Ay, se me pasó el tiempo y este capítulo lo tenía casi terminado desde hace una semana o algo así. He tratado de regresar al hilo de la historia, pero como que ya no siento lo mismo. Igual ya tengo todo pensado.

11. Santo

Estaba de nuevo en esa habitación oscura, ahora la sangre le llegaba al cuello, su cara estaba a muy pocos centímetros del techo. Dios había decidido que fuera al infierno de esa forma, pero no importaba. Ella estaba preparada.

El nivel de la sangre subió y subió hasta que ella tuvo que tomar una bocanada de aire y sumergirse. Qué idiota, ¿para qué lo hacía si de todas formas iba a morir ahí ahogada? Abrió los ojos y se sorprendió. Desde abajo se veía como agua clara.

Pronto se dio cuenta de que esa visión no era para agradarle: cientos de cadáveres subían hacia la superficie, ella bajo el único haz de luz que había distinguió a cada una de sus víctimas, todas en distintos estados de putrefacción según el tiempo que hubieran estado muertos. Pero también distinguió a un hombre cuya carne, lejos de estar podrida, estaba inmaculada y tersa.

— ¡Joseph!

El agua entró en su boca y la cerró, el aire se le acababa. No, Dios, él no. Joseph Amati, su mejor amigo, el hombre que había tomado el riesgo de su esposo, no podía estar hundido en el mismo mar de sangre que sus víctimas. No, no y no. Ella habría muerto por él, tanto como por Chriselle.

"¿Por qué, Dios?"

Ella quería vengarlo, ella lo habría mandado a un lugar seguro y lejano con la mitad de su guardia para que no le pasara nada, ella habría dejado a Alucard... La asfixia fue aún mayor. Ahora entendía la posible razón de todo eso. No, no habría dejado a Alucard para hacerlo feliz ni para que él estuviera bien. Todo menos Alucard o su organización, o el gusto de tener asignado el papel de perro guardián de la reina, ser su "matona".

Dios lo había puesto en sus víctimas porque Integra no lo alejó a tiempo a pesar de saber que corría peligro y, peor aún, rompió su corazón y violó sus votos desde la primera noche. Era ruin, era pervertida. Joseph Amati no se merecía nada de eso y aún así murió joven, con un amor puro que no era correspondido y de una forma patética y dolorosa. Dios había tenido razón.

Pero Integra no quería aceptarlo. No, no. La furia que sintió cuando lo hirieron por primera vez, cuando la atacaron a ella, se sumó a la del recuerdo de su última batalla. Era ira pura, era el descontrol y, de nuevo, la sed de sangre derramada. Quería a todos esos bastardos muertos, a todos, y mataría a quien se interpusiera en su camino.

Ella no iba a morir ahogada. No ahora, no cuando quería venganza, no cuando Dios ya le había dado la espalda sin importarle cuánto Integra hubiera luchado por él, cuántas victorias hubiera ganado en su nombre. Sus ojos lentamente se nublaron de rojo.

Despertó.

— Condesa.

Era Alucard, que estaba malherido. Recordó. ¿A eso se refería la mujer que la había atravesado? Abrió más los ojos cuando se supo viva, y enseguida un dolor intenso invadió todo su torso. Le costaba respirar.

— Condesa... — repitió Alucard.

Ella temblaba de enojo bajo la sonrisa enferma de su amante.

— No tardarán en venir, no me quedan muchas fuerzas. Esos hijos de perra están aprovechando muy bien este día del año. — Miró hacia la ventana, la luna radiante iluminó sus rojos ojos — A ti tampoco te queda mucho tiempo de vida, condesa. Tienes que decidir. Decide si morirás bajo la luz o vivirás el resto de los siglos trayendo las tinieblas contigo.

Integra tenía el ceño fruncido, los ojos abiertos. Sudaba frío y temblaba, la muerte estaba trepando su cuerpo. ¿Decidir? Ya todo estaba decidido, se suponía que ya no era virgen y que no podría convertirse en... O sí. No tardó en darse cuenta de que todo lo que ocurrió en la noche de su boda había sido una ilusión de Alucard. Se la cobraría después, ahora que sabía que le ofrecía una oportunidad de vivir no tenía tiempo de pensar en tonterías. Tenía que pensar bien su decisión, aunque la decisión estaba prácticamente tomada.

— Dios me ha dado la espalda a mí también.

Fue hasta que cerró los ojos que Alucard se dio cuenta del llanto de su ama. Eso había lastimado su orgullo, sabía que le quitaría lo único significativo que le quedaba. — Dame a beber de tu sangre, demonio. Seré tu reina no muerta.

Alucard la miró sorprendido. A pesar de que sabía eso, que tenía a Integra arrinconada y que la única opción que tenía era esa, escuchar de sus labios la frase que tanto había soñado escuchar parecía irreal. Sintió una emoción enorme, su sonrisa lo mostraba. Ni siquiera planeándolo él mismo pudo haber salido mejor.

No tardó en morderse la lengua con fuerza y besar a su amante, quien ya estaba a punto de exhalar su último aliento.

Integra vio que el agujero en el techo se abría y la sacaban de su asfixia. Respiró, tragó aire como un recién nacido mientras la mano la jalaba hacia arriba, lejos de sus víctimas. Pero antes tomó la mano de Joseph, se lo llevaría con ella. Él no era su víctima, no importaba lo que pensara Dios.

Alucard esperó arrodillado a un costado del cuerpo de su ama. Una patada abrió la puerta del estudio, una risa estruendosa lo llenó.

— El alfil llorándole a su reina muerta. ¿Qué vas a hacer ahora que estás liberado de su yugo, Alucard?

Alucard sonrió.

— Te equivocas. Soy un perro que ya se acostumbró a estar domesticado. — Se levantó — ¡Mi reina seguirá siendo mi reina siempre!

Era un par de vampiros, quien le hablaba era el hombre.

— Basta, no quiero seguir escuchando a monstruo que no entiende que perdió. Muere. Muere por fin, Alucard. Eres el mostruo rey de las tinieblas que al fin dejará su inmortalidad — enseguida el plomo atravesó su cuerpo y fue seguido por los dos pares de ojos hasta que cayó al piso con un sonido seco.

Se miraron por un momento como si no lo creyeran. Bien habían valido la pena todos esos años de espera, de investigación exhaustiva sobre del Rey de las Tinieblas. Ambos sonrieron y se soltaron a reír.

— ¡Al fin! ¡Al fin te moriste!

No cabían en sí de júbilo. ¿Qué era lo que los hacía odiar tanto a Alucard? ¿O acaso le temían? Se escuchó un rumor suave, casi un siseo, rápido pero claro. Ambos pararon y echaron una ojeada otra vez al cuerpo. Éste estaba inmóvil como hacía unos segundos, no podía ser que estuviera reviviendo, no mostraba señales de movimiento. De nuevo escucharon otro ruido, el hombre sintió un halo frío cerca de su nuca. Se volvió lentamente hacia atrás.

— Mal por mi perro. — dijo Integra, observando a Alucard desde el mismo ángulo que ellos. — Van a pagar por esto.

— ¿Qué dem...? — Integra tomó a ambos por el cuello y corrió hacia la pared pegando sus cuerpos contra ésta.

— Van a tener el honor de morir en las manos de la mismísima reina. — apretó lentamente sus cuellos, los tenía inmovilizados. — Aquí es cuando gritan e imploran como cerdos. — enterró sus dedos en la carne de sus nuevas víctimas. Los vampiros empezaron a gritar. Una alegría malsana, un placer extraño recorría la espina dorsal de la Hellsing. Estaba disfrutando como nunca las muertes de esos dos, y con cada grito que daban aumentaba su frenesí, el brillo del bermellón salpicado en las paredes y el dolor que ella les causaba a sus víctimas eran dignos de una poesía. Era una enferma, una loca, y por ahora no le importaba aceptarlo.

Dejó sus cuellos y puso sus manos en sus cabezas. Apretó ambos cráneos con sus manos hasta que se deshicieron.

La luz de la luna había dejado de ser tan brillante, la noche había dejado de ser tan oscura. Se volvió hacia Alucard, y más allá vio el cuerpo de Joseph. Estaba ensangrentada, en sus manos había restos de pedazos de carne, su camisa blanca estaba empapada. Seguro daba asco. Pero Joseph, a pesar de estar también manchado de sangre, le dio la impresión más bien de ser un santo. La luz se extendía sobre su piel y le daba un brillo misterioso, su expresión era tan serena y hermosa y transmitía tanta paz que podía pasar por la de una virgen madre de milagros.

Su estómago se hizo un nudo. Había visto a Alucard hacer eso miles de veces, pero recordar cada una no le hacía sentir segura sobre cómo debía hacerlo. Se arrodilló a un lado del cadáver de su esposo y levantó su torso. Se sintió avergonzada cuando comenzó a acercar su boca a su cuello. Cerró los ojos y lo mordió, no quería ver al mundo juzgándola, no quería verse a sí misma cometiendo tal aberración digna del monstruo en el que se había convertido. Con su boca arrastró al santo Joseph Amati al mismo infierno donde estaba ella.

Chriselle estaba dormida, al menos ya no estaba inconsciente. Integra cogió el mando del televisor y lo apagó, estaba harta de los comerciales. Lo que menos quería ver era el mundo girando sobre su eje de indiferencia a su dolor, tan alejados de su realidad, tan ajenos y tan dentro cada uno de su burbuja. No sabía cómo iba a decirle a Chriselle que Joseph había muerto, que su abuelo loco la había drogado para emparedarla y que por estar dormida había sido incapaz de comandar y defenderlo.

Y que había bebido su sangre.

No, eso no tenía que saberlo.

Chriselle había sido encontrada horas después del atentado tirada junto a un basurero en uno de los barrios más inseguros de Londres. Su cuerpo tenía señales de violación, violencia física y sus ojos estaban casi quemados por líquido para revelar fotografías. Integra no supo cómo era que podía estar en la habitación de su amiga sin hacer nada, sin siquiera maldecir o pensar acerca de cómo iba a matarlos.

Alucard seguía vivo. Dormido, pero vivo. Seras cuidaba de él, ella y Walter se habían encargado de regresarlo a su ataúd. El enemigo había dejado migas de pan para que lo siguiera, pero Integra no era estúpida. No sabía nada sobre sus nuevos poderes, nadie sabía en lo que se había convertido, ni siquiera Walter o Seras. Ni siquiera el mismo Alucard, porque perdió la conciencia antes de comprobar que Integra efectivamente hubiera tragado la sangre que él le dio.

A pesar de que era estúpido, eso le causaba conflicto. ¿Cómo le diría a Walter? ¿Cómo reaccionarían sus hombres? ¿Qué haría la reina? Odiaba esa parte suya de siempre pensar en las consecuencias de sus actos, sólo se agobiaba y no se dejaba pensar con claridad. Seguramente su mayordomo ya había notado sus colmillos pero, como siempre, no le había dicho nada. Exhaló con aire pesado y cubrió sus ojos con su mano.

Alguien entró, e Integra enseguida retomó su compostura, cuidando pegar bien los labios. Sus nervios eran un tifón.

— Las preparaciones de la incineración ya están listas. Será en cuanto usted lo ordene. — Walter se sentía mal por su ama, pero por más que la escuchara llorar a su amigo a solas, luchaba por mantenerse al margen de todo y sólo servirle.

—Gracias, Walter. Puedes i…

—Mi señora. — la interrumpió. Integra frunció aún más el ceño. El mayordomo la miró indeciso, pero serio. Pero el ama no habló, no quería que Walter reparara en nada de su rostro. — Quiero que sepa que respeto sus decisiones y que no tiene que cargar con todo esto usted sola. Para eso le servimos todos nosotros.

Integra cerró los ojos y llevó una mano a su rostro. Claro que se había dado cuenta, no supo cómo se le pudo ocurrir que Walter no lo notaría. Era una idiota.

—No, Walter. Alguien como tú no puede servir a una mujer de moral retorcida. No tengo el derecho. Ustedes no merecen esto. — el viejo le lanzó una breve sonrisa amarga. No era momento para que le dijera cómo era en realidad su padre.

—Usted no tiene doble moral, usted tomó decisiones importantes para poder seguir adelante. Su convicción a la hora de luchar es mucho más importante que su moral y que cualquier norma, con ella ha llevado bien la casa Hellsing hasta ahora. Entienda que desde que su padre murió, no hay mejor persona para dirigir esta organización que usted, y será usted quien la lleve por el tiempo que sea necesario. Los grandes líderes, los que han cabalgado el mundo, no eran perfectos. Usted tampoco tiene que serlo.

Integra lo miraba con reproche. Walter hablaba en serio a pesar de que ella se sentía una escoria. Después de todo, Dios no había sido tan malo si al principio de su vida había puesto personas como Walter, Chriselle y Joseph en su camino.

—Avisa sólo a la gente necesaria, no quiero que esto se convierta en un evento social de nobles estúpidos. Diles a los soldados que vigilen bien la casa, a los investigadores que revisen todo de nuevo. Voy a destruirlos a todos.

La mirada de Walter pareció reanimarse.

Abrió la puerta para marcharse, y mientras cruzaba el umbral, escuchó en un tono dulce pero firme:

—Gracias, Walter.

Ay, no ha pasado nada. Disculpen mi redacción, parece que está hecho con las patas, ¡JA! Y es que estuve revisando otros trabajos míos anteriores (de cuando escribía con más frecuencia) y pues… nada que ver. Disculpen la tardanza, espero hayan disfrutado este capítulo.