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La misión sonaba fácil, meterse de infiltrado en una reunión, sabotear el contrato que iba a firmar Tony con un mafioso japonés para venta de armas; la junta sería en una casona vieja en Brooklyn, nada que ver con el gusto refinado de ambos individuos pero era evidente que no querían llamar la atención.
Celeste estaría en la reunión, no porque desconfiara de él, sino porque Tony le había pedido que fuera. Debía tener cuidado de hacer el plan de tal manera que ella no pareciera implicada.
Llegó la tan ansiada noche, Rafa tomó una pequeña mochila en donde colocó las pequeñas bombas de humo que tanto le gustaban fabricar a Don, y ahora eran de colores; además de eso empacó una pequeña botella de cloroformo. Se llevó el paquete al hombro y salió de su habitación.
-Puedo saber, ¿a dónde vas? – Tan importuno como siempre.
-A dar la vuelta.
-¿Y por eso llevas bombas de humo? No soy tonto, Rafa.
-Sí, lo sé. Pero, hermano, sigue sin ser de tu incumbencia lo que haga o deje de hacer; además voy en una misión solo, no tienes por qué meterte.- el rostro de Leo estaba contrariado.
-Sólo no nos traigas más problemas de los que ya tenemos.
-Sí, sí.
Su cuerpo se estremeció al bajar de la motocicleta.
-Seguro que nevará en unas horas.
La casona estaba custodiada de pies a cabeza, justo como le había dicho Celeste: tres en frente, dos camionetas a los costados de la calle, cinco en el techo, tres detrás y dos en los edificios aledaños; cualquiera que no supiera nada del asunto podría verlos como meros civiles.
-Que empiece la diversión – Se ocultó detrás de una camioneta, luego brincó a otra, hasta lograr llegar al techo de un edificio cercano. El primer guardia estaba distraído mandando un mensaje desde su celular, fue fácil el que llegara por atrás y lo noqueara, los tres de la casona se entretenían dando vueltas por la azotea; se ocultó entre las sombras y esperó el momento perfecto para golpear a uno en los tobillos para que cayera a sus brazos y darle a oler el cloroformo. Listo, faltaban tres. A los otros dos lanzó shurikkens a sus ametralladoras, haciendo que estas explotaran en sus manos y, antes de que pudieran gritar, los golpeó.
-¡Ey! ¿Qué pasa ahí?-vino desde la otra azotea. Rafa, sin que se notara su presencia se pasó al otro lado.
Al no obtener respuesta, el guardia tomó su radio.
-Aquí Condor 17
-¿Qué pasa?
-No deberías jugar con esas cosas – recibió un puñetazo limpio en la cara antes de caer al suelo.
-Condor 17 ¿todo bien? – Rafa tomó el radio
-Todo bien, sólo un pájaro por aquí – no sabía si su mentira era suficientemente buena y no espero a averiguarlo, era el momento de la entrada triunfal. Regresó a la azotea y con sus sais abrió la puerta de acceso al edificio, la escalera oscura le era perfecta para ocultarse, escuchó murmullos. Asomó su cabeza para apreciar más el panorama, las voces provenían de una habitación cerca de las siguientes escaleras, por lo que podía percibir sólo había guardias en la planta baja del edificio y unos cuantos dentro de la junta. Sonrío para sí mismo, eran unos idiotas. De su equipaje sacó las pequeñas bombas.
-No me fallen – susurró antes de lanzarlas.
-Pero, ¿qué…? – se escuchó a alguien pronunciar antes de que detonaran y toda la casa se volviera de mil colores. Era momento de actuar, ingresó a la habitación y noqueo a unos cuantos guardias, el japonés intentó correr pero Rafa lo detuvo y lo estampó contra la pared, el extranjero hacía unos intentos absurdos por golpearlo.
-Hagamos esto más fácil, ¿dónde está el contrato?
-No sé de qué hablas.
-No me hagas perder la paciencia o tu linda carita tendrá un moretón del tamaño de mi puño.
-No sé quién eres, el contrato yo, yo…- apenas tuvo tiempo de esquivar la bala que se fue a incrustar en la frente del japonés.
-Demonios – noqueó al guardia que había disparado. Escuchó los pasos torpes de Tony intentando buscar la salida.
-Eres todo mío – entre el humo, tomó su regordete cuello y lo estampó contra el suelo.
-Muy bien, Tony, no tengo todo el tiempo del mundo. ¿Dónde está el contrato?- por una fracción de segundo, el agredido no contestó, Rafa pensó que lo había dejado inconsciente.
-¿Quién eres tú?
-Alguien desesperado – colocó sus sai en su mejilla, se estaba acabando el tiempo y el humo comenzaba a disiparse – entonces, dime, ¿dónde está?
-No te lo voy a decir – Rafa dejó resbalar su arma de manera que hiciera un pequeño corte, el mafioso dejó escapar un gemido.
-¡Jefe! ¡Jefe! – venía el tropel por las escaleras.
-¡Aquí! – comenzaron a disparar. El humo se disipaba…
-Demonios – se incorporó y de manera rápida corrió hacia la ventana para estrellarla y salir a la avenida principal; el humo alcanzó a cubrir parte de esta. – Cuando vea a Doni, lo felicitaré por estas cosas.
Montó su moto y se perdió en la noche de Nueva York con el primer copo de nieve.
Pasaron varias semanas antes de que Celeste le contactara otra vez, no se preocupó, era normal y lo habían previsto en su plan pues Tony seguro estaría todo paranoico tratando de averiguar qué había pasado.
Cuando recibió el mensaje, simplemente decía: mi departamento, 11:00.
Estuvo puntual en su ventana, no solía ser puntual. Cuando entró, cosa rara, estaban todas las luces prendidas, aguzó el oído, un leve rumor en la cocina.
-Muñeca-susurró, la mencionada salió de aquel lugar con un delantal rojo.
-Hola, pasa, estoy haciendo la cena – en la barra había un montón de sushis.
-¿Para quién es todo esto?
-Para mí, suelo hacer la comida de la semana los domingos – tomó uno y se lo llevó a la boca.
-Cocinas bien.
-Gracias – había algo raro en su tono de voz y a Rafa nunca le habían gustado los misterios, tal vez era por eso que sus relaciones no duraban mucho.
-¿Pasa algo? – la anfitriona dejó el cuchillo a un lado.
-Pasa que la misión no salió como esperábamos.
-Escúchame muñeca, no sé dónde demonios está el contrato…
-Yo tengo el contrato, lo tomé cuando realizaste tu pequeño truco – sonrío – muy astuto, por cierto.
-¿Entonces?
-El problema es que ese papel era la suficiente evidencia que necesitaba para incriminar a Shigeru, y ahora él está muerto – miró a Rafa.
-Creo que aquí hay que aclarar algo, muñeca. Yo no uso armas de fuego son ruidosas y estorbosas, el que mató a ese bastardo fue uno de los guardias.
-Lo sé, lo sé.
-Entonces ¿por qué pareciera que me estás echando la culpa?
-Sólo quiero decir que hay que ser más cuidadosos para evitar que pasen ese tipo de cosas.
-Escúchame, así es como trabajo, si te gusta seguimos con nuestro trato; si no podemos olvidarnos de que alguna vez nos conocimos.
No le dio tiempo de contestar antes de desaparecer en la ventisca.
Manfariel.
