PASIÓN Y ODIO
CAPITULO # 11
Por. Tatita Andrew
Se casaría con Cornwell, o mejor dicho, con Archie, como él le había pedido que le llamara, igual que él la llamaba Candy. Quizá no lo amara, pero el amor tampoco era un requisito indispensable para un buen matrimonio. Aunque él no le provocara la pasión arrebatadora que Albert conseguía despertar en ella con un solo roce, esa clase de pasión tampoco era algo en lo que fundamentar un compromiso para toda la vida.
Archie era un hombre amable, divertido, guapo y constante que la cuidaría; era rico y de buena cuna y podría darle una buena vida. Y, lo más importante, la respetaba. No quería ni pensar cómo se lo tomaría si alguna vez llegaba a averiguar quién era ella en realidad. ¿Debería decírselo? Todos sus instintos le gritaban que no, excepto uno, el del juego limpio. Y ése lo apestaba con total determinación. ¿Se lo contaría Albert? Ésa era una cuestión muy distinta. Tal vez lo hiciera, pero entonces él, al igual que su madre y Eliza, tendrían que seguir callando ante la sociedad, porque no querrían que nadie se enterara cual era su procedencia.
Albert se había marchado a primera hora de la mañana siguiente a su discusión, donde unos asuntos urgentes requerían su presencia. Según su fiel mayordomo, el señor había salido de la casa en un estado de furia contenida. Al oír que se había ido, ella por su lado se sintió aliviada y extrañamente decepcionada al mismo tiempo. «Cobarde», pensó para sus adentros. Escapaba de nuevo, igual que había hecho cuando su proximidad después de haber hecho el amor en la biblioteca de Lakewood lo había asustado. Empezaba a sospechar que ése era su modo de evitar tener que enfrentarse a sus emociones; simplemente huía de ellas. Al parecer, la fría despedida de ella del día anterior había tenido algún efecto sobre él. Al menos, eso esperaba. La había hecho amarlo durante aquellos meses, a ella que estaba incluso más hambrienta de afecto que de comida. El monarca había sido como un gran rayo de sol que ilumino su vida, y su mundo con un calor y una intensidad que le habían llegado al alma. Y él también lo había sentido, Candy estaba segura. Y eso le había asustado y había hecho que volviera a protegerse tras su escudo de hielo. Pero algún día tendría que dejar de huir y se enfrentaría a sí mismo. Aunque puede que, para entonces, ya fuera demasiado tarde para recuperar lo perdido. Ella lo había amado, lo había amado de verdad, pero no era tan tonta como para pasarse la vida deseando a un hombre que bajo el cariño, la pasión y la amistad, la despreciaba. Ser su amante hasta que él se hartara de ella la mataría, y conseguir que se casara con ella era tan probable como que hallar la luz del sol a media noche. Lo veía con claridad. Para él, ella siempre sería una pordiosera de la calle y él un orgulloso monarca. Albert se había marchado llevándose consigo una única maleta, lo que indicaba que no tardaría mucho más de una semana en regresar. Pero, claro, también se había llevado sólo una maleta con él cuando habían ido a Lakewoo y luego se había quedado meses allí. Pero aquellas circunstancias no habían sido las habituales. Ella esperaba volver a verle en en dos semanas como mucho. Lo que tampoco le dejaba demasiado tiempo para decidir qué hacer. Al parecer, el rubio estaba tan convencido de que ella le obedecería ciegamente que no había considerado la posibilidad de que no rompiera su compromiso con Archie.
Pero sus deseos ya no eran órdenes para ella, así que se casaría con Archie, aunque sólo fuera por fastidiarle. ¡Cómo odiaría verla convertida en una dama de alcurnia y siendo la esposa de otro hombre! Ojalá le fastidiara muchísimo. Quería que así fuera. Deseaba que se retorciera de rabia cada vez que pensara en ello.
Pero las cosas no le estaban saliendo como ella pensaba. Sabía que si esperaba demasiado Albert regresaría y le confesaría la verdad a Archie, sobre ¿Quién era ella? Y sobre el hecho de que eran amantes, y estaba segura que por muy galante y caballero que fuera no iba a casarse con una mujer que no sea de la misma clase social.
De pronto se le había ocurrido la grandiosa idea de casarse rápidamente durante el tiempo que el rubio estuviera fuera, era el plan perfecto, ya que aunque le contará a Archie toda la verdad estos ya estarían casados, y el por miedo a la crítica no diría nada, la cuestión es ¿Cómo lo convencía? En cada una de sus salidas ella sacaba a colación los deseos de casarse rápidamente, pero este decía que debían esperar por lo menos varios meses para tener todo listo, tanta era su insistencia que el pobre muchacho ya se estaba empezando a molestar. Debía buscar una razón de peso que hiciera que Archie desee casarse prontamente. Tal vez si ella…. Y de pronto sonrió aquella noche iban a salir al teatro en parejas ella con Archie y Eliza con Tom un nuevo pretendiente. Y allí aprovecharía para engatusarlo para que se casaran lo más pronto posible.
El espectáculo parecía durar una eternidad, porque Candy estaba ansiosa por llevarlo algún lugar donde pudiera hablarle. Al final, fue incapaz de esperar más. La cantante seguía y seguía sin parar. Así que ya no pudo esperar más.
-Tengo que salir me duele un poco la cabeza.
Al instante, él, solícito, se ofreció a llevarla a casa y ella sonrió agradeciéndoselo. Habló un minuto con Eliza, que asintió y no pareció ver ningún problema en que Candy fuera sola por la noche en un coche cerrado con un hombre que no era un pariente cercano, algo que los más quisquillosos de la alta sociedad consideraban un comportamiento rechazable. Pero Candy sabía que a caballo regalado no se le mira el diente, y permitió que Archie la condujera fuera del palco.
Recién habían pedido que les trajeran el carruaje cuando Archie siendo un hombre honesto se empezó a cuestionar la decisión.
-Quizá deberíamos haber pedido a la Señorita Eliza que nos acompañara. Sé que no te gustaría que nada pareciera inapropiado, querida Candy, y no estaría bien que saliéramos solos del teatro. Aunque quizá no se te haya ocurrido pensarlo…, ¡eres tan inocente e ingenua! Creo que es mi responsabilidad tomar en consideración las consecuencias que podría tener para ambos.
-Querido Archie. No puede estar bien molestar a Eliza y su amigo. Están disfrutando de la obra, y yo me sentiría muy mal si se perdieran el final por mi culpa. Y, después de todo, mi casa sólo está a quince minutos de aquí.
-Aun así, puede que haya gente que se fije que esto es impropio. Aún no estamos prometidos oficialmente, sabes, y no quiero que nadie diga que nos casamos porque… porque no nos queda más remedio. Sí, cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que no debimos venirnos.
Candy se veía muy hermosa aquella noche. ¿Pero de que le servía? No le había importado ni los halagos de Archie, ni tampoco lo de sus amigos y menos los de las personas en el teatro presente, el único que le importaba era Albert y saber eso lo hacía odiarlo aún más. ¿Por qué no podía amarla del mismo modo? Y lo recto que era Archie ya la estaba cansando.
-Voy a enviar una nota para…
Y Candy ya no pudo contener su irritación.
-No seas tonto, Archie y se dio cuenta que este abría mucho los ojos ante ese insulto, ella sonrió rápidamente y le puso la mano en el brazo. Después de todo, no quería que se enfadase. Lo siento, lo he dicho sin pensar. Pero verás, no tienes que enviar a alguien a buscar a Eliza. Lo cierto es que no me duele la cabeza, sólo lo he dicho como excusa. La verdad es quería hablar contigo a solas. Tengo que decirte algo muy importante, y debo decírtelo ya. Tenía la esperanza de poder ocultarte la verdad, pero no puedo engañarte. Así que ¿me lo permitirás?
-¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme? Preguntó una vez que estuvieron dentro del carruaje.
-A, me entristece tener que decirte esto, pero creo que debo hacerlo . Existe un impedimento para nuestro matrimonio que desconoces. Me temo que a no ser que nos casemos en secreto en los próximos días, nos apartarán para siempre. Eso estaba muy bien; Candy se felicitó. En secreto, por ser tan buena actriz. Y dado lo que ambos hombres sentían entre sí, no tendría razón para dudar de la historia que iba a contarle, que además, se dijo a sí misma, era cierta en parte.
-¿Qué clase de impedimento?
-Odio tener que decir esto. Lo cierto es que esperaba no tener que hacerlo.
Pero le he estado dando vueltas y vueltas, y no se me ha ocurrido otra solución., tienes que decirme qué debo hacer! Albert, nunca me permitirá que me case contigo. Me quiere para sí.
-¿El monarca desea casarse contigo?
-Me temo que es peor, mucho peor que eso dijo con tristeza, en una voz tan débil que sugería que casi no podía hablar. Me avergüenza decírtelo, pero me dejó muy claro, muy claro, que no… no me estaba ofreciendo matrimonio.
-Ese cab…, perdona, Candy. ¿Ese canalla ha tenido la desvergüenza de quererte
convertir en su concubina? Ella le lanzó una breve mirada, y tuvo que reprimir una sonrisa de pura satisfacción. Su confesión estaba teniendo el efecto que había esperado. -Estoy tan avergonzada
-Oh, querida repuso él en una voz totalmente diferente, mientras le cogía la mano. Y ella le permitió que se la cubriera con las suyas, más grandes y cálidas, e incluso la movió para que sus dedos colgaran de los de él como buscando apoyo. Tú no tienes de qué avergonzarte. Es Andrew quien debería hacerlo. Durante años, se ha murmurado sobre su depravación entre la alta sociedad, incluso antes de que se extendiera el rumor de que había matado a su esposa. Pero ¡qué te haya insultado de tal manera! Tendrá que responder ante mí por eso. Lo dijo con tal fiera determinación que Candy, que no se había planteado tal posibilidad, ahogó un grito. No quería que pelearan y estaba segura, que el monarca hasta sería capaz de aceptar un duelo sin fundamento. A él tampoco le gustaba Archie. Y seguramente podría matar a Archie
-¡No, no, no debes hacerlo! dijo con una convicción nacida de un auténtico terror
- ¡Sólo piensa en cómo mancharía eso mi reputación! Porque no podría
haber otra razón para que tú te batieras con mi guardián, y todo el mundo lo sabría. Además, ¡podría matarte!
-Lo que debemos hacer…, porque he estado pensando en ello, claro, durante
muchas noches en vela, es casarnos tan pronto como sea posible. No tiene por qué ser una cosa hecha a lo loco. ¿No existe algo como una licencia especial? Podríamos casarnos aquí mismo, de una forma perfectamente correcta, antes de que el Monarca regresase a la ciudad. Luego… luego ya no tendría ningún poder sobre mí, y no podría
Deshacer lo hecho.
Archie permaneció en silencio durante un buen rato, acariciándole como distraído la suave piel del dorso de la mano. Candy se lo permitió, aunque la irritaba. ¡Hubiera hecho cualquier cosa para persuadirle de que ella tenía razón!
-Puede que tengas razón. Tendré que pensarlo dijo él lentamente mientras el carruaje se detenía ante la casa. Si me lo permites, te visitaré mañana para hacerte saber lo que haya decidido. Tal falta de respuesta definitiva no le sentó nada bien, pero no podía hacer más que sonreír con debilidad mientras él le besaba la mano y el lacayo abría la puerta.
Dos días después, por la tarde, Candy se estaba preparando para otro baile en sociedad. Era uno de los mayores acontecimientos de la temporada, al que asistía cualquiera que fuese alguien. Por todo la ciudad elegantes damas se estaban adornando con sus mejores vestidos de fiesta y sacando sus joyas más preciadas. Todo el mundo estaba entusiasmado. Candy se encontraba en su dormitorio, sin prestar atención a sus comodidades mientras permanecía sentada frente al espejo, observando cómo Dorothy la peinaba. Eliza, que la había tratado como a una amiga del alma desde que le había confesado que estaba prometida a Archie. Su doncella había hecho un gran trabajo recogiéndole el cabello en un complicado moño alto, del que había hecho descender unos finos tirabuzones para enmarcarle el rostro.
Luego Candy se colocó ante el espejo de cuerpo entero que se encontraba en el rincón de la habitación y miró su reflejo mientras la doncella le abrochaba las docenas de botoncitos que cerraban el vestido por la espalda. Candy acabó con los botones y dio un paso atrás. Echó una larga mirada al reflejo de su señora en el espejo y suspiró meneando la cabeza.
-Sin duda parece salida de un cuadro, señorita Candy. Va a ser la dama más bonita de todo el baile.
-Muchas gracias, Dorothy repuso ella, sonriente, con auténtico afecto. La doncella la había ayudado en algunos de los días más difíciles de su vida, así que la consideraba una amiga. Nunca, ni de palabra ni de obra, la había tratado como si fuera menos que una dama, aunque ella conocía mejor que nadie el arduo proceso que la había convertido en la dama elegante que se hallaba ante ella esa noche.
-De nada, señorita Candy. le devolvió la sonrisa, y su rostro redondo se iluminó.
Justo entonces, llamaron a la puerta.
—El Sr Archie está abajo, señorita Candy . Luego se oyeron pasos apresurados, que seguramente iban a informar a Eliza y a la Monarca.
Eran casi las diez y el baile había empezado a las nueve y media. Por supuesto, a nadie que fuera alguien se le ocurriría llegar puntual, pero tampoco era de buena educación llegar demasiado tarde
Archie sería su esposo dentro de tres días, para ser exactos, y la formalidad era una cualidad excelente en un marido. Si le decía qué hacer como cuando la había llevado a pasear en el carruaje, la tarde después de su visita al teatro y le había dicho que se casarían en su casa de Londres en cuatro días, a pesar de que ella hubiera preferido que fueran menos, por temor a que Albert regresara y desbaratara su plan, sería mejor que se fuera acostumbrando.
El esposo tenía el poder absoluto sobre la vida de su esposa y era el precio que tendría que pagar por ser la suya, con todo lo que eso implicaba, era el de ser propiedad de Archie. Todo indicaba que era amable y generoso y Candy no temía que la tratara mal. Así que, sin duda, aguantar sus modales, a veces tan presumidos, no debería resultarle muy difícil. Si pudiera dejar de comparar su deliberada consideración en todo con la confianza y el descuido con que podía comportarse con Albert… No quería compararlo con el monarca.
Y no lo haría. A Archie se le veía muy distinguido, con un elegante traje negro. Resultaba evidente que era un caballero con influencia, y ella debería estar orgullosa de él.
-Estás muy elegante, Archie dijo ella, animada, desde la escalera. El castaño alzó la vista mientras ella descendía, con las doradas faldas rodeándole los pies. Él abrió los ojos al verla para, acto seguido, esbozar una de sus sonrisas lentas y amables.
-Y tú estás deslumbrante respondió él, recorriéndola con la mirada. Parecía que quería decir algo más, pero entonces su mirada fue más allá de ella y su sonrisa se volvió simplemente educada.
-Usted también está encantadora, señorita Eliza . Al igual que usted, como siempre, señora Andrew. Candy llegó al final de la escalera y miró hacia arriba para ver a la madre de Albert, las dos tan elegantes como ellas mismas. La condesa sonrió con frialdad a Archie, a quien aprobaba, mientras que su mirada pasó sobre Candy con una malicia que casi ni se molestó en ocultar. Candy no había olvidado la amenaza de la madre acerca de que se arrepentiría por haber hablado en defensa de Albert, y esa mirada la hizo estremecerse.
El momento pasó en seguida. Luego salieron todos hacia el baile. Después de abrirse paso por las calles, que estaban plagadas de carruajes a lo largo de todo el camino hasta la casa donde sería el baile, ella y todos sus compañeros llegaron a una buena hora.
Al ir saludando a todos los presentes, no pudo dejar de notar las mirada que todos ponían en especial sobre ella.
Los rumores sobre su compromiso con un Cornwell habían estado volando de aquí para allá entre la gente de alcurnia durante los últimos días; Candy sospechaba que tendría que agradecer a Eliza el que se hubiera ido de la lengua. El efecto de esos rumores le resultaba tan beneficioso que no podía lamentar que aquello hubiera dejado de ser un secreto.
La esposa de un hombre tan influyente como Archie sería alguien con quien habría que contar en sociedad, y esas damas estaban preparadas para acogerla en su seno. Una vez hubiera tenido lugar la boda, entraría a formar parte de la crema y nata de la sociedad. El salón de baile era largo y estrecho y en él hacía mucho calor, aunque los altos ventanales del fondo estaban abiertos de par en par hacia la terraza.
La orquesta ya estaba en su sitio y los acordes de una animada melodía llenaban el aire. Las parejas saltaban alegremente al ritmo de la música en el centro del salón, riendo y llamándose unos a otros, ya que los movimientos de la danza les impedían mantener conversaciones privadas. No era correcto que un caballero que no fuera el propio marido o prometido bailara más de dos veces con la misma dama en una noche, pero aun así, las más populares siempre estaban rodeadas de caballeros mientras que las que no tenían éxito languidecían. Cuando los caballeros que solían cortejar a Candy notaron su llegada, la rodearon de inmediato. Archie frunció un poco el ceño ante todos los cumplidos que aquéllos le regalaron mientras bromeaban con amabilidad sobre su carnet de baile, pero como él no era oficialmente su prometido, poco podía hacer excepto apuntar su nombre para el máximo de dos bailes y para la cena. Como su primer baile con ella no le tocaba hasta justo después de la cena, que se servía a medianoche, se vio obligado a cederla a un chico apuesto llamado Stear, que se había apuntado para el primero. Ella le sonrió a modo de disculpa, mientras el delgado joven se la llevaba, y fue recompensada con una sonrisa reacia.
Archie, al parecer, no era de los que se mostraban celosos de manera abierta. La joven bailó todas las piezas, riendo y coqueteando con sus parejas y saludando a las damas con las que había llegado a entablar una amistad. Eliza pasó más tiempo del debido en brazos de Tom. ella tenía la esperanza de que de ahí surgiera un romance. La sra. Andrew nunca bailaba. Parecía un témpano en medio de una sala llena de flores de primavera. Ella notó cómo la miraba con sus fríos ojos azules una o dos veces, pero pasó por alto el escalofrío que le produjeron. No estaba dispuesta a permitir que aquella horrible mujer la intimidara.
La cena fue maravillosa, y ella. Pero después de la cena y de otro par de bailes, el cabello comenzó a soltársele de las horquillas y los pies empezaron a dolerle. La conversación de sus parejas empezó a parecerle insulsa, y cuando otro caballero le pisó uno de los volantes de la falda y se lo rompió, la magia de la noche desapareció por completo.
Tuvo que retirarse a una recamara y sujetarse el volante con un alfiler. Cuando regresó al salón de baile, se quedó mirando durante un rato. Había perdido su carnet de baile en algún momento después de la cena, así que excepto por Archie, que se había pedido el último baile, no tenía ni idea de quiénes serían sus parejas durante el resto de la noche. Miró hacia un grupo de gente que charlaba y reía, y trató de adivinar quién la reclamaría para el siguiente baile.
Y en eso otro apuesto caballero de cabello negro y una sonrisa picara también se acercaba para invitarla a la pista del baile.
-Pensaba que se había marchado olvidando nuestro baile, señorita Candy —dijo él, sonriéndole mientras la cogía por el codo.
-Claro que no, señor repuso ella, que en ese momento tenía que fingir una animación que ya no le resultaba tan fácil como al principio de la velada. Empezaron a bailar al tiempo que charlaban de nimiedades mientras ella se concentraba en los movimientos de la música.
Le encantaba el vals, seguramente porque siempre le recordaba a Albert y a la vez en que él la había llevado bailando por toda la galería de Lakewood.
-Que diablos exclamó Grandchaster, con voz rara mientras miraba algo por encima de la cabeza de Candy.
Ésta dio la vuelta y vio que todo el mundo en el salón estaba haciendo lo mismo, uno a uno. Mientras las cabezas se volvían y los pasos fallaban, ella también estiró el cuello para ver qué estaba causando tal conmoción. Entonces lo vio y se quedó sin aliento. Era Albert.
Iba vestido de manera impecable, que moldeaba sus anchos hombros y sus largas y musculosas piernas, y que contrastaba de un modo espectacular con el reluciente color rubio de su cabello. Parecía estar totalmente cómodo y sentirse inmune al revuelo que estaba causando. Que Candy supiera, el monarca no había asistido a una fiesta desde la muerte de su esposa, y dudaba de que lo hubieran invitado a aquélla. Era un relegado social y la gente, sobre todo las damas, se apartaban de él mientras pasaba entre ellas. Pero si notó los silenciosos siseos, no dio muestra alguna de ello. Parecía distante y seguro, como si fuera el único en medio de una sala llena de campesinos.
Su aire de fría altivez combinado con su aspecto deslumbrante lograron que a ella se le acelerara el corazón y se olvidara completamente de cualquier otro hombre allí presente, al tiempo que lo separaban del resto tanto como el silencioso retroceso de la gente. Ella vio que su madre se sentaba un poco más derecha al darse cuenta de que su hijo estaba allí y del tratamiento que estaba recibiendo, pero aparte de eso no dio señal alguna de ni tan siquiera conocerlo. Él permaneció solo en el extremo de la pista de baile durante un rato, observando a las parejas que giraban con torpeza. Entonces vio a Candy. Y ella vio esos ojos azules clavarse en ella, y de repente, sintió
una gran alegría de que estuviera allí, a pesar de todo… Le sonrió radiante, desafiando las miradas escandalizadas de los curiosos y la súbita y exagerada inspiración de su pareja de baile.
El monarca vio esa sonrisa y se quedó mirándola durante un buen rato, sus ojos azules ardiendo hacia los verdes de ella con una intensidad que cortaba el aire, pesado y silencioso, que había caído sobre la cargada sala. Comenzó a caminar hacia ella, mientras los ocupantes de la pista de baile se apartaban.
Ella lo observó acercarse, y el corazón le llenó el pecho.
Deseaba verle, oh, sí, claro que sí…
-Discúlpeme, pero creo que éste es mi baile dijo Albert con cortesía a su pareja al llegar junto a él. Y esté parecía indignado, así que agarró a Candycon más fuerza, pero ella se soltó de él con impaciencia. Sin ni siquiera mirarlo, dejó a Terry solo en la pista y se dejó llevar por los brazos de Albert.
Éste la miró fijamente, con una leve sonrisa en sus perfectos labios y los ojos brillantes. La guió girando hacia el montón de parejas que, al mismo tiempo, miraban y bailaban. Y, para Candy la noche recuperó su magia.
CONTINUARÁ…..
SALUDOS NENAS Y BUEN FIN DE SEMANA.
