Capítulo XI
Antoresy Kili, mara mesta!
Una sombra descendió en Mirkwood; a pesar de la oscuridad Kili la podía percibir…
Enomentuvalmë, nai Eru varyuva len.
Él estaba a muchos kilómetros de distancia suya, pero sabía que algo malo había pasado…
Campos Gladios
Habían pasado muchas horas, los ciclos de la vida habían seguido en su incansable giro y los astros proseguían su curso. Alazor había estado a su lado, tratando de reanimarla con suaves golpecitos de cabeza en su costado. Le había traído agua en una corteza de abedul, le había hecho sombra con su propio cuerpo en las horas que el sol apretaba más y le rozaba suavemente sus manos con sus patas. Pero, no importaba que hiciese Alazor, Tarian no reaccionaba. Estaba afiebrada y en un sueño de desesperación y terror. Por momentos murmuraba todos los idiomas y ninguno.
Finalmente, Alazor se dio por vencido y empezó a trotar desesperado, buscando ayuda. Y quiso la buena ventura que llegara a Rhosgobel, a la morada de Radagast, a quien dejó que se subiera a su montura sólo porque trataría de salvar a Tarian. En todos los siglos que Alazor permaneció a su lado era la primera vez que concedía que alguien más que Tarian lo montara (a excepción de una pequeña Edain que hallaron perdida y enferma, y Tarian le había pedido que permitiera subirla a su lomo), era evidente que estaba desesperado y que veía a su ama, a su amiga, cada vez más hundida en la oscuridad total.
Radagast poseía grandes habilidades para comunicarse con los animales, por lo tanto, no había sido difícil entender en qué situación se encontraba la Maia. Llevó consigo cuanto ungüento, poción y bálsamo tenía en su morada, para sólo con llegar a donde ella estaba darse cuenta que nada de eso la curaría de la locura en la que había sido inmersa.
Grande fue su tristeza, Tarian había sido la única persona además de Gandalf que lo había tratado gentilmente. Conocía a la Tarian llena de vida y el fuego que despertaba en ella cuando salía a la batalla. Verla así era una puñalada, porque además demostraba que nadie en toda Arda estaba exento de debilidad.
Valinor
Nienna vio cuanto ocurría con Tarian, la Valar estaba frecuentemente familiarizada con el dolor, y al verla sufriendo los horrores de Angmar en su mente, no podía más que llorar desconsoladamente. Y Estë vio esto, se apiadó de la valiente Maia, y decidió presentarse en la Tierra Media.
Pero Manwë empezaba a desaprobar las acciones de Tarian. Ya no correspondía que siguiera en ese mundo, debía haber vuelto con los suyos hace tiempo. Sin embargo se afanaba en encarar situaciones cada vez más peligrosas. Y además esa historia con el Naugrim. No era prudente…
Mirkwood
La compañía seguía su penosa marcha. Bilbo se había subido por entre la copa de los frondosos árboles y primero se había encandilado con el fuerte sol del mediodía luego de tantos días en penumbras, para luego poder respirar aire puro y ver las mariposas volando alegremente. Los enanos estaban de muy mal humor. Las provisiones se les habían acabado y tenían hambre y sed. Estaban cansados de caminar sin rumbo en la oscuridad y con Bombur sobre sus espaldas. Todo esto hizo que el optimismo que mostrara Bilbo al bajar del árbol los pusiera de peor humor, sobre todo cuando les dijo que hacia donde mirara sólo veía bosque.
Pero Kili, él estaba ausente de casi todos los hechos que se venían sucediendo. Caminaba por inercia, mientras hubo provisiones no probó bocado, no hablaba con nadie, ni con su querido hermano que trataba todo el tiempo de estimularlo. Estaba preocupado por su amada y ya no le interesaba ni el tesoro, ni el dragón, ni el trono de Erebor. Quería tenerla entre sus brazos y verla sonriendo otra vez, como aquella lejana noche en que ambos cedieron a la pasión y unieron sus cuerpos y sus almas para siempre.
Nadie, ni siquiera Fili, podía comprender que su corazón latía por ella más que por él mismo, y a medida que los días pasaban y los kilómetros y los peligros los separaban más y más, sus latidos se debilitaban.
Todo esto estaba siendo advertido por Thorin, quien estaba observando con recelo las actitudes de su sobrino. Si seguía bajo esa conducta, pasaría a ser un estorbo para sus planes y, a pesar de querer a sus sobrinos como si fueran sus hijos, no dejaba de ser un enano, uno muy orgulloso.
-Kili, te aconsejo que despiertes de ese ensueño en el que estás o vuelvas a buscar a tu Tarian. –Amonestó el príncipe enano-.
-Si tan solo supieras lo que es amar a alguien… -Kili detuvo sus palabras. Sabía que se estaba metiendo en un campo de espinos, revolver en los sentimientos de su tío no le iba a devolver lo que deseaba con locura, y por el contrario, podría ocasionarle varios problemas-.
-Y tú, por una mujer que acabas de conocer, ¿crees poder ilustrarme? Sigues siendo muy joven e impertinente para darme lecciones a mí. ¡Reacciona o vuelve tus pasos y busca a tu Maia!
Kili dio media vuelta muy resuelto, tanto como nunca estuvo en su vida. Quería salir corriendo de allí, sabía que Tarian lo necesitaba, que estaba en problemas. Comenzó a volver sobre sus pasos, si estar seguro de a dónde lo llevarían. Pero Fili lo tomó del brazo. Él comenzó a tironear, estaba cegado por la furia y la desesperación.
-¡Hermano, por favor, tranquilízate, piensa claramente! –Gritó Fili para hacerlo reaccionar-. ¿No ves que si regresas vas a perderte como lo estamos ahora? Lo más probable es que nunca encuentres la entrada y mueras de hambre y sed. Entiendo tu locura, pero si no sobrevives, ¿cómo piensas proteger a Tarian?
-¡Pero ella me necesita ahora! –cayó rendido al suelo y las lagrimas comenzaron a correr por su rostro. Eran esos momentos en los que su juventud se hacía evidente, Era sólo un niño llorando desconsoladamente-
-Puede que así sea, Kili, pero ha sobrevivido a tantos pesares en estos largos años de su vida y la aprecian tantos seres de esta tierra que estoy seguro que podrá salir victoriosa una vez más.
-Dicen que los Maiar mueren realmente cuando no tienen más nada por qué pelear. –se atrevió a decir Bilbo. Para él era sólo un invento que se le ocurrió para consolar al pobre enano. Pero no sabía cuánta razón tenía…-
Todos, incluso Thorin que ahora sentía culpa por su egoísmo, estaban ahora particularmente tristes. Con tantas vicisitudes en su camino habían olvidado por completo que Gandalf y Tarian se habían marchado y, a juzgar por la desolación que mostró la Maia al despedirse, sabían que tenían por delante una peligrosa empresa.
Se tomaron unos momentos para recapacitar sobre los hechos que estaban teniendo lugar en esos lúgubres lugares de la Tierra Media. Fue Bombur quien atenuó un poco la tensión y trajo un poco de esperanzas al grupo, despertando de su largo sueño como si nada hubiera ocurrido, quejándose de hambre. Sus últimos recuerdos eran de la reunión que tuvo lugar en casa de Bilbo, donde se decidió llevar a cabo este viaje. No hubo manera de convencerlo de las situaciones y peligros vividos y lo único que hacía era quejarse, porque en sus sueños había mucha comida y bebida, y en la realidad no había más que oscuridad, y sacos y cantimploras vacías. Pero finalmente debió levantarse y seguir camino junto a los demás, aunque no sabían ni hacia donde iban ni si llegarían a algún lado antes de morir de hambre o sed.
Así fue que varios kilómetros adelante, Bombur se sentó y se negó rotundamente a dar un paso más. Fue en ese momento que Balin divisó un destello de luz en la oscuridad del bosque, ahora más intensa debido a la caída del sol.
-¿Qué es esa luz que acabo de ver por allá? –Gritó el enano en un rapto de esperanza, aunque creyéndose ya al borde de la locura-.
Todos fijaron la vista adelante, incluso Bombur se puso de pie. Y todos estuvieron de acuerdo en que se veían destellos rojizos que se movían aquí y allá. Advirtieron que eran hogueras y antorchas que ardían en un claro del bosque, lejos del sendero, y supieron instintivamente que allí había un banquete. Discutieron un buen rato como acercarse y convinieron mandar espías, pero luego volvió el desacuerdo porque no sabían a quien sería más conveniente enviar y nadie quería separarse y extraviarse del grupo.
Finalmente, todos juntos se alejaron de la senda y se precipitaron hacia donde las hogueras ardían, arrastrándose y escondiéndose entre los troncos de los árboles. Se acercaron lo suficiente para advertir que se trataba de elfos, diferentes a los que conocieron en Rivendel. Pero algunos, como Thorin y Balin, reconocían a esas gentes que reían y disfrutaban de la abundante comida y bebida.
Era tanta la necesidad de alimentarse de la compañía, que sin consultarse salieron corriendo todos juntos. Al primer paso que pusieron dentro del claro, todas las antorchas y hogueras se apagaron, y las risas y voces callaron. La oscuridad volvió a ser absoluta, quizás más profunda incluso. Todos comenzaron a correr en círculos o sin rumbo, chocando contra los troncos de los árboles o pisando las brasas de las hogueras que aún estaban calientes. Finalmente, luego de un largo rato de confusión, pudieron reagruparse otra vez, descubriendo que ahora habían perdido por completo el sendero. Abatidos, decidieron pasar la noche en el mismo lugar en el que estaban.
Campos Gladios
Estë, la Sanadora, se presentó ante el mago que aún intentaba reanimar a la Maia con lo que podía, a sabiendas que no podría hacerlo. Tomó sus manos y las puso sobre el brazo izquierdo de Tarian, donde la hoja de Morgul había hecho estragos. Luego puso sus propias manos sobre las del mago y el tiempo pareció detenerse. Pero dentro de la cabeza de Tarian, gritos desgarradores la oprimían, voces de hombres de sangre de Númenor, voces corrompidas por el Señor Oscuro.
Radagast cerró sus ojos, los gritos ahora habían penetrado su mente y lo atormentaban. Luego de un rato, todo fue silencio. Abrió sus ojos y descubrió que la Valar ya no estaba y la fiebre de Tarian se iba desvaneciendo levemente.
Radagast y Alazor esperaron, pero ella seguía dormida, y aunque no podían despertarla, podía verse paz en su semblante. Pasaron varios días, hasta que finalmente abrió sus ojos. Pero esos ojos ya no eran los mismos, el brillo de antaño se había apagado tal como la luz de Telperion. Ella misma sentía en su interior que no era la misma, que los días de su existencia se agotaban y había empezado a sentir el cansancio de largos años de penas en su cuerpo. Pero calló sus pensamientos y despidió al mago, agradeciendo profundamente su ayuda invalorable. Lo abrazó largamente, pues había entendido que sería la última vez que sus caminos se cruzaran. Se puso lentamente en pie con ayuda de Alazor, tomó su armadura y su espada y las ató a la montura de su caballo. Luego volvió su mirada hacia el mago que miraba apenado a la dolorida Maia, que a pesar de su sufrimiento estaba decidida a seguir adelante.
-Te deseo paz en tu camino, Mago Pardo. Ve por donde los arboles ofrecen sombra para aliviar al caminante y no para oprimirlo.
-Y yo deseo que encuentres tu camino, ese que has buscado desde que dejaste Valinor, "Hija de la mañana".
-Vuelve a tu morada, y descansa. Ha sido grato volver a verte. Que Eru cuide tus pasos e ilumine tus mañanas. Adiós. –Dio media vuelta, tomo las riendas de Alazor y comenzó a caminar con dificultad.
Mirkwood
Una vez más aparecieron las luces, y en esta ocasión los miembros de la compañía fueron más sigilosos, caminando en fila tocando cada uno la espalda del que iba por delante. Cuando la distancia entre ellos y el claro en el que ardían las hogueras era prudencialmente corta, Thorin ordenó que todos se quedaran donde estaban y decidió mandar a Bilbo con los elfos, pensando que no le temerían.
Pero cometieron el error de empujarlo, y cuando estuvo dentro del claro, todas las luces volvieron a desaparecer y volvió a reinar la confusión, todos corriendo de un lado a otro, y cuando finalmente se reunieron, no encontraban a Bilbo. Dori dio con el pequeño hobbit al tropezar con él, que se había quedado profundamente dormido y despertó contando sueños de banquetes, al igual que Bombur.
Nuevamente decidieron quedarse donde estaban y Kili fue designado a tomar guardia. Había notado en su interior que un leve alivio se había instalado en su corazón, creía saber que Tarian estaba fuera de peligro mortal. Y en medio de sus cavilaciones, vio una vez más las luces y fue a despertar a todos.
Esta vez el banquete era realmente impresionante, y a la cabecera de una larga mesa, se hallaba el rey del bosque. Thorin lo conocía perfectamente, Thranduil, antaño aliado del reino de Erebor, hasta que tomó la decisión de abandonar a los enanos en el peor momento de sus vidas, cuando Smaug los despojó de su mundo.
El príncipe enano sin dudar apareció entre ellos, y nuevamente se apagó todo destello de luz. La oscuridad envolvió a la compañía y volvió el desconcierto. Mucho tiempo tardaron en reagruparse. Pero el pequeño hobbit, en su desesperada búsqueda de los enanos, se fue alejando más y más, hasta quedar totalmente solo.
Tierras de Beorn
Alazor llevaba a Tarian, quien parecía estar en un trance extraño. Percibía lo que estaba a su alrededor y tenía memoria de todo lo sucedido, pero no podía reaccionar. Pensaba con cordura, pero parecía no poder hablar ni moverse. Las últimas palabras las había pronunciado hacía horas, cuando notó que algo raro comenzaba a sucederle, pidiéndole a su fiel caballo que la llevara a la entrada de Mirkwood.
Comprendía ahora cuan dañinas eran las hojas de Morgul, especialmente para su sangre pura. Estaba cansada, herida y preocupada por Kili. El envenenamiento de esa espada estaba causando estragos, pero ella ya no pensaba en su dolor o su fatiga, trataba de adivinar qué suerte estaría corriendo su joven amado y el resto de la compañía. Aunque en su interior percibía que las cosas iban empeorando a cada paso que avanzaban.
Estos pensamientos la llevaron nuevamente a Númenor, otra vez a culpabilizarse por abandonar a quienes la querían, un sentimiento que se había repetido una y otra vez desde la muerte de Turgon, posiblemente el mejor amigo que haya tenido jamás. Pero Turgon era rey y se responsabilizó por su gente, como correspondía. En cambio, Gilmarion no pidió nacer en Númenor, ni mucho menos la afrenta contra los Valar. El era un simple humano que la amaba y soñaba con formar una familia junto a ella. Tarian aún podía ver la expresión de decepción en los ojos de Gilmarion, y aunque ahora entendía que no lo amaba, sabía que él no merecía ser tratado con desprecio.
En medio de estos pensamientos, Tarian sintió que su cuerpo empezaba a reaccionar, estaba entumecida y dolorida. Se apresuró en su intento por recuperar el movimiento, y cayó desde el lomo de Alazor al suelo. Eso la abatió, nunca se había visto a sí misma tan susceptible, sola y asustada. Entendía muy bien que su destino estaba empezando a cambiar, y que la coraza que había levantado y mantenido desde su salida de Valinor estaba a punto de estallar.
Debilidad al borde de la locura…
