¡Eeeeeeeeeh! ¡Onceavo capítulo!
Para todos aquellos que me pidieron que subiera un nuevo capítulo. Por fin su espera ha tenido frutos.
Después de mucho tiempo, por fin está listo. Bueno, en realidad, está listo desde hace mucho, pero la falta de tiempo y el exceso de trabajo me había impedido subir un nuevo capítulo. Pero ya está aquí.
Disclaimer: Halo no me pertenece; si fuera mio, no tendría idea de qué hacer con tanto dinero.
Capítulo XI: Cuando un rescate no es suficiente.
Miranda despertó esa mañana con mucho frío, los malditos insurrectos se habían vengado de su enésimo intento de escape golpeándola durante horas mientras permanecía atada con cadenas, sin posibilidad de moverse; le habían dado un baño con agua helada que le había puesto la piel de gallina y como cereza sobre el pastel, la habían lanzado al interior de la celda totalmente desnuda.
Claro que eso no impediría otro intento de escape. Si había algo que ella había heredado de sus padres era su perseverancia. Así que por más que la golpearan, la mojaran con agua helada y la echaran desnuda a ese calabozo, no impedirían que ella dejara de intentar salir de allí.
El intento de la noche anterior se dio cuando cinco guardias le habían llevado «la cena». Ella, en cuanto escuchó los pasos de los insurrectos se escondió detrás de la puerta de la celda y esperó a que estos entraran para golpearlos y salir de ahí, pero cometió el error de no destruir el sistema de comunicación de los sujetos, por lo que alguno de ellos había avisado al resto que ella quería escaparse nuevamente.
Tardaron cerca de media hora en atraparla, algo así de diez minutos más que las veces anteriores, lo que era bueno, pues demostraba que se estaba haciendo cada vez mejor para ocultarse. Si se le presentaba otra oportunidad no la desaprovecharía, tal vez en esa sí podría largarse de ahí. Aunque no tenía idea de a dónde ir, ella no conocía el lugar. Pero de eso se encargaría ya que lograra salir y alejarse de aquella instalación.
Claro que, si no lograba escapar, tenía esperanza en que sus padres se presentaran para rescatarla. Aunque de todos modos ella seguía intentando salir de aquel horrendo lugar. Aún así, las ideas se le estaban acabando y también muy pronto sus fuerzas no serían suficientes para alejarla de ahi.
El portal Shaw-Fujikawa se abrió dejando salir la nave que había partido de la Tierra cinco días antes. En su interior, las capsulas de críosueño se abrieron dejando salir a sus ocupantes, quienes inmediatamente presentaron los típicos síntomas del críosueño prolongado, náuseas principalmente, mas esos efectos rápidamente pasaron. No así para los hermanos Lasky, cuya alergia a la citopretalina fue más que patente cuando estos cayeron al suelo ahogándose y su piel comenzó a llenarse de ampollas semejantes a quemaduras.
Sarah se acercó a sus hijos y los ayudó a incorporarse. Nada más podía hacer para mitigar los síntomas que esperar la desaparición de estos. Los dos muchachos a duras penas lograron recostarse en una de las paredes de la nave, sus pulmones apenas recibían el aire que necesitaban.
―¿Qué le pasa a los chicos? ―preguntó Fred, quien no parecía afectado.
―Son alérgicos a la citopretalina ―Le respondió Sarah.
―Entiendo.
El Spartan se sorprendió que unos muchachos tan bien desarrollados y fuertes tuvieran ese problema. El cual de por sí, era raro entre la población normal. Pero no le dio más atención al asunto y mejor se dedicó a prepararse para la incursión que harían en Venezia en un par de horas.
De la misma manera, John y Cortana despertaron, mas ellos, siendo más fuertes, pudieron soportar mejor los efectos del críosueño. No esperaron mucho antes de comenzar los preparativo para rescatar a Miranda.
John preparaba todas las armas que pudiera llevar encima. Su mirada, aunque aparentemente tranquila, no quitaba que por dentro se sintiera muy preocupado por su hija, ya que sabía perfectamente que Serin podía hacerle daño a la chica y él no estaba dispuesto a perderla de nuevo.
Pensamientos similares pasaban por la mente de Cortana, cuya mirada demostraba lo molesta que se sentía. Si quería que Serin dejara de molestarlos, tendrían que acabar con su vida, de lo contrario, se arriesgaban a seguir siendo atacados por la desquiciada mujer.
Fred observaba a la pareja. Después de quince años desde aquél día cuando John fue enjuiciado y encarcelado, pensó que quizás ya era hora de buscar la manera de liberarlo de aquella carga tan pesada.
Desde niños sufrieron las mismas penurias para convertirse en los supersoldados que eran. Sin embargo, John era especial desde su punto de vista, pues había sido el único que pudo enfrentarse dos veces a la destrucción de la galaxia y había sobrevivido con apenas unos rasguños. También tenía el mérito de ser el favorito de la fallecida doctora Halsey, y sobre todo, el único en tener a su lado a una ex I.A. con la cual él compartía mucho más que una simple amistad.
Por primera vez en su vida, Frederic sintió envidia de su amigo. John podía aspirar a una vida fuera de UNSC y sobre todo, tenía un verdadero motivo para vivir y seguir adelante. En cambio, él ni siquiera tenía un hogar al cual volver después de cada misión, sólo tenía una cama fría que no le ofrecía ningún descanso y en la cual pocas veces llegaba a dormir.
Incluso Kelly le llevaba la delantera. Pues gracias a su intervención en los eventos de quince años atrás, se había ganado el afecto de una familia, que, a pesar de no ser de su sangre, le apreciaba, y al mismo tiempo, ella los quería.
Suspiró. Si él no podía tener una familia como aquella, al menos procuraría ayudarles a reunirse. Y si se podía, liberaría a John de toda responsabilidad con UNSC.
―¿En qué piensas? ―preguntó Kelly, que estaba a espaldas del Spartan.
―En nada ―contestó él.
―Son una bella pareja ¿No lo crees?
―¿Quienes? ―preguntó, tratando de disimular que los había estado observando segundos atrás.
―John y Cortana. Y no me digas que no los estabas viendo hace unos momentos.
―Eres muy observadora.
―Mi percepción no es tan buena como la de Linda, pero puedo darme cuenta que algo te inquieta. Y creo saber por qué.
―¿Ah sí?
―Si. Te inquieta que John tenga una familia que lo ama y quiere estar con él. En cambio, nosotros no tenemos a nadie que nos espere o nos dé fuerzas para continuar con nuestras vidas.
Fred suspiró nuevamente.
―Creo que lo dices más por mí. Porque sinceramente, creo que a pesar de tus palabras te sientes querida por ellos.
Kelly sonrió.
―No voy a negarlo. El haber convivido con ellas durante tanto tiempo, ha hecho que me plantee abandonar esta vida. Además, me anima el hecho de saber que varios de nosotros ya lo han hecho y han formado familias.
»Quizás yo no pueda tener hijos, pero me consuela que Miranda más que una tía, vea en mi a una madre. Por eso es que voy a luchar hasta el límite de mis fuerzas y ayudaré para traerla de vuelta.
―Es bueno saber que tu determinación no ha cambiado. Me alegro por ti, pero en mi caso...
―En tu caso, deberías buscar algo por lo cual vivir. No te quedes en donde estás. Hay muchas cosas que puedes conocer y vivir más allá de lo militar. Créeme, cuando conozcas el mundo de allá afuera, no querrás volver atrás.
―Y veo que eso es cierto al ver que te ausentas cada año para viajar a Minister.
―No me perdonaría perderme un cumpleaños de Miranda. Ella es una prueba de que hay vida para nosotros más allá de UNSC u ONI.
»Para no extenderme mucho, te diré que hasta que no pruebes la vida como John, yo, y otros Spartan lo hemos hecho, no sabrás lo que es vivir.
La mujer palmeó a su amigo.
»Anímate, aún tienes mucha vida por delante.
Sarah permanecía con sus hijos, quienes ya comenzaban a recuperarse después de haber pasado una de las peores crisis con la citopretalina que habían tenido en su vida. Ella lamentaba que sus hijos hubiesen heredado esa alergia de su esposo, a quien había visto innumerables veces sufrir esas crisis en el pasado.
A pesar de mostrar un comportamiento duro hacia otros, no podía evitar sentirse preocupada por el bien de sus hijos, si uno de ellos llegara a faltarle no sabía qué haría o cómo se lo explicaría a Thomas. Se sentía muy angustiada por haber permitido que Cadmon y Sandra fueran a esa misión. Pero ellos habían insistido en ir a rescatar a su amiga y por más que se negó en un principio, no pudo romper la determinación de los dos adolescentes, cosa que a ella no le agradó porque sabía que esa determinación y terquedad la habían heredado de ella.
No teniendo más alternativa había permitido que fueran en esa misión, pero les advirtió muy bien que aquello no era un simulacro y que podían ser heridos o muertos en ella, por lo que debían cuidarse mucho.
Como siempre, Sandra era la que más le preocupaba, pues conocía muy bien el carácter distraído que su hija tenía, mismo que podía jugarle una mala pasada. En cambio, con Cadmon no era tanta su preocupación, pues él era más como su padre, muy cuidadoso y se pensaba muy bien las cosas antes de hacerlas. Pero no por eso dejaba de causarle preocupación.
―Llegaremos a Venezia en dos horas ―se escuchó la voz de Natasha a través del intercomunicador que unía la cabina de mando con el compartimiento de carga de la nave.
John notó tensión en la voz de la joven piloto, así que decidió ir al frente para hablar con ella.
Natasha miraba a través del cristal de la cabina el pequeño punto azul que era Venezia en ese momento. Sus manos permanecían lejos de los controles y se mantenían posadas sobre sus piernas empuñadas fuertemente.
La compuerta de la cabina se abrió y por ella entró John, cuyos ojos se posaron en la joven mujer y vio que su rostro estaba tenso.
―¿Qué sucede, Natasha?
La mujer se sorprendió al escuchar la voz del jefe maestro a sus espaldas y volteó a verlo. Sus manos se distendieron y su rostro se relajó también.
―Nada, jefe ―respondió la joven.
―Si nada ocurre ¿por qué estás tan tensa?
―No estoy tensa, jefe ―trató de disimular, pero era demasiado evidente que aquella respuesta era todo, menos sincera.
―Natasha, te conozco desde que tenías diecisiete años, no puedes engañarme.
La rubia suspiró.
―Está bien, jefe. No puedo engañarlo. Sí, me siento nerviosa por volver a este lugar. Hace muchos años que he tratado de olvidarlo pero lo que ahí me sucedió no es algo que pueda borrarse así como así. Usted bien sabe que mi hermano y yo sufrimos mucho por culpa de mi... ese tipo.
―Lo sé. Pero si de algo te sirve, te prometo que buscaré a tu madre, y si ella sigue con vida, la traeremos con nosotros.
―¿Lo promete, jefe?
―¿Alguna vez he faltado a mi palabra?
―Jamás.
―Y Cortana puede corroborarlo ―él sonrió.
―Se nota con solo verlo que usted la ama.
―Con ella he vivido cosas que no creerías.
―Yo aún me siento sorprendida de que Miranda sea su hija ―ella sonrió por primera vez―. Ella no se parece mucho a usted... al menos físicamente... bueno, su mirada es un poco dura, pero no mucho... Mejor me cayo, ya estoy hablando tonterías.
―Es muy afortunado que no se parezca a mí físicamente. Si fuera lo contrario, no me lo perdonaría.
Para Natasha era raro ver que el rostro del jefe se relajara y hasta esbozara una sonrisa. Desde que lo conocía, no lo había visto de esa forma. Para ella sin duda, el jefe había cambiado mucho en muy poco tiempo. O quizás era que él siempre fue así, solo que nunca se dio cuenta o nunca tuvo el tiempo de observarlo bien.
Se sintió bien por él. Ese hombre se merecía una buena vida. Él había hecho mucho por ella y su hermano y se merecía vivir feliz al lado de su familia.
Varios minutos después, John regresó de la cabina y se acercó a Cortana.
―¿Todo bien? ―le preguntó ella.
―Hasta donde se puede ―le contestó él.
―¿Sucede algo con la chica?
―Está algo nerviosa por este viaje.
―¿Se puede saber por qué?
―Tiene muy malos recuerdos de este lugar.
―Por la forma en que lo dices, ella debió sufrir mucho.
―Si. Su padre es la causa de su sufrimiento. No me preguntes por qué. Sólo te diré que gracias a eso, ella nunca podrá tener hijos.
Por lo que John le dijo, Cortana intuyó el resto de la historia.
Los más jóvenes del grupo acababan de desayunar y se habían quedado en la mesa platicando sobre la situación. No habían querido bromear al considerar que la ocasión no se prestaba para eso.
―No quiero imaginarme por lo que Miranda puede estar pasando ahora ―comentó Cadmon. En su voz se notaba que la chica le preocupaba.
―Yo creo que ella debe estar planeando cómo escapar ―comentó Sandra.
―Sin duda. Ella es una chica fuerte y decidida ―dijo García.
―Y no olvidemos que es hija del jefe ―dijo Nóvikov.
―Yo opino que está bien buena ―ese fue Romney rompiendo con el acuerdo de no bromear.
―Para tí, todas las mujeres están bien buenas ―le recriminó García.
―No puedo negarlo. Amo a todas las mujeres.
―Pues en mí no te fijes. No estoy dispuesta a darle mi tesorito a ningún pervertido como tú ―soltó Sandra.
―Pues qué mala onda ―dijo Catherine desde la puerta― Yo podría darle a cualquiera de ustedes una noche especial que no olvidaría el resto de su vida. Claro que... si me pagaran, digamos, unos mil créditos cada quien, yo podría acceder a...
―¡Silencio! ―dijo Cortana tapándole la boca a su hermana con un sonoro palmetazo―. No puedes ofrecerle ese tipo de servicios a la gente, mucho menos a menores de edad.
Catherine se tomó la boca con las manos y cerró sus ojos fuertemente.
―¡Puta, madre. Eso sí me dolió!
―Chicos, ya estamos muy cerca de Venezia. Alisten sus cosas y prepárense para el descenso.
Se dio media vuelta y salió del pequeño comedor tomando a Catherine de la solapa de su uniforme.
―Cortana, creo que me tumbaste un diente ―dijo la doctora.
―No te preocupes, ya se inventaron los dentistas.
El tiempo transcurrió rápidamente y en menos de lo que pensaron, la nave comenzó a descender en el planeta, provocando que el aire circundante se transformara en plasma.
―Nuestros satélites en órbita baja, detectaron la presencia de una pequeña nave militar entrando a la atmósfera del planeta ―avisó un técnico que revisaba los monitores en ese momento.
―¡Son ellos! ―dijo Serin al tiempo que sonreía.
―Será mejor que nos preparemos entonces ―dijo el general Nóvikov.
Serin salió del lugar y se encontró con su hijo.
―Ya están aquí ―dijo ella.
Él hombre sonrió. Por fin se vería cara a cara con su «padre».
―Entonces hay que prepararnos.
Los dos se alejaron de ahí.
Serin esperaba que por fin su venganza contra John y Cortana se concretara. Ya había esperado mucho tiempo y por fin vería la conclusión de eso. De inmediato se dirigió hacia el calabozo en donde tenía a Miranda.
En poco tiempo estuvo en el lugar y ordenó que la chica fuera sacada y llevada a una bodega donde fue encadenada, todavía desnuda, a un par de grandes vigas de metal que asegurarían su permanencia.
La chica no podía sentirse más humillada, pues estaba expuesta a las miradas de todos aquellos que pasaran por ese lugar. Parecía que la mujer que había ordenado su captura tenía un odio muy profundo contra todos aquellos que se relacionaran con sus padres, especialmente hacia ella. Aunque no sabía por qué, estaba segura de lo mal que le iría en ese lugar en el corto plazo.
Serin ordenó que todas las tropas se prepararan para una incursión enemiga, sabía que John y Cortana no irían solos a su encuentro y por tal motivo había preparado aquél comité de bienvenida. Aunque en sí, no planeaba matar a la pareja nada más entrar. Primero quería verlos sufrir cuando ella misma se encargara de vejar el cuerpo y alma de la hija que habían engendrado.
Saltar en paracaídas era una cosa, y otra muy diferente era descender a varios miles de kilómetros por hora en una nave envuelta en llamas de plasma a casi cinco mil grados. La sensación era más intensa, como si los fluidos trataran de escapar por todos los orificios del cuerpo, lo que no era agradable en ningún sentido. Esa era la sensación que tenían los menos expertos en el grupo, llámense, Cadmon Lasky, Sandra Lasky, James Romney, Albert García o Sergei Nóvikov.
Situación muy diferente en Catherine, que había estado cantando durante todo el descenso una antigua canción de marineros que había aprendido muchos años atrás, cuando aún no era clonada y que versaba sobre las compulsiones sexuales de quien hubiera sido su autor; Cortana coreaba al recordar la letra y Kelly aplaudía para hacer el acompañamiento, y si Miranda hubiese estado en el grupo, seguramente se habría estado riendo por la ocurrencia de la doctora o habría cantado la canción, ya que Catherine se la había enseñado en secreto cuando tenía cuatro años, aprovechando la memoria eidética de su sobrina. En cuanto a Sarah, la mujer permanecía en su asiento con los ojos cerrados, aquél descenso era bastante normal desde su punto de vista.
«¿Por qué canta?» se preguntó Cadmon mientras oía las sandeces de la tía de Miranda.
«No llores, no llores, no llores, no llores, no...» pensó Sandra intentando no ponerse a llorar ante la sensación del descenso.
«Mejor me hubiera quedado en tierra» pensaba Romney, cuyos ojos estaban cerrados muy fuertemente.
«¡Ya, frena!» era el pensamiento de Sergei, cuya frente estaba perlada de sudor.
García no pensaba en nada... se había desmayado hacía mucho.
El descenso sólo duró cuatro escasos minutos, pero para los menos expertos aquellos habían sido los cuatro minutos más largos de su vida, menos para García.
Cuando aterrizaron, procuraron ocultar la nave en medio del bosque circundante a las coordenadas que Serin había enviado. El lugar elegido se encontraba a más de diez kilómetros, por lo que el acercamiento sería a pie, ya que no habían llevado ningún vehículo de apoyo, lo que haría su avance lento.
―Jefe ¿qué hacemos ahora? ―preguntó Fred.
―Nos separaremos. No nos arriesgaremos a que nos atrapen juntos ―le respondió John.
―Nos organizaremos así ―dijo Cortana―. Kelly y Sarah, ustedes llevarán a Catherine, a Sandra y a Cadmon; Fred, tú llevarás a los hermanos Nóvikov, a García y a Romney. John y yo iremos solos. No queremos arriesgar a que nos atrapen a todos juntos. Además, el problema de Serin es con nosotros, así que ustedes sólo entrarán en acción si ven que las cosas se ponen feas. ¿Alguna pregunta?
―Sólo tengo una ―dijo Kelly.
―¿Cuál? ―preguntó Cortana.
―¿Por qué tengo que llevar a las niñas?
―Porque si fueran conmigo, a la primera molestia, les dispararía y las dejaría aquí ―le respondió.
―Ya veo. Creo que es una razón válida.
―¿Verdad que sí?
―Yo lo haría ―terminó Sarah.
John, que ya estaba listo para irse habló:
―Hora de irnos. Guardaremos silencio radial a menos que sea absolutamente necesario comunicarnos.
Sin decir nada más, el supersoldado comenzó su caminata. Cortana lo siguió inmediatamente, no fuera que le perdiera el paso y luego no pudiera encontrarlo.
―Vamos entonces ―dijo Kelly al tiempo que iniciaba su caminata.
Los grupos más grandes se internaron en la espesura del bosque, cuya humedad provocaba una densa niebla que los ocultaría perfectamente a la vista de cualquier insurrecto que hubiera por ahí, a menos, claro, que tuvieran visión térmica.
―No es justo ―protestó Sandra en voz baja―. Yo quería ir con el jefe.
―Sandra, no llores, ya estás muy grande para eso ―la regañó Cadmon.
―Me preocupa que Miranda haya tratado de escapar ―comentó Catherine.
―¿Por qué? ―preguntó Kelly.
―Sí ¿por qué? ―la secundó Sandra.
―Porque, conociéndola como la conozco, lo más seguro es que haya hecho eso, y si mi intuición no me falla, debe haber recibido mucho castigo; quizás incluso la hayan torturado.
―Miranda es una chica fuerte, puede soportar muchas cosas ―afirmó la Spartan del grupo.
―Ella no ha recibido la misma educación de los Spartan, Kelly, ella es más una chica normal, a pesar de sus fortalezas.
―Créeme, Catherine. Miranda es más fuerte de lo que crees. Es hija de John y Cortana, no lo olvides ―ella sonreía.
Catherine también sonrió, por un momento había olvidado aquél detalle. Por otra parte, sabía de primera mano que Kelly, a pesar de su rudeza, sentía un amor muy maternal por Miranda.
―Tienes razón. Esos dos son unos malditos locos ―intervino Sarah.
―¿Qué quieren decir con eso? ―preguntó Sandra, su rostro mostraba confusión.
Las tres mujeres mayores se vieron las unas a las otras y sonrieron; Sandra tenía que aprender mucho sobre los padres de su amiga.
Cadmon caminaba detrás de las mujeres, su atención se centraba en Cortana, cuyo parecido con Miranda le hacía recordar a su amiga.
Desde que salieron de la Tierra, el muchacho había estado pensando en las cosas que le gritó al jefe el día que supo que Miranda había sido raptada, porque, en primer lugar, de haber sabido que su instructor reaccionaría de la forma en que lo hizo, no le habría hablado como le habló, por suerte la madre de su amiga estuvo presente para evitar que lo matara; en segundo lugar ¡Él no sabía que Miranda era su hija! y, en tercer lugar, Miranda le atraía, aunque no quisiera decírselo a todo el mundo.
Desde un principio debió sospechar de aquella relación tan estrecha entre el jefe y la chica. La forma en que la trataba era distinta, dentro de toda formalidad que pudieran demostrar de cara a los demás, era más paternal, como si en vez de entrenar a un cadete, entrenara a alguien mucho más cercano. Y en ese mismo sentido, si se iba más atrás en el tiempo, desde que esa chica llegó a la academia, el jefe comenzó a convivir más que nunca con sus pupilos.
Qué tonto había sido ¿Cómo no se dio cuenta antes? Quizás, él era más ingenuo de lo que pensaba.
Unos días antes, había tratado de reunir el valor suficiente para hablarle al Spartan. ¡Pero era tan imponente! Simplemente se sentía como una hormiga a un lado de él.
Cortana se había dado cuenta del dilema por el cual el muchacho pasaba, así que, aprovechando un pequeño momentose acercó a él.
―¿En qué piensas? ―le preguntó.
―¿Disculpe? ―dijo el joven, sorprendido de que la madre de su amiga le dirigiera la palabra.
―He notado que has estado muy pensativo últimamente. ¿Qué te pasa?
El chico bajó su mirada, le daba vergüenza admitir su culpa.
―No es nada ―respondió.
―Al contrario. Algo te acongoja, pero yo creo saber cuál es la razón. Quieres disculparte con el jefe pero tienes miedo de lo que él pueda decirte o hacerte ¿cierto?
―¡N... no, señora. No es eso!
―¡Oh, sí que es eso! Pero no te preocupes. John es rudo, sí. Pero no es malo. Estoy segura de que comprenderá tu preocupación por mi hija. Además, debes reconocer que John también está muy preocupado por ella. A final de cuentas, también es su hija y no quiere perderla... no otra vez.
Cadmon recordó lo que Kelly le contó la noche en que el jefe casi lo estranguló. Al parecer, la vida de los Spartan de su generación fue un infierno y el hecho de haber concebido una hija fue una de las mayores alegrías en su vida, la otra fue compartir una vida junto a Cortana.
―Señora. También quisiera hablar con usted. Es con respecto a ella.
―Te gusta ¿cierto?
Cadmon estaba sorprendido por la capacidad de la mujer para leer a las personas.
―Yo nunca dije eso.
―Chico, se nota a años luz que mi hija te gusta. Pero te advierto que ella tiene un pretendiente en Minister.
―¿Tiene novio?
―Dije pretendiente ―ella sonreía.
Miranda, pese a ser algo ruda en su forma de ser, era atractiva para los hombres que la rodeaban, aunque la mayoría no se le acercaban precisamente por esa imagen que exhibía y que sólo los más cercanos a ella sabían que no era verdadera... del todo.
―Debe ser alguien muy especial ―dijo él.
―Sí, lo es. Aunque no en el sentido que estás pensando. Pero volviendo a nuestro tema principal... si vas ahora y te disculpas con John, puede que no te mate después―ella sonreía por la broma.
―Por favor, no me asuste.
―Anda, ve y habla con él. Pero guarda tu distancia, no vaya a ser que quiera ahorcarte otra vez.
―Ahora entiendo de dónde sacó Miranda su sentido del humor ―el chico sonreía.
Cortana también sonrió.
Pasados unos minutos, y sólo después de que la madre de Miranda se fuera, Cadmon se acercó a John, quien, aunque no quería, pudo escuchar la conversación que el chico había tenido con Cortana. Consideró que él también debía disculparse, pues el muchacho no tenía la culpa de su frustración aquel día.
Aunque, por otro lado ¿qué era eso de pretender a su hija? Y sobre todo ¿cómo era posible que Cortana lo permitiera? ¿Qué clase de madre era su mujer? Simplemente no entendía esos menesteres de la paternidad. Sin duda le había hecho falta conocer a Miranda desde pequeña para comprender el actuar de Cortana.
Cadmon se acercó finalmente a John, su lenguaje corporal indicaba que no estaba muy seguro de aquello; tenía serias dudas acerca de cómo reaccionaría el hombre ante su disculpa. Aún así le habló:
―Jefe. ¿Puedo hablar con usted un momento?
John se levantó de donde había estado sentado, aunque no miró a Cadmon de inmediato.
El adolescente se detuvo también, y guardó distancia, tal como Cortana le había aconsejado medio en broma, no quería pasar por otro episodio de ira paterna.
―Jefe... ―dijo el muchacho, aún inseguro de hablarle― yo... lo siento. Pero es que... me siento muy preocupado por esta situación. Miranda es la mejor amiga que he tenido, no puedo simplemente dejar que alguien se la lleve así como así y quedarme sin hacer nada.
―No es así ―dijo John; su voz carecía de emoción alguna.
―Pero...
―Para tí, Miranda es más que sólo una amiga, y en mi opinión, deseas que ella te vea como más que sólo el amigo que hizo en la Tierra.
―Jefe, no le entiendo.
―Me entiendes perfectamente. Estás interesado en mi hija, pero no te atreviste a hablar con ella cuando pudiste y también temes por lo que yo pueda decir o hacer. Dime, ¿alguna vez te has enamorado de una mujer sin la cual, tu vida no tiene sentido?
―N... no, señor.
―¿Y así pretendes gustarle a Miranda?
―Lo siento ―el joven bajó su mirada.
―Sin embargo, las mujeres son complicadas y no sabes lo que quieren hasta el momento en el cual están sobre tí. Eso fue lo que pasó con su madre. Yo no estuve seguro de amarla hasta el día en que ella me dijo sus sentimientos.
―Yo, no lo sabía, jefe.
―Es normal que no lo supieras... que nadie lo supiera. A las personas como yo se les considera maquinaria, carentes de sentimientos y toda emoción; incapaces de sentir temor, ira, o de amar a alguien. Pero no nos conocen. Sólo quienes han vivido junto a nosotros lo saben.
―No, señor. No lo sabemos. Tal vez porque toda la vida se nos ha hecho creer que los Spartan de su generación carecen de toda sensibilidad.
―Lo sé.
―Pero quiero que sepa que ella me preocupa realmente.
―Sé que es así. Y no puedo reprocharte por eso. Pero está en ella decidir si te aceptará como amigo o como algo más, yo no soy nadie para decidir eso, sólo soy el padre que estuvo ausente toda su vida, no tengo la autoridad para prohibirle nada.
―¿Entonces qué hago?
―Con quien realmente debes hablar es con su madre.
Por primera vez, Cadmon escuchó al jefe hablar como un padre que protege a su hija, pues hablaba igual que su propio padre cuando Sandra le pedía algo y el almirante le decía que mejor hablara con su madre.
―Entonces ¿Me perdona?
―Creí que había quedado implícito en el discurso que acabo de darte, mismo que no pienso repetirte.
El joven guardó silencio por unos segundos procesando lo que John le había dicho.
―Gracias ―y se quedó parado ahí mientras el enorme hombre se alejó.
―¡Felicitaciones, chico! Sobreviviste ―le dijo Cortana al oído después de salir dequién sabe dónde.
Inmediatamente después, la mujer corrió hasta alcanzar a John. Y vio cómo ella lo abrazaba por la espalda y lo besaba en una mejilla.
Ya todo estaba preparado, la hija de Cortana estaba en el lugar donde podrían verla. Impaciente, Serin se acercó a Miranda sonriendo. La adolescente la miraba con ira contenida, pero aquello la tenía sin cuidado, pues sabía que por más fuerte que fuera aquella chica, no podría romper las cadenas que la sujetaban al piso.
―¿Sabes? ―dijo Serin―. Siempre he querido ver a tu madre en ese lugar. Y al ver cuánto te pareces a ella, no pude resistir las ganas de hacerte lo mismo.
―Espera a que me libere y verás lo bien que te va a ir.
―Estoy segura de que lo deseas, pero será imposible para ti liberarte. Esa cadena está probada para soportar una fuerza de tensión mucho mayor de la que tú puedas desarrollar. Porque debes saber que cuando papi y mami vengan por tí, los haré ver cómo destruyo a su niña consentida. Espero que no seas virgen.
Miranda temió por las palabras dichas, ella no había conocido hombre alguno más allá de una simple amistad. Pero no debía mostrar debilidad ante el enemigo.
―¿Y crees que ellos van a permitirlo?
―Yo sé que no. Por eso es que les he preparado un comité de bienvenida. Porque no puedo permitir que ellos entren sin hacerles los honores. Sobre todo cuando son el «gran» jefe maestro y su compañera Cortana son los que vienen a visitarme.
―Eres despreciable ¿sabías?
―¡Claro! Todos lo dicen. Pero eso es lo de menos.
Justo en ese momento el general Nóvikov entró en la sala y contempló a Miranda.
―¡Vaya! Había escuchado de los soldados que nuestra invitada era bonita, pero no creí que tanto ―se acercó y la miró de los pies a la cabeza, contemplando la desnudez de la chica―. Qué delicia.
―Le prometo, general, que cuando terminemos, ella será suya.
―No puedo esperar para que todo termine. Esta chica es mejor que cualquiera de las que he tenido antes ―se acercó hasta Miranda.
―¡No te acerques! ―le gritó la muchacha.
―¿Por qué no lo haría? Eres una preciosidad que debe sí, o sí, pasar por mi cama.
La mano izquierda del tipo tomó un seno de la chica provocando que esta se enojara más.
―Te dije que no te acercaras ―el rostro de la joven demostraba cuán molesta estaba.
―Eres una fierecilla ―el general se rió.
―No sabes cuánto ―murmuró.
―¿Qué? ―preguntó el hombre acercando su oído derecho hacia la joven.
La pregunta no quedó sin respuesta cuando Miranda, aprovechando la cercanía del sujeto se abalanzó contra él y lo mordió en una oreja haciéndolo sangrar al instante.
El general intentó alejarse, pero la muchacha lo había apretado tanto que no podía hacerlo. Gritó de dolor y miedo al comprobar que la muchacha era más salvaje de lo que aparentaba.
Serin golpeó el rostro de Miranda para separarla del general, ya que el hombre era incapaz de luchar contra la fuerza de la joven.
―Te dije que no sabes cuán fiera puedo ser cuando me enojo. Y agradécele a la puta que te acompaña el haberte separado de mi, porque así encadenada como me ves, soy capaz de matarte si quiero.
La fiereza en los ojos de la muchacha provocó que el general sintiera miedo de ella, y a la vez fascinación. Nunca antes ninguna mujer, por joven y fuerte que fuera, se había atrevido a hacerle aquello. Sin duda, sería un reto y un placer domar a aquella fiera desnuda.
―Tenga cuidado, general. Esta chica no es normal. Su padre es el Spartan 117. Si no fuera por esas cadenas, usted, yo, o ambos estaríamos muertos en este momento.
―Sí, había olvidado ese detalle.
―Venga conmigo, iremos a que le curen esa herida.
Los dos adultos se alejaron de Miranda, cuya boca estaba bañada en sangre.
―¡Cuando quieras más me avisas! ―le gritó al general.
Nóvikov la miró por última vez, contemplando en el rostro de la chica una mirada que jamás le habían dirigido. Además, el hecho de tener su boca bañada en sangre, le daba un aspecto deminíaco y a la vez hermoso, como si fuese una súcubo que venía a robarle el alma.
Miranda pudo ver miedo e ira en el rostro del general por haber sido vencido por una chica atada de pies y manos, lo que, dentro de todos sus problemas, era una pequeña satisfacción.
Escupió la sangre y el pedazo de lóbulo que le había arrancado al hombre.
―Trescientos metros ―avisó John a Cortana―. A partir de aquí debemos tener el máximo cuidado; estoy seguro de que los insurrectos detectaron nuestra llegada al planeta cuando comenzamos el descenso.
―Iba a decir lo mismo ―comentó Cortana―. Pero no quería asustar a los niños.
―Ellos estarán bien, son fuertes y están bien entrenados.
―Me alegro por eso, pero me interesa más saber cómo entraremos.
―Improvisaremos.
Cortana suspiró.
―Odio cuando dices eso o algo similar.
―Nunca te quejaste en el pasado.
―En el pasado no tenía cuerpo físico y tampoco una hija que cuidar. Y tú nunca hiciste caso a mis consejos en este tipo de situaciones.
―Debes admitir que te encantaba el peligro.
―¿Quién dijo que ya no me gusta?
John miró a la mujer, y aunque no podría ver su rostro a causa del casco, estaba seguro de que ella le sonreía confiada.
En otro punto alrededor del complejo, Kelly y su grupo habían llegado a las inmediaciones del lugar y se preparaban para entrar.
―Debemos ser cuidadosas. Prepárense para cualquier eventualidad y no duden en matar si es necesario. No quiero cargar con ninguna de ustedes cuando regrese a la Tierra.
―Yo voy primero ―dijo Sandra―, pero necesito que alguien me lance hacia la barda.
―Kelly, Sarah, ustedes son las indicadas para eso ―avisó Catherine.
―De acuerdo ―dijo Sarah.
Ambas mujeres se hincaron y pusieron sus manos para que la más joven del grupo pusiera un pie en ellas. Cuando Sandra estuvo lista, fue lanzada con la fuerza suficiente para quedar colgada con sus manos.
La chica rápidamente usó su agilidad para treparse en la parte más alta de la pared. Levantó un pulgar para indicar que todo estaba despejado.
―Ahora yo ―dijo Cadmon―. Necesitan que alguien responsable las sujete cuando suban.
Kelly y Sarah repitieron la maniobra.
Cuando Cadmon estuvo junto a Sandra, Catherine fue lanzada. Después de eso, las otras dos mujeres tomaron impulso y saltaron apoyando uno de sus pies en la pared para ganar altura y así llegar a la cima.
Luego, todos se lanzaron hacia el interior sin ser detectados.
En la parte exterior, solo quedaron dos guardias inconscientes que fueron vapuleados por Kelly y Sarah.
García, Romney y los hermanos Nóvikov seguían a Fred, cuyos ojos miraban los alrededores en busca de alguna amenaza. Ellos también habían llegado al complejo y se preparaban para entrar.
―Señor, ¿cómo procedemos?
Fred, sin verlos, habló:
―Alguien tiene que ver si hay enemigos.
―De acuerdo, yo voy ―se ofreció Sergei.
―Bien.
El Spartan hizo la misma maniobra que Kelly y Sarah habían hecho poco antes. El muchacho voló hasta quedar colgado de la pared. Se balanceó hasta que uno de sus pies estuvo sobre la cima del muro. Luego de unos segundos, hizo una señal con la mano derecha indicando que no había moros en la costa. El resto del grupo entró sin problemas.
A Fred le pareció demasiado extraño que todo hubiese sido tan fácil. Nunca, en sus años de experiencia, una situación que comenzaba tan tranquila, terminaba del mismo modo. Debía haber gato encerrado, nada era tan sencillo jamás.
Serin, después de llevar al general a la enfermería, vigilaba los monitores esperando que sus «invitados» se acercaran lo suficiente para rodearlos con sus fuerzas.
Había esperado que llevara fuerzas especiales o cuando menos marines a la operación de rescate, pero en cambio, John se había armado con un grupo de niños y tres Spartan más para atacarla, lo que era un insulto para ella. ¿En qué pensaba John cuando decidió aquello? ¿es que a caso no sabía que se enfrentaba a un ejército? Qué arrogantes podían llegar a ser los Spartan.
―El primer grupo está cerca de cruzar el perímetro ―avisó uno de los operadores del sistema de vigilancia.
Serin miró hacia el monitor que mostraba la imagen de quienes habían llegado primero. De inmediato identificó a Kelly y a sus acompañantes.
―Que los equipos de esa sección estén alerta, quiero que los sometan a como dé lugar, pero no los maten.
El operador transmitió el mensaje inmediatamente.
A los pocos segundos, otro operador llamó la atención de la mujer.
―Ay dos nuevas señales en los sensores.
El monitor del operario mostró la imagen que tanto esperó ver. John y Cortana por fin habían llegado. Sonrió con satisfacción. Pronto tendría a esos dos en sus manos y podría destruirlos.
―Que entren ―ordenó.
Los padres de Miranda habían llegado a la que parecía la entrada principal del complejo. Ambos tenían la seguridad de que estaban siendo observados, lo que no esperaban es que la puerta se abriera sin necesidad de que ellos la saltaran o avisaran de su presencia. Seguramente Serin les tenía preparada alguna sorpresa.
Cortana comenzó a angustiarse en ese momento. Serin podría haber matado ya a su hija y estaba esperando para mostrarles su cuerpo inerte o peor aún, podría estarla torturando en ese mismo instante. Lejos estaba de saber que su hija hacía poco casi le arranca una oreja al hombre más poderoso de Venezia.
John tenía pensamientos semejantes a los de Cortana, lo que le molestaba realmente. Serin podía ser muy cruel cuando se ensañaba con alguien. Y teniendo en cuenta el resentimiento que sentía contra él y Cortana, seguro que Miranda llevaría las de perder, aunque no tuviera ninguna culpa de lo ocurrido quince años atrás.
La puerta se cerró tras ellos y sin darles tiempo de reaccionar, fueron rodeados por numerosas tropas, mismas que se veían bastante bien entrenadas, teniendo en cuenta los estándares de los muchos grupos insurrectos dispersos a través de la galaxia. No obstante, tanto John como Cortana, sabían que si se lo proponían, podrían vencerlos a todos ellos, pero tenían un propósito más importe, y la única forma de cumplirlo sin tener que esforzarse era dejando que los capturaran, pues lo más probable era que los llevaran ante la presencia de Serin.
―Tenemos a dos intrusos. ―anunció uno de los soldados que rodeaban a los padres de Miranda.
―Excelente. Ahora tráiganlos ante mí en la sala principal; hace mucho que no platico con ellos ―lejos de parecer ansiosa, la ex oficial de UNSC parecía disfrutar el momento.
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, y para Serin aquello era como saborear un delicioso helado de fresa.
Se apresuró a llegar a la sala principal del complejo, donde, aún encadenada, Miranda buscaba la oportunidad para librarse y escapar. Pero no veía posibilidad alguna. La mujer se había tomado muchas molestias anticipando cada uno de los posibles planes que pudiera haber trazado desde el momento en que fue encadenada a ese lugar.
La puerta de la sala se abrió mostrando a Serin, en cuyo rostro, Miranda pudo identificar una especie de satisfacción, lo cual no le agradaba en absoluto y le hacía tener malos presentimientos acerca de su futuro.
La mujer mayor se acercó a la más joven cuidando su distancia, cruzó sus brazos frente a ella y habló:
―Te alegrará saber que tus padres ya llegaron.
Miranda, que hasta ese momento había estado acostada en el suelo ideando alguna forma de escapar, se incorporó rápidamente.
―Te juro que si es mentira...
―¡No estás en posición de jurar nada! Y sí, tus padres acaban de entrar a esta instalación para «rescatarte». Así que sé una buena niña y quédate ahí a esperarlos. Mientras tanto, yo me voy a sentar aquí a esperarlos también.
La adulta se sentó en una gran silla que simulaba ser un trono, muy ad hoc con sus delirios de grandeza. Miró a un lado, hacia donde cinco soldados permanecían en guardia.
»Lleven a la preciosidad allá atrás, aún no quiero que sus padres la vean.
Los hombres tiraron de las cadenas arrastrando a la joven, quien prefirió seguirles el juego, seguramente encontraría una forma de escapar.
Poco tiempo después, un gran contingente de soldados entró por la puerta, en medio de ellos, las dos altas figuras de John y Cortana caminaban sin inmutarse, y a eso ayudaba que aún tenían puestos sus cascos, no así sus armas, mismas que les fueron retiradas nada más fueron atrapados.
Cortana, en cuanto cruzó la puerta, notó la figura de Serin sentada al fondo del enorme salón. La mujer permanecía con las piernas cruzadas y su cabeza apoyada en una de sus manos, y cuyo codo se apoyaba a su vez en el posa brazos de la silla. La imagen le daba la impresión de ser alguien más importante de lo que realmente debería.
Serin, por su parte, casi podía sentir la mirada de su rival, a pesar de que el visor del casco lo impedía. El odio mutuo era patente.
―Prepárate, quizás pronto tengamos que pelear ―avisó John por un canal segura a Cortana.
―Estoy esperando ese momento.
―Por cierto... ¿instalaste esa I.A. en nuestro vehículo de escape?
―Sí. En este momento debe estar esperando nuestra orden.
―Bien.
La conversación fue interrumpida cuando Serin habló.
―¡Vaya! ¡qué gusto verlos después de tanto tiempo! No creí que volveríamos a encontrarnos. ¿No es maravilloso?
―¿Dónde está mi hija, Serin? ―preguntó Cortana.
La otra mujer suspiró con desgano.
―Tantos años sin vernos y lo primero que preguntas es «¿Dónde está mi hija?» Que poco cortés de tu parte.
―¡No bromees, maldita loca! ―casi le gritó.
―¡Oye, oye! Tranquila. Tu niña consentida está bien... a medias ―se rió en son de burla.
―Serin ―habló John.
―¡Vaya! Hasta que de dignas en dirigirme la palabra, John.
―¿Dónde está mi hija?
―Es irónico ¿no? Tú, el Spartan más poderoso, mendigando por una hija a la cual no conoció durante quince años. Dime ¿qué se siente ser padre?
―No bromees, Serin. Sabes bien que si comienzo a moverme, ninguno de estos hombres podrá protegerte.
―Lo sé, lo sé. Por fortuna, tengo un buen guardaespaldas. Uno que es muy semejante a tí. Y no lo digo en sentido figurado.
«¿De qué habla Serin?» se preguntaron John y Cortana a la vez.
―No cabe duda de que estás completamente loca ―le dijo Cortana.
―¿Loca? Definitivamente. Pero soy una loca que piensa bien lo que hace.
―Lo dudo ―contraatacó la otra mujer.
―John ¿recuerdas la vez en que te confesé mi sentir? ―John no contestó―. Tú me rechazaste diciéndome que no tenías interés por esas cosas. Banalizaste lo que yo te ofrecía y preferiste continuar con tu carrera. Pero entendí que esa era la única vida que habías conocido y que eso te impedía ver más allá ―guardó silencio unos segundos.
»¡Pero luego llegó ella! ―señaló a Cortana―. ¡A ella sí le dedicaste tu tiempo! ¡Con ella sí podías hablar! ¿Qué te ofrecía ella que yo no podía? ¡Contéstame!
Por unos segundos ninguna palabra fue dicha. John sabía la respuesta, pero se debatía entre decirla o no. Sobre todo, temía que sus palabras provocaran un perjuicio a Miranda, sabiendo sobradamente la inestabilidad mental de la mujer frente a él.
―Ella me ofrecía estabilidad, Serin. Tú no. Tus impulsos te llevan en una dirección muy distinta a la que yo sigo. Además, ella me conoce mejor que nadie más.
Escuchar aquello irritó más a Serin, sus ojos lo demostraron al llenarse de lágrimas y enrojecerse.
―Es irónico lo que dices ―contestó ella―. Porque pese a tus negativas, compartimos un lazo. Uno que puede cambiar el curso de estos acontecimientos. ¿Recuerdas que te dije que tengo un guardaespaldas que se asemeja mucho a tí? Bueno, aquí está ―bajó su rostro para secarse las lágrimas que había estado a punto de derramar―. John, hijo, ven.
Cortana no entendía aquello ¿A qué John se refería Serin? Su pregunta no dicha fue contestada de inmediato.
El mencionado llegó hasta pararse junto a Serin. Cortana no podía creer lo que veía ¿desde cuándo Serin era madre? Por lo que podía ver, desde antes que ella misma, pues el hombre que había llegado parecía tener cuando menos, unos veinte años. Sin embargo, lo que más la perturbó fue el tremendo parecido que el sujeto tenía con su John ¿Acaso ellos...?
»Les presento a John. Mi hijo.
Las miradas de los otros dos se quedaron fijas en el hombre.
»Seguro que en este momento se estarán preguntando «¿Dónde lo he visto?» Bien. Él es mi hijo, sí. Pero también es tuyo, John ―dijo dirigiéndose al Spartan, quien no podía creer aquello. Eso era imposible.
Cortana sintió como si un agujero se abriera bajo sus pies ¿Acaso Serin estaba diciendo que ella y John tuvieron un hijo? ¿Pero cuando? Ella, desde que tenía memoria, no recordaba que su John y Serin hubiesen tenido que ver en la cama. O quizás esa era una de las memorias que su madre había borrado cuando la compuso, quizás con la intensión de evitarle el dolor que en ese momento estaba comenzando a sentir.
John se dio cuenta de inmediato por el lenguaje corporal de su mujer que no se sentía bien.
―Te juro, Cortana, que nunca he tenido nada qué ver con ella. No le creas en absoluto.
―Si no tuvimos nada, entonces ¿cómo explicas que él se parezca tanto a tí? ―dijo señalando a su hijo.
Nadie podía negar que el tipo se parecía a John. Era su viva imagen, pero había una diferencia, una muy grande.
―No puedo explicarlo. Pero algo hiciste...
―Si insinúas que él no es tu hijo, siento decirte que quedarás muy decepcionado si quieres una prueba, porque de seguro saldrá positiva. Seguramente ya olvidaste que te fuiste cuando te enteraste de mi embarazo.
John sabía que aquello era mentira, pero más que a él, las palabras estaban dirigidas a Cortana, con la total intensión de hacerle sentir mal y ponerla en su contra.
Serin era un maldita.
―No te creo ―dijo Cortana―. No creo ni una sola palabra de lo que dices. Siempre me has odiado sin que yo hiciera nada contra ti. Estoy segura de que esto es otra de tus artimañas para hacernos mal.
―¿Nada contra mí? ¿te parece poco el haberme quitado a John y encima haberme dejado paralizada de pies y manos hace quince años?
―En primer lugar yo no te quité a John y en segundo, si no te hubiese paralizado me habrías matado.
―Si te hubiera matado, en este momento no tendríamos esta conversación y nada de esto estaría pasando. ¿No lo entiendes? Esto es por tu culpa. Tú jamás debiste existir. ¡Y mucho menos tu hija! Esa maldita bastarda me ha ocasionado más dolores de cabeza de los que puedo recordar. Ella es igual a ti, es una perra maldita que no deja de ladrar aunque esté asustada.
Cortana iba a lanzarse contra Serin, pero una mano de John la detuvo.
―Aún no, Cortana ―le dijo.
El hijo de Serin miró hacia donde se habían llevado a Miranda, y con un movimiento de cabeza se dio a entender para que los mismos soldados de hacía unos momentos trajeran de vuelta a la muchacha.
Los hombres obedecieron de inmediato y tal como se les había instruido previamente, se aseguraron que la muchacha no tuviera margen de movimiento, por lo que la encadenaron de tal forma que sus brazos y piernas permanecieran abiertos, con el propósito de que la chica quedara lo más vergonzosamente expuesta que se pudiera.
La impresión de ver a su hija desnuda, encadenada y con sangre en la boca, provocó en Cortana la mayor de las iras, y si no fuera porque John era sumamente controlado, se habría lanzado contra la mujer que se había atrevido a hacerle eso a su hija.
John no estaba en mejores condiciones, pero sabía que si se dejaba consumir por la ira, no lograría nada. Aún así, lo que Serin había hecho con Miranda era una de las peores humillaciones que la mujer había provocado en toda su vida; jamás le perdonaría lo que había hecho, mucho menos cuando la víctima de tal humillación era su hija.
―¡Miranda! ―la llamó Cortana.
Miranda, al escuchar la voz de su madre levantó la mirada, pese a la vergüenza que sentía por no vestir prenda alguna.
El ver en ese estado a su hija, provocó que Cortana quisiera correr hasta ella y cubrirla. Además, los moretones en todo su cuerpo le indicaban que había sido golpeada.
Cuando Miranda dirigió su vista hacia donde provenía la voz de su madre, no esperó ver a una mujer enfundada en una armadura potenciada. Aquello no tenía sentido para ella. ¿Desde cuándo su madre era una Spartan? ¿o estaba alucinando como efecto secundario de las repetidas golpizas a las que era sometida todos los días?
―Tu hija es una fierecilla ―espetó Serin―. Desde que llegamos de la Tierra, ha intentado escapar un sin fin de veces. ¡Vaya que es testaruda!
La mujer se levantó de la silla y se encaminó hacia la joven. Se paró detrás de ella y sin previo aviso tomó sus senos apretándolos hasta el punto de lastimarla.
―¡Maldita perra, suéltame! ―protestó Miranda, pero las cadenas habían sido muy bien aseguradas y no podía moverse, además su fuerza ya no era la misma. La falta de alimento y sueño le estaban pasando factura.
―¿Por qué habría de soltarte? Si eres una belleza en toda la extensión de la palabra.
Al ver lo que Serin hacía con Miranda, provocó que Cortana explotara, ya poco le importaba lo que John le dijo momentos antes. ¡Iba a matar a esa maldita!
John mandó al demonio su autocontrol y en un rápido movimiento tomó a uno de los soldados y lo lanzó contra otros dos, quienes no pudieron soportar la fuerza con la que su compañero fue lanzado.
Aquella fue la luz verde que Cortana había estado esperando para comenzar a repartir golpes. Poco le importaba que pudiera matar a alguien. La ira que sentía era más de lo que había sentido en toda su vida.
Los disparos tampoco se hicieron esperar, pero los escudos de las armaduras desviaban las balas provocando que esta hirieran a otros soldados, lo que a final de cuentas ayudó a los padres de la adolescente. El último golpe lo dio Cortana a un sujeto de casi su estatura y de una complexión por demás fornida; casi le arrancó la cabeza.
Viéndose libres de obstáculos, los dos padres se lanzaron a liberar a su hija, pero en el camino fueron detenidos por el hijo de Serin, cuya presencia era desafiante, como si no temiera enfrentarse a las dos personas en armadura.
―Quiero medir mi fuerza contigo ―dijo el tipo apuntando a John―. Quiero ver que tan fuerte y hábil es mi padre.
John se puso en guardia.
―Ve por Miranda ―ordenó el hombre.
Cortana ignoró al supuesto hijo de John y corrió hasta quedar frente a Serin, quien aún permanecía detrás de Miranda.
El rostro de Serin mostraba una sonrisa de confianza absoluta. En cuanto el general Nóvikov se enterara del altercado en aquél lugar, no dudaría en enviar refuerzos.
―¿A dónde vas? ―el hijo de Serin trató de detener a Cortana, pero una mano de John lo detuvo.
―Tu contrincante soy yo.
El hijo de Serin miró a su padre y sonrió.
―Bien, como digas. Pero quiero que esta pelea sea pareja.
John entendió aquellas palabras. Se alejó unos pasos y con un gesto, el sistema automático hizo que la armadura cayera al suelo.
―De acuerdo. Ya estamos parejos.
―Escuché disparos ―dijo Cadmon.
―Yo también ―le secundó Catherine.
―Vienen de aquel lugar ―señaló Kelly.
―Bien, chicos, el sigilo se acaba aquí. Nuestros amigos están en problemas ―ordenó Sarah.
El grupo se movió inmediatamente, no podían dejar a sus amigos solos, sabiendo que había un ejército entero en los alrededores dispuesto a matarlos.
Mas no avanzaron mucho cuando se encontraron con problemas. Había cerca de un centenar de insurrectos entre ellos y los padres de Miranda.
―Preparen armas ―ordenó Kelly. Luego levantó su rifle y disparó.
El grupo de Fred también se había encontrado con un número similar de insurrectos. La diferencia fue que no medió orden alguna para que todos comenzaran a disparar.
―¡Kelly! ―llamó el hombre por el comunicador.
―¡Aquí Kelly! ¿Qué tal, Fred?
―Nos encontramos con un gran contingente de insurrectos, necesitamos apoyo.
―Yo iba a decir lo mismo.
Fred soltó una carcajada.
―Parece que no podremos ayudarnos mutuamente.
―¿Qué sugieres?
―¿Te apetece una carrera para ver quien acaba primero con sus enemigos?
―¿Qué apuestas?
―Una cena para todos. Y el que pierda paga.
―¡Hecho!
―Dudo seriamente que seas mi hijo. Jamás he tenido contacto íntimo con tu madre.
―Mientes. Ella me dijo que te fuiste en cuanto te enteraste de mi existencia.
―Te mintió. Yo jamás la he tocado.
―¡Ella jamás me mentiría!
―Qué engañado estás. Serin es capaz de mentirle a cualquiera si con eso puede llegar a cumplir sus propósitos.
―¡No hables así de ella!
El sujeto lanzó varios golpes a John, pero este logró bloquearlos.
―Veo que eres hábil ―dijo el Spartan.
―El mejor.
―Demuéstralo ―John lanzó un golpe logrando contactar el rostro de su adversario.
El otro John rápidamente contestó el golpe con una seguidilla de golpes y patadas que habrían sacado de combate a cualquiera, pero la experiencia del Spartan era mucha y podía bloquear la mayoría de los golpes y esquivar otros. Aún así, no pudo evitar algunos impactos, mismos que le dolieron como pocos.
John supo en ese momento que la intensión de su homónimo era asesinarlo.
―Te voy a despedazar ―amenazó el más joven.
―Eso si lo permito.
Cortana estaba frente a Serin. La ex almirante hacía solo unos segundos había estado detrás de Miranda, su mirada mostraba la satisfacción de saber que la había molestado. Pero no se confiaba, sabía perfectamente que la mujer podría atacar en cualquier momento y acabar con su vida.
―Creo que esta situación ya la hemos vivido anteriormente; déjame recordar ―la mujer acarició su barbilla―. ¡Ah, ya recuerdo! Esto mismo sucedió en Minister. Tú vestías una armadura tal como hoy y yo vestía ropa común. ¿Cómo da vueltas la vida, verdad?
―Y tal como ese día, voy a acabar contigo.
―Quiero ver que lo hagas.
Tal como quince años atrás, Cortana se despojó de su armadura. Si había podido con la desquiciada antes, podría en ese momento.
Sin mediar palabras que sobrarían, Cortana se lanzó contra Serin, pero esta en un rápido movimiento sacó un arma y le disparó. La bala impactó su hombro izquierdo, el dolor la hizo caer al suelo; rápidamente el sistema automático del traje llenó de bioespuma la herida, pero la expresión en el rostro de la mujer demostraba el dolor que sufría.
Serin se acercó hasta ella.
―La primera vez debí hacer esto mismo, pero me quitaste el arma y no pude hacer más. Aunque... ¿cómo está tu hombro derecho? Recuerdo que lo atravesé con mi cuchillo en esa ocasión.
―Para serte sincera, está mejor que mi hombro izquierdo.
―Como siempre, tienes una respuesta para todo. Odio a las personas como tú, que siempre tienen algo que decir y nunca se callan. Pero hoy puedo hacer la excepción ―Apuntó el cañón de la pistola a la pierna derecha de su rival―. Pero primero te haré sufrir.
Miranda, quien había estado viendo todo aquello, sacudía sus brazos y piernas todo lo que podía para zafarse de las cadenas, pero era inútil. La impotencia sentida en ese momento era superior a cualquier otro que hubiese sentido en el pasado. Su madre estaba a punto de morir y ella no podía hacer nada para impedirlo. Las lágrimas se derramaban de sus ojos.
Un segundo disparo salió de la boca del arma, la bala impactó la pierna. Cortana volvió a desplomarse en el suelo.
―¡Levántate, mamá! ¡No dejes que ella te mate!
―Eso intento, hija ―murmuró. El dolor era intenso y ella nunca había sido alguien que tolerara mucho esa sensación.
―¡Mamita, por favor, no te dejes vencer! ―renovó sus esfuerzos por liberarse.
Los grilletes que la sujetaban a las cadenas lastimaban sus muñecas y tobillos haciéndola sangrar.
Poco antes, la pelea entre los dos John estaba a favor del mayor, la experiencia jugaba un papel predominante en aquel altercado, y la edad no era un factor determinante, pues, pese a su edad, el John más viejo podía golpear tan fuerte y rápido como el más joven. Aún así, el mayor se detuvo; no tenía caso seguir esa pelea.
―¿Por qué te detienes? ―le reclamó iracundo el joven.
―No tiene caso seguir con una pelea que ambos sabemos cómo acabará.
―¿Y cómo se supone que va a acabar?
―Contigo en el suelo, vencido y humillado. No tienes lo que se necesita para derrotarme. Dudo que tus habilidades sean las necesarias para ser un verdadero soldado de élite.
―No subestimes mi capacidad, anciano.
―No lo hago. Me doy cuenta que tu capacidad no está ni siquiera cerca de alcanzar la de cualquier Spartan.
―Pero pude vencer a Miranda.
―Seguramente fue porque ella se confió. O porque quizás heredaste solo una parte de las mejoras a las que tu madre y yo fuimos sometidos.
―Qué insinúas.
―Si realmente eres hijo mio, como dice tu madre. No fuiste creado a partir de mi material genético mejorado, sino de una muestra anterior a dichas mejoras. Básicamente, solo tienes las mejoras de tu madre y no las mías. Por lo que el hecho de haber vencido a Miranda fue solo suerte. Quizás, eso sí lo heredaste de mi.
La última frase sonó para el joven como una burla, pese a la seriedad con la cual su «padre» le habló.
―¡No te burles!
El muchacho saltó hacia John tratando de golpearlo. Nunca había soportado que se burlaran de él. Mas el hombre mayor lo esquivó y le propinó un golpe en el estómago que le sacó el aire y otro en la mandíbula que lo mandó a dormir.
―No me estaba burlando ―le dijo cuando lo vio en el suelo.
La detonación característica de un arma siendo disparada llegó a los oídos de John en ese instante. Por un momento había olvidado que Cortana también luchaba en ese lugar. Cuando estaba por correr para ayudar a su mujer, entró un contingente de soldados insurrectos.
No tuvo tiempo de ponerse su armadura, solo tomó una de las armas que había tiradas y comenzó a disparar.
―Ya casi llegamos ―avisó Fred.
Después de haber vencido al contingente insurrecto, el grupo avanzaba rápidamente en la dirección donde habían escuchado los disparos.
En ese mismo instante, Natasha giró su rostro a la derecha y lo que vio casi hizo que se cayera.
A unos cien metros, pudo ver a su madre, quien era acompañada por un grupo de soldados insurrectos y junto a ellos, a su padre. Los ojos de la joven mujer se abrieron a su máximo. No creyó posible que su madre estuviera en ese lugar o que al menos estuviera viva. Ella creía que ya había muerto, pero tal parecía que la resistencia de su madre era bastante más de lo que ella creía.
Sin dar aviso a su grupo, se separó y corrió hasta ocultarse detrás de una esquina, lo suficientemente cerca para escuchar a su despreciable padre hablar.
―Escúchenme., señores. Varios de los intrusos son Spartan. Deben acabar con ellos a como dé lugar, si tienen que morir para lograrlo, les prometo que sus nombres serán recordados y sus familias recibirán los beneficios que su sacrificio merece.
A Natasha aquél discurso no le pareció diferente del último que escuchó antes de ser sacada de ese planeta por su madre. Las mismas palabras vacías que usaba cuando necesitaba que sus hombres cubrieran su huída. El maldito viejo era un cobarde cuando se veía a corralado.
Aún recordaba las vejaciones a las que fue sometida cuando era niña. A su mente acudieron todos los malos recuerdos de su tormentosa niñez; los momentos en que los allegados del general se propasaban con ella haciéndole todo tipo de perversas caricias y las veces que fue llevada a la cama de alguno de aquellos horribles hombres para ser violada una y otra vez sin que nadie atendiera sus gritos de auxilio. Por culpa de su padre, ella jamás sería madre.
La ira se apoderó de ella, pero esperó a que el grupo de soldados se retirara y dejaran solos a su padre y a su madre. Cuando los dos ya estuvieron solos, Natasha sacó de su funda su enorme cuchillo de combate y se acercó sigilosamente hasta su padre y en un rápido movimiento lo aprisionó entre ella y el cuchillo.
―¿Qué se siente ser sorprendido por la espalda en su propia fortaleza, general?
―¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Quién eres? ―por el tono usado, el general se escuchaba muy asustado.
―¿Ya no recuerda la voz de su sangre?
―¿Q... quien eres?
―Que corto de memoria, general. Debería recordarme. Yo soy la hija a la cuál usted permitió ser violada en muchas ocasiones solo para divertir a sus amigos. La niña que un día desapareció de este lugar y que ha vuelto para cobrar venganza.
―¿Natasha?
―¿Ya recuerda?
―N... Natasha, yo... yo...
―Si piensa disculparse, es muy tarde para eso. Su sangre lavará el honor que una vez usted y sus sucios amigos mancharon. Pero no morirá con este cuchillo en su pecho, no... eso es demasiado bueno para un monstruo como usted.
Arrastró al hombre hasta unos bidones.
»¿Sabía que una de las más dolorosas formas de morir es siendo quemado? Pues sí, hoy usted comprobará cuán cierto es eso.
Usando su propio cuerpo y fuerza, la joven derribó a su padre y usando unas correas de plástico ató pies y manos del sujeto, asegurándose de que no pudiera escapar por sus propios medios.
Andrea, la madre de la chica presenciaba aquello, pero su gesto era ausente, como si el hecho de ver cómo su hija trataba de ejecutar al general no le afectara en absoluto.
»Veo que mi madre no me reconoce ―dijo Natasha con cierta decepción en su voz―. No me extraña que usted tenga la culpa.
Tomó una cadena similar en su composición a la que aprisionaba a Miranda y la enredó alrededor del hombre tendido en el suelo para después rociar sobre él todo el contenido de un recipiente de combustible.
»Alégrese, general. Será recordado como el tirano que murió quemado por su propia hija.
Dicho eso, la joven encendió una bengala y la dejó caer sobre el cuerpo empapado en combustible del general.
Los gritos de desesperación y dolor no se hicieron esperar alertando a más de un soldado insurrecto, quienes acudieron al lugar solo para presenciar horrorizados cómo el general se retorcía envuelto en llamas.
»Espero que sigas ardiendo en el infierno ―fueron las palabras de Natasha desde lejos mientras llevaba con ella a su madre, cuyo rostro no mostraba emoción alguna.
Serin estaba por jalar el gatillo una vez más, Miranda se retorcía con más fuerza, pero las cadenas eran demasiado resistentes, no había forma de liberarse.
―Este será el tiro de gracia ―dijo Serin al tiempo que terminaba de accionar el arma.
El destello y ruido del arma llegaron hasta Miranda, la chica se quedó en silencio mirando hacia donde su madre estaba, pero no la vio. Cortana se había quitado en el último momento y la bala rebotó en el suelo.
Serin estaba tan confundida como la adolescente, no entendía como había sido posible que Cortana se quitara, siendo que le había disparado en brazos y piernas para evitar que pudiera moverse.
―Tendrás que hace más que eso si quieres matarme ―dijo Cortana detrás de Serin.
La madre de Miranda golpeó el brazo que sostenía el arma y la retiró. Luego, sobreponiéndose al dolor de sus miembros, golpeó el rostro de Serin mandándola al suelo.
―¡Mamá! ―gritó la adolescente.
Cortana miró a su hija, y al verla encadenada, buscó entre la ropa de Serin alguna llave. Pronto la encontró en uno de los bolsillos de la mujer.
Rápidamente liberó a su hija y la abrazó.
―Ya estoy aquí amor.
Miranda rodeó el cuello de su madre llorando.
―¡Sabía que vendrías por mí¡ !Te amo tanto!
―¡Y yo a tí, mi niña hermosa!
John, que ya había acabado con el contingente insurrecto, se acercó a ellas.
―Tenemos que irnos. Cubre a Miranda y larguémonos.
Cortana reparó en el hecho de que su hija no vestía prenda alguna y que sus muñecas y tobillos estaban ensangrentados por haber intentado liberarse por la fuerza. Tomó lo primero que encontró, una cortina, pues tomar la ropa de alguno de los hombres tirados en el lugar habría tomado demasiado tiempo. Rápidamente salieron de ahí.
Poco después, Serin despertó, y casi inmediatamente se percató de la ausencia de sus enemigos y más allá, divisó la figura inconsciente de su hijo. Se incorporó y corrió hacia él, rápidamente lo despertó.
―¡Tenemos que ir por ellos! ¡No debemos dejar que se vayan!
El hombre se levantó del suelo y junto a su madre salieron de ahí en busca de John y su familia.
Kelly ejecutó una patada giratoria que envió al insurrecto por el aire a estrellarse contra una pared. La batalla se había tornado demasiado peligrosa para ella y su equipo, ya que eran demasiados los soldados insurrectos que había en aquel lugar; parecían aparecer de la nada.
Sarah también golpeaba o disparaba contra todo insurrecto que veía, lo mismo hacían todos los que pertenecían al equipo. Sin embargo, su máxima preocupación era que sus hijos no salieran heridos, pese a que habían demostrado una habilidad más que a la altura para lidiar con aquella situación.
Catherine temía que su familia no volviera, hacía mucho tiempo que no sabía de ellos, lo que le desesperaba, ya que nunca había tolerado la falta de información. Sobre todo, no toleraba el no tener conocimiento del estado de sus familiares. Por lo que, después de derribar a un enemigo disparándole en el pecho, abrió un canal de comunicación con la esperanza de que John o Cortana le contestaran.
―John, Cortana. ¿Alguno puede escucharme? ―pero no recibió respuesta, por lo que volvió a llamar― Por favor, John, Cortana, respondan ―no hubo respuesta nuevamente.
Catherine comenzó a sentir angustia porque algo le hubiera pasado a su familia. Kelly se dio cuenta de aquello y abrió ella también un canal.
―¡Maldita sea! ¡John! ¡Cortana! ¿Pueden escucharnos?
De pronto, una voz conocida respondió la llamada.
―Aquí estamos, tenemos a Miranda y nos dirigimos hacia la salida. ―La voz de John, pese a ser tranquila, despedía optimismo.
Kelly suspiró aliviada.
―¡Listo! ¡Ya está; vámonos de aquí! ―ordenó la Spartan a todos, incluyendo el grupo de Fred.
Rápidamente todos emprendieron la retirada; el propósito por el cual habían ido a Venezia se había cumplido y no había ningún motivo para permanecer ahí.
―Llama a nuestro transporte ―ordenó John.
Cortana hizo un gesto dentro de su casco y activó la I.A. instalada en el transporte que los había llevado al planeta.
―Listo. Tiempo estimado de llegada, dos minutos.
―Serán los dos minutos más largos que he vivido ―comentó Miranda.
―Pronto estaremos lejos de aquí, no te preocupes mi amor.
Menos de treinta segundos después, los dos equipos restantes llegaban al lugar.
―¿Cuánto falta para que nuestro transporte llegue? ―preguntó Fred.
―Un minuto y medio ―contestó Cortana mirando el reloj en su HUD.
En la lejanía, pudieron ver que un vehículo se acercaba a gran velocidad. John activó el zoom de su casco, percatándose al instante de quién se trataba.
―Es Natasha ―avisó el Spartan.
La piloto había tomado un vehículo y había pisado el acelerador a fondo para reunirse con sus compañeros, a su lado, en el asiento del pasajero, Andrea permanecía con su vista perdida.
―¿Cuándo se separó de nosotros? ―preguntó Sergei.
―Desde el momento en que vio a tus padres en el complejo―le contestó Fred.
El joven vio hacia el transporte.
En poco tiempo la joven estuvo junto a su grupo, rápidamente sacó a su madre del vehículo y cargándola con todas sus fuerzas corrió hasta sus amigos.
Justo en ese momento la nave en la que habían arribado al planeta llegó. Todos se apresuraron para abordarla.
―Rápido, entremos a la nave y larguémonos de este horrible lugar ―soltó Catherine.
―Esa frase estuvo de más ―le criticó Cortana.
―¿Crees que me importa? ―le contestó su hermana.
Casi había terminado de entrar cuando otro vehículo se detuvo a sus espaldas. Todos voltearon a mirar.
―Ahora morirás ―murmuró Serin apuntando su arma hacia Cortana, casi de inmediato, jaló el gatillo.
Miranda, que permanecía al lado de su madre reaccionó rápidamente previendo que a quien Serin apuntaba era su madre.
La bala impactó su pecho salpicando de sangre el visor del casco de Cortana, esta a su vez reaccionó deteniendo la caída de su hija.
Todo transcurría lentamente para los presentes, John se quitó el casco y corrió hacia su hija confirmando que la bala había impactado su pecho.
―¡MIRANDA! ―gritó Cortana al ver cómo su pequeña se desplomaba en sus brazos.
Ambas cayeron al suelo.
John, quien nunca mostraba sus emociones, hizo una excepción al contraer su rostro en una mirada furiosa que amedrentó a Serin, pues jamás había visto tal expresión en él, ni siquiera la primera vez que se enfrentaron.
El hombre corrió directamente contra la ex almirante apuntando su rifle de batalla, comenzando a disparar nada más la tuvo frente al cañón.
Serin reaccionó de inmediato saltando y cubriéndose. Lo mismo hizo su hijo, quien preparó su propia arma y. antes de que su «padre» llegara hasta ellos, salió de su escondite y le disparó repetidamente con la intención o mejor dicho, esperanza de bajar los escudos de la armadura y poder darle el tipo de gracia.
Pero la velocidad del Spartan era demasiada y su resistencia también, por lo que no vio otra alternativa que enfrentarlo nuevamente cara a cara. Aunque su desventaja se veían ampliada por usar John su armadura. Era eso, o su madre moriría en manos de aquel hombre.
Cortana, como pudo, sin soltar a su hija, se quitó el casco para verla directamente. Lo lanzó lejos, hacia el interior de la nave.
―¡Miranda! ¡Hija! ¡respóndeme! ¡Abre tus ojos, amor!
Pero Miranda no respondió.
Catherine y los amigos de la adolescente se acercaron para ayudar.
―¡Hay que llevarla adentro! ―ordenó la doctora, quien, pese a la impresión, supo actuar con rapidez.
Los muchachos la retiraron de los brazos de Cortana y la llevaron al interior de la nave, justo al centro de la misma, donde había suministros médicos.
Cortana permaneció unos segundos más en el lugar, recordando lo que había sucedido hacía unos pocos momentos. Una ira irracional comenzó a invadirla.
Serin había llegado demasiado lejos, y ya era hora de ponerle un fin a eso. Se levantó y sin tomar ningún arma, se lanzó en una carrera desbocada sin importarle sus propias heridas, su objetivo era el cuello de Serin Osman; no había nada más en su mente que romperle el cuello a quien se había atrevido a matar a su hija.
Usando su fuerza sobrehumana y apoyada por la armadura potenciada, movió el vehículo tras el cual, la ex almirante se había cubierto de los disparos hechos por John.
―¡ELLA ERA INOCENTE! ―le gritó. La ira era patente en sus palabras― ¡Ella jamás te hizo nada!
Sin darle tiempo a la otra mujer, la tomó del cuello y comenzó a estrangularla.
John, el hijo de Serin, al percatarse de lo que sucedía, dejó la pelea con su padre y se lanzó contra la madre iracunda para separarla de la suya, pero sus fuerzas no eran suficientes para aquello, mucho menos porque se enfrentaba a una madre furiosa enfundada en una armadura que aumentaba sus encolerizadas fuerzas.
El padre de Miranda reaccionó a aquello y tomó al hombre más joven separándolo de su mujer. Sin decir nada, lo golpeó en el rostro con todas sus fuerzas, poco le importaba lo que Serin le había dicho, poco le importaba que él fuera su hijo o lo que fuera que Serin dijera que era, se habían atrevido a asesinar a su Miranda y eso era más de lo que había llegado a tolerar.
El John más joven cayó al suelo después de volar varios metros. Al tocar tierra, su rostro era una especie de masa sanguinolenta, imposible de reconocer.
Serin se percató de aquello y con todas sus fuerzas intentó liberarse del agarre que Cortana ejercía sobre ella, pero era inútil, la fuerza de la otra mujer era aumentada por la armadura.
Fue solo cuestión de segundos para que el cuello de la ex almirante comenzara a sucumbir. Mientras la vida la abandonaba, ante sus ojos se presentó su propia imagen de niña:
―Te dije que terminarías destruida ―dijo con pesar la pequeña― Te dije que los dejaras en paz. Ahora solo tienes por delante la muerte en manos de quien intentaste matar. Es una pena que jamás hayas reconocido tus errores y que por ello, tu hijo amado también haya muerto. Has sido tan egoísta que destruiste también a quien siempre te amó sin condiciones. Ahora, sólo despídete de tu vida, ya que no te queda nada más.
Con sus últimas fuerzas, Serin estiró su brazo izquierdo hacia donde permanecía el cuerpo inerte de su hijo. Muy tarde comprendió que jamás debió hacer lo que hizo, persiguiendo el amor de un hombre que jamás la amaría.
Cortana finalmente terminó de hacer presión, el sonido de vértebras colapsando llegó hasta sus oído confirmándole que la vida había abandonado el cuerpo de Serin. Pero no dejó de presionar, sus manos no podían soltarse, estaban paralizados en esa posición tratando de arrancarle la cabeza a la asesina de su hija.
John llegó hasta ella y tomó sus manos tratando de relajar los músculos de su mujer.
―Déjala, Cortana ―dijo John con voz suave, aunque sin dejar su habitual frialdad―. Ya está muerta.
Poco a poco, la fuerza del hombre se impuso a la de la mujer logrando que esta soltara el cuerpo sin vida de la ex almirante.
Por fin, todo había terminado, pero no como ellos esperaban.
»Vámonos de aquí ―le dijo John.
La pareja abordó la nave, la cual de inmediato despegó y aceleró con rumbo al exterior del planeta justo a tiempo, pues un enorme contingente de fuerzas enemigas se dirigía hacia ellos en ese mismo momento con armamento pesado.
En el interior, John y Cortana, conscientes del estado de su hija, inmediatamente corrieron hacia donde Catherine había ordenado que Miranda fuera llevada. Cuando estuvieron junto a ella, Cortana fue la primera en hablar.
―¿Cómo está?
Catherine se movía a todo lo que su cuerpo y los nervios le permitían, tratando de parar la hemorragia de su sobrina. Cuando por fin detuvo el sangrado, auscultó su cuello. Luego de unos segundos, su voz sonó angustiada:
―¡No tiene pulso!
Notas del autor:
Nada que decir. Nos leemos luego.
