"Aquella tarde en París"


*Capítulo 12: " De besos está hecha la Luna"


DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Es propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon.

No poseo ningún derecho sobre la canción "Time of my life", ni sobre la película "Dirty Dancing".


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No existía ese componente de la incomodidad y la tirantez, que la obligación imponía, o podía imponer a cualquier otro par de seres humanos en relación similar. No había espacio para aquel tipo de aburrimiento o letargo que asediaba una conversación común, pues, todo parecía darse naturalmente. Así como la bruma de la noche acompañaba a las blanquecinas luces de la calle, Arnold caminaba a la par de la chica rubia, en los senderos de la tranquilidad parisina.

Era cierto que ella evitaba mencionar ese —oh, tan grave— asunto acerca de la cena, que la venía perturbando. Y él no sería quien la presionaría para que hablara. Todo resultaba mucho más sencillo: la misma Helga lo diría.

Hasta entonces, solo paseaban. Charlaban, reían, tan literal y perfecto, como si él lo hubiera planeado. Tan ideal, que hasta le daba un poco de escozor pensar en la farsa que lo amparaba, al compás de su propia confusión.

—Nunca había tenido oportunidad de recorrer la ciudad... Y menos, por la noche. —admitió la joven.

—Te estabas perdiendo de mucho, Helga. Siempre suelo dar una caminata nocturna. —mintió.

—Ya veo... —musitó algo incrédula, mirándolo escrutadoramente—. ¿Y qué hacemos ahora?

Arnold enarcó una ceja.

—No tengo ganas precisamente, de regresar a mi hotel. Con todos...ellos. —masculló decidida y un tanto ofuscada.

—Mmmm... Podríamos seguir caminando... ¿París tiene vecindarios peligrosos? —Arnold bromeó, intentando distraerla de sus pensamientos algo negativos.

—Creo que no. No por esta zona... —dijo ella, continuando la marcha.

Parecía una cosa muy tonta de su parte. Parecía hasta inverosímil, que él estuviera concluyendo en esa idea. ¿Podría existir un instante mejor que ese? No pedía nada más; se sentía feliz, allí, así, con ella. ¿Estaba mal?

—Tengo un poco de hambre. —anunció Helga—. No pude comer demasiado en la cena...

—Oh... —susurró el chico.

—Sí... Es que, con todos los invitados acercándose...

—No te preocupes. Conozco un buen lugar donde podemos ir a esta hora.

Helga lo observó sorprendida, pero contenta.

—¿En serio? Genial. De veras tengo hambre. —insistió.

Y se sentía tan genial, él. Siendo la solución para el malestar que la aquejaba; siendo su compañía y la postal que cualquiera envidiaría, si los viera. ¿Acaso había una postal? Si solamente caminaban a un restorán... Se sentía fuera de sí, enajenado. Una presión se formó dentro de su pecho; tal vez estaba algo nervioso.

La camisa negra. La estúpida camisa negra, con la que tanto Gerald lo había atormentado. En esta, y en otras mil vidas más. ¿Le sentaría bien? ¿Se vería apuesto? ¿Acaso ella lo consideraría apuesto?

¡Maldición! ¿Por qué tantas dudas frívolas embargaban su mente, de repente?

—Te ves muy bella esta noche. —lanzó, entre tanto devaneo interno.

La aludida lo contempló igualmente con asombro, apartándose del menú que leía.

¿Había sido imprudente; muy directo? ¿O muy tonto?

—Lo siento. —dijo rápido y casi en simultáneo a su agradecimiento.

—Gracias. —pronunció ella, a la vez, aunque ahora, estaba confundida—No entiendo... ¿Por qué lo sientes?

Oh, oh. Eso lo movilizó. Había dado un paso en falso. ¿Adónde se fue toda su galantería y confianza? Suspiró sin exteriorizarlo; casi como si lo hiciera mentalmente y se llamó a la calma propia. Esa actitud de zopenco no estaba colaborando.

—Por un momento creí que...

—Una dama siempre aceptará un cumplido. —aseguró ella, volviendo la mirada hacia la carta—. No tienes que lamentarlo, Arnold.

—Oh... Bien.

—También te ves bien esta noche. —dijo descuidadamente Helga, sin dirigir sus ojos hacia él.

No más tonterías, se dijo a sí mismo.

Habían ordenado un plato de pasta, en una madrugada donde pocos comensales permanecían allí. No eran la dama y el vagabundo en la escena más adorable y épica de todos los tiempos, pero algo subyacía en su interior, queriendo salir de su pecho; queriendo decir más de lo que probablemente diría o se permitiría decir.

—Hacía mucho tiempo que no probaba ravioles tan deliciosos. ¿Has visto lo que es la masa? ¡Es como el mismísimo algodón! —exclamó, entre risas y distensión.

—Tienes toda la razón, Helga. Algunas pastas parecieran hechas de goma de mascar.

—Mezcladas con concreto. —añadió, divertida.

Y ella lucía exultante, preciosa. Riendo, de comentarios elegantes, fuera de todo mal humor pasajero, como aquel que portaba cuando se encontraron en el parque.

¿Podía ser más hermosa?

Quizás se veía como un total estúpido, mirándola hablar, solo gesticulando. Básicamente si escucharla demasiado, porque su atención se perdía en la concentración de observarla mover sus labios, con el entusiasmo que adornaba su relato. Se sintió flaquear, otra vez. Y eso no era muy normal.

Porque hasta entonces, jamás se había involucrado con otra de las chicas a las que debía seducir para alejar de imbéciles. Era un guion a seguir y ya. No mediaba tanto tiempo; no tenía espacio para sumergirse dentro de una historia que no le pertenecía. Y ahora, solo podía asentir al parpadeo anecdótico de la narración de la joven frente a él.

—Supongo que no olvidarás que estaba molesta, hace un rato... —comenzó ella, diciendo.

—¿Eh...? —pretendió parecer casual—. ¿Cómo dices, Helga?

La rubia suspiró hondamente antes de proseguir. Tenía la mirada perdida en el mantel blanco de la mesa.

—Algo sucedió en la cena, que...me molestó.

Arnold puso su mejor expresión de amigo comprensivo—oyente tranquilizador.

—Bueno, —se frenó a sí misma—, además, de todas las internas familiares y ciertas rispideces comunes...

—Ajá... —susurró el chico, asintiendo serio.

—Oí a Michael hablando por teléfono. Haciendo planes; proponiendo fechas y estimando otras...

—No comprendo... —acotó Arnold, con sinceridad.

Helga se mordió el labio y su rostro demostraba molestia.

—El sujeto ni siquiera planea despegarse de todo en la Luna de miel. ¿Puedes creerlo? ¿Puedes creer que ni siquiera puede alejarse de su trabajo, en un momento como este? —protestó con fastidio.

—Oh... Yo... Lo siento, Helga.

—No, yo lo siento. —negó con la cabeza, frustrada—. No debería aturdirte con todo esto...

—En absoluto. Puedes hablar conmigo... Si te sientes cómoda.

—No es eso... —dijo ella, negando tal suposición—. Es que... No quiero abrumarte con mis pesares.

—Puedo escucharte... Te ayudará descargarte todo eso...

—Gracias. —sonrió tibiamente—. Si hay algo que siento estando contigo, es comodidad, Arnold. —confesó sorpresivamente.

—Gracias... —esbozó el joven, más débilmente de lo que hubiera querido—. Me siento igual contigo. —lanzó, también de repente, sin dejar de mirarla.

De acuerdo, esa era una de sus clásicas tácticas. La más usual, promediando el final de toda misión, solo que... Esta vez, había surgido espontánea y coincidente con su objetivo.

—A veces creo que en medio de la boda, estará en plena video llamada con alguna empresa. —bufó—. Cada vez se volvió más y más adicto a su trabajo.

—Oh...

Eso era información relativamente nueva.

—Él siempre necesita buscar otra cosa para hacer; tiene que distraerse de mí.

—Oh, no digas eso Helga... Estoy seguro que él te ama y sólo... —comenzó a decir Arnold, apoyando su mano en la de ella.

Helga levantó su mirada, dirigiéndola directamente a sus ojos verdes y profundos, que la veían con igual atención. Había olvidado el final de su oración; perdido el sentido de las líneas mentales trazadas, que tenían por intención, conmoverla de todos modos.

Ambos parecían desorientados, en una confusión de sensaciones, que duraron apenas un instante.

—Estoy seguro de que solo tuvo mucho trabajo a cuestas... —concluyó al fin y cesando pausadamente ese contacto físico.

—No lo sé... Yo... No lo veo así.

—Todo saldrá bien, Helga... —minimizó con astucia y calma Arnold, mientras se excusaba para pedir permiso e ir al baño.

El postre había transcurrido con normalidad. Hasta casi con aburrimiento; y eso, lo hacía sentirse inseguro. ¿Helga estaba aburriéndose con él? Ahora caminaban sin dirección, nuevamente.

—Son las dos y media de la madrugada... —farfulló, algo fastidiada.

Arnold la miró con extrañeza.

—¿Tienes algo en mente...?

—Sigo sin querer regresar al hotel. La noche está en pañales. —aclaró.

El chico rió, sorprendido.

—¿En pañales, eh?

—Sí. —sonrió, divertida—. Solía ser noctámbula. ¿No lo sabías?

—No... —respondió como la novedad que era—. ¿Cuándo? —la siguió, ya que ella le ganaba en algunos pasos.

—Cuando era estudiante. —dijo frenando a verlo fugazmente—. Me pasaba las noches leyendo; comiendo libros o admirando mis propios versos... Los escritores somos así... —afirmó, bajando la mirada—. ¿No lo crees, Arnold?

—Sí, claro; por supuesto... La noche es la mejor fuente de inspiración, supongo...

—Supones bien. —replicó—. Las musas se despiertan a esa hora. Cuando nadie puede vernos o molestarnos; cuando la calma es tan grande, que ni el mundano bullicio del día podría opacarla... —agregó la chica, cautivándolo.

—Eso es totalmente cierto... —atinó él a decir.

—¿Y a ti? —inquirió viéndolo—. ¿Qué lo que te inspira? ¿Qué es lo más loco que has hecho por amor? —lanzó Helga, en una seguidilla de preguntas que iban demasiado rápido.

Incluso antes de que pudiera responder, ella continuó.

—¿Alguna vez has sufrido por amor?

Arnold se sonrió, jamás le ganaría.

—¡Cielos! —suspiró, caminando a su lado en las solitarias calles céntricas—. Debí haber tomado nota.

—Oh, vamos... Todo está relacionado directamente. —la rubia bromeó.

—Veamos... —comenzó Arnold—, la verdad, me inspira caminar; pensar... Dejar la mente volar, en pensamientos positivos; en soledad... No sé cómo explicarlo. Siento que siempre me ha faltado algo, ¿sabes? —esbozó una sonrisa no pretendida.

Helga asintió, sonriendo embelesada ante sus palabras. Era maravilloso lo que él estaba diciendo.

—¿Cómo es eso? —quiso saber.

—Yo... Nunca tuve problemas para exteriorizar mis sentimientos, o ideas... —confesó el chico—. Pero... Este es otro Universo que no conocía... Donde puedes expresarte de otra forma; con libertad...

La joven enarcó su ceño, no comprendiendo a dónde iba tal reflexión.

—Déjame ver si entendí... ¿No estudiabas Comunicación, Periodismo? —cuestionó—. Si allí no puedes expresarte, donde la libertad de expresión precisamente, es la máxima imperante, ¿dónde está la libertad?

Otro paso en falso. Ella seguía creyendo que él era un cuasi periodista, en vez de un futuro abogado. Dios.

—No lo dije en ese sentido... Lo que quise plantear, es que, en esta profesión, no puedes dedicarte a analizar poéticamente un paisaje. Puedes ser un periodista serio; o de alguna sección diferente... Pero siempre debes retratar la realidad... Y no siempre es tan bueno retratar la realidad, porque te pierdes de ilustrar la ficción. Y de ficción vive el poeta. ¿No?

La expresión en su rostro era indescriptible.

¿Qué demonios había dicho?

—Nosotros, los que escribimos, plasmamos la realidad también, pero de otra manera. De una idealista; quizás perfecta, o no. Hacemos ficción sobre una realidad que nos aqueja o abruma; que nos apasiona o acosa. Pero no nos basamos sólo en la ficción... —argumentó Helga, como si estuviera exponiendo sus ideas en un simposio—. Yo... No comprendo, Arnold. No entendí el punto al que querías llegar.

—Me preguntaste en qué me inspiro. —comenzó—. Bueno... Tengo una fuerte sospecha de que mi fuente es la realidad. Esa que te hace chocar contra un muro y te das el rostro completo allí... Y yo... Elegí crear otra realidad, a base de unos escritos tontos.

—No son tontos. —lo corrigió ella.

—Nunca escribiré como lo haces tú. —dijo humildemente—. Pero me preguntaste si he hecho locuras por amor. Y más aún; si sufrí por amor.

—¿Y? —preguntó con interés y brillo en sus ojos.

—Sí, hice locuras. Y también sufrí. Y no fui correspondido. Y eso apesta.

—Lo sé. —rió divertida—. ¿Y qué hiciste?

—La tontería más cursi. —admitió, sonrojado—. No debería contártelo.

—Me has convencido. Bienvenido al club de los infelices sufrientes. —dijo haciendo una pequeña reverencia—. ¿Por qué crees que existen los escritores? ¡Porque siempre habrá alguien fregado por el amor! —exclamó, riendo.

—Y por eso, es que las mejores canciones de los artistas, son compuestas en tiempos de despecho o desamor.

—¡Exactamente! —le festejó ella, sonriendo—. ¿Por qué no me cuentas qué hiciste?

—Cielos... —bajó la mirada, dubitativo.

—¿Es tan terrible?

—Sí. Y arruinará mi reputación... Yo... Le puse un pasacalles con una declaración de amor.

—¡No! —negó incrédula, llevándose las manos a su boca—. ¡No puede ser! —rió, airosa—. ¡Es genial!

—Sí, bueno, no lo es... —reflexionó amargamente—. Después de todo eso, de ser insistente, ella aceptó salir conmigo...

—Ajá...

—Salimos durante tres años... Pero ella... No me amaba. Sencillamente era así.

—¿Por qué dices eso?

—Tenía a otro.

Habían llegado a una plaza. Helga tomó asiento primero y luego Arnold la imitó.

—Yo la amaba demasiado... Pero no era mutuo.

—Y fue el gran amor de tu vida, ¿no?

—Sí... Fue muy difícil. Pero el tiempo pasó y... ¿lo cura todo? —dijo retóricamente.

—Ella no te merecía, Arnold.

—Lo sé, muchas personas dicen eso. Muchos me han dicho que no éramos el uno para el otro...

—Probablemente no... —añadió la chica, viéndolo compasivamente.

—Ahora creo... A diferencia de aquella época, que uno puede saber quién es la persona correcta, porque... Bueno, simplemente lo sabes... Al verla. —concluyó en voz más suave, sin dejar de mirarla.

Helga se mordió levemente el labio y asintió.

—Yo... Creo que tienes razón...

—Y es por eso, que disfruto escribiendo. Guardo una frustración de la realidad, que plasmo en idealizar a ese alguien que...

—¿Que aún no llega? —continuó Helga diciendo, también suavemente.

Por varios segundos, no dijeron nada más. No era necesario y, hasta quizás, resultaba incómodo.

Arnold tuvo la certeza, allí o incluso antes, de que Helga no era una misión más. De que su misteriosa personalidad lo desvelaba; que su piel seguramente era más cálida de lo que sospechaba. Que daría todo por impedir su boda. Que podría besarla en cualquier instante y, que tal vez, ella comenzaba a desarrollar algún tipo de sentimiento hacia él.

No fue necesario acotar algo. Allí, en esa pequeña banca, apenas iluminada por las luces de los postes, podía apreciar que sus ojos centelleaban al compás de las estrellas. Y que la noche estaba en pañales.

—Son las tres de la mañana... —anunció él, luego de que fingieran estar distraídos con cualquier cosa—. ¿Ya quieres regresar?

—No en verdad. —insistió ella, para su asombro.

—Bueno... Conozco una heladería donde... —comenzó diciendo el chico.

—No, muy aburrido. —negó Helga intempestivamente—. Yo conozco otro lugar, no muy lejos de aquí. Apenas cruzando la calle.

—¿Otra heladería? —inquirió ingenuamente Arnold.

—No, ¡ven! —exclamó, tomándolo de la mano hasta casi arrastrarlo con ella.

—¿Adónde vamos? ¡De acuerdo! —se auto respondió, mientras Helga sonreía divertida.

Era un club nocturno, aunque no cualquiera. Este parecía más bien un bar con música y una pequeña pista de baile, hacia un lado. Algo fino pero ruidoso, a la vez. No lucía como un sitio romántico.

Por más que él quisiera dibujarlo así.

—Phoebe me habló de este lugar. —aclaró en voz alta.

—Oh, genial. Es muy moderno.

—Suenas como un anticuado, Arnold.

—Tal vez lo sea... —le dijo guiñando un ojo.

—¿Qué van a servirse? —preguntó un camarero.

—Una cerveza para mí. —ordenó Helga—. ¿Arnold?

—También, una cerveza, gracias.

—Ven. —le indicó nuevamente, tomándolo de la mano.

Se sentía como un adolescente escoltado por su pretendida. Se sentía como un tonto enamorado, que estaba perdiendo de vista la misión que tenía por delante.

—Por un momento, pensé que no me entendías. —Helga dijo, de repente.

—¿A qué te refieres?

—Creí que no habías experimentado frustraciones amorosas y que, escribías por escribir...

—¿Qué hay de ti, Helga? —lanzó, seductoramente—. ¿Tuviste historias difíciles en el amor?

—Bueno... Para ser sincera, no he tenido muchas parejas. Y sí, tuve un amor imposible. Solo un capricho, ya sabes... —minimizó.

—Oh... ¿Y qué pasó con él?

—No pudo ser. —dijo tajantemente—. Nunca más lo volví a ver.

—Comprendo...

Y tenía que sonar su celular. Por Dios. Helga observó la pantalla tintineante del aparato y pidió permiso para responder.

Una vez concedido, se alejó.

—Hola, Michael.

—¿Helga? ¡Por Dios! ¿Adónde te metiste? Me preocupé mucho.

—Sí, lo siento... Es que... Phoebe me organizó una pequeña celebración y verás...

—Oh... ¿Despedida de soltera? Con razón esa música de fondo...

—Sí... —rió forzadamente—, bueno, no te preocupes, volveré en poco tiempo. —dijo, girando a ver a Arnold esperándola allí.

—Bien... Cuídate, cariño. Te amo, nena.

—Igual yo.

—Que te diviertas.

—Gracias. —saludó enviándole un beso, que la hizo sentir algo tonta.

¿Qué pretendía?

Él lucía pensativo, contemplando la nada misma. Tan calmo y tan lindo... ¿Por qué no era difícil compartir momentos junto a Arnold? ¿Por qué parecía sentirse cada vez más desanimada y hastiada sobre 'su gran día' y todo lo que ello implicaba; si era su sueño hecho realidad?

Tal vez había estado ficcionalizando la realidad, ¿no?

Un poco más tarde, y tras beber sus cervezas, Arnold nuevamente se excusó —falsamente— para ir al baño. Ya hacía un cierto rato que el club musicalizaba el ambiente y algunas parejas habían decidido bailar.

Él no parecía regresar y Helga ya dudaba del motivo. ¿Le habría sucedido algo, acaso?

De pronto, comenzó a escuchar cómo la gente aplaudía y aclamaba a alguien. Por simple curiosidad, se sumó a la muchedumbre reunida en círculo.

Una conocida canción empezó a sonar.

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Now I've had the time of my life

No I never felt like this before

Yes I swear it's the truth

And I owe it all to you...

Because I've had the time of my life

And I owe it all to you

I've been waiting for so long

Now I've finally found someone

To stand by me…

We saw the writing on the wall

As we felt this magical fantasy

Now with passion in our eyes

There's no way we could disguise it

So we take each other's hand

Because we seem to understand the urgency…

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En cuanto tuvo una visión completa, distinguió a Arnold bailando en medio de la improvisada pista. Él parecía determinado a proseguir con semejante complicada pieza coreográfica.

Helga sonrió maravillada, siéndole idéntico gesto, dedicado por el chico rubio.

De algún modo, Arnold se abrió pasó entre la gente, hasta llegar a ella.

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Just remember...

You're the one thing

I can't get enough of

So I'll tell you something

This could be love because...

I've had the time of my life

No I never felt this way before

Yes, I swear it's the truth

And I owe it all to you

Hey, baby, with my body and soul

I want you more than you'll ever know

So we'll just let it go

Don't be afraid to lose control, no

Yes, I know what's on your mind

When you say "stay with me tonight"

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Los allí presentes continuaban apoyando con entusiasmo al ávido danzador, que ahora, invitaba caballerosamente a su chica a unirse, extendiéndole una mano.

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Just remember...

You're the one thing

I can't get enough of

So I'll tell you something

This could be love because…

I've had the time of my life

No I never felt this way before

Yes I swear it's the truth

And I owe it all to you…

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Helga sonrió otra vez, y sin dudarlo, ingresó de lleno en la pista.

Como si hubiera estado previamente ensayado, Arnold y Helga se fusionaron con naturalidad en la melodía, derrochando alegría, en aquel sensual ritmo.

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I've had the time of my life

No I never felt this way before

Yes I swear it's the truth

And I owe it all to you…

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—¿Cómo sabías que me gusta...?

—Te conozco más de lo que crees... —susurró en un instante, alejándose para cumplir con la rutina.

—Eres genial...

—Tú lo eres. —sentenció, guiñándole un ojo en medio del baile.

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But I've had the time of my life

And I've searched through every open door

Till I found the truth

And I owe it all to you…

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A comparación de todas las otras oportunidades en que habían bailado, ahora Helga parecía dejarse llevar por el ritmo y la libertad que necesitaba. Aferrándose a sus brazos cuando la danza lo requiriera; lanzando miradas seductoras que enmarcaban el clima de la canción.

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Because I've had the time of my life

And I've searched through every open door

Till I found the truth

And I owe it all to you…

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Realmente, hacía mucho tiempo que no se sentía tan viva; tan llena de esperanza. Tan atrapada por alguien más, que parecía ser perfecto, aún con sus imperfecciones. ¡Cielos! Con cada paso, él lanzaba llamas. Estaba encendido; enfocado solo en ella y lo sabía. Sabía que sus ojos verdes le pertenecían; se habían apoderado de su atención por completo. Arnold parecía el mismísmo Patrick Swayze; y ella, la Jennifer Grey de la película.

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Because I've had the time of my life

And I've searched through every open door

Till I found the truth

And I owe it all to you…

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Como no podía ser de otra manera, todo el mundo los aplaudió calurosamente. Todos hubieran esperado que ante ese final tan candente, se besaran. Allí mismo, sin esperar más. Pero eso no sucedería. Aunque Arnold finalizara el baile a escasa distancia de su rostro, respirando ambos en el otro, exaltados por el momento, no sería así. Aunque él quisiera. Aunque ella probablemente así lo esperara...

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La agitación volvió a su cauce, hallando a la calma. Un par de tragos más, y ya fuera del club, la lluvia se veía amenazante, acompañada de un viento premonitorio que les calaba la piel.

—¡Estuviste asombroso, Arnold! No salgo de mi asombro.

—No fue nada. —dijo modestamente.

—¡¿Hola?! —le exclamó, fingiendo indignación—. ¿Y a lo que hacías antes, conmigo, le llamabas bailar?

Arnold sonrió, quizás ya estaba bastante cansado. Pero solo por ella, podía continuar todo lo que restara de la noche.

Helga se acercó a él tímida, pero peligrosamente.

—¿Ya me dirás cómo supiste que 'Dirty Dancing' es mi película favorita?

—Un periodista no revela sus fuentes... —dijo él, socarronamente.

—No te zafarás con eso. —anunció Helga—. ¿Me dirás cómo te convertiste en bailarín eximio?

—Un seductor no revela sus trucos.

—Vaya... —suspiró, con regocijo—. ¿Cómo puede ser que la chica no se quedara contigo? —inquirió un tanto burlona, quizás por los tragos que habían bebido.

—Se ve que no era la indicada.

—¿Ah, no? ¿Y quién lo es, Arnold?

—Tal vez... Tal vez la persona indicada se presente inesperadamente... —dijo con total franqueza y sin premeditación alguna.

La chica tragó saliva, titubeante por la cercanía tal vez, o por esa situación y se alejó un poco.

—Yo también hice alguna locura por amor. —confesó.

—¿En serio? —Arnold preguntó, más relajado.

—Sí... Pero fue hace mucho tiempo...

Yo era prácticamente una niña. —añadió—. Estábamos en un campamento escolar... Ni siquiera recuerdo bien; pero lo que sé, es que me enamoré de cierto niño, en el trayecto final del viaje.

Arnold sonrió, observándola con ternura. Casi podía imaginarla siendo pequeña.

—Él era de otra escuela; nunca supe de cuál. ¡Por Dios Santo! —chilló—. ¡Ni siquiera pude saber su nombre!

El chico rió.

—¿No lo supiste?

—No; era demasiado tímida y temerosa como para andar averiguando datos así.

—¿Tímida? —objetó, dubitativo, ante las variadas descripciones que Gerald había hecho sobre ella.

—Se trataba de un niño que me gustaba; no podía ser tan evidente. —se quejó, justificándose.

—¿Cómo era él? —quiso saber, por casual curiosidad.

—Listo; extrovertido. Algo enano. —bromeó—. Muy lindo. Tal vez tenía el cabello rubio o castaño claro, no lo sé...

—Espera, ¿cuántos años tenías en ese entonces?

—Sólo cinco. No existían los celulares; no habíaredes sociales, Arnold. —rió levemente.

—¿Y la locura fue...?

—Me separé del grupo de mi clase, una vez que el niño y su salón nos dejaron unos kilómetros antes.

—¡¿Qué?! —se horrorizó él—. ¿Te escapaste?

—Sí. —afirmó con tranquilidad—. Estuve perdida durante algunas horas... En mi mente, creía que lo encontraría y podría ser su amiga... Dios. —suspiró, negando con la cabeza—. Te podrás imaginar cómo estaba la maestra... La regañada que obtuve luego y todo lo demás...

—Asombroso, Helga... —dijo sonriente—. Pero... ¿Y en un tiempo más actual...?

—¿Si hice alguna otra locura? —completó su idea, tratando de hacer memoria—. A decir verdad, no, Arnold... He sido demasiado normal, incluso para mi gusto...

—Ten mi chaqueta, por favor. —le ofreció el joven, al ver que ella se abrazaba por el viento.

—No es necesario, estamos a dos cuadras...

—Por favor; te hará daño el viento frío.

—¿Estás seguro? —lo miró no muy segura.

Arnold asintió tranquilamente.

—Bien, gracias... —comentó, colocándosela sobre los hombros.

Apenas comenzaba a lloviznar y el reloj rozaba las cinco de la madrugada.

—Creo que mi estadía en París fue mucho más divertida, placentera y amena... O, algunos adjetivos que no suenen repetitivos, —aclaró—, gracias a ti, Arnold.

—Bueno, lo mismo digo... Gracias.

—Aunque aún no comprenda qué te trajo por aquí. —lanzó, por primera vez, desconfiando un poco de él—. Aunque al principio fueras como un fan de la novata Helga G. Pataki y luego, aquel devenido en un compañero de trabajo...

El rubio rió a causa de un incipiente nerviosismo.

—¡En serio! —exclamó ella, creyendo que el chico no la oía claramente—. Podría hasta escribir una novela con ese argumento.

—No me digas... —acotó interesado—. ¿Y cómo se llamaría?

Helga pareció pensarlo.

—La titularía "Aquella tarde en París". —aseguró, muy convencida.

—Qué grandioso nombre para un libro.

—Lo sé. Pero no sabría decirte de qué se trataría. —dijo ella, frenando a pocos metros de la puerta del hotel.

—Tienes tiempo para pensarlo... ¿No crees? —opinó Arnold.

—¿Lo tengo? —replicó Helga, mirándolo algo preocupada—. Me siento muy bien cuando estoy contigo, Arnold... —admitió, sin más rodeos.

—También me siento así contigo... —dijo él, contemplándola lentamente, desde el borde de su mentón hasta llegar a sus ojos.

Helga sonrió en apenas una mueca y bajó la mirada. No podía decir nada más. No encontraba las palabras y estaba segura de que eso sería todo lo que podría transmitirle, desde su mayor sinceridad. Arnold comprendió su silencio, sintiéndose apenado por ello. Al igual que la chica, no sabía qué decir. No sabía si avanzar, como dictaba su procedimiento, para luego decir, lo que usualmente decía en sus misiones o, simplemente, permanecer allí, estático; esperando un milagro. Bajó la mirada, en idéntico gesto que Helga, sin agregar nada. Pero ella elevó la suya, buscándolo; queriendo hallar en él una respuesta a sus dudas; una confirmación, o aunque sea, algo. Lo encontró pensativo; con la mirada perdida. Completamente nerviosa, pero determinada, alcanzó la mejilla del chico con su mano derecho y lo acarició con lastimosa lentitud. Él la miró ahora, apoyando la mano en la suya, entendiendo más que antes. Aceptando que eso que le sucedía quizás no era unilateral. Definitivamente no lo era. Ambos mantenían la mirada en el otro, mientras la llovizna ya no parecían tan incipiente. Helga no hacía nada más; solo lo observaba. Tal vez eso era una señal, un límite trazado y directo; hasta allí llegaba ella. Se sintió abatido.

Bajó la mirada y no pasó desapercibido por la chica. Apenas unos segundos más tarde, Helga sostuvo su barbilla, aproximándose a sus labios. Lo estaba besando y era la Gloria. De inmediato, dejó en el camino los pasos a seguir planteados en su mente; de inmediato solo atinó a sujetar el rostro de la chica con ambas manos. Ella hizo lo propio, acercándose a él, enlazándolo por detrás del cuello y de la cintura.

Fue mágico. Sin esperarlo y deseando que sucediera al mismo tiempo. Retratándola y anhelando ser él, el protagonista de su realidad y ficción. Fue impulsivo. Nadie obligó a nadie. Quizás no sabían cómo reaccionar. Fue dulce, aunque apasionado. Como todo personaje entrañable, de cualquier historia. Bastó con que Helga diera el puntapié inicial, para que él prosiguiera con dulzura, diciendo más de lo que hubiera podido decir.

Helga comenzó a liberar sus labios, tomando distancia de algunos centímetros, sin dejar de mirarlo.

El corazón le estaba por estallar, pero se sentía feliz. Habría sido imposible abandonar París sin besarla de ese modo. Y aunque —seguramente— estaría nerviosa también, lucía liberada. Feliz de tenerlo tan cerca y haber dado ese paso por ella misma.

Ahora, sólo existía un problema... El único problema, era que ella se iba a casar en menos de quince horas.

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CONTINUARÁ…


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Hola a todos, queridos lectores, ¡tanto tiempo! He estado muy ocupada con el estudio; luego entre miles de otras cosas que me alejaron de este hermoso sitio. Acá estoy y no me volveré a escapar. Tuve que publicarlo dos veces, ya que me faltaban algunas ediciones.

Espero que les guste el episodio. A veces no sé si me gusta del todo lo que escribo, pero sepan que lo hice con el corazón. Oh, tan cursi…

Perdón por no añadir la traducción de la canción. Desde el principio dije (¿lo dije?) que este fic estaba basado en una película que me encantó y debo aclarar que incluía a esta canción. Búsquenla, es muy energizante, además claro, de pegadiza. Sin más que agregar, DIOS, se han besado. Tengo que seguir escribiendo…

Muchas gracias a los seguidores y quienes comentan siempre: Sandra Strickland; Nattgeo; Sweet-sol; Polly-H&A y Krendream, a quienes les responderé por MP.

Nos volveremos a leer a fin de mes, si Dios quiere. ¡Buena semana, hasta la próxima!

¡FELIZ 2016!

Marhelga.