12

Habían pasado dos semanas desde aquel encuentro en el consultorio de Carlisle, ahora, Bella regresaba para su revisión de rutina. Sólo faltaban dos días para que el feto tendría cuatro meses y Carlisle tenía la ligera sospecha de que ya se podía saber el sexo del bebé, si tenía suerte y el feto se dejaba ver hoy mismo podría descubrirlo.

–¿Cómo te has sentido? –preguntó el doctor mientras tocaba levemente el vientre de Bella poniéndole el gel para realizar el ultrasonido.

–Bien –dijo evitando mirar la pantalla; no quería ver el momento en el que las imágenes de su matriz se divisaran en ella. Era la segunda o quizá tercera vez que hacían el ultrasonido y ninguna de las anteriores se dignó a mirarlas.

–Ha crecido… –comentó entusiasmado–. Sabes que es posible que podamos saber si es niño o niña –le recordó.

–¿E–en serio? – Bella miró perpleja a Carlisle; no se acordaba.

–Sí –dijo con una gran sonrisa–, si se mueve un poco se podría saber –sonrió.

Bella regresó su vista a la pared frente a ella, dudando, pensando, deseando… En la pantalla se podía divisar varias manchas negras y blancas, moviéndose continuamente sin poder discernirse completamente.

–¿Qué te gustaría que fuera? –preguntó Carlisle tomando desprevenida a Bella.

Ella lo meditó un poco y es que no se había puesto a pensar en eso. Pasaron un par de segundos que parecieron horas, abrió su boca para tragar aire y contestar a la pregunta de Carlisle.

–Niño –habló segura.

–¿Niño? –cuestionó desconcertado. Él casi apostaba a que diría niña.

–Quiero que sea niño –decretó–, para que así no le pase lo que a mí –habló melancólica –, además, si es niño podría ser como… –pero guardó silencio antes de decir la última palabra de su oración.

–¿Cómo Edward? –preguntó deduciendo la idea de Bella.

–Sí –suspiró–. Como Edward –regresó la mirada a la familiar pared.

Los dos guardaron silencio por unos momentos, Carlisle seguía con su labor de ver si podía descubrir el sexo del bebé. Esperó a que este se moviera un poco y le dejara de dar la espalda, en ese momento pudo ver claramente al bebé de frente. Su cabecita formándose al igual que sus demás extremidades y sin decir nada dedujo, para sí mismo, el sexo del feto.

–Hemos terminado –anunció complacido–, ya te puedes vestir. Te dejaré sola para que te arregles mientras te anoto algunas cosas que necesitas saber –le indicó separándose de ella.

Bella no tardó mucho en vestirse. Charlie, que llevaba veinte minutos esperándola fuera del consultorio, se pudo levantar del sillón cuando su hija salió del consultorio con una receta en mano y una curiosa expresión en su rostro.

Eran casi las ocho de la noche y como cada vez que venían a consulta, Charlie pasaría por un par de donas para la cena y el desayuno. Dejó el auto estacionado con su hija dentro, Bella sacó el papel que había ocultado antes de salir del consultorio; lo leyó una y otra vez, no pudo evitar que una sonrisa inconsciente se formara en su rostro y una placentera tranquilidad le rozara el alma. Mas en el momento en que vio a su padre regresar guardó presurosa el papel para que no lo viera.

–¿Segura que no quieres algo? –insistió antes de marcharse.

–No, gracias –contestó–. Estoy bien papá.

Charlie encendió el auto para ir a casa. Pensaba en la forma en que se habían dado todas las cosas, desde el maldito día que su hija tuvo que padecer esta desgracia hasta hace el abandono de Renée, su nuevo trabajo y la amistad con Edward. Él sabía que había algo más en la forma que Edward miraba a su hija mas no lograba identificar el sentimiento en sí. Quizá, porque su edad y problemas ya no le permitían recordar cómo es la forma en que se mira a la persona amada.

Llegaron a su casa y la cena pasó como siempre. Lo malo de la situación actual era que todo se estaba volviendo una rutina. Y sin embargo esa noche hubiera sido como las demás: tranquila y monótona. Mas no fue así; la televisión sonaba sin sentido alguno ya que Charlie había caído dormido casi por una hora. Estaba reclinado en su sillón cuando el sonido del teléfono lo despertó de un susto. Se sintió desorientado y perturbado, tomó la llamada tan rápido como pudo.

–¿Sí? –preguntó somnoliento mientras se tallaba los ojos para despertarse.

–Buenas noches, ¿Hablo a la casa de… –la otra persona en línea dudó un poco–…la familia Swan?

–Sí –afirmó confundido–, ¿qué se le ofrece? –preguntó molesto por la hora que era.

–¿Su esposa es Renée Swan? –preguntó con duda.

–Sí, es mi esposa –dijo sin pensar–. ¿Ella está bien?

–Lamento informarle que su esposa sufrió un accidente hace unos momentos –la voz sonaba con tono ensayado para dar malas noticias.

–¿A-accidente? –titubeó mareándose.

–Se encuentra en el hospital San Marcos. Es urgente que venga –informó y pidió a la vez.

–Muchas gracias –Charlie colgó y se dispuso a ir al hospital, esperaba que Renée estuviera bien.

Pensó despertar a Bella y llevársela al hospital, pero después concluyó que era una mala idea.

Decidió irse sin perturbarla. Dejó una nota en la cocina para que Bella la viera cuando despertara.

Bella seguía dormida cuando su despertador sonó. Intentó apagarlo sin abrir los ojos, pero lo único que logró fue que este cayera haciendo el sonido de la alarma más fuerte. Se sentía un poco cansada y con hambre, parecía que cada día la criatura que tenía en su vientre le iba exigiendo más alimento. Se levantó torpemente casi cayéndose con el despertador en el suelo, fue al baño para refrescarse un poco antes de bajar a desayunar. Le pareció extraño no escuchar la cafetera de Charlie preparando el café.

–¿Papá? –preguntó esperando una respuesta que nunca llegó –Seguramente sigue dormido… –murmuró.

Cuando llegó a la cocina vio una nota recargada sobre el frutero de la mesa. La abrió con cautela.

Bella:

Tuve que salir de emergencia. No te preocupes yo estoy bien, sólo es trabajo. Es posible que no regrese hasta la noche. Puedes ir o no a la escuela, pero si es así me sentiría mejor si le pides a Edward que pase por ti.

Te quiere tu papá.

A Bella le extraño la nota. Charlie no era de los que acostumbrara a levantarse tan temprano para ir a trabajar, pero de cualquier modo agradecía el gesto. Desayunó una dona de la noche anterior junto con un vaso de leche. No estaba segura de querer ir a la escuela, pero si sabía que faltaba Edward seguramente vendría a buscarla y no se iría hasta que Charlie llegara. Decidió ir a la escuela solo que no llamaría a Edward por dos razones; la primera, la escuela estaba a diez minutos caminando de su casa y la segunda, no tenía su número telefónico.

Se fue a cambiar al terminar de desayunar. Se puso el mismo pantalón del día pasado, sólo que ahora lo acompañaba con una sudadera de color azul, con letras verdes que decían la marca de dicha prenda. El color azul le sentaba bien, o por lo menos a ella le agradaba. La blancura de su piel salió a relucir gracias a su vestimenta. Decidió dejarse el pelo suelto en vez de amarrarlo como otras veces.

Caminó sin prisas a pesar del frio clima que había. Sentía sus mejillas sonrojarse por el gélido roce del viento. Levaba su mochila casi vacía por lo cual sólo la colgó de uno de sus hombros y las manos metidas en la bolsa de su sudadera. No tardó más del tiempo calculado en llegar a la escuela, entró como siempre: acostumbrada a las miradas inquiridoras de sus compañeros.

Se metió lo más rápido que pudo al salón de Cálculo para ganar un poco de calor; tiritaba de frío. El salón se llenó paulatinamente y con ello, la llegada de Edward fue eminente. Cuando Edward entró no pudo omitir el hecho de que Bella trabada de darse calor con sus brazos y antes de llegar a su lugar se quitó su chamarra.

–Buenos días –dijo con un sonrisa poniendo su chamarra en el cuerpo de Bella.

–Gracias –le regresó la sonrisa.

–Hace frío, debiste traerte otra cosa –le reprendió un poco.

–No pensé que hiciera tanto –se defendió.

–Quédatela –dijo al ver que Bella se quitaba la chamarra para regresársela –, estoy vacunado contra la gripe.

–Gracias… –murmuró antes de que comenzara la clase.

El profesor ya había entrado al salón, ambos chicos le pusieron atención sin notar que una chica los observaba atentamente: Lauren. Por una parte, le daba gusto que Edward no se hubiera fijado en Tanya, poro también le purgaba que no fuera ella quien estuviera en la situación de Bella para tener a Edward todo el día junto a ella.

–Vamos –anunció Edward después de que la campana sonó. Cargó la mochila de Bella y caminaron sin decir mucho al salón de Español.

Durante la clase Bella puso y no atención en la cátedra ya que se encontraba pensando en el papel que le había dado Carlisle. Las horas pasaron sin nada extraordinario. Al menos no para Bella, porque cuando Lauren tuvo su clase de Diseño junto con Tanya no desaprovechó la oportunidad para meter cizaña y aumentar el coraje de esta última:

–Enserio Tanya –insistió–. Edward le dio la chamarra a esa y después la saludó con un beso en la boca –mintió.

–No digas estupideces –dijo molesta tratando de no creer lo que Lauren le decía.

–No son estupideces –dijo indignada–, que tú no los hayas visto no es mi problema, si me quieres creer o no es cosa tuya.

–Seguramente viste mal –le debatió–, quizá solo la besó en la mejilla. Además no voy a dejar que esa niñita me quite lo que es mío.

–¿Y qué piensas hacer? –dijo con falso interés.

–Lo que sea para separarla de Edward –dijo con odio en sus palabras. Definitivamente Tanya estaba ideando un plan en su cabeza que, según ella, separaría a Edward de Bella.

–Lauren… –susurró Tanya de forma maquiavélica –Necesito que me ayudes.

–¿Para? –preguntó.

–Separar a Bella de mi Edward –dijo como si fuera lo más obvio.

–¿Cómo?

–Necesito que antes de la salida vayas por Bella y le digas que el director quiere hablar con ella –prosiguió–, la llevas a las escaleras para ir al gimnasio inventado cualquier excusa y después desapareces.

–¿En qué estás pensando?

–Eso ya lo descubrirás en su momento, por ahora, necesito que hagas eso, ¿lo harás? –preguntó demandante.

–Claro…sabes que por eso soy tu amiga –ni ella misma se tragó esas palabras.

–Entonces, nos vemos –se despidieron.

Edward que ya se encontraba en el salón de Biología, esperaba la llegada de Bella quien había ido al baño. Quería saber si había pedido permiso a su padre para salir y quizá ir ese mismo día en la tarde, de cualquier modo era viernes y tenían el resto del fin de semana para hacer la tarea y estudiar ya que la siguiente semana empezarían los exámenes.

Bella entró al salón, había un extraño brillo en sus ojos que Edward no pudo identificar mas le alegró.

–Gracias por traer mi mochila –le dijo.

–No es nada, pensé que tardarías más –soltó bromista.

–Ya no me pierdo en los pasillos –dijo en tono alegre.

–Parece que alguien está de buen humor –dijo mirándola a los ojos con alegría.

–No es cierto.

–¡Chicos! –La maestra llamó la atención de todos para comenzar la clase –Quiero que estudien porque el lunes hay examen y no quiero que nadie repruebe, ahora, les daré los temas y tienen el resto de la clase libre.

La maestra dictó el temario de examen y todos la alabaron por dejarlos platicar el resto de la hora. Edward pensó que ese era un buen momento para preguntar sobre la salida al cine.

–¿Le preguntaste a tu papá sobre lo que te dije ayer? –dijo sin voltear a verla.

–¿Eh? –dijo distraídamente.

–Para ir al cine… ¿o tendrá que secuestrarte Alice de nuevo? –bromeó.

–Ah...no. Ayer se me olvidó decirle y hoy no estaba…

–¿No estaba? ¿Cómo llegaste a la escuela? –la interrumpió.

–Me dejó una nota; tuvo que salir de emergencia o algo así, no dijo a donde…de cualquier modo vine caminando –contestó desinteresadamente.

–¿Por qué no me hablaste? –inquirió un tanto molesto.

–Déjame pensar –dijo–. Quizá porque no tengo tu teléfono…pero igual no sé –comentó sarcástica.

Edward cayó en cuenta de que en todo este tiempo que llevaban de amigos ninguno de los dos tenía el número telefónico del otro.

–Cierto– se golpeo la cabeza –. ¿Tienes celular?

–Ten –dijo sacando su teléfono móvil.

–Gracias –apretó un par de botones y registró su número –Listo. Ahora no tienes pretexto.

–Si…gracias ¿Y cómo sabrás que soy yo la que te llamo?

–No te preocupes, ya copié tu número –le enseñó un papel.

–¿Tú no tienes celular? –preguntó extrañada.

–Se me olvidó –le regaló una sonrisa.

–Inteligente… –murmuró con sátira.

–Lo sé… –dijo con orgullo.

–Tengo que agradecerle a Alice –cambió de tema.

–¿Por qué? –preguntó distraído.

–Por lo de ayer, no le agradecí por todo lo que compró.

–No te preocupes… –habló –yo ya lo hice por ti.

–¿Enserio?

–Sí –dijo como si fuera lo más obvio–, no podía dejar un día sin que le agradeciera a mi hermana todas las bromas que me hace. Sabes, me ha dicho que fastidiarme la vida no es cosa fácil.

–¿Ella tuvo la culpa de que Emmett te intentara ahogar? –dijo suprimiendo una risita.

–Sí… –suspiró con desdén– como siempre.

Edward esbozó una sonrisa al recordar lo que su hermana había hecho por él. El timbre sonó un par de minutos después y ambos salieron del salón alegremente. Caminaron a los lockers para dejar sus cosas e ir a comer.

–¿Y tu hermana? –preguntó Bella al notar la ausencia de Alice en el pasillo esperándolos

–No vino a la escuela –contestó con tono de suficiencia.

–¿Por qué? ¿Le hiciste algo?

–Bueno…creo que su cabello tuvo un problemita –confesó.

–Ah… -soltó sin entender.

–Como sea, vamos a comer, tengo hambre –sugirió Edward con una gran sonrisa en el rostro. Bella no le conocía tan bien, pero sabía, por la mirada que tenía en el rostro, que había hecho algo.

–¿Por qué estás tan contento? –preguntó tomando una manzana y un paquete de galletas estando frente a la barra metálica de la cafetería.

–¿Yo? –dijo sorprendido.

–No, le hablo a mi jugo… ¿Por qué no está ni Rosalie ni Jasper? ¿Tampoco vinieron? –dijo con sospecha.

–No… -silbó.

–¿Por qué? –preguntó de nuevo.

–Al parecer Alice no pudo pasar por ellos.

–No te conozco demasiado pero si lo suficiente para decir que les has hecho algo… -aseguró mirándolo a los ojos.

–Yo sería incapaz de hacerles algo–dijo en tono de inocencia.

–Edward… –utilizó un tono de reproche.

–Bella… –le regresó en el mismo tono que utilizó con él.

Y es que no quería decirle lo que había hecho al llegar a su casa para cobrarse lo que Alice le hizo y que Emmett también había recibido su merecido cuando le desconectó un par de cables de su Sedan negro para que este no funcionara. Comenzó a recordar con gracia cómo fue que pintó de azul en cabello de Alice para que no pudiera salir de la casa.

–¿Me vas a decir o no? –preguntó por última vez antes de que el receso terminara.

–Es mejor si Ale te lo dice –dijo poniéndose de pie–. Te llevo a tu casa.

–No te preocupes, me gustaría ir caminando –intentó declinar la propuesta de Edward.

–Nada de eso –negó–, además podríamos estudiar en tu casa un rato…presiento que cuando llegue a la mía me van a intentar linchar.

–¿Fue tan malo lo que hiciste? –inquirió preocupada.

–Malo no…–comentó–, atroz.

–Pero no lo sé, quizá Charlie ya haya regresado y venga por mí…Espero que no te maten.

–Pero mientras son peras o manzanas te llevo hasta entonces. ¿Vas a entrar a deportes? –cambió el tema.

–Sí, pero realmente no hago nada…ya sabes.

–Lo sé –leyó el pensamiento de Bella–. Entonces te veo allá después de la optativa.

Edward acompañó a Bella hasta la clase de física para después ir al salón de su respectiva optativa.

En tanto en la escuela se hacían infinitas las últimas horas de clases, Charlie seguía en la sala de espera del hospital, llevaba más de doce horas en ese lugar. Cuando llegó lo único que supo fue que Renée había sufrido un accidente automovilístico cuando manejaba de regreso a su casa. No la había podido ver, sólo se especulaba que ella era su esposa por los datos encontrados en su cartera, ni siquiera estaba seguro de que fuera ella. Estaba cansado, y todos los momentos que pasó con su esposa se le revelaban en los recuerdos en ese instante. El doctor no le había dado muchas esperanzas con la promesa de hacer todo lo que estaba en sus manos para salvar la vida de Renée.

Pasaron unos minutos más, Charlie estaba al borde de la desesperación cuando vio salir al doctor que atendía a su esposa de la sala de cirugías, este caminó lentamente quitándose el gorro y cubre bocas mientras Charlie se ponía de pie.

–¿Señor Swan? –preguntó el médico extendiendo la mano.

–Sí –respondió el saludo –. ¿Cómo se encuentra?

–Hicimos todo lo que pudimos… –comenzó con la típica frase desalentadora–, su esposa está estable pero aun así el daño sufrido fue demasiado grave. Tuvo una serie de hemorragias internas y varios órganos severamente lastimados.

–¿Eso qué quiere decir? –preguntó confundido.

–Bueno, las posibilidades a que sobreviva después de la cirugía siguen siendo muy bajas. No sé a ciencia cierta cuanto tiempo tarde en reaccionar y se tendrán que hacer estudios para verificar que no tenga daño cerebral.

–¿Qué?

–Lo siento –fue lo único que atinó a decir–. El accidente fue demasiado fuerte. Ahora si me disculpa tengo que irme. Un gusto conocerlo.

El médico se despidió dejando a Charlie totalmente perplejo. Como pudo se sentó y en automático buscó su celular para hablarle a Bella, sin embargo no encontró el aparato ni en su bolsillo ni en su chaqueta.

Se quedó ahí sentado sin hacer nada esperando el momento en que pudiera ver a su esposa.

Arte convencional era la penúltima clase del día. La maestra parecía más hippie que profesora, con ese cabello rubio desalineado y su ropa multicolor. De cualquier manera la clase era una de las más divertidas ya que el humor no faltaba en las explicaciones alocadas sobre principales autores de las corrientes artísticas y sus herederos. Fue mucho tiempo si pasaron veinte minutos cuando alguien tocó a la puerta y pidió permiso para entrar.

–Buenas tardes maestra –saludó.

–¿En qué puedo servirte? –preguntó animadamente.

–El director me pido que viniera por… –pareció dudar un poco–, Bella Swan.

–De acuerdo –asintió –Bella, puedes ir.

Bella se levantó de su lugar dejando sus cosas sabiendo que Edward las llevaría hasta la siguiente clase. Ambas chicas caminaron en silencio por el pasillo.

–Disculpa que te pregunte –Lauren rompió el silencio–, ¿Andas con Edward?

–Sí… –mintió tímidamente.

–Ah…

–¿Por qué la pregunta? –trató de sonar casual.

–No, por nada…. Era curiosidad –seguían caminando a la dirección escolar–, ¿sabes para que te quiere el director?

–No, en realidad no.

La caminata siguió en silencio hasta llegar casi a las escaleras que estaba a unos cuantos metros de la dirección. Tanya estaba allí parada, fingiendo leer un libro.

–Oye, tengo que irme –habló Lauren –Un gusto Bella.

–Igual… –se despidió.

Bella caminó a la oficina del director mas al divisar a Tanya entre su posición y el destino que tenía un miedo la inundó deseando con todas sus fuerzas que Edward estuviera ahí con ella. Casi logra pasar de lado a Tanya cuando un fuerte agarre en su brazo derecho le impidió seguir.

–¡Bella!– dijo con falsa alegría–, que gusto verte…

–Me lastimas… –se quejó.

–¿En serio? –preguntó burlona.

–Sí –siseó–. Suéltame.

–No quiero –Tanya estrelló a Bella contra la pared.

–¡Déjame! –exigió desesperada. Ver los ojos de Tanya llenos de eso odio la hacían estremecerse por completo.

–Bella, Bella, Bella… –Habló Tanya, acarició con una de sus manos el rostro de la nombrada.

–¿Qué quieres? –intentó liberarse del agarre nuevamente pero Tanya era más fuerte.

–Lo que tú tienes…

–¿A qué te refieres? –dijo confundida.

Tanya golpeó la cabeza de Bella con la palma de su mano como si esta fuera retrasada mental.

–¿Eres o te haces? –preguntó enojada– Sabes que Edward es lo que quiero pero tú…y tu intento de hijo es lo único que se interfieren en mi camino.

Bella hizo gesto de abrir la boca para defenderse pero ningún sonido salió de ella ya que Tanya puso una de sus manos sobre esta.

–Shhh... ¿Sabes que si te llega a pasar algo…Edward será mío? –preguntó con tono psicótico.

Tanya tomó con sus dos brazos a Bella, la despegó de la pared y la puso de espaladas a las escaleras sin soltarla.

–¡¿Qué haces? –preguntó con miedo Bella.

–¡Quitando lo que me estorba! –alzó la voz.

–¡Yo no te he hecho nada! –se defendió.

–¡Claro que sí! ¡Llegas y me quitas lo que es mío acostándote con Edward a la primer oportunidad! –los zangoloteos empezaron e hicieron que por un momento Bella cerrara los ojos de manera instintiva.

–¡Yo no me acosté con él! –gritó exasperada.

–¡¿Entonces me vas a decir que ese bastardo que llevas en tu vientre es obra del espíritu santo?

–¡NO! –gritó intentando zafarse del agarre.

–¡Claro que no es de Edward! ¡Te metiste con quien sabe quién y ahora se lo enjaretas a él!

–¡Por favor! –suplicó.

La campana para el cambio de clase se escuchó por los pasillos, Tanya seguía gritándole a Bella y zangoloteándola al filo de las escaleras. Cuando Bella se sintió libre de su agresora, perdió el equilibrio para caer por las escaleras sin poder evitarlo. Las escaleras eran duras y el cuerpo de Bella frágil. Su cuerpo se fue primero de espalda proporcionando un golpe en la cabeza que le hizo perder la conciencia. Se volteó y comenzó a rodar por las cortas escaleras que le suministraban certeros golpes en todo su cuerpo. Al final del descenso quedó tirana boca abajó con un brazo debajo de su cuerpo; un ligero hilillo de sangre comenzó a brotar de su cuerpo.

Edward que había decido ir por Bella para irse una hora antes sintió un gran temor que no pudo identificar. Apresuró el paso para llegar hasta el gimnasio. No fue necesario que tardara mucho en descubrir la causa de su miedo ya que al llegar al borde de las escales pudo divisar el cuerpo inmóvil de Bella al final de estas. Bajó lo más rápido que pudo para llegar hasta donde ella estaba.

–¡Dios mío, Bella! ¿Qué te pasó? –pregunto arrodillándose ante ella. – ¡¿Bella? ¡¿Bella? ¿Me escuchas? –su voz sonaba angustiada.

Casi inmediatamente la gente comenzó a arribar y a posicionarse alrededor de ellos. Edward acercó su rostro para verificar que Bella respirara. Se asustó más cuando notó que su respiración era débil, pero eso no fue todo. Cuando intentó sacar su celular para pedir una ambulancia se congeló al ver el espacio entre sus piernas: era sangre. Sangre que salía de entre las piernas de Bella. Edward tardó en reaccionar sabiendo perfectamente lo que eso significaba.

–No Bella… –murmuró –, no me hagas esto– marcó temblorosamente los números de emergencia y espero a que tomaran su llamada.

Los murmullos se escuchaban como música de fondo en la escena. Algunos profesores no tardaron en llegar y cada nuevo espectador imitaba la cara de los que ya estaban. El miedo y asombro era lo único que había en el público.

–No un aborto… –susurró tratando de buscar una forma que pudiera menguar la hemorragia.

Los directivos despejaron la zona enviando a todos los alumnos a sus respectivos salones, los paramédicos llegaron al lugar con una camilla. Edward no se despegó de Bella hasta que un paramédico se lo impidió.

–Lo siento –comenzó el paramédico–, sólo pueden ir familiares.

–¿Qué? –dijo confundido.

–¿Eres algo de ella? –insistió el paramédico.

–Yo…no… –estaba aturdido–, está embarazada, soy el padre –informó.

Ambos paramédicos se vieron entre sí y le indicaron que subiera a la ambulancia. Edward estaba sentado mirando como intentaban estabilizar a Bella. Sacó su celular y marcó el número de su padre.

–¿Papá? –dijo antes de que Carlisle atendiera la llamada. –¿Estás de guardia?

–¿Edward? ¿Por qué? –preguntó desconcertado.

–Bella… –comenzó –ella…. Se cayó de las escaleras.

–¡¿Qué? –exclamó asustado.

–Creo, yo no lo sé…no estoy seguro, tiene una hemorragia y creo que puede abortar.

–Edward… ¿En dónde están?

–Camino al hospital…

–De acuerdo, los espero. Avísale a Alice y trata de localizar al padre de Bella.

–Sí –dijo antes de dar la llamada por terminada.

Y tan pronto como pudo Edward trató de comunicarse con Alice. El sonido de marcado se escuchó varias veces hasta que por fin se escuchó que le contestaban.

–¡¿Qué rayos estabas pensando cuando arruinaste mi cabello? –gritó al saber que era su hermano.

–Alice, escúchame… -pidió.

–No Edward, tú me tienes que escuchar…. Lo que hiciste lo pagaras muy caro.

–Si lo sé, pero eso no importa ahora –la contradijo.

–¿Cómo que no importa? –reclamó – ¿Sabes que tienes tu sentencia de muerte firmada y…

–¡ALICE! –interrumpió Edward exasperado y ella se quedó petrificada por el tono de voz en su hermano.

–¿Qué pasa? –preguntó seriamente.

–Bella tuvo un accidente, necesito que nos veamos en el hospital, papá la va a recibir de emergencia.

–¡¿QUÉ? –gritó del susto.

–Que nos vemos allá… -sentenció.

Cuando Edward lo notó ya habían llegado al hospital, bajó primero. En emergencias pudo ver a su padre y este le brindó un abrazo de apoyo mientras bajaban a Bella de la ambulancia.

–¿Estás bien? –preguntó al verlo.

–Sí, pero me preocupa –volteó a mirar a Bella. Seguía sin darle crédito a lo que sucedía.

–Tranquilo.

Las horas habían pasado lentamente. Eran las siete de la tarde. Edward estaba nervioso y estresado. Sus manos sudaban y no sabía qué hacer. Sintió que su alma se tiraba al abismo cuando vio salir a Carlisle del quirófano después de casi cinco horas.

–¿Cómo está? –habló Edward preocupado con las manos dentro de su pantalón.

–No sé si pueda salvar al bebé… –Carlisle fue directo y conciso. Edward sintió como sus piernas flaquearon y casi pierde el equilibrio.

–Esto no puede estar pasando… –murmuró negando con la cabeza. Sintió como los brazos de Alice le brindaban apoyo.

–Tranquilo Edward, ella estará bien –trató de consolarlo Alice –¿Ella cómo está?

–Delicada… –fue el mejor adjetivo que encontró.

–¿Qué tanto? –preguntó Esme angustiada.

–Necesito que llamen a Charlie y le avisen que Bella está grave y puede perder al bebé.

–¿Charlie? –dijo Edward desorientado –Él no está en la aquí, Bella me dijo que había salido por trabajo de emergencia –comenzó –y regresará hasta noche.

–¿Tienes su celular? –sugirió esperanzada Esme.

–¿Yo? –preguntó Carlisle –No, aquí no. Está en mi agenda.

–De acuerdo –habló Alice– Cuando llegue Emmett iremos a buscarla para poderle llamar.

–Bien –Carlisle se disponía a irse cuando Edward lo retuvo por el brazo con mirada suplicante.

–¿Va despertar? –dijo con voz temblorosa.

–Seguramente.

Edward seguía mirando a su padre con una pregunta en los ojos que se negaba a salir de su boca.

–Lo siento Edward, pero todavía no puedes verla… –la esperanza de Edward se esfumó –es mejor que vayas a casa y descanses un rato.

–No –fue lo único que salió de sus labios.

–Edward tranquilo –lo interrumpió Alice–, deja que papá siga trabajando. Nos quedaremos aquí si quieres.

–Cariño escucha a tu hermana…–fue Esme quien se acercó a la escena para calmar a su hijo.

–Cuídala –le dijo antes de que Carlisle se marchara.

Se sentaron de nuevo en sus respectivos lugares esperando la llegada de Emmett, cuando por fin arribó le pusieron al corriente de la situación.

–Entonces regresamos en media hora –Emmett informó dando una palmada al hombro de Edward.

–Gracias –murmuró.

–¿Quieres que te traigamos algo? –Edward negó con la cabeza –Ya es noche, mejor llámenle a Charlie y quédense en la casa.

–Estás loco –habló Emmett–, mamá nos matará al ver que llegamos todos a la casa sin ti.

–No exageres…antes de que se fuera le dije que me quería quedar.

–¿Y qué dijo? –preguntó Alice.

–Que no había problema…–contestó –, es mejor que vayan con ella y la mantengan al corriente de todo.

–¿Seguro? –preguntó Alice.

–Sí. Yo me quedaré.

Alice y Emmett se marcharon dejando sólo a su hermano. Cuando llegaron a su casa buscaron la agenda de Carlisle, su madre ya la tenía lista y esperaba a que alguien llegara para hacer la llamada. Marcaron el número pero nadie contestó. Intentaron más veces, pero el resultado fue el mismo que el primero. Llamaron a Edward para informarle.

Las horas pasaban y el sueño comenzaba a ganarle a Edward. Unos minutos fueron suficientes para que comenzara a cabecear sentado, lentamente se fue quedando dormido cuando un ligero toque en su hombro lo hizo saltar.

–Edward…–se escuchó un susurro.

–¿Mhn? –gimió somnoliento.

–Despierta hijo, Bella ya está consciente y quiere verte.

–¿En serio? –dijo con ilusión.

–Si –respondió con una sonrisa.

Los dos caminaron hasta la habitación de Bella.

–En cirugía, el bebé… ¿s-se perdió? –preguntó con miedo.

–Edward, la cirugía fue solo para controlar la hemorragia, sigue existiendo peligro de aborto, pero por ahora todo está bien.

Edward asintió y tomó aire para entrar a la habitación. Cuando Bella escuchó la puerta abrirse volteó para ver, y aun antes de que supiera quién era la persona que entraba preguntó débilmente:

–¿Edward?

–Bella… –suspiró al escuchar que preguntaban por él.

Ambos rostros se iluminaron al ver que la persona que querían ver estaba frente a ellos.

–Edward… ¿Qué me pasó? –preguntó débilmente.

El no sabía si decirle la verdad o declinar la charla hacia otro tema.

–Tuviste un accidente Bella –explicó –, en la escuela.

Bella lo miraba confundida.

–Al parecer te caíste de…las escaleras –dijo acariciando la mano de Bella.

–¿Me caí? –fue lo único que salió de sus labios.

–Creo que sí, cuando llegue estabas en el suelo –Edward explicó–. Me diste un gran susto, ¿sabes?

Bella recordó todo de nuevo en un segundo, recordó a Tanya, los gritos, el tema de discusión.

–¿El bebé? –preguntó al tiempo que sentía un dolor muy fuerte en su vientre y hacia una mueca de dolor.

–¿Qué pasa? –se angustió al ver la cara de Bella. Se levantó de la cama pensando que la había lastimado, pero Bella no le contestaba y la maquina que marcaba el ritmo cardiaco de Bella comenzaba a chillar de una forma que lo intimidó.

–Me duele…– gimió dolosamente.

–¿Qué te duele? –preguntó casi al borde de la desesperación. Apretó un botón para emergencias, esperaba que alguien respondiera pronto a su llamado.

–Edward, me duele…–el dolor en el cuerpo de Bella no dejaban que hablara de corrido –, mi vientre…duele.

–Tranquila Bella no pasa nada –dijo tratando de convencerla para que no se preocupara aunque en realidad el hubiera querido poder creer esas palabras.

–Edward…has que pare –pidió suplicante Bella.

–No te preocupes lo haré –dijo nerviosamente sin saber qué hacer, Edward sacó su celular y marcó un número.

–¿Papá? ¿Dónde estás? –preguntó rápidamente.

–Camino a la cafetería ¿Por qué?

–Bella se está quejando de un dolor muy fuerte, no sé qué hacer…ya pedí ayuda pero no viene nadie. Ven rápido.

La llamada terminó y en minutos Carlisle ya estaba ahí, su respiración era agitada y unas pequeñas gotas de sudor resbalaban de su frente. Entró sin pedir aviso para revisar a Bella que parecía estar agonizando por el dolor.

–¿Qué pasó Edward? –preguntó Carlisle con voz entre cortada.

–No lo sé. Estaba bien y de repente le empezó a doler…

–Demonios –Carlisle oprimió un intercomunicador después de revisar brevemente a Bella –Código rojo.

–¿Qué es un código rojo? –preguntó Edward asustado.

–Para ella amenaza de aborto –aclaró.

–¿Otra vez? –dijo sorprendido y angustiado.

–¡No Edward, ahora ella puede perder la vida! –su padre casi le gritó.

Edward sintió como el alma se despegaba de su cuerpo dejándolo con la incredulidad de perder a Bella.