CAPÍTULO 10

La cabeza de Edward era un caldero hirviente de ideas, su cuerpo un tenedor de emoción. En un momento había estado luchando contra los gigantes, protegiendo a Bella y al siguiente estaba gritado de dolor, incapaz de controlar la agitación de su mente. Caras, tantas caras. Voces, muchas voces.

Aferrándose los oídos, cayó de rodillas. La sacudida lo ayudó. Las caras y las voces se desvanecieron callándose, permitiendo que su pensamiento racional tomara forma. Tenía que... proteger... a Bella... otra vez... Pero cuando abrió sus párpados, vio que los gigantes habían desaparecido. Y también Bella.

Ya no estaba cerca del río, ya no estaba en el bosque. Una tierra estéril lo rodeaba. Lo que veía era retorcidos árboles, con sus hojas marchitas. Ceniza flotaba en el viento ácido, como nieve negra perfumada con la muerte y destrucción. Y olió algo... podrido

No reconoció nada.

Se dio la vuelta, vio una planta trepadora deslizarse como una serpiente desde uno de los árboles y luego otra, ambas dirigiéndose en su dirección. Se zambullirían en él, lo morderían y, cuando probaran su sangre, darían una carcajada de alegría. Cuando se movieron por segunda vez, saltó fuera del camino hasta un montón de huesos.

La necesidad de matar al Brujo de Sangre, al nuevo rey de Elden lo llenó, lo consumió por completo. ¿Estaría el hijo de puta cerca? Si era así, esa tierra era Elden. Tenía que serlo. Elden. La palabra resonó en su cabeza. Y así, los rostros volvieron a su mente, abriéndose paso a la superficie de un hombre que de alguna forma estaba preparado para ellos. Caras, borrándose juntas, convirtiéndose en una hasta que la escena creció.

Una mujer rubia se agachó delante de él, estudiando su rodilla raspada con preocupación suave en sus ojos verdes. Él era un muchacho, sólo un niño y cuando ella había pronunciado un conjuro y soplado su aliento cálido en la herida, la paz y el amor lo habían infundido. La carne desgarrada se unió de nuevo, la sangre ya no goteaba de ella.

Cuando el proceso de curación se completó, le sonrió incluso más.

— ¿Ves? Ya está mejor, ¿no? —una voz tan dulce, tierna y sin preocupaciones. Se apartó las lágrimas con los nudillos, frustrado, enojado. Las lágrimas no se habían formado a causa de cualquier dolor que sintiera, sino porque quería, necesitaba, infligir más daño a sus oponentes.

—Tienes que dejar de luchar, mi amor. Especialmente con los niños que tienen el doble de tu edad, y son mucho más grandes.

— ¿Por qué? Les gané. ¡Y podría haberles hecho mucho más daño!

—Lo sé, pero cuanto más dañes su orgullo, más te odiarán.

—No se puede odiar si no se sobrevive.

—Además de eso —su madre continuó con firmeza, —estás en una posición de poder, y ellos no. Debes ser la voz de la razón, no una explosión de violencia.

Él se cruzó de brazos.

—Se merecen lo que les hice.

— ¿Y qué es, exactamente, lo que te hicieron para merecer que les desgarraras el cuello?

—Le hicieron daño a una niña. La empujaron rodeándola e intentaron mirar bajo su falda. Se asustó tanto que lloró. Y luego la tocaron. En uno de sus lugares privados. Aquí —pasó una palma por su pecho—. Y ella gritó.

La mujer suspiró.

—Está bien. Merecían tu ira. Sin embargo, Edward, mi amor, hay otras formas de castigar a los que hacen el mal. Formas permitidas.

— ¿Por ejemplo? —no podía pensar en otra forma que la que había utilizado. Igual por igual, dolor por daño.

—Dile a tu padre lo que has hecho y los hará encarcelar o los desterrará del reino.

— ¿Para qué puedan hacer más daño en otras partes? ¿O un día buscar venganza?— Se burló él.

—No.

— ¿Y si te lesionas mientras les haces daño? —exigió.

—Iré a ti. Eres la bruja más poderosa de todo el mundo.

Otro suspiro, desapareciendo algo de su molestia.

—Eres incorregible. Y tu fe en mí es muy dulce, si no algo equivocada. Sí, soy poderosa, pero no tan poderosa como lo serás tú un día. Es por eso que quiero que tengas cuidado. Un día, tu temperamento puede hacer que termines accidentalmente con algo más que unas pocas vidas.

—Está bien, madre. Intentaré tener cuidado, pero no puedo prometértelo.

—Oh, que honesto... —ella le dedicó una sonrisa suave—. Puedes irte. Después de que pagues mi cuota de hechicería.

Él arrugó su rostro, se inclinó y besó la suavidad de su mejilla.

—Soy un príncipe. No debería tener que pagar.

—Bueno, yo soy la reina, por lo que siempre tendrás que pagar. Vete, ahora. Busca a tu hermano y estudia con él, mi amor. No huyas más de tus tutores para vengarte del mundo.

Como una ola, fue alejado de ella, pero no para entrar en el aula. Tenía demasiada energía y necesitaba nadar. Nadar siempre lo calmaba.

En el presente la oscuridad se abalanzó, cortando los recuerdos de Edward. Otro indulto. Cayó el resto del camino hasta el suelo. Una de las plantas le había rodeado la mejilla, pero no se dio cuenta. Estaba recordando su pasado.

¿Por qué lo recordaba? ¿Por qué los recuerdos lo inundaban así?

El médico que había unido sus fuerzas no los había fijado. Tal vez se trataba de algunas de las habilidades de Edward que se habían abierto camino liberándose. Eso explicaría también el por qué había encontrado su ubicación en fracciones de segundo. Tal vez esas habilidades habían demolido su jaula de cristal.

Excepto, que un rápido chequeo mental demostró que la jaula todavía estaba allí, sus habilidades y recuerdos aún se arremolinaban en su interior, cada vez más rápido. Sin embargo, ahora vetas de color carmesí goteaban desde la parte superior, erosionando el cristal. ¿Carmesí... sangre?

¿Los guardias de Delfina? No. Habían pasado días y no había tenido ninguna reacción a lo que había consumido en el palacio. Y aunque había mordido a los ogros, no se había tragado su sangre, inconscientemente había sabido que sería venenosa para él.

La última persona de la que había bebido había sido Bella. Había bebido de su cuello, con su sabor tan decadente que hubiera querido quedarse ahí para siempre. Y tal vez lo habría hecho. Tal vez la habría drenado, pero pensar en perderla lo había detenido. Eso, seguido del pensamiento de haber probado el cielo entre sus piernas, lo había impulsado a abandonar su cuello y a descender. Y nunca había estado tan contento al final de una comida. Entre sus piernas, era más dulce que el néctar de la madreselva.

Quería probarla allí de nuevo. Quería hundirse dentro de ella, poseerla por completo, ser parte de ella. Quería que sus gritos de pasión llegaran a sus oídos, que sus piernas estuvieran a su alrededor, aferrándose a él. Quería que le arañase la piel dejando su propia marca.

¿Dónde estaba? ¿Había….?

Otro recuerdo se apoderó de su atención, con tanta fuerza que sólo pudo gruñir con dolor. Imágenes, voces, borrándose juntas, pintando una escena.

—Aprieta con fuerza, muchacho. Vas a perder la espada en cuestión de segundos con lo un apretón tan insignificante.

Todavía era un niño, poco más alto que ahora, de pie delante de un hombre alto, musculoso. Moreno, como la noche de su cabello, con los ojos de plata pulida. Llevaba una camisa de seda, pantalones de cuero y botas que le llegaban justo debajo de las rodillas. Un hombre rico, no había duda. Un hombre de autoridad y conocimiento.

Un guerrero.

Se quedaron en el centro de un patio, con hermosas plantas y flores prosperando a su alrededor. El aire era dulce, el suelo bajo sus pies una esmeralda exuberante, elástica. Lisas paredes de mármol cerraban toda el área, sin embargo, no había techo, permitiendo que la luz del sol de la mañana se vertiera en el interior y se reflejara en sus venas doradas. Y justo por encima de ellos, balcones abiertos de cada una de las habitaciones reales, dándole la bienvenida a los espectadores.

Un joven de pelo oscuro se sentaba en el borde del balcón a la derecha de Edward, observándolo mientras giraba una daga. Quería inflar el pecho y liberarse. Estaba a punto de hacer todo tipo de impresionantes cosas por su hermano menor. Podía lanzar con una precisión mortal, tirar un arma blanca con la fuerza y cuando se concentraba, manejar dos espadas a la vez.

—Edward—dijo el hombre frente a él, impaciente—. ¿Me estás prestando atención? Por supuesto que no. De lo contrario, habrías escuchado lo que dije y no estarías a punto de repetirlo.

Jacob se rió entre dientes.

A Padre no le hizo gracia y no recompensó a Edward por su honestidad.

—Tengo reuniones a las que asistir, hijo. Reuniones en otro reino, lo que significa que estarás a cargo mientras estoy fuera. Necesito saber si puedes defenderte y a tus seres queridos. Presta atención. Ahora.

—Sí, señor —se centró en los acontecimientos ante él, con el peso del metal en sus manos—. ¿Por qué tenemos que practicar una y otra vez? Soy bueno.

—Eres bueno, pero tienes que ser grandioso. ¡La última vez que me las arreglé para apuñalarte por la espalda lo hice tan fuerte que tuviste cicatrices! Había amonestación dura en la voz de su padre. Tienes que aprender a trabajar con todas las armas, en todo momento del día y de la noche. Debes trabajar con una mano, dos manos, de pie, sentado y herido. Sin distraerte.

Edward alzó la barbilla.

— ¿Por qué no puedo matar a mis oponentes con mis colmillos y acabar con ellos?—Lo había hecho antes. Muchas veces. Hasta que la predicción de su madre se había hecho realidad y había destruido un pueblo entero simplemente para castigar a un hombre por haber golpeado a su esposa.

Le había tomado tiempo controlar sus emociones y no había perdido su carácter desde entonces. Sin embargo, eso no significaba que sus colmillos fueran inútiles.

— ¿Y si te han extraído los colmillos? —le preguntó su padre.

—Nadie sería tan tonto como para quitarme los colmillos. Madre dice que soy el más poderoso vampiro del mundo. Puedo caminar a la luz del sol y puedo robarle el poder a cualquier persona que elija.

—No, dice que lo serás —la expresión de su padre se endureció—. Eres un príncipe, Edward. El príncipe de la corona. Muchos en este mundo y en el otro codician la línea directa a mi trono. Muchos tratarán de hacerte daño, simplemente para hacerme daño. Debes saber cómo defenderte, siempre, en cada situación.

Edward dio con la espada otro pase. Largo, débil y pulido con un vibrante brillo. No estaba acostumbrado a su pesadez o al grosor de la empuñadura.

—Muy bien. Entrenaré un poco más, pero ¿por qué no enseñas a Jacob?

—Haces muchas preguntas — suspiró su padre.

— ¿Por qué debe quedarse mirando? También es un príncipe, lo sabes —y por lo tanto, tenía muchas ganas de aprender. Cada día, después de las lecciones de Edward, Jacob le pedía que se le enseñara. Edward no podía resistirse.

Amaba a su hermano y moriría por él. Un niño más en el palacio al que temerle. Jacob tenía afinidad con los animales que vagaban por los bosques, prefiriendo correr con ellos en lugar de caminar junto a su propio pueblo.

Edward entendía las necesidades de su hermano. A veces él también sentía su naturaleza animal, más especialmente cuando su carácter los sobrepasaba, quebrando su control y dejando sólo su necesidad de destruir, de herir a otros.

—Su momento llegará —dijo el rey—. Pronto.

—Pero no a para la nueva princesa, ¿verdad? Ella siempre será muy delicada —se burló al final.

—Rosalie es una recién nacida y no es una bebedora de sangre como tú y como Jacob. Es una bruja como tu madre. Jacob y tú siempre deberéis protegerla. A su vez, ella curará a su pueblo después de la batalla como solía hacer tu madre.

La vergüenza hizo que Edward contemplara sus sucias botas. Era la razón por la que su madre no podía ya curar las heridas de los demás. No había querido hacerlo, pero le había robado la capacidad. Ella no lo había culpado, ni siquiera le había gritado.

Haría cualquier cosa por devolverse su capacidad. Sin embargo, no podía. Una vez tomada, no podía regresarla. Nunca. Lo había intentado, una y otra vez. La única cosa que podía hacer, había dicho su madre, era aprender a controlar su talento recién descubierto para absorber la magia de los demás. Y lo había hecho, permaneciendo en su habitación durante semanas, leyendo, estudiando y practicando.

— ¿Crees que seré un gran líder, como tú? —preguntó.

—Creo que tú y tus preguntas serán mi muerte, hijo —el rey levantó su propia espada, tocando el metal de Edward—. Empecemos…

Oscuridad.

Edward jadeó ahora, sudando incontrolablemente. Temblando. Le dolían las manos. Se las miró. Debía tener arañazos en las sienes al intentar detener el dolor que explosionaba a través de él, porque tenía las uñas ensangrentadas, sus garras.

Su padre se lo había advertido. Su padre. El rey.

Su verdadero nombre era Edward. Odette no le había mentido sobre eso. Había sabido quién y qué era. Todos lo habían sabido. De tan alta cuna, le gustaba decir aTania, y ahora sabía por qué. Era un príncipe. El príncipe de la corona y un día, rey.

Hermano d eRosalie. Su hermana. Su hermosa hermana bebé con sus rizos dorados. Había crecido en una hermosa mujer con un corazón de fuego, a pesar de que había sido protegida siempre, siempre vigilada. Edward la había sacado un par de veces, deseando que captara el sabor de la libertad que daba por sentado.

Jacob, el hermano más cercano a él, tan oscuro y peligroso como la noche, y tan amado.

Su padre, orgulloso y fuerte. Honorablemente determinado. Dispuesto a alejarse de cualquier desafío. Su madre, suave y delicada, tan cuidadosa, incluso en el rostro de su temperamento más violento. Jasper, el hijo más joven, tan lleno de vida. ¿Dónde estaban todos ahora?

De alguna forma, había salido de la selva. Ahora estaba frente a un lago. No era el lago en el que había compartido con Bella. Esa agua era espesa y de color rojo. Cada pocos segundos, se oía un silbido, algo de color carne volaba desde la superficie, arqueándose en el aire, para luego sumergirse de nuevo.

Las rocas que lo rodeaban eran dagas afiladas. A cien metros de distancia, en el centro de todo ese carmesí, había un castillo. Un molde oscuro se aferraba a sus paredes, además de las plantas que se deslizaban arrastrándose en todas las direcciones. Había un camino, una línea de monstruos que lo patrullaban.

No lo había descubierto, pero lo harían. Estaba al aire libre y tenía que encontrar un refugio.

Tal vez alimentarse para fortalecerse. Luego tenía que encontrar a Bella. Ella estaba allí, en alguna parte. Si resultaba herida...

Sería mejor que no le hicieran daño. Debía protegerla a toda costa. Sin embargo, incluso tan decidido como estaba, sólo consiguió arrastrarse unos metros antes de que el siguiente recuerdo le golpeara, soldándolo en su lugar.

En este nuevo escenario, era un hombre adulto, con el cabello oscuro flotando alrededor de sus hombros. Tenía el torso desnudo y estaba sentado en un banco de rocas, muy parecido al que acababa de ver. Solamente, que las rocas eran suaves, con el agua clara. Se había quitado las botas antes de sentarse, y estaban secas, esperando por él en la playa, pero sus pantalones estaban empapados y cubiertos de sal.

La luna se alzaba dorada en el cielo de dispersas brillantes estrellas. Haciéndole un guiño, burlándose de él con su tranquilidad. Su mente no le ofrecería más caos que el que pensaba que podía soportar.

Su padre, el rey Carlisle, estaba enfermo. Los curanderos no sabían si se iba a recuperar. La madre de Edward, la reina Alvina, estaba desesperada por la preocupación. Había intentado innumerables hechizos y conjuros, pero nada de lo que había hecho había funcionado. Edward había intentado innumerables conjuros, utilizando la magia de curación que le había robado a ella. Ni siquiera eso había provocado favorables resultados. Esme sospechaba que se trataba de algún truco, pero hasta que descubriera qué tipo de magia se había utilizado, sus manos eran tan buenas como si estuvieran atadas.

Edward amaba a su padre, rudo cuando era el rey. Además de eso, no estaba listo para que le entregase el trono. No estaba seguro de si volvería a estar listo. Convertirse en rey significaría que su padre había muerto, y quería que su padre viviera para siempre.

Y, para ser honestos, a pesar de los esfuerzos de Edward, a pesar de unos cuantos años sin un solo episodio, su temperamento a veces sacaba lo peor de él. Cuando eso sucedía, pueblos enteros sufrían. Era demasiado volátil para gobernar todo un reino.

Su padre podía ser brusco, pero era justo. Razonable, salvo cuando se trataba del matrimonio de Edward. Aunque su padre se lo había exigido, había despotricado, deliberado, Edward se había negado a sentar la cabeza. No estaba preparado para tener una reina.

¿Cargar con la misma mujer para siempre? Eso podría convertirse en un infierno tan oscuro como el abismo. Había pasado todas las noches con una mujer nueva. A veces, con dos nuevas mujeres. Y una vez, con tres.

Y bueno, estaba bien. Tal vez ese estilo de vida se había vuelto pesado. Tal vez el premio nunca era digno de la persecución. Pero algunos de sus amigos se habían casado y aunque algunos eran felices, el resto había sido miserable, y no había nada que pudiera hacer para cambiar su destino. El matrimonio era para siempre.

Su padre quería que él se casara con una princesa de un reino vecino, pero no había encontrado a una que le gustara. Darle a esas criaturas su nombre, compartir su reino, cada hora de todos los días.

—Eddie —una voz joven lo llamó—. ¡Eddie!

Edward se puso en pie un segundo más tarde, saltando de las rocas y corriendo hacia su hermano menor. El joven príncipe estaba en la playa, al lado de las botas de Edward, y sin daño alguno. El alivio lo inundó.

—Jasper, maldita sea, ¿qué estás haciendo aquí? Hasta que seas mayor, no se supone que puedas estar cerca del agua tu solo.

El niño frunció los labios, con toda su determinación y coraje.

— ¡No estoy solo! Tú estás aquí —tenía un brillo travieso en los ojos.

—Maldita sea —la ira de Edward se desinfló. Como siempre, no podía seguir enojado con el bribón. Jasper lo admiraba, quería pasar tiempo con él, y a Edward le encantaba. Lo amaba. Incluso a pesar de que el muchacho había asesinado su nombre, mientras aprendía a hablar, y su familia, a veces lo molestaba todavía con el apodo. "O—mentiroso".

Por lo menos se había movido más tarde a "Eddie".

Las mujeres que Edward se llevaba a la cama a menudo lo llamaban por el diminutivo de Eddie, pero eso las invitaba a una familiaridad que él no parecía sentir hacia ellas, y después de una rápida amonestación, no lo volvían a hacer.

Casi tenía miedo de que algo estuviera mal con él. Amaba a su familia con todo su corazón, pero nadie podía penetrar esa barrera que sin saberlo había construido.

— ¿Has venido a nadar? —preguntó Jasper cuando Edward llegó hasta él.

—No, a pensar.

— ¿Puedo ayudarte? —preguntó el joven con impaciencia. Su cabello dorado brillaba a la luz de la luna. Le sonrió con dos de sus dientes perdidos. No era un vampiro, como Edward y Jacob, pero era poderoso de todos modos. Tenía un corazón de guerrero, que había robado el de su madre y su hermana de muchas formas.

—Por supuesto que puedes —Edward se sentó y acarició la arena.

Jasper se dejó caer junto a él. Durante varios segundos respirando el húmedo aire cargado de sal, en silencio. Por supuesto, Jasper no lo hacía con calma. Cambiaba de posición y pateaba con las piernas, tratando de sentirse cómodo, pero nunca con bastante éxito.

—Pensar hace que me canse —Jasper dijo finalmente—. No es como jugar.

Edward reprimió una sonrisa.

— ¿A qué quieres jugar?

La imagen cambió en un instante, no dando lugar a un momento de oscuridad. Edward repentinamente estaba tumbado en la cama junto a su padre. De alguna forma, sabía que habían pasado unos días desde su noche en la playa.

El rey se estaba recuperando. Los curanderos lo había drenado y Edward lo había alimentado directamente con sangre de su propia vena. Cada gota que le pudiera dar, Edward se la daría, e incluso aunque no pudiera. Finalmente había tenido éxito. El veneno había sido vencido, y ahora, los dos hombres se estaban recuperando juntos.

—Elige a una mujer y cásate con ella —dijo su padre—. Si no es una de las princesas, a alguien. A quien sea. Por favor, Edward. Casi me muero. Aún podría, aunque me siento más fuerte cada hora. Por favor. Necesitas un ancla, como tu madre lo es para mí. Alguien que te tire hacia atrás de la locura. Por favor.

Su padre nunca le había pedido nada. Cómo lo hacía ahora, de esa manera... Edward no tuvo el corazón para pelear con él por más tiempo. Había estado intentando empujar esa conclusión, de todos modos.

—Como quieras, padre. Así se hará. Una princesa de un reino vecino, como ya has aprobado.

Mareas de alivio impregnaron la habitación.

—Gracias. Gracias, hijo mío —la oscuridad estaba allí de nuevo. Indomable.

Edward escuchó un grito femenino, sacudiéndolo.

Esta vez, cuando volvió en sí, estaba en cuclillas sobre una roca plana en el centro del lago carmesí. Más cerca del castillo cubierto de musgo. Los monstruos lo habían perfumado, y estaban mirando encima de él a través de ojos pequeños y brillantes. Sus colas se balanceaban, listas para atacarlo si se atrevía a moverse más cerca.

La luna estaba todavía alta, con sus bordes conectados a una hemorragia en un cielo cubierto de una capa gruesa de ceniza, ocultando todas las estrellas.

Los diabólicos peces se lanzaban a su alrededor, mordiéndolo, más y más cerca. Estaba empapado de sudor, el corazón martilleando contra sus costillas, los músculos temblándole. Su mente, aún estaba perdida, Carlisle, Esme. Nombres.

Todos los miembros de su familia ahora tenían un nombre. Maldita sea, ¿dónde estaban? ¿Vivían todavía? ¿Cuánto tiempo había estado lejos de ellos? Bastante tiempo, si ese paisaje era alguna indicación. Tenía que buscarlos, pero ese grito... era de mujer... De su mujer, se dio cuenta. Bella estaba gritando.

¡Bella!

La sangre le ardía en las venas, chamuscándolo, dejándole ampollas. Esas ampollas atrapadas en pequeños infiernos de fuego que se extendían rápidamente. Con un gruñido, se puso en pie. Sus botas resbalaron en la roca viscosa, pero logró mantener el equilibrio.

Los monstruos se tensaron. Debería desafiarlos. Limpiar las piedras del castillo, con sus entrañas. Sí...

Su ritmo cardíaco disminuyó convirtiéndose en un puño esporádico en su pecho. No, lo decidiría después. Tendría su venganza, encontraría a su familia, después. Bella lo necesitaba ahora.

Su mirada patinó sobre la violentada agua, con los acantilados desmoronándose más en la tierra, con el castillo sacado directamente de una horrible pesadilla. Había viajado hasta ahí a través de sus recuerdos. Por lo tanto, era lógico que pudiese llegar a Bella también a través de sus recuerdos.

Cerró los ojos, imaginándola como la había visto por última vez. Debajo de él. Con su cuerpo desnudo abierto para su placer.

Su expresión era suave y caliente, sus dientes mordisqueaban el exuberante labio inferior. Sus ojos entrecerrados, con sus largas pestañas haciendo sombra sobre las ruborizadas mejillas. Su larga y gloriosa melena de cabello color miel se extendía a su alrededor, encrespándose en los extremos.

Sus pechos eran pequeños pero firmes, sus pezones rosados y duros. Los había besado, chupado. Su estómago era plano, su ombligo una obra de arte. La había lamido, abajo... más abajo. Entre sus piernas estaba el dulce parche de color miel de sus rizos, protegiendo su nuevo lugar favorito en este mundo o en cualquier otro.

Sus piernas eran largas y delgadas y estaban envueltas alrededor de él a la perfección.

A Edward le pareció oír su susurro.

Le habría gustado que lo hubiera llamado Eddie. Todo lo que promoviera familiaridad entre ellos. Quería atarla a él, en todo lo posible, para siempre. Un por siempre que Bella se negaba a darle. Si se había declarado a una princesa vecina y no se engañaría pensando que la princesa era Odette, eso haría su vida sencilla, alguien le estaría esperando.

Sin embargo, no se había casado. El matrimonio era para siempre con su pueblo y su cuerpo reaccionaría a cualquier cosa por salvar a su esposa. Sí, pero. Había comprometido su nombre, su vida. Fácil de hacerlo a un lado cuando no tenía recuerdos que lo atasen a ello. Ahora ya no era tan fácil, pero eso no lo detendría.

Edward no quería estar sin Bella. No estaría sin ella. La encontraría y volverían a Elden. Ella sería su reina.

Elden. Esa tierra diezmada realmente era Elden.

El lago sangriento era una parte importante de su reino, en el que había aparecido por primera vez. Su reino. No la del Mago de la Sangre. Un hombre con el que Edwrad había soñado destruir. Al que destruiría.

Se le revolvió el estómago porque supo lo que significaba. El hechicero de sangre había matado a sus padres. Carlisle y Esme nunca habrían permitido que sus tierras se marchitaran así.

A Edward le dolía la necesidad de devolverle el favor.

No pienses en eso ahora. Busca a Bella.

Abrió los ojos, se dio cuenta de que él mismo se había transportado de vuelta a la tierra baldía. Las plantas que se estaban deslizando se acercaban... Apretó los párpados cerrándolos, imaginó a Bella, sintió su cuerpo desintegrándose, el suelo desapareciendo bajo sus pies. La próxima vez que abrió los ojos, lo rodeaba el frondoso bosque de Delfina.

Sin embargo, no vio el campamento o a Bella.

Respiró hondo, captando su aroma. Dio una patada para ponerse en movimiento, corriendo más y más rápido, acortando la distancia entre ellos lo más rápidamente posible. Al mismo tiempo, continuó con su imagen, con los árboles alrededor de ellos, hasta que parpadeó y finalmente se encontró en el campamento que habían construido.

Incapaz de frenar su impulso, chocó contra un tronco grueso y se tambaleó hacia atrás, en el agua.

Otro grito resonó en su cabeza, esta vez más fuerte y mucho más desesperado. Sus colmillos se alargaron, cortándole el labio inferior. Sus manos se apretaron en puños, pero sus garras, aún no curadas, simplemente le hicieron cosquillas en la piel. Las dagas que Bella había hecho estaban a sus pies. Recogió todas las que pudo con brazos y piernas.

Echó a andar, con paso decidido. Su olor era más fuerte ahora... teñido de temor... Cada paso que se acercaba la sangre calentaba su furia. Ella estaba marcada, como suya, con el camino que había tomado de pronto parecía un faro en la noche.

Cualquier persona que la hubiera tocado sufriría. Era momento en que todo el reino de Delfina y todos los reinos de ese reino, se dieran cuenta de la verdad. Incluso si eso significaba liberar el mortífero poder de su temperamento.

Ya voy, pequeña Bella.


Ahora sabemos que paso con Edward, ¡¿ llegará a tiempo para salvar a Bella ?! ...