"Treinta días de un Abril"
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DISCLAIMER:"Hey Arnold!" no me pertenece. Es propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon. Menciono la canción "Mentira" de La Ley. No tengo ningún derecho sobre ella.
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*Capítulo 12: "Muelle de nubarrones"
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Mentiría si dijera que en anteriores ocasiones la emoción había sido tan gigantesca, como lo era en ese momento. Sería un hipócrita, si atinara a pensar que la felicidad estaba lejos suyo, cada vez que tenía la dicha de mirarla. La tontería más grande del Universo, habría sido arruinar ese instante, destiñéndolo con la grisácea verdad. Arnold deseaba sincerarse sobre absolutamente todo el asunto del plan de Stinky; su desconocido enamorado y tomar distancia, desde allí en adelante. Primero, porque precisaba hacerlo, al temer que sus propios sentimientos tuvieran un efecto negativo, involucrándose demasiado; segundo, porque el mes de Abril ya casi culminaba y con él, su misión. El chico debía cesar en su función de espía-amigo y dejar que las cosas siguieran su curso natural, luego de volcar toda la información recolectada que ayudaría a su amigo. Pero en vez de seguir los pasos detalladamente, se salteó el libreto, desbarrancando con sus más profundos principios.
La honestidad, podía mancharse por la impulsividad, razonaba ahora. La honestidad, quedaba a un costado del camino, salpicada por una montaña de las falacias ensordecedoras. Les estaba mintiendo a Stinky, al traicionarlo, y a Helga, por ¿corresponderle? ¿Desde cuándo se sentía atraída por él? ¿Acaso importaba eso? ¡Qué diablos! Solo parecía ser imprescindible estar junto a ella, decirle todo sin decirlo. Permitiendo que fuera ese primer beso, la confirmación de lo que fuera que se había forjado entre los dos. Lo que viniera después, tendría solución... ¿No? Quizás no. Pero la adrenalina y emoción cegaba todo intento de salir a flote, del sentido común acallado.
No mucho más habían conversado, tras ocurrido el momento más trascendental de ambos, hasta ese entonces. Se despidieron, más en el silencio que imploraba cada mirada, que en una lucha por aclarar de qué se trataba todo lo recientemente sucedido. La única proyección para el día siguiente, era simplemente vivir. Ya la tecnología se encargaría de anunciarle al otro un punto de encuentro para continuar lo que había comenzado tan necesariamente de repente; para analizar cómo sería todo de ahora en más, o, tal vez, apenas para enfrentarse con vergüenza, después de haber concretado un beso que ambos deseaban que sucediera.
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Mentira mi vida,
lo que se da y no se mira…
Mentira fundida,
por miel que evaporó mi piel.
Mentira prohibida,
debilidad que me domina.
Mentira mi vida,
no quiero más mentirte, mi amor…
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Ya era veinticuatro de abril. El primer encuentro no había sido tan terrible o atemorizante, como en otras circunstancias, Arnold hubiera supuesto que sería. Helga lucía tranquila, plena; lisa y llanamente libre. Actuaba con naturalidad y al momento de decidir qué harían ese día, no surgió una idea brillante, ni mucho menos. Pasaron la tarde viendo películas viejas, en la casa de Helga, aprovechando la ausencia de sus padres y la ocupación en quehaceres domésticos, que mantenía atareada a Olga allí.
Eran comedias. ¡Ja, comedias! Todo parecía ser muy normal y esplendoroso. Como si se tratara de un acuerdo implícito, ambos optaron por no ventilar ese-no-sé-qué que tenían, frente a los demás, por el momento. Si bien actuaban como una fusión del otro, mayormente en silencio, más de un beso fugaz solía presentarse para ilustrar la ocasión. No acurrucados, no tomados de la mano; Helga parecía no querer profundizar mucho en el tema, Arnold tampoco. Para ella, todo se mostraba como si no fuera del otro mundo, mientras que a él, la conciencia empezaba a demolerlo.
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Mentira vendida,
Moralidad que me intoxica.
Mentira escondida,
flagelo que mi corazón
no olvida…
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¿Qué rayos estoy haciendo aquí? ¿Viendo una película con Helga? ¿Aceptando las rosetas de maíz de su mano; recibiendo las miradas de complicidad en cada escena graciosa? El ahogo quería asfixiarlo. Las ventanas abiertas, eran percibidas por él, como un enorme espacio clausurado de aire inexistente. Pero... Cuando Helga lo veía fijamente, él se esforzaba por disimular.
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—¿Sabes...? —habló Helga, repentinamente, mientras caminaban hacia el centro comercial—. El otro día, en el invernadero... —dijo haciendo una pausa, con una mueca de felicidad pasajera, viendo hacia su derecha—. Me sentí tan protegida por ti...
La claridad del día casi no le permitía abrir los ojos.
—Me alegra que así fuera, Helga... dijo él, en medio de esa culpa que lo estaba ahogando lentamente.
La chica se detuvo y luego de parpadear con lentitud, admitió.
— Y... Si hubiera sido por mí... —continuó ella diciendo—, te habría besado justo ese día... No hubiera esperado un minuto más. —lanzó, como si fuera una bomba que venía en un oso de peluche.
Arnold forzó una sonrisa, en medio de esa dicotomía que lo aprisionaba entre la espada y la pared. Entre lo que era correcto y lo incorrecto; entre sus verdaderas e iniciales intenciones, y eso que comenzaba a sentir, cada vez más fuerte hacia la chica.
¿Por qué pretender que él no lo sentía de la misma forma? ¿Por qué?, ¡demonios!
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Mentira,
Las tentaciones destructivas…
Mentira medida.
No quiero más mentirte amor…
Solamente me perdí
Regreso para devolverte…
Mi corazón, late por ti,
dentro de mí...
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La contempló calmo, aunque tal revelación lo impactara en la forma en que lo había hecho. No respondió nada más, decidiendo que esa frase dicha por Helga, fuera lo último expresado antes de ingresar a la cafetería del shopping. Probablemente, sus palabras que quedaron retumbando en su mente, lo acompañaron hasta el día siguiente inclusive. Ese día, se auto reprochó por la desprolijidad de su diario mensual sobre Helga. No se postergaría más. Acabaría con los partes que solía agendar allí.
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Resultó, que una vez más, Helga lo había citado en cercanías al muelle de Hillwood. Como si fuera una ironía del destino, en esta nueva oportunidad, él llegó primero también. ¿Sería una broma cruel, para que el tiempo que la chica llevara de retraso, la razón hiciera estragos con su conciencia?
Las olas cristalinas danzaban enmarcando ondas y lagunas, que solo lograban recordarle cuán agradable era pasar el rato con Helga, aunque eso significara muchas otras cosas que él normalmente aborrecería. Ella arribó, tan calmada como la ocasión de visitar el muelle, podía brindarle esa hermosa serenidad única.
—Hola. —saludó, entrecerrando los ojos a causa del viento y la claridad.
—Hola.
—¿Hace mucho que esperabas?
—No... Pocos minutos, ¿por? —afirmó Arnold.
—No quería llegar tarde. Eso es todo. —acotó con simpleza.
—Oh...
El silencio los envolvió para que pudieran apreciar la belleza de la ciudad a su alrededor.
—Hace algún par de días... —comenzó Helga, diciendo—. Te hice venir al muelle con un propósito, Arnold.
Él giró a verla, olvidando por un momento el recorrido del agua que los rodeaba armoniosamente.
—Quería que entendieras por qué me gusta tanto esto lugar... Por qué me inspira; por qué me seduce...
Ahora ella giró también a verlo.
—Y es porque aquí, hice muchas promesas, ¿sabes? Porque aquí, —dijo señalando el agua—, cuando uno llora, el resto del mundo no lo sabría.
—No tienes por qué llorar, Helga... —aseguró, con la mayor firmeza que pudo.
Ella rió, bajando la mirada como si se tratara de un chiste.
—Ya no, Arnold. Ya no. Y sobre los días nublados... Bueno, son malditamente hermosos. No sé si podría explicarlo...
—No necesitas hacerlo, ya comprendí el sentido.
—Yo creería que no, eh... —replicó, dando media vuelta, para volverse.
—¿A dónde vas? —le preguntó.
—A caminar, sígueme, Arnold...
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Mentira servida
en vino y pan de cada día.
Mentira atrevida
bolero de mi corazón.
Amarga saliva
sabor a culpa y agonía...
Mentira divina,
no quiero, mas mentirte amor...
Solamente encontré,
El necio precio de volverme a ver...
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Recordando que había llegado al muelle a disfrutar de la lluvia, por segunda vez; que ella había tomado su mano y habiendo mediado un beso sorpresivo por iniciativa de Helga; tuvo su respuesta. Él también la hubiera besado el día de la tormenta, en el invernadero. Y ahora lo haría, con total libertad. Como un símbolo de la desprolijidad, de la protesta. ¡Como si nadie pudiera descubrirlos! Porque el muelle era demasiado lejos; porque cuando la citó para explicarle todo con sinceridad, no se atrevió. Y porque su último descubrimiento a volcar en su diario era, que Helga no solo resultó ser maravillosa; sino, que hacía tiempo soñaba con sus labios carmesí. Y, que además, se había enamorado de ella.
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Habían estado caminando por largo rato. Parecía como si cada paso que daban, tenía un poder especial sobre el cielo, para hacer que este se tornara cada vez más gris. El silencio continuaba siendo el mejor complemento de sus encuentros. Arnold no se sentía lo suficientemente capaz de confesar la verdad de los hechos, abrumado por haber descubierto que su traición iba más allá de una simple traición. Helga, sin aclarar innecesariamente nada.
Ella se alejó de él, por unos cuantos metros. Extendió sus brazos, dispuesta a sentir el regocijo de la libertad en su máxima expresión, ante la atenta mirada del chico. Quizás, al saberse observada, se replanteó acercarse nuevamente. Sin acotar palabra, lo besó. Lo besó, porque creía que él finalmente había correspondido a sus nunca extintos sentimientos, sin complicarlo todo con palabreríos. Lo besó, porque sabía que lo que ella experimentar, era mutuo. Lo besó, porque finalmente, Arnold ya no se excusaba más en esa estupidez del pretendiente que quería conocerla a través de él.
Uno, dos besos. Quizás hasta un considerado cursi abrazo, había mediado entre ellos. Helga se separó de él, con gracia y sintiéndose en el paraíso mismo. La lluvia les estaba empezando a condimentar el paseo. Recordando que había llegado al muelle a disfrutar de la lluvia, por segunda vez; que ella había tomado su mano y habiendo mediado un beso sorpresivo por iniciativa de Helga; tuvo su respuesta. Él también la hubiera besado el día de la tormenta, en el invernadero. Y ahora lo haría, con total libertad. Como un símbolo de la desprolijidad, de la protesta. ¡Como si nadie pudiera descubrirlos! Porque el muelle era demasiado lejos; porque cuando la citó para explicarle todo con sinceridad, no se atrevió. Y porque su último descubrimiento a volcar en su diario era, que Helga no solo resultó ser maravillosa; sino, que hacía tiempo soñaba con sus labios carmesí. Y, que además, se había enamorado de ella.
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Amor… Solamente encontré..
un beso para devolverte.
Mi corazón, late por ti,
dentro de mí…
Y siempre busco la verdad…
Mi corazón, nunca dejó,
Tu corazón…
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—¿Ahora entiendes por qué los días nublados son mejores? —le lanzó, con picardía.
—Lo sé. Son perfectos. —aseguró el rubio sonriendo en el trayecto hasta alcanzarla nuevamente.
Helga lo miró, agradecida y embelesada, como si aún no lograra procesar tanta felicidad.
—Pensé que nunca lo dirías...
Sus palabras lo trajeron a la realidad.
—Pensé que nunca lo harías... Yo... ¡Cielos! Había esperado esto durante tanto tiempo, Arnold.
¿Qué? De nuevo, ¿qué? ¿Qué significaba eso? La chica parecía que seguiría diciendo algo.
—Es increíble que finalmente suceda... Que hayas hecho todo esto, —dijo señalando en círculos al aire—, solo para que yo lo supiera... No sabes lo feliz que estoy ahora. —concluyó abrazándolo con ternura y miedo, al mismo tiempo.
—Agradezco que esto no sea un sueño... —confesó, viéndolo con atención y amor.
—Yo... Yo también me siento así... —atinó a decir, notando que el mundo se caía en sus hombros.
—Finalmente sucedió... —reflexionó Helga, con un tono más bajo de voz.
—Sí... —acotó Arnold, abrazándola con desconcierto.
—Estoy tan enamorada de ti, Arnold... —pronunció Helga, como si se tratara de una niña, recargando su cabeza en el pecho del chico.
Él solo la abrazó con más fuerza, para luego besarla con dulzura.
Ella creía que él era el supuesto pretendiente, todo este tiempo... Oh, Dios, ¿cuándo fue que lo complicado se había complicado aún más? Arnold sabía que en el momento en que los sentimientos de cualquiera de los dos fueran puestos sobre el tapete, todo se derrumbaría, para peor. Helga admitió estar enamorada de él, según parecía, hacía mucho tiempo... Y él... Y él, ¿qué? ¿No era más que un maldito cabrón, que traicionaba amigos, enamorándose de las chicas de los demás? ¿No tenía amor propio, o solo era un capricho momentáneo?
Porque enamorarse de Helga, precisamente, solo traería dolor, múltiple y certero para todos los involucrados. No pudo responderle, porque no sabía. No sabía si él era un traidor, un mal amigo, o si había descubierto a su alma gemela en el proceso, quien lo había amado durante años. No sabía cómo reaccionar a todo eso.
Y tampoco sabría qué hacer, cuando Stinky lo enfrentara, tras haberlos visto en el muelle, besándose...
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Mi corazón
late por ti,
dentro de mí,
y busco siempre la verdad…
Mi corazón… nunca se fue…
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Día 25:
Ya no puedo ocultarlo más.
Me enamoré de ella.
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CONTINUARÁ…
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Hola a todos, queridos lectores. ¡Muchas gracias a todos y a cada uno de ustedes! Hemos llegado a los 100 reviews. Los adoro con la inmensidad del amor Arnoldiano. No puedo creer que este fic haya llegado adonde llegó, me encanta leer la emoción en sus comentarios y haber escrito esta historia.
Muchas gracias: Sweet-sol; CaptainK8th; Michelle16; Romiih; Shamaya21; Polly-HyA; HogoTapia; Veronika Reid; Darkrukia4; onighiri-chan; Marcy Hofferson Shortman y Sandra Strickland, (has sido el #100, ¡yay!) Les respondí por PM.
¿Alguien tiene dudas aún, de que me encanta La Ley? ;)
Espero que disfruten este episodio. Vamos pisando la recta final, :'(
Nos leeremos en un par de días. :)
MarHelga.
