Capítulo 12:


De improvisto Edward se levantó de la cama y se acercó amenazadoramente hacia la bola de rubias que lo miraban entre coquetas, sensuales y excitadas.

-Las quiero a todas fuera de mi habitación, ¡AHORA! –rugió y hasta a mí se me heló la sangre.

De pronto las rubias borraron las sonrisas de sus arreglados rostros y miraron con miedo a mi oficial.

-Ah, o sea, aparte de rubias y plásticas, son también tontas. He dado una orden y no la están cumpliendo, pilotas.

Entonces la zorr… digo, Tanya, fue la que salió de entre todas y se irguió ante mi cobrizo.

De partida me sentía como una estúpida parada ahí sin decir pero absolutamente nada. Por Dios, ¡era una Sargento Mayor!, ¡tenía exactamente el mismo cargo que Rosalie, su superiora!

Di dos pasos y me puse junto a Edward. Al carajo el maldito psicólogo y sus controles. Yo no era sumisa, menos cuando una plástica resbalosa como esta, estaba acechando a MI oficial.

-Cabo Denali, antes de que pueda faltarle el respeto a un superior como mi oficial, le pido que se retire o deberé proceder a tomar las medidas pertinentes por no respetar, en este caso, a dos superiores suyos. –varias contuvieron el aire pero no me amedrenté. Esa rubia tenía que quedarse en el lugar que le correspondía.

-¿Perdón? –la rubia dio un paso al frente quedando a pocos centímetros de mí. Ella era más alta que yo, por lo tanto tenía que mirarla hacia arriba.- Vinimos a ver al Oficial, no a ti, Sargentillo.

Y como si fuesen mosqueteras, todas me hicieron frente.

-Sí, sargentillo, venimos a ver a Eddy, después del embrollo en que lo metiste y que casi le cuesta la vida. –enarqué una ceja. ¿Cómo demonios ellas lo sabían? Algunas rieron y otra rubia, con expresión cínica me miró en menos.

-No sé cómo te pudieron ascender, ¡debieron simplemente darte de baja! Pobre de nuestro Eddy, tuvo que rescatarte de los azules aún herido, ¡De qué clase de soldado hablamos! –ahora rieron más fuerte. Se estaban turnando para hablar sin darnos el chance para responder.

-Sólo mírenla, si hasta chico parece, pero uno de 14 años, sin cuerpo, ni músculos, nada…

-Supe que la enviaron al frente sur y luego, se fugó hasta el frente norte a darle problemas a Eddy… Mírenlo, ¡Qué cicatriz tan fea tendrá ahora en su hermoso cuerpo! –todas inhalaron con horror y Edward negó con la cabeza.

Sin decir nada, levantó su mano y apuntó hacia la puerta. Todas las rubias dirigieron sus miradas al mismo tiempo, encontrándose con una Rosalie con una mirada de fuego. Nuevamente todas contuvieron el aliento y las vi encogerse ante la rubia que tenía sus brazos como jarras.

-Creo que escuché claramente como el oficial Masen les pidió que se retiraran, al igual que la Sargento Swan, y si mi buena audición no me falla, le han faltado el respeto de la peor forma. –Rosalie hablaba duramente y note como las rubias cada vez se hacían más y más pequeñas.- Todas, fuera, ahora. Rutina de ejercicios, durante 2 horas.

No tenía idea de qué hablaba pero las rubias exhalaron horrorizadas. Cuando una de ellas quiso protestar, Rosalie la detuvo con su mano.

-Nada de réplicas, Denali, el castigo puede ser peor si el oficial Masen quiere.

-Pero… -replicó otra.

-Dos horas y media, y si alguien dice algo más, no volarán durante 1 semana. –entonces si todas se horrorizaron y salieron una tras otra de la habitación.

Edward suspiró cansado y se sentó en el borde de su cama. Miré a Rosalie quien sonrió después de que la última rubia saliera y le guiñó exageradamente provocándome una sonrisa.

-Ya se las verán conmigo por acosar a mi querido y hermoso primito, ¿verdad, querubín? –entonces si contuve una risa. Edward la miró molesto.- Ya, vale, no seas tan duro con ellas, con dos horas y medias, sabes que odian hacer ejercicios, ¡Edward! No volarán por una semana no porque se los niegue, sino porque no podrán ni mover sus piernas. –ella carcajeó.- Volví cuando note como entraban todas al cuarto, supuse que venían a molestar. –hizo una pausa- Ahora que se fueron, me retiro. Ah, Bella, cierra la maldita puerta con pestillo, creo que no han tenido intimidad por más de dos minutos.

Ella simplemente dio la media vuelta y salió elegantemente de la habitación cerrando la puerta tras suyo. Yo estaba sonrojada. Era verdad, no habíamos hablado lo suficiente con mi oficial.

En tres pasos llegué hasta la puerta y la aseguré.

Antes de voltear, escuché un pesado suspiro de Edward y por un momento temí voltear a mirarlo.

El carraspeó suavemente.

-Isabella, ven aquí. –murmuró.

Volteé lentamente aun sonrojada y el me extendió su mano, sonriendo cálidamente.

-Por favor, ya es suficiente, tendrán que echar abajo esa maldita puerta para volver a interrumpirnos. –sonreí y sin decir nada más me acerqué y enrollé mis brazos en su cuello.

-No entiendo cómo estaban todas en la misma habitación si todas eran tus ex. –susurré contra su oído y el ahogó un gemido.

-Tanya y Kate son mellizas, Sacha e Irina son hermanas, ellas son primas entre sí. Victoria y Renata son primas hermanas. Jane y Heidi son amigas de toda la vida y Chelsea es… una buena amiga. Yo era una especie de… Juego para ellas, quien duraba más tiempo conmigo. Tanya terminó ganando la apuesta, estuvimos 8 meses juntos. –me estremecí y me alejé lentamente de él.

Frunció el ceño.

-No te molestes, eso pasó hace más de un año ya, Isabella. –asentí lentamente.- ¿Puedo preguntarte algo? –volví a asentirle.- ¿Por qué no me hablas?

Abrí mis ojos un poco sorprendida. Demonios, entonces sí se dio cuenta.

¿Cómo le respondía a eso? Oh, Edward, después de desmembrar vivos a 8 chiquillos menores que yo, quedé con un severo trauma el cual aún estoy tratando con el psicólogo de la institución. Sin mencionar las malditas pastillas que tomo en la noche para poder dormir y no despertar gritando. Estoy tratando de canalizar mis sentimientos para no volver a caer en un estado de descontrol como lo hice hace dos semanas después de creerte muerto.

Rodé mis ojos y me di cuenta que tenía la boca seca.

Cuando miré a Edward él me miraba con la boca abierta.

Santa mierda, había pensado en voz alta.

-¿Qué? –apreté mis labios tratando de humedecer mi boca.

-¿Ves? Acabo de darme cuenta que pensé en voz alta. No sé qué demonios me pasa… -suspiré por lo bajo y me dejé caer en una de las sillas que estaba frente a la cama de Edward.

Él seguía sentado en el borde de los pies de su cama.

-Así que… Benjamin… -giré mi cabeza sin entender.

Claro. Benjamin, el psicólogo.

-Sí, Benjamin.

-¿Estas siguiendo un tratamiento? –enarqué una ceja. Yo no estaba loca.

-No. De momento estoy evitando todo lo que me puede hacer entrar en trance. –respondí como si hablara del tiempo.

-¿Trance?

-Eso dije.

-¿A qué te refieres?- por supuesto, dos semanas inconscientes, no sabe nada aún…

-Entro en estado catatónico cuando… -hice una pausa mientras trago.- Veo mi daga o el corvo. –tragué incómodamente- O cuando veo sangre o carne… Es… Extraño. –me removí incómoda.

Edward se levantó de la cama y se acercó a donde yo estaba. Me sorprendí por su agilidad a pesar de que seguía con los puntos. Sin hacer ninguna mueca de dolor, se agachó frente mio y tomó mis manos entre las suyas.

-Perdóname. –no sé qué cara puse que él sonrió levemente- Por hacer que todo esto ocurriera. Si yo no hubiese actuado de la forma en que lo hice, enrabiado, no hubiese ocurrido todo esto. No hubieses tenido que hacer lo que hiciste. Al menos no por mí.

Apreté sus manos y negué con la cabeza.

-No, Edward, por favor, no te culpes. Ya pasó, ahora… Sólo quiero olvidar lo que ocurrió, ¿sí? –el me miró sin expresión- Yo… Tuve mucho miedo… Pensé que… No llegaríamos a tiempo para salvarte… -entonces el sonrió.

-Pero ahora estoy aquí, contigo, Isabella. Juntos al fin.

Entonces él juntó sus labios con los míos y nos fundimos en un profundo beso.

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Las soldados Denali, Bright, Dallas, Barnes, Fisher y Oak salían cansadas del galpón que se les fue asignado.

Habían recibido el llamado del General Cullen y todas estaban nerviosas por el motivo aún desconocido.

Cuando llegaron a la oficina, la Sargento Hale se encontraba de pie detrás del general, sin expresión en el rostro.

-Cuadraos. –soltó fríamente la sargento. Las 9 mujeres lo hicieron de inmediato, alzando sus mentones levemente.

-La Sargento Hale me ha comentado sobre su reprochable comportamiento ante el oficial Masen, por lo cual, he decido darles un castigo para que la situación no se vuelva a repetir.

Las pilotas temblaban, reprendiéndose por la verdadera estupidez que habían cometido, a pesar de no creer que el oficial se atrevería a acusarlas. Por la mente de todas, cruzó el rostro de la Sargento castaña.

Sólo esperaban que el castigo no fuera tan duro…

-Ustedes nueve son las mejores pilotas que tenemos, muchachas. Pero no están preparadas como nuestras tropas, y eso me preocupa. Arriba de un avión o un helicóptero ustedes son excelentes, pero no se destacan precisamente por ser buenas en la lucha cuerpo a cuerpo. Por ello he decidido que serán sometidas junto a las tropas nuevas que van llegando, a ser entrenadas con la misma dureza. –las rubias, en sintonía, contuvieron el aire.- Estarán bajo la supervisión de Masen, que se caracteriza por ser el más… Jodido, en sus entrenamientos. Ahora, pueden retirarse. Mañana a las 5 de la mañana comienzan con la rutina.

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-¡Demonios! –gritó Tanya hacia las otras rubias, cada una en su respectiva cama- ¡Estoy segura que fue esa pequeña rata la que obligo a Eddy que nos acusara!

-Tany, quizá simplemente Edward se enojó porque la atacamos. –respondió desde un extremo Kate.

-¡No!, ¡Edward aún me ama! ¡el no me haría esto! –chilló ella y todas torcieron la boca.

-Prima, esa relación se acabó hace mucho. Y al parecer Eddy está interesado en la sargentillo.-acotó Sacha.

-¡No lo está! –gritó tratando de olvidar las palabras de Edward hacia su general. ¡Él no podía amarla!

-Tanya, cálmate. –dijo tranquilamente Victoria aplicándose brillo en las uñas de los pies.- Ahora que estamos bajo la supervisión de Edward, puedes volver a conquistarlo.

-Eso es cierto, amiga, de hecho… -sonrió maliciosamente Jane- Podrías necesitar visitar al ginecólogo por tus… Ovarios poli quísticos… Eso necesitaría de tacto… -Tanya abrió su boca sorprendida por la idea de su amiga y chilló sonriente-

-¡Eres la mejor, Jane! –gritó.

-Sí, pero, prima. Edward sabe que tus ovarios están limpios desde que estabas con él, no creo que caiga fácilmente… -dudó Irina.

-No seas ave de mal augurio, recuerden lo que prometimos, yo estuve con el más tiempo que todas ustedes, así que por derecho, es mío.

-¡Hey! Yo no estuve con él –rió Chelsea.

-Ni yo –sonrió Heidi.- Pero fue porque tu, aburrida Chels, estas comprometida, y yo, porque me faltó tiempo. Además, ahora con la sargentillo esta, difícilmente podré conseguir algo.

Todas rieron ante el mohín de la rubia, menos Tanya.

-Además difícilmente supere tu record, Tany, así que relájate, amiga. Ahora, ¡recupéralo!

Ahora sí todas rieron.

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Alguien golpeó la puerta y la castaña se cubrió con las sábanas hasta el cuello.

-¿Quién es? –respondió insegura.

-Soy yo, Bella, Jasper. ¿Puedo pasar?

-Claro. –ella se relajó y dejó caer libremente la sábana. Estaba vestida con una camiseta 3 tallas más grande, la cual usaba como pijama.

El rubio entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Con dos pasos llegó al borde la cama y se sentó en ella. La habitación era de 2 por 2. Caía la cama individual, un pequeño buró donde tenía una lámpara y en la esquina tenía su gran mochila.

-¿cómo estás?

-Muy bien ahora que Edward ha despertado –ella sonrió y desvió su mirada, sonrojada.

-Él te quiere, Isabella. ¿Ya te lo dijo? –la castaña asintió y él sonrió.- Me alegro, de verdad. Espero que esta noche puedas dormir tranquila ahora que Edward está bien. –se acercó y le besó la frente con cuidado.

-Gracias, Jasper, de verdad. Gracias a ti Edward está… -él la interrumpió negando con la cabeza.

-No, Isabella. Él está bien por ti, porque te quiere, además, tengo que contarte algo… -movió una de sus cejas sugestivamente e Isabella chilló emocionada.

-¡Cuenta ya!

-Rosalie acusó a las locas con el general… -mordió su labio conteniendo una carcajada y la castaña dejó de sonreír de inmediato.

-¿Qué?

-Mañana comienzan con la rutina de entrenamiento de los soldados principiantes. Los que están a mando de Edward. Él las hará puré… -rió bajito y ella lo miró interrogante.

-Pero Edward…

-Mañana le quitaré los puntos, Isabella, Ha estado dos semanas en reposo absoluto, su herida está en perfecta condiciones al igual que él, a pesar de que no realizará actividades aún, sabes cómo es él… puede dar órdenes estando convaleciente. –ella dudó y el, encogiéndose de hombros, le palmeó la espalda- Cálmate, todos estaremos ahí, incluyéndote, recuerda que mañana es lunes y comienzas a entrenar a los prisioneros. Eres leyenda entre ellos.

Isabella sonrió tristemente. Era leyenda, por supuesto. En el frente sur resistió todos los ataques y luego invadieron terreno enemigo. Y en el frente norte… Suspiró nostálgica. Se había tenido que enfrentar a los nuevos prisioneros quienes la miraban como si fuera el demonio en persona, lo cual la dañaba en profundidad.

-Está bien, mañana iré temprano a ver a Edward… Gracias por todo, Jazz.

El rubio se levantó y salió silenciosamente de la habitación.

Esta noche Isabella no tomaría relajantes ni somníferos. Se sentía un poco mejor, hoy no tenía de por qué soñar con esa fatídica noche y la lluvia que se llevaba a su amado Masen.

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-¿Cómo que vienes a sacarme los puntos? Joder, Jasper, ¡llevo tan solo dos semanas! ¡Se me saldrán las tripas por allí! –gritó Edward alterado mientras el rubio se acercaba con un par de pinzas y tijeras quirúrgicas-

-Hermano, cálmate, te he puesto una rejilla bajo la piel, te he sellado cada capa de tejido y además, son puntos internos. Es mucho mejor que una cesárea, sólo tengo que cortar los extremos del hilo y ya, no se te saldrá nada.

El cobrizo alzo una ceja desconfiado.

-No me digas que ya se me terminó el permiso para no trabajar.

-Edward, estamos en guerra. Además, hoy comienzas con el entrenamiento de las pilotas. –volvió a enarcar una ceja. ¿Entrenar a las rubias?

-¿Y por qué yo? ¿No puede hacerlo Emmet o tú?

-No, claro que no, yo estoy a cargo de los heridos, Emmet está de estratega con el General, Isabella está con los prisioneros y tú, tienes que encargarte de las rubias.

-¿Isabella con los prisioneros? ¡Se han vuelto locos! –gritó. Jasper cerró sus ojos y se levantó de la cama sonriendo.

-Isabella se ha vuelto peor que tú en el campo, Edward. Es una chica tan dulce en la intimidad, pero es tan….

Edward estaba de pie agarrando las solapas de la chaqueta militar del rubio.

Jasper se sorprendió porque no lo vio venir, y de pronto sintió que le faltaba el aire.

-Edward, cálmate. –tosió un poco.

-¿Cómo demonios sabes que Isabella es dulce en la intimidad, Withlock? –escupió cada palabra.

-Es un decir, Edward. Soy su amigo –el cobrizo lo sacudió y el volvió a toser- Sabes que amo a Alice, y también sé que ella te ama, amigo, ya déjame –y fue cuando Edward lo dejó caer.

-Joder, Masen, estás loco. No entiendo tus malditos celos enfermizos.

Jasper estaba enojado. Edward conocía de cerca su relación con Alice. Cómo se conocieron, su relación, su compromiso, incluso ¡él era uno de los padrinos de su próxima boda! No tenía derecho a dudar de su amor, mucho menos del amor que Isabella le profesaba a él.

-Lo lamento. Ahora déjame solo, voy a vestirme.-El rubio salió azotando la puerta.

Isabella… Esa niña sería su perdición.

Tenía tan solo 18 años y unos pocos meses de conocerla y ya tenía su mundo de patitas.

Le aliviaba el hecho de que ahora estaban en la base, lejos del enemigo. Y a pesar de que no se había puesto al día con su General, estaba seguro que no lo enviarían ni a él ni a su chica a un lugar lejano donde estuvieran en peligro. O al menos, no como lo habían hecho con anterioridad, enviando a los chicos a una muerte segura.

Isabella… su pequeña soldado Swan.

Aún le removía la conciencia el hecho de que le dio un puñetazo a penas al conocerla. Y torcerle el brazo… Era un jodido monstro y ella aún así lo amaba…

Terminó de abrochar su chaqueta militar y escuchó un suave repiqueteó en su puerta.

-Quien es. –dijo duramente. La puerta se abrió lentamente y una cabecita castaña se asomó mirando con desconfianza.

Edward sonrió y carcajeó suavemente.

-Pasa, hermosa. –ella entró sonrojada y cerró la puerta tras ella.

-¿Cómo está, Oficial? –preguntó avergonzada mientras él se acercaba y se paraba a pocos centímetros de ella.

-Dónde quedan sus modales, soldado Swan. Cuadraos. –respondió burlón y ella inmediatamente lo hizo, levantando su frente topándose con los ojos esmeraldas de su oficial.

Él tomó su barbilla entre sus dedos pulgar e índice y se inclinó para besarla.

Isabella contuvo el aire mientras sentía que su corazón estaba por estallar. Era como uno de los tantos sueños que tuvo en el campamento en Forks. Su oficial la besaba sin inhibiciones.

-Buenos días –le dijo una vez él se separó de sus labios.

-Excelentes –sonrió y se fundieron en un cálido abrazo.

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EPOV

Salimos de mi habitación después de una corta charla con Isabella.

Después pedirle perdón por ser un imbécil desde que nos conocimos; por golpearla, por aventarla, por torcerle y por insultarla, le pregunté si tenía algún tipo de problemas con los casi 10 años que habían entre nosotros, a lo cual ella me respondió con una hermosa sonrisa diciéndome que no.

Le pedí ser mi novia y por un momento pensé que se negaría al borrar esa bonita sonrisa.

Ella parpadeó y luego me preguntó tontamente si estaba bromeando. Reí con ganas y la besé con cariño. Era tan… dulce.

Aceptó tímidamente y nuevamente nos fundimos en un eterno abrazo.

Tuvimos que separar nuestras manos una vez llegamos al campo de entrenamiento. Estaban unos muchachos mirando embobados a las rubias que venían con sin ningún pudor casi desnudas, con unas cortas pantaletas y unas musculosas blancas ajustadas.

Zorras…

Isabella me miró con una ceja enarcada y reí ante su cara entre curiosa y sardónica.

Todos voltearnos a mirarnos e inmediatamente borré la sonrisa de mi rostro. Me despedí con un gesto y me posicioné frente a todos los bastardos que hoy tendría que entrenar. Incluyendo las pilotas.

Maldita Rosalie, ella tendría que entrenarlas, no yo.

Todos se cuadraron al mismo tiempo y mientras maquinaba un plan para hacer sufrir las vírgenes rodillas de las pilotas, vi como Emmet y Jasper escoltaban a un montón de muchachos con pantalones militares azules y musculosas.

Apenas se posicionaron frente a mi nena, todos se cuadraron y la miraron con el mismo temor que la escuadrilla donde tomé a Swan.

Demonios, Jasper tenía razón…

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Al ver a los azules, Isabella inmediatamente cambió el chip. Los azules temían de ella por lo que habían oído, y ella, tenía que ser esa misma persona a la que ellos respetaban.

Edward estaba casi con la boca abierta. A él le había tomado al menos 5 años lograr eso con las escuadrillas, en cambio ella, en apenas 6 meses tenía a los chiquillos casi orinándose en sus lugares.

-Muy buenos días, soldados. –ella sonaba fría y a Edward esto lo dejó aún más desconcertado. Hace apenas unos momentos era una chica tímida y sonrojada. Y ahora… Era él mismo en versión femenina.

Los muchachos no respondieron, simplemente levantaron sus mentones en señal de respeto.

Isabella se movió de un lado a otro mientras era seguida por la mirada asombrada del oficial Masen.

-¿Por qué están aquí? –rompió el silencio y los azules por un momento dejaron de respirar- Tú, el de cabello negro, responde.

El aludido cerró sus ojos con fuerza, dio un paso al frente e inhaló casi con furia.

-Fuimos tomados como prisioneros, Sargento Swan. Se nos dio la posibilidad de unirnos a las tropas a cambio de no traicionarles.

La sargento lentamente se posicionó en frente al soldado y lo miró a los ojos. Era un poco más alto que ella, por lo cual el muchacho tuvo que bajar su mirada.

-¿Le pedí que diera un paso al frente, soldado? –susurró y el soldado sintió que una fría gota de sudor le recorría la espina.

-No, Sargento.

-¿Entonces? –sonrió sardónicamente y el soldado tragó en seco- Serás el primero en caer, soldado Ryans.

En dos segundos, el soldado se encontraba de espaldas en el suelo, cortesía de la castaña quien en un ágil movimiento, lo arrojó sin mayor esfuerzo.

-¡Eso es lo que todos ustedes tienen que aprender, imbéciles! ¡Los quiero corriendo, ahora! –gritó y todos los muchachos salieron corriendo por el sendero que les demarcaron los oficiales. Cuando volteó, vio al muchacho paralizado en el piso. Lo miró sin expresión y el chico sintió que se orinaba- He dicho, ahora.

En medio segundo el chico se les unió a los otros corriendo.

El escuadrón de soldados de Edward y él mismo, estaban boquiabiertos.

Las rubias miraban asombradas el control y poder que lograba imponer la morena que miraban en menos. Por la mente de Tanya cruzó por un instante la idea que Edward e Isabella eran tal para cual… Pero inmediatamente desechó la idea. Estaba empeñada en conseguir el amor de su oficial, y sonrió satisfecha al sentirse más femenina que la castaña.

Cuando se dio cuenta que el cobrizo miraba casi embobado a la muchacha, dio un paso al frente y lo miró coquetamente.

-Eddy, digo, Oficial Masen, le recuerdo que estamos esperando órdenes. –el aludido volteó rápidamente y reprochó con la mirada a la rubia.

Insolente… Pensó.

-Veinte vueltas al campo, ahora. –sentenció y todos comenzaron a trotar por el territorio demarcado.

Cuando volvió la cabeza, vio a su chica hablando seriamente con Emmet, quien contenía la risa. Se acercó con rapidez por la espalda de la muchacha y oyó la conversación sin que ella se diera cuenta.

-No entiendo por qué tiene que hacer esto, perfectamente yo podría ocuparme de ambos grupos. Él aún está recuperándose, Emmett. –dijo la chica un poco molesta.

Edward le sonrió a su compañero y luego se fijó en sus alrededores para comprobar que nadie lo miraba. Enrolló sus brazos en la estrecha cintura de su castaña quien se sorprendió, pero al sentir el olor tan particular de él, apoyó sus manos sobre las de su oficial.

-¿Qué hace? Alguien puede vernos, oficial –respondió ella.

-Nadie mira, y sólo quiero que sepas que estoy bien. Tendrían que sacarme ambas manos y la lengua para no dar órdenes, bonita. –le susurró al oído y ella rió suavemente.

-Lamento interrumpir, pero Edward, realmente alguien puede verlos, ya déjala. –rió su compañero.- Ni siquiera a mí me dejan acercarme a Rose, y eso que es mi esposa.

Se alejaron lentamente y siguieron conversando de cosas no tan importantes.

El oficial McCarthy puso al día a Edward sobre los avances de los rojos y de los azules.

Tenían al menos la mitad Idaho invadida, lo cual les había traído problemas al ejército, ya que Vulturi, personalmente, se había tomado la Casa Blanca junto al presidente para que las tropas rojas dejaran de avanzar.

Sin embargo no se amedrentaron, y con la imagen de Isabella, habían logrado capturar a más chicos de los planeados, ya que en vez de luchar, muchos huían y eso les daba el chance de capturarlos con facilidad.

Swan bajó la cabeza al escuchar esa parte del relato. No se sentía orgullosa de lo que había hecho, pero de una u otra forma, no se arrepentía de haber hecho lo que hizo por salvar su vida y la de su cobrizo.

Edward rodeó sus hombros con un brazo en un gesto de simpatía. Él no creía que lo que hizo estuvo mal, es lo que el mismo hubiese hecho en el caso de verla desangrándose ante sus ojos. Sacudió la cabeza para alejar esa imagen de ella tirada en el piso… No, ella jamás se vería en una situación como esa.

Las fuerzas especiales de Wisconsin, Dakota Norte e Iowa habían logrado invadir la región de Minnesota, capturando a dos suboficiales azules, sembrando el pánico en el ejército opositor.

Por lo mismo, habían enviado a las pilotas para un entrenamiento exhaustivo para el próximo operativo en California.

-O-Oficial… -gimió una pilota dentro del grupo de Masen- Ya… Veinte… vueltas –jadeó cansada.

-Enseguida –respondió y volvió a su compañero- Hablamos luego, Emm. Y tú –la miró directamente a los ojos para luego agacharse hasta su oído- Te amo. –susurró y la sargento lo empujó suavemente sonriéndole.

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He vuelto, y no he tardado tanto porque me reencontré conmigo misma y nuevamente encontré una puerta a escapar de la realidad, la cual es es esta: escribir.

Llevo más o menos dos capítulos más, y he tenido que leer y releer la historia unas cuantas veces para retomarle el hilo a la cosa.

Las adoro más ahora, por apoyarme y no presionarme :)

PD. Los personajes son de Meyer, recuerdenlo, la historia es mía.

Por cieeerto... Tengo la historia en ranting M, asi que quería conocer sus opiniones: ¿Haría bien en agregarle un Lemmon antes de que se nos vayan al operativo?

¡Las amo!