La historia que transcurre no es mía, sino de la autora Sophie Kinsella. La adaptación, sin embargo, es de mi autoría.
Los personajes mencionados pertenecen a Masashi Kishimoto.
Capítulo 11
Bueno. Ahora sí que necesito recuperar la memoria.
Estoy hasta el moño de la amnesia. Ya me he hartado de que la gente me cuente mi propia vida.
La memoria es mía. Me pertenece.
Me miro a los ojos en la puerta-espejo del guardarropa, a sólo unos centímetros del vidrio. Es una nueva costumbre, quedarme pegada al espejo de manera que sólo me veo los ojos. Los mismos blancos de siempre. Me reconforta. Me hace sentir como si mirase a mi antiguo yo.
—Recuerda ya, tonta—me digo—. Re-cuer-da.
Mis ojos me devuelven la mirada, como si lo supieran todo pero no pensaran soltar ni una palabra. Doy un suspiro y apoyo la cabeza en el vidrio, frustrada.
Desde el día que fuimos al apartamento piloto, me he dedicado a hacer una inmersión en los últimos cuatro años. He repasado álbumes de fotos y mirado películas que sé que he visto antes. He escuchado canciones que la otra Hinata escuchó cientos de veces…
Pero nada ha funcionado. El armario mental donde se hallan almacenados esos archivos es muy resistente. No se va a abrir de par en par...
Estúpido cerebro, con tanto secretito. O sea, ¿quién manda aquí? ¿Él o yo?
Ayer fui a ver a ese neuropsicólogo, Morino Ibiki. Él parece un tipo rudo con su porte y las cicatrices de su rostro, pero fue asintiendo y tomando notas con simpatía mientras yo me desahogaba. Y luego me dijo que era fascinante, que escribía un artículo sobre mi caso. Cuando le pregunté qué podía hacer yo con mi caso, me dijo que podría resultarme útil redactar una cronología y que, si quería, podía visitar a un terapeuta.
Pero yo no necesito una terapia. Lo que necesito es recobrar la memoria.
He empañado el espejo con mi aliento. Presiono el cristal con la frente, como si las respuestas estuvieran del otro lado, en ese otro yo del espejo, y como si pudiera llegar a captarlas si me concentro lo suficiente…
—¿Hinata? —Toneri entra con un DVD en la mano—. Cariño, te has dejado esto en la alfombra. ¿Te parece un sitio apropiado…?
Lo cojo. Es Ambición. EP1, el DVD que empecé a mirar el otro día.
—Perdona. No sé cómo habrá ido a parar ahí.
Es mentira, desde luego. Se me olvidó recogerlo ayer, cuando esparcí por la alfombra más de veinte DVD, además de un montón de revistas, álbumes de fotos y envoltorios de caramelos. Si llega a verme, le da un ataque.
—Tu taxi viene a las diez —dice—. Yo ya me voy.
—¡Perfecto! —Le doy un beso, como cada mañana. Ya empieza a parecerme normal—. ¡Que tengas un buen día!
—Tú también —dice apretándome el hombro—. Espero que te vaya bien.
—Seguro que sí—respondo con confianza.
Hoy me reincorporo a la oficina. A jornada completa. No voy a hacerme cargo del departamento: obviamente, aún no estoy preparada. Pero sí voy a empezar a aprenderlo todo otra vez y ponerme un poco al día. Han pasado cinco semanas desde el accidente. No puedo quedarme sentadita en casa toda la vida. Tengo que hacer algo. Tengo que rehacer mi vida. Y recuperar a mis amigas.
Sobre la cama tengo preparadas tres bolsas relucientes con regalos para Ten-Ten, Ino y Sakura. Voy a llevárselos hoy. Me ha costado una eternidad elegirlos. De hecho, cada vez que pienso en ellos tengo ganas de darme besos a mí misma.
Tarareando, voy a la sala y pongo el DVD en el reproductor. Sólo he visto el principio y quizá lo que queda me ayude a conectarme con el rollo del trabajo. Paso de largo la primera parte hasta que me veo sentada en una limusina con dos tipos trajeados. Pulso play.
«… Hinata y sus compañeros de equipo no lo van a tener fácil esta noche», dice una voz en off. La cámara me enfoca; yo (la espectadora) contengo la respiración.
«¡Vamos a ganar esta prueba! —grito a mis compañeros, chocando las palmas— . Si hay que dedicar las veinticuatro horas, lo haremos. ¿Entendido? Pero vamos a ganar. Sin excusas.»
Me miro a mí misma con la boca abierta. ¿Esa ejecutiva feroz soy yo? En mi vida he hablado de ese modo.
«Como siempre, Hinata está poniendo a punto a su equipo —dice la voz en off—. Aunque esta vez… ¿no habrá ido la Cobra demasiado lejos?»
¿Quién es esa cobra de la que hablan?
Cambia la escena. Aparece uno de los tipos de la limusina, sentado ante un escritorio. Se ve un cielo nocturno a través del ventanal que tiene a su espalda.
«No es humana —murmura—. Sólo hay veinticuatro malditas horas al día. Y nosotros hacemos todo lo que podemos. Pero ¿te crees que a ella le importa?»
Mientras habla, aparezco yo recorriendo con paso enérgico una especie de almacén. Siento una punzada de pánico. ¿Estaba hablando de mí? Ahora hay otro corte y de repente se nos ve a los dos discutiendo ásperamente en mitad de la calle. Él trata de defenderse, pero yo ni siquiera le dejo hablar.
«¡Estás despedido! —le espeto por fin con un tono implacable que me llena de vergüenza (no sé si propia o ajena)—. ¡Estás expulsado del equipo!»
«¡La Cobra ha golpeado de nuevo! —comenta la voz en off con desenfado—. ¡Veamos repetido ese momentazo!»
Pero entonces… está diciendo… ¿que yo soy la Cobra?
Con una música amenazadora, repiten a cámara lenta la escena, empezando con un primer plano de mi rostro.
«¡Estaaaaás despediiiiiido! —silbo con ferocidad—. ¡Estaaaaás expulsado de mi equipo!»
Me mareo de horror. ¿Qué han hecho? Me han manipulado la voz. Sueno como una verdadera serpiente.
«¡Hinata está en plena forma venenosa esta semana! —dice la voz en off—.mientras tanto, en el otro equipo…»
Ahora aparece en pantalla otro grupo de gente trajeada; todos discuten sobre el precio de una negociación.
Yo no puedo ni moverme.
¿Cómo es posible?
¿Por qué nadie me ha dicho nada? ¿Por qué no me han advertido? Cojo el teléfono y marco casi a puñetazos el número de Toneri.
—Hola Hinata.
—Toneri, acabo de ver el DVD del reality show —le digo nerviosa—. ¡M-me llamaban la Cobra! …Y yo m-me comportaba como una auténtica bruja ¿Por qué no me habías dicho nada?
—Cielo, fue un programa impresionante —repone en tono tranquilizador—. Y tú estuviste magnífica.
—P-pero si me llamaban la Cobra…
—¿Y qué?
—Que no quiero ser una serpiente—Debo de sonar casi histérica, lo sé, no puedo evitarlo—. A nadie le gustan las serpientes. Yo me parezco más a… a una ardilla. O a un koala.
Los koalas son peludos y mullidos. Y tienen dientes salidos.
—¿Un koala? — ríe—. Cariño, tú eres una cobra. Tienes instinto. Agresividad. Lo cual te convierte en una gran ejecutiva.
—Pero yo no quiero… —Me interrumpo al oír el timbre—. Es mi taxi. He de dejarte.
Corro al dormitorio y recojo las bolsas de los regalos, tratando de recobrar el ánimo. Me gustaría sentir la misma excitación que sentía hace un rato ante el día que me aguarda. Pero ahora toda mi seguridad se ha evaporado.
Soy un reptil. No es de extrañar que todos me odien.
Mientras el taxi se abre paso hacia el Tokyo Opera City Tower, permanezco rígida en el asiento, aferrada a las bolsas, y me doy a mí misma una charla «motivadora». En primer lugar, cualquiera sabe que en la televisión lo distorsionan todo. Nadie cree que yo sea una serpiente repulsiva. Además, ese programa ya es muy antiguo y todo el mundo lo ha olvidado…
¡Uf! El problema de darte esta clase de charlas a ti misma es que sabes muy bien que son una sarta de boberías.
El taxi me deposita frente al edificio de la empresa. Respiro hondo y me estiro el traje chaqueta de Armani. Luego, algo intimidada, subo a la tercera planta. Nada más salir del ascensor, veo junto a la máquina del café a Ten-Ten, Ino y Sakura. Ten-Ten gesticula señalándose el pelo, y habla con Ino con gran animación. Pero la charla se detiene en cuanto me ven. Como si alguien hubiera desenchufado una radio.
—¡Hola, chicas! —Las miro con la sonrisa más calurosa y amigable que logro esbozar—. Ya estoy de vuelta
—Hola, Hinata—dice Ten-Ten con un gesto, como encogiéndose de hombros.
Bueno, no será una sonrisa, pero al menos es una reacción. Las otras dos se han quedado mudas.
—¡Tienes una pinta estupenda! Me encanta esa blusa —Ten-Ten me mira con extrañeza—. Tú también estás fantástica, Ino-chan. ¡Y tú, Sakura-chan! ¡V-vaya peinado! ¡Y qué botas más lindas!
—¿Éstas? —Sakura suelta una carcajada—. Las tengo hace siglos.
—B-bueno… todavía son llamativas.
Los nervios me hacen hablar a borbotones y decir demasiadas tonterías. Con razón me miran pasmadas las tres. Ten-Ten se ha cruzado de brazos; Ino parece reprimir una risita.
—Bueno. —Intento calmarme un poco—.Les he traído una cosita. Ten-Ten, esto es para ti. Sakura-chan…
Ahora que se las entrego, las bolsas parecen demasiado llamativas y hasta ridículas.
—¿A qué viene esto? —pregunta Ino.
—Bueno, no sé. Porque… son mis amigas… Vamos. Abranlas.
Se miran, indecisas, y luego cada una empieza a romper el envoltorio.
—¿Gucci? —exclama Ten-Ten boquiabierta mientras saca un estuche de joyería—. Hinata, no puedo aceptar…
—Claro que sí. Por favor. Ábrelo y verás.
Ella lo abre con un chasquido. Es un reloj de oro.
—¿Te acuerdas? —le digo entusiasmada—. Siempre nos parábamos delante del escaparate. Cada fin de semana. Decias que si no estuvieras ahorrando para ayudar en el dojo, lo comprarías. Bueno, pues por fin es tuyo…
—En realidad… —dice incómoda—. Bueno, es mío desde hace un año y medio.
Se arremanga la blusa y veo que lleva exactamente el mismo reloj, sólo que algo más deslucido. Se me cae el alma a los pies.
—Bueno, n-no importa. Puedo cambiarlo y buscar otra cosa…
—Hinata, yo no puedo usar esto —interviene Ino, y me devuelve el estuche de perfume que le he comprado y la bolsa de cuero en que iba envuelto—. Ese olor me da arcadas.
—…P-pero si es tu favorito.
—Lo era —me corrige—. Antes de quedarme embarazada.
—¿Estás embarazada? —La miro, abrumada—. ¡Ino-chan, felicidades! ¡Es maravilloso! ¡Me alegro tanto por ti! Tu novio ha de estar contentísimo…—Ino asentándose con alguien, que genial.— ¿Como se llama él? ¿E-es de la oficina? ¿Ya saben el nombre para su bebe?
—No tengo novio—me corta.
—¿Ah, no? Pero… ¿ocurrió algo malo? —No puede ser. He metido la pata de nuevo.
—No me apetece hablar del asunto de...de ser madre soltera, ¿si? —murmura. Para mi horror, veo que tiene los ojos llenándose de lágrimas detrás de los cristales de las gafas—. Hasta luego.
Me lanza el envoltorio y, dándose media vuelta, se mete a toda prisa en la oficina.
—Bravo, Hinata—dice Sakura, sarcástica—. Ahora que ya creíamos que había superado lo de estar sola, porque el bobo de Sai no quiere compromisos…
—No lo sabía. N-No tenía ni idea. Lo siento muchísimo. —Me arde la cara de vergüenza—. Pero por favor, abre tu paquete.
Le he comprado una cruz tachonada de diamantes diminutos. A ella las joyas la vuelven loca y, en estos casos, una cruz nunca falla. Le va a encantar.
Sakura desenvuelve su regalo en silencio.
—Ya sé que es un poquito desorbitado —digo nerviosa—. Pero quería algo realmente especial…
—¡Una cruz! —Sakura me devuelve la caja con la nariz arrugada, como si apestara—. Yo no puedo llevar esto. ¡Soy una Uchiha!
—Uchiha…E-espera... ¿Por Sasuke-san?¿Desde cuándo?
—Desde que me comprometí con él —me dice, como si estuviera muy claro—. Eso implica llevar el símbolo familiar, son muy tradicionales y de por si han sido comprensivos conmigo.
—¡Oh vaya! —exclamo con alegría—. ¿Estás prometida? —Ahora me fijo que, entre los varios anillos que suele usar, hay un anillo de platino que lleva en la mano izquierda, con un diamante en el centro. Como también en el collar con un adorno del símbolo tradicional: un abanico bicolor, que solía usar Sasuke.—...Y ¿Cuándo es la boda?
—El mes que viene —dice, rehuyendo mi mirada—. En un santuario Shinto.
—El mes que viene…Pero si todavía no tengo… —Enmudezco de golpe. Se hace un silencio muy denso. Iba a decir que no tengo aún la invitación. No la tengo porque no estoy invitada—. Quiero decir… eh… ¡Felicidades! —Consigo mantener la sonrisa—. Espero que todo vaya de maravilla. Y no te preocupes, devolveré la cruz… y el reloj… y el perfume…
Con dedos temblorosos, meto todos los envoltorios en una de las bolsas.
—Bueno —dice Ten-Ten con una voz extraña—, nos vemos, Hinata.
—Adiós—añade Sakura sin mirarme a los ojos. Mientras se alejan, siento unas ganas tremendas de llorar.
Bravo, Hinata. No sólo no has recuperado a tus amigas, sino que lo has fastidiado todo un poquito más.
—¿Un regalito para mí? —Es la voz sarcástica de Kabuto. Me vuelvo y veo que viene por el pasillo con un café en la mano—¡Qué amable de tu parte!
Este tío me causa un gran rechazo. Él sí que es un reptil. Se siente en su presencia.
—Hola, Kabuto-san —le digo con un tono que quiere ser enérgico—. Me alegro de verte.
Haciendo un esfuerzo, alzo la barbilla y me aparto de la cara un mechón rebelde. No puedo desmoronarme.
—Demuestras mucho valor volviendo —me dice mientras cruzamos el pasillo—. Lo encuentro admirable.
—No sé por qué. A mí me hace mucha ilusión.
—Bueno, para cualquier duda, ya sabes dónde encontrarme. Aunque hoy estaré casi todo el día con Shimura Danzo-san. Recuerdas a ese hombre, ¿no?
¿Por qué siempre elige gente que no conozco?
—Refréscame la memoria —le digo a regañadientes.
—Es el jefe de la distribuidora, ANBU. ¿Sí? Distribuyen nuestros productos por todo el país. O sea, alfombras, baldosas y tal. Los llevan en camiones —añade en tono socarrón.
—Me acuerdo de ANBU, gracias —replico cortante—. Y ¿por qué te reúnes con ellos?
—Bueno. —Hace una pausa—. La verdad es que últimamente han perdido el norte. Están en crisis. Si no logran mejorar, tendremos que buscarnos otro distribuidor.
—Muy bien. —Asiento con aire ejecutivo—. Mantenme informada. —Hemos llegado a mi despacho—. Nos vemos, Kabuto-san.
Cierro la puerta y tiro las bolsas en el sofá. Abro el armario del archivo, saco un montón de carpetas. Sin dejarme vencer por el desaliento, me instalo en mi escritorio y me enfrento al primer expediente, que contiene las actas de las reuniones del departamento.
Cuatro años. Puedo ponerme al día. Tampoco es tanto.
Sólo veinte minutos después, ya me duelen las meninges. No recuerdo haber leído nada serio o pesado en mucho tiempo, y estos expedientes son densos y aburridos con ganas. Discusión presupuestaria. Renovación de contratos. Valoraciones de rendimiento… Es como si hubiera vuelto al colegio y tuviera que pasar seis cursos a la vez.
Y aún no he terminado de leer el primer documento…
—¿Cómo te va? —La puerta se ha abierto silenciosamente y Kabuto asoma la cabeza.
¿Es que no sabe llamar primero?
—Muy bien —digo a la defensiva—. Estupendamente. Tengo sólo un par de preguntas.
—Dispara. —Se apoya en el marco de la puerta.
—Bien. Primero: ¿qué es QAS?
—Nuestro nuevo software de contabilidad. Todo el mundo ha recibido ya la formación necesaria.
—Bueno, entonces también puedo recibirla yo —digo con energía—. Y ¿qué es ?
—Es la empresa que atiende a nuestros clientes on-line.
—¿C-cómo?—pregunto desconcertada—. ¿Y nuestro departamento de atención al cliente?
—Todos despedidos. Hace años —contesta con aire aburrido—. Hubo una reestructuración y muchos departamentos fueron suprimidos.
Oh…Eso quiere decir que Temari ya no está aquí. Y yo que creía que podría ver al menos más caras conocidas. Era sarcástica y bastante decidida, y por lo que supe se aplacaba bien en su puesto por lo mismo. Era agradable, venía de otra región de Japón para trabajar en Tokio. Por lo mismo quizás fue una de las personas que me trato de buena forma al entrar a la oficina…
Y ya no está…Ni siquiera pude despedirme.
No, no es tiempo de ponerse triste o nostálgica. No me puedo ver vulnerable frente a este tipo.
—Está bien. —Intento asimilar toda la información y vuelvo a mirar el documento—. Y BD Buroku, ¿qué es?
—Nuestra agencia de publicidad —dice, como armándose de paciencia—. Hacen nuestros anuncios. Radio, televisión…
—Sé lo que es una agencia. ¿Y Pinkham Sumito? ¿Qué pasó con ellos? Teníamos una relación excelente…
—Ya no existen. —Pone los ojos en blanco—. Quebraron. Rayos, Hinata, no tienes ni una maldita idea de la empresa, ¿no?
Abro la boca para replicar, pero vuelvo a cerrarla. Tiene razón. Es como si el paisaje que yo conocía hubiera sido barrido por un huracán. Lo han reconstruido y no reconozco nada.
—Nunca llegarás a ponerte al día del todo. —Me observa con lástima.
—Claro que sí.
—Tienes que afrontarlo. No estás bien. No deberías someter tu mente enferma a una tensión como ésta.
—¡N-No tengo ninguna enfermedad mental! —exclamo. Me pongo en pie y salgo bruscamente del despacho pasando por su lado. Rin levanta la vista, alarmada, y cierra su móvil.
—Hola, Hinata-san. ¿Quería algo? ¿Una taza de café?
Parece aterrorizada, como si fuera a morderla o despedirla. Muy bien. Ahora tengo la oportunidad de demostrarle que no soy una bruja tiránica. Que soy yo, Hinata Hyuga.
—¡Hola, Rin! —le digo con mi tono más afectuoso, y me siento en la esquina de su escritorio—. ¿Todo bien?
—Eh… sí. —Me mira con ojos desorbitados.
—Estaba pensando… ¿quieres que te traiga un café?
—¿U-usted? —Ahora su mirada es de alarma, como si sospechara una trampa—. ¿Traerme un café… a mí?
—Sí, ¿por qué no? —Cuanto más sonrío, más se estremece.
—No… gracias. —Se levanta despacio, con los ojos fijos en mí, como si realmente pensara que soy una cobra—. Yo te lo traigo.
—Espera —la detengo a la desesperada—. ¿Sabes?, Rin, me gustaría conocerte mejor. Tal vez podríamos ir un día a almorzar juntas… a dar una vuelta… de compras…
Ella me mira patidifusa.
—Eh… sí, Hinata-san —murmura, y echa a correr por el pasillo.
Me vuelvo y descubro a Kabuto, que sigue en el umbral de mi despacho y se está aguantando la risa.
—¿Qué pasa?
—Oye —dice arqueando las cejas—, tú te has convertido en otra persona, ¿no?
—A lo mejor lo único que pasa es que quiero ser amable con mi gente y tratarla con respeto —respondo desafiante—. ¿Alguna objeción?
—¡No, por supuesto que no! —Levanta las manos—. Es una gran idea. — Me observa atentamente, todavía con una sonrisa sarcástica en los labios; luego chasquea la lengua—. Lo cual me recuerda otra cosa. Te la cuento antes de irme. Es un asunto que te he dejado para que resuelvas tú, como directora del departamento. Me ha parecido lo más adecuado.
Por fin me trata como lo que soy. Como la jefa.
— ¿De qué se trata?
—Hemos recibido un e-mail de arriba sobre alguna gente que se está pasando con el tiempo del almuerzo. —Se lleva la mano al bolsillo y saca un papel—. La directiva en general quiere que los jefes les echen una bronca a sus equipos. Hoy, preferiblemente — añade alzando las cejas—. ¿Lo dejo en tus manos?
No. No, por favor. ¿Por qué hoy?
Encerrada en mi despacho, camino de un lado para otro con el estómago atenazado por los nervios. Nunca le he pegado un buen regaño a nadie. No digamos ya a un departamento entero. Y menos aún mientras intento demostrar que soy agradable y no una bruja repulsiva.
Vuelvo a leerme el e-mail que ha enviado Deidara, el asistente personal de Ryotenbin Onoki:
Apreciados colegas. Ha llegado a oídos de Ryotenbin-san que algunos miembros de la plantilla están extendiendo sistemáticamente la hora del almuerzo mucho más allá de los límites estipulados. Lo cual es intolerable. Se les agradecería que se lo dejaran bien claro a vuestros equipos lo más pronto posible y que impongan una política de control más estricta.
Gracias,
Ao Deidara
Bueno. Pero no dice por ninguna parte «echenle una buena bronca a su departamento». No hace falta que sea agresiva. Puedo hablar del asunto sin ser desagradable.
Quizá podría hacerlo en plan simpático e incluso con cierto humor. Empezaré diciendo: «¡Eh, chicos! ¿Les hace falta más tiempo para almorzar?» Pondré los ojos en blanco para indicar que es una ironía y todos se echarán a reír, y alguien me preguntará: «¿Por qué? ¿Pasa algo, Hinata?» Y yo sonreiré medio apenada y diré: «No soy yo; son los de arriba… O sea que vamos a intentar volver a la hora, ¿si?» Y más de uno asentirá como diciendo: «Si, está bien.»
Y asunto arreglado.
Sí. Suena bien. Respiro hondo, doblo el papel, me lo meto en el bolsillo, salgo de mi despacho y entro en la oficina principal de Suelos y Alfombras.
Hay un murmullo general de gente al teléfono y teclados repiqueteando. Durante medio minuto nadie advierte mi presencia, hasta que Ten-Ten levanta la vista y le da un codazo a Ino; ésta a su vez le da un toque a la chica de al lado (no la reconozco), que interrumpe su conversación telefónica en el acto. Todos se apresuran a colgar, apartan la vista de la pantalla y las manos de los teclados; todas las sillas giran en redondo. El departamento entero queda paralizado y en silencio.
—¡Ho-hola a todos! —empiezo—. Eh… ¿qué tal? ¿Cómo va la cosa?
Nadie responde. Ni siquiera se inmutan. Se limitan a mirar al techo con una expresión de: «¡Que quieres ahora!»
—Bueno, bueno. —Procuro sonar simpática—. Quería saber… ¿T-tienen tiempo suficiente para almorzar?
—¿Queeeé? —La chica sentada en mi antiguo escritorio me mira con incredulidad—. ¿Nos van a dar más?
—¡N-no! O sea… Es demasiado, en realidad.
—Yo creo que está bien. —Se encoge de hombros—. Con una hora tienes tiempo de hacer unas compras.
—Sí —dice otra chica—. Justo para ir a comprar y volver.
Parece que no he logrado hacerme entender. Y ahora hay dos chicas en el rincón que se han puesto a hablar.
—¡E-escuchen, por favor! —Se me está poniendo una voz estridente—. Tengo una cosa que decirles. S-sobre la hora del almuerzo. Algunas personas de la plantilla… eh…bueno, aunque no necesariamente ninguna de ustedes…
—Hinata—interviene Ino—, ¿de qué diablos estás hablando?
Ten-Ten y Sakura explotan en una carcajada. Yo me pongo roja como un tomate.
—Escuchenme. —Trato de no perder la compostura—. E-esto va en serio.
—Seeeeeerio —repite alguien, haciéndome eco. Risitas por toda la oficina.
—M-muy gracioso. —Esbozo una sonrisa. Ya no puedo con mi cuerpo, es un mano de nervios—. Pero bueno, ahora e-en serio…
—¡Seeeeeerio!
Ahora el departamento entero parece reír disimuladamente o sisear por lo bajo como serpiente, o las dos cosas a la vez. Todo el mundo lo encuentra muy divertido. Excepto yo. De golpe, un avión de papel pasa rozándome la oreja y aterriza en el suelo. Doy un respingo del susto y todos estallan en risotadas.
—Bueno, p-por favor, escuchen. No d-demoren demasiado durante el almuerzo, ¿e-está claro? —digo, desesperada.
Nadie me escucha. Otro avión de papel me da en la nariz; luego una goma.
—Bueno, ¡n-nos vemos! —acierto a decir—. Gracias por… su magnífica labor.
Las carcajadas resuenan a mi espalda mientras salgo tambaleante. Corro hacia el baño y me cruzo por el camino con Karin.
—¿Vas a entrar en ese baño, Hinata? —me pregunta, sorprendida—. Ya sabes que tienes la llave de los servicios de dirección. ¡Mucho más bonitos!
—A-aquí está bien —le digo con una sonrisa forzada—. E-en serio.
Me meto directamente en el último cubículo, cierro de un portazo y me desplomo con la cabeza entre las manos. Ha sido la experiencia más humillante de mi vida. Dejando de lado el episodio del traje de baño transparente.
¿Por qué habré querido ser la jefa? ¿Por qué? Lo único que consigues es perder a todas tus amigas, verte obligada a echar broncas y tener que soportar risitas y silbidos. Y todo, ¿a cambio de qué? ¿De un sofá en tu despacho? ¿De una Visa oro?
Finalmente, levanto la cabeza y reparo en la puerta del cubículo, como de costumbre llena de grafitis. Siempre hemos usado esta puerta como una especie de tablón de anuncios donde desahogar nuestras frustraciones y escribir chistes y diálogos idiotas. Con el tiempo, se va llenando y llenando, y entonces alguien la rasca hasta dejarla limpia… y vuelta a empezar. El personal de limpieza no se ha quejado nunca y los ejecutivos jamás entran aquí, así que resulta bastante seguro.
Repaso los mensajes. Hay una historia calumniosa sobre Ryotenbin Onoki que me arranca una sonrisa. Y de pronto tropiezo con un mensaje en rotulador azul que capta toda mi atención.
Es la letra de Sakura y dice: «La Cobra ha vuelto.»
Debajo, con bolígrafo negro, alguien ha añadido: «No te preocupes, he escupido en su café.»
Sólo hay una salida. Y consiste en correr de ahí. Una hora más tarde, acomodada en el bar del hotel Bathgate, apuro mi tercera copa. El mundo se ha vuelto un poquito borroso, pero ya me va bien. Por lo que a mí respecta, cuanto más borroso, mejor. Siempre y cuando pueda conservar el equilibrio en el taburete. Pero se siente extraño beber en soledad.
—Eh. —Llamo al camarero—. Sírvame otra, por favor.
El tipo alza las cejas levemente.
—Desde luego.
Lo observo con cierto resentimiento mientras prepara la menta. ¿Es que no va a preguntarme por qué quiero otro? ¿No va a ofrecerme como en las películas un poco de sabiduría casera?
Coloca el cóctel en un posavasos y añade un cuenco de cacahuetes, que yo aparto con desdén. No quiero tomar nada para amortiguar el alcohol. Lo que quiero es que me suba directo a la cabeza.
—¿Le preparo alguna cosa? ¿Un tentempié?
Me señala con un gesto la carta, pero no hago ni caso y le doy un trago generoso a mi copa.
—D-digame ¿A u-usted le parezco una bruja? –Le pregunto con cierto temor-Respondame sinceramente, por favor.
—No —dice él, sonriendo.
—Pues lo soy, por lo visto. —Echo otro trago—. E-es lo que dicen todas mis amigas.
—Lo dirán algunas.
—No, todas las que tengo lo d-dicen...Bueno, las que tenía...Antes eran amigas mías… —Incluso yo percibo que arrastro las palabras.
De pronto, mi móvil lanza un pitido. Tras un pequeño forcejeo con la cremallera del bolso, consigo sacarlo. Es un mensaje de Toneri:
Hola. Voy para casa. T.
—Es de mi marido —informo al camarero.
—Fantástico —responde con educación.
—Sí. Ya lo creo. —Asiento seis o siete veces—. E-es fantástico. El matrimonio perfecto… —Me quedo pensativa un instante—. Aunque…No hemos tenido relaciones sexuales.
—¿No tienen relaciones? —repite el camarero.
—Sí hemos tenido relaciones sexuales. —Doy un trago y me inclino hacia él, en plan confidencial—. Sólo que… no m-me acuerdo.
Ahora que lo pienso… Si nos acostamos, quizá recuerde algo. ¡A lo mejor es lo que necesito! Tal vez Hanabi tenía razón, es el remedio para la amnesia que ofrece la naturaleza.
—Voy a hacerlo.—Dejo el vaso de golpe y miro al camarero con decisión—. ¡Voy a acostarme con mi marido!
Voy a acostarme con Toneri. Ésa es mi misión.
Mientras me dirijo a casa en taxi, me siento bastante excitada. Voy a atacarlo en cuanto llegue. Tendremos una sesión increíble de sexo, se me fundirán los plomos y todo se aclarará de golpe.
La única dificultad que se me ocurre es que no llevo encima el manual conyugal. Y no sé si recuerdo del todo el orden de los preliminares.
Además, no recuerdo siquiera haber empezado a tener relaciones sexuales en primer lugar.
Bien, esas son tres dificultades.
Cierro los ojos, tratando de olvidar el mareo que siento y de recordar exactamente lo que escribió Toneri. Había una cosa «en el sentido de las agujas del reloj». Y otra con «lengüetazos suaves y luego acelerados». ¿Qué? ¿Los muslos? ¿El pecho? Tendría que habérmelo aprendido de memoria. O habérmelo apuntado en una nota en el cabezal de la cama.
Creo que ya lo tengo. Primero los glúteos, luego la cara interna de los muslos, luego el escroto…
—¿Cómo dice? —pregunta el taxista.
¡Uf! No me he dado cuenta de que hablaba en voz alta.
—¡N-nada!
Los lóbulos de las orejas aparecían por algún lado, recuerdo de pronto. Quizá eran ahí los lengüetazos. Bueno, no importa. Lo que no recuerde puedo inventármelo.
O sea, tampoco es posible que seamos una vieja y aburrida pareja de casados y que cada vez hagamos lo mismo.
¿No?
Siento una pequeña duda, pero no hago caso. Estaré bien, aunque sea de cierta forma mi primera vez. Mi cuerpo lo recordara... Además, llevo una ropa interior bellisima. De seda, a conjunto… Pues ya no hay nada «andrajoso» entre mis pertenencias.
Llegamos y pago al taxista. Mientras subo en el ascensor, me quito de la boca el chicle que he venido mascando para refrescarme el aliento y me desabrocho un poco la blusa.
Bueno, no tanto. Ahora se me ve el sostén.
Vuelvo a abrocharme, entro en el apartamento y llamo a Toneri
No hay respuesta, así que me dirijo al estudio. Estoy bastante borracha, la verdad. Voy dando tumbos sobre los tacones y las paredes se acercan y se alejan de un modo muy extraño. Será mejor que no intentemos hacerlo de pie.
Llego a la puerta del estudio y veo a Toneri, que está trabajando con su ordenador. En la pantalla aparece el folleto del Moon 42, su nuevo edificio. La fiesta de inauguración se celebra dentro de pocos días y él está dedicado por entero a preparar su intervención.
Bueno. Lo que mi marido debería hacer ahora es percibir las vibraciones sexuales que hay en el ambiente, darse la vuelta y verme. Pero no.
—Toneri —digo con mi intento de voz más roca y sensual. Él, como si nada. Hasta que me doy cuenta de que lleva los auriculares—. ¡T-Toneri! —grito, y por fin se vuelve.
Se quita los auriculares y sonríe.
—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido el día?
—Toneri…yo…eh…Pues,-t-tómame. —Me paso una mano por el pelo—. Hagámoslo. E-el amor, digo.
Él me mira unos segundos, entornando los ojos.
—Cielo, ¿has bebido?
—Quizá me haya tomado un par de cócteles. O tres —asiento, agarrándome al marco de la puerta—. Lo importante es que me han hecho darme cuenta de lo que necesito. De lo que me hace falta. Tu sabes.
—Bueeeeno. —Arquea las cejas—. Quizá sea mejor que se te pase un poco primero y que comas algo. Chiyo ha preparado un caldo de marisco…
—N-no quiero caldos—Me entran ganas de patalear—. Tenemos que hacerlo ¡E-es la única manera de que empiece a recordar!
¿Qué le ocurre? Yo creía que se me echaría encima sin más y lo que hace es frotarse la frente con el dorso del puño.
—Hinata, yo no quiero forzarte a hacer nada. Esto es una decisión importante. El médico del hospital dijo que debemos mantenernos en un nivel en el que tú te sientas cómoda…
—Pues me sentiría m-muy cómoda si lo hiciéramos ahora mismo. —Me desabrocho dos botones, dejando a la vista mi sujetador.—. V-vamos… Soy tu esposa ¿no?.
Veo cómo trabaja su mente mientras me observa.
—Bueno… está bien. —Cierra el documento, apaga el ordenador, se me acerca, me rodea con sus brazos y empieza a besarme.
Es… agradable.
Sí, eso, agradable.
Tiene una boca bastante suave. Ya lo había notado antes. Un poco raro en un hombre. Quiero decir, no es que sea exactamente malo, pero…
—¿Te sientes cómoda, Hinata? —me dice al oído, jadeante.
—Sí —susurro.
—¿Vamos al dormitorio?
—C-claro
Sale del estudio y lo sigo dando tumbos. Parece todo un poquito raro, demasiado formal, como si fuese a hacerme una entrevista de trabajo.
En la habitación, reanudamos el besuqueo. Él parece muy concentrado, pero yo no sé muy bien qué debo hacer a continuación. Vislumbro el manual conyugal sobre la otomana y me pregunto si podría abrirlo en la página de Preliminares con la punta del pie. Aunque Toneri tal vez lo notaría.
Ahora me arrastra hacia la cama. Tengo que corresponderle de algún modo, pero ¿cómo?. Voy a concentrarme en… el pecho. Le desabrocho la camisa y empiezo a acariciárselo. En el sentido de las agujas del reloj.
Tiene un buen tórax, eso no puedo negárselo. Firme y musculoso, gracias a su hora diaria de gimnasio.
—¿Te parece bien que te toque los pechos? —murmura mientras empieza a quitarme el sujetador.
—Creo q-que sí—murmuro.
¿Por qué me estruja tanto? Como si estuviese comprando fruta. Me va a hacer un morado.
En fin. No importa. Esto es fantástico.
Tengo un marido fabuloso con un cuerpo fabuloso y estamos en la cama…
¡Agggg! ¡Mi pezón!
—Perdona —susurra, al ver el desagrado en mi cara—. Escucha, cielo, ¿te sientes cómoda si te toco el abdomen?
—Eh… Supongo…
¿Por qué me pregunta eso? ¿Por qué iban a parecerme bien los pechos y no el abdomen? O sea, soy nueva, otra vez, en esto de tener relaciones, pero suponía que todo fluía. Estar con mi marido debería implicar que todo en la cama fluya sin problemas.
Y para ser del todo sincera, no sé si «cómoda» es la palabra apropiada. Creo educado que me lo pregunte una vez, pero si ya le dije que estaba decidida a esto. ¿Por qué no me cree ? Tanto que me cuestiona...Me hace pensar demasiado ¿Será siempre así?
No, no Hinata, deja de ser pesimista.
Pero esto es tan surrealista. Estamos moviéndonos, jadeando, el preguntando si me siento comoda a tal cosa, yo contestandole que si...y en fin, haciéndolo todo tal como dice el manual, pero yo no tengo la sensación de ir a ninguna parte.
Y encima el alcohol parece abandonar mi cuerpo y me empiezo a llenar de nervios.
Toneri me echa su cálido aliento en la nuca. Creo que ahora me toca a mí hacer alguna cosa. Las nalgas tal vez o… Sí. Por la manera que tiene de mover las manos, parece que ahora pasamos sin más al interior de los muslos.
—Qué bella estás —dice con voz ahogada—. Oh, si, ¡y qué buena estás! ¡Y qué caliente me pones!
¡Otro con la manía de decir «caliente»! Debería acostarse con Ten-Ten...
¡No! No debería, obviamente. Borra esa idea.
Me doy cuenta de que voy tres pasos por detrás en los preliminares, no digamos ya en la charla sexy. Pero Toneri no parece haberlo notado.
—Hinata, cielo —me murmura al oído.
—¿Sí? —susurro, preguntándome si me va a decir: «Te quiero.» ¡Que romantico!
—¿Te sientes cómoda si te meto el pene en tu…?
¡Argggggg!
¿Por qué dice eso?
Sin pensármelo dos veces, me lo quito de encima de un empujón y ruedo hacia el otro lado de la cama.
Bueno… no quería darle un empujón tan fuerte.
—¿Qué pasa? —Se incorpora alarmado—. ¡Hinata! ¿Estás bien? ¿Has tenido un recuerdo repentino?
—No. —Me muerdo el labio—. Lo siento. Me he sentido de sopetón un poco…
—Lo sabía. Sabía que nos estábamos precipitando. —Suspira y me toma de las manos—. Dime, Hinata ¿por qué no te has sentido cómoda? ¿Te ha venido un recuerdo traumático?
Habla muy en serio. Tendré que mentirle. No, no puedo mentir. El matrimonio sólo funciona si eres totalmente sincera.
—N-no ha sido ningún recuerdo traumático. —Le digo por fin, con la vista fija en el edredón—. Ha sido porque has dicho… «pene».
—¿«Pene»? —repite estupefacto—. ¿Qué pasa con «pene»?
—E-es que… ya sabes. No resulta muy sexy. Como palabra. —De hecho, me causa mucha risa. Digo, escucharlo así de la nada no me desconcierta, pero me imagino a una pareja haciéndolo, todo erotizados y diciendo de repente "pene". Es como obvio que está ahí, por algo lo están haciendo.
Toneri se reclina sobre el cabezal, con gesto desconcertado.
—A mí «pene» me parece sexy—dice por fin.
—Bu-bueno —rectifico—. O sea, sí, obviamente es bastante sexy…En fin, no sólo era eso. —Me apresuro a cambiar de tema y reuno valor para decirle lo siguiente—. Ha...Ha sido esa m-manía de preguntarme cada dos por tres si me sentía cómoda. Suena un poquito, no sé… formal. ¿No crees?
—Sólo trataba de ser considerado —repone con frialdad—. Ésta es una situación muy extraña para los dos. —Se da la vuelta y empieza a ponerse la camisa con gestos bruscos.
—¡L-Lo sé! —digo—. Y te lo agradezco, de veras. —Le pongo una mano en el hombro—. Pero quizá p-podríamos relajarnos un poco. Ser más… espontáneos.
Toneri se queda callado, como sopesando lo que he dicho.
—Entonces, ¿duermo aquí esta noche? —me dice por fin.
—¡Oh! —Me echo atrás y siento mi cara sonrojar, sin poder remediarlo.
¿Qué me pasa? Es mi marido. Hace un momento estaba decidida a hacer el amor con él.
Y en cambio, tenerlo durmiendo conmigo toda la noche me resulta… demasiado íntimo
—Quizá p-podríamos dejarlo tal como está un tiempo. Lo siento, e-es sólo…
—Perfecto. Lo comprendo. —Se pone de pie sin mirarme a los ojos—. Creo que voy a darme una ducha.
—…De acuerdo.
En cuanto sale, me desplomo sobre los almohadones.
Fenomenal. No he tenido relaciones sexuales. No recuerdo nada. He fallado estrepitosamente.
«A mí "pene" me parece sexy.»
Me entra una carcajada y me tapo la boca, por si pudiera oírme. El teléfono junto a la cama empieza a sonar, pero al principio no me muevo. Seguro que es para Toneri. Luego recuerdo que está en la ducha. Alargo el brazo y descuelgo un auricular Bang & Olufsen que es el último grito.
—¿Hola?
—Hola —una voz seca y conocida—. Soy Naruto.
—¿Naruto-san? —Noto que me pongo al rojo vivo. Toneri no está a la vista, pero aun así corro al baño adosado con el teléfono, cierro la puerta y echo el pestillo—. ¿Estás loco? —susurro furiosa—. ¿Para qué me llamas aquí? Es muy arriesgado ¿Y si contestara Toneri?
—Yo esperaba que el contestara. —Suena desconcertado—. He de hablar con él.
—Ah. —Me quedo de piedra. ¡Estúpida de mí!—. Ah, s-si. —Intento salvar la situación adoptando un tono de atenta y solícita esposa—. Por supuesto, Naruto-san. Ahora voy a buscarlo…
—Pero quiero volver a hablar contigo —me corta él—. Hemos de vernos. Tenemos que hablar.
—N-No puede ser. Tienes que parar. Todo este… diálogo o lo que sea. Al teléfono. Sin teléfono.
—Hinata-chan… ¿estás borracha?
—No. —Me examino la cara enrojecida en el espejo—. Bueno… un poquito quizá. ¿C-Como lo notaste?
Oigo una especie de bufido al otro lado de la línea. ¿Se está riendo?
—Quizas tuviste un mal día, pero no por eso estarás como los viejos cuarentones ahogando tus penas—Sigue riendo—Eres muy linda como para ser de esos con corbata en la cabeza, de noche, paseando por la calle.
No puedo evitar imaginarme la misma situación. Con las mejillas rojas, quejándome del jefe y bailando con una botella de sake y una bolsita de sobras.
Sin notarlo hasta muy tarde, me echo a reír también.
—Hinata-chan, te amo —dice, de repente.
—Tú no me conoces.
—Claro que sí. Y quiero a la chica… que eras. Que eres.
—¿A la Cobra? —replico con brusquedad—. ¿A esa bruja repulsiva? Entonces debes de estar loco.
—¡Tú no eres una bruja repulsiva! —Ahora ríe abiertamente otra vez.
—Todo el mundo parece creer que lo soy. Que lo e-era. O como sea.
—Estabas descontenta. Y cometiste algunos errores importantes. Pero no eras una bruja repulsiva.
Bajo la neblina del alcohol, me bebo cada una de sus palabras. Es como si estuviera poniéndome un bálsamo en una herida en carne viva. Quiero seguir escuchándolo.
—¿Qué…? —Trago saliva—. ¿Qué clase de errores?
—Te lo diré cuando nos veamos. Hablaremos de todo…Hinata-chan, te he echado tanto de menos…
Su tono íntimo me incomoda de repente. Aquí estoy, en mi propio cuarto de baño, susurrándole a un tipo que no conozco. ¿En qué lío me estoy metiendo?
—N-No. Basta. ¡B-Basta! —lo corto en seco—. Tengo que pensar.
Camino de un lado para otro, pasándome la mano por el pelo y tratando de arrancarle alguna idea sensata a mi cabeza, que sigue dándome vueltas.
Podríamos vernos y hablar, simplemente…
No. ¡No! No puedo empezar a ver a alguien a espaldas de Toneri.
Quiero que mi matrimonio funcione.
Quiero que esta vida funcione.
—¡Toneri y yo a-acabamos de tener re-relaciones sexuales! —le suelto, desafiante.
Ni siquiera estoy segura de por qué se lo he dicho.
Se hace un silencio. Me pregunto si se ha sentido ofendido y me ha colgado.
Bueno, mejor.
—¿Y? —resurge su voz.
—Ya m-me entiendes. Eso cambia las cosas.
—No te sigo. ¿Crees que dejaré de estar enamorado de ti sólo porque te has acostado con Toneri?
—No sé… Quizá.
—¿O acaso crees que tener relaciones sexuales con él es una prueba de que lo quieres? —Su voz suena implacable.
—N-No sé…No lo sé —repito nerviosa. Ni siquiera debería mantener esta conversación. Debería estar caminando con el teléfono en la mano y diciendo: «¿Cariño? Es Naruto-san, para ti.» Pero algo me retiene en el baño, con el auricular pegado a la oreja—. Creí que me estimularía la memoria —digo al fin, sentándome en el borde de la bañera—. No paro de pensar que quizá todos mis recuerdos estén ahí, encerrados, y que si consigo llegar…Es tan frustrante
—Dímelo a mí —dice él, irónico, y de repente me lo imagino de pie, con su camiseta gris y sus tejanos, con la cara fruncida, sus cabellos disparatados y el teléfono en una mano, mesándose la nuca y dejando entrever la axila… La imagen resulta tan vivida que pestañeo—. ¿Y qué tal te ha ido? El sexo, digo. —Su tono ha cambiado; suena más tranquilo.
—Ha sido… —Me aclaro la garganta—. Ya m-me entiendes. Sexo. Ya sabes cómo son estas cosas.
—Sí, ya sé. Y también sé cómo es Toneri al respecto. Hábil… considerado… con la imaginación de…
—Basta. Lo dices como si fuesen defectos.
—Hemos de vernos —dice, cortante—. En serio.
—No podemos. —Noto un temblor espantoso. Como si estuviera a punto de caer al vacío. Como si tuviera que detenerme.
—Te echo mucho de menos —prosigue con una voz grave y dulce—. Hinata-chan, no tienes ni idea de cómo te echo de menos. Vivir sin ti… me está matando…
Se me ha puesto húmeda la mano con que sostengo el teléfono. No puedo seguir escuchándolo.
Me confunde, me aturde. Porque si fuera cierto lo que dice, si lo fuera…
—Lo siento, tengo que dejarte —le digo a toda prisa—. Te paso a mi esposo.
Con piernas temblorosas, quito el pestillo y salgo del baño apartando el teléfono ostentosamente, como si estuviera contaminado.
—¡Hinata-chan, no! ¡Espera! —Oigo su voz en el aparato, pero no hago caso.
—Toneri—digo en voz bien alta al acercarme a su baño; él sale envuelto en una toalla—... Naruto-san, para ti. El ingeniero.
Bueno, ese fue el capitulo nuevo :3
No puedo escribir mucho hoy, asi que me delimitare a simplemente agradecer su lectura y tambien decirles que me alegra enormemente que haber adaptado esta historia resultara en que algunos o algunas decidieran leer la original. Me enternece esas ansias por terminar el relato :DEspero que tengan un buen día y nos vemos en la próxima entrega. UUUUUH ¿que pasaraaaa?
