Bueno, por hoy creo que está bien, ¿no? Me he portado bien porque estos capítulos me parecían super aburridos XD pero a partir del próximo, incluyéndolo en el bote, empiezan a ser más interesantes. Ya me entendéis. Y sabéis lo que significa.
Capítulo 11
A las diez de la mañana Cora descendió la magnífica escalinata con una fuerte migraña, que atribuía con un poco de margen de duda a la inyección de botox que se había empeñado en ponerse el día anterior para combatir la última arruga aparecida en su frente. Al levantarse y echar un vistazo a las profundidades del elegante espejo del dormitorio, había constatado con extrema frustración que la arruga seguía siendo visible. Se sentía nerviosa y cansada y entró arrastrando los pies en el comedor, donde vio de refilón a sus hijas Regina y Zelena desayunando, antes de que su mirada captara el milagro de un café humeante y un cigarrillo preparado en la mesa contigua a su butaca. Cuando se sentó y se dio cuenta de que en realidad ni la cafeína ni el humo estaban a punto para su inmediata inhalación, emitió un aullido de protesta dirigido a la desventurada criada que estaba de pie detrás de ella. Al cabo de un segundo apareció el café y fue colocado el cigarrillo recién encendido entre sus dedos cargados de anillos. Cora aspiró largamente, y el humo denso y cargado de alquitrán le produjo la misma satisfacción que el oxígeno al buceador. Solo entonces, cuando la nube de humo que rodeaba su cabeza empezó a disiparse y el sabor de la cafeína le llegó a los labios, Cora alzó la cara y vio que Henry y Gold también estaban sentados a la mesa. Y lo más alarmante era que había otro hombre con ellos, y, cuando su cerebro empezó lentamente a volver a la conciencia y asimiló la novedad, Cora lamentó haber lanzado aquel grito gutural a la criada y haber accedido al comedor con aquel paso derrotado. Cuando tenían invitados procuraba hacer siempre una entrada teatral. Cora esbozó una sonrisa seductora para mitigar el impacto de su descuidada aparición, pero solo reconoció a August, el hermano de Gold, cuando este se lo presentó formalmente. Hacía años que no lo veía, y así se lo dijo.
- Estoy viviendo en Nueva York, tía – le explicó August.
- Ah, como Belle – contestó Cora -. ¿No la ves nunca, allá?
- Es una ciudad muy grande. Toda la población de Jordania se perdería en Manhattan.
- Hace poco que mi hermano se ha instalado en Nueva York, tía – intervino rápidamente Gold, sonriendo con cierta incomodidad.
Pero su suegra tenía razón: en los dos meses que llevaba viviendo en Nueva York, August debería haber hecho algún intento de ver a Belle. No le había dado importancia cuando su hermano se había trasladado allí, pero era una falta de consideración hacia su familia política que su hermano no hubiera buscado a la hija menor de Henry en la ciudad en la que vivían ambos, pensó Gold mientras alineaba los cubiertos. De hecho, si August y Belle llegaban a tratarse, quizá incluso…
- ¿Ya conoces a Belle? – preguntó Cora -. Es muy guapa. Y cocina muy bien.
Gold sonrió. A veces tenía la impresión de que Cora y él pensaban al unísono. Era muy práctico tener esa afinidad, esa feliz armonía, con los parientes políticos.
August se removió en el asiento y sonrió cortésmente. – Es demasiado guapa para mí, tía.
Era una respuesta muy extraña, pensó Cora. ¿Cómo podía una mujer, y sobre todo Belle, ser demasiado guapa para un hombre? ¿Qué había querido decir ese chico? ¿Era una forma de mostrarse sofisticado? Quizá era una réplica que en Estados Unidos se consideraba irónica. Observó a August, que estaba tomando un sorbo del té de menta. Era apuesto, aunque quizá menos acicalado que Gold; llevaba el pelo algo más corto y su ropa era menos vistosa, más oscura, más neuyorquina. Lo cual no era necesariamente malo, ya que Belle siempre se vestía como para ir a un funeral. Dos de sus hijas, casadas con dos hermanos… En los últimos años, Cora había estado tan preocupada por casar a Regina, que se había olvidado de actuar en pro de su hija menor. August era un buen partido, aunque, según recordó rápidamente Cora, más aún lo era Belle para la familia de él, que no estaba en el mismo nivel económico y social que Henry y ella. Pero claro, había pocas personas que estuvieran a su altura. Además, ya no tendría que preocuparse por su hija menor, tan sensible y nerviosa. Un pequeño chasquido dentro de su cabeza le presentó la imagen mental de Zelena con Gold, Regina con Robin y de Belle con August. La visualización de una escena tan satisfactoria coincidió con la gratificante pulsación de la nicotina que por fin corría por sus venas, ya que estaba encendiendo el segundo cigarrillo. Fue un momento de especial plenitud, pero Cora no podía perder tiempo disfrutándolo. Tenía que arreglar muchas cosas.
Con una voz profunda y preocupada, Gold estaba exponiendo una vez más su propuesta para solucionar la crisis entre Palestina e Israel. Regina se había dado cuenta de que Gold se había sentido impelido a hablar de política desde el momento en que Robin se había presentado a desayunar con ellos.
Regina se recostó contra el respaldo de terciopelo rojo de la silla y jugueteó con la comida del plato, un blanco montoncito de yogur libanés, rodajas de pepino, aceitunas verdes y tomillo. Era su desayuno favorito, pero aquella mañana apenas tenía ánimos para probarlo.
Mientras continuaba la conversación, Regina cerró los ojos yun momento y sintió la suavidad de la penumbra. La dulzura de la sensación le resultó casi embriagadora. DE repente habían desaparecido la habitación abarrotada de muebles, el rostro cortés y displicente de Zelena, la mirada insistente de Gold y los dedos de su padre martilleando sobre el mantel. Regina se sintió en paz por el mero hecho de estar allí sentada, con los ojos cerrados. Sintió que el sueño la invadía, la acariciaba con su promesa de descanso y renovación. Estaba agotada; se sentía exhausta desde que el repentino viaje de su madre a Londres había desembocado en un interminable recorrido por tiendas de ropa, restaurantes y comercios de muebles, dentro de los preparativos para la boda. El hecho de verse obligada a pensar en todos los nimios y absurdos detalles de la ceremonia nupcial había actuado como un sedante que nublaba sus verdaderos sentimientos, y en ese momento Regina lo había agradecido, porque le permitía escapar de la obsesión que le inspiraba la separación de Emma.
- ¿Te encuentras mal?
La voz dulce y amable de Robin sonó agradablemente junto a sus oídos y Regina abrió los ojos y sonrió a su novio. Negó con la cabeza y le oprimió un momento la mano. El roce le resultó reconfortante, le aportó seguridad y confirmó el cariño que sentía por él. Era Robin, su futuro en común, el motivo de que Regina no hubiera intentado perseguir a Emma por teléfono o por carta, y en los momentos en que había sentido flaquear su resolución, la vorágine de los preparativos de boda había bastado para garantizar que la comunicación entre las dos quedara clausurada para siempre. Ahogó un suspiro y miró a Robin, que volvía a estar atento a la conversación.
- Los palestinos no tienen otras armas – estaba diciendo Gold -. Si solo podemos contar con nosotros mismos, con los comandos suicidas, entonces es parte de nuestro armamento de guerra.
A Regina, tener que abrir los ojos y los oídos para escuchar la vieja cantinela de las opiniones de Gold, que siempre reflejaban las de la mayoría (él nunca se habría atrevido a pensar por su cuenta, y menos aún a defender un pensamiento original, aunque por puro milagro se le hubiera ocurrido) le pareció demasiado duro en ese momento. Tenía la sensibilidad a flor de piel, como si su cabeza fuera un espacio lleno de heridas abiertas; sus sentidos se ofendían con la fealdad que había a su alrededor, y en ese momento le parecía que todo lo que llegaba a su vista y a sus oídos era antiestético.
- Es una barbaridad – dijo, mirando con enojo a su cuñado -. Esta idea del martirio, de que el paraíso te espera si te llevas por delante a personas inocentes, es obscena. Es todo un lavado de cerebro, aunque nadie se atreve a reconocerlo. – Estaba alzando la voz, pero era incapaz de controlarse.
- No matan a inocentes – intervino Cora, eligiendo entre la confusa maraña de los supuestos argumentos de su hija el único aspecto que podía comentar -. Matan israelíes.
- Matan niños – declaró rotundamente Robin.
El lado de la boca de Cora en el que no asomaba un cigarrillo se torció al escuchar esta insolencia, pero antes de que pudiera responder, Gold intervino en su defensa.
- A niños que de mayores serán soldados israelíes – contestó Gold, mientras limpiaba con el dorso de la mano una pequeña gota de agua que el vaso de su mujer había dejado en el tablero de cristal de la mesa -. Con todos los respetos – continuó, alineando todos los cubiertos que tenía a su alcance – ni tú ni yo hemos padecido lo que nuestros compatriotas palestinos. Ni tú ni yo hemos visto cómo la casucha donde tuvimos que refugiarnos cuando las armas israelíes nos expulsaron de nuestra tierra era demolida porque querían darle un escarmiento a otra persona del pueblo. Ni tú ni yo hemos tenido a un niño agonizando en nuestros brazos porque los israelíes habían respondido a las piedras con las balas. Ni tú ni yo hemos visto cómo nuestros hijos lloraban de hambre porque se había agotado la leche durante el bloqueo.
Era un discurso de retórica impactante pero Regina apostaría a que Gold jamás había pisado las inmediaciones de ningún campamento de refugiados con sus elegantes zapatos.
- Si no recuerdo mal, estabas ocupado la última vez que fuimos a un campamento para entrevistar a posibles proveedores – le recordó.
- Ese día estaba manteniendo en funcionamiento la oficina de tu padre – explicó pacientemente Gold -, y Zelena y yo fuimos el mes pasado a la cena de beneficencia en favor de los refugiados.
- Donde los refugiados lavaban los platos – murmuró entre dientes August, pero con suficiente proyección como para que Regina lo oyera. Regina captó su mirada y le dedicó una sonrisa fugaz.
- Nadie esté justificando las acciones de Israel – intervino con calma Robin.
Gold recostó su espalda en el respaldo de la silla y lanzó una sonrisa a Henry; Regina observó con irritación que era una sonrisa de camaradería, una sonrisa de condescendencia hacia la opinión que Robin acababa de plantear con sinceridad y que ellos se disponían a escuchar con paternalista paciencia, mientras esperaban al día en que Robin madurase y alcanzara su nivel de comprensión.
- Sin embargo, si justificamos ciegamente todo lo que hacemos nosotros – siguió Robin -, si no nos aplicamos la crítica a nosotros mismos, nunca avanzaremos. Tenemos que ver la cuestión de Israel con pragmatismo.
- Lo que tú llamas pragmatismo, para mí es derrotismo – lo interrumpió Gold e hizo un gesto serio a Cora.
- Entonces es que no me estás escuchando bien – repuso Robin -. ¿Sabes que de pequeño quería ser violinista?
- ¿Ah, sí? – preguntó Regina. Le vino a la cabeza la imagen de un niño pequeño y serio, vestido con esmoquin y sosteniendo en las manos un instrumento de madera; una imagen de esperanza.
Robin asintió.
- Pero aquí, y especialmente entonces, era impensable algo tan artístico, tan poco práctico, sobre todo en un niño. Si tu padre tenía un negocio y tú querías ser artista, escritor o cantante, tenías que aguantarte y sumarte al negocio. Vivimos en un mundo donde se valora lo práctico. Y sin embargo, en la política, donde los palestinos apenas tienen con qué negociar, nadie quiere ser pragmático.
- ¡Porque tenemos nuestro honor! – exclamó Gold, orgulloso -. Llevas demasiado tiempo dedicándote a la política, Robin. Respeto tu opinión, pero yo tengo que apuntar alto, porque si no, ¿cómo se harían realidad nuestros sueños?
Terminó su ampulosa declaración con un gesto dedicado a sus suegros. Henry carraspeó y se preaparó para intervenir por primera vez durante esa mañana.
- Robin tiene razón – declaró -. Tenemos que dejar la emoción del lado y ver el asunto como una cuestión de negocios.
Gold asintió respetuosamente a su suegro, cambiando de chaqueta con tal naturalidad que nadie notó que lo hacía.
- Planteado así empieza a estar más claro.
Henry apartó la vista, complacido pero a la vez un poco incómodo ante la mirada de admiración de su yerno. Cuando alzó otra vez los ojos, Gold le estaba tendiendo la mano a Robin. Pensó que eran dos buenos chicos, y que sus hijas tenían suerte de estar con ellos.
Mientras encendía las luces porque la penumbra del atardecer empezaba a apoderarse de la habitación, Belle pensó que no había oído bien.
- ¿Qué? – preguntó, mirando consternada a Zelena - ¿Has dicho August?
A pesar de que llevaba el vestido de seda recién planchado, Regina se tumbó sobre la cama de Belle y sonrió con sorna. Belle la miró exasperada. Estaba bien que Regina se relajara y disfrutara de la frivolidad del momento, pero iban a servir la cena dentro de diz minutos, debía de haber por lo menos treinta personas tomando cócteles en el salón, y ella no encontraba nada qué ponerse mientras Zelena no paraba de hacer sugerencias absurdas.
- Le caes muy bien, ¿sabes?
- Sí, bueno, parece simpático – contestó Belle.
Se quitó el vestido que acababa de probarse y rebuscó entre las demás prendas del vestidor. Zelena la miró, intentando controlar la crispación de sus manos.
- Entonces, ¿por qué te parece tan extraño? Es simpático, guapo, bien educado… - Calló un momento, escuchando el molesto entrechocar de las perchas de madera -. Y viste de negro: haríais juego – añadió, contemplando con disgusto el guardarropa de Belle.
Su hermana se giró en redondo y le lanzó una mirada irónica. – Es gay.
Zelena se sentó. El contenido del anuncio no era exactamente una sorpresa, pero sí el hecho de expresarlo en voz alta. Regina se incorporó con desgana, porque la dulce suavidad de la almohada le aliviaba infinitamente la presión que notaba en las sienes. A su lado, Belle miró risueña a Zelena.
- No lo es – fue la desesperada contestación de Zelena.
- ¡Y el Papa no es católico! – se buró Belle.
Regina no pudo evitar reír.
- Ser gay no es un crimen, Zelena – dijo -. Lo único que ha hecho Zelena es constatar un hecho.
- No es un hecho. – Zelena estaba empezando a elevar la voz, convencida de que sus hermanas querían atraer la ira de Gold sobre ella.
- ¡Por favor! – exclamó Regina, aún riendo -. Todo el mundo sabe que es gay, aunque no se atrevan a reconocerlo delante de ti – añadió con retintín.
Desde el vestidor, donde estaba desenredando un vestido negro de la percha, les llegó la voz apagada de Belle.
- Una vez me lo encontré con su novio en el Village.
Zelena puso unos ojos como platos.
- ¿Te lo presentó así?
- Claro que no, pero era más que obvio.
- No es obvio. – Zelena había empezado a andar arriba y debajo de la moqueta, como si su desesperado taconeo pudiera borrar la realidad de la sexualidad de su cuñado -. Y si lo es, será una fase. No se lo contéis a nadie. Comprometeríais sus posibilidades de casarse. Gold está intentando convencer a August de que vuelva a instalarse en Amán. Podría tener un buen efecto sobre él.
- Perfecto – intervino Belle -. Y entonces, claro, podré casarme con él. Aún no he trabajado para suficientes causas. Quizá ahora debería dedicarme a rehabilitar gays.
- ¡Por dios, Zelena! – intervino Regina con calma -. ¿Tanto miedo te da tu marido que estás dispuesta a sacrificar la felicidad de tu hermana para unirla a tu cuñado gay?
- Es una fase – balbuceó Zelena.
- La homosexualidad no es una fase – dijo Regina -. ¿De verdad piensas que August puede cambiar de un día para otro?
Zelena parpadeó y bajó los ojos a la moqueta, pero cuando volvió a alzar la cara lanzó una mirada de rabia y recelo que a Regina le afectó como un puñetazo en el estómago.
- Supongo que tú sabrás más que nadie de eso… - masculló Zelena, antes de dar media vuelta y salir dando un portazo.
Belle se volvió hacia su hermana con el ceño fruncido, disgustada con el comportamiento de Zelena, y luego irguió la espalda y extendió los brazos, preguntando sin palabras si el vestido que llevaba puesto era el adecuado. Regina expresó su conformidad con un gesto de la cabeza aunque apenas se había fijado en la prenda.
- Anda, bajemos – propuso.
Tenía una urgente necesidad de moverse; notaba los nervios a flor de piel y necesitaba actividad. El disgusto y la decepción que le había causado el comportamiento de Zelena también podrían dirigirse contra sí misma, por engañar a Robin cuando había sentido aquella pasión por Emma. Tragó saliva, en un vano intento de aliviar la sequedad de su garganta, y aunque la cabeza le daba vueltas intentó concentrarse en Belle, que había empezado a maquillarse. Vio cómo su hermana escogía un pintalabios, y a continuación la habitación empezó a girar a su alrededor y el mundo desapareció de su vista.
Yo he sido buena. Os toca.
