Se hizo esperar pero al fin pude publicarlo. Solo voy a hacer un comentario, y es que- por si no lo notaron- que cambié mi nickname de SharinPattinson a SharinGrey.

Solo eso, disfruten del epílogo.

Los personajes son obra maestra de la

sensacional Stephenie Meyer.

Lo demás es un producto de mi

para nada sana mente.

Epílogo

You Shouldn't Play With Fire

El dolor punzante que la había estado molestando a lo largo del día la despertó. Esta vez había sido más fuerte. No le había dicho nada al cobrizo para no alarmarlo y que este exagerara (como de costumbre) – seguramente no es nada, se dijo a sí misma. Últimamente al estar cerca de la fecha probable del parto, estaba protector en exceso con la joven, y apenas la dejaba moverse.

Una punzada más fuerte que las anteriores atravesó el cuerpo de la castaña, que apretó sus dientes para no emitir ningún ruido que alarmara su esposo. Se levantó de la cama matrimonial y se dirigió hacia el baño para humedecerse el rostro.

No debe ser nada, Bella. Aún faltan dos semanas. De seguro es normal. Intentó tranquilizarse para que el miedo no la poseyera. Respira, no es nad… el pensamiento quedó a mitad de camino al sentir un líquido deslizarse por sus piernas.

—Mierda, — siseó. Su cuerpo comenzó a temblar y estaba a punto de ponerse a sollozar. — Mierda, mierda, mierda, — repitió. — No debo perder la cabeza, — habló consigo misma. — Debo decirle a Edward.

Inhaló de manera profunda y como pudo puso en funcionamiento sus pies. Sus pasos eran temblorosos al igual que su respiración. Estaba asustada como el infierno.

—Edward, — susurró sacudiendo uno de los hombros de su esposo. — Edward, maldición, despierta. — Gruño al no obtener respuesta alguna. — ¡Edward, despierta! — gritó exasperada al borde de las lágrimas.

— ¿Qué? ¿Qué sucede? — preguntó sobresaltado.

—El bebé, — fue todo lo que logró decir con voz quebrada antes de sostenerse su vientre y su rostro se distorsionó de dolor a causa de una nueva contracción.

El catedrático abrió desmesuradamente sus ojos cuando su adormecido cerebro logró procesar lo que su esposa estaba intentando decirle.

—¡Carajo! — Siseó levantándose como impulsado por un resorte.

Su hijo estaba en camino y él no tenía ni la más mínima idea de cómo reaccionar a pesar de que, luego de su insistente pedido a Isabella de asistir a clases de preparto y la reticente afirmativa de la castaña, habían ido a algunas donde fue instruido sobre cómo debía actuar.

Salió de la cama y comenzó a vestirse tan rápido como pudo para luego dejar la habitación en segundos para volver a entrar al siguiente completamente desorientado. Isabella lo observaba incrédula con unas enormes ganas de golpearlo.

— Yo… ¿qué se supone que debo hacer? — preguntó dejando atónita a su esposa. ¿Cómo que "qué mierda debo hacer"? deseó gritarle, pero una nueva contracción se lo impidió. La mueca que la castaña hizo y el jadeo que salió de su boca sirvieron para despejar por completo la bruma que envolvía la mente del cobrizo. — ¡Lo siento, lo siento! Te ayudaré a prepararte —Se apresuró a decir.

.

.

.

¡Juro que no me volverás a tocar jamás!

Te quiero lejos de mí, Masen.

La próxima vez que intentes ponerme un dedo encima voy a matarte.

¿Por qué tuve que haberte conocido?

¡Estás en la cima de mi lista negra, Masen!

¡Ni sueñes con acercarte a mí nuevamente!

¡Te odio, quiero el divorcio!

Esas y cosas peores había escuchado en el transcurso de la noche. Edward sabía que Isabella no las decía con intención y no se dejaba afectar por sus palabras pero el verla sufrir sin poder hacer nada provocaba que se sintiese tremendamente culpable e inservible. No podía hacer más que permanecer a su lado, sosteniendo su mano y soportando la increíble fuerza que la joven ejercía sobre la suya cada vez que su vientre se contraía.

Charlie intentaba reprimir una sonrisa ante la situación que se desarrollaba ante sus ojos. Lo hacía sabiendo que Renée lo mataría como le había advertido horas antes que si se mofaba de su yerno tendría consecuencia y porque sentía un poco de empatía, sabía lo que era estar en esa situación. Por otro lado, trataba de centrarse en la desesperación del cobrizo para no pensar en lo mal que su pequeña niña lo estaba pasando.

La joven llevaba casi 10 horas de trabajo de parto y su humor no era el mejor, por eso, suspiró de alivio cuando su obstetra le informó que ya era hora de traer a su pequeño al mundo.

.

.

El cansancio amenazaba con vencerla pero sabía que debía de hacer un último esfuerzo para que todo terminara y al fin poder tener a su bebé entre sus brazos.

Un jadeo por parte de la joven fue seguido del sonido más hermoso que el Profesor Masen había escuchado en su vida. El fuerte llanto llenó la habitación.

A penas fueron capaces de oír a la Dra. Denali informarles que se trataba de una niña, para ellos no había más sonido que los sollozos de la recién nacida.

Les fue imposible contener las lágrimas que pugnaron por salir de sus ojos al posar por primera vez sus ojos en aquella nueva personita. El amor que sintieron era indescriptible, no tenían con qué compararlo, una sensación nueva por completo.

Isabella no podía creer que finalmente tenía a su bebé en sus brazos.

— Es hermosa, perfecta. Gracias, Bella. — Susurró el cobrizo apoyando su frente en la mejilla de la joven. —Te amo.

—No la hice sola, — respondió con una sonrisa. — También te amo, Edward…

—Odio interrumpir pero, necesito registrar cómo van a llamarla, — pidió una enfermera apenada por molestarlos.

Edward inquirió a la castaña con la mirada y esta asintió con una sonrisa recordando el acuerdo al que habían llegado. Éste igualando el gesto de su esposa, se giró hacia la muchacha y respondió su pregunta…

.

.

.

—No puedo creer que ya esté aquí, parece surreal. — Comentó Isabella aún sin poder dejar de mirar y acariciar a su hija.

—Lo sé, es difícil de creer. — estuvo de acuerdo, no en mejor estado que la primera. Podía asegurar que esa pequeña iba a hacer lo que quisiese con él.

Nada ni nadie podría sacarles la felicidad que tenían en ese momento, ni siquiera el apenas haber descansado la noche anterior logró que borraran las tontas sonrisas de sus rostros.

—Hacemos bebés malditamente lindos, — bromeó la castaña.

—Definitivamente, — concordó con una risa. —Es una lástima que no me dejes volver a tocarte, — continuó con falso tono de pesar.

— ¿Qué? — inquirió perpleja, despegando por un segundo la mirada de la pequeña Elizabeth para posar sus ojos desconcertados en su esposo. — ¿A qué te refieres?

—Has dicho, no, jurado alrededor de mil veces en el día que no volverías a dejar que te tocara. Entre otras cosas no muy agradables.

Sabes que no hablaba enserio, Edward. — apuntó rodando los ojos.

—Lo sé, cariño.

La familia había, al menos procurado, dejarlos solos para disfrutar de su primer hija por lo que restaba del día. Pero al día siguiente no se hicieron esperar. El matrimonio compartió una mirada de resignación al oír un golpeteo en la puerta. Amaban a su familia pero en ese momento no anhelaban más que pasar tiempo juntos solo con su bebé.

.

.

.

Dos años después…

Se encontraba recostada sobre una manta en el patio trasero de su hogar viendo con deleite como Edward jugaba con la pequeña Elizabeth. Había resultado ser mil veces mejor padre de lo que pensó alguna vez. Y muy comprensivo las primeras semanas luego del nacimiento de la niña cuando el humor de Isabella no era el mejor.

El cobrizo dirigió la mirada hacia la joven y sonrió con ternura al notar el abatimiento en sus ojos. Todo el tiempo estaba cansada. Seguramente la falta de sueño a causa de sus estudios le pasaba factura pero había valido la pena, con el apoyo de su esposo logró concluir su carrera. Ahora contaba con todo el tiempo del mundo para poder disfrutar de su pequeña.

— ¿Estás bien? — inquirió acercándose hacia ella, quien se encogió de hombros. —Deberías dormir, — sugirió sentándose a su lado, atrayéndola hacia sí.

La castaña se acomodó en los brazos de su pareja y suspiró complacida en su lugar favorito en el mundo.

—De todas formas no se va a pasar, — dijo entre dientes, sin quitar la mirada de su pequeña. Era la viva imagen de Edward, excepto por el cabello ondulado.

— ¿A qué te refieres? — inquirió.

—Es normal en mi estado, — susurró, ahora observándolo a la espera de su reacción.

— ¿Tú…? — intentó preguntar, la esperanza evidente en sus ojos. La joven asintió con una enorme sonrisa.

—Sorpresa, — musitó.

Bueno, gracias por haberme acompañado hasta este punto. Por haber leído, comentado y esperado mis actualizaciones. Esto es todo para el Profe Masen. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo. ¡Nos leemos algún día!

Sharin Grey.