Bienvenidas un capítulo más a mi historia.

Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

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Capítulo 12

A medida que avanzaban por los pasillos de la Fortaleza, el pequeño grupo se fue encontrando mortífagos a su paso, pero en cuanto veían que era Mulciber quien los llevaba nadie hacía preguntas. Sin embargo, en la cuarta planta se tropezaron con un problema inesperado: una antigua compañera de curso de Hermione y Neville conversaba animadamente con el guardián de la Oficina de Incautación, junto a la que tenían que pasar para llegar a la Sala de los Menesteres.

—Millicent… —jadeó Hermione, blanca como el papel—. Oh, no…

La ex Slytherin dejó de hablar con el guardián y se giró para mirar a los recién llegados.

—¿Qué? ¿Cómo es posible? No puedo creer lo que ven mis ojos. —Se acercó en un trote rápido y desgarbado hacia ellos y soltó una brusca risotada—. Pero si son Neville-soy-tan-torpe-que-tropiezo-con-mi-propia-sombra Longbottom y la sangre sucia Granger.

—¿Qué dices, Millicent? —preguntó el guardián con el ceño fruncido, acercándose también—. ¿Cómo va a ser una sangre sucia? Si lo fuera no estaría en el harén, ¿no ves su túnica? Viene de allí, y en él sólo admiten putas de sangre pura.

Bulstrode volvió a reír. Un sonido cacareante y desagradable.

—Pues te aseguro que os han dado orco por elfo, esta es la sangre sucia amiga de…

Millicent Bulstrode cerró la boca de golpe y frunció el ceño; intentó hablar, pero no pudo, incluso se llevó las manos a los labios para intentar abrirlos, sin éxito.

—¿Qué pasa, Mills? —preguntó el guardián, llevando una mano al hombro de la chica—. ¿Te ocurre algo? —Pero antes de que llegara a tocarla, la expresión del hombre cambió y se volvió mansa como la de un corderito—. Ven, Millicent, ven conmigo —dijo, con voz átona—. Vamos a divertirnos.

La agarró del brazo y empezó a tirar de ella, pero la chica se resistía a ser llevada lejos de allí y forcejeaba a un tiempo para liberarse de él y para poder despegar los labios de una vez. Finalmente, sin embargo, el guardián pudo con ella, le quitó la varita a la joven, se la entregó a Hermione, que la aceptó con cara de asombro, y obligó a Bulstrode a entrar en la Oficina de Incautación.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Hermione.

—El guardián la mantendrá ocupada un buen rato —dijo Snape, y la joven se giró hacia la incorpórea voz—. Y también me he encargado del administrador de la oficina, así que nadie nos causará problemas. Vamos, no podemos perder tiempo.

—Pero no habrá hecho que… quiero decir, él no la… no va a abusar de ella, ¿verdad? Porque parecía...

—¿Importaría? —preguntó el ex profesor, con tono de impaciencia.

—¡Claro que importaría!

—Es una mortífaga. Estaba a punto de delatar tu condición de sangre. ¿Por qué te preocupa?

—¡Usted no sabe lo que es! —replicó Hermione, con un punto de histeria en la voz—. Eso no se lo deseo a nadie, ni siquiera a ella. No puede permitir que la viole ese hombre. Y, si conoce un poco a Iliana, sabrá que estaría de acuerdo conmigo si pudiera opinar ahora.

Al oír esto, Snape apretó los dientes y dio un pequeño suspiro. La joven tenía razón, a Sandra aquello no le gustaría ni un pelo y, por algún motivo, eso a él le importaba, y mucho. Con un movimiento de varita, hizo un sutil cambio en los hechizos que había conjurado.

—Tranquila, Granger, no le va a hacer daño. Sólo le he ordenado que la ate y la esconda dentro de la sala mientras él y el administrador se echan una siesta, nada más. Además, ahora disponemos por fin de una varita cada uno, ¿no es así?

Algo más tranquila, pero todavía con cierto aire indignado, Hermione cerró la boca y se giró hacia delante.

—Está bien, acabemos con esto —murmuró, y continuaron la marcha hacia el lugar donde solía hallarse la sala de los Menesteres.

Llena de angustia, deseando que funcionara y al mismo tiempo temiendo que no fuese así, la chica paseó arriba y abajo del pasillo, concentrándose en invocar la sala, pero nada ocurrió.

—¿Qué sucede? —preguntó Snape.

—Dios mío… —susurró ella—. No aparece la puerta. ¿Y si los mortífagos la descubrieron y la destruyeron?

—A ver, déjame probar a mí —dijo Neville—, tú estás demasiado nerviosa. —El chico repitió los pasos de su amiga, visualizando en su mente la sala que había visitado tantas veces durante la guerra, pero la pared permaneció lisa y sin puertas—. ¡Merlín! ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué no aparece? —preguntó, empezando a desesperarse.

—La habrán destruido, tiene que ser eso —dijo Hermione, notando como un nudo se le agolpaba en la garganta—. ¡Dios! ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Pues tendremos que abrirnos paso varita en mano —dijo Neville, con mirada torva—. Como sea, saldremos de aquí como sea, pero no pienso volver al harén. Antes prefiero morir luchando.

Snape levantó la capa invisible por encima de su cabeza para examinar bien la pared en silencio, se acercó más a ella e hizo un suave movimiento de varita. Después se echó unos pasos hacia atrás sin dejar de estudiarla. Tras cavilar un rato, empezó a negar con la cabeza.

—No. Esta no es la pared.

—¿Pero qué dice, profesor? —protestó Neville—. La conozco de memoria, la utilizamos mil veces durante la guerra.

"Usted no reconocería su propia nariz si la viera pegada a su cara, Longbottom", quiso decir Snape, pero estaba demasiado concentrado en sus propios pensamientos para verbalizarlo y se limitó a murmurar para sí:

—¿Qué probabilidades hay, al fin y al cabo? Poquísimas, desde luego…

—Profesor, sea lo que sea lo que está pensando, más vale que lo haga rápido —le apremió Hermione, temiendo que les descubrieran, puesto que ya llevaban demasiado tiempo en aquel pasillo.

—Contéstenme a esta pregunta, Granger —dijo el hombre, desempolvando un tono de voz que no había utilizado desde su época de docencia, cuando intentaba "dominar la mente y hechizar los sentidos" de sus alumnos haciéndoles preguntas difíciles con la intención de enseñarles a estar siempre preparados y a pensar por sí mismos—: viendo lo que han hecho los mortífagos con la escuela, la manera en que han alterado la configuración del castillo por entero… ¿qué probabilidades hay de que una sala de estas características se mantenga en el mismo sitio que donde estaba? ¿En el mismo piso, incluso?

Hermione y Neville se quedaron helados. Él tenía razón, por supuesto. Todo en el castillo había cambiado de sitio, ¿cómo iba a seguir igual la sala de los Menesteres?

—¡Merlín, estamos perdidos! —dijo Neville, con aire derrotado.

Las lágrimas inundaron los ojos de Hermione.

—Pues yo tampoco pienso volver al harén. Si no tenemos posibilidad de huir, encontraré otra manera de liberarme —dijo sombríamente, mirando la varita que sostenía en la mano.

—Quizá no haga falta adoptar medidas tan drásticas —dijo Snape. Los jóvenes lo miraron esperanzados—. ¿Qué características tiene la sala de los Menesteres?

Reaccionando espontáneamente a aquel tono de maestro que todavía mantenía Snape, Hermione levantó mucho la mano, como si todavía estuviera en su pupitre pidiendo la palabra, y citó de carrerilla la explicación que ella misma recibió en su día:

—Es una habitación a la que sólo se puede acceder cuando se tiene una necesidad real. A veces está ahí y a veces no lo está pero, cuando aparece, siempre está preparada para las necesidades del buscador —recitó de memoria, sin poder evitarlo. Aquel acto reflejo los devolvió a todos, por un instante, a los tiempos en que los dos Gryffindors estudiaban en Hogwarts y Snape era todavía profesor de pociones. Una época que ninguno de ellos podría llegar a calificar de feliz, pero en la que, pese a todas las dificultades, todavía era posible vivir sin miedo. Los tres se miraron sorprendidos, afectados en lo más profundo por idéntica sensación de dejà vu. Desde luego, el pasado no era perfecto, pero con todos sus fallos era mejor que el presente en el que se hallaban. Por eso debían esforzarse tanto para cambiar su futuro. Hermione se encogió de hombros en tono de disculpa—. Así se la describió Dobby a Harry, al menos.

—Veo que su insufrible sabelotodo sigue escondida ahí dentro en algún rincón —dijo Snape. Pero, curiosamente, Hermione no se sintió ofendida—. Exacto, es una habitación que se le aparece a quién la necesita de verdad y le ofrece justo lo que precisa. ¿Cómo iba a estar todavía en el séptimo piso si aquí ahora solo hay mortífagos?

Hermione se dio una palmada en la frente, enfadada por su propia torpeza.

—¡Claro! ¡Qué estúpida he sido!

—Pero entonces, ¿dónde podemos encontrarla? —preguntó Neville—. Puede ser como buscar una aguja en un pajar.

—No necesariamente. ¿Dónde es más probable que se halle una sala así bajo el asedio en que se encuentra el castillo? —inquirió Snape, mirando directamente a Hermione a los ojos.

—En la primera planta —contestó ella, con total seguridad—, entre el harén de los hombres y el de las mujeres, donde están las personas que realmente la necesitan.

Snape asintió en silencio y Hermione hubiera jurado que vio una minúscula sonrisa de satisfacción en sus labios.

—Pues andando. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Calcularon en el mapa de Draco cuál era el punto exacto entre los dos harenes y después volvieron a bajar a la primera planta, donde el ajetreo de personas era más intenso y las posibilidades de ser descubiertos mucho más altas. Pero, tras aquella breve incursión a su pasado en Hogwarts, los tres tenían en sus corazones un ánimo nuevo que los impulsó a seguir adelante y a vencer los obstáculos que se les presentaron por el camino. Se ocultaron, hechizaron y mintieron a lo largo de todo el recorrido hasta hallarse delante de una pared vacía que, según el mapa de la Fortaleza, quedaba justo a mitad de distancia de los dos harenes.

—¿Es aquí? —preguntó Hermione. Snape asintió con gravedad y Neville empezó a caminar arriba y abajo repitiendo el conjuro que tan bien se sabía. En cuanto terminó, una ancha puerta de madera se materializó enfrente de ellos y el chico estuvo a punto de saltar de alegría.

—Ha funcionado —susurró con asombro Hermione, en voz baja, como si no se atreviera a decirlo en alto para no atraer a la mala suerte.

—Vamos —ordenó Snape. Todos se adentraron en la sala y la pared se cerró de inmediato a sus espaldas.

No había objetos de decoración, ni cuadros ni tapices, y tampoco muebles de ningún tipo. La habitación mostraba las paredes desnudas y el suelo limpio y sin obstáculos; lo único que rompía la monotonía era una camilla blanca en el centro mismo de la estancia, sobre la que se encontraba un vial con un líquido dentro, y una pequeña puerta de color rojo chillón, tan llamativa que parecía querer atraer la atención de cualquier visitante, como si la ausencia total de todo lo que pudiera distraer de su presencia no fuera suficiente.

—Quítenme esto de encima —refunfuñó Snape, agarrando el bajo de la capa con una mano mientras mantenía en equilibrio el cuerpo de Iliana sobre el hombro. Hermione se giró hacia él y le ayudó a deshacerse de la prenda, guardándola de nuevo en el bolso—. Aparten eso de ahí —dijo entonces, señalando el vial, y Neville lo sujetó en la mano.

El profesor depositó a Iliana en la camilla para comprobar si había algún cambio en su estado, pero continuaba inconsciente, con el pulso muy débil y la respiración superficial. No había modo de saber los daños que habría causado el maleficio. Su maleficio, se recordó Snape. Preocupado, conjuró un hechizo de diagnóstico con la varita, pero no obtuvo ningún resultado concluyente. No podía deducir cuándo iba a despertar, si es que lo hacía. Le pidió el vial a Neville y lo observó a contraluz. Después abrió el tapón de corcho y olió el contenido.

—Es una poción revitalizante. Yo le habría añadido unas semillas de adoraviva para potenciar el efecto, pero tendrá que valer.

Incorporó un poco a la joven y abrió sus labios para que tragara la poción. Cuando el vial estuvo vacío, volvió a sostenerla en sus brazos y se dirigió a la puerta roja. Neville se acercó para ayudarlo.

—¿Quiere que la lleve yo un rato? —preguntó.

—Lo que quiero es que salgamos de aquí de una puta vez.

El chico asintió, tiró del pomo de la puerta y se adentró en el oscuro túnel, seguido de los demás.

—Mantengan la guardia alta —advirtió Snape—, no sabemos lo que encontraremos al otro lado.

Sin embargo, cuando salieron por el otro extremo no había nadie a la vista. Desde luego, aquello era el Cabeza de Puerco, pero no había mucho que recordase a la antigua taberna: el techo había desaparecido, dejando entrar toda la oscuridad de una noche sin estrellas, y muchas de las paredes estaban convertidas en escombros.

—Caray, hemos tenido suerte de que el muro que da al túnel siga en pie, porque si se hubiera derrumbado como esos, nos habríamos quedado sin ruta de escape —dijo Hermione.

—Desde luego. ¿Qué habrá sido de Aberforth? —se preguntó Neville, mirando alrededor, a las ruinas de lo que en su día fue un oportuno refugio para los que se oponían al Lord.

—Ni lo sé ni tenemos tiempo ahora de averiguarlo —dijo Snape—, en cuanto se den cuenta de que hemos huido, removerán cielo y tierra para encontrarnos. ¿Conocéis algún lugar seguro para escondernos?

—Bueno… —dijo Hermione—. No será muy cómodo, pero…

—¿Qué?

—Están las cuevas en las que se ocultó Sirius Black cuando era un fugitivo, Harry me explicó una vez dónde estaban.

Snape reprimió un gruñido de desprecio y asintió de una seca cabezada.

—Servirá. Dudo mucho que nos busquen ahí.

—Será mejor que nos desaparezcamos todos juntos —propuso Hermione—, ya que yo soy la única que sabe dónde están las cuevas.

Se acercaron todos y la chica agarró a cada uno de un brazo. Cuando aparecieron dentro de una de las cuevas, Snape se tambaleó peligrosamente sobre sus pies. La mala alimentación, el prolongado encierro, el cargar todo el rato con Iliana y la desagradable sensación de la desaparición, hicieron estragos en su estómago.

—Profesor, déjeme ayudarle —ofreció Hermione y le agarró con fuerza para que no se cayera.

—Estoy bien —contestó él con aspereza, cuando se le pasó el fuerte mareo.

La chica lo soltó y empezó a rebuscar en el bolso.

—Tengo por aquí colchonetas hinchables de cuando Harry, Ron y yo… —se interrumpió a sí misma al pensar en Ron, apretó los dientes, intentó apaciguar sus emociones y, cuando estuvo segura de haberlo logrado, prosiguió—. Pondré una colchoneta sobre el suelo y así podrá dejar a Iliana en un lugar más cómodo.

—Sandra —repuso él—, se llama Sandra.

Hermione le miró un instante, sorprendida, y siguió buscando hasta que, con un pequeño "¡Ajá!", extrajo una de las colchonetas y la tendió ante Snape. El hombre depositó en ella el cuerpo de la mujer con sumo cuidado y, de inmediato, se arrodilló junto a ella y empezó a realizar hechizos curativos.

—¿Qué es lo que ha ocurrido, profesor? —preguntó Hermione.

Un nudo se instaló en la garganta del hombre y tuvo que tomarse unos instantes antes de contestar.

—Lo que ha ocurrido es que Sandra es la muchacha más estúpida, inconsciente, alocada y frustrantemente valiente que... —Cerró los ojos un instante y negó con la cabeza—. Le dije que no lo hiciera, que podía costarle la vida. Le pedí que huyera con vosotros y me dejase allí, pero no quiso escucharme.

—¿Hubo problemas para sacarle de la celda?

—¿PROBLEMAS? —rugió el hombre—. Había una jodida maldición reciprocus sobre mis cadenas.

—¿Qué es eso?

Snape les explicó en qué consistía y Hermione dio un paso atrás, horrorizada.

—¡Merlín! —susurró—. ¿Y cómo la eliminaron?

—La única manera de eliminar esa maldición es sufrirla.

—¡No es posible! —dijo la chica, con lágrimas en los ojos, sabiendo lo que eso significaba.

—Se lo dije: "déjalo, no merezco ese sufrimiento". Le rogué que se marchara, que lo importante era que os salvarais vosotros. Se lo repetí mil veces pero, ¿crees que me hizo algún caso? Se adhirió la varita al brazo y con un hechizo se impidió pronunciar el finite incantatem. Hasta que los grilletes no se abrieron, no dejó de sufrir los efectos de todas las maldiciones que me han lanzado desde que me apresaron.

—Merlín, eso es… es espantoso —jadeó Neville, horrorizado.

—¿Usted cree? —se mofó el hombre.

—No… quiero decir… si ha soportado esa maldición de manera tan intensa y prolongada… quizá cuando vuelva en sí…

—Si es que vuelve —dijo Snape, con amargura.

—… quizá entonces… es posible que… haya perdido la cordura. Lo sé, porque es lo que le pasó a mis padres.

El ex profesor miró al chico unos segundos con gravedad y después sacudió la cabeza.

—No, a ella no le puede ocurrir eso.

—Pero, profesor, ya sé que…

—¡He dicho que no! Y no se trata de sentimentalismo barato ni de querer negar la evidencia, me consta que es así. El Lord tuvo buen cuidado en lanzar un hechizo de protección mental junto a los cruciatus para evitar que yo perdiera el juicio cuando me torturaba. Me quería cuerdo y consciente todo el tiempo para que no pudiera refugiarme en la locura. A ella, la maldición le fue transmitida en las mismas condiciones.

—Oh, Dios mío, ¡qué horror! —gimoteó Hermione.

—Pobre Iliana —dijo Neville.

—Sandra —volvió a corregir Snape—. Y ahora dejemos de lamentarnos por aquello que no podemos cambiar y centrémonos en lo que requiere nuestra actuación más urgente. Está muy débil, le he aplicado todos los hechizos curativos que conozco, pero son de lo más rudimentario. Yo no soy medimago ni puedo curarla. Necesitamos llevarla con algún profesional.

—San Mungo es desde hace tiempo territorio mortífago —informó Neville—, imposible ir ahí. Además, la noche es muy peligrosa, los mortífagos sueltan a todo tipo de criaturas de pesadilla, creo que es mejor esperar a la primera luz del alba.

—En eso estoy de acuerdo. Respecto a lo otro, en la mansión teníamos dos medimagos —dijo Hermione.

—¿La mansión? —preguntó Snape, con interés.

—Así es como llamábamos al lugar donde hemos escondido a Harry. El problema es que no recuerdo dónde está, cómo es ni cómo volver allí. Como protección, al salir de la mansión recibimos un obliviate selectivo para que no recordemos nada que pueda poner en peligro a los demás.

—¿Y cómo se contacta con la gente de esa mansión?

—Tengo que enviarles una lechuza, pero…

—No tenemos ninguna —finalizó Snape por ella.

—Exacto. Para conseguirla, necesitaríamos acercarnos a Hogsmeade.

—De acuerdo. ¿Qué más contiene ese bolso suyo, Granger? ¿Algo de utilidad?

—Sí, tengo víveres hechizados para que se conserven frescos, una tienda de campaña, varias mantas…

—¿Pociones?

—El botiquín elemental: revitalizantes, relajantes, curativas, analgésicas…

—Está bien, está bien. Páseme una lista con el inventario completo. Quizá haya algo que nos sirva para Sandra. Longbottom, vaya al pueblo a conseguir una lechuza, cuanto antes nos movamos, mejor. Y póngase la capa invisible para que no lo detecten las criaturas nocturnas que ha mencionado. Tal vez, con un poco de suerte, todavía no se hayan percatado de nuestra ausencia en el castillo. Yo me quedaré junto a Sandra para vigilar cualquier cambio en su estado y, por la mañana, saldré a recoger hierbas para elaborar una poción.

—De acuerdo, profesor —dijeron los dos chicos, a coro, y se apresuraron a llevar a cabo sus tareas con la máxima diligencia.

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Cuando se hizo de día, mucho después de que Neville regresara de su incursión a Hogsmeade, Snape dejó a Hermione al cuidado de Sandra y se acercó a la entrada de la cueva con intención de inspeccionar los alrededores. Le inquietaba alejarse de la joven, pero era imprescindible que recogiera las hierbas que necesitaba, ya que la poción que quería elaborar, que había inventado en su juventud, era especialmente potente y podría ser decisiva para salvarle la vida. Además, tenía que buscar también alguna fuente de agua potable para todos ellos, puesto que no sabía cuánto tiempo pasarían allí. De modo que, cubierto por la capa invisible, se encaminó con decisión hacia el exterior. Lo que no esperaba era que la experiencia le resultase tan traumática.

Durante la huida nocturna no había tenido tiempo de pensar ni tampoco de contemplar el paisaje; pero, con la luz de la mañana y la calma de no ser perseguidos, tenía ocasión por fin de darse cuenta de lo sucedido y de procesar que había dejado de estar preso en una celda. Pero asimilar su nueva situación no resultaba reconfortante, más bien al contrario. Durante unos segundos interminables le pareció que sería incapaz de dar un paso fuera de la cueva. Para empezar, la brillante luz del sol hería sus ojos, habituados por tanto tiempo a la oscuridad, por lo que necesitó cerrar los párpados casi por completo y hacer visera con la mano para poder ver algo. Pero no sólo eso, sino que después de aquellos años de reclusión en un lugar tan pequeño, la enormidad de aquel espacio abierto, la gran extensión de tierra que los rodeaba, resultaba sobrecogedora.

Sintió una sensación de vértigo en el estómago y a punto estuvo de darse la vuelta y volver a la cueva, a la seguridad de aquel espacio cerrado que le recordaba a lo que había sido su "hogar" los últimos tres años. Pero de pronto comprendió lo que ocurría: tenía miedo. Se había acostumbrado a las torturas, a las humillaciones y a la derrota hasta tal punto que se convirtieron en su rutina, y cambiar la propia rutina, por espantosa que esta fuera, no era cosa fácil. Requería de mucho valor y mucha fuerza de voluntad.

Entonces sintió un soplo de brisa rozarle el rostro y aspiró profundamente el aire limpio y fresco de la mañana, que llenó por completo sus pulmones con la sensación de libertad que se respiraba, y sintió que su corazón se sosegaba y su estómago se asentaba por fin. De pronto un pensamiento apareció en su mente y ya no se lo pudo quitar de la cabeza: aquello no era lo mismo sin ella. El regreso a la libertad, con las esperanzas y los miedos que conllevaba, deberían haberlo experimentado juntos, Sandra y él. Llevaban demasiado tiempo planeándolo. Habían sufrido demasiado por conseguirlo. No poder compartirlo con ella era simplemente cruel.

Se imaginó qué habría pasado si hubieran estado juntos en aquel momento. Quizá él no habría vacilado en salir al exterior. Con ella a su lado, dándole fuerzas, quizá no habría sentido aquella opresión en el pecho, el repentino vértigo que le había debilitado por unos instantes. Quizá Sandra lo habría abrazado, incluso, feliz por verse libre, y él le habría devuelto el abrazo; y sentiría el cuerpo de ella contra el suyo, cálido y firme y lleno de vida.

Sacudió la cabeza para despejarse. No servía de nada pensar en qué debería haber ocurrido, lo que debía hacer era solucionar los problemas reales del presente. De modo que se esforzó por serenarse y dio un paso fuera de la cueva. No podía dejarse vencer por el temor a lo desconocido. Sandra le necesitaba y no pensaba fallarle.

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Era casi mediodía cuando Snape regresó a la cueva, haciendo levitar a su lado seis cubos llenos de agua potable. Neville estaba alimentando a la lechuza que trajo de Hogsmeade y Hermione había dispuesto las colchonetas con unas mantas y una mesa con varias sillas.

—¿De dónde ha salido eso? —preguntó el hombre, refiriéndose a los muebles, mientras hacía que los cubos se posaran sobre el suelo en un rincón.

—Los he transfigurado de unas rocas —explicó Hermione—. Siempre sacaba la mejor nota en Transformaciones.

—Usted siempre sacaba la mejor nota en casi todas las asignaturas —replicó Snape, con la curiosa habilidad de no hacerlo sonar en absoluto como un elogio.

—Profesor… —dijo la chica—. Ahora que somos compañeros de infortunios, ¿no podríamos pasar a tutearnos, por favor? Me sentiría más cómoda.

El hombre le dirigió una mirada como el hielo.

—Claro, porque mi vida gira en torno a hacerle a usted la vida más cómoda, Granger —dijo. La chica frunció los labios, enojada. Snape suspiró audiblemente—. De acuerdo, como quieras. ¿Qué más me da? —cedió. Se fue a sentar en el suelo, al lado del colchón donde estaba Sandra y llevó una mano a la frente de la joven—. ¿Has notado algún cambio en ella?

—Ninguno —dijo Hermione, afligida.

—Eso es bueno —repuso Snape.

—¿Lo es? Creía que tendría que…

—Todavía no debe despertar —explicó él—. Me preocuparía si tuviese fiebre, convulsiones o temblores, pero si sigue igual, de momento es suficiente. Su cuerpo se está sanando lentamente, y su mente, aún inconsciente, también. Todo tiene su proceso. Sería contraproducente que despertase demasiado pronto.

—Entiendo.

—¿Qué hay de la lechuza? ¿Podremos echarla hoy a volar? —Neville lo miró con expresión vacilante—. ¿Qué? ¿Cuál es el problema?

—La que encontré anoche no parece estar muy sana. Estoy intentando darle de comer, pero no prueba bocado.

Acercó la jaula al hombre para que inspeccionara al animal, tenía zonas de piel desnudas de plumaje y un aspecto completamente enfermizo.

—¿Eso es una lechuza o una rata a la que le has pegado cuatro plumas?

—Recorrí todo el pueblo, pero la mitad de las casas están destruidas y la otra mitad deshabitadas —se justificó—. Encontré a esta pobrecilla posada sobre una valla de madera, hice aparecer una jaula y la metí dentro. Se dejó atrapar sin resistirse… la verdad es que no estoy muy seguro de que pueda volar.

Snape apretó los dientes con fuerza unos segundos.

—Más le vale, o nos la comeremos esta noche para la cena.

—Yo ya he escrito la carta para atársela a la pata —intervino Hermione.

—Pues entonces, no perdamos más tiempo, preparad a la lechuza y enviadla a hacer el recado. Y lograd que vuele, no me importa cómo lo consigáis.

Los chicos obedecieron y se fueron a la mesa para maniobrar con más comodidad, y Snape se ocupó en conseguir los materiales que precisaba. Con un poco de arcilla modeló mágicamente un caldero. No era de peltre, como los que le gustaban a él, sino de barro, y tenía un acabado muy rústico, pero funcionaría. Después transfiguró dos rocas en un cucharón y un cuchillo. Este último no le había salido muy afilado, pero tendría que bastar. Rellenó el caldero con agua y la puso a hervir con un hechizo mientras cortaba unas hierbas con el cuchillo.

—¿Qué estás preparando? —preguntó Neville, mirándolo de reojo, intrigado.

—¿Es que no tienes ojos en la cara? Una poción.

—Eso me pasa por preguntar —murmuró el chico para sí.

Hermione sonrió, por un momento la invadió una sensación de normalidad que la llenó de alegría; pero enseguida recordó que nada de aquello era normal, se acordó de todo lo que habían pasado y de la oscuridad en la que se había sumido el mundo, y su sonrisa se borró de golpe, como si nunca hubiera existido.

Cuando tuvo todas las hierbas trinchadas, Snape las puso en el caldero y removió la poción hasta que se formó una espuma de color azulado.

—No tendrás por ahí algún vaso, supongo… —le preguntó a Hermione, señalando el bolso.

—Sí, sí que tengo —dijo, sacó uno y se lo dio.

Snape vertió en el vaso el contenido del caldero, lo enfrió con un hechizo e incorporó un poco a Sandra para dárselo de beber.

—Siempre he confiado más en una mala poción, que en un buen hechizo —comentó.

—Si se pueden elaborar las pociones con magia, sin necesidad de fuego real ni nada, ¿por qué no nos enseñan a hacerlas así en el colegio? —preguntó Hermione, como siempre, ávida de conocimientos.

Snape la miró con algo que -de no haberse encontrado en la situación en la que se encontraban- quizá habría podido clasificarse de "diversión".

—En el colegio enseñamos a hacer las cosas bien —contestó, hablando en presente sin darse cuenta, como si el colegio todavía estuviera operativo, él aún fuera profesor y todo lo que había ocurrido los últimos años no fuera más que una terrible pesadilla—. Después, en la práctica de la vida real, cuando uno ya se sabe la base teórica al dedillo, puede tomarse la libertad de coger ciertos "atajos" o de cambiar las reglas a su conveniencia. Una poción hecha con un caldero inadecuado y con fuego mágico, en lugar del real, probablemente no sea tan efectiva ni de efectos tan rápidos como otra elaborada a la perfección según el libro de texto pero, en las presentes circunstancias, no nos podemos poner quisquillosos, ¿no crees?

—No, supongo que no —contestó ella, dedicándole una pequeña y tímida sonrisa.

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Pasaron dos días sin novedad. Habían conseguido echar a volar la lechuza, pero no recibían noticias de la mansión y no podían estar seguros de que el ave hubiera logrado llegar a su destino. Sandra tampoco había despertado.

Cada vez que alguien salía de la cueva para buscar alimentos o agua, tenían que asegurarse de ir ocultos bajo la capa invisible, ya que en varias ocasiones se habían cruzado con expediciones de mortífagos que andaban buscándolos. Por suerte, los hechizos de protección que habían conjurado eran muy potentes y les mantenían bien escondidos.

Snape pasaba todo el tiempo junto a Sandra, observándola con atención, buscando cualquier señal que pudiera significar una mejora o un empeoramiento de su estado. Se sentía responsable por lo que le había ocurrido y le frustraba no ser capaz de acelerar su proceso de curación.

Tampoco podía olvidar la imagen de ella, sufriendo aquel tormento por él, obligándose a soportarlo y negándose con un simple hechizo la posibilidad de echarse atrás si no se veía capaz de hacerlo. Había sido una estupidez, una locura, y no podía entender que Sandra aceptase pasar por todo ello sólo para liberarle a él, un ex mortífago, alguien que no se merecía ni una pizca de compasión. Ella, a quien apenas conocía, pero que por salvarlo había estado dispuesta a arriesgarlo todo: su vida, su cordura, su bienestar. Admiraba su tenacidad y valentía, pero había algo más que admiración, algo que llenaba su pecho de un calor desconocido y a lo que no sabía o no se atrevía a poner nombre.

—Eres una inconsciente —susurró, acariciando su pelo con suavidad.

Se miró la mano con desagrado, su piel era áspera y a veces se enganchaba en el bonito cabello de la joven, pero a pesar de ello, no podía evitar tocarlo de vez en cuando para sentir su sedosidad. Siempre que nadie lo viera hacerlo, por supuesto.

Comprobó que los otros dos seguían durmiendo, todavía faltaba un rato para que saliera el sol, así que incorporó un poco el cuerpo de la mujer para acunarla entre sus brazos, apoyándola contra su pecho con cuidado, para ver su rostro más de cerca a la luz del fuego mágico que habían conjurado. ¿Cuándo despertaría su bella durmiente? Se recriminó la cursilería, pero eso no impidió que la idea arraigase en su cabeza. Su bella durmiente, y ¿él qué era, entonces, su príncipe? Absurdo. Él se consideraba más bien sapo.

Si era príncipe, en todo caso, era gracias a su madre, de eso no había duda. Pero no azul, desde luego, sino negro; negro como el carbón, como su corazón, como la ropa que siempre llevaba, como sus ojos, negros infinitos. Él era la gangrena, negra y mortífera, que acababa infectando a todos los que había a su alrededor y los mataba, uno por uno, hasta dejarlo completamente solo. Ahora esa gangrena se había extendido a Sandra y no sabía si sería capaz de soportar pasar por aquello de nuevo.

Alzó la vista para perderla en algún punto de la oscura cueva, pensativo. ¿A cuánta gente había visto morir? Ciertamente, a todos los que le habían importado alguna vez, pero también a muchos otros. Nadie que se acercase a él quedaba impune por ello.

De pronto, el roce más ligero alcanzó su mejilla y bajó la vista para encontrarse a Sandra con los ojos abiertos y una mano acariciando su rostro.

—Se ha afeitado —dijo, casi sin voz, y la mano cayó sobre su pecho, agotada por el esfuerzo.

—S-sí —contestó él, pillado por sorpresa—, me he quitado la barba con un hechizo. No la soportaba por más tiempo.

—No es justo. Hubiera querido hacerlo yo. Le prometí que una de las primeras cosas que haría cuando fuéramos libres sería afeitarle la barba.

—Lo siento —se disculpó, con cierto asombro. Después de lo ocurrido, ¿cómo podía preocuparse por algo tan trivial como el no haberle afeitado?—. Me alegro de verte despierta. Nos has dado un susto de muerte, ¿sabes? ¿Cómo te encuentras?

—Muy bien, ahora que veo que hemos salido de allí —dijo, pero su voz sonaba de todo menos bien, y su rostro, pálido y cansado, confirmaba el diagnóstico—. ¿Dónde estamos?

—Ocultos en una cueva. Esperamos noticias de la mansión, que es donde tienen escondido a Potter.

—¿Violet y Neville?

—Están aquí también, durmiendo. Llevas tres días inconsciente.

—¿Tres días? No creía que hubiera dormido tanto…

—Lo necesitabas. Estabas al borde de la muerte. Lo que hiciste fue tremendamente estúpido, ¿lo sabes?

—Pero hemos conseguido salir de allí. Es lo único que importa.

Se quedaron mirando a los ojos unos instantes en silencio hasta que Snape sintió que se ahogaba en una emoción que no podía controlar y decidió huir del peligro.

—Y después de todo este tiempo durmiendo, lo primero que se te ocurre decir es que hubieras querido afeitarme tú —repuso él, en tono jocoso, apartándose un poco de ella—. ¿Qué debo pensar de ti, que te has hecho la dormida todo este tiempo?

La mujer sonrió débilmente.

—Es que me hubiera gustado mucho hacerlo, profesor. Esa barba era mía por derecho, me la había pedido y me correspondía a mí deshacerme de ella. Ahora me debe una barba.

—No me trates de usted, tus amigos ya me tutean y tú te lo has ganado mucho más que ellos. Severus. Llámame Severus —le pidió, sorprendiéndose a sí mismo.

Ella volvió a sonreír.

—Eso casi compensa lo de la barba —dijo—, Severus.

Al escuchar su nombre de labios de ella el vello de su nuca se erizó como electrizado y la sensación irreconocible de su pecho se hizo más intensa; era cálida y expansiva, y le tentaba a contestar a la sonrisa de la joven con otra propia. O, Merlín lo ayudara, con un beso.

Sin embargo, antes de que pudiera hacer ninguna de las dos cosas, una voz al fondo de la cueva exclamó:

—¡Has despertado!

Al instante siguiente, Hermione estaba arrodillada ante ellos, mirando a su amiga con preocupación. Snape se sintió incómodo por haber sido pillado sujetando a la joven en brazos, pero aún así no fue capaz de dejarla sobre el colchón.

—Violet —dijo Sandra. Intentó incorporarse, pero desistió cuando una punzada de dolor en el costado le hizo torcer el gesto.

—Llámame Hermione, nunca más seré Violet.

—Claro. Y tú puedes llamarme…

—Sandra, lo sé. Snape se ha puesto muy insistente con el tema.

El hombre agradeció la poca luz que había en la cueva, porque así no podían ver claramente su expresion cohibida.

Neville se acercó al pequeño grupo y se agachó junto a ellos.

—Me alegro de ver que la bella durmiente vuelve a estar con nosotros —dijo.

Snape frunció el ceño, molesto porque el torpe y apocado Gryffindor le hubiese robado la imagen mental que él mismo se había formado minutos antes.

—Si soy la bella durmiente, ¿por qué no me ha despertado mi príncipe con un beso? —replicó Sandra, y el corazón del ex profesor dio un vuelco en su pecho.

—¡Pues Snape es un príncipe! —intervino Hermione—. ¿No es así, profesor? Es el príncipe mestizo.

—¿De verdad? —preguntó Sandra, mirando al hombre con un brillo intenso en los ojos.

Incomprensiblemente, algo que a Snape no le ocurría desde que era un crío sucedió en aquel momento: sintió un ligero rubor cubriendo sus mejillas. Decidió atajar aquella embarazosa conversación de inmediato.

—Dejaos de estúpidas chácharas. Sandra acaba de despertar, no necesita que la mareéis con tonterías —gruñó.

—Sólo quería comprobar cómo estaba —dijo Hermione.

—Me siento bastante bien, me han quitado una recompensa pero me han dado otra —respondió ella, refiriéndose primero a la barba y después al hecho de poder llamarle Severus. Hermione se mostró confundida, pero Snape, entonces sí, no pudo reprimir una pequeña sonrisa.

—Vamos, dejadla en paz —exigió—, yo cuidaré de ella. Volved a vuestros colchones, aún no ha salido el sol. —Los chicos se levantaron y regresaron a sus rudimentarias camas, y el hombre volvió a mirar con seriedad a la joven que sostenía en sus brazos—. Tú tambien debes descansar. Lo mejor sería que durmieras ahora un sueño normal, después de haber estado inconsciente tanto tiempo. El sueño ordinario regula mejor que cualquier poción cualquier desajuste físico.

—Pero no quiero dormir, ahora que he despertado. Ahora que podemos hablar todo el tiempo que queramos, sin preocuparnos de que venga el centinela a buscarme.

—Ya has hablado demasiado por el momento, no quiero que agotes tus fuerzas, primero tienes que recuperarte del todo. Además, volviendo a lo que decíamos antes, no creas que te vas a librar de una reprimenda. Lo que hiciste en la celda fue una imprudencia y una temeridad, y no deberías haberlo hecho.

—No había otra opción.

—Sí que la había: podías dejarme allí.

—Eso no lo pensé ni por un segundo.

—Fue una locura, Sandra. El precio por liberarme era demasiado alto, ni siquiera se te debería haber ocurrido, no valía la pena. —La joven fue a protestar, pero él se lo impidió posando un largo y pálido dedo sobre sus labios—. Ah-ah, no digas nada, ya he dicho que no quiero que te esfuerces inútilmente, lo mejor sería que durmieras un sueño normal, después de haber estado inconsciente tanto tiempo, así que ahora me vas a escuchar en silencio y después descansarás. No deberías haberte sacrificado de esa manera. Quizá crees que sabes algo de mí, pero en realidad no me conoces. No merezco que sufrieras todo ese tormento para liberarme. —Ella abrió la boca de nuevo, pero él la acalló—. Ssshhh. Lo sé, quizá creías que yo era el único que podía revivir a Harry Potter y pensaste que valía la pena sacrificarse por eso, pero no es así. Yo no soy imprescindible, tarde o temprano hubieran dado con la forma de despertarlo, así que no tenías por qué pasar por todo eso. —Sandra se removió en sus brazos, intentando incorporarse, pero no tenía fuerzas suficientes y él la apretó más contra su pecho—. No te muevas, estate tranquila. Lo que debes hacer es intentar dormir.

—¿Cómo quieres que…?

—Sshhh —insistió él—, no me obligues a dormirte con un hechizo.

—Pero lo que has dicho…

—Se acabó —dijo Snape. Y, con un suave slumber, la puso a dormir—. Descansa, mi bella durmiente —susurró. Contempló el rostro relajado y plácido unos instantes, se aseguró de que ni Neville ni Hermione estuvieran mirando, besó su frente con ternura y la depositó sobre el colchón para arroparla con la manta.