11
UN MOVIMIENTO EN FALSO, UNA PIEZA PERDIDA
1
Aún en el hangar del laboratorio secreto de la SGUA, el doctor Bryant Reynolds y el Mayor Juan Coronado se miraban. La visita del ejército de la IBI había sido inesperada y no eran pocos los que venían. Estaba claro que pretendían cumplir su misión fuese como fuese, pero él no iba a dejarles llevarse a Sarah tan fácilmente.
— ¿Quién es el Mariscal de la MCBI? – preguntó el doctor enarcando una ceja.
— Disculpe, para nosotros es el Mariscal de las fuerzas armadas, para usted debe ser el Doctor Ikari.
— ¡Ah! Gendoh Ikari. Entiendo. ¿Y han venido a buscar a Sarah?
— Así es.
— ¿Todos? – insistió Bryant algo nervioso, lo que notó rápidamente el Mayor Coronado.
— ¿Ocurre algo, doctor?
— No, no. En absoluto. Admiro el despliegue militar de la MCBI para proteger a los especímenes, sólo es eso. – contestó para salir del paso, al tiempo que se dirigía hacia una mesa del hangar para dejar las herramientas con las que simulaba estar trabajando.
— En realidad estábamos de paso. Mis hombres y yo somos los únicos encargados de recoger a S.J, pero hemos coincidido durante el viaje y se han sumado. Estamos de expedición por estas tierras.
— ¿Expedición? En América no queda nada, ¿qué estáis buscando?
El Mayor se retiró hasta uno de sus hombres sin contestar a las preguntas del doctor. Éste les observaba como hablaban entre ellos y el Mayor entregaba su chaqueta a un tercero. Había preguntado algo que no debía y probablemente estaba dando órdenes, e informando al personal de que tuviesen cautela. Repentinamente, Bryant se dio cuenta de que estos militares no formaban parte de la IBI que él conocía. Los uniformes que vestían eran de otro color, y además, en la insignia había un detalle más que los otros no tenía. Debían ser una sección especial, encargada de alguna misión inédita, algo secreto que él desconocía y que probablemente sus aliados infiltrados tampoco sabían, pues de ser así, habría sido informado. Gendoh debía estar moviendo sus hilos, asegurándose la retaguardia ante una posible traición de alguno de sus hombres. Estaba claro que el Comandante, ahora Mariscal de esta sección secreta, andaba con pies de plomo y no era nada fácil pillarle desprevenido, pero lo más peligroso era saber si éste sospechaba algo de los espías. De ser así, la vida de Kaji estaba en peligro y probablemente la de los científicos infiltrados en la IBAI, Michelle y Harsh.
Súbitamente, todos los helicópteros y convoyes se retiraron, y únicamente se quedó el vehículo del Mayor y sus tres acompañantes. Juan Coronado regresó junto al doctor, pero su semblante había cambiado y nada tenía que ver con el hombre cordial al que había saludado.
Desde el interior de uno de los almacenes, a través de los vidrios de los cilindros de los especímenes, Sarah analizaba con cautela todos los movimientos. Sabía que estaban en peligro inminente, pues el hecho de que los demás militares se hubiesen retirado de la zona, no era precisamente señal de paz, si no, todo lo contrario. Atendía en silencio todas las conversaciones y no perdía detalle de lo que oía. Cualquier palabra podría salvarles la vida en un momento tan crucial.
— Doctor, usted ya sabe más de lo que puede saber. Dígame, ¿A dónde iba?
— ¿Cómo? – inquirió Bryant, intentando ganar tiempo.
— Preparaba su vehículo, ¿no es así?
— No. En absoluto. En los ratos libres me entretengo limpiando el hangar, ha sido mera casualidad que estuviese limpiando el coche – el Mayor sacudía su cabeza negativamente.
— Ya veo. Que casual. Quiero ver a Sarah – fue directo, sin preámbulos y la afirmación le golpeó directamente en el corazón.
— Bueno. Sabes que no es tan sencillo como llegar aquí y decir que quieres ver a Sarah. Necesito una orden escrita y firmada por el Doctor Ikari, además de un aval de tu identidad y la de tus acompañantes, un certificado de la MCBI de partida y recogida, y por último, el contrato o la copia que firmamos cuando se criogenizó. Sin todas esas cosas, el laboratorio de Sarah no se abre. – el doctor había sido astuto.
Era la mejor manera de ganar tiempo y aunque todo era cierto y eran las órdenes que le dieron el día que ésta fue criogenizada, ahora le servía para poner entre la espada y la pared al Mayor y saber si eran enviados de verdad, o como él, eran otros espías de Gendoh intentando derrotarle. Al fin y al cabo, se habían equivocado al nombrarle y vestían una ropa distinta, tal vez no era como él había pensado al principio y en lugar de ser una sección secreta de Gendoh, era una sección secreta contra Gendoh.
El Mayor miró a sus acompañantes y uno de ellos se aproximó con un maletín. Bryant tragó saliva y esperó impaciente.
— Gendoh es un hombre de muchos recursos, ¿verdad? – preguntó el Mayor Juan, al tiempo que dejaba el maletín sobre la mesa.
— Sí. Es lógico. Estos experimentos son de máxima seguridad.
— Sí, sí. Traigo todas esas chorradas que pides y un regalo de parte del Mariscal, para ti.
El hombre abrió el maletín y sacó los papeles que Bryant le había pedido, mientras éste los observaba detenidamente.
— El Mariscal dice: 'Adiós rata'. – e instantáneamente una bala atravesó el cráneo del doctor, arrebatándole la vida. El cuerpo de éste cayó a plomo contra el suelo, inerte, aún con vestigios de vida.
Sarah quedó impertérrita. No podía creerlo, ni asumirlo. Su cuerpo no reaccionaba, había quedado paralizado por completo observando aquella escena aterradora. Mientras, los militares lo revolvían todo, rompiendo todo a su paso, buscando desesperados la llave para poder llevársela, pero era inútil.
— Este hijo de puta ha debido esconder la llave para casos como este. Tendremos que pedir un duplicado – decía uno de los militares.
— ¿Cuánto tiempo llevará? – preguntó el Mayor.
— Dos días como mucho. Volvamos a la base, nos deshacemos del cadáver y cuando tengamos la llave, nos llevamos el espécimen. Será más fácil que revolver toda esta pocilga – explicó el mismo militar.
Los otros dos acompañantes cargaron el cuerpo del doctor en el convoy, ante la mirada atónica de Sarah que no podría despedirse de él. El Mayor Juan y su mano derecha, se subieron al vehículo y partieron del lugar.
Sarah se quedó sola, desconsolada y sin esperanzas de vida.
2
En Neo Tokyo 4, Japón, el teléfono del despacho de Kaji no dejaba de sonar. Estaba estirado en la silla, reclinado con los pies sobre la mesa, fumándose su último cigarrillo. Recordaba la conversación de la noche pasada con Hyuuga. No estaba seguro de que éste fuese capaz de disimular, que no se notase en sus actitudes que sabía más cosas de las necesarias. Si le pillaban a él, cogerían también a Kaji y entonces, todo se habría terminado para siempre.
En el último tono, justo cuando la llamada se iba a cortar, éste descolgó el auricular.
— Departamento de la MCBI, sección de mando internacional, al habla Kaji Ryouji. Dígame.
— Soy el Mayor Juan Coronado, solicito una audiencia con Gendoh Ikari.
— No va a ser posible, señor Coronado. Si tiene algo que comunicarle al Comandante, yo soy la persona con la que debe hablar – dijo Kaji para intervenir la información y saber de qué se trataba.
— Está bien, no importa. Necesito un duplicado de la llave de un laboratorio de la SGUA en USA – la sorpresa de Kaji fue mayúscula.
— Identifíquese, por favor.
— Mayor de la sección IBI Explorer USA, Juan Coronado. Misión de Recuperación del Espécimen S. – replicó lacónico el militar.
— ¿Solicita la llave del laboratorio que alberga a Sarah Jordan en Maine, Portland?
— Sí.
— ¿Me permite hacerle una pregunta? – Juan murmuró con asentimiento - ¿Qué ha ocurrido con la llave original? El científico Bryant Reynolds se encuentra en el recinto.
— Hemos encontrado al doctor muerto. Se había pegado un tiro en la boca. Su cuerpo estaba en avanzada descomposición. No hemos querido buscar la llave. Es trabajo de la IBAI inspeccionar los cadáveres – Kaji no se lo podía creer. Estaban mintiendo, eso era imposible. El Doctor no se podía haber suicidado y mucho menos estar el cuerpo en avanzada descomposición, puesto que hacía menos de dos semanas que había hablado con él, pero ya no importaba. Lo increíble es que lo habían matado. Uno de los suyos había perdido la vida y la siguiente sería Sarah.
— Bien. Solicitaré el duplicado al Comandante, si lo acepta, antes de treinta y seis horas lo tendréis – y Kaji colgó el teléfono sin esperar respuesta. La noticia que acababa de recibir había sido un jarro de agua fría.
Durante algunos minutos anduvo asimilando la dura noticia, pero en seguida volvió a la realidad. Necesitaba saber quién era ese tal Juan Coronado y a que se refería con IBI Explorer USA. Desconocía que existiese una sección más del ejército de Gendoh. Debía informarle cuanto antes de la llamada, pero quería saber más información al respecto.
Antes de pasar por el despacho del Comandante Ikari, decidió hacer una visita a Makoto Hyuuga, el nuevo hombre que trabajaba en sus filas. Siendo el mejor informático del planeta en la actualidad, tal vez podría averiguar más cosas a través de él.
Makoto había salido con sus compañeros de trabajo a tomar un descanso. Restaban en la última planta del edificio, hablando de su futuro y el de la tierra.
— Me es imposible dejar de pensar en la cantidad de personas que han muerto por culpa del virus. Y cuando pienso en mis cosas, en mis problemas diarios, me siento egoísta. Pero ¿y qué puedo hacer? Es mi vida. Cuando llego a casa, mis problemas están allí – decía Maya Ibuki a sus compañeros, que entendían perfectamente cómo se sentía.
— No podemos hacer nada por ellos. No es nuestra culpa que estén muertos. Entiendo que te sientas mal, pero no tienes que culparte –explicaba Aoba. – Mira, hace unos días una de las cuerdas de mi guitarra se rompió. Desde entonces no puedo tocarla. ¿Crees que a día de hoy tengo un problema mayor que ese? No. Para mí, ese es mi problema. Es normal que pienses en tus cosas, es tu vida, tú sigues viva y no es tu culpa.
— Si chicos. Tenéis razón. Pero decidme ¿no os parece muy raro que los que nos salvemos siempre seamos nosotros? – inquirió Makoto, mientras tomaba una calada de su cigarro.
— ¿Qué quieres decir? – preguntaron casi al unísono sus dos compañeros de trabajo.
— NERV, la actual MCBI, ¿no es muy extraño que seamos la única empresa de los alrededores que sigue en pie, con todos sus integrantes vivos? – replicó una vez más el informático.
— ¡Ey, chicos! – interrumpió Kaji, acercándose hacia ellos y tomando el cigarro de Makoto – ¿de dónde sacas estos cigarrillos? Hace tiempo que dejaron de fabricarse cajetillas.
— Son un asco, pero no hay otra cosa. ¿No sabes que la MCBI tiene una sección que se dedica a la producción de alimentos, productos de necesidades básicas y otro tipo de vicios? – dijo entre risas.
— ¡Ah! Pues no sabía que tuviesen también tabaco. No está nada mal. Tendré que pasarme por ese colmado a comprarme algunas cosillas – replicó Kaji, hilarante, al mismo tiempo que hacía una señal a Makoto para que le acompañase.
Los dos hombres dejaron el lugar y se adentraron en la sala de conductos de refrigeración del edificio. Allí nadie les vería y podrían hablar de lo ocurrido. Kaji tomó repentinamente a Hyuuga por la chaqueta y lo estampó contra la pared sin soltarle, para decirle:
— Eres un imbécil ¿Acaso no dijiste que podía confiar en ti? ¿Qué demonios estabas haciendo ahí fuera? Te las das de interesante delante de tus amigos, como si supieses algo y lo único que vas a conseguir es que rueden nuestras cabezas.
— ¿Tanto te preocupa? – preguntó con una sonrisa maliciosa.
— No es por mí sólo. Deja de hacerte el héroe. No es momento de ser egoístas y actuar por libre. Hay más vidas en juego, entre ellas la de los dos niños: Asuka y Shinji. Si no lo haces por mí, hazlo por ellos, pero mantén el puto pico cerrado.
— Está bien, está bien…suéltame. No era mi intención – Kaji le dejó libre. Se alejó un poco, colocándose la chaqueta y continuó – No pensé en que pudiera tener peligros. Sólo quería ver si ellos sospechaban algo también.
— Pues deja de no pensar. No hables de esto con nadie. Te dije que era nuestro secreto.
— Lo será.
— Lo es, en este mismo momento – Makoto miró a Kaji y afirmó con la cabeza. El hombre tenía razón, le había fallado y también a la misión. Kaji cambió el semblante, se denotaba agotamiento y derrotismo en su mirada, a lo que el informático no dudó en preguntar.
— ¿Qué ha ocurrido? No le habrá pasado nada a tu novia, ¿no?
— Cómo si le hubiese pasado a ella, sí.
Kaji le explicó todo lo que había ocurrido, lo de la llamada telefónica y la muerte de Bryant Reynolds. Makoto no sabía quién era ese hombre, así que le explicó todo acerca de él, que trabajo desempeñaba, porqué era tan importante para el proyecto. Fue así como el informático se dio cuenta del peligro que conllevaba formar parte del equipo de Kaji. Comprendió realmente que su vida estaba en peligro y la de sus compañeros infiltrados.
— Debemos averiguar todo lo que podamos de esa nueva sección de la IBI, entonces – añadió Hyuuga.
— Sí. No sé que se trae entre manos Gendoh, pero es un plan encubierto, que seguro, no deberíamos de conocer. Probablemente el gilipollas del Mayor Juan Coronado ha desobedecido las instrucciones de comunicación y no sabría que me lo estaba comunicando a mí. Cuando Gendoh se entere, echará fuego y dará alguna orden para que desaparezcan. Antes de eso, hay que infiltrarse en los ordenadores de la MCBI o donde sea y averiguar quiénes son y qué están haciendo – explicó Kaji.
— ¿Qué crees que puede ser?
— Conociendo a Gendoh, estoy seguro de que es algún tipo de experimento. No me extrañaría que con las investigaciones que han avanzado tanto, no haya puesto en práctica algún nuevo experimento con humanos, para probar el alcance del virus.
— ¿Un nuevo humano inmune?
— No lo sé. Sólo hacemos suposiciones. Lo único que sé seguro es que el comandante quiere reiniciar a la humanidad. Sin defectos, sin enfermedades, sin problemas.
— ¡Eso es imposible! – exclamó Makoto.
— Seguramente, pero creo que eso le importa poco.
Los dos hombres regresaron a sus puestos de trabajo para continuar con la jornada laboral, pero ambos se dedicaron a indagar en los archivos de la organización, buscando respuestas a todas sus dudas. Kaji se encargó de inspeccionar todos los envíos al extranjero que habían realizado, observando si en los últimos días-semanas, se habían enviado más cantidad de productos a USA que a otros destinos. En el caso de Makoto, se introdujo en los ordenadores de la MCBI, llegando incluso a entrar en el ordenador de la mano derecha de Gendoh, el doctor Fuyutsuki; en menos de dos horas, ya habían encontrado más de veinte entradas anómalas, pero no podían perder más tiempo. Kaji debía informar cuanto antes al comandante Gendoh de la llamada de Juan Coronado, o de lo contrario, si se seguía demorando, podrían descubrirle. Decidió enviarle un mail a Makoto que rezaba: 'Tomamos una copa a las 20:30' y acto seguido, se dirigió al despacho de Gendoh.
Ya en el despacho del Comandante, pudo ver a Rei sentada en la mesa de éste, de espaldas a la puerta. Se acercó unos pasos y de repente, Gendoh apareció entre las sombras. Se dirigió a su mesa y se sentó en la gran butaca que la presidía, saludando a Rei y esperando a que Kaji hablase. Su semblante, como siempre, era parco y serio.
— ¿Tienes un cigarro? – preguntó Kaji para destensar, o lo que Gendoh respondió tirando una cajetilla sobre su mesa. Kaji se aproximó, tomó un cigarrillo y prosiguió – Han llamado de Estados Unidos. Querían hablar contigo.
— No espero ninguna llamada.
— Lo sé. Me ha extrañado y más, teniendo en cuenta que el único que está allí que nos podría llamar es el Doctor Bryant Reynolds. Y casualmente, no ha sido él. – Kaji esperaba alguna reacción en el rostro de Gendoh, pero seguía impasible.
— ¿Entonces?
— Según ha dicho, es el Mayor Juan Coronado de las fuerzas IBI Explorer destinadas en USA.
Repentinamente, Gendoh se levantó de su silla y caminó por el despacho de espaldas a Kaji. Su expresión había cambiado al oír el nombre del individuo y la organización. Ryouji no dejaba de observarle con detenimiento, cuando Gendoh dijo:
— ¿Qué quería?
— Al parecer, han encontrado al Doctor Reynolds muerto.
— ¡¿Cómo? – espetó Gendoh, volviéndose a mirar a Kaji.
— Sí. Dicen que por el aspecto del cadáver, probablemente llevaba muerto varios días. Un suicidio. Una bala en la boca le atravesó el cráneo.
— Eso es mentira – repuso el comandante. – Ordena que envíen de inmediato el cadáver. Quiero la autopsia.
— No es todo. Llamaban porque querían una réplica de la llave que guarda al espécimen S.. Necesitan tu consentimiento.
— ¡No! Sarah no se toca.
— ¿Qué es la IBI Explorer? – preguntó Kaji – No tenía conocimiento de que tuviésemos otra sección del ejército y soy el encargado de la relaciones internacionales.
— No lo sé. El Mayor Juan Coronado era un miembro de la IBI, fue destinado a USA para proteger al doctor y hacer un asentamiento.
— ¿Entonces no existe tal sección? – insistió Kaji.
— Deben ser rebeldes que se oponen a nuestros planes. Rei, debes ir a USA y traerte a Sarah. Kaji, deniega la petición de la llave, ordena el envío del cadáver y el regreso inmediato de Juan Coronado.
Sin mediar más palabra, el espía se retiró del despacho satisfecho de sus logros. Había averiguado más de una cosa, pero antes de nada, debía ponerlas en común con Makoto y por supuesto, llamar a la doctora Hershlag para informarle de lo sucedido.
A las ocho y media de la tarde se reunió con el informático en la salida del edificio y juntos se dirigieron al colmado. Era un lugar bastante pequeño, apenas llegaba a la medida de un supermercado de barrio, pero podían encontrar de todo. Kaji aprovechó para abastecerse de todos sus vicios, tabaco, alcohol y comida instantánea.
Cuando habían terminado, cada uno tomó su vehículo y marcharon al apartamento de Makoto. Vivía a las afueras de la zona residencial de Neo Tokyo–4, odiaba ver los edificios de hormigón a su alrededor y prefería vivir en los barrios derruidos de los alrededores, al menos aún tenían el aspecto de las antiguas calles de Japón. Era una pequeña casa cercana al mar, rodeada de jardines abandonados, sin embargo, en el interior estaba muy bien equipada. La luz y el agua aún abastecían aquel lugar, así que hacía una vida normal; en una de las habitaciones tenía todo un equipo informático completo, con el que podía hacer de todo. Desde allí mismo podrían llamar vía satélite sin ser descubiertos, incluso, hacer video-llamadas.
— Es un lugar de lo más acogedor – dijo Kaji extendiéndole una botella de whisky – ¿Nos ponemos en marcha?
— Sí. He encontrado varias cosas que pueden ser de tu interés. Por ejemplo, la sección de la IBI Explorer fue creada hace apenas tres semanas. La orden fue dada desde el ordenador de Fuyutsuki. Por lo que he podido averiguar o más bien, entender, están preparando un asentamiento civil. Allí tienen a algunos supervivientes colonizando una zona.
— Lo sabía – dijo Kaji golpeando la mesa con el puño.
— ¿El qué?
— El comandante me ha mentido y lo sabía. Cuando estaba en el despacho le he preguntado por la sección y dice que no sabía nada, que probablemente eran unos rebeldes que se han opuesto a la MCBI, pero de la misma manera, me ha pedido que ordene a esos 'supuestos' rebeldes, que envíen el cadáver del doctor y a su jefe, Juan Coronado ¿No me dirás que no es un poco sospechoso?
— Sí. No tiene mucho sentido que sean unos rebeldes, pero que obedezcan órdenes de Gendoh.
— Conclusión: Es una sección encubierta, bajo mando de Gendoh. – explicó Kaji.
— Y por tanto, es probable que esté experimentado con ellos, como habías comentado antes – añadió Makoto.
— Así es. He estado revisando los últimos envíos de cargamento que hemos destinado por el mundo y casualmente, los que más han recibido han sido los de la IBI Americana, y en su mayor parte, alimentos y ropa.
— Entonces, confirmado. Es un asentamiento de civiles. Pero ¿de dónde han salido? – preguntó Makoto sorprendido.
— Los de la IBAI sabrán más de eso que nosotros. Son los encargados de llevar a los supervivientes y de hacer las autopsias de los muertos. Debemos llamar a la doctora.
Makoto preparó los ordenadores para establecer una llamada satélite con la doctora y por si aceptaba, también preparó las cámaras para una video-llamada. Estaba algo nervioso porque nunca había hablado con ella y sería el primer contacto con un infiltrado en el extranjero. Hasta el momento sólo había podido hablar con Kaji y aunque poco a poco asumía los riesgos que corría, no llegaba a ser plenamente consciente de la labor que estaba desempeñando. Establecer una llamada al extranjero le hacía sentirse más un miembro del equipo de espionaje, sentir en sus carnes el peligro.
Entregó a Kaji el teclado numérico para que iniciase la llamada y se estableció. Los tonos retumbaban en la habitación, a lo que Makoto reguló el sonido. Al décimo tono, alguien descolgó el teléfono.
— La Doctora Hershlag.
— Kaji, ¿puedes?
— Un momento.
— Nosotros tenemos línea segura.
— Llama al portátil. – Y acto seguido Michelle colgó.
Kaji supuso que necesitaba tiempo para posicionarse en el portátil en alguna habitación segura, sin nadie alrededor, y esperó unos minutos. Al tiempo, volvió a llamar, estaba vez al ordenador de la Doctora.
— ¿Qué ocurre? No te dije qué dejases de llamar, que la próxima vez sería yo la que llamaba.
— No te pongas así, mujer. ¿Puedes establecer una video-conferencia? Makoto desea conocerte. – la mujer aceptó las cámaras y pronto llegó la imagen. Hyuuga estaba muy nervioso, nunca había oído hablar a la doctora y su imaginación le hacía soñar con una hermosa mujer.
— Bienvenido al equipo Makoto Hyuuga – dijo Michelle.
— Hola – respondió titubeante, mientras hacía el gesto con la mano.
— Cuanto tiempo sin vernos.
— ¿Nos conocemos? – preguntó Makoto sorprendido. Lo cierto es que la voz le resultaba familiar, pero nunca antes había visto aquella mujer. Rubia, con un parche en el ojo y aquel lunar tan sensual. Imposible, no se podían conocer.
— Y tanto que nos conocemos.
— Bueno, basta de presentaciones – cortó Kaji – lo que nos concierne es mucho más importante.
— Dime.
— Es una noticia terrible. El Doctor Bryant Reynolds ha muerto – explicó Kaji sin contemplaciones.
Poco a poco, entre los dos hombres, le explicaron todo lo que habían descubierto, desde la IBI Explorer y sus supuestos objetivos, hasta los planes de Gendoh. Estuvieron más de una hora hablando y debatiendo que debían hacer. El comandante estaba moviendo los hilos a sus espaldas, lo que podría suponer dos cosas, que desconfiaba de la IBAI e IBI, o bien, que sospechaba de algunos de ellos y por tanto, los había cogido y les estaba poniendo a prueba. Sea como fuere, no podían dar un solo paso en falso o Gendoh les mataría y caerían todos, uno detrás de otro. El primero había sido Bryant y tras él, podrían ir todos los demás. De lo único que no estaban seguros es de quien había matado al doctor. Si la orden la había dado Gendoh, estaban perdidos, pero si de lo contrario había sido un simple accidente por la incompetencia de la nueva sección de la IBI, entonces aún tenía posibilidades de ganar.
Durante el debate, súbitamente, todos recibieron un mensaje en sus móviles. A la misma vez los tres presentes se miraron y extrajeron sus teléfonos. Kaji leyó el suyo en voz alta:
— "Michelle Hershlag, Ryouji Kaji, Aoba Shigeru, Maya Ibuki, Makoto Hyuuga y Randall Comand están citados para viajar con el Comandante de la MCBI, Gendoh Ikari, al departamento de la SGUA en Portland USA el próximo viernes. Un avión les recogerá para llevarles al lugar. Les enviaremos más información por email." Eso es todo.
— En el mío pone lo mismo.
— Y en el mío – respondió Makoto – ¡¿Qué significa todo esto? ¿Estamos muertos?
— Debe ser una maniobra de disuasión del Comandante. Quiere tener a todos los cabeza de grupo vigilados. Después del error que ha cometido Juan Coronado, querrá quitar hierro al asunto y atarnos bien – explicó Michelle.
— Yo no soy ningún cabeza de grupo – replicó Makoto.
— Sí lo eres. Todos los de esa lista somos cabeza de secciones. Michelle es la jefa de la IBAI, Aoba es jefe de recursos, Maya de medicina, tú de telecomunicaciones, Randall es el jefe de la IBI y yo soy el jefe de relaciones internacionales. En esa lista sólo faltan sus dos manos, Rei Ayanami y Fuyutsuki.
— En ese caso, es mejor que cortemos la comunicación. Tenemos mucho trabajo que hacer antes de que Gendoh nos corte las alas a todos. Voy a hablar con Giselle Harsh antes de que sea tarde. Makoto, recuerda que tú y yo no nos hemos visto nunca cuando nos volvamos a encontrar en el cuartel de la SGUA. – y acto seguido, Michelle cortó la comunicación.
Los dos hombres echaron un trago al whisky y se sumieron en sus pensamientos.
3
El cielo estaba encapotado de nubes grisáceas, parecía que pronto descargarían una buena tromba de agua. Los rayos de luz apenas podían penetrarlas, dejando el día frío y oscuro.
Sobre la cama, tendida, observaba por las ventanas de su habitación el avance veloz de las nubes, cada vez más densas. Pronto las primeras gotas comenzaron a bañar los vidrios, que poco a poco se empañaban por la diferencia de temperatura. Era un extraño día de verano.
Se incorporó para asomarse al exterior y fue entonces cuando pudo verlo. Entre el mirador de la piscina y el aparcamiento había jurado ver una sombra de un ser vivo. Fuese un animal o un humano, alguien o algo se movía de un lado a otro, a hurtadillas, acechándola. El miedo comenzó a recorrer su piel, que se contraía y le dejaba el bello erizado. Intentaba encontrarlo, escudriñando cada rincón, cada objeto que se movía, cada sombra. Con las pupilas dilatadas, delatadoras del terror, le encontró. El cañón de un fusil asomaba entre los vehículos que Shinji había dejado aparcados en el techado. Rápidamente se agazapó tras la ventana y comenzó a temblar. Súbitamente, un zumbido intenso invadió el lugar, atormentando sus tímpanos y distrayéndola de su objetivo 'el cañón del fusil'. El helicóptero sobrevoló la casa y las naves buscando un lugar donde aterrizar, mientras varías sombras avanzaban sin reparos posicionándose alrededor de la masía.
Horrorizada, convencida de que iba a morir, corrió despavorida hacía la puerta de su habitación. Salió disparada por las escaleras de caracol y se dirigió veloz hacia la puerta trasera de la casa. Sin embargo, ya era demasiado tarde. En la despensa la estaban esperando. Profirió un grito agudo e intenso que obligó al militar a apretar los ojos, pero de nada más le sirvió. Entre sus fuertes brazos, sostenía a Shinji, agarrándole con una mano al hombro y un cuchillo al cuello. Ya había recibido varios golpes por todo su cuerpo, pues no sólo su ropa estaba desgarrada y sucia, sino que presentaba varias magulladuras en sus brazos, piernas y cara, además de estar empapado en sangre. Sin embargo, aún estaba con vida. El joven intentó pronunciar unas palabras, que quedaron en un suspiro ahogado, de lo que interpretó: 'Huye, no dejes que te toquen. Corre mientras puedas…' Indignada con la situación, no podía permitir que todo terminase así, habían luchado por sobrevivir, había trabajado duro para poder estar en aquel lugar, había cuidado de ella mientras estaba enferma, no podía permitirlo bajo ningún concepto. Atacada, saltó sobre el militar, quien intentó apartarla de un golpe, pero la joven se agarró con fuerza al brazo que sostenía a Shinji, y en un acto de impotencia, intentó morder con fuerza la muñeca del militar. El hombre forcejeó con ella, mientras voceaba a sus compañeros pidiendo ayuda. De repente, ella salió disparada contra la puerta de la despensa y el militar, ofendido, elevó al joven del suelo hasta que sus pies no podían tocarlo, le enseñó el filo del cuchillo y después la señaló a ella con la punta. Sin poder hacer nada más, un golpe seco y suave, acarició el cuello de Shinji y le segó la arteria aorta.
Asuka despertó de golpe, gritando entre sudor y lágrimas. Había sido una pesadilla horrible, la peor que había vivido desde que comenzó su supervivencia en España. En las últimas semanas todo lo que soñaba eran escenas horribles que se habían perpetrado en su memoria, momentos que habían vivido desde que despertaron en aquella casa de la playa. Desde el pueblo desértico, las montañas de cadáveres, los coches abandonados por la carretera y autopista, hasta la masacre de animales en el centro comercial. Soñaba una y otra vez con las mismas imágenes. Sin embargo, nunca había llegado a temer por su vida en una pesadilla, ni a plantearse la posibilidad de ser encontrados en aquel lugar recóndito de las montañas. Ahora había despertado y estaba a salvo de los militares de su pesadilla, pero el miedo aún recorría sus venas. Empezaba a comprender las palabras que Shinji le había dicho horas antes, comenzaba a asimilar que realmente estaban solos y se había dado cuenta que, cuando Shinji le decía que tal vez en un año encontraría gente viva, únicamente se lo decía para que estuviese tranquila, pero él era realmente consciente de la situación. Llevaba sobre su espalda el peso de saber que tendrían que sobrevivir solos, probablemente para siempre, huyendo de los militares que habían matado a los demás humanos.
Aún con temor, decidió bajar a buscar a su compañero. Era extraño que tras el grito que había dado al despertar, no se hubiese acercado a ver que le ocurría. No quería ser alarmista, ni fantasiosa, pero era inevitable, después de la pesadilla, pensar que le podría haber ocurrido algo malo a Shinji. Le llamó una y otra vez, buscándole por cada ámbito de la masía, pero era inútil. Debía haber salido con los animales, al huerto o a cualquier otra labor fuera de la casa. Se dirigió al exterior y escuchó a la perra ladrar, así que siguió el sonido mientras su gata iba tras ella, sin perder paso. Le encontró en la nave donde se guardaban los piensos y alimentos de los animales. Estaba descargando los palés de sacos que había traído en el camión, con el toro mecánico. Cuantos más productos trajese de un viaje, menos veces se expondría al peligro de bajar a pueblo; se acercó hasta él y se quedó observando cómo trabajaba con la maquinaria. La perra, Alaska, estaba subida al toro con él, y ladraba cada vez que se acercaba al camión para coger un nuevo palé.
Cuando terminó, aparcó la máquina y se reunió con ella. Aún quedaba mucho trabajo por hacer, pero no era una prioridad, se podía quedar almacenado sobre los palés.
— ¿Qué ocurre? Tienes mala cara – le preguntó el joven, mientras acariciaba a la gata que se retorcía entre sus piernas.
— Nada, he tenido una pesadilla – hizo una pausa, y antes de que Shinji pudiese decir nada, añadió: – lo siento. Sé que es algo tarde, pero, poco a poco me voy haciendo a la idea de lo que está pasando. Estoy asimilando los hechos e intentando adaptarme a esta nueva situación.
— No tienes que disculparte, tampoco es eso. No creas que yo me he adaptado o que lo he aceptado. Simplemente es resignación. Es como si no te mueves, si no haces por respirar, pues al final te mueres… así de simple. Si no nos movemos, moriremos. No hay otra.
— Pero tú lo llevas bien. Es como si esto lo hubieses hecho toda la vida, pareces una persona de campo, te desenvuelves con soltura y sabes llevar toda la casa solo. No tienes problemas con los vehículos, ni las máquinas, no te dan miedo los animales, cocinas cualquier cosa y la casa está recogida, la ropa limpia, las camas hechas…es como si todo esto ya lo hubieses hecho antes, no te coge ahora por sorpresa – replicó la joven, casi plañidera.
El joven se contuvo, sosteniendo una risa sarcástica que estuvo a punto de proferir. No podía creer lo que estaba escuchando. La joven tenía la cara dura de recriminarle todas aquellas cosas y de justificarse a sí misma, explicando en pocas palabras que si ella no hacía nada era porque no estaba acostumbrada a estar en el campo. Por supuesto, todo lo que había dicho era un absurdo, pues él jamás había estado en la montaña y sabía lo mismo que ella. La única diferencia abismal entre ambos es que él si había llevado una casa con anterioridad y ella no. Desde muy pequeño, tras la muerte de su madre y el abandono de su padre, cuando él tan sólo tenía cuatro años, se había espabilado para buscarse las castañas. Durante los últimos once años había rondado de un lugar para otro, trabajando y cuidando de sí mismo. El último año, antes de llegar a la situación actual, habían vivido juntos en casa de su tutora Misato Katsuragi, pero la situación en cuanto a las labores del hogar no habían cambiado mucho. Él debía seguir llevando la casa, como si viviese sólo, cocinando, fregando y limpiando, para él y para los demás; contó hasta diez, tomó aire y contestó:
— Sé del campo lo mismo que tú. No hay que saber de nada para intentar vivir. Es un instinto humano que se lleva dentro. Cuando era más pequeño, hasta hace menos de un año incluso, si te digo la verdad, no tenía ganas de vivir, me daba igual todo. Desde que murió mi madre y mi padre me abandonó, había hecho todo lo posible por demostrarle que era un ser que estaba a su altura, quería que me reconociese, quería que me dejase vivir con él. Nunca entendí porqué mi padre me abandonó. Siempre he pensado que lo hacía porque se avergonzaba de mí, porque no servía para nada. Pero si lo piensas con detenimiento, es absurdo avergonzarse de un niño de cuatro años, más que absurdo, imposible. Fue entonces cuando lo entendí todo. Da igual lo que haga o deje de hacer, nunca me reconocerá, porque nunca me quiso. Yo no soy nada para mi padre, ni lo seré nunca. Para él estoy muerto. Cuando entendí eso, mi vida careció de sentido. Si no queda nada en el mundo, ni nadie que le importes, si ni si quiera los seres que te han engendrado te quieren, ¿qué pintas en la vida? Pasé a ser un simple vegetal que se movía por instinto. Ni si quiera he tenido nunca el valor de suicidarme, no valgo para eso tampoco. He esperado con paciencia el día de mi muerte. Pero conocí a Misato y a Rei, y después te conocí a ti, y también a Kensuke y Touji, eran mis amigos, mis primeros amigos de verdad, gente que me quería y a la cual le importaba. Gente que se jugó la vida para que yo pudiese seguir en este mundo, como Misato. Por ella, por esa mujer que luchó hasta el final por mí, por nosotros, por nuestro mundo, haré lo que esté en mi mano para vivir. Me agarraré a la vida que ella perdió por nosotros, aunque sea con los dientes, sea lo que sea lo que tenga que hacer, y nada se interpondrá en mi camino, ni una maquina, ni un animal, ni ningún otro objeto que te pueda parecer difícil de manejar. Estas cosas han sido fabricadas o domadas por los humanos, ¿acaso tú no eres uno de ellos? No hay nada que nos diferencie del pastor que llevaba a estas cabras, y si él o ella podían cuidar de este lugar y vivir en él, yo no seré menos.
La joven, cabizbaja, se sumió en sus pensamientos, reflexionando las palabras que Shinji acababa de decirle. Tenía razón. Tenía razón en todo lo que había dicho. Su vida no era muy distinta a la de él, también había perdido a su familia a temprana edad y su mundo careció de sentido desde ese mismo momento. Se movía para intentar demostrar a los demás que era útil, que podía ser alguien en el mundo. Hasta que conocieron a Misato y se conocieron a ellos mismos, fue entonces cuando realmente comenzaron a vivir y a disfrutar. Ahora no podían permitir que todo el esfuerzo que la tutora había hecho por ellos quedase en vano.
Mientras cavilaba, Shinji se retiró a la piscina para darse un baño. La tarde era muy calurosa y después del trabajo, su cuerpo agradecería el agua. Asuka se acercó hasta el joven y agarrada a la barandilla del mirador, asomó su cabeza por dos balaustres para poder observarle. Se retiraba las zapatillas, y estaba listo para meterse al agua. La perra y la gata se habían acostado a su vera, bajo la sombra de una higuera que daba paso a la escalera de entrada. Antes de que pudiese zambullirse de cabeza, Asuka habló:
— ¿Seremos felices? – pronunció con una voz tenue, ahogada y casi temblorosa.
Le parecía imposible poder ser feliz al lado de Shinji, le odiaba, le repudiaba, no le gustaba y no quería bajo ningún concepto que fuese el hombre con el que tuviese que transcurrir el resto de su vida. La verdad era que Shinji jamás le había hecho nada para que le tomase asco. Era un joven normal, más bien tímido y algo callado. Sin embargo, era popular entre las chicas de clase (antes de que el mundo quedase tal cual estaba ahora), no sólo por su forma de ser, aplicado, estudioso y despreocupado, si no por su aspecto físico. Su madre había sido una hermosa mujer de ojos verdes que había causado sensación en más de un hombre, y sin duda alguna, Shinji había heredado la belleza de aquella mujer. En cualquier caso, Asuka le odiaba. Sentía repugnancia y no podía evitarlo. No había un motivo sólido para hacerlo, simplemente le prejuzgó y ahora no podía cambiar sus sentimientos. La realidad era que en el fondo le gustaba. Le encantaba verle y estar con él, en ocasiones habría deseado besarle incluso, pero ella odiaba a los hombres. De hacerlo, de haberle intentado besar, habría estado en contra de sus principios naturales. Unos principios de lo más absurdos. Él sabía perfectamente que le odiaba, se lo hacía saber a diario cuando vivían juntos en casa de Misato Katsuragi, pero sin quererlo, sentía lástima por ella. En el fondo quería pensar que no era verdad, que en un rincón de su corazón le respetaba y le tenía aprecio, y quería justificarla, excusándose en que había llevado una mala vida. Algo incierto, pues él había tenido una infancia mucho más difícil que ella y no se comportaba así.
El joven la miró, oteó el cielo y su entorno, le devolvió una vez la mirada fija que aún le sostenía y dijo:
— Serás feliz, sólo si tú lo deseas. No hay nada en nuestro entorno que te pueda hacer infeliz.
— Me falta la gente. – increpó, bajando la mirada al suelo y negando con la cabeza.
— Nunca has necesitado a nadie para ser una mujer feliz. Dime, ¿eres feliz ahora? – la joven le miró, dubitativa, espero un rato antes de contestar, unos segundos que se hicieron eternos. Ya daba igual cual fuese su respuesta, el silencio prolongado demostraba que no podía ser feliz.
— No. No estoy segura. A ratos me siento bien, pero después vuelve la agonía y la ansiedad de la soledad. Sé que no estoy sola, pero como si lo estuviese.
— ¿Qué necesitas para ser feliz? ¿Qué es lo que te falta?
Shinji sabía lo que era, pero él no podía dárselo. Era una joven cruel y no le importaba dañar los sentimientos de los demás. Aquellas palabras habían sido como dagas voladoras que se habían clavado una detrás de otra en el cuerpo de Shinji. No sólo le trataba como a un esclavo al que podía manejar, si no que no contaba con él como ser humano. Daba igual que él estuviese o no en aquel lugar, ella se seguiría sintiendo sola, y por mucho que él se esforzase en hacerle una estancia más fácil y cómoda, ella jamás se lo agradecería. Y lo peor de todo, no le importaban en absoluto los sentimientos de él.
— A las personas. A Kaji. Estamos perdidos en el culo del mundo, en una montaña, rodeados de bichos y animales, muertos de asco en este desierto, en una masía pestosa. Quiero la ciudad, los restaurantes, el bullicio de la gente, las tiendas… quiero vivir como antes – replicaba, sollozante, entre voces.
— No sé si esto es el culo del mundo, pero a mí no me parece un lugar pestoso. En cualquier caso es nuestra mejor opción, vivir en la ciudad sería un suicidio – hizo una pausa, suspiró, volvió a tomar aire y añadió: – y sobre lo que dices de las tiendas y demás, no quiero meter el dedo en la yaga, pero hace más de un año que eso desapareció para nosotros, no te pilla por sorpresa. Llevamos más de un año viviendo como refugiados en un pueblo apartado de Nagoya. Además, tienes todas las tiendas que quieras para ti ahora, coge lo que te dé la gana cuando bajemos al pueblo.
— Sí, bueno – rechistó – pero, ¿y Kaji?
— No tengo ni idea de donde está Kaji, ojalá y esté vivo y nos encuentre, ¿qué quieres que te diga?
— ¿Te enfadas? ¿Te molesta que hable de Kaji? ¿Le odias? – inquiría una y otra vez, picajosa.
— No. Sólo es que estoy harto de que sigas con las mismas chiquilladas de siempre. Madura de una vez. Crece y deja de comportarte como una niñata. Antes de morir Misato, te recuerdo que se nos avisó de la muerte de Kaji, asúmelo de una vez. – terminó y se zambulló de cabeza en el agua, y sin dar tiempo a recriminaciones, se dispuso a nadar de punta a punta de la piscina, sin descanso.
Más tarde, ya a la noche, Shinji había terminado de recoger las cosas y se había dado un último baño en la piscina. Regresaba con la toalla en los hombros, secando su pelo. Se dirigió a la cocina para tomar un trago de agua fría y se sentó en uno de los taburetes de la mesa central. Súbitamente, Asuka apareció tras él y le agarró por detrás, deslizando sus manos por el torso desnudo de Shinji. Apretándole con fuerza, cruzó sus dedos en el estómago, apoyó su cabeza sobre el hombro izquierdo del joven y le susurró al oído:
— Quiero ser feliz, contigo.
