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Una mañana, Damon y Elena estaban desayunando solos, pues Jenna había tenido que ir a hacer unos recados y Jeremy había quedado temprano para ir al lago con unos amigos.

-¿Dónde te alojas? -preguntó Elena cayendo en la cuenta de que aún no sabía dónde vivía Damon.
-Creo que en tu habitación.
-Damon, hablo en serio –le riñó ella.
-Yo también. Prácticamente vivo aquí -afirmó él.

Y era cierto. Damon dormía todas las noches en su cama e incluso se duchaba allí y, a veces, desayunaba con la familia cuando iba a "recoger" a Elena para ir a pasear juntos.

-Pero respondiendo a tu pregunta -continuó hablando él-, hay un apartamento no muy lejos de aquí donde me ducho y dejo mi ropa. Aunque de lo primero ya te has encargado tú que no sea así -explicó él con una sonrisa pícara, recordando las duchas que últimamente habían compartido.
-Te diría que trajeses tu ropa aquí -le dijo Elena-, pero no quiero ni pensar en la cara que pondría Jenna al ver ropa tuya en mi armario.
-Mi apartamento no está nada mal -aseguró él-. Puede que algún día te envite a pasar la noche allí, ver una peli y comer palomitas en el sofá.
-Una casa para nosotros dos solos. Suena bastante bien -reconoció ella ilusionada con la idea de poder pasar una noche con Damon sin preocuparse por si su tía o su hermano les pillaban.

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Aquella tarde, Damon y Elena decidieron ir a dar una vuelta por el pueblo. Caminaban cogidos de la mano mientras hablaban. Durante el paseo, la pareja se encontró con una conocida de Elena.

-Sheriff Forbes -saludó ella muy alegremente a la madre de Caroline.
-Llámame Liz, Elena. Ahora no estoy de servicio -respondió esta con una sonrisa, alegre de verla tan animada después de todo por lo que tuvo que pasar tras la muerte de sus padres.
-Liz, este es...
-Damon Salvatore -se presentó él estrechando la mano de la sheriff.
-Salvatore, ¿eh? ¿Algún parentesco con los Fundadores? -preguntó ella curiosa.
-Lejano.
-Habrá sido agradable regresar a la casa de tus antepasado -dijo la sheriff feliz de conocer a otro Salvatore.
-Siempre es bueno mantener el contacto con tus raíces -coincidió él.

Tras dudar un momento, Liz volvió a hablar.

-Bueno, he de irme ya. Me alegra verte volver a sonreír, Elena.
-Gracias.
-Un placer conocerte, Damon -dijo la sheriff dirigiéndose al vampiro.
-El placer ha sido todo mío -respondió él con una inclinación de cabeza.

Cuando esta se fue, Elena se giró hacia Damon.

-¿Fundadores? -le preguntó ella, pues desconocía que los Salvatore fuesen de las Familias Fundadoras.
-Mi padre ayudó a construir este pueblo -explicó él-. También era miembro del Consejo.
-¿El Consejo?
-Sí, el Consejo de Fundadores –respondió él algo confuso-. Tu familia forma parte de él, deberías saberlo.
-¿Saber qué?
-Protegen al pueblo de vampiros.
-¿La madre de Caroline sabe lo que eres? -preguntó preocupada por haber arrastrado a su novio a una trampa mortal.
-Si lo supiese, me habría clavado una estaca en el corazón sin dudarlo –respondió él con una media sonrisa irónica.
-No ayudas -le riñó ella. Si antes estaba preocupada, ahora más.
-Lo siento -se disculpó-. Solo digo que no es tan fácil reconocer a un vampiro. Además, siguen creyendo que solo podemos salir de noche, no sospechará de mí. Ya no.

-¿Así que lo de las estacas de madera es verdad? –preguntó ella poco después algo más relajada e interesada por saber más de las condiciones que implicaba ser vampiro.

-Sí. Toda leyenda tiene su parte cierta.

-¿Y qué me dices de los ajos y el agua vendita?

-Esa es la parte falsa del mito. Odio el ajo, pero eso es otra historia que no tiene nada que ver con mi condición de vampiro –bromeó él-. Y, lo de los espejos, también falso. Este peinado no se mantiene solo, ¿sabes? –presumió pasándose la mano por el pelo divertido, haciendo reír a Elena.

-Pero si siempre vas despeinado –se burló ella.

-¿Y quién es la culpable de eso? Tú –la acusó el chico divertido.

-Sabes que me gusta enredar mis manos en tu pelo cuando nos besamos –se defendió la joven agachando la cabeza-. No puedo evitarlo.

-No te he pedido que lo hagas –le dijo él levantándole el mentón para mirarla a los ojos.

Elena se puso de puntillas para besarla y, cómo no, enredó sus manos en el pelo de él. Este la correspondió ampliando el beso y rodeándole la cintura con los brazos para estrecharla más a sí.

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En la confidencia de la noche, Elena decidió continuar sus preguntas sobre vampirismo, esperando que así Damon se decidiese a hablar más de su pasado.

-¿Cómo se convierte uno en vampiro? –preguntó Elena curiosa.

-Debes morir con sangre de vampiro en tu organismo –explicó él-. Luego tienes un plazo de unas 24 horas aproximadamente para completar la transición bebiendo sangre humana.

-¿Y qué pasa si no la completas?

-Mueres.

-¿Tú querías ser vampiro?

-Al principio sí –confesó él-. Por Katherine.

-¿Qué tiene que ver tu ex en todo esto de ser vampiro? –preguntó Elena confusa.

-Ella era vampira. Yo quería vivir la eternidad a su lado.

-Oh –exclamó ella antes de continuar-. ¿Y qué te hizo cambiar de opinión? ¿Por qué después no querías ser vampiro?

-Hubo una batalla, la batalla de Willow Creek, algunos Fundadores partidarios del bando Confederado encerraron a unos supuestos simpatizantes de la Unión en una iglesia y los quemaron vivos. Lo que la historia no cuenta es que, en realidad, se trataba de una cacería de vampiros.

-Y Katherine era uno de ellos –dedujo Elena.

-Sí.

-¿Qué pasó para que acabases convirtiéndote?

-Intenté salvarla, pero mi padre me disparó antes de lograrlo. Cuando me desperté, estaba en plena transición.

-Espera un momento, ¿tu padre te mató? –preguntó alterada.

-Era una vergüenza para él que confraternizase con el enemigo –dijo Damon antes de hacer una pausa-. Yo no quería completar el proceso. Quería la eternidad para compartirla con Katherine. Sin ella, no tenía sentido ser vampiro.

-Pero te convertiste.

-A costa de mi voluntad, sí –reconoció él, intentando omitir la participación de su hermano Stefan en la historia-. Pero esa es una historia que tendrá que esperar, ¿vale? Ahora duerme –le pidió a la chica acariciando su espalda desnuda.

-No quiero –se quejó ella cual niña pequeña-. Quiero seguir hablando.

-¿Sobre qué?

-Háblame de Katherine.

-No creo que esa sea una buena idea. No quiero hablar de ella.

-Debiste quererla mucho –reconoció Elena, sintiendo una punzada de celos hacia la vampira y, por qué no decirlo, miedo a ser solo un remplazo de la chica que le robó el corazón a su vampiro favorito-. Han pasado 145 años y hablas como si fuera ayer.

-La quise –admitió él-, pero no tanto como a ti. De eso estoy seguro.

Elena se incorporó lo suficiente para mirarle a los ojos.

-¿Lo dices en serio? –preguntó esperanzada de ser la única que ocupa el corazón del vampiro.

-No he hablado más en serio en mi vida –aseguró él-. Te quiero, Elena. Solo a ti.

-Yo también te quiero, Damon –respondió ella con lágrimas en sus ojos amenazando con derramarse.

Él posó sus manos en el rostro de la chica y acarició sus mejillas con cariño, para después depositar un casto beso en sus labios.

-Ahora, duerme –ordenó él con voz dulce.

Elena asintió somnolienta, se abrazó al torso desnudo de él y cayó en un plácido y profundo sueño.

En cambio, Damon no consiguió conciliar el sueño aquella noche. Era cierto que amaba a Elena como nunca había amado a nadie, pero si eso era así, ¿por qué seguía queriendo liberar a Katherine de su tumba en vida? No era amor lo que le incitaba ahora a ello, ¿lealtad, tal vez? Sentía que le debía algo. Al fin y al cabo, fue culpa de él y su hermano que acabase en esa iglesia.

Pero lo que realmente le quitaba el sueño a Damon era el no saber, el no saber qué sentirá cuando vuelva a ver a Katherine. ¿Volvería a los brazos de la vampira que le dio la inmortalidad o permanecería con su réplica humana que le entregó un amor incondicional y le robó el corazón? Por primera vez, Damon tenía miedo a la respuesta de una pregunta.

"¿Por qué los asuntos del corazón eran tan difíciles?", se preguntó, "¿Dejaría algún día de sufrir por amor?".

"Si el amor fuese fácil no sería tan maravilloso", respondió una voz en su interior. Y tenía rezón, a todos nos gusta enamorarnos porque nos supone un reto.