|| Crónica de Doce Muertes ||
Escrito por: Anairb Kenlover
(Ack! Este es el penúltimo capítulo... si alguien sintió que este capítulo tardó un poco en ser escrito, mil disculpas! Estuve un poco ocupada. Este capítulo es tal vez el que tiene más 'angst' -en mi opinión- y está casi tan triste como el anterior. Les agradezco muchísimo todos los reviews... espero que sigan así y que disfruten este capítulo!)
|| Capítulo Décimo Primero: Las Voces ||
+POV: Ken Ichijouji+
Daisuke y yo nos habíamos quedado en silencio desde aquel momento en que su voz sólo la escuché como un breve respiro, diciéndome que me extrañaría, y susurrándome palabras de aliento al oído. Estando tan cerca de él pude sentir como decaía su energía tan dominante a la que siempre admiré. Ahora, tan sólo, Daisuke descansaba en mis brazos, bajo la lluvia que de pronto ya no fue tan intensa, en medio de la madrugada fría y el olor del agua helada bajo el puente. La ciudad estaba sola, y el puente era oscuro, apenas alumbrándose con las lámparas débiles de la calle. Todo hubiera sido infinito silencio a no ser por la tenue lluvia, que ya nos escurría a ambos por la cara y nos obligaba a temblar, o a abrazarnos más fuerte tratando de encontrar calor en nuestros cuerpos húmedos y fríos.
Dejé de pensar en pedir ayuda como Dai-chan me lo había dicho, y me había quedado con él, como un niño pequeño que obedece a su madre después de quejarse por un momento. A pesar de que casi sentía mi cuerpo desvanecerse con el frío, Daisuke se encontraba tan sereno como nunca antes lo había visto. Su cabello oscuro le caía mojado sobre la frente, con los ojos cerrados y la tez pálida, pareciéndose arrullar mientras respiraba tenue y me abrazaba gentilmente. Sentí que se había olvidado de mi dolor, pues sonreía apenas, conforme de su situación y con la inmensa felicidad de tenerme a su lado.
Tuve que ceder y rendirme ante él, y sólo dejar pasar el tiempo. Lloré en silencio sin darme cuenta cuando, tan rápido y silenciosamente, su cuerpo se volvió inmóvil en mis brazos y pareció deslizar su cabeza por mi hombro, descansando en silencio, pero sin susurrar más. Miré su rostro frío, la expresión serena y a la vez feliz ya sin moverse, y entonces, comprendí que me había dejado.
Se me fue de las manos, y aún lo sostuve como un muñeco inservible. Sin embargo lo abracé más fuerte, hundí la cara en su chaqueta y apreté las manos, tratando de no ser consumido por el dolor, o la ira, o el llanto. Pero no pude defenderme contra ninguno... casi grité por impulso, pero en lugar de eso me limité a sollozar. Luego alcé la cara al cielo, y grité hasta que ya no pude más, y mi voz rompió el aire y se me estremeció el pecho.
Grité su nombre, grité que no podía ser, o simplemente me desahogué en lo que fue una estampida de sollozos continuos y sin explicación, faltándome el aliento y la razón al mismo tiempo. Así mismo la intensidad de la lluvia me volvió a torturar sin piedad, y empecé a temblar del frío y del llanto al mismo tiempo, casi dejando caer el cuerpo de mi amigo en la calle, pero luego lo sostuve una vez más y volví a estremecerlo en mis brazos. Me quedé ahí y dejé salir mi dolor, llorando como nunca tuve idea que lo haría, pero llorando tal vez por última vez. Quise tener un último abrazo, un último diálogo, un último consejo, una última pelea...
Sostuve su mano, y me deslicé a su muñeca, tocando su piel ya pálida y débil. Mientras me estremecía en mi falta de respiros y el frío que culminaba con el llanto, me di cuenta que aunque la lluvia seguía, la muñeca de Daisuke empezó a escurrir... la sensación era caliente bajo mis dedos, y hasta horrible, no podía pensar en ese momento si era el agua lo que hacía que sintiera bajo mis manos aquel escurrimiento, y entonces me incorporé y parpadeé para dejar caer las lágrimas que fueron seguidas por el agua de la lluvia sobre mi cara una vez más. Reparé la vista en mi mano sosteniendo la muñeca de Dai, y casi volví a gritar ante lo que vi, que por un instante me pareció que era una alucinación mía.
Por entre mis dedos escurría lo que era la sangre nueva saliendo de la muñeca de Daisuke, pero tras observar aquel rojo que se lavaba con el agua de la lluvia, recordé que Daisuke no tenía ninguna herida, incluso en la noche cuando estaba tomando mi mano o hace unos minutos cuando yo lo sostenía. Aquello se trataba de algo aún peor.
Deslicé mi mano fuera de la muñeca y sostuve el brazo frente a mí. Las cortadas de Daisuke estaban echas simétricamente, y se abrían despacio, ahí, frente a mis ojos. Primero se cruzaron dos líneas diagonales, escurriendo la sangre que manchó tanto la piel como la ropa, y luego se dibujó una línea vertical en medio de ellas... la intersección pasaba justo en el centro, y en ese momento, cuando apenas iba en la mitad, dejó de sangrar para dejarme un conjunto de líneas que formaron un símbolo ante mis ojos. Sorprendido, y casi cegado por la razón, aquel era el símbolo del renacimiento...
"Renacimiento... renacimiento..." repetí una y otra vez entre respiros ahora tensos, mientras parpadeaba lágrimas y lluvia al mismo tiempo y tragaba el agua que mojaba mis labios, intentando calmarme y recuperar la razón. "No tengas miedo... aquellos que tengan miedo no podrán ver el verdadero símbolo oculto entre las líneas... las líneas ocultan la muerte y a la vez el renacimiento... aquellos que se liberen de sus miedos, podrán reunirse en..." se me había ido la voz cuando lo descubrí. "Por Dios, Daisuke... Daisuke..." cerré mis ojos, y dejé caer lo que pensé ya era la última lágrima.
Así que dejé aun lado lo demás, intentando recapacitar en lo que era la verdad de las cosas y no sólo la verdad de mi tristeza. Me llevó un tiempo tener el valor de incorporarme y ponerme de pie, sosteniendo a Daisuke como pude, y llevarlo al auto. Temí que no pudiera manejar bien por todas las cosas dentro de mi cabeza, pero apenas y llegué al apartamento, bajé del auto y subí las escaleras casi inconscientemente, buscando con la vista el número de cuarto de Hikari y auxiliándome de la pared para caminar bien.
¿Reencarnación? Tal vez. Me pregunté como ninguno de los demás se pudo haber dado cuenta antes, y por qué el símbolo en la muñeca de Dai había permanecido incompleto para mostrarme lo que tal vez era el verdadero significado de todas estas muertes. Sin embargo, cuando golpeé la puerta del apartamento de Hikari y escuché el ruido de las llaves desde adentro, me olvidé de todo eso, sólo para encontrarme pensando en qué miserable me sentiría cuando Hikari me viera en estas condiciones.
Me abrió la puerta, y al ver que estaba afuera temblando con el frío me jaló rápidamente hacia dentro y cerró la puerta violentamente, sin palabras. Luego me quitó el abrigo y corrió por una toalla, secándome el pelo y tomando mi rostro entre sus manos para verme más claramente. "¡Ken! Dime, ¿qué has estado haciendo? ¿Te encuentras bien? ¿Dónde está Daisuke? ¡Si él sigue enfermo, su condición empeorará, y él no quiere ir al hospital!" todo esto lo dijo demasiado rápido, mientras yo veía su rostro asustado a través de ojos empañados. "¿Qué ha sucedido, Ken?" me preguntó con una voz rota, al borde de ponerse a llorar.
Quise negar con la cabeza para responder todas sus preguntas, ya que apenas me faltaba la voz para hablar, pero me limité a tomar el aliento y tratar de no sollozar, diciendo las cosas tal y como pude y en voz baja. "Daisuke... Daisuke está muerto... se acaba de ir..."
Ella guardó silencio. Sus ojos se llenaron de lágrimas, cubriéndose los labios con una mano por un instante, pero luego mirándome fijamente y sin saber qué hacer o qué decir. Luego me tomó en sus brazos y me abrazó muy cerca de ella, a la vez que yo respiraba y emitía un profundo sollozo. "Yo... yo lo quería muchísimo... y ahora se ha ido, Kari..."
Me acarició el pelo, dejándome hablar y decir todo lo que tenía que decir. Advertí que ella lloraba en silencio, pero me consolaba, como una madre y una hermana al mismo tiempo. Entre todas las cosas que le dije pude decirle que Daisuke la quería, tal y como él me lo había dicho, pero casi no podía hablar más. Me susurró que todo estaría bien, que Daisuke ya no sufriría, que él estaba consciente de lo mucho que ambos lo apreciábamos, y también que él quería que fuéramos fuertes. Callé ante su cuidado y su devoción, y cerré los ojos en la seguridad de sus brazos, y sentí por ambos que teníamos miedo de estar solos, y que sólo así estábamos seguros.
Lentamente, aquella memoria de haber visto el símbolo del renacimiento se fue borrando de mi mente, y sin darme cuenta, nunca se lo comuniqué a Hikari.
Sin embargo, mientras el tiempo pasaba, Hikari y yo dejamos de hablar, tal vez por el dolor, o sino por la desesperanza. Dejamos de hacer lo que hacíamos junto a Sora o a Daisuke, y simplemente pasábamos el día en nuestras habitaciones. En mi mente sólo me inundaba la desolación, los pensamientos de lo injusta que era mi vida, y nada más me hacía cambiar de ánimo. Mi mundo y el de ella era sólo su apartamento, nuestras pocas palabras que nos decíamos, pero de pronto nada de eso pareció sobrevivir más.
Me pasé muchos días encerrado en lo que fue la habitación de Sora cuando estaba enferma, aquel cuarto grande con las ventanas y las cortinas azules y el estante al pie de la cama. Sin quererlo, me hundí en la depresión y me invadió el miedo; o en pocas palabras, me rendí. Pero Hikari no se rendía. Se pasaba el día al lado de la puerta cerrada, esperando tal vez, que aceptara el desayuno, comida o cena, o que abriera la puerta o que la llamara para pedirle algo. Pero llegó el momento en que ya no hablaba ni conmigo mismo, y menos lo hacía con ella entonces.
Había dejado de comer, y de dormir, y hasta de pensar. Tampoco le dije lo del símbolo del renacimiento, tan sólo lo dejé pasar. Tampoco me importaron todos los sueños tan extraños que empecé a tener: me pareció que eran las premoniciones, pero eso ya ni siquiera importaba, pues pensé que mientras yo estuviera allí la única razón por la que podría morir sería de hambre o de tristeza, y eso no sería tan doloroso. Así que dejé de pensar en Hikari, y sólo pensé en lo patético que yo era encerrado en esa habitación, sin ayudarle a sobreponer su miedo.
Las visiones me parecían una versión de mi vida de una manera enferma. Incluso me observé suicidándome sin saber la razón, y ahí se terminaban.
Pero un día, las cosas cambiaron.
El tenue ruido que eran los golpes de Hikari contra mi puerta ya no volvió a resonar, el aire de afuera que soplaba dejó de sonar contra la ventana, y hasta la lluvia que de vez en cuando venía cesó, extinguiéndose toda clase de ruido que no fuera mi respiración, que alguna vez era trabajosa, aunque yo no supiera el por qué. Desde mi cama y con los ojos cerrados, y a veces entre abiertos, en lugar de distinguir los objetos anticuados de la habitación lo único que se hizo perceptible a mi vista fue una vasta oscuridad, impredecible y sin fin. No había nada que me interrumpiera del sueño profundo en el que pasaba los días y las noches, los cuales ya no me parecieron diferentes desde que todo fue oscuro. Simplemente el tiempo pasaba, pero la habitación era fría, y tanta soledad de pronto me hizo ser una presa fácil del suicidio.
Al pasar así mucho tiempo, aunque ni yo mismo me di cuenta de cuánto había transcurrido, pareció que aquella oscuridad de pronto me devolviera el conocimiento, y cuando esto sucedió, ya no dormí más. En lugar de eso me dominó un terrible miedo, tan imponente y aterrador que hizo que buscara algo o alguien alrededor de la vasta oscuridad, y hasta me paré del lecho en el que estaba. Sentí el intenso dolor de los huesos, y comprendí que estaba muy débil por no haber comido en muchos días... o tal vez habían sido semanas enteras, o meses. Mantuve los ojos cerrados, parpadeando, hasta que algo pareció romper la manta de oscuridad y de pronto sentí que me había reencontrado con la realidad que no había tocado desde hace ya mucho tiempo.
La habitación de Sora era virtualmente la misma, pero sin embargo, para mí fue increíblemente diferente de como yo la había visto la última vez que mantuve los ojos abiertos. Las cortinas azul pálido largas, cayendo sobre la ventana, y las sábanas de la cama grande en la que me acostaba eran las mismas, incluso el estante de madera clara al pie de la cama estaba en el mismo lugar, y al lado mío estaba la pequeña lámpara y sobre la misma mesa pequeña una pastilla contra el dolor de cabeza y un vaso de cristal con agua que Hikari me había dado y que sin embargo jamás me la tomé. Y, aunque todo parecía estar bien, no lo estaba. La habitación ya no era acogedora; los vidrios estaban empañados, y sin embargo yo estaba congelándome, como si hubiera niebla afuera, y la misma niebla parecía haber penetrado hasta el apartamento, porque todo era borroso y estaba echo un desastre.
No me recuperé del miedo, pero algo llamó mi atención. Un objeto que no estaba allí ni antes ni después de que yo me había encerrado. Antes de pensar en salir del cuarto, pensé en acercarme al pie de la cama, como si este algo me llamara. Sentí que todo era una mentira, pero me arrastré en el suelo como pude por la falta de energía. Llegué hasta el pie de la cama, frente al gran estante, y el objeto que me había llamado hasta ahí estaba debajo de él. Con una mano pálida y casi esquelética alcancé el metal que parecía brillar entre la niebla, y en un instante lo tuve en mis manos, frente a los ojos, como si jamás hubiera visto algo parecido.
El objeto se trataba de una daga, echa de un metal exquisito pero impuro, tan afilada como un hacha y tentándome a tocarla con un dedo y hacerme sentir algo distinto... algo perturbador.
Sin darme cuenta, mis manos empezaron a temblar deteniendo el objeto, hasta que finalmente me corté al dejarlo caer. La daga era demasiado afilada; con tan sólo un descuido había abierto una línea en la palma de una de mis manos, y ésta ahora empezaba a verter sangre. Lentamente, aquel líquido que llevaba dentro empezó a parecerme cálido, combatiendo el frío que me hacía temblar. Y esto era agradable.
Volví a tomar el objeto y lo examiné. El filo se hundió en la punta de mi dedo, y la sangre se deslizó, tan lentamente que la observé a cada gota, como si jamás hubiera comprendido su significado desde antes. Sentí una gran desesperación por suicidarme. Estaba seguro de que si yo moría ahora, podría olvidarme de todo el sufrimiento de una buena vez, y estaría en paz. Quise matarme en ese instante, ahora que ya no me quedaba nada, que tenía el tiempo, la obsesión de ver más sangre, y el arma...
La vida, es vida, Ken.
Fue una voz en mi mente.
Pensé que estaba alucinando. Pero irremediablemente, aquella voz era tan conocida... que sin prestarle atención coloqué el filo de la daga sobre la palma de mis manos de nuevo, tratando de amenazar a quien quiera que fuera. Creí que tal vez eran alguna ilusión, pero no era así... miles de ecos, y muchas voces, llamándome, suplicándome que hiciera una diferencia, diciéndome que no me diera por vencido, tratándome de convencer que quizás no todo estaba perdido... pero no las escuché, intenté negarlas, vaciarme en mi dolor.
No puedes irte, Ken... No de esta manera.
El filo del cuchillo se hundió en mi mano, haciéndome esta vez que sangrara sin que yo me diera cuenta. Volteaba para todos lados, sin comprender, temblando con el frío y a la vez con el miedo. Sentí que la sangre me quemaba al estar congelándome, desgarrando mi piel y saliendo como una tormenta.
"No..." susurré, al final. "No puedo... no puedo irme así..."
Tienes que sobrevivir... aún tienes algo que hacer... ¿acaso lo has olvidado?
Me quedé pensando, sin saber qué decir. Aún sostenía el cuchillo. Las voces parecían amenazadoras, e incluso rudas, tratándome de convencer que no podría suicidarme porque aún tenía algo que hacer... sin embargo, yo no recordaba nada en aquel momento, y aquello me parecía una mentira. Dejé de apretar el cuchillo tan fuertemente, aunque una parte de mi mente me dijera que tenía que matarme y las voces me dijeran que no, todo se hizo un amasijo de contradicciones, sin rumbo y sin predicción.
"Déjenme solo..." susurré con una voz tan rota que casi no pude hablar.
Alto, Ken. Deténte ahora.
"Déjenme... solo..." volvía a repetir, una y otra vez, tratando de hablar claramente, pero sin poder contener un débil respiro.
Por favor, Ken, deténte ahora. Ya sabes qué es lo que tienes que hacer. Sabes que tienes que aceptarlo.
"¿Qué?" el cuchillo volvió a hundirse, haciendo que otro torrente de sangre manchara el piso y mis propias manos, haciéndome casi llorar y sacudir la cabeza en negación, aguantándome el dolor. "¿Qué es lo que tengo que entender? ¿No lo he dicho antes? ¿Nadie ha comprendido que ya he tenido suficiente?"
Tienes que aceptar la muerte, Ken. Tratarla como a tu propia hija... dejar de contradecirla... si no lo haces, morirás..
Sonreí irónicamente por un momento. "Yo... quiero morir".
Mi cuerpo tembló violentamente entonces, como si algo me sacudiera. En lugar de eso, el cuchillo casi se encaja en mis manos de nuevo. "Déjame morir... ahora..." continué murmurando, para mí mismo o para las voces por igual.
¡La verdad, Ken! ¡La verdad! Tienes que aceptarla...
"Yo... no sé... cuál es la verdad..."
Las voces quedaron en silencio súbitamente. Me sorprendió el gran silencio que reinó cuando me habían dejado tiempo para reflexionar. Miré hacia abajo, y ahí estaba, mi sangre en el piso... sangre que yo mismo había vertido y heridas que me había hecho para comprobar el exquisito dolor que podría ser la muerte... pero, dejé caer el cuchillo y quise cubrirme la cara en la vergüenza, tan sólo para implorar con una voz débil, "¡Dime! Dime de qué se trata todo esto..."
Quédate con ella, Ken... y quédate con nosotros. Si crees que todo estará bien, entonces sobrevivirás... hazlo por nosotros... no te mueras...
"¿Por qué?" susurré, alzando la vista al techo y la visión haciéndose tan triste y borrosa. "¿Por qué tengo que hacerlo?"
Si tu logras irte en paz, podrás darle la fuerza a Hikari para que nos libere... renacimiento, Ken, el renacimiento... nuestra vida tiene aún un camino, y no es el de la muerte.
Lo comprendí todo en el último momento. Yo mismo me había encerrado en esta habitación y había creado toda esta oscuridad para viajar a un lugar alejado de mi propia mente, y sin embargo, todos ellos estaban ahí. Era cierto que nuestras almas se habían convertido en una, por que podían escucharme, y yo a ellos. Si yo no me daba por vencido, podría ir con ellos y comunicarle el mensaje del renacimiento a Hikari aunque ya esté muerto, porque nuestras almas estarían con ella. Era todo tan sencillo, pero tan complicado a la vez...
No llores, Ken. No llores.
Sé fuerte y no te desanimes. Recuerda que, después de todo, estamos contigo.
Sonreí débilmente, echándome hacia atrás y recargándome al pie de la cama, con la daga en el suelo y mis manos sangrando, pero el dolor era algo que yo ya no podía sentir. Y estaba tan cansado...
"Supongo que, realmente lo entiendo todo ahora..."
Todo esto había acabado, lo sentí cuando ya no tenía más frío y la sangre había parado de escurrir, y hasta tal vez, correr por mis venas. Ya no sentí nada. Un débil respiro me dijo "Gracias..." antes de que las voces callaran para siempre, y supe que Daisuke era quien estaba conmigo. Traté de no reflexionar las cosas por mucho tiempo; y de no preocuparme mucho. Nuestro destino había sido sólo un destino, y aunque la muerte nos había llegado, había sido tan sólo una prueba. Al final podríamos reunirnos, todo hacia falta en el renacimiento y en que no nos rindiéramos, en que nos siguiéramos escuchando aún muertos.
La niebla se dispersó y el cuarto fue el mismo, pero sentí desviarme al sueño por un instante, y por primera vez en mucho tiempo pude dormir agradablemente.
Cuando desperté, seguía sentado en el mismo lugar, pero la daga había desaparecido y la sangre también. En lugar de todo eso se encontraba, la niña de la luz, Hikari, durmiendo a mi lado. Parecía como si soñara con la utopía perfecta, porque su rostro era quieto y resplandeciente, y dormía sin ninguna interrupción, tan sólo así. Tuve fe en Hikari, y la aprecié como nunca antes la había querido. Sin decir nada, y sin despertarla, la escuché murmurar para sí, pero me sentí muy débil para entender lo que decía.
Respiré el aire y suspiré. Sabía que todo había terminado para mí. Comencé a rezar, o a murmurarme a mí mismo, que todo estaría bien, y no hacia falta agregar gestos o palabras para que Hikari entendiera qué es lo que debía hacer. Sabía que ella sería lo suficientemente fuerte como para quedarse sola. Después de todo, en ella reside la Luz.
Por ahora, a Hikari le falta hacer la última jugada. Y a mí... me falta cerrar los ojos.
+¿Continuará?+
(Argh!!! Este capitulo fue exhausto =o Que les pareció? No se olviden de mandar sus opiniones, porque el siguiente capitulo es el final! Quisiera que todos me dijeran si le gustó el fic, y si tienen preguntas están en todo su derecho de mandarlas... solo asegúrense de que sea por email para poder contestarlas. Bueno, aquí los dejo porque estoy muy cansada... por favor , reviews!! Son importantes en esta parte de la historia. Nos vemos!)
