¡Y! No me he olvidado de este hermoso Fandom, la verdad es que he estado entre Uni, otros proyectos, etc, etc, y no había podido actualizar pero en fin, muchísimas gracias a sus lecturas c:
Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen
Advertencia: What If, ligero Ooc.
Raiting: T
Eres bienvenido a disfrutar de la lectura, si te gustó no dudes dejar tu comentario, eso me ayudaría mucho.
Abaddon Dewitt
Boda
Cuando una mujer piensa en el día de su boda, le llegan a la mente el ajuar, el vestido, el pastel, los múltiples decorados de un bonito salón de fiestas y sus amigas rodeándola, deseándole lo mejor. Eso es cuando se trata de una mujer normal, y no de un rey, el concepto de la palabra distaba demasiado del esperado, sobre todo porque su pierna estaba sangrando, el sudor le perlaba la frente y el pecho le escocia horrores, su vestido estaba hecho gironés y el si acepto se basaba en negativas que eran respondidas con el atroz golpe de un arma punzo cortante.
El regalo entonces llego en Kiritsugu pidiéndole destruir el grial, la ceremonia estaba completa, y la novia debía partir el pastel, la alegre sonrisa y los aplausos de los invitados llegarían…
Con el sonido de las cadenas deteniéndola y Excalibur saliendo disparada de sus manos a varios metros lejos, la despabilo, el grito de guerra que clamaba traición se ahogo, porque se encontró con los penetrantes orbes rubí de Gilgamesh, enfurecido y desenfundado a Ea, mientras Kiritsugu expresaba miedo, ella no solía odiar, ni disfrutar con el sufrimiento de otros, pero ahora, justo en ese momento en el que el hombre que se suponía era su master la traicionó, verlo indefenso frente al rey de los héroes, fue un sabor nuevo, agridulce, un poco amargo, pero deleitante, su rostro se relajo, porque Gilgamesh lanzó a Ea con toda potencia, igual que una lanza de justicia.
El sonido de la carne desgarrándose era lo que quedaba, el silencio impero, Arturia trago saliva cansada y resignada, ahora solo eran ella y él, sabía que pronto se desvanecería, sin un master el cual le diera soporte. Pero el Grial estaba a salvo, aun que esas cadenas la sostuvieran con saña marcándole la piel, mientras Gilgamesh volvía a su rostro neutro, altivo y déspota.
—Ya no hay nadie que detenga esta boda ¿Verdad?
La sonrisa torcida era menos dolorosa que saberse sola, indefensa. Su orgullo se consumió lentamente pero entonces Gilgamesh le ofreció el Grial, y ella no respondió.
—… ¿Qué pretendes Archer?, —gruño con lo que le quedaba de ego.
—Es mi regalo de bodas.
Una respuesta bufona, con tono amargo, delineando cada palabra como si saboreara su sufrimiento, Arturia se negó, pero ahí lo tenía, al alcance de sus manos, y cuando lo toco, cuando sus dedos rozaron el precioso metal dorado y brillante, las imágenes que la golpearon le causaron un terror tan intenso, que el temblor abarco todo su cuerpo, casi como una epilepsia. Sus huesos se helaron, su sangre dejo de correr por su torrente, sus labios tremolaron cuando sus dientes castañeaban horrorizados. Ese, su milagro del grial, el deseo que con anhelo resguardaba en su corazón, no era más que una mentira, un sueño vago que le mostraba que a cambio de salvar Gran Bretaña, el precio era mayor, la destrucción, el caos, la muerte que cobraría vidas al por mayor, todo por su capricho.
—Aléjalo, —suplicó—. ¡Aléjalo de mí, no lo quiero!
Gilgamesh arqueo las cejas. Al fin lo había comprendido, al fin Arturia llegó a ese sin sabor que le traería el obtener tan aberrante objeto.
—Entonces dime Saber ¿Aceptaras mi propuesta? ¿Serás mi esposa?
¿Qué objetivo había ya?, la esperanza se le escapo por los poros, la fe se desvaneció dejando solo un cascaron roto, Saber estaba rota y Archer contemplaba su destrucción.
—Hay que destruirlo, hay que destruir esa cosa, —cantó desesperada, mientras el rey suspiraba decepcionado, tal vez.
El llanto igual al de un niño que lo perdió todo, Gilgamesh materializo a Ea en su diestra y con el otro brazo sostuvo a Saber de la cintura, ciñéndola de manera protectora, reclamándola finalmente como suya, ella no opuso resistencia, la copa ceremoniosa rugió.
—Después de esto Arturia, tú me pertenecerás.
Enuma Elish arrazo con el grial, Saber cerro los ojos mientras el lodo negro sobre sus cabezas los bañaba a ambos, un bautizo corrupto, el ardor de su carne fue amainado tal vez, por los brazos poderosos del rey que no la soltó ni si quiera cuando el dolor solo se volvía la nada. Lancelot tenía razón, Iskander tenía razón, y Archer muy a su pesar tenía razón.
Cuando despertó desnuda en el medio de la nada, observo las consecuencias, la ciudad perecía, el aroma a sangre hirviendo, a escombros calcinados, a hierro fundido, su deseo otra vez había traído desgracias. Pero su mente solo vago en el caldo de memorias que la atormentaba. Expuesta como Eva, caminó con los pies descalzos sintiendo el añejo calor del Apocalipsis que ella había creado.
—Archer, —sus esmeraldas lo encontraron sentado sobre una roca mientras observaba el firmamento.
Desnudo, impoluto, como un dios piadoso que extendía sus brazos para sostener la cruz de sus pecados, Arturia caminó para entregarse.
—Gilgamesh, llámame Gilgamesh.
Ella asintió resignada, contemplando el panorama, el rojo del cielo, el gris del humo que devoraba lo poco que le quedaba de cordura, hasta que los brazos calidos de su salvador, de su rey, la envolvían protectores. Ella se dejo hacer, la leona terminó siendo domada.
—Tengo miedo, —el susurró se desvaneció en el viento.
—Tranquila, estoy aquí, siempre estaré aquí.
Gilgamesh la comprendía, porque él también alguna vez experimento la soledad, se lo había dicho, el peso de la monarquía sobre sus hombros era demasiado, admiraba la manera en que continuaba alzando la cabeza aun que el peso casi la decapitara, admiraba el resplandor dorado en su agonía, y así, totalmente estrellada, con pedazos de su alma cayendo al suelo, era más hermosa.
Los labios de Gilgamesh eran de un sabor amargo pero a la vez adictivo, tenía razón, el hombre que una vez lo tuvo todo, sabía amainar la vergüenza de su corazón y el desconsuelo de su alma destazada. Su cuerpo temblaba con placer y terror, sus ojos se cerraron engañándose, y cuando los abrió, se encontraba en el edén, o probablemente ya estaba loca.
El vestido blanco en su cuerpo, las campanas de la iglesia, la algarabía de la gente, Arturia Pendragon dejó de ser el rey, y se volvió una reina. Su boda había marcado el comienzo, y quizá marcaría el final.
