El constante cantar de los grillos, cual suave susurro, inundaba el ancho mar de tinieblas y en su centro, una isla, la Cabaña del Capitán, que brillaba esplendorosamente sobre la nocturna oscuridad del Distrito Pulpo.
En su interior se hallaban solamente dos inklings quienes, en otras circunstancias, se considerarían mutuamente enemigas. Sin embargo, la fuerza de los acontecimientos quiso que compartiesen causa común.
De modo que teníamos en una pequeña choza, bajo una tenue luz, a Romy, alto cargo de La Familia, organización criminal, y a Tina, Agente 2 del Escuadrón Branquias, unidad militar; sentadas una frente a la otra, separadas por una pequeña mesa.
- ¿No va a ofrecerme un té? - Preguntó la mafiosa.
- ¿Debería?
- Es propio de los buenos anfitriones.
- Se es buen anfitrión con los buenos huéspedes.
- Tina, detecto una ligera animosidad en tus palabras. ¿Qué te hecho yo?
- ¡¿Y todavía preguntas?! - Su voz retumbó profunda en la soledad que les rodeaba. Respiró profundo para recobrar la serenidad perdida - Tú eres la principal responsable por la trágica situación que enfrenta mi Agente 4.
- ¡¿Yo?! - Preguntó con falsa indignación.
- Sí, tú. La Agente 3 me contó que la estabas frecuentando. La manipulaste para que trabajase para La Familia y por eso ahora la sentenciarán a muerte.
- Ella aceptó ser parte de nosotros por propia voluntad.
- ¡Es una niña! ¡No sabía lo que hacía!
- Pues esa es tu opinión, pero yo no lo veo así… ¿Sabes que ha matado?
- Sí…. - Intentaba controlar la furia que bullía en su interior - ella misma me lo dijo.
- ¿Y también te dijo que en una ocasión fue absolutamente innecesario? - Le sonrió burlonamente - El trabajo que le dimos no requería necesariamente matar a nadie, sin embargo ella lo hizo, pudiendo haberlo evitado. Así que no me vengas con eso de la pobre niña manipulada, hizo cosas terribles por propia voluntad.
Tina apretó los puños, quería descargar su intensa ira sobre aquella maldita mujer. Quería, pero sabía que no le convenía, no aún, no antes de saber que la traía aquí, ante ella.
- ¡Eres una malnacida, embustera e intrigante! ¡Te escondes detrás de aquel disfraz de mujer alegre y amistosa, pero tras esa cortina solo hay una maldita arpía que no trae más que dolor y miseria!
- Gracias, yo también te quiero.
- ¡¿Solo has venido a burlarte?! ¡Sí es así, vete, déjame sola que no estoy de humor!
Y no soportándolo más, hundió el rostro en sus tersas manos y el clamor de sus lamentos inundó la pequeña choza. Romy aguardó en silencio, hasta que estos cesaron, seguidos por una pena silenciosa, la peor de todas.
- Lo siento - Dijo al final - Sé que este es un momento muy duro para ti - No obtuvo respuesta - La Agente 4; la quieres mucho, ¿verdad?
- Con todo mi corazón - Y levantó la vista - Si solo esa imbécil de la Agente 3 no la hubiese detenido… ¿Por qué lo hizo? - Su voz se quebraba y su vista se nublaba - ¡¿Cómo pudo hacer algo tan cruel?!
- Bebu es… una inkling siempre dispuesta a cumplir con el deber, anteponiendo Cromopolis a todo lo demás. Su propia experiencia de vida la ha forjado así, no merece ser juzgada por nada.
- ¿Y por qué no cumplió con su deber para con la Agente 4? Ella le había dicho que vos la frecuentabas y… no hizo nada - Se quebró nuevamente y debió esperar unos segundos antes de proseguir - ¡Su única excusa fue que se vio abordada por otras responsabilidades y por eso no notó lo evidente, que ella le necesitaba! - Su voz comenzó a disminuir en intensidad, hasta convertirse en suave murmullo - Pero no, no, su gran deber era cuidarla, todo lo demás era secundario, no hay excusas, no hay perdón.
- Errar es molusco… - Fue todo lo que pudo responder y su canosa interlocutora se hundió nuevamente en su pesar.
Y mientras sollozaba, Romy se preguntaba, ¿Cuándo había perdido el toque para la negociación? Mal comenzó tomando una actitud hostil y desafiante frente a las primeras acusaciones de la Agente 2. Pero, por supuesto, este era su estilo; siempre debía hacer una acotación inapropiada, burlándose de la seriedad del momento; no lo podía evitar, era un rasgo intrínseco de su ser y, claro está, en ese entonces tenía una plena confianza en el éxito de su empresa como para arriesgar con un desaconsejado "dejarse llevar".
No obstante, ¿Qué ganaba defendiendo a Bebu de los injustos reproches de Tina? Ciertamente nada, más aun perdía por partida doble, no solo se ponía a la Agente 2 contra sí al contradecirla en algo qué, para colmo, no tenía absolutamente nada que ver con la razón por la cual estaba aquí, sino que además perjudicaba a la propia Familia al tratar de intervenir en favor de Bebu. Resultaba evidente que las relaciones entre ella y Tina estaban rotas más allá de toda solución, lo que debilitaría al Escuadrón Branquias y fortalecería a La Familia; entonces, ¿por qué jugar en contra de dicha situación? Más valía alentar a Tina en su resentimiento, que objetar las razones para tenerlo.
Y sin embargo, Bebu era su amiga, quizás ella no lo viese así, quizás ella le considerase una traidora, pero no le importaba, aún se sentía su amiga. Tal situación le forzaba a caminar por una contradicción constante: velar por los intereses de La Familia y, al mismo tiempo, minimizar el sufrimiento que pudiese ocasionar a la Agente 3.
Y por momentos creía haber resuelto dicha contradicción, evitando las represalias hacia Bebu por parte de la mafia y, al mismo tiempo, impidiendo que ella arruinase sus negocios. Pero a pesar de todo, esa maldita contradicción retornaba siempre, una y otra vez, señalándole acusadora, impidiéndole vivir en paz.
Quizás por eso, a pesar de todo, intentaba defenderla. ¿Qué derecho tenía Tina en juzgarla, si actuó como mandaba su deber? ¿Qué derecho tenía Tina en juzgarla, si solo se equivocó una vez? ¿Y no es el error, acaso, intrínseco a la naturaleza inkling? ¿Realmente era justo que ella juzgase a Bebu, mientras mantenía una actitud condescendiente con la Agente 4, una asesina confesa?
Pero al final olvidó, como siempre había hecho. De un plumazo hizo borrón y cuenta nueva, pues mejor es no pensar en ciertas cosas, solo así se explicaba su éxito en el agraciado mundo del hampa.
Entonces atacó a la yugular del problema:
- ¿Te gustaría que la Agente 4 quedase libre?
Tina le observó con profundo desconcierto.
- ¿Qué?
- Que si te gustaría que la Agente 4 quedase libre.
- ¿Estas…Estás sugiriendo algo?
- Puedo ayudarte a liberarla, pero debes colaborar conmigo.
- ¿Cómo?
- Tú tienes contactos en el ejército (no lo niegues, lo sabemos), utilízalos para sacarla de la prisión y llévala al punto de encuentro que te diré si estás dispuesta a colaborar.
- ¿Y tú que harás?
- Cuando escape, se iniciará una misión de búsqueda a fin de atraparla, de modo que me aseguraré de que abandone la ciudad bajo una nueva identidad.
- ¿Y entonces estará a salvo? - Preguntó a fin de reafirmar la esperanza que brotaba de su ser.
- Y entonces estará a salvo - Le confirmó Romy - ¿Me ayudarás?
Tina pensó en las implicaciones de lo que debería hacer, no ignorando que se trataba de un delito grave, mas entonces recordó a su querida Agente 4. Recordó aquel soleado día en Inkopolis Square, cuando ella no era más que una nivel 1 sin ningún combate en su haber y que, por mera curiosidad, le siguió por las alcantarillas, directo hacia la cabaña del capitán. No pudo evitar sonreír al rememorar el momento en que se dio cuenta que ella nunca antes había escuchado hablar de las Calamarciñas, ¿cómo era posible? Aun hoy no lo entendía. Entonces siguieron las peripecias para recuperar el Volbagrezón y rescatar a Mar. Como se le quedaba viendo con esa dulce carita de ángel, buscando los consejos de su mentora, hasta el punto de exasperarla por no saber que más decirle. No pudo evitar tomarle cariño y comenzó a recopilar sus estadísticas en los combates, pensando que así podría ayudarla a mejorar. Luego vinieron sus frecuentes visitas a la Cabaña, incontables tardes de paz en su compañía, charlas, risas, bellos momentos que no volverán y si alguien preguntase que era la Agente 4 para ella, contestaría, sin dudar: La hija que hubiese deseado criar.
- Por supuesto que te ayudaré - Como si otra respuesta fuese posible.
- Bien, encárgate de tu parte y llévala a esta dirección - Le entregó un pequeño papel que guardaba en el bolsillo - Allí también está mi número de contacto, llámame en cuanto tengas novedades, pero utiliza un teléfono público - luego se levantó y estaba saliendo, cuando…
- Romy…
- ¿Qué?
- ¿No volveré a verla?
- No lo sé, quizás pueda volver si se calman las aguas, pero no hay garantías de cuando eso ocurra… si ocurre.
- No sé qué haré sin ella.
- Sí tiene algún sueño que ya no podrá lograr por vivir en el exilio, gran felicidad le causaría que tú obrases a fin de conseguirlo. - Y se retiró, sin notar el gran error que lamentaría años después.
…
El General J. D. Thompson llevaba más de 40 años de una exitosa carrera castrense. Había ingresado en la fuerza a la tierna edad de 18 años y desde entonces no había hecho más que ascender en la jerarquía. Bien le gustaría presumir que dicho recorrido era justo premio por la gloria conseguida, pero quiso la mala fortuna que se dedicase a la carrera militar en tiempos de paz, donde la gloria escasea, por lo que los logros obtenidos se explicaban por ser considerado competente en el desempeño de sus funciones y, principalmente, a la existencia de una envidiable habilidad política.
A lo largo de toda su vida profesional tuvo la oportunidad de conocer a incontables militares, siendo el más ilustre de todos ellos el Capitán Jibión, a quien admiraba por sus heroicas acciones en la Gran Guerra Territorial.
Hacía años que conocía al Capitán, le había ayudado a que declararan el Escuadrón Branquias como una Unidad Auxiliar del Ejército, vinculada a él pero con un presupuesto independiente. Desde entonces, habían aunado esfuerzos para hallar una solución a la "Cuestión Octariana", repartiéndose las tareas. En resumen, las responsabilidades del Capitán giraban en torno a las actividades de frontera: evitar el ingreso de espías, trabajo de inteligencia en tierras octarianas, acciones ofensivas en las mismas, etc. Por su parte, el General debía encargarse de las cuestiones internas: Vigilar a los escasos octarianos que vivían en Cromopolis, detectar y arrestar a los espías que hubieran logrado atravesar las fronteras y detener cualquier ofensiva enemiga que pudiera originarse en territorio nacional.
No es de extrañar, entonces, que tras años, décadas incluso, de trabajo conjunto, se forjara una amistad entre ellos. Tampoco llamaba la atención que el viejo general apreciase a las jóvenes nietas de su compañero, a las cuales conocía desde niñas. Y, por todo lo dicho, no resultaba curioso que recibiese en su despacho a Tina, cuando esta solicitó verle.
- Mi querida Tina, hace tiempo que no te veía. Que gusto me da que hayas venido a visitarme.
- El gusto es mío, General.
- Por favor, te conozco desde que eras una pequeñaja, puedes llamarme tío Jorge.
- Realmente prefiero llamarle General.
- Como quieras. - Él sabía lo profundamente seria y reservada que Tina era, de modo que no le ofendió en lo más mínimo que decidiese mantener las distancias. - ¿Y qué te trae a mi humilde despacho?
- He venido a cobrar mi deuda; vera, necesito un favor.
- Prosigue - Asintió el general.
- ¿Usted está al tanto de que la Agente 4 de nuestro Escuadrón se encuentra detenida y acusada bajo el cargo de Alta Traición?
El general adoptó una expresión adusta y respiró profundamente.
- Sí, estoy al tanto.
- Necesito que me ayude a liberarla de la prisión.
Thompson se echó hacia atrás, sobre su respaldo y comenzó a frotarse el mentón.
- Tina, ¿eres consciente de la gravedad de lo que propones? La sola propuesta ya es un delito en sí mismo; yo, por supuesto, no diré nada, pero...
- General - Le interrumpió - Soy plenamente consciente de la gravedad del asunto, pero la Agente 4 es alguien muy especial para mí, no puedo aceptar la idea de que la vayan a sentenciar a muerte, por eso estoy dispuesta a correr los riesgos que hagan falta con tal de salvarla.
- Y vienes a mí para que te ayude en tu accionar criminal.
- Vengo a usted porque sé que es el único capaz de ayudarme, solo usted tiene los contactos necesarios para sacar a alguien de prisión... Además, me lo debe, recuerde el incidente del Volbagrezón.
Ciertamente lo recordaba; en dos ocasiones, los Octarianos lograron robar el Volbagrezón, fuente de energía de Cromopolis, comprometiendo gravemente la seguridad nacional y, en ambos casos, fue el Escuadrón Branquias quién lo recuperó. Pero en esto no radicaba el favor que le debía a la joven calamar, sino que, las dos veces, ella omitió elevar el informe donde se responsabilizaba a los octarianos de aquel crimen, motivo por lo cual el gobierno aceptaba (ante la falta de pruebas) la explicación de que ese dichoso pez simplemente se había ido de paseo, para regresar tiempo más tarde.
Por supuesto, evitar que los octarianos raptasen el Volbagrezón era su absoluta responsabilidad, haber fallado una sola vez, ni que decir dos, hubiese significado su expulsión inmediata y sin honores de la fuerza, constituyendo una gran vergüenza que le acompañaría hasta la tumba, de no ser por la buena voluntad de Tina. Ciertamente le debía... y mucho.
- Escucha, si vamos a liberar a tu agente, necesariamente se iniciará una persecución; puedo gestionar su fuga, pero no ocultarla y menos no ordenar su busca y captura, sería sospechoso.
- No se preocupe, General, ni bien logremos sacarla de la cárcel, usted habrá terminado con su responsabilidad, yo me encargaré de ella.
- Pueden pasar años antes de que el tema se enfríe, entonces el expediente será archivado y, si hay un descuido, podría perderse. Pero hasta entonces, ella deberá estar escondida.
- General, le repito, no se preocupe.
- Solo quiero que tengas en cuenta todas las dificultades que necesariamente surgirán.
- Las tendré en cuenta, general.
- Una cosa más; resultará evidente para cualquiera que alguien le ayudó a escapar, sino no lograría fugarse, tenlo por seguro. Necesitaremos un chivo expiatorio.
- ¿Alguna idea?
- De hecho, sí. Podríamos inculpar a un guardia de la prisión, preferiblemente un soldado raso y que sea joven; en otras palabras, un don nadie del que no debamos temer represalias. Afortunadamente hay cientos de candidatos que reúnen esta condición, elegiremos alguien al azar. - Pausó unos minutos para pensar - Tu agente estaba trabajando para La Familia, ¿cierto?
- Sí - Respondió con seriedad.
- Entonces podríamos inculpar al guardia que elijamos, vinculándolo con la mafia, quienes le habrían contratado para liberar a uno de los suyos; una coartada plausible, podría pasar.
- Entiendo.
Ante esta respuesta, el General Thompson inclinó su cuerpo hacia adelante y en un amenazante susurro, soltó:
- Justamente, Tina, considero que no entiendes las implicancias de lo que te propones hacer. Para tener éxito en tu empresa, deberá llevarse al cadalso a un alma inocente, un alma joven, con toda una vida por delante; vida que no podrá ser, marchitada prematuramente, todo para lograr la libertad de una traidora... y tú serás la culpable de tamaña injusticia, ante los ojos de los mortales y de las deidades. ¿Estás realmente dispuesta a todo esto?
Y Tina habría querido decirle que, por su Agente 4, su querida y tierna Agente 4, cuya vida valía más que la de miles de inocentes, estaría dispuesta a darlo todo, a cometer mil sacrilegios y jurar cometer mil más, a extinguir el sol y ocultar las estrellas, a transformar el universo en un lugar frío y oscuro, a todo esto y más estaba dispuesta; pero en su lugar dijo:
- Por supuesto que sí.
- Bien, dame tiempo para organizar todo.
- ¿Cuánto tiempo?
- Hoy a la noche, a las nueve, sin dudas.
- Bien.
Y con un respetuoso saludo, se retiró de aquel lujoso despacho. Ya a las afueras, buscó un teléfono público; que todavía los había, aunque en menor abundancia que en décadas pasadas.
- ¿Hola? - Dijo una femenina voz al otro lado de la línea.
- A las 9. - Y colgó. Romy había captado el mensaje.
...
La luz de la luna inundaba la pequeña celda y la Agente 4 yacía, boca arriba, sobre su litera, con los brazos detrás de la cabeza. Su espíritu se encontraba sereno, a pesar de la espada de Damocles que pendía sobre ella y es que, en su resignación, había abandonado toda esperanza de salvarse; obteniendo, con ello, una profunda paz.
Por momentos se preguntaba si en el momento de la verdad, cuando el verdugo se dispusiera a ejecutar su vil tarea, ella lograría conservar tal tranquilidad, o si los instintos del cuerpo traicionarían a la razón.
Pero rápidamente abandonaba dichos pensamientos y su mente se enfocaba en todo lo que había dejado atrás; extrañaba a Mar, al Capitán y a la jefecita, extrañaba a su familia y amigos, a los que pronto debería dejar atrás, pero principalmente extrañaba a Santiago, a quien tanto amaba. Suspiró, ¿qué había sido de él? Se encontraba combatiendo junto con ella cuando la Agente 3 la arrestó. ¿Le habría abandonado? ¿Por qué? Aguijoneada por el dolor, no pudo evitar derramar una lágrima, la cual recorrió su mejilla, cayendo al olvido.
Y nuevamente, deambuló por sus pensamientos, abandonando los viejos para migrar a los nuevos y se preguntó qué sería de ella tras la hora de la verdad. ¿Acaso sobrevendría la nada y, por ende, de nada habría que preocuparse? ¿O se encontraría con alguna deidad? ¿La juzgaría? ¿O la encontraría indiferente? ¿La consideraría inocente? ¿O culpable? ¿Le condenaría al Flegetonte, donde le abrasaría, por una eternidad, la hirviente sangre que alguna vez hubo derramado? ¿O daría la razón a la Agente 3, destinándola al congelado Cocito, para morar con los semejantes al Iscariote?
Y así atravesaba aquellos enrevesados pensamientos, yendo de uno al otro y del otro girando para nuevamente volver, en un retorno sin fin del que no podía escapar, cuando oyó la puerta de la celda chirriar, regresando a la realidad. Se apoyó sobre el codo y observó a un guardia que le esperaba, impasible, desde la entrada.
- ¿Agente 4 del Escuadrón Branquias?
- Temo que ahora mismo solo soy Susy, la condenada.
- Acompáñame, no intentes nada. - Y mostró una porra eléctrica para dar respaldo a sus palabras.
No teniendo más alternativa, obedeció a las órdenes del uniformado. Deambularon por estrechos pasillos, algunos completamente vacíos, en otros se cruzaron con guardias, quienes pasaron por su lado con absoluta indiferencia. Descendieron niveles, avanzaron por laberinticos caminos, con andar tranquilo, hasta llegar a una oscura puerta, sobre cuya superficie estaban gravadas las palabras "Ropa para Lavandería"
El guardia abrió la puerta y con un gesto le indicó que entrara.
- ¿Qué ocurre?
- Llegó ropa de la lavandería, está en el camión. Descárgala.
- ¿Ese es trabajo para un prisionero?
- Eso no lo decides tú, obedece.
Viendo que discutir con aquel inkling no le llevaría a ninguna parte, atravesó la puerta que le indicaba. Allí dentro pudo ver unos cuantos carros y cestos, algunos vacíos, otros llenos de ropa. Al fondo vio un camión, estacionado frente a un portón con la persiana baja. Le extrañó no ver a nadie, ni prisioneros, ni guardias, pero decidió proseguir con las órdenes que le había dado el uniformado y se dirigió hacia el camión.
Con esfuerzo, abrió el tráiler del mismo, sorprendiéndose por lo que allí encontró o, mejor dicho, por quién encontró.
- ¡Jefe...!
Pero fue sofocada rápidamente por su mentora, quien le tapó la boca con una mano y con la otra le hizo señales para que callara. Le asintió y procedió a entrar al tráiler; cerrando, Tina, el mismo al pasar.
Ya adentro, se dieron un profundo abrazo.
- ¿Qué ocurre? - Preguntó la Agente 4, sin apartarse.
- He venido a rescatarte.
- ¡¿Qué?! ¡No, te estás metiendo en un...!
- No me importa, no dejaré que nada malo te pase. Escucha, hice un trato con Romy para ayudarte a escapar.
- ¿Romy?
- Así es, quiero que hagas todo lo que te diga, ¿entendido?
- Entendido.
Y tras escuchar esto, Tina le soltó de su abrazo y se acercó a la pared contigua a la cabina del conductor y dio tres golpes sobre esta. Al momento, los motores encendieron y se escuchó como la persiana de afuera se levantaba, seguida por el avanzar del camión, rumbo a la libertad.
Puede que haya transcurrido una hora desde que partieron, no lo sabía con seguridad, cuando el rodado súbitamente se detuvo. Se escucharon unos golpes desde la cabina, los cuales debieron significar que habían llegado a destino, pues Tina procedió a abrir el tráiler.
El frío viento nocturno abofeteó a la Agente 4 cuando se rebeló el mundo exterior. Fuera, se veía una solitaria calle pobremente iluminada, en lo que parecía una zona industrial.
Desconcertada, giró hacia su mentora.
- ¿Dónde estamos?
- Escucha, yo ya no puedo acompañarte más allá de este punto, no es conveniente que nos vean juntas. Romy ha arreglado todo para sacarte de la ciudad.
- ¿Sacarme de la ciudad? No, yo no quiero dejar Cromopolis. No, por fa...
- Agente 4... - Le interrumpió - Si te quedas aquí, volverán a atraparte y morirás. Es necesario que huyas, aunque sea por un tiempo. ¿Recuerdas la regla básica del combate qué te he enseñado?
- ¿Huir con el rabo entre las patas cuando no puedes con el enemigo?
Tina no pudo evitar sonreír ante la forma en que lo dijo.
- Sí, esa misma. Bueno, ahora es tiempo de que la lleves a cabo. Quizás algún día puedas volver y espero que así sea, pero por ahora es menester que te vayas.
- Está bien, jefecita, será como tú dices.
- Bien, entonces sal del camión y espera, un vehículo negro se acercará apenas el camión parta, sube a él sin dudarlo.
- Entendido, jefecita. - Y se dieron el último abrazo como despedida final.
La Agente 4 bajó del rodado y este partió. Casi en el acto, como lo había predicho su mentora, vio como unas luces se acercaban desde la distancia, deteniéndose a su lado y rebelando un vehículo oscuro cual la noche. Subió al asiento trasero del mismo y este avanzó nuevamente.
Abrumada por los acontecimientos recientes, se quedó observando, desde la ventana, el paisaje pasar, ignorante de la figura que se encontraba sentada a su lado desde el primer instante.
- ¿Susy?
Sorprendida por una voz que no esperaba, se revolvió en su asiento y se puso rápidamente en guardia.
- No te asustes, soy yo.
Y allí fue cuando le reconoció.
- ¿Santiago?
- Así es, ahora ven a mí, hermosa, que te he extrañado tanto.
Y el joven varón se acercó, con los brazos extendidos, hacia su bella amada, listo para recibir lo que esperaba y obteniendo únicamente un sonoro cachetazo, que bonito es el amor.
- ¡Ay! - Se quejó al tiempo que se sobaba la mejilla - ¿Y eso por qué fue?
- ¡Vos sabrás!
- No, no lo sé y no tengo ganas de adivinarlo, he estado muy preocupado por ti.
- ¿Preocupado? ¡Me abandonaste en las Torres Merluza! ¡¿Por qué no me ayudaste cuando la Agente 3 me arrestó?!
- Pero si te he ayudado. Ni bien te arrestaron, fui corriendo al Spa, en busca de la ayuda de La Familia, yo sabía que ellos podrían liberarte y he trabajado incansablemente para que así fuera. Yo convencí a Romy para que te sacase y aunque ella se encargó de la parte intelectual del asunto, fui yo quien molestó a medio mundo para obtener las cosas necesarias a fin de poder lograrlo. Incluso insistí en estar aquí, en este vehículo, para controlar los detalles finales y, por último pero no menos importante, tener la oportunidad de verte por última vez en mucho tiempo.
La Agente 4 le amaba profundamente y, por esto, quería dejarse conmover por sus palabras, pero su orgullo le decía que debía mantenerse firme en su disgusto.
- Yo esperaba una actitud heroica de tu parte, que atacaras a la Agente 3 y me rescataras de sus garras.
- ¿Y luego vivir juntos, felices por siempre, en un reino muy, muy lejano? Susy, esto es el mundo real; si yo hacía eso, solo lograría que nos arrestasen a los dos, ya sea por la misma Agente 3, si no la vencía, o por el resto de las fuerzas de la ley, si lo lograba. Habríamos sido fugitivos, nos habrían buscado de inmediato y nos habría sido imposible escapar, ¿entonces qué sería de ti? En cambio, mantener la calma y buscar ayuda en La Familia permitió que salieras de prisión y, para cuando comiencen a buscarte, estarás a salvo, bien lejos.
Santiago estaba a punto de lograr lo imposible, ganar en una discusión a una mujer; pero la Agente 4, con su innata sabiduría femenina, supo que responder.
- No lo vuelvas a hacer - Sin especificar exactamente qué - Ahora bésame. - Y por supuesto, Santiago obedeció.
Teniendo los labios ocupados en tan laboriosa tarea, fue incapaz de decir absolutamente nada, por lo que la Agente 4 tuvo la última palabra, ganando la discusión. Otra clara victoria para el género femenino, quien mantenía el invicto.
Claro que a Santiago le dio completamente igual haber sido derrotado, siendo el premio consuelo tan inconmensurablemente bello como parecía. Con su hábil lengua, exploró cada uno de los recovecos de la boca de la Agente 4, mientras deslizaba suavemente la mano izquierda por su espalda, en dirección descendente, pasando por su cintura y deteniéndose en las posaderas.
Cuando esto ocurrió, la joven no pudo evitar liberar un leve gemido, disfrutando profundamente de cada instante. Sin embargo, al notar como su novio, presa del hechizo de Afrodita, intentaba dejar al descubierto su brasier, le apartó de pronto.
- Para, no lo hagas - Le dijo, jadiando.
- ¿Por qué?
- No es el momento, no aquí.
- Quien sabe cuándo volveremos a tener oportunidad.
- Es que... - He hizo un ademán hacia la cabina del conductor.
- Está bien, lo siento. - Claro, ella prefería una mayor privacidad.
- No pasa nada, en otras circunstancias...
- Sí.
Se acomodaron nuevamente en sus asientos. Santiago observó por la ventana y luego se dirigió hacia la Agente 4:
- Pronto llegaremos al aeropuerto.
- ¿Aeropuerto?
- Sí, Romy ha dispuesto todo para que puedas marcharte esta misma noche. Aquí tienes tu pasaje, tiene todo los datos del vuelo y aquí, tus documentos, trabajo de primerísima calidad; ahora te llamas Luciana Rementeria, Lucy para los amigos. Ah, y se me olvida, en este papel tienes toda la información sobre la vida que has tenido como Luciana, por si alguien te pregunta algo - Le dio entrega de lo mencionado - Estudia bien todo antes de que lleguemos al aeropuerto, tienes unos diez minutos. En el maletero hay una valija llena de ropa y otros efectos personales, te serán de utilidad.
- Gracias...
- De nada, sigue estudiando.
Y así lo hizo, hasta memorizar la totalidad de lo que fuese necesario, entonces llegaron a su destino.
Santiago fue el primero en bajar del vehículo y se dirigió al lado donde se sentaba su novia, a fin de abrirle la puerta para que pudiese salir. El conductor, por su parte, se dirigió al maletero y sacó del mismo el equipaje mencionado, que entregó a Santiago. Este le pagó, a fin de aparentar que se trataba de un remís y no levantar sospechas.
Entraron al aeropuerto, el cual se encontraba prácticamente vacío y se dirigieron al mostrador de la aerolínea correspondiente, a fin de efectuar el Check-In. La Agente 4 entregó el pasaje y los documentos a la empleada, quien los reviso con cronometrada indiferencia he hizo las preguntas de rutina para dicha situación. La Agente 4 eligió un asiento del lado de la ventana, por delante del ala izquierda, mientras Santiago entregó la pesada valija para que la despacharan.
Cuando hubieron terminado y teniendo un tiempo prudencial de dos horas antes de abordar, se dirigieron a una cafetería del aeropuerto para tomar un café.
- ¿No vendrás conmigo?
Santiago fue tomado por sorpresa ante esa pregunta y se atragantó con el café que estaba bebiendo.
- No puedo... - Dijo entre tosidos.
- ¿Por qué no? Yo te amo, te necesito a mi lado.
- Y yo a ti y si por mí dependiera, dejaría todo atrás y abordaría ese avión contigo, abandonando para siempre esta maldita ciudad.
- ¿Entonces por qué no lo haces?
- Mi deuda por tu libertad.
- ¿Deuda?
- Romy no nos ha ayudado gratis, el precio por tu libertad es que yo me ponga a su servicio personal y ella me quiere aquí, vaya uno a saber porque.
- ¿Entonces estás en deuda con Romy?
- Y tú también, bajo su punto de vista, ahora te permitirá salir, pero no dudes que te llamará cuando llegue el momento.
- ¿Y si nos escapamos? Cambiemos de vuelo, ven conmigo, a otra ciudad.
- No subestimes a La Familia, Susy. Romy no descansará hasta vernos muertos si le traicionamos y ten por seguro que lo logrará... no hay nadie que nos pueda defender.
- Tienes razón, ya no lo hay... - Y pensó con tristeza como no podía acudir al Escuadrón Branquias.
Faltaba una hora para el vuelo cuando se levantaron y fueron hacia la sala de espera ubicada justo ante la entrada que daba a las puertas de embarque. Allí se sentaron.
- Tengo miedo.
- ¿De qué tienes miedo? - Preguntó Santiago con extrañeza.
- De que en mi ausencia te olvides de mí.
- ¡¿Qué?! - No podía creer lo que escuchaba - No me voy a olvidar de vos, ¿sos loca? Yo te amo.
- Pero es que... quien sabe cuánto tiempo pase antes de poder volver. ¿Y si conoces a otra y te enamoras?
- Eso no va a pasar, vos sos única entre todas las mujeres, enloqueces todos mis sentidos y llenas el vacío que hay en mí. Te esperaré lo que haga falta.
- ¿Lo prometes?
- No, lo juro, por mi propia vida, que es todo lo que tengo para darte.
Se dieron un pequeño beso y luego la Agente 4 descansó su cabeza sobre el hombro de Santiago, mientras este la tomaba por su cintura.
La hora transcurrió y desde los altoparlantes se anunciaba el vuelo que debía tomar la Agente 4, solicitando a todos los pasajeros que procedieran al embarque con pasaje en mano.
La pareja se levantó y se dirigieron justo ante la entrada que daba a la zona de embarque; se miraron fijamente.
- ¿Y si nunca puedo volver?
- Sí nunca puedes volver - Respondió Santiago - Al cuerno con Romy, La Familia y todos sus turbios negocios, dejo todo atrás e iré a buscarte.
Los ojos de la Agente 4 brillaban de felicidad.
- Te amo.
- Y yo a ti.
Santiago le rodeó por la cintura, mientras que ella se aferró a su cuello, entonces se dieron el último y más apasionado beso que se hubiesen experimentado hasta entonces, deseando cada uno de ellos, en lo más profundo de su corazón, que nunca acabase, porque sabían que sería el último.
Por desgracia, todo concluye al fin, todo termina y ese beso también terminó. La Agente 4, con un profundo dolor que le partía el alma y oprimía el corazón, se despidió de su amado e ingresó a la zona de embarque, mientras Santiago, por no poseer pasaje, debió esperar allí.
El resto del trayecto debió realizarlo sola, presentó la documentación, pasó por el detector de metales y, tras vaciar sus bolsillos, pasó por el mismo otra vez. Continuó hasta la puerta indicada y allí mostró el pasaje que le autorizaba a abordar.
- Disfrute de su vuelo - Dijo la azafata.
Ella no le contestó y avanzó hacia el avión, sentándose en el asiento asignado. Allí espero, prestó escasa atención a las instrucciones dadas por la azafata sobre las máscaras de gas, que hacer en casos de emergencia, colocarse el cinturón de seguridad, etc. Puso su móvil en modo avión cuando se lo solicitaron y ajustó el cinturón de seguridad a su cuerpo.
Entonces el avión comenzó a moverse, lentamente, mientras el capitán, por el altoparlante, saludaba a todos los pasajeros y les recordaba colocarse el cinturón y mantener las bandejas de comida en posición vertical hasta alcanzar la altura de crucero.
Observó por la ventanilla, el avión ya estaba en posición en la pista. De pronto, una rápida aceleración y un empuje hacia atrás, seguidos por un ligero cosquilleo en el estómago cuando este finalmente despegó.
Lo que vino después fue inesperado; a medida que tomaban altura, sintió como sus oídos se tapaban, cada vez más y más, hasta el punto de apenas y poder escuchar lo que ocurría a su alrededor, mientras una mano invisible presionaba fuertemente su rostro, generándole dolor.
Tragó salida y sintió como burbujas de aire estallaron en sus oídos. Volvió a intentar y el resultado se repitió de nuevo, mas sus oídos continuaron tapados.
Resignada a convivir con aquellas molestias, se acomodó como pudo en su asiento y miró a través de la ventana, observando Cromopolis desde lo alto del cielo nocturno. Canaletas de luz tenue se cruzaban entre sí, formando cuadrados de superficie negruzca, atravesados por briosos ríos de luminiscencia que constituían las anchas avenidas, y todos ellos confluían en el brillante mar de áureos colores que revelaba la ubicación del bullicioso centro de su ciudad natal, donde descansaba, imponente, la majestuosa Torre Pulpo, lugar de incontables batallas.
Y en esa torre, la Agente 4 vio reflejados a todos aquellos que había conocido; a su familia y a sus amigos; a la Agente 3, a Mar, al Capitán y a la Jefecita; a Romy, a José, a Capitán Alan y al enigmático D y, sobre todo, a Santiago, su amado. A todos ellos vio reflejados y extendiendo la mano, la posó sobre la ventana, en un vano intento por alcanzar aquella dichosa torre y, con ella, a todas las personas que, por intrigas, había perdido y ya no podía recuperar.
FIN
