Capítulo 12: Hogar y refugio
En su interior bullía una ira casi incontenible. Sus manos se empuñaron a sus costados, comenzando a temblar debido a la fuerza ejercida. Sus ojos oscuros resplandecieron con maldad pura, fulminando al inconsciente hombre de la plataforma con sólo la mirada. Las luces alrededor se apagaron una vez el coliseo quedara completamente vacío, quedando únicamente una tenue iluminación sobre la gran jaula. En el interior de ésta, se apreciaban fuertes marcas de sangre derramadas en todas partes, evidenciando la reciente masacre dada, así como también dos cuerpos inertes reposando sobre la plataforma.
Las barras de acero fueron retiradas y dos subordinados del dueño de uno de los previos luchadores, se acercaron al ring para levantar el pesado cuerpo sin vida del gigante Ryûkotsusei, mientras el otro individuo era dejado atrás. Y no era porque nadie quisiera ocuparse de él, más bien era por miedo a recibir alguna represalia por parte de su jefe, el cual no despegaba la vista del lugar. Si las miradas mataran, el inconsciente joven Taishô ya hubiera expirado hace varios minutos.
—No debiste subestimarlo, Onigumo… —musitó Yura con cautela—, ¿qué harás con él?
El aludido frunció el entrecejo, emitiendo un leve gruñido. Su cuerpo comenzó a temblar de pura cólera, sintiendo que explotaría interiormente si no hacía algo ahora. Sin poder contenerse por más tiempo, Onigumo se dirigió precipitosamente hacia la plataforma, extrayendo de su espalda baja un arma de 9 milímetros.
—¡Acabaré con él! —Rugió el hombre finalmente, apuntando directamente la cabeza del inconsciente oji-dorado.
Haber ganado esa pelea, había significado más pérdidas de las que ese estúpido Taishô siquiera se podía imaginar. Por su maldita culpa, ahora él también se encontraba bajo amenazas por aquellos que habían confiado su valioso dinero en sus manos. Después de una importante reunión con sus aliados del bajo mundo, les había prometido una importante multiplicación de sus ingresos si apostaban por Ryûkotsusei, pero dado este inesperado giro, había quedado de manos atadas. ¡Ahora se veía forzado a devolverles toda aquella inversión en menos de una semana, si es que no quería convertirse en el nuevo blanco!
—¡No, espera! —resonó la voz de Jakotsu desde el oscuro pasillo. En su desesperación, se soltó ávidamente del agarre de su hermano Bankotsu para correr hacia el cuadrilátero—. Por favor, Onigumo… No ganas nada con matarlo ahora —alegó.
No soportaba ver como a su querido InuYasha le eran volados los sesos, sin que éste pudiera defenderse. Si bien era cierto que él también era un asesino a sangre fría y que disfrutaba torturar a sus víctimas, no le gustaba matarlas mientras éstas estuviesen inconscientes. ¿Cuál era la gracia si no podían defenderse o suplicar por sus vidas? Ni siquiera era divertido. Además, InuYasha era suyo, por lo que sería él mismo, quien lo torturaría hasta la muerte. ¡Él era su obsesión!
—¡Cállate, Jakotsu! No seas estúpido —trató de acallarlo Bankotsu, esperando que Onigumo no quisiera volarle la cabeza también.
—Ochocientos mil dólares… —arrastró el jefe entre dientes, no quitando la oscura mirada de InuYasha—. Este miserable merece morir por meterme en este lío.
Claro que no era el fin del mundo ni tampoco una auto-firmada condena de muerte el intentar recuperar todo ese dinero, ya que gracias a sus contactos, tenía una manera de adquirir un préstamo provisional, pero aun así… era una pérdida a su cuenta personal que no podía ni quería tolerar.
—Sí, lo entendemos, pero… ¿no crees que sería poco satisfactorio para ti? Por favor… permíteme a mí hacerlo —pidió Jakotsu, empuñando las manos a sus costados—. Te prometo atormentarlo hasta que suplique por su vida y te sientas complacido —musitó de manera casi siniestra, saliendo a flote su lado sádico.
—¡No, eso no es suficiente! El muy maldito debe sufrir lenta y dolorosamente hasta ser aplastado como una vil cucaracha y así pagar por su falta —gruñó Onigumo con rencor—. Nunca debiste luchar por tu vida… ¡¿Por qué no simplemente te moriste?! —rugió, disparando el arma, provocando un respingo en los presentes.
Un fino hilo de humo salió del pequeño agujero suscitado por la pistola; muestra clara del caliente plomo que acababa de impactarse contra su objetivo. Vacilante, Jakotsu dirigió su mirada a la cabeza de InuYasha, descubriendo dichosamente que la bala había perforado un pequeño espacio de la plataforma, junto a la oreja del oji-dorado.
Un silencio sepulcral reinó por unos instantes. Nadie se atrevió a mover un solo músculo debido a la tensión que se había formado. Todos pudieron percibirlo. El aire se volvió extrañamente pesado y una inexplicable presión se alojó sobre ellos, como si algo sobrenatural e invisible se hubiese instalado en aquel lugar. Una presencia de la cual únicamente Onigumo creyó ser consciente, paralizándolo momentáneamente.
«¿No te parece más útil sacarle los órganos y venderlos a un buen precio en el mercado negro? ¿No te has puesto a pensar el motivo de la solicitud de renuncia de InuYasha? ¿El por qué se aferró tanto a la vida, cuando su vida misma no vale ni un céntimo? ¿Qué tal esperar un poco y averiguarlo? ¿Quién sabe? Podrías encontrarte con una grata sorpresa…»
El tiempo pareció detenerse por un par de segundos. El inaudible e hipnótico susurró continuó invadiendo la mente del hombre, haciéndole incluso pensar que era su propia mente la que lo estaba haciendo maquinar magníficas ideas; ideas pérfidas que sólo lo favorecían a él.
De repente y para la consternación de los presentes, el jefe dejó caer el brazo con el arma a su costado y, de la nada, comenzó a reír cual desquiciado. Una estruendosa carcajada se escuchó con eco en el gran y oscuro coliseo, provocándoles a todos escalofríos.
—¿Onigumo? —lo llamó Yura, posando cuidadosamente una mano sobre el hombro del hombre. Éste detuvo su trastornada risa, bajó la mirada y la ocultó debajo de su flequillo.
—No vale la pena. Tírenlo al depósito de basura junto con sus cosas —ordenó de pronto, sorprendiendo a todos—. No quiero saber de él en un tiempo.
—¿Qué? Pero… —Bankotsu fue el primero en reaccionar ante el drástico cambio de opinión del jefe—. ¿Por qué tan de repente…?
—¿Le perdonarás la vida? —inquirió Jakotsu, entre confundido y esperanzado. No era que le importara demasiado la vida de InuYasha, tan sólo le agradaba la idea de aún tener una oportunidad para divertirse con él.
Una fría mirada y una mueca de fastidio fue más que suficiente para acallarlos a todos. No hicieron falta palabras de su parte para darles a entender a sus subordinados que su palabra era la ley y que debía ser cumplida conforme a sus indicaciones; sin preguntas ni cuestionamientos. ¿Qué si dejaría al maldito Taishô con vida? En efecto, pero sólo el tiempo necesario para beneficiarse de él y recuperar lo que por su culpa había perdido. Algo le decía que podría sacarle el suficiente provecho si tenía sólo un poco de paciencia.
Una siniestra sonrisa se formó en los labios del despiadado Onigumo a medida que desaparecía en la oscuridad de aquel gran coliseo. Al mismo tiempo y en ese mismo lugar, un demonio de ojos rojizos y cabello largo y ondulado se hizo presente en la perturbadora escena, disfrutando del resultado de su ardid.
Manipular la mente humana era demasiado fácil. Las ansias de poder de ese humano, Onigumo, no tenían límites. Su corazón podrido y ambicioso fue la puerta de entrada perfecta para convertirlo en una marioneta más de su vasta colección desde el comienzo de esta historia. Algo tan simple como invadir su mente con ideas viles y egoístas, era algo tan sencillo que ni siquiera requería de persuasión. Además, el tiempo de ese idiota no estaba demasiado lejos, por lo que se aseguraría de presentarse ante él para hacerle un ofrecimiento el cual no podría rechazar. Algo simple como concederle temporalmente un deseo materialista e inmoral a cambio de su despreciable alma.
Era curioso como las dos líneas de tiempo se dejaban encajar a la perfección. Pobre InuYasha, ni siquiera sospechaba que desde un inicio, él había estado presente en su vida con un sólo fin. Su alma y la de su amada mujer eran suyas desde el principio de los tiempos. Tarde o temprano, su mismo destino se cumpliría y ambos morirían en sus manos. ¿Acaso podía haber algo más divertido que eso?
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No supo cómo ni en qué momento había podido salir con vida de aquel escabroso lugar. Tampoco estaba seguro de lo que había pasado durante su lapso de inconsciencia, pero el hecho de que Onigumo no lo matara o torturara allí mismo, le resultaba demasiado bueno para ser cierto. Fue una gran sorpresa despertar en medio de una gran cantidad de escombros junto a sus ropas, y sin más daños visibles aparte de los que había adquirido durante su combate. No cabía duda de que había sido desechado, por lo que podría sentirse feliz, pero… la sensación de que algo no andaba bien, no dejaba de intranquilizarlo. Era prácticamente imposible que el jefe lo perdonara por ganar la pelea, ¿entonces por qué? Dudaba mucho que lo hubiesen dado por muerto, a menos que… ¡¿Naraku…?!
—¡Ugh!
Un gemido escapó de su boca y ante la evidente presencia de dolor, se vio forzado a detener sus pasos y sujetarse el abdomen. Su respiración se tornó forzada y su vista se volvió borrosa por un instante. Había perdido mucha sangre, aunque seguramente no la suficiente como para desfallecer por ahora. Su cuerpo se sentía débil y extremadamente pesado, más su mente se mantuvo firme y fuerte.
Sus pensamientos giraron en torno a los recientes acontecimientos, no pudiendo evitar sentirse atemorizado. ¿Qué tal si Onigumo había averiguado la existencia de Kagome o alguno de sus amigos? ¿Intentaría amenazarlo para recuperar lo que por su culpa había perdido? No, no había forma de que supiera de alguno de ellos o pensara siquiera de que tuviera amigos. No obstante, la espina de la duda estaba presente. Sí, sentía miedo de no ser capaz de proteger a Kagome en esta línea de tiempo y de exponerla a un peligro aún mucho más grande al que él había conocido. Le aterrorizaba perderla a causa de las trampas de Naraku y de no ser capaz de salvar su vida. Maldición, ¡ya ni siquiera sabía si lograría llegar hasta ese punto para evitar aquel terrible accidente!
Frustrado, se sujetó la cabeza con una mano, tirando levemente de su cabello. Los rieles de la estación silbaron, anunciando la rápida aproximación del tren, el cual se detuvo delante de él a los pocos segundos.
Sin prestarle demasiada atención a la poca gente que lo observaba con recelo, ingresó al medio de transporte y se sentó en un asiento cercano a la salida. Con cierta cautela, escaneó rápidamente su entorno, esperando no encontrase con algún indeseado enviado de Onigumo o algún loco que quisiera llamar a la policía por su evidente condición. Eso sí que sería un problema. Afortunadamente, no tuvo que pasar demasiado tiempo para alcanzar su parada, aunque probablemente su cara de pocos amigos ayudó a mantener al margen a los cuatro mirones.
Tambaleándose en cada paso, InuYasha se obligó a avanzar por su camino, tratando de no caer. Un tropiezo y, probablemente, no lograría levantarse hasta dentro de varias horas. Su fuerza de voluntad lo condujo con impresionable resistencia por las oscuras y vacías calles, llegando finalmente a su destino: El templo Higurashi. Sí, casi sin pensarlo, sus pasos lo habían guiado automáticamente a la casa de su amada; el único lugar el cual podía considerar su hogar y su refugio.
Fue inevitable retener su anhelo por volver a ver a Kagome al estar allí. Habían transcurrido muchos días… ella debía estar preocupada. Por su deplorable estado, quizás, sería mejor no encontrarse con ella por el momento, pero por lo menos, se cercioraría de su bienestar. Bastaría con verla desde lejos para estar tranquilo y llenarse de nuevas energías.
La duda se reflejó por un breve instante en el rostro de InuYasha, cuando trazó el largo camino de las escaleras hasta la parte superior con su dorada mirada, tragando fuerte. Una mueca de nerviosismo se instaló en su cara.
—Nunca creí llegar a odiar tanto esas escaleras —musitó el joven Taishô con una media sonrisa forzada, empezando a sudar.
Milagrosamente y con enorme esfuerzo, el hombre consiguió subir hasta el último escalón, cayéndose un par de veces, pero consiguiendo la meta impuesta. Nada fácil, pero al finalmente llegar al templo, su espíritu se llenó de una indescriptible tranquilidad y regocijo; algo que no había sentido en mucho tiempo. Ese lugar le traía tantas memorias que colmaban su corazón, haciéndole anhelar cada instante vivido en su pasado ya disipado.
Instintivamente, sus pasos lo guiaron al gran árbol sagrado, en donde se permitió rememorar un momento en específico. Un momento muy especial que le había dado un significado definitivo a su existencia. Con la mano y frente apoyadas en el grueso tronco, InuYasha cerró sus ojos y se sumergió en sus recuerdos…
Una noche fría y lluviosa, una discusión a causa de los justificados temores y… una cálida y triste mirada que hizo flaquear su firme voluntad. Los ojos chocolates de Kagome observaban fijamente sus orbes dorados, penetrando hasta su frágil alma que desde hace mucho ya le pertenecía.
—InuYasha… —con la mano sobre su pecho, aguardó por su contestación, expectante—. Por favor, dime.
—¡Por qué yo…! —las palabras se atoraron en su garganta, pero aun así, era una verdad que ya no podía callar ni tampoco suprimir—. Kagome, yo… Yo te…
—Lo sé —fue lo único que ella respondió, acariciando su mejilla—, y es por eso que siempre estaré a tu lado —declaró, besando inesperadamente sus labios con dulzura.
La sorpresa lo invadió debido a la inesperada acción, pero en cuanto fue consciente de la actual situación, felizmente supo que sus sentimientos eran correspondidos. Sintiendo el frenético latir de su corazón, se permitió cerrar los ojos y corresponderle al beso con todo su ser. Sus mojados cuerpos se encontraron en un cálido abrazo, olvidándose de todo lo que los rodeaba. Las preocupaciones pasaron a un segundo plano, siendo sus emociones compartidas lo único floreciente en aquel escenario.
Todo comenzó a girar a su alrededor y su visión se tornó borrosa. Sus piernas se sintieron débiles y temblaron al ya no ser capaces de soportar su peso. Al parecer, había llegado a su límite.
Con pesadez, el oji-dorado se derrumbó fuera de la valla que cercaba al árbol sagrado, dejándose caer en el frío suelo y soltando un leve quejido de dolor. Exhausto, apoyó su espalda en los tablones de madera, permitiéndose descansar. Su mirada se dirigió hacia la casa Higurashi, cuyas luces estaban todas apagadas. Una sonrisa se formó en sus labios. Era más que probable que no divisaría el rostro de su querida Kagome por ahora, pues a estas horas debía estar durmiendo plácidamente en su cama. Y, era mejor así. Dadas las circunstancias, no le gustaría asustarla innecesariamente con su deplorable apariencia. Tan sólo esperaría al amanecer para verla a la distancia y asegurarse de que estuviera bien antes de marcharse.
Sí, tan sólo descansaría un poco para recobrar sus energías, mientras permanecía en el templo Higurashi, respirando el fresco y puro aire del lugar.
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El despertador sonó desconsideradamente cerca de su oreja, haciéndola saltar entre las cobijas. Con mucha molestia, extendió el brazo y apagó el escandaloso aparato, para luego girarse nuevamente en la cama. El sueño y la pereza la envolvieron una vez más, sumergiéndola en un letargo que le imposibilitó despertar. Tal parecía que Morfeo se había negado rotundamente en dejarla ir de sus cálidos brazos; algo muy poco conveniente, dado el horario programado que tenía para ese día.
Quedándose profundamente dormida, transcurrieron alrededor de cuarenta minutos, cuando el abrupto sonido de su celular la despertó esta vez por completo.
—¡¿Sí, hola?! —respondió la azabache, entre asustada y agitada por el sobresalto.
—Amiga, llegué hace poco, ¿en dónde estás? Dime que ya estás cerca.
—¡¿QUÉ?!
Escuchar la voz de Sango al otro lado de la línea, sin duda, la alteró más. El hecho de saber que ella ya había llegado a la florería, la hizo sentir terriblemente culpable, puesto que ella ni siquiera había salido de su cama todavía. Pero… ¿no habían quedado en encontrarse a las 05h30 de la mañana? ¿Qué hora era para empezar? En un rápido reflejo giró su rostro y miró el reloj de la cómoda, entrando en pánico. ¡Eran las 05h35!
—El camión no tardará en llegar y algunos arreglos quedaron pendientes. No son muchos pero… —la castaña detuvo su diálogo al escuchar la respiración agitada de Kagome, entre ruidos extraños—. ¿Estás bien? ¿Qué ocurre?
—Sango, ¡pe-perdóname! —Exclamó la joven Higurashi, abrochándose rápidamente el botón de la primera falda que encontró—. ¡Me quedé dormida! Ya voy para allá.
—¿Lo dices en serio? —Preguntó la mujer, soltando posteriormente un resignado suspiro—. Está bien, trataré de hacer lo que pueda mientras llegas, aunque creo que será mejor encontrarnos directamente en el Hotel-Casino Hoshi.
—Sí, está bien, te veo allá —indicó, escarbando entre sus gavetas, en busca de una blusa—. En verdad, ¡lo siento mucho!
—Ya me lo compensarás luego —Rió Sango desde el otro lado, terminando la llamada.
Soltando el teléfono celular, Kagome se apresuró en terminar de vestirse, lavarse, arreglarse un poco y bajar las escaleras. Sujetando un abrigo en su mano, se puso los zapatos y abandonó la casa casi trotando. Si se apresuraba, con suerte alcanzaría a tomar el autobús de las 5h50.
¿Cómo pudo quedarse dormida justo hoy? Hace pocos días, Miroku les había hecho un pedido especial de flores para una celebración de aniversario de una importante empresa, por lo que ella y Sango se habían esforzado al máximo para cumplir puntualmente el pedido. Se suponía que esa mañana harían la entrega y respectiva decoración del salón, antes de la llegada del personal invitado. ¡Qué descuidada fue!
En su carrera, Kagome miró una vez más su reloj de pulsera, sólo para confirmar la hora, pero fue entonces cuando creyó notar la sombra de una persona debajo del gran árbol sagrado, por el rabillo de su ojo. Sus ajetreados pasos se detuvieron a unos metros de las escaleras principales del templo y su agitada respiración se vio cortada. Los latidos de su corazón retumbaron sonoramente en sus oídos, no sólo por la reciente carrera, sino también por la expectación y creciente nerviosismo. La poca luz de la madrugada no le permitía ver con claridad.
—¿Quién… quién anda allí? —inquirió con cautela, dudando si acercarse o no. No hubo respuesta y el bulto tampoco se movió. Inquieta, se acercó un poco más, buscando un mejor ángulo de visualización, creyendo notar cierta familiaridad en la figura masculina—. ¿Inu…? —Sus ojos se abrieron de par en par cuando tuvo la certeza de que era él—. ¡InuYasha!
Sin dudarlo dos veces, la azabache corrió preocupada hacia el hombre y se acuclilló junto a él. En ese instante, sus manos tocaron algo tibio y líquido debajo de ella, haciéndole notar las grandes manchas de sangre del piso. Ciertamente asustada, alzó la mirada hacia el hombre, advirtiendo sus ropas maltratadas e igualmente ensangrentadas. Desesperada, lo comenzó a llamar una y otra vez, sintiendo su corazón oprimirse y un fuerte nudo en su garganta.
Para el parcial alivio de ella, InuYasha pareció escucharla y entreabrió los ojos casi de inmediato. Saliendo de su letargo, el hombre divisó primeramente una silueta sombría y borrosa que inicialmente no reconoció. Parpadeó débilmente un par de veces hasta que su vista enfocó a la mujer que tenía enfrente. Una leve sonrisa se formó en sus labios al tener la dicha de verla nuevamente.
—Kagome…
—InuYasha, ¿qué…? —la pregunta se atoró en su boca al tratar de contener las lágrimas. Por un momento, había llegado a pensar que no lo volvería a escuchar pronunciar su nombre—. ¿Q-qué fue lo que te pasó? ¡¿Quién t-te hizo esto?! ¿Por qué…? ¡Dios mío, tus heridas! ¡Debemos llamar a la policía y…!
Temblorosa, sacó su celular del bolsillo de su abrigo para llamar al número de emergencias, pero InuYasha la detuvo, sosteniendo su mano. La sonrisa de su rostro también se borró, siendo reemplazada por una expresión seria.
—No… no lo hagas —pidió, no muy seguro de hacerle entender su situación. Kagome lo observó, consternada.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —inquirió ella, dubitativa. InuYasha guardó silencio y bajó la mirada. Ella lo observó inquieta por un par de segundos y al no obtener respuesta, soltó un sonoro suspiro—. Bien. En ese caso, déjame llamar a una ambulancia. Tus heridas se ven muy graves y pareces haber perdido mucha sangre —indicó, ciertamente alterada, volviendo a marcar en su celular, pero el hombre nuevamente la detuvo.
—No es necesario —declaró él, mirándola directamente a los ojos, estremeciéndola con su dorado fulgor, una vez más.
—¿Qué? Bromeas, ¿verdad? —Perturbada por la extraña situación, Kagome sintió temor. No fue precisamente por sentirse amenazada de alguna manera, más bien fue por saberse inútil. ¿Es que acaso el no confiaba en ella? O, tal vez, ¿podría ser que…? Una idea se le cruzó por la mente, por lo que decidió preguntar—. InuYasha, tu… ¿acaso no estás asegurado?
Bien, el hecho de llamar a la policía y armar un alboroto innecesario, era una cosa. El no tener suficientes ingresos o un seguro apropiado para costear su propia hospitalización, era un asunto totalmente diferente. Aunque ahora se sintiera un poco avergonzado por este hecho, era algo que no podía negar. Al final de cuentas, siempre había tenido que curarse a sí mismo después de cada combate, aunque según recordaba, nunca había terminado tan mal como ahora. ¿Qué otra cosa se podía esperar de una inesperada pelea a muerte?
—Yo… bueno… —inseguro por no saber cómo responder a la interrogante planteada, simplemente se limitó a negar con la cabeza, al tiempo que esquivaba la mirada—. De cualquier forma, no es la gran cosa, no te preocupes —aseguró, poniéndose rápidamente de pie, suprimiendo una mueca de dolor por el brusco movimiento—. Estoy bien.
A diferencia de sus palabras, su cuerpo no pareció pensar lo mismo. Un fuerte mareo se apoderó de él y sus piernas le fallaron al primer paso, tambaleándolo. Kagome lo tomó presurosamente del brazo para evitar su caída, apoyándolo sobre su hombro.
—No digas tonterías, estás muy lastimado —increpó la azabache, tocando instintivamente la frente del hombre—. ¡Tienes mucha fiebre!
—No, yo…
—¡Tu NO estás bien! ¡Ni siquiera intentes convencerme de lo contrario, idiota! —Lo reprendió Kagome, frunciendo una ceja. Él respingó levemente ante el enérgico regaño.
—¿Q-qué piensas hacer?
—No preguntes y sígueme. Debemos tratar tus heridas cuanto antes —informó, guiándolo hacia su casa.
Era muy posible que su familia ya se hubiese despertado y que, al ingresar por la entrada principal, se asustaran al ver a un hombre malherido junto con ella. Pero, también era muy probable que, así como ella, le brindaran todo el apoyo que en estos momentos InuYasha necesitaba. Después de todo, el ayudar a las personas, era una enseñanza que le había sido inculcada desde niña en su hogar.
—¿Kagome?
—¿Si?
Posiblemente, Naraku le había tendido una trampa en la pelea contra Ryûkotsusei, pero debido a que había logrado sobrevivir y las cosas debían seguir su curso, todo parecía volver a encajar de alguna manera. La escena en que Kagome lo encontraba debajo del árbol sagrado, se estaba repitiendo imprevistamente, haciéndole recordar algunos acontecimientos de ese día. El día en que encontró un lugar en la familia de Kagome… un hogar y refugio en el templo Higurashi.
—Gracias.
La sonrisa que el oji-dorado le dio, le calentó el corazón, borrando parcialmente sus temores, no pudiendo evitar devolverle el gesto. Estaba segura de haber tomado la decisión correcta, así como también estaba segura de la hospitalidad que le brindaría su familia, independientemente de las circunstancias.
Habían muchas preguntas que Kagome quisiera hacerle en estos momentos, pero prefirió guardárselas para ella misma por ahora. Sí, bueno, cualquier persona normal y sensata habría hecho caso omiso a la absurda petición de no llamar a la policía para evitar problemas, pero no ella. Ella no era capaz de negarle ayuda a nadie y mucho menos a alguien a quien ella había comenzado a apreciar. InuYasha era su amigo y, aunque por ahora ignorara muchas cosas de él, estaba convencida de que, con el tiempo, él se lo contaría todo.
Continuará…
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N/A: ¡Hola a todos!
Con mucho esfuerzo y aprovechando al máximo cada minuto libre en mi actual apretada agenda, finalmente logré terminar de editar este capítulo. Espero que les haya gustado y que, a pesar de avanzar la trama de manera un poco lenta, sepan que algunas escenas son necesarias para comprender varias situaciones venideras. Si no, creo que la cosa se volvería muy confusa, incluso para mí xD.
¿Qué les parece? InuYasha fue dejado en libertad, pero al parecer, Naraku ya ha estado planeando el próximo escenario con ingeniosa antelación. ¿Qué será lo que les aguarda a nuestros protagonistas? ¿Qué fue lo que sucedió alguna vez en el pasado? No se pierdan ningún capítulo y lo descubrirán en tiempo presente… (Vaya publicidad xD).
Como siempre, gracias a todas por su paciencia y por sus reviews que siempre me alegran y alientan a seguir escribiendo para ustedes. Especiales agradecimientos a: Marlene Vasquez, bruxi, Faby Sama, lindakagome, Paulaa, Nataly (mi cuenta de face lo puedes encontar en mi perfil) y SaKuRaKu.
¡Besos y hasta la próxima!
Con cariño,
Peach n_n
