Disclaimer: Todos los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia es una adaptación de Amy J. Fetzer
Capítulo Doce
Edward alargó el brazo, pero el sitio de Bella estaba vacío. Se sentó de golpe, pasándose la mano por la cara. Bella se había ido. Sabía que las cosas no se habían solucionado entre ellos, pero cuando ella se metió en su cama y le hizo el amor, había pensado que tenían una oportunidad.
Apartando las sábanas, Edward se vistió a toda prisa. Su corazón dio un vuelco cuando vio la maleta en el pasillo.
Encontró a Bella en la cocina, mirando su taza de café.
- ¿Qué significa esto? -preguntó, seña lando la maleta.
- Me han llamado esta mañana, Edward. Tengo que estar en el hospital esta tarde.
- ¿Ibas a marcharte sin decirme adiós?
- No.
- Mentira.
- Por favor, no hagas esto más difícil -le rogó ella.
- ¡Maldita sea, Bella, claro que voy a hacerlo más difícil! Vas a dejarme.
Ella intentó tomar un poco de café, pero no podía tragar.
- ¿Ves esto? -preguntó, mostrándole las facturas-. He comprometido mi salario como médico y ahora es el momento de pagar las facturas.
- Yo podría encargarme de eso en un abrir y cerrar de ojos.
- No quiero que lo hagas. ¡No es tu carrera, es la mía!
- Eso es lo que significa compartir tu vida con alguien, Bella. Cada uno da lo que el otro necesita.
- Yo he estado sola toda mi vida, Edward. No sé lo que es compartir.
- Eso puede cambiar.
- He firmado un contrato y tengo que irme -insistió ella, con labios temblorosos-. Por favor, no discutas conmigo ahora.
- Te quiero.
- Yo también te quiero, pero no es suficiente. Tú te mereces algo mejor.
- ¿Estás diciendo que me busque otra que esté todo el día en la cocina? Por favor, Bella, ¿de verdad crees que eso es lo que busco en una esposa? -preguntó Edward, pasándose la mano por el pelo-. No nos estás dando una oportunidad.
- No digas eso. Por favor -murmuró Bella. La noche del baile, Edward le había dicho que lo quería «todo o nada» y ella se había dado cuenta de que tendría que ser lo último. Si se quedaba, lo lamentaría toda la vida.
Bella tomó la taza de café, tiró el contenido al fregadero y la aclaró antes de meterla en el lavaplatos, intentando contener las lágrimas. ¿Cómo un gesto tan sencillo podía romperle el corazón?, se preguntaba.
- Cariño, no me dejes fuera de tu vida -le rogó él.
Bella se negaba a mirarlo.
- Tengo que hacerlo.
- Quiero que te quedes. Te quiero en mi vida.
Bella se volvió hacia él, furiosa de repente.
- ¡Tú quieres! -exclamó, con lágrimas en los ojos-. Pues ya tuviste lo que querías hace siete años. Elegiste y no fue a mí. Pensaste en ti y en tu deber, pero nunca pensaste en mí, Edward.
- Eso no es verdad -dijo él-. No ha pasado un solo día en el que no haya pensado en ti.
- ¿Y se supone que debo sentir pena por eso? Porque no la siento -dijo ella, tragando saliva-. ¿Y lo que necesito yo, Edward? Estoy en tu vida, en tu casa, en tu cama... te quiero y quiero a tus hijas. ¿Qué más quieres?
- Todo lo que pueda conseguir de ti.
La expresión de Bella se volvió amarga.
- Eso es mentira. Todo o nada, dijiste en el baile. Pues ahora mismo yo no puedo darte eso, Edward. ¿Dónde estamos entonces? -preguntó. Cuando Edward dio un paso hacia ella, Bella lo detuvo con un gesto-. No me toques -lo advirtió. Si la tocaba, se derretiría. Y necesitaba estar furiosa en aquel momento-. Es igual que hace siete años. A tu manera o a la calle.
- Sé que tienes miedo, Bella.
Ella levantó la barbilla.
- He vivido asustada toda mi vida, Edward. Asustada de que mi padre no volviera del trabajo, asustada cuando me hice adolescente, asustada cuando me hice una mujer y no tenía a nadie que me aconsejara. Y cuando mi padre murió... me quedé sola. No le importaba a nadie -explicó ella, sin mirarlo. No quería su piedad. Solo quería que la entendiera.
- A mí me importabas.
- Sí, claro. Te importaba tanto que te marchaste de mi vida sin mirar atrás -replicó Bella, con amargura. La expresión del hombre se llenó de dolor-. Tanya se fue hace mucho tiempo. Si tanto me amabas, ¿por qué no fuiste a buscarme?
- Imaginaba que no querrías volver a verme. No tenía ninguna esperanza.
- ¡Pero ni siquiera lo intentaste!
- No podía, Bella. Pero tú has sido mi remordimiento más grande, la pena más grande de mi vida.
- Y tú la mía -murmuró ella-. Debería haberte exigido una explicación, pero pensé que si podías dejarme tan fácilmente era porque yo no te había importado nada.
- No era así y tú lo sabes. Te quiero y sé que tú me quieres a mí.
- Claro que te quiero.
- Entonces, ¿por qué estamos discutiendo?
- Porque no tengo elección.
- Todos podemos elegir.
Ella negó con la cabeza, furiosa.
- Edward, no sabías quien era yo hace siete años y sigues sin saberlo.
-Te equivocas -dijo él, tomando su mano.
Bella se soltó de un tirón.
-Mira esta casa. ¡Para mí es un palacio! ¡Tú eres el sueño americano, Edward! Rico, guapo, respetado y adorado por su familia. Has vivido rodeado de lujos toda tu vida y no te culpo por ello. Pero esa es la razón por la que no me entiendes.
- ¡Maldita sea, Bella, no tengo tan mala memoria!
- Tú veías lo que yo quería que vieras. ¿Alguna vez has pasado hambre, Edward? -le preguntó-. Yo he vivido de palomitas y café durante semanas y tuve que trabajar en mil sitios para pagar la universidad. A veces tenía pesadillas, soñaba que acababa limpiando servicios porque no podía pagarme la carrera.
- Pero eso se ha terminado, Bella -dijo él, con el corazón encogido por aquella revelación-. Eres médico. ¿De qué tienes miedo ahora? -preguntó, acercándose como se acercaría a un animal herido. Ella no contestó, ahogada en sollozos-. ¿De qué, cariño?
- Estoy aterrada porque cuando por fin he conseguido mi sueño de ser médico, descubro que no es todo lo que quiero. Verte otra vez, amarte, amar a tus hijas... eso es todo lo que yo había querido siempre, Edward -dijo Bella, con la voz rota-. Todo lo que había querido... y lo que no puedo tener.
- Bella...
- Dios mío, Edward... ¿es que no sabes que si pudiera me quedaría?
- Encontraremos una solución. Te lo juro, Bella -murmuró él, limpiando sus lágrimas. Ella cerró los ojos, temblando-. No llores. Confía en mí.
- Tengo que irme. De verdad, Edward. Tengo que irme -susurró ella, besándolo suavemente en los labios- No me hagas elegir entre mi carrera y tú, por favor -le rogó-. Te necesito, pero sé que no puedo tener las dos cosas.
Edward dio un paso atrás.
- No voy a detenerte, Bella. No sé si quiero una mujer para quien su carrera es más importante que su familia.
- Pensé que la familia te apoyaba siempre, pero parece que me he equivocado -dijo Bella entonces. Edward palideció-. Esta es la persona que soy, Edward. La que tengo que ser para gustarme a mí misma. He hecho muchos sacrificios y si no puedes aceptar eso, nunca podremos estar juntos.
Un segundo después, Bella tomaba la maleta y desaparecía de su vida.
Edward miró la cocina vacía y cerró los ojos.
Le dolía tanto el pecho que creyó que su corazón se rompía de verdad.
Kate y Kim estaban sentadas frente al televisor, con los ojos enrojecidos. Ninguna de las dos le dirigía la palabra. Culpaban a Edward por la marcha de Bella y él no podía negarlo.
- ¿Tenéis hambre?
Las niñas lo miraron sin decir nada.
Edward suspiró, dándose la vuelta.
- Se le olvidó que se me ha caído un diente -dijo Kate entonces.
- ¿Qué?
- Bella dijo que el Ratoncito Pérez también vendría aquí, aunque se me cayó en casa de la abuela.
- ¿Has mirado debajo de tu almohada? -se arriesgó a preguntar Edward.
Kate lo miró, sorprendida. Un segundo después, subía corriendo la escalera. Edward no sabía si Bella habría dejado un regalo para ella y no movió un músculo hasta que la oyó bajar, aterrado. Cuando la niña le mostró un dólar de plata, su corazón empezó a dar saltos.
Bella no olvidaba nada.
- No voy a gastármelo nunca.
Edward suspiró, inclinándose para abrazar a su hija. Su madre y la señora Winslow lo miraban desde la puerta.
- Cariño, Bella es médico y tiene que trabajar mucho durante los próximos dos años.
- ¿Tú le dijiste que se fuera, papá?
- Yo quería que se quedara, cielo, pero tenía que marcharse. Lo sabíamos desde el primer día.
Kim se colocó al lado de su hermana.
- Haz algo, papá. Haz que vuelva -dijo la niña, con los ojitos llenos de lágrimas.
- No puedo -dijo Edward, abrazándolas a las dos. Kate y Kim se pusieron a llorar y él maldijo a Bella por su orgullo y a sí mismo por no saber cómo solucionar la situación.
Una hora después, las niñas se quedaron dormidas y, después de subirlas a su habitación, Edward fue a la cocina.
- Creí que había criado un hijo más listo - le dijo su madre.
- ¿Qué quieres que haga, mamá? - suspiró él.
- Bella tiene tantas deudas que no puede pensar en pararse por nada, ni por nadie.
- Ahora es cuando realmente te necesita.
- Y yo la necesito a ella.
- Entonces, haz algo.
- ¿Qué?
- Haz que vuelva a casa.
Edward se pasó la mano por la cara, suspirando.
- ¿Crees que no lo he intentado? He hecho de todo, menos ponerle una alfombra roja.
- Decirle lo que puedes hacer por ella no es lo mismo que hacerlo. Y eres un loco si crees que Bella va a poner en peligro su trabajo, especialmente con todas esas deudas. Ella sabe que su deber es pagarlas. Y lo que te ocurrió con Tanya debería haberte enseñado que el sentido del deber puede obligar a una persona a hacer muchas estupideces -dijo su madre. Edward la miró, sorprendido-. Bella ha sacrificado más de lo que tú y yo podemos imaginar para llegar donde ha llegado -añadió, muy seria-. Compartir la vida con alguien no siempre significa que se hagan las cosas al cincuenta por ciento. A veces, uno tiene que poner más que el otro.
Edward miró a su madre, sin verla. Un segundo después, tomó su sombrero y se dirigió a la puerta. Esme lo siguió.
- ¿Qué vas a hacer?
- Traer a mi mujer a casa -contestó él. Esme sonrió.
- Ese es mi hijo.
Edward la encontró en la sala de maternidad, vestida con una bata blanca. Una enfermera esperaba a su lado mientras ella firmaba unos papeles.
- Bella.
Ella levantó la cabeza, sorprendida.
- Edward, ¿qué estás haciendo aquí?
- ¿Podemos hablar? -preguntó él. Bella señaló una puerta, con el corazón acelerado-. No tienes muy buen aspecto.
- Tú tampoco -murmuró ella, sin mirarlo.
- No puedo seguir así, Bella.
- Edward...
- No, déjame terminar. Las niñas no dejan de llorar, yo no sé ni lo que hago y el rancho ya no es el mismo sin ti.
- No puedo volver y tú lo sabes -dijo ella, parpadeando para evitar las lágrimas-. ¿Qué quieres de mí? ¿Que abandone una carrera por la que he sacrificado toda mi vida? Tú mismo has dicho que necesitabas alguien que estuviera contigo y con las niñas. Y yo no puedo darte eso.
- Pero yo sí puedo dártelo a ti, cariño -Bella negó con la cabeza.
- Son mis deudas y mis problemas.
Edward alargó la mano y apartó el pelo de su frente.
- Cariño, has estado sola tanto tiempo que no sabes cómo compartir tus problemas con nadie. Deja que yo te enseñe. No voy a hacerte daño. Solo quiero que estemos juntos.
- Edward...
Bella se sentía como si estuviera al borde de un precipicio. Durante los últimos días se había sentido tan triste, tan rota, que apenas podía concentrarse en nada. Era cierto. Nunca había compartido sus problemas con nadie. Nunca había tenido oportunidad de hacerlo.
- He hecho algunos cambios para que no tengas que abandonar nada.
Bella lo miró, perpleja.
- ¿Qué has hecho?
- He pagado tus deudas. No, escúchame -la interrumpió cuando ella iba a protestar-. Deja que lo haga, Bella. ¿Es que no me quieres?
- Claro que te quiero. Te quiero tanto que me mata verte otra vez.
Edward suspiró.
- Nos hemos quitado una cosa de encima. Sé que tienes que hacer las prácticas durante dos años, pero ¿quién dice que tenga que ser aquí?
- ¿Cómo? -preguntó ella, con el corazón acelerado.
- He hablado con el director del hospital de Aiken y con el director de este hospital. Los dos están de acuerdo en que puedes hacer tus prácticas en Aiken. Puedes trabajar con el doctor Albrightson. Va a retirarse dentro de dos años y no le importaría que alguien heredase sus pacientes.
Bella no podía hablar. Edward le había dicho que confiara en él, que encontraría la forma de estar juntos, pero ella no había creído que pudiera mover montañas. Y menos por ella.
- No lo he hecho para controlarte -siguió él-. Lo he hecho solo porque te quiero y te necesito. Una vez te perdí porque no me di cuenta de lo importante que era para ti ser médico y no pienso volver a cometer ese error. Te quiero, Bella. Te he querido desde el primer día. Estoy haciendo esto porque no puedo vivir sin ti -añadió, tomando su mano-. Cásate conmigo.
- Cásate con nosotros, Bella -escuchó dos vocecitas.
Bella se volvió y vio a las niñas en la puerta. Sin que se diera cuenta, Edward le puso un anillo en el dedo.
- Cásate con nosotros, cariño. Los Cullen no podemos vivir sin ti.
Bella decidió no pensar más y enredó los brazos alrededor de su cuello.
- ¡Sí, sí!
- Cariño -susurró Edward-. Me has salvado la vida.
Bella sonrió, sus sollozos mezclándose con las risas de Kate y Kim. Edward decía que le había salvado la vida, pero era su amor lo que la había salvado a ella. Y cuando acarició a las gemelas, su corazón pareció hincharse. Lo tenía todo, todo lo que había soñado de niña y de mayor. Allí estaba, en los brazos de Edward, en el corazón de Edward.
Era una mujer feliz. ¿Cómo podría no serlo?
Su familia estaba con ella.
Llegamos al final. Qué les pareció? A mi me encantó, ahora quiero saber que piensan ustedes. Todavía falta un pequeño epílogo que lo estaré subiendo en horas (quizás). Muchisimas gracias a aquellas lectoras que comentaron cada capítulo y estuvieron desde el principio. Pondría los nombres pero no estoy muy bien de salud y solo me conecté unos minutos para poner el final.
Gracias a esas veintiún personas que pusieron su Me Gusta en Facebook. Y muchos más agradecimientos a las que ponen me gusta a las publicaciones y comentan. No pueden negar que no respondo todo.
Y a las personas que todavía no se sumaron, las espero!
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Estén atentas porque en cualquier momento vuelvo con una nueva adaptación ;)
