Capítulo XII

Involuntario

"Extraño, en su mundo perfecto

Así extraño, extraño

Me siento tan absurdo en esta vida

No te acerques, en mis brazos

Siempre se te extraña, extraño"

He estado largo tiempo pensando en mi vida, en mis circunstancias y en lo que debería hacer con ambas. Tendido en mi cama, miró a través de la ventana y observo la luna, que es la misma luna que la ilumina a ella, pero su luz, para mí es muy diferente, en esa luz yo logro ver el resplandor de Kagome, el tono pálido de su piel, el brillo de su cabello, el punto de luz en su mirada ilusionada. Aunque sé que sería una esperanza vana, pensar que ella me vea a mí, estoy seguro que ella no me verá a mí en ninguna parte. Me ha costado comprenderlo, me ha costado comprender que a pesar de entregarle mi corazón palpitando en una caja de cristal, ella no logra ver mi amor. Estoy en carne viva por ella y Kagome solo piensa en la ilusión de amor que creo en su cabeza y en el modo de realizarla justo del modo en que la soñó, negándose a aceptar, que la vida nos mueve el piso más veces de las que desearíamos y que nuestra fortaleza está en volver a crear nuestra realidad con lo que ha quedado.

Aquel día, luego de no encontrar a Kagome, subí y marqué su número, no sé cuántas veces, pero ella no respondió. Me quité la ropa mojada, mientras seguía llamando, no sabía a dónde podía haber ido, no sabía dónde tenía pensado dormir, ni cuando pensaba regresar a Nagato. Le dejé algunos mensajes esperando a que respondiera. Me sentía angustiado, volví a llamar algunas veces más y finalmente le dejé un último mensaje que esperaba respondiera.

"Sólo dime si estás bien"

Ya estaba agotado, mis emociones me habían cansado del modo que te cansas después de un día completo de deporte. Fatigado me dormí, a pesar de no desearlo, pero en cuanto el móvil marcó la llegada de un mensaje, me desperté como si hubiese estado en vigilia. Me froté los ojos y lo leí con algo de dificultad.

"Estoy en Nagato, no te preocupes por mí, ya hablaremos"

Me dejé caer nuevamente en la cama y miré el techo de mi habitación.

- No lo has asumido – dije sin más.

La conocía demasiado como para saber que su respuesta lejana, lo que estaba haciendo era protegerse de lo que la rodeaba, se estaba metiendo en su caja de seguridades, aislándose de la realidad, para no tener que enfrentarla. Pensé en responderle el mensaje y decirle que era una cobarde, pero no era justo que le dijera algo como eso, yo sabía bien que era responsable de lo que sucedía. Dejé el teléfono sobre la mesa nuevamente y me dejé llevar por los recuerdos. Al menos por esta noche, me permitiría regodearme en ellos y no sentirme culpable.

Al día siguiente que era sábado, dormí hasta muy avanzado el día, cuando el sol comenzó a salir, yo cerré la persiana, de modo que el apartamento se quedó a oscuras y ahí me quedé, candado por todo lo vivido, por todas las emociones que me habían golpeado en unas cuentas horas. Mi teléfono sonó nuevamente y me sobresalté, abrí los ojos e intenté enfocar en medio de la oscuridad, tomé el teléfono.

- ¿Si? – respondí adormecido.

- ¿Puede ser que te haya despertado? – escuché la voz al otro lado del teléfono y tuve que hacer un esfuerzo para reconocerla.

- ¿Kikyo?... – pregunté, luego me puse de pie y abrí la persiana, no llegué a subirla del todo, el sol entraba a borbotones.

- Sí – me confirmó.

- Tuve una mala noche – respondí y los recuerdos volvieron a mi mente, me sentí extraño, como si todo aquello hubiese sido una especie de sueño que terminó en pesadilla - ¿qué hora es? – la escuché reír.

- Faltan algunos minutos para las dos de la tarde – me aseguró, algo burlona.

No sé por qué su alegría se me hizo algo grato en ese momento.

- Ya… creo que ya no desayunaré entonces – dije, mientras me rascaba un poco la cabeza y me miraba al espejo en el baño.

- Si quieres dejamos lo del cine para otro día – me dijo con tranquilidad, como si comprendiera cualquier decisión que yo pudiera tomar, aquello me resultó agradable también.

- No, podemos reunirnos a eso de las cinco fuera del cine – aseguré, eso me daría tiempo para despejarme y salir a hacer un poco de deporte antes.

- ¿Seguro? – preguntó.

- Seguro.

Cuando corté la llamada, me quedé mirando mi imagen en el espejo. Ahora que estaba lejos de casa me evitaba el estar pensando siempre en las comparaciones que la gente seguramente haría entre mi hermano y yo, y hasta me parecía que con esa pinta, desmadejada y con la almohada aún marcada en la cabeza, podía verme interesante para alguna chica. Me reí de mí mismo, a quién quería engañar, Kagome seguía latiendo en mi corazón como una enfermedad.

Pero hasta los enfermos cardiacos viven con un bypass.

Decidí que dejaría que Kagome me llamara, ella dijo "ya hablaremos", pues lo haríamos cuando ella quisiera.

Así que ese día cuando llegué al cine, esperé a que llegara Kikyo y cuando la vi acercarse pensé que era una mujer realmente bonita. Me detuve en aquel pensamiento.

Una mujer.

Quizás debía entender que el problema con Kagome estaba justo en eso, ella aún no era una mujer, aunque tuviera edad de serlo. Su vida había sido tranquila, fácil, cuyo centro había sido la ilusión romántica que ambos vivíamos. Yo sin embargo me había quedado sin madre muy joven, he sentido siempre la necesidad de solucionar mis propios problemas, porque mi padre y mi hermano mayor, estaban demasiado ocupados con los suyos, así que de alguna manera yo me sentía más adulto. Aunque debía reconocer que el asunto de las cartas se me había escapado de las manos.

- Kikyo… - dije en cuanto la tuve frente a mí y ella me sonrió con delicadeza. Me detuve en su sonrisa un momento.

- Hola InuYasha – respondió y creo que un ligero rubor le cubrió las mejillas – ¿has visto ya la cartelera?

- No – me sonrió y me tomó el brazo.

- Vamos – me indicó la entrada, cuando sentí su brazo poyado en el mío, me pareció tan segura, no había titubeo en su forma de tomarme, ella sabía lo que quería y lo que no. Me sorprendió sentirme admirado por ello.

Entramos al cine y vimos una comedia romántica, un poco tonta la verdad, pero comprobé que las mujeres tienen un fondo muy parecido, no se necesitan muchos argumentos para que ellas estén suspirando por algún galán de pantalla, o de libros, pensé, recordando a Kagome.

- ¿Te gustan las historias románticas?- le pregunté a Kikyo cuando caminábamos después del cine.

- Bueno, creo que como a todas ¿no? – respondió sin darle demasiada relevancia a mi pregunta. De todas maneras no me quedé tranquilo.

- Pero, los hombres de esas historias están demasiado idealizados, ¿no lo crees?- le insistí. Ella me miró, iba tomada de mi brazo – nos hacen un flaco favor con ello – miré hacia otro lado.

La escuché reír y entonces la miré.

- ¿Qué? – le pregunté.

- Nada – dijo, pero seguía riendo, a pesar de intentar contenerse.

- Qué – pregunté de nuevo, contagiándome algo de esa risa.

- Pareces una mujer que ha leído muchas novelas y ahora está desilusionada –a su risa sonó más alegre y abierta ahora que había confesado.

Yo no pude evitar reír también, quizás no era consciente de cuanto de sus historias románticas, había dejado Kagome en nuestra cartas, me sabía el argumento de varias de ellas.

- Quizás he escuchado más de ellas de lo que debería – respondí, aún sonriendo.

- Creo que la esencia de los hombres es bastante más fiel que la nuestra – dijo y me quedé mirándola sin comprender que una mujer me dijera eso – no te sorprendas – agregó, con una sonrisa calma – quizás puedo llegar a ofenderte con mis ideas – se quedó en silencio.

- Por favor, sigue – la alenté, me había intrigado. Mi interés era suyo en ese momento.

Me miró como si estuviera inspeccionando una parte de mí, como si quisiera asegurarse de no cometer un error. Luego se decidió, se encogió de hombros y habló.

- Pienso que las mujeres tenemos más inquietudes que ustedes tenemos más ideas, más cuestionamientos incluso – dijo y me volvió a mirar, evaluando mi reacción – pero ustedes tienen menos preocupaciones, se centran en menos cosas a la vez, incluso son más lentos que nosotras para decidir, pero cuando lo hacen – ahí sonrió – están seguros.

Me quedé en silencio procesando sus palabras.

- Son generalidades claro, no todo el mundo es igual, estamos hablando de ideales – agregó, nos quedamos en silencio un poco más y volvió a hablar – ¿Te he molestado?

- No, nada de eso… - sonreí – me quedé pensando.

Y era así, me había quedado pensando en cuanto de lo que Kikyo había dicho, existía entre Kagome y yo. Estaba seguro que la amaba, pero ella no sabía lo que quería.

Llegamos a una esquina y ambos teníamos que tomar calles opuestas.

- Bueno, aquí nos separamos – me dijo, con sus dos manos puestas sobre el brazo.

- Sí – respondí – ha sido una buena tarde.

- Sí – asintió y miró hacia el piso, la noté algo nerviosa y yo mismo me inquieté. Esto era algo así como una cita, pero no estaba seguro de querer que fuera algo más que una salida de amigos.

- ¿Crees que podremos repetirlo?- me miró.

- Claro – le tomé una de las manos.

Se quedó mirándome fijamente y yo sentí que su mirada me entregaba parte del calor que tanto había buscado en Kagome, en ese momento Kikyo me estaba haciendo sentir bien, como una persona que puede llegar a ser querida por otra. Me dolió el corazón.

Se estiró y me besó en la mejilla. Su mano se apoyó en mi pecho y se mantuvo ahí un instante. La sostuve por la cintura para que no perdiera el equilibrio ahí de puntillas. Su beso fue cálido e intenso, a pesar de solo haber besado mi mejilla, sentí el calor recorrer todo mi cuerpo, pero era un calor diferente al de la pasión, era una sensación reconfortante de afecto.

Casi quise llorar.

- Buenas noches – me dijo con una sonrisa que duró un segundo, de inmediato me soltó y se dio la vuelta para marcharse.

- Buenas noches – le dije, pero ella ya había caminado un trecho y no estuve seguro que me escuchara.

Esa noche me acosté, pero no pude dormir de inmediato. Había algo que no podía dejar de ver. Mi alma estaba ávida de amor, había vivido prendado del amor de Kagome por años alimentándome de sus palabras y sintiendo que quizás algún día yo le confesaría la verdad y ella comprendería que era a mí a quién amaba, pero ahora mismo ya no estaba seguro si aquello alguna vez podría llegar a ser una realidad. Habíamos compartido un momento sublime, algo que para mí había sido maravilloso, más allá de las circunstancias, pero ella, Kagome no llegaba a verlo. Y ahí estaba Kikyo, sincera, clara, adulta, sin dobleces, ofreciéndome algo, aún no sabía qué, pero algo que podría asemejarse al amor.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Llevaba uno de los peores días lunes que recordaba. Quién había inventado los lunes, seguro que no tenía vida particular. Ese día llegué a la oficina y Kikyo ya estaba sentada en su puesto, algunos escritorios más allá que yo.

- Buenos días – dije un poco nervioso.

- Buenos días – me sonrió tan jovial y amable como siempre. Estaría pasando por uno de aquellos procesos que describió de las mujeres, por que se comportaba como si no hubiésemos compartido aquél momento tan simple, pero tan intimo a la vez.

Me senté en mi escritorio y comencé a trabajar. Más o menos al medio día sonó mi teléfono.

- ¿Si? – pregunté, concentrado en mi trabajo.

- Hola InuYasha – escuché la voz de mi padre y me asusté un poco.

- Papá, ¿pasa algo? – le pregunté, dejando lo que estaba haciendo.

- Nada grave, pero verás, algo le ha sucedido a mi portátil y necesito que vengas a verlo – me explicó, yo arrugué el ceño.

- Pero no puedo dejar todo tirado e ir – le aclaré – no podría hasta el viernes por la noche.

- El viernes estará bien para mí – asintió con voz condescendiente - de momento puedo trabajar con el de tu hermano.

- ¿Seguro que quieres esperar?- le pregunté algo extrañado de su conformidad.

- Seguro que puedo, además confió en ti, no dejaré las cosas importantes de ese portátil a cualquiera – me aseguró y sentí un nudo en el estómago.

"Confió en ti".

Me resultó tan extraño escucharle decir eso.

- Me iré el viernes entonces – le dije sin darle más largas al tema.

Me sentí contento por la confianza que de pronto mi padre depositaba en mí, y también por la pequeña posibilidad de ver a Kagome.

Aquel lunes termino tan tarde, que casi creí que sería eterno. Nos faltaba aún un poco para terminar uno de los procesos de prueba del programa que estábamos ejecutando Kikyo y yo. No podía quitar la vista de los números, que pasaban en la pantalla, para detectar las anomalías, ya habíamos intentando de otras maneras y solo nos quedaba intentar esta. Aún quedaban algunas personas más que nos estaba ayudando, pero aún así no era suficiente. Mi teléfono sonó y respondí algo distraído, con los ojos como platos fijos en el monitor.

- Hola… - Escuché su voz muy despacio, era como si estuviera hablando en susurros.

- Hola… - respondió, me costó asimilar que se trataba de Kagome

- ¿InuYasha? – Me preguntó

- Sí… - respondí – espera – tapé el auricular y le hablé a Kikyo

– ¿Viste ese carácter? – le dije. Ella sintió sin más concentrada como estaba yo antes.

– Perdona… ¿cómo estás?...- volví a hablarle a Kagome, ahora ya más centrado en ella.

No supe que más preguntarle, ella era la que tenía que hablar y yo estaba receptivo a lo que quisiera decirme, por un momento pensé que quizás su corazón estaba hablando y me sentí profundamente ilusionado.

- Bien – me dijo sin más, pero no lograba prestarle toda la atención que debía, estaba frente al largo trabajo de todo un día y quería que saliera bien.

- Ya… espera – le volví a pedir y me dirigí a Kikyo

– Atiendo esta llamada y voy enseguida Kikyo – ella asintió nuevamente y me sentí más libre de hablar.

– Ya…

- Igual te estoy molestando – me dijo interrumpiéndome, como si le molestara que no le prestara la atención necesaria.

- No, no… es que estoy en el trabajo – quise aclararle. El corazón me latía inquieto.

- ¿A las once de la noche? – me preguntó con algo de sarcasmo y me sentí algo herido. Por que me hacía esto, no era clara conmigo, sin embargo no quería que yo hiciera otra cosa más, que vivir pendiente de ella.

- Sí… - le respondí con cautela.

Hubo una pequeña pausa y yo esperé a que hablara, al menos esperaba que estuviera meditando su actitud.

- Bueno, solo quería que supieras que estoy muy bien – me dijo, acentuando el "muy bien", como si quisiera hacerme daño, pero no quise hacerle demasiado caso.

- Tengo pensado ir este fin de semana a casa – le comenté, esperando escuchar su reacción. Mientras mi corazón se me agitaba en el pecho.

- ¿Para qué? – Preguntó tan alarmada, que no pude evitar sentir rabia. Yo le molestaba, era un estorbo en sus planes, seguro que para Kagome sería mejor que yo no existiera.

No pude hablar de inmediato, habían demasiados sentimientos encontrados en mi interior. Yo la amaba tanto y ella lo sabía, maldita sea, lo sabía y aún así me dañaba… yo jamás se lo haría.

- Tengo asuntos pendientes – le respondí sin más, para qué darle detalles que de seguro no le importaban – tengo que dejarte, me necesitan aquí. – dije fríamente.

- Bien – respondió como si no le importara nada de lo que le decía, pero luego agregó - quizás nos veamos… - pero ¿a qué estaba jugando?

- Quizás – dije sin más – que sigas bien – y colgué.

Me sentía tan defraudado, creo que después de todo yo también había creado en mi mente una ilusión de Kagome, creía que ella era capaz de definirse, de ser una mujer madura y actuar en consecuencia.

- ¡InuYasha, lo encontré! – exclamó Kikyo casi saltando sentada en la silla.

Me puse de pie y fui a ver.


Ese día viernes llegué a una vacía estación de trenes de Nagato. Me fui caminando hasta casa, serían cerca de la una de la madrugada, así que en realidad ya era sábado. Cuando llegué a casa, todo estaba oscuro y en silencio, abrí con mi llave y dejé mi bolso caer en la entrada, no encendí más que la luz de la entrada y caminé hasta el frigorífico en busca de un refresco. Como no estaba últimamente en casa, pensé que no encontraría refrescos de manzana, pero había un pack completo, sonreí comprendiendo que seguramente Myoga había pensado en mí.

Avancé descalzo hasta la puerta que daba al jardín y comprobé que Myoga no había abandonado el jardín, eso me alegró bastante. Me quedé ahí un momento, en el silencio de la noche, hasta que llamó mi atención el sonido de unos golpes leves en la puerta de entrada, tan pequeños, que parecían infantiles. Fui hasta ahí y abrí.

Me encontré con sus ojos marrones que me miraban somnolientos.

- ¿Kagome? – pregunté, aún con el refresco en la mano, sorprendido de verla ahí, a esa hora y en pijama.

- Necesito que hablemos – me dijo con voz pastosa, me agaché un poco para mirarla bien, pero ella no se movió.

- Bien, pero ¿sabes qué hora es? – le pregunté y ella miró su muñeca sin reloj.

- Las nueve y media, casi – me confirmó como si hubiera visto la hora.

Entonces comprendí que estaba sonámbula, me sonreí y tuve que aguantar las ganas de hacerlo a carcajadas.

- Me pondré los zapatos y hablaremos en tu casa – le aclaré, ella simplemente se quedó ahí.

Luego de mi primera reacción, que fue la risa, me sentí abrumado al pensar en que Kagome había llegado a mi casa como sonámbula, caminando por las calles que nos separaban y con el peligro que le sucediera algo. Casi se me paró el corazón.

- Ya estoy – le dije, mientras cerraba la puerta y la tomaba de la mano.

Fue una sensación tan agradable, ella cerró sus dedos en torno a los míos y me siguió mientras la guiaba sin decir nada, dócil y dulce. No podía dejar de mirarla. Me pregunté si en realidad sabía que era yo quien iba a su lado o que era mi hermano.

Llegamos hasta su casa, cuya puerta estaba abierta de par en par. Nuevamente la sensación de pánico se apoderó de mí, ¿desde cuándo Kagome era sonámbula?, yo no recordaba que me hubiera comentado algo así. Cuando estuvimos a punto en entrar le hablé.

- Te dejaré aquí, te irás a la cama ¿sí? – le pedí, intentando soltar su mano, pero ella no me lo permitía.

- Necesito hablar contigo – me repitió.

- Mañana Kagome, hablaremos mañana, te lo prometo – le dije, intentando ser lo más convincente posible. Ella negó con la cabeza.

- Quédate conmigo – me pidió y me dolió el pecho de pensar que aquella podía ser la petición que deseaba hacerle a Sesshomaru.

- No Kagome… mañana nos veremos, ahora sube – la incité, pero ella seguía inamovible. Suspiré.

La noche comenzaba a helar un poco y ella llevaba un pijama tan delgado que me sentí responsable de tenerla ahí enfriándose, la dejaría en su habitación y esperaría a que se durmiera.

- Bien, te dejaré en tu habitación – le dije y solo entonces aceptó entrar a la casa.

Quise soltar su mano para cerrar la puerta, pero ella no me lo permitió, me mantenía firmemente tomado, así que tuve que arreglarme solo con una mano, para no hacer demasiado ruido. Subimos las escaleras y agradecía que el cuarto de Kagome fuera el primero al llegar al segundo piso. Entramos en él, la penumbra era suficiente para ver.

- Ahora te acostarás y yo me quedaré aquí – le susurré y le indiqué una silla, pero Kagome no me soltaba la mano y me arrastró con ella a la cama.

Se acurrucó a mi lado, la cubría bien con la manta, no quería que se enfermara. Tenía la cabeza apoyada en la almohada a la misma altura que la mía. Sus ojos entrecerrados me miraban y se acercó tan lentamente que sentí como iba muriendo poco a poco, gota a gota. Me besó profundamente y yo le respondí a ese beso, saboreándola y sintiendo el golpe de mi sangre despertarse de forma tan rápida y tan violenta, que me sentí mareado, más aún cuando su pierna se enredó con la mía rozando de forma involuntaria mi sexo. Habría respondido a más de lo que su cuerpo solicitaba, pero ya la había dañado una vez, no volvería a hacerlo. Me separé del beso con cuidado y respiré agitado.

- Duerme ahora – le dije susurrando –…yo te protegeré esta noche.

La observé un momento, con los ojos cerrados y su cabello disperso sobre la almohada. Era tan hermosa y frágil que me ahogaba el amor que sentía por ella, junto con la decepción de saberme tan lejos de sus pensamientos. Me había besado, pero…

- Te quiero… InuYasha… - susurró y se acercó un poco más a mí.

Sentí a la emoción subir desde mi pecho hasta mi garganta y derramarse por mis ojos. Me mordí el labio para contenerme. Cerré los ojos esperando que el milagro fuera real. ¿Podía creer en sus palabras? Volví a mirarla y me quedé ahí largo rato, empapándome de Kagome Aunque intenté no hacerlo, no supe en qué momento me dormí. Esa noche mis sueños fueron serenos, dormí bien, por primera vez en una semana completa.

Continuará…

Debo decir que esto de ser sonámbula se me ocurrió ayer leyendo un fic de Lady… ejejeje. También debo decir que anduve buscando información sobre el sonambulismo y dice que una de las causas puede ser el estrés emocional, así que en este caso me pareció que le quedaba perfecto a Kagome. Y cómo llego tan lejos, pues tengo una sobrina que se ha levantado he ido a casa de sus abuelos sonámbula… sip, sip…

Uyyy Kagome acaba de revelarnos lo que existe en su inconsciente, al menos es algo ¿no?... Adoro a este Inu, tan tierno, aunque creo que ha sacado un poco el genio en este capí…

Besitos y espero que les haya gustado, la canción del inicio "Strange", de la banda sonora de Alicia, de Tim Burton, me encanta ese director… ejejej, la cantan, Bill *¬*- Tokio Hotel- y Kerli.

Me dejan sus mensajito y muchas gracias por todos los que han dejado. Así voy sabiendo que opinan y que experimentan cuando leen.

Siempre en amor.

Anyara