Caminaba por la calle principal, llegando hasta Granny's, cuando vio por la ventana a Regina leyendo el libro que creía en las manos de Henry.
No entendía cuál era el drama con el libro. Sabía que lo odiaba porque hacía que Henry crea que Regina era una villana, pero no llegaba a comprender por qué la morena se veía tan... afligida cada vez que estaba a punto de hojearlo. Porque Emma sabía que Regina intentó leerlo, pero lo dejó una y otra vez hasta que lo devolvió sin darle una mirada.
Y ahora, allí estaba ella, leyendo la historia que Henry admiraba, con una expresión dolida. Entonces decidió que debía ir a su lado, ayudarla, hablar, intentar que al fin suelte palabra sobre qué tenía de especial ese libro.
Iba a entrar, y fue ahí cuando la vio sostenerse del mostrador e intentar mantener su respiración, acción que no duró mucho, ya que Emma tuvo que correr a atraparla cuando colapsó, tirando el libro y su taza de café.
La clientela rodeó a la delegada, quién sostenía a la alcaldesa en sus brazos, y observaba la escena, cuchicheando entre ellos. La rubia buscaba el pulso, débil, mientras Ruby llamaba una ambulancia. Regina no se despertaba.
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Parpadeó una, dos, tres veces y unas cuantas más, volviendo a la consciencia con lentitud. Todo estaba muy blanco, demasiado. Intentó sentarse para estar más cómoda y miró a su alrededor. Una habitación de hospital... ¿Por qué no acabaron con mi sufrimiento de una vez? Pensó con ironía. Veía a una enfermera pasar por el pasillo, a través de la puerta. Giró la cabeza al otro lado, y allí, estaba Emma.
«Hey» saludó la rubia.
«Hey» imitó frunciendo el ceño.
Antes de que sus reflejos, bajos por su siesta, respondan, sintió un golpe suave en su cabeza.
«¡Au!» se quejó.
«Eso es por dejar de comer otra vez» dijo Emma. «Y estás bien» se defendió.
La morena se limitó a poner los ojos en blanco. ¿Desde cuándo dejaba que cualquiera la trate así? Especialmente Emma. Antes, hubiera desgarrado la garganta del descarado y colgado su cabeza en una pica. O simplemente tomado su corazón. Cualquiera que fuera, pero esa actitud, irrespeto, conllevaba un castigo. Pero Emma... Ella salía de rositas. Te estás volviendo blanda, Regina.
«¿Por qué dejaste de comer otra vez? Tuvieron que ponerte ese suero» dijo, señalando la intravenosa, sin ser capaz de recordar el nombre de la sustancia.
«No sé» respondió Regina, encogiéndose de hombros. «Me olvidé y no noté que tenía hambre. No es tan grave».
«Regina...» empezó con un tono de advertencia. «¡No te sentía el pulso!».
Las cejas de Regina se dispararon hacia arriba. «Wow».
«¿Wow? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?» la cuestionó Emma con una mirada demandante.
Regina se enderezó, dando su postura más regia. Se estaba sintiendo tan débil... Ella no era débil, y no debía permitir que otros vieran su debilidad. Emma ya vio demasiada para su gusto, no permitiría que eso suceda de nuevo.
Era como si, repentinamente, se acordara que Emma era la Salvadora, su enemiga, el símbolo de todo lo puro y bueno. Y ella, la Reina Malvada, una horrible villana, que debía destruir a lo bueno, ya que no era merecedora de ello.
«¿Qué quieres que diga? ¿"Lo siento, Emma. No volverá a pasar"?» se puso a la defensiva. «Disculpa que recién te llegue el notificado, pero yo, y sólo yo soy la tiene palabra en mis decisiones y acciones. Soy una mujer adulta, las cosas pasan. No tienes derecho a regañarme como a una niña caprichosa».
Emma quedó atónita ante sus palabras, y por su expresión herida la morena sabía que logró su cometido. Había empujado la balanza a su favor y cerrado el pico de la heroína. Tenía su pequeña victoria. ¿Entonces por qué se sentía tan mal al verla dolida?
«Tienes razón» murmuró finalmente Emma, con una voz débil. «Pero eso no quiere decir que no pueda preocuparme por ti. Eres mi amiga».
Ahora era la alcaldesa la que la miraba boquiabierta. «¿Creíste que éramos amigas?» preguntó tímida.
Todo este tiempo, se la pasó pensando que se llevaban bien, pero era solo por Henry. Nada más que por Henry.
«Es un poco loco, ¿verdad? Después de todo, querías matarme. Pero sí, Regina, somos amigas»
Y ahí estaba de nuevo, esa maldita mirada, capaz de derretir su corazón. ¿Qué diablos le pasaba con Emma Swan? Sentía la urgencia de revisar su heterosexualidad, porque esa mujer no podía tener el efecto que los hombres usualmente tenían en ella.
«Ok, entonces... ¿Qué hora es?» dijo desviando la mirada verde. «Tengo antojo de una havannet».
Y eso causó una risa franca en la rubia.
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«¿Regina?» escuchó la voz masculina llamándola desde el pasillo. Entonces el rostro del hombre apareció en la puerta. «¡Regina! ¿Cómo estás?».
«Dejando de lado la palidez y la aguja en su brazo, todo parece estar bien» dijo Emma con un toque de sarcasmo.
«Emma... Ya te dije que no es así como funciona. No tengo una aguja, es-».
«Ajá, sí, como digas» la rubia hizo un gesto con la muñeca para restarle importancia, ganando unos ojos en blanco por parte de la morena.
«Emma... Estás aquí» dijo Robin, con falsa cordialidad.
«Bueno, eso parece».
«Pues ya estoy aquí, así que puedes irte».
«En realidad, preferiría quedarme».
La tensión entre los dos era casi palpable. Regina intentaba encontrar una forma de evitar la probable explosión en la habitación.
«Pero su novio ya está aquí para cuidarla, no necesita de la mujer que dió a su hijo en adopción».
«Su novio debía cuidarla antes de que esto pasara. Además, estoy aquí como una amiga. Regina puede tener amigas, ¿sabes?» dijo apretando la mandíbula, achicando los ojos de la irritación.
«Por supuesto, pero-».
«¡Ok, ya paren!» los cortó Regina. «Emma, ¿podrías traerme un café?».
«Pero-».
«Emma» la morena ladeó la cabeza con un gesto de advertencia.
«De acuerdo» refunfuñó mientras salía, no sin antes lanzar una mirada asesina a Robin.
