la boca, Tempest tomó la dichosa pala, se dirigió hacia otra mesa llena de sangre sobre la que descansaban varias velas encendidas y, en cuyo centro, reposaba un enorme tomo de lo que parecía un libro de contabilidad.
Tras echarle una breve ojeada y empaparse bien de lo macabro de las palabras que contenía aquel manifiesto horrible, Tempest se llevó el libro y la pala por si acaso, al subir las escaleras, se topase con el monstruo de Agamir y tuviera que arrearle en la cocorota.
Salió corriendo de la casa directa como una flecha hasta el Barrio del Mercado e irrumpió estrepitosamente en la tienda de Thoronir para prácticamente aventarle la pala encima del mostrador y restregarle las narices contra el libro horrible aquel.
Tras unos momentos de confusión que derivaron en absoluto terror e incredulidad por parte del elfo, este le dijo a Tempest que él no sabía nada de aquel sucio negocio que se traía Agamir, se mostró escandalizado... asqueado incluso de tener en su poder posesiones que antaño pertenecieran a los muertos y le pidió a la chica que le ayudase a desenmascarar aquella atrocidad.
Con todo que Tempest, precavida, tras hablar con el elfo había salido a buscar a Hieronymus Lex para contarle todo cuanto había acaecido desde que le asignaran la misión.
El capitán se mostró en una primera instancia incrédulo para, segundos después, derivar su asombro en ira.
- ¡Has irrumpido en una propiedad privada por la fuerza, Tempest! - había gritado el hombre, asiéndola de los hombros violentamente - ¡Eso, según las leyes vigentes, son o diez septims o dos días en prisión!
- Pero... - se había defendido ella, súbitamente empequeñecida frente al furibundo imperial - Ha sido por una causa mayor, Lex... ¡están profanando tumbas y vendiendo a los muertos a trozos!
- ¡Me da igual! - le había gritado él - ¡Las leyes son las leyes, Tempest!
Y ella entonces le había observado con los ojos vidriosos muy grandes, consternada. Dolida.
- ¿Vas entonces a... detenerme? - le había preguntado, temerosa como una niña a la que, tras una dura reprimenda, le aguarda un severo castigo.
El hombre se había llevado una mano a la frente, súbitamente agotado.
- No debería hacer esto... - expresaba abatido, no viéndole muchas salidas al asunto que fueran legales y justas al mismo tiempo. Momentos después, se había apartado lentamente la mano del rostro, debatido entre el deber y lo que él consideraba que era verdaderamente justo, independientemente de sus sentimientos por la chica - Mira, lo dejaré pasar por esta vez, ¡pero no quiero que te inmiscuyas más en este asunto! Deja que sea la ley la que persiga a esta gentuza y los ajusticie como merecen.
- ¡Pero Lex...!
- ¡No me repliques, Tempest! - le había advertido él, cambiado por completo, trocado en un ser furibundo sin nada que ver con el hombre amable a quien la joven imperial había llegado a querer - Si continúas con este disparate, no te daré ninguna clase de trato diferente que al de cualquier vulgar criminal de la calle. - le había advertido, apuntándola severamente con el dedo índice - Te meteré en prisión no ya durante dos días, sino toda una semana donde tendrás tiempo de sobra para reflexionar acerca de la autoridad y de lo que implican las leyes del Imperio. - y al ver a la muchacha con la boca abierta, dispuesta a contestarle, le hizo un gesto cortante con la mano frente a su indignado rostro de muñeca - Doy por finalizada esta conversación. Ahora, si me disculpas, tengo deberes a los que atender, Adiós.
Sin embargo, aún a pesar de su dolor y de su mucha indignación, Tempest no había desistido.
Y, tal vez, aquello le valiera como escarmiento de por vida por no hacer caso del consejo... o amenaza... de un oficial de la policía.
Tras percatarse de que no recibiría ayuda alguna por parte de Lex, de Thoronir o incluso de Jensine, quien también le alentó a seguir la pista, Tempest se apostó en el cementerio interior de la Ciudad Imperial hasta que, a la medianoche, localizó a Agamir introduciéndose en un mausoleo para ejercer de nuevo su tan repugnante rutina profanadora.
Tempest le siguió y, una vez estuvo segura de que el individuo aquel tardaría un rato en salir de la cripta, se dispuso a dar la voz de alarma a la Guardia de Palacio.
Sin embargo con lo que no contaba fue con el factor de que, para profanar tumbas a gran escala, se necesita al menos un colaborador. Y Agamir tenía uno.
Antes de que pudiera gritar, el hombre asió a la muchacha por los brazos y, con la mano libre, le tapó la boca para que no chillara. La llevó al interior de la cripta donde los esperaba Agamir con una retorcida sonrisa de triunfo pintada en su engañosamente bien parecido rostro de nórdico rubio.
- Tenía el presentimiento de que te darías cuenta tarde o temprano. - fue el saludo que le dio mientras se aproximaba a la indefensa joven, esgrimiendo un enorme puñal en la mano derecha - Por eso tenía esta trampa preparada para ti. Si te das cuenta, la tumba ya está cavada. - le indicó con un gesto de la cabeza el, efectivamente, agujero horadado en el suelo del mausoleo donde descansaba un revelador sarcófago de madera de pino - Esta vez no había que llevarse nada del cementerio, había que ponerlo. Me temo que todo lo que te puedo ofrecer es una tumba sin lápida. - añadió sin que la más mínima emoción le asomara al rostro.
Aquel hombre era un monstruo.
Pese a lo mucho que forcejeó, pataleó y cabeceó, Tempest acabó dentro del sarcófago, aullando de terror en cuanto la tapa de la caja descendió implacablemente sobre ella, cubriendo su visión y su mundo de oscuridad.
Permaneció confinada en estado de shock por espacio de veinte minutos en los cuales su perturbado cerebro no registró los sonidos de gritos y espadas que se propagaron por toda la estructura de la necrópolis.
Cuando la luz regresó a sus ojos, se encontró con el rostro sudoroso y desquiciado de Hieronymus Lex, quien la sacó de la tumba y, tras ponerla en pie de un tirón, comenzó a vociferar frente al rostro de la traumatizada muchacha, quien ni siquiera le miró.
Los cuerpos sin vida de Agamir y de su compinche yacían en el suelo cubiertos de sangre.
Pero Tempest ni siquiera lo notó.
El capitán se la llevó fuera de la cripta, viendo que no conseguiría nada así y, tras llamar a varios guardias de la zona para que se hicieran cargo del lío con los cadáveres, se llevó a Tempest por la fuerza hasta las mismísimas puertas de la Torre Blanca y Dorada donde, tras abofetearla, comenzó a bramar como un orate sin que nada ni nadie pudiera detenerle.
- ¡Tú! - chilló en medio del ataque de ira más grande de toda su carrera - ¡¿Qué pensabas que estabas haciendo?!, ¡¿Qué CREÍAS estar haciendo?!
La chica, aún ida, permaneció con el rostro virado del golpe sin mirar a ningún punto en particular.
- ¡Esto es ya la gota que colma el vaso, el colmo! - prosiguió el otro sin percatarse de las lágrimas que comenzaban a asomar por los grandes ojos azules de la muchacha - ¡¿Quién te has creído que eres para desafiarme así?! ¡Para desafiar MI AUTORIDAD así!
Tempest no respondió.
- ¡Contéstame cuando te hablo, maldita sea!
Tempest giró la cabeza en su dirección y le observó con más dolor del que su joven alma podía soportar en aquellos instantes.
- ¡¿Por qué siempre has de hacer lo que te venga en gana?!, ¡¿por qué?! - vociferó el capitán imperial con sumo resentimiento y veneno en la voz - ¡Eres una desgracia! - la chica se sobresaltó levemente al oír aquello - ¡Primero sales de la seguridad de las ciudades para internarte en Fuertes abandonados y ruinas junto con una orca!, ¡una orca sin cerebro que te ha sorbido los sesos para que seas igual que ella!
Las lágrimas ardientes que pugnaban por caer, finalmente, ganaron la batalla y perlaron el desamparado rostro de la chica, sola frente al huracán.
- ¡Después, llegan a mis oídos rumores sobre una mujer con el pelo verde que va de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo buscando trabajo!, ¡buscando problemas en los que meterse!
Un ligero temblor comenzó a hacer acto de presencia en el frágil cuerpo de Tempest. Un temblor que, más tarde y con calma, identificaría como ira.
- ¡Y ahora ÉSTO! - exclamó él con verdadera rabia - ¡¿Así es como se supone que te ganas la vida?!, ¡¿dejando que te maten?! ¡¿Acaso es lo único que sabes hacer, meterte en problemas?!
- Yo... - comenzó la joven con un hilillo de voz.
- ¡SILENCIO! - bramó Lex, cegado en aquel instante por su ira - ¡No quiero oírte!, ¡no puedo confiar en ti! ¡Eres un ser desobediente que se cree que el concepto "libertad" implica hacer lo que mejor te venga en gana! - escupió ácidamente - No quiero ni pensar... qué harás cuando yo no estoy mirando. Con quién te verás y para hacer qué.
Tempest alzó repentinamente la cabeza y observó, incrédula y con los ojos desencajados, cómo Lex le dirigía la mirada más despreciable que le hubiera visto nunca.
Como si fuera una criminal, como si fuera una cosa sucia, indigna de su atención, sus desvelos y su amor.
Él era el Caballero de la brillante armadura y ella una sucia y asquerosa cucaracha a la que pisar.
Aquella mirada y los sentimientos que trajo consigo le decían a Tempest solo una cosa: para aquel hombre, un agente de la Ley, siempre estarían por delante su trabajo y su orgullo antes que ella.
Porque ella no era nadie.
Y porque él era LA LEY.
- ¡Dime! - pudo aún escucharle que seguía gritando - ¿Has estado por ahí divirtiéndote a mis espaldas? Oh, seguro que te debes de haber reído mucho cuando ignoraste el aviso que te di. - escupió - ¿Cómo decís los de Waterfront? "Que le jodan a la ley y a los maderos de mierda", ¿verdad? ¿Es eso lo que piensas, eh?, ¿que soy un policía paleto de provincias del que te puedas reír a tus anchas?
Dolor. Tempest solo sentía dolor y más dolor y... una profunda rabia nacerle de la boca del estómago. Como si fuera a vomitar toda la bilis que se le estaba acumulando, lenta pero segura.
- ¡Vamos!, ¡puedo soportarlo! - volvió el otro a la carga - ¿Quién es él?
Y en aquel momento, el momento de su vida sin precedentes, Tempest la vagabunda, Tempest la miserable, Tempest la cucaracha de los suburbios alzó bruscamente la cabeza y le encaró con toda su rabia. Fuego eléctrico relampagueando en sus ojos.
Aquella noche hubo tormenta eléctrica con lluvias torrenciales y en Waterfront se les inundaron las chozas donde dormían los miserables, la escoria marginada de la sociedad.
Porque tal vez fuera cierto. Tal vez, efectivamente, la furia de una mujer de cabellos verdes tuviera poderes sobrenaturales con los que el agua se manifestase en toda su gloria terrenal.
Aquella noche los mendigos de la zona, todos apiñados contra la pared de piedra divisoria que rodeaba Waterfront, alzaron sus puños al cielo y maldijeron una vez más el nombre de la que fuera la Hija de la Tempestad.
Ya no había forma de dar marcha atrás, ya no había más pensamientos que darle a la cuestión ni forma de evitar lo que tenía delante.
- Me he perdido. Este sitio me resulta familiar, pero no recuerdo cómo llegué aquí. ¿Puedes ayudarme?
Prisionera. Por voluntad propia.
- Éste lugar es muy extraño. ¿El mundo de los sueños has dicho que es?
Prisionera de su propia mente, prisionera de sueños que no le pertenecían.
Estaba tratando de cubrirse con la ropa que había encontrado en aquella alucinación... si es que tenía algún sentido soñar que estás en bragas en mitad del sueño de otro y que corres presta a buscar ropa con la que tapar tu escuálido cuerpo.
Y la sombra...
- Se parece más a una pesadilla. – le estaba diciendo el soñador, el durmiente, el motivo de su estancia allí - No me gusta nada, siento que no debería estar aquí.
Se trataba de un altmer, ya en lo que sus estándares como elfo entenderían como la mediana edad. Muy nervioso, demasiado distraído para percatarse del apuro de la muchacha que había ido a parar en mitad de sus sueños en ropa interior.
Y a ella le habían contratado para sacarle de allí.
Al lado del elfo había también otra persona. Una figura humana, una sombra.
Y ésa entidad parecía mucho más consciente de la presencia de la chica allí que el desorientado altmer.
No tenía rostro, no parecía que estuviera allí con el propósito de hacerle daño a ella o al durmiente. Pero sus movimientos eran vigilantes, con toda su atención puesta en la joven imperial que en aquellos momentos se estaba abrochando el cinturón de la túnica blanca que había encontrado allí, en uno de los cajones de la representación que el durmiente tenía de su casa dentro de su subconsciente.
La chica se movió por la habitación, la sombra avanzó con ella.
Encontró una puerta de madera y llamó. Al no recibir respuesta del otro lado, volvió junto a Henantier, el durmiente.
- Debe de haber una salida por aquí cerca... creo. – le dijo el elfo distraídamente - Exploraría este lugar, pero me temo que no tengo el valor de hacerlo yo por mi cuenta.
Ella suspiró. En esta ocasión, le tocaba hacerlo sola.
- ¿Cómo he podido ser tan descuidado? - dijo el soñador nuevamente, con una leve frustración tiñendo los matices de su voz apagada - ¿Qué me está ocurriendo?
Buena pregunta. Si no lo sabía él, mal vamos.
- Ya sé, he perdido algo. – repuso Henantier, repentinamente más despejado - Sí, eso es, he perdido muchas cosas en este extraño lugar. ¿Me podrías ayudar, por favor?
Para eso había ido allí, para eso había lidiado con sus confusas emociones, para eso había detenido su camino hasta Leyawiin en Bravil y para eso había escuchado a la argoniana Kud-Ei, amiga del durmiente. Para eso estaba allí.
Para ayudar.
Se volvió un momento hacia la puerta de madera y observó a la sombra a un lado de la misma, esperando.
Insegura, avanzó hasta la puerta y, en el momento de abrirla, sintió las manos oscuras de la sombra posarse sobre sus hombros.
Y así accedió a la Paciencia.
Se encontró pisando un camino de piedra que atravesaba una nada insondable. Y había un estuche metálico aguardándola al inicio del trayecto.
Al abrirlo, encontró en su interior un misterioso pergamino el cual, al desenrollarlo, solo le mostró un montón de símbolos extraños que, más adelante, se enteraría de que conformaban parte de la escritura daédrica.
Sintió la presencia de la sombra pegada a su espalda y notó, tensa, cómo se inclinaba sobre su hombro para observar de cerca el extraño pergamino.
La joven no se giró, temerosa de encontrarse una calavera por rostro de aquella figura encapuchada, casi fantasmagórica en aquel mundo de los sueños, y dejó que examinara el pergamino a sus anchas hasta que volvió a erguirse.
La sombra y ella avanzaron lentamente por el camino en mitad de la nada hasta que se toparon con una más que evidente trampa de flechas. Si pisabas la baldosa equivocada, la trampa se activaría. Y ella sabía, inconscientemente, que si moría allí, también lo haría en el mundo real.
Sin embargo, la sombra espectral avanzó tranquilamente hacia la trampa y puso el pie en varias baldosas hasta llegar al otro lado sin que la trampa se activase. Se giró un momento hacia ella y se cruzó de brazos, esperando.
La chica, que había memorizado el camino trazado por la sombra, avanzó sin miedo hasta que se encontró al otro lado de la trampa, sana y salva.
Continuaron su camino.
Y se encontraron con otra trampa igual, solo que esta era... bastante más extensa que la anterior.
La sombra se posicionó delante de ella y, paso a paso, atravesaron las baldosas sin sufrir daño alguno. Aquello requería paciencia. Paciencia y mucha sangre fría.
Siguieron atravesando aquella oscuridad asfixiante que parecía hacerse más patente a cada paso que daban hasta que, nuevamente, se toparon con el mismo sistema de trampa.
Solamente que esta vez era gigantesca.
La joven tembló en cuanto vio atravesar a la sombra los obstáculos sin sufrir daño alguno... pero demasiado deprisa para memorizar el recorrido entero.
El espectro negro se giró hacia ella desde el otro lado, esperando nuevamente.
Y entonces, tragando saliva, la chica volvió a sacar el pergamino con serias dudas.
Lo leyó y releyó varias veces hasta que, sorprendida de no haberse dado cuenta antes, encontró el camino entre las letras.
Avanzó cuidadosamente hasta volver a posicionarse a la altura de su extraño acompañante y ambos avanzaron hasta el premio final.
El elemento base. La Paciencia perdida.
La esfera relampagueaba oscura sobre un pedestal de hierro, lo mismo que una Piedra Sigil del Oblivion.
Y ella la tomó entre sus manos, disolviendo aquel camino en la oscuridad.
Al volver al lado de Henantier, pronto se percató que tendría que atravesar cada puerta de aquel mundo para obtener todos los elementos ausentes: la Paciencia, la Percepción, el Coraje y la Determinación.
Y la joven de verdes cabellos hubo de sumergirse en aguas iridiscentes, atravesar un abismo sin retorno en el cual únicamente pudo servirse de la luz de una antorcha y... finalmente, verse frente a frente con dos auténticos y genuinos minotauros a los que derribar.
Y la sombra la acompañó a lo largo de toda su empresa, no la abandonó ni bajo el agua ni en la oscuridad. Y fue ése espectro quien engulló a los minotauros en su negrura, dejándola a ella, a la pequeña muchacha asustada, ascender los escalones para alcanzar la última esfera de conocimiento por recolectar.
Y juntos, como un solo ser, la niña y la sombra avanzaron hacia Henantier y le regresaron sus perdidos conocimientos.
- Soy un necio. – dijo el altmer apesadumbrado, sus sentidos devueltos a su cauce natural – No me imaginaba que el amuleto pudiera ejercer tal poder sobre mí.
El amuleto. La piedra causante de toda aquella aventura que colgaba en aquellos instantes del frágil cuello de la muchacha imperial.
Y cuando el sabio admitió sus fallos, y los fallos dejaron de aprisionarle en su red de araña, el elfo y la humana salieron del mundo de los sueños para despertar y estrecharse la mano en la vida real.
Más no la sombra. La sombra permaneció quieta en silencio y no les acompañó.
La aventura acaecida en Bravil había sido agotadora.
Mentalmente agotadora.
No es que se quejase. Centrar sus energías en tareas diversas le había ayudado a no pensar más de la cuenta en su rotundo fracaso en la Ciudad Imperial.
Porque así lo percibía Tempest, como un fracaso rotundo.
Llegó a Leyawiin al mediodía con el transporte rápido y, tras comer en la primera tasca que le pilló más a mano, decidió que necesitaba relajarse un poco, desentumecerse... o entumecerse más de lo que ya estaba, era igual. El caso era no pensar.
Pensar le deprimía.
Así pues, encaminó sus pasos fuera de la ciudad, rumbo a la posada de los Caballeros del Semental Blanco con la esperanza de encontrar a Mazoga allí.
No erró.
Abriendo la puerta pesadamente, se apoyó hecha puré en el canto un momento antes de acceder por completo al interior.
- Hola. – saludó desganadamente en cuanto vio a Mazoga, ocupada en golpear al muñeco de entrenamiento en esgrima con los puños desnudos.
- Ey, canija. – saludó la mujer orco dejando su mano a mano momentáneamente - ¿Qué rondas? - y, repentinamente, sonrió ampliamente dejando ver sus prominentes colmillos inferiores hasta la encía - ¿Hay más curro?, ¿otra aventura de la que quieras hablarme?
Tempest avanzó hacia la zona de estar, se dejó caer sobre su catre de espaldas y quedó tumbada boca arriba con las piernas colgando del borde.
- No, en realidad no. – replicó la chica mirando el techo de madera de la posada con un halo de aburrimiento.
Mazoga, que ya se había dispuesto a seguir boxeando contra el maltratado maniquí, se giró hacia ella y le dio una mirada pensativa. Dirigió sus pasos hacia la cama donde se había dejado caer.
- A ti te pasa algo. – sentenció plantándose frente a la joven con los brazos en jarras.
Tempest dejó de mirar al techo y fijó sus ojos en la robusta y musculosa figura de la orca.
- Sí, bueno... - murmuró – Lo que tenía que pasar, supongo.
- Sin rodeos, Nirn. – bufó la guerrera – Sabes que no me gustan los misterios ni que la gente se vaya por las ramas.
Tempest suspiró, se incorporó hasta quedar sentada en el borde de la cama y miró a su amiga a los ojos.
- He roto con Lex. – confesó apesadumbrada.
Mazoga se quedó un momento en silencio.
- ¿Tu novio madero? - preguntó.
- Ex-novio madero. – aclaró la chica.
La mujer orco se rascó un momento la cabeza y frunció el ceño.
- ¿Qué te ha dicho el subnormal ése? - preguntó enfadada - ¿Quieres que le haga una visita y le parta la cara? Me la suda pasar un par de días en la Prisión Imperial.
Tempest negó agachando la cabeza.
- No hace falta. En realidad he sido yo la que le ha dejado. – explicó.
- ¿Cuál es el problema entonces?
Tempest se llevó las manos a la cabeza.
- Pues que aún le quiero. – respondió con la voz pastosa.
- ¿Y por qué le has dejado? - inquirió la orca.
- Porque no hacía más que preguntarme a dónde iba, con quién y por qué. – dijo la joven levantando la cabeza – Me decía que dejase de buscarme trabajos peligrosos, que estudiase si quería en la Universidad Arcana pero que las mujeres no tienen por qué andar metidas en cuevas ni ruinas Ayleid, que eso es para hombres.
Mazoga enseñó los dientes al oír aquello, si algo le reventaba eran los tipos machistas.
- Podía soportarlo. – prosiguió Tempest – Bastaba con no hacerle ni caso y calmarle... pero ya lo último ha sido un ataque de celos. – se levantó un momento de la cama y se dirigió a la despensa para pillar algo de beber – Me dijo que si le estaba engañando, que vete tú a saber lo que haría yo por ahí cuando él no estaba mirando. – sacó una botella de aguamiel y, tras descorcharla, le dio un trago largo – Así que me cabreé y le mandé al cuerno.
Sabía que aquello no era ni la mitad de lo que había ocurrido, que solo era una versión adaptada de los hechos reales... pero no quería ni ver a Mazoga en prisión por agredir a un oficial ni quería volver a saber de Lex en una temporada.
Le había hecho mucho daño y no creía poder ser capaz de enfrentarse con él de nuevo. Había reunido el valor y la mala leche para romper con él tras todas las barbaridades que le había dicho, tras hacerla sentir como si fuera basura.
Ahora ya estaba hecho, no tenía sentido darle más vueltas al asunto. A lo hecho, pecho.
- Y has hecho bien, ¡por todos los diablos! - exclamó la orsimer yendo también hacia la despensa y sacando una cerveza – Valiente gilipollas, ¿y qué se supone que tienes que hacer para "ser una mujer"? ¿Estar todo el día metida en casita fregando y diciendo "sí, bwana" a todo lo que él te diga?
- Bajo su punto de vista, sí.
- Pues ya te digo yo por dónde me paso su punto de vista. – repuso la orca sentándose en una de las sillas y pegando un sonoro puñetazo a la mesa - ¡Al carajo con él!, tú lo que necesitas es desahogarte, ponerte hasta las cejas de cerveza nórdica e ir de fiesta. Ya verás como al día siguiente te levantarás con otro pensamiento... si es que puedes pensar luego, claro. – añadió con una risita.
Tempest miró pensativamente su botellín de aguamiel.
- Había pensado en emborracharme... pero aquí, tú y yo solas.
- ¿Y qué gracia tiene beber las dos solas en un sitio tan alejado como este? - dijo Mazoga enarcando la zona rugosa que eran sus cejas - ¿A qué día de la semana estamos? - preguntó de sopetón.
- A Fredas... creo.
- Fredas 4 de Helada, ¿no? - murmuró la orca para sí volviendo a enseñar los colmillos de manera un tanto exagerada, lo que venía a equivaler a una enorme sonrisa – Vente conmigo, que nos vamos a la taberna de "Las Cinco Garras" a ponernos bien ciegas mientras esperamos.
- ¿"Esperamos"? - inquirió la chica, curiosa - ¿Esperamos el qué?
La mujer orco rió.
- Ya lo sabrás. – repuso misteriosamente con un jovial brillo bailándole en los ojos amarillos.
Tempest entonces accedió y la acompañó. No quería estar sola, porque se liaría a llorar como una loca y no tenía ganas. La decisión había sido suya, no podía ni debía quejarse.
Acorde a su palabra, Mazoga y ella, una vez entraron en Leyawiin, fueron directas a la taberna de la zona menos... elegante de la ciudad y pidieron a la dueña, una argoniana de mediana edad que pasaba por el nombre de Witseidutsei, una jarra de cerveza tras otra a lo largo de la tarde.
A la gracia del beber se sumaron, sorprendentemente, más mujeres. Y eso era precisamente lo extraño: aquella tarde en la posada solo había mujeres bebiendo, hablando, echando pulsos o jugando a las cartas. Pero Tempest ni se enteró, ya que estaba bastante achispada y no paraba de reírse como una tonta con los chistes que Witseidutsei contaba mientras servía al resto de la clientela femenina.
Cuando empezó a caer la noche, Mazoga sacó a rastras a una muy borracha Tempest y se la llevó hasta los muros exteriores de la ciudad. A partir de ahí, comenzaron a caminar.
- ¿A dónde vamos? - preguntó la joven imperial, ya más despejada por el fresco aire nocturno.
- A seguir la fiesta en otra parte. – contestó la mujer orco sencillamente.
- ¿Y eso?
- La Guardia de Leyawiin nos cortaría el grifo. – repuso Mazoga - Ten en cuenta que se supone que es una ciudad medianamente "civilizada", tienen una imagen que mantener.
- Aaah... de acuerdo. – dijo la chica, alelada.
Siguieron caminando.
La orca condujo sus pasos dirección Oeste hasta que llegaron a una zona en ruinas donde aún se alzaban viejos restos de muros Ayleid. Había tenido el acierto de comprar más suministros extra de alcohol y buscó un sitio en el que sentarse, aquel lugar estaba plagado de rocas y columnas rotas, así que no les supuso ningún problema hallarlo.
- Parece que hemos llegado las primeras. – observó la orca mientras dejaba el cargamento de botellines en el suelo y miraba en derredor – Nos toca hacer la hoguera.
- ¿Qué hoguera? - Tempest no entendía ni torta de lo que le estaba diciendo su amiga y se dejó caer sentada en el suelo como una muñeca de trapo flácida.
- Levántate y ayúdame a recoger leña. – replicó Mazoga, ignorando el evidente estado de ebriedad de la chica – Hay que hacer una enorme hoguera allí mismo. – y señaló un amplio claro de varios metros de radio a su derecha – Si se llega la primera, te toca buscar leña y encender el fuego. – agarró de un hombro a su compañera y la puso en pie de un tirón – Venga, deja de hacer el vago y ayúdame.
La chica asintió estúpidamente y anduvieron un buen rato recolectando ramas del suelo y hojas con las que, finalmente, formaron una enorme pila en el centro del claro. Mazoga se las apañó para prenderla haciendo chispa con dos piedras.
- Con esto debería bastar por ahora. – dijo la guerrera orca limpiándose la frente del sudor y mirando detenidamente arder la leña.
- Sigo sin entender por qué hacemos todo esto, Mazoga. – comentó Tempest arrodillándose frente al fuego – Me habías hablado de una fiesta.
- ¡No seas impaciente! - le chistó la otra – Ahora viene lo bueno, tú solo espera.
La joven suspiró y esperó obedientemente mientras su rostro se calentaba con el fuego y su cuerpo con el botellín de cerveza rubia que abrió y al que empezó a dar tragos de tanto en tanto para no pensar. Porque pensar más de la cuenta en aquellos instantes le deprimía.
Tras unos minutos, comenzaron a venir, primero unas pocas y de una en una, para ser cada vez más y más mujeres que se fueron sentando en torno a la hoguera mientras sacaban sus correspondientes reservas de alcohol y otras viandas apetecibles como racimos de uvas, pastelitos, fresas, guindas, frutos de enebro, panecillos dulces y otras delicias que Tempest miraba con los dientes largos.
Al cabo de un rato aquello ya parecía una suerte de congregación femenina donde todas permanecían en un inquieto silencio a la espera. Se habían concentrado algo más de treinta mujeres y Tempest distinguió entre ellas a la posadera Witseidutsei; a una viuda khajiita que pasaba por el nombre de Ahdarji; a la más joven de las tres hermanas khajiitas, Shomara, que regentaban la posada del mismo nombre; y, sorprendentemente, a la propia condesa Caro y su ayudante de cámara, la altmer Hlidara Mothril.
Al ver la cara que había puesto su amiga, Mazoga dejó escapar una risita entre dientes.
- ¿Qué te pensabas? - le susurró al oído – A la condesa, con todo lo estirada que es, le van estas cosas de las reuniones clandestinas. Su marido es un buen tipo, pero tiene que ser un muermo estar con él casi las veinticuatro horas del día, por eso se busca cosas que hacer... y lugares a los que acudir.
- ¿Reunión clandestina? - balbuceó Tempest intentando despejarse – Pero... ¿es una fiesta reservada solo a las mujeres?
- Más o menos. – repuso Mazoga aún riendo – La primera parte es solo de mujeres. Más tarde, para las que quieran quedarse, vienen los hombres.
Tempest enarcó una ceja y, para no darle vueltas demasiado ni a la situación en la que estaba ni cómo había llegado a ella, le dio otro trago largo a su cerveza y no añadió más.
Al cabo de un buen rato, cuando dejaron de llegar más mujeres, se les acercó la menuda figura de una bretona envuelta en un amplio mantón violeta que le cubría desde la cabeza hasta los pies, y se plantó frente a la hoguera de pie mientras las miradas de todas las mujeres presentes se posaban en ella.
Se hizo un momentáneo silencio sepulcral ya que no se oían ni el viento soplar ni los cánticos de los grillos o las aves nocturnas gorjear.
La bretona del mantón violeta alzó los brazos y un súbito viento propició que sus vestidos ondearan como las alas de un ave gigantesca a su alrededor.
- ¿Qué me traéis? - preguntó con una voz clara y poderosa que provocó por un instante que los corazones de las presentes comenzaran a galopar a toda velocidad.
Las mujeres rieron entre sí, nerviosas.
- ¡Yo te traigo mi mejor vestido, para que la belleza esté en mí y no en mi atuendo! - exclamó una guarda roja de mediana edad poniéndose en pie mientras mostraba su ofrenda: un hermoso vestido de terciopelo azul.
- Arrójalo al fuego pues, y comenzarás a amarte a ti misma. – respondió la mujer del mantón violeta señalando la hoguera - ¡Hazlo!
Y la guarda roja, sin dudar, arrojó aquella fina prenda a las llamas.
- ¡Yo te traigo las cartas que le escribí a mi amor secreto y que nunca tuve el valor de entregarle! - gritó la joven Shomara alzando ante sus ojos un nada desdeñable fajo de sobres cerrados que tenía atados con una hermosa cinta de raso rojo.
- Arrójalas al fuego pues, y el valor para decirle a tu amor a la cara lo que sientes imbuirá tu espíritu. – replicó la bretona - ¡Hazlo!
Y Shomara las arrojó con un súbito brillo en su mirada sesgada de khajiit.
- ¡Yo te traigo mis mejores flechas de pino hechas a mano, para que mi arco sea certero y mi pulso no tiemble ante las bestias! - clamó una bosmer con la cara pintada con una pintura de guerra negra que imitaba el zarpazo de un puma mientras sostenía su carcaj lleno.
- Arrójalas al fuego pues, y tu ojo será de águila a la par que tu pulso te obedecerá hasta en las situaciones más críticas. – asintió la mujer bretona - ¡Hazlo!
Y la elfa del bosque, al igual que las otras, entregó su carcaj y sus flechas al abrazo de la fogata.
Tempest entonces se levantó, borracha como estaba, y alzó un botellín de cerveza sin abrir en frente del corro de mujeres.
- Pues yo te traigo cerveza. – dijo con la voz pastosa - ¡Para que alimente la llama y a mí se me quiten las penas sin tener que recurrir a ella! - exclamó con pesar al mismo tiempo que sentía cómo una súbita fuerza le atravesaba el cuerpo de norte a sur.
La bretona, desde debajo de su mantón, sonrió. Y sus ojos azules se encontraron con la electricidad de los de Tempest en mitad de la oscuridad.
- Arrójala al fuego pues, y que tu dolor se desvanezca para dar la bienvenida a la fortaleza de tu espíritu. – repuso la mujer, evidentemente una bruja, con un brillo extraño en los ojos - ¡Hazlo!
Entonces la chica miró un momento a la fogata, luego al botellín y, sin que sirviera de precedente, lo arrojó con furia al calor del fuego donde reventó e hizo que las llamas se avivaran un instante en que el resto de las mujeres se echaron para atrás de la impresión, temerosas de quemarse con aquella intensidad.
Entonces, al no presentarse ninguna ofrenda más, la bruja se marchó un instante para volver con un cesto desde cuyo interior se oían aleteos y cacareos. La mujer abrió el cesto y sacó por el pescuezo un gallo de peleas con los espolones bien afilados que trataba por todos los medios de zafarse del agarre al que la mano de la bretona le tenía sometido.
- Con sangre todos nacemos. – comenzó la bruja y todas se pusieron inmediatamente en pie – Con sangre vivimos, por la sangre morimos y a través de la sangre formamos lazos de espíritu. – recitó - ¡Por ello, con sangre entregaremos nuestros problemas, dolores y desatinos para que vuelvan de donde vinieron! - y, acto seguido, sacó un estilete de entre los pliegues de su mantón para, sin que el pulso le temblara, cortarle el pescuezo al ave y verter su sangre sobre el fuego y la piedra en frente suya mientras el animal seguía debatiéndose, aun decapitado.
Aquel terrible gesto, lejos de disgustar a nadie, fue como una señal que propició que todas las mujeres en aquel instante perdieran todo pudor y vergüenza y se liberaran.
Unas empezaron a chillar, otras a cantar y a bailar, otra se puso a dar vueltas mientras las faldas de su vestido ondeaban al viento y otra comenzó a desnudarse. Pese a estar al inicio de Helada, en la comarca de Leyawiin aún hacía una temperatura bastante agradable, incluso de noche.
Una de ellas, que había traído una flauta, comenzó a tocar una melodía sugerente mientras se contoneaba como si fuera una serpiente entretanto que otra se le unía al soniquete y al baile con un laúd.
Mazoga se quitó toda la armadura que llevaba encima, quedándose en ropa interior y mostrando su muy bien trabajado cuerpo al tiempo que descorchaba una cerveza y se refrescaba el gaznate como si no hubiera un mañana.
Tempest por su parte también quiso quitarse la ropa y, tras deshacerse de la túnica, el peto de cuero, las botas y los pantalones, se quedó en ropa interior con la camisola blanca de tirantes que le venía grande y que le daba el aspecto de llevar un camisón corto; y se puso a bailar al ritmo de la melodía deshaciéndose la trenza y dejando que su larga melena verde se agitara a cada movimiento. Alzó los brazos al cielo nocturno otoñal y se dejó llevar por lo que le pedía el cuerpo, riendo y dando vueltas alrededor de la hoguera, como un espíritu del bosque invocando a las fuerzas de la naturaleza.
Pasada una media hora larga en que la gran mayoría de las mujeres se habían quedado en paños menores, si no desnudas, mientras seguían bailando y cantando y picoteando de las viandas que había traído cada una; empezaron a llegar hombres al círculo, que se fueron uniendo lentamente a la algarabía.
Algunas mujeres se fueron, otras se quedaron a bailar, charlar, comer y, para qué negarlo, meterse mano con los hombres.
Mazoga aquel día estaba de humor para llevar la juerga más lejos, así que se puso a tontear (a su brusca y ruda manera) con un nórdico de dos metros, barbudo y musculoso, que parecía embobado mientras sus ojos se perdían en las trabajadas curvas verdes de la orca.
Tempest por su parte estaba demasiado en su mundo para darse cuenta de los hombres que se le acercaban. Ella era feliz bailando frente a la hoguera dejando que sus cabellos ondearan con ella cual fuego fatuo en la oscuridad. No necesitaba nada, no necesitaba a nadie, sentía el corazón ligero y libre como un pájaro mientras sus blancos brazos se deslizaban con el viento, en el marco renegrido de la noche.
Tempest se había transformado en una ondina y no reparó en cómo, paulatinamente, los hombres que la miraban ensimismados fueron alejándose a toda prisa en cuanto otra presencia hizo acto de aparición desde las sombras y se quedó observando a la joven que danzaba al compás de las llamas fijamente.
Mazoga, que pese a los litros de alcohol que llevaba encima aún dominaba sus facultades, observó éste fenómeno alarmada y miró en dirección a su amiga, quien seguía ignorante de lo que acaecía a su alrededor, para darse cuenta de que una figura de negro encapuchada la tenía en su punto de mira como el lobo que va a saltar de un momento a otro sobre el conejo.
Temiéndose inmediatamente cualquier tontería, Mazoga la orca se vistió rápidamente sin quitar ojo de encima al hombre encapuchado (porque estaba segura de que era un hombre), y una vez se hizo con su mandoble dwemer, agarró a Tempest del brazo.
- Nos vamos. – resopló llevándola al lugar en donde se había dejado la ropa tirada por el suelo – Vístete.
- Pero... ¿qué pasa...? - logró articular la chica, medio ida.
La mujer orco bufó y se dispuso a vestirla ella misma sin perder de vista al encapuchado, que siguió inmóvil desde su posición bajo un árbol, en las sombras, hasta que, en un momento en que la mujer apenas pestañeó, había desaparecido.
Cuando terminó, agarró de la mano a la imperial y, llevando el mandoble en la diestra como si de una espada corriente se tratara, salieron por patas.
Mazoga no se sintió tranquila en toda la hora que tardaron en llegar a la posada de los Caballeros del Semental Blanco y mantuvo el arma de frente por si alguien las seguía.
Una vez llegaron a su destino, la orca se aprestó a cerrar las ventanas, correr los estores y echar la llave de la puerta con doble vuelta.
Tempest a todo esto la observaba entre adormilada e intrigada, sentada sobre su catre.
- ¿A qué venía eso...?
- No había buen rollo en la fiesta. – dijo Mazoga – Se te estaban acercando demasiado los tíos y no me ha gustado. Así que por eso nos hemos ido.
Mentir era mucho mejor que decirle la verdad y lo que pensaba acerca del tiparraco de negro al que el resto de la gente de allí rehuía como a la peste.
- Oh, está bien... - respondió la chica sonriendo – Gracias, eres una buena amiga.
- Sí, vale. – replicó la mujer-Caballero ausentemente – Ahora creo que ya ha habido bastante fiesta por hoy y que es hora de dormir. – sonrió levemente – Por la mañana toca resacón, ya me entiendes...
Pero no terminó la frase puesto que Tempest ya se había quedado dormida.
La mujer orco, negando con la cabeza, la descalzó, la metió bajo las mantas y se fue ella misma a tumbarse en su cama.
Pero aquella noche no pudo dormir, alerta como estaba y pendiente de que la puerta de la posada permaneciera debidamente cerrada.
A la mañana siguiente, al oír la voz de Tempest, se sintió aliviada cuando dijo aquello de:
- Oooh... Akatosh mío... qué dolor de cabeza...
Nota de la autora: vale, aquí venimos una vez más, superando el límite de los diez capítulos del fandom en español ^^ Y este capítulo me ha costado Dios y ayuda terminarlo ya que la primera parte me ha resultado un rato tediosa de escribir.
Bien, SeventhDevil, no sabes lo mucho que te agradezco tu apoyo y tus "veeenga, termínalo ya" que me han llevado de la mano hasta completar el capitulillo en cuestión ^^ ¡GRACIAS!
Y sí, para los curiosos, ya sabemos lo que le pasó a Nela. Es Waterfront, no os sorprendáis mucho, es la cuna de la miseria. Y los altmer yo creo que todos les hemos cogido un poquitín de manía por lo mal que se portan con todo el mundo en Skyrim jajajajaja
AmorfousThing: ¡Muchas gracias! :D Espero que disfrutes leyendo y que no pierdas el interés conforme vaya avanzando la historia. Trato de escribirla bien porque, honestamente, las faltas de ortografía y la vaguedad verbal me rechinan mucho ^^
ifskiedthenrulz (he tenido que copipastear tu nombre): Te agradezco un montón tu apoyo y me honra mucho ser la primera a la que dejas un review en Fanfiction ^^ Te prometo que intentaré por todos los medios disponibles a mi alcance para que Tempest no pierda su gracia y os sigan gustando sus extrañas aventuras :) Gracias, de verdad.
Bueno, gente, el capítulo 12 lo subiré en breve, que ya lo tengo escrito :D Con esto cambio de categoría, como dije, y me meto en la "Rate M". Que los capítulos ya van a empezar a tomar un tinte más bruto. Irán poco a poco, pero seguros. ¡Un beso!
