¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA! A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S


Epílogo

Después de siete años la vida de Dennis era sencilla.

Dennis actualmente era un vampiro de veintiséis años con una vida feliz y alegre. Sin compromisos forzados que le agobiaran, sin un hombre lobo maníaco con delirios de poder que intentara destruirlo y sin lobos anticuados persiguiéndolo por la elección de su Zing. Sí; su vida era perfecta, y más ahora que sería padre de cuatro crías.

Sí, Dennis, el vampiro que tenía una ligera tendencia a tratar de matarse para salvar la situación, iba a ser padre.

Al principio, cuando se enteró, estuvo a punto de que la cabeza le explotara y el corazón se le saliera del pecho por la alegría de la noticia. Y cuando se lo dijeron a los demás, fue de la misma manera, solo que por poco los cachorros se quedaban sin padre. Drácula y Mavis tenían una sonrisa que les llegaba a sus orejas de vampiros, mientras que Jonathan tenía una sonrisa y asentía repetidas veces murmurando: «memorable», «perfecto», «excelente» y «abuelo».

De parte de Vlad y los demás residentes fue también felicitaciones y buenos deseos. Clarisse y Wilbur les sonreían con los pulgares arriba, solo que la sonrisa de la morena, además de alegre, tenía una pizca de picardía mientras levantaba repetidamente ambas cejas. Wally y Caroline también los felicitaron, pero la cosa se tornó… ejem, diferente, cuando se lo comunicaron a los Werewolfs.

Los hermanos de Winnie le daban palmadas amistosas en la espalda, lo felicitaban o asentían sonriendo, entendiéndolo; ya que ellos tenían sus propias familias por su lado. Sus suegros , sin embargo, fue cosa distinta; bueno, suegro. Wanda se llevó las patas a su lobuno rostro de la emoción y las lágrimas de alegría se cristalizaron en sus ojos mientras abrazaba con fuerza a su hija, en cambio, Wayne, veloz como una flecha, se había lanzado sobre Dennis renegando frases como «mi hija», «su inocencia», pero, luego de que Wanda le diera una «sana» charla, el lobo también se mostró alegre.

Por ilógico o incluso cómico que le parecía al vampiro, sus padres decidieron que era el momento de darle «la charla». Dennis al principio pensó que debería de ser una broma, pero la conversación no se fue por ese rumbo, sino por el cómo ayudarlo a atender a unos recién nacidos. Unas especies de tips para que no se hiciera un nudo durante el momento de atender a los pequeños.

Casi seis meses pasaron desde la hermosa y maravillosa noticia, y la emoción no cabía en el vampiro, así como el enorme, enorme agotamiento que tenía sobre sus hombros. Cuando por fin de meses de tener un horario descontrolado, su cuerpo se había adaptado a un ciclo nocturno, dormir de día y estar al tanto de las actividades del hotel de noche, ya que él hacía de supervisor general del hotel. Uno de los plus de que su abuelo sea el dueño del mismo. Pero Winnie tenía antojos cada dos por tres, sin importar el momento o la hora.

Eran las tres de la mañana, y su turno estaba en su apogeo, había pasado por las diversas actividades que el hotel ofrecía, revisando que todo fuera de maravilla. Wally había tomado el puesto que tenía su padre cuando este trabajaba en el hotel, de instructor de tenis. Clarisse, increíblemente, daba clases de defensa personal, aunque Dennis se preguntaba de qué les serviría eso a los monstruos; y Wilbur hacía de bartender.

Todo iba bien.

Dennis terminó su ronda y se sentó en un banquillo de la barra. Suspiró cansado.

—¿Sucede algo? —preguntó Wilbur, limpiando una copa.

—Nada —dijo. Dennis le hizo una seña para que le pusiera lo de siempre: Splendangre. Desde que había derrotado a Alexis en el puente y se recuperó de todas sus heridas, su cuerpo le seguía pidiendo sangre como resultado de las consecuencias de la píldora de esencia de Lilito—. Es solo que estoy cansado.

Wilbur rió, divertido.

—¿Aún no llevas lo de ser padre?

—No es eso —aclaró negando a la vez con la cabeza—, bueno, sí lo es, es que… —Se pasó una mano por la rizada cabellera—. Es agotador.

—Define agotador —dijo Clarisse, sentándose a su lado y dándole una palmada en la espalda, para luego mirar a Wilbur—. Ponme uno.

Wilbur asintió y le preparó la bebida a la morena.

—¿Desde cuándo bebes? —le preguntó Dennis; Clarisse se encogió de hombros. Dennis suspiró, los parpados le pesaban—. Es solo que no doy abasto.

—¿Los antojos? —preguntó ella.

Dennis bufó, sarcástico.

—Al principio todo era «Oh serás padre, felicidades», decían. «Ser padre es lo mejor del mundo», decían —dijo, colocado el brazo en la barra y apoyando su mejilla en su palma, sin dejar de ver a Clarisse—. Nadie me dijo lo que venía después. Winnie empezó con los antojos; primero eran normales, que si un helado, que si unas fresas, luego, mientras más pasaban los meses, más extraña se ponía: ¿un helado de eructo de huevo? No hay problema. ¿Un pastel de bilis de oveja con arañas salteadas? Claro, ¿por qué no?

—Yo lo veo normal —comentó Wilbur, colocándole el trago a Clarisse y señalándola con la cabeza—. Si supieras lo que ella pedía durante el segundo embarazo. Con el primero no pasé por eso porque Grendel tuvo que acelerarlos, pero con el segundo… —Wilbur se estremeció—. Me levantaba a todas horas por algo dulce, mayormente chocolate. No sé como los pequeños nacieron de carne y hueso, yo pensé que serían de chocolate. —Rió.

Dennis levantó los brazos, comprendiendo a la perfección al lobo, mientras Clarisse, a su lado, sonreía al ver a ambos.

—O sea, yo no digo que no tenga antojos —convino Dennis, con un asentimiento para darle más peso a sus palabras—, es normal porque son cuatro cachorros, por lo que me quejo es que ¿deben de ser en el día? ¿Cuándo estoy descansando de mi jornada? —Bufó—. Hoy como a las once de la mañana me despertó para que fuera a comprarle una pizza de doble queso a grito; no cualquiera, ¡no!, ella quería de las que estaban al otro extremo de la ciudad, las de Waleska-Hut.

Wilbur y Clarisse trataban de no reírse de su situación.

—No se rían —advirtió incorporándose, fulminándolos con la mirada y dibujándosele una sonrisa—. Bueno, sí, es gracioso, pero entiéndame. ¡Solo soy un vampiro! No soy de hierro.

—Dennis —preguntó la morena—, ¿no crees que cuatro son muchos?

Él puso los ojos en blanco.

—Lo dice la que tiene cinco hijos —se burló.

Clarisse tuvo un leve rubor.

—Pero fueron separados, no de un solo golpe.

—Siguen siendo cinco. —Se encogió de hombros.

—Bueno —dijo Clarisse, cambiando de tema, y lo miró pícara—. ¿Y cómo harás para alimentarlos?

Dennis ladeó el rostro, confundido.

—Pues con el biberón, ¿con qué más?

—Digo de la manera natural. —Clarisse alzó ambas las cejas sugestivamente—. Siempre he tenido curiosidad, ¿son como las humanas o como la de los lobos?

Oh. —Dennis alargó la expresión, sonrojándose al entender. El celular le vibró en el bolsillo, al verlo, notó que apareció una foto de Wally, colgó y se volvió hacia la morena—. ¿Qué preguntas son esas? —exclamó—. Es como si yo te preguntara sobre las tuyas, ¿cómo te sentirías?

—Son esponjositas —repuso ella encogiéndose de hombros, sin la menor pena.

—Lo certifico —le siguió Wilbur, sonriente. Se inclinó sobre la barra y le dio un beso a la morena. Dennis se quedó petrificado ante la actitud descarada de ambos; Wilbur vio su reacción y rió—. ¡Dennis, por favor! No tenemos quince años, no deberías apenarte.

—Ese no es el punto —replicó; el celular le volvió a vibrar y, nuevamente, era Wally. Colgó—. Yo no voy por ahí divulgando esos asuntos.

El tono del vampiro era entre divertido y enojado. El celular le volvió a vibrar, llamada del mismo hombre lobo. Wilbur lo miró intrigado.

—Deberías contestar —le sugirió, señalándole el móvil.

—Que va —declinó Dennis, haciendo un ademán con la mano—. De seguro no es nada importante.

—¿Y si lo es?

—Tranquilo, ya verás que no es nada. —Y dicho esto le dio un trago a su Splendangre.

—Cambiando de tema —intervino Clarisse—, ¿qué crees que sean?

—No estoy seguro —reconoció, dando otro sorbo—. Me gustaría que fueran licántropos, o vampiros, o vampiros lobos, o como los suyos; lobos humanescos. No lo sé. Solo quiero que lleguen pronto.

Los tres siguieron hablando sin reparo en nada, de vez en cuando Clarisse le lanzaba alguna pregunta furtiva con respecto al vampiro y la loba, pero Dennis lograba evadirlas. Especularon sobre el carácter de los pequeños: Dennis optó porque saldrían calmados gracias a sus genes tanto de vampiros como humanos; Clarisse, como siempre, optó por lo más extremo, pensando que los pequeños saldrían con el carácter de un lobo común.

—¿Cómo los de Wally? —inquirió Wilbur.

—Claro —asintió Clarisse—; sería entretenido tener a unos lobos vampíricos volando y transformándose por doquier.

—Ya veo por qué hicieron Zing —murmuró Dennis, con el trago en los labios—. Son iguales.

—¿Por qué?

—Wilbur antes era un tornado andante —respondió, colocando la sangre sintética en la barra; Wilbur se rascó la nuca, apenado—. Recuerdo que una vez en el cumpleaños de unos de sus hermanos mi mamá se emocionó y tumbó una piñata, todos los lobos se comieron los dulces y se desató un pequeño apocalipsis. —Rió al recordar ese momento—. Todo quedó reducido a escombros y pedazos. Hasta me tiraron un diente.

Wilbur espiró, recordando ese momento.

—Incluso pinchamos el colchón inflable.

Tanto Dennis como Wilbur rieron recordando los viejos tiempos. La puerta del salón se abrió con un estrépito y una pequeña manada de lobos infantes entró arrasando todo a su paso. Dientes, garras, aullidos y gruñidos inundaron la sala.

Una cifra que el vampiro pudo aproximar fueron unos veinte lobitos de pelaje marrón-verdoso, brazos, piernas y cabezas iban y venían en todas direcciones, unas propinando golpes y otras dando cachetadas. Dennis tuvo que agacharse para evitar que la cabeza de William le mordiera los rizos.

Detrás del huracán en potencia venían cinco pequeños: cuatro lobos y una semi-humana. Los mayores, Akela, Dennis y Wanda, de siete años, y los menores, Raksha y Dylan, de dos años.

—¡Niños! —sonrió Clarisse. Los cinco, al verla, fueron corriendo hacia ella, aunque con más calma que los lobosteins—. ¿Cómo les fue en la escuela?

—Bien. ¡A una rana la disecamos! Y después desmembramos a William —dijo Akela, el más alto de todos, sonriendo, los ojos miel le brillaban de emoción— Primero le separamos un brazo y luego las piernas.

—¿Enserio? Qué bien. —Clarisse se percató de que Wanda, la semi-humana tenía el ceño fruncido y desviaba la mirada—. ¿Qué sucede, cariño?

Wanda miró a Clarisse sin que se le fuera el ceño, Dennis se percató de que el parecido con la morena era sorprendente, era como verla en un espejo, solo que más pequeña, con garras y colmillos.

—Se peleo con otro, otra vez —comunicó Dennis pequeño, el lobo de ojos azules tenía una camiseta que le sacó una sonrisa al vampiro; al frente se leía «Breaking Benjamin, The Best».

Wilbur carraspeó, Dennis aún no procesaba que en lugar de ser Clarisse quien sea la firme de los dos, terminara siendo el lobo.

—Explícame eso, Wanda —requirió, muy serio.

La pequeña suspiró enojada.

—Fue porque un abusón estaba molestando a Raksha y Dylan —contestó a la defensiva—. Lo vi cuando los empujó y no podía dejarlo así.

Dennis se percató de que Clarisse estaba esbozando una pequeña sonrisa, mientras Wilbur parecía tratar a duras penas de mantenerse serio.

—¿Y qué pasó? —indagó Clarisse—. No le hiciste mucho, ¿verdad?

—¿Cómo que mucho? —le reclamó Wilbur a Clarisse—. Son niños, Clari, no pueden ir por ahí propinándoles golpes a los demás.

Dennis escupió la sangre de su bebida al oír aquello.

—¿Quién eres y qué hiciste con Wilbur? —bromeó.

Wilbur le lanzó una mirada furtiva y este se encogió de hombros, divertido. El lobo se volvió hacia la pequeña.

—Y bien, Wanda, ¿qué pasó? —preguntó con ambas manos en la cintura.

Ella cambió el peso de un pie a otro.

—Solo le di una patadita —respondió inocentemente, batiendo las pestañas.

Los menores, Raksha y Dylan, emocionados, levantaron las patas en el aire.

—Sangre… —dijo Raksha.

—No colmillos… —le siguió Dylan.

—Llorar mucho —dijeron ambos.

Wilbur miró a Wanda, entre sorprendido y aterrado. Por su parte, Clarisse tenía un brillo de orgullo en los ojos; Dennis, bueno, el disfrutaba de la escena.

—Bueno —agregó Wanda, temerosa—, puede que haya sido una patadita muy fuerte… y puede que le haya tirado uno que otro colmillo.

Wilbur iba a regañar a Wanda, pero Clarisse hizo un ademán con la mano para quitarle importancia. El brillo en sus ojos parecía haberse incrementado.

—¿Una patada? —preguntó la morena.

—Sí.

—¿Salto con patada?

—Una patada lateral con gancho.

—¿Enserio? —Clarisse parecía que iba a llorar de la alegría—. Esa es mi pequeña —comentó revolviéndole la cabellera—, ¿cuántos le tiraste?

Wilbur iba a intervenir para preguntar cómo pudo enseñarle eso a la pequeña o si se lo había enseñado a los demás, cuando un llamado lo interrumpió. Wally venía abriéndose paso a través de la espesa marea de las partes desprendidas de sus hijos. Había un pequeño lobo que, de cintura para arriba, le mordía la oreja y, de cintura para abajo, estaba propinándole patadas a otro de sus hermanos.

—Dennis —dijo Wally, jadeando—. Winnie… embarazo.

—Sí, Wally, ya sé que Winnie está embarazada —dijo mirando a Clarisse y a Wilbur, quienes se mostraron nerviosos.

—Dennis —dijo Clarisse—, yo creo que…

Wally parecía que le costase respirar.

—Denis… Winnie… embarazo… —farfulló—. ¡Ahora!

Cuando el vampiro captó la información, su rostro pasó por varias etapas. Primero la sorpresa, seguido de el enojo y la incredulidad, para terminar en miedo.

—Pe-pero aún le faltan una semana para que cumplan los seis meses —farfulló Dennis levantándose del banquillo y sacando cuentas apresuradas—. Aún no deberían…

Empezó a balbucear palabras incoherentes mientras perdía el color de la piel debido a la sorpresa y Clarisse, al notar esto, se paró de un respingo, empujándolo a la salida.

Cuando llegaron al hospital de monstruos, que, cómica o irónicamente, estaba junto al de los humanos, corrieron como almas en pena hacia la recepción.

—¡Winnie Werewolf! —exclamó Dennis a la recepcionista, al borde del desespero.

La recepcionista, una esqueleto, parecía deleitarse con su angustia. Si hubiera tenido ojos o parpados, estaría abriéndolos y cerrándolos con la mayor lentitud posible.

—¿Nombre de la paciente?

—¡Winnie Werewolf! ¡Se lo acabo de decir!

La esqueleto tecleó con sus huesudas manos en el ordenador generando un «tap, tap, tap» con cada tecla que presionaba. Luego de unos desesperantes treinta segundos, habló:

—Sexto piso, habitación 66, en el pasillo de la izquierda.

El vampiro y la morena salieron a toda velocidad de allí y llegaron a la habitación. Afuera de la misma Dennis paró en seco al oír gritos provenientes de dentro, y Clarisse chocó contra él.

—¿Crees que estará enfadada?

Clarisse hizo un mohín.

—¿Enserio lo preguntas?

Dennis se encogió de hombros y abrió la puerta. Dentro, Winnie estaba recostada en una camilla lanzado gruñidos a diestra y siniestra, Wanda estaba a su lado sosteniéndole una pata, diciéndole cosas alentadoras como «falta poco». En la habitación, dos enfermeras (lobas) y un médico (un ogro) iban por todo el lugar.

—¡Dennis Drácula-Loughran! —gritó Winnie al verlo—. ¡Todo esto es tú culpa! ¡Óyeme bien! ¡Ni Bertrand ni Alexis serán nada comparados conmigo! ¡Yo…! —Se interrumpió con una mueca de dolor.

Él se asustó

—¿Debería estar así? —le preguntó a una de las enfermeras.

Una de las dos mujeres lobas hizo un gesto con la mano, acostumbrada siempre a la misma pregunta.

—Son las contracciones, es normal.

—Yo creo que… —comenzó, girándose para irse, pero cuando abrió la puerta, Winnie lo paró en seco.

—Atrévete a salir y dejarme aquí y te juro que dormirás en una cama de clavos por el resto de tu vida inmortal —lo amenazó; señaló una silla su lado y ordenó—: Siéntate allí.

Dennis asintió temeroso y se sentó, dándole la mano a la loba.

Una nueva contracción le sacó una mueca.

—Vale, empieza a pujar —aconsejó la otra enfermera.

Winnie lo hizo, sacando fuerzas de la mano de Dennis, la cual apretaba con toda la fuerza que tenía; él reprimió una mueca de dolor.

—Winnie, cariño, me estás lastimando…

—Zing-zing —dijo ella con voz amable—. Acércate un poco. —Dennis se acercó—. Un poco más… otro poco más… —El oído del vampiro quedó casi sobre los labios de la loba—. ¡¿CÓMO ES LA COSA?! ¿¡QUE TE ESTOY LASTIMANDO!? ¿¡QUIÉN DEMONIOS ES LA QUE ESTÁ DANDO A LUZ A TUS HIJOS!? ¡SI NO TE HAS DADO CUENTA LA QUE ESTÁ DE PARTO SOY YO! ¡CERO REPLICAS! ¿ENTENDIDO?

Dennis asintió frenéticamente con chiribitas en los ojos por el dolor. Miró de reojo a Wanda y vio que la su suegra estaba con una expresión de tranquilidad, se preguntó cómo hizo ella para soportar tanto, si Winnie con tan solo cuatro cachorros estaba al borde de la histeria, no se quiso imaginar en el papel de Wayne con camadas y camadas de hasta quince cachorros. Ahora Dennis le tenía un enorme (por no decir magistral) respeto al lobo. Aguatar eso, múltiples veces, y no morir en el intento… era épico.

«No todos los héroes llevan capa.»

Una tortuosa, lenta y exasperante hora pasó, Dennis tenía los huesos de la muñeca vueltos casi polvo y las garras de Winnie clavadas en la mano por la fuerza con la que presionaba con cada contracción, pero no era nada grave, era un vampiro, sus huesos sanarían… en teoría.

Ni siquiera Alexis, Bertrand, o la bandada de lobos con las que se enfrentó, eran rival para la situación que estaba viviendo en ese momento.

Winnie dio un grito con la última contracción y se oyó el llanto de un pequeño.

—Es una niña —exclamó el médico.

Dennis quiso ver a la pequeña, pero las lobas que se movían como máquinas bien engrasadas, tomaron a la pequeña en brazos y se la llevaron a una esquina de la habitación, donde tenían todas las cosas listas. Diez minutos después llegó el siguiente, un niño. Otros diez minutos más y llegó otro niño, pero el último cachorro aún estaba reacio a salir. Tardó una hora en asomarse, para terminar formando un dúo, siendo otra niña.

—Ya está, mi zing, ya está —apaciguó Dennis a una casada Winnie, besándole la frente y, por fin, liberándose de su agarre. La mano parecía un pedazo de goma, aunque aún conservaba el sentido.

Buena señal.

Ambas enfermeras vinieron cada una con dos bultitos envueltos en mantas. La de la izquierda con unos azules, y la de la derecha con unos rosas. Miró de soslayo a Clarisse y Wanda, ambas juntas y con una sonrisa de oreja a oreja, pero la morena tenía en sus manos su celular: había grabado todo.

—Esta es la primera —dijo la enfermera de la derecha, entregándole un bultito envuelto en mantas rosadas, de ojos azules, pelaje rojizo claro y con dos colmillos frontales un poco más largos que los demás—. Cuarenta por ciento vampira, cuarenta por ciento lobuna y veinte por ciento humana.

—Este es el segundo —dijo la enfermera de la izquierda, entregándole otro bultito envuelto en mantas azules. De ojos amarillos, pelaje marrón oscuro y con falta de colmillos—. Es setenta por ciento lobuno, veinte por ciento vampiro y diez por ciento humano. Puede que le salgan colmillos.

Dennis cargó a los dos pequeños en sus brazos. A Winnie le entregaron los otros dos. El tercero que había nacido, un niño, tenía los ojos azules, dos colmillos que sobresalían sobre sus labios y garritas en sus manos. La tez de piel y los pocos cabellos que tenía eran del color del pelaje de Winnie y sin pelaje: sesenta de vampiro, treinta de humano y diez de lobo.

La última, una niña, tenía los ojos amarillos, pelaje color chocolate claro, casi rojizo y dos pequeños colmillos que apenas se diferenciaban de los normales. Lo más destacable de ella era un mechón rojizo que tenía en la cabellera. Cincuenta de lobo, cuarenta de vampiro y diez de humano.

La niña que tenía Dennis levantó la regordeta patita y él le dio un dedo, equilibrando el peso del niño en su otro brazo. Ella selo agarró.

—Winnie, son… son hermosos —musitó, con lágrimas recorriéndole el rostro, viendo cómo la pequeña intentaba morderle el dedo—. Gracias.

—¿Y cómo los vamos a llamar? —preguntó Winnie, agotada—. ¿Te parece si yo le pongo nombre a estos dos y tu a esos dos?

Asintió.

—Vale —sonrió Winnie; levantó un poco al pequeño de ojos azules—. A él le voy a poner Leo y a ella… —Miró a la pequeña de ojos amarillos y luego miró de reojo a la morena. Sonrió—. Clarisse.

Clarisse pegó un pequeño respingo al oír la decisión de Winnie, y unas lágrimas se le agolparon en los ojos. Wanda veía a su hija, sonriente.

—Me gustan —asintió Dennis; señaló con los labios a la pequeña con ojos azules—. A ella le pondré Hazel y a este pequeño… —Miró al lobito de ojos amarillos—: Wayne.

—También me gustan —convino Winnie—. Ya verás cómo se pondrá papá cuando sepa que le pusiste su nombre a su nieto.

—Le tengo una admiración y un respeto enormes —admitió; Winnie lo miró confundida—. Cosas de hombres, mi zing. —Sonrió.

—Bueno… —agregó Clarisse a la vez que levantaba el celular— ¿la primera selfie familiar?

Dennis y Winnie sonrieron y asintieron. El vampiro, con Hazel y Wayne en brazos, se colocó al lado de la loba, quien tenía a Leo y Clarisse, Wanda se puso al otro lado de su hija y Clarisse al frente de ellos, manteniendo el teléfono en alto.

Antes de que tirara la foto, Dennis le susurró a Winnie.

—Mi zing, sobre lo de dormir en la cama de clavos… era broma, ¿cierto?

Winnie sonrió.

—Ya veremos —dijo alegre y cansada, antes de besarle.

Clic.

La foto fue tomada. En ella se mostraba a los cuatro nuevos residentes del hotel, junto a sus padres, abuela y a su tía. Dennis sonrió ansioso, sin poder esperar a presentarles los pequeños a todo el mundo. Y ahora que la familia se había expandido, las travesuras en el hotel no se harían esperar.