Capítulo 12
—¿¡QUÉ!? —en vez de la ovación que esperaban los Reyes, fue el grito de la princesa lo que rompió el silencio tras el anuncio.
Astrid trató de sujetarla por el hombro, pero Eir se desasió con ímpetu del agarre y se metió entre el gentío, que rápidamente se abrió para dejarla pasar. La rabia hacía que los ojos resaltaran incluso más contra el blanco de su piel y parecía que solo eran capaces de enfocar a sus padres.
—Ya estaba más que hablado, cariño. —Todos los ojos fueron a parar a la reina, que hablaba con un tono calmado más que forzado y una sonrisa tirante.
Si esperaba que Eir le siguiera el juego, no lo consiguió.
—¡Claro que no! —siguió recorriendo el pasillo que el resto de invitados le hacían, encolerizada—. ¡Deja ya esta estúpida farsa! No hay esp…— paró de golpe cuando su padre la miró encolerizado. Nunca habían sido necesarias demasiadas palabras para que el mayor consiguiera dominar los peores berrinches de su hija.
Pero esto no era nada de eso: Eir estaba luchando por lo que quería y, por primera vez, estaba segura de qué era. No quería retrasar el momento para pensar en cómo huir, no.
Llegó frente a los reyes, que la miraban, ella con una mueca de desagrado, él sin haber cambiado el semblante.
—Eir…— no se atrevió a mirar a Arthur, pero vio por el rabillo del ojo que el rubio se había apartado en un intento de pasar desapercibido. La parte más racional de su ser sabía que no había tenido nada que ver en todo aquello, pero la racionalidad había sido vencida fácilmente por las oleadas de rabia.
—Cállate. —Ordenó con frialdad apenas dirigiendo los ojos unas décimas de segundo al rubio.
Astrid llegó a su lado. Tampoco la miró, pero pudo sentir cómo su calor ya tan familiar la envolvía y le daba coraje.
—Deberíamos salir de aquí y hablar con tranquilidad —sugirió la Reina con un susurro.
El Rey asintió y salió de la estancia siendo alcanzado rápidamente por su esposa, que le susurró algo al oído a lo que él asintió de nuevo.
—Eir yo… —volvió a intentarlo Arthur, siendo de nuevo cortado por la mirada en los ojos de Eir, que le hicieron encogerse en el sitio. Le consideraba un traidor y no iba a dejar que se justificara por el momento; si lo hubiera hecho, habría entendido que él tampoco quería ser partícipe de eso, pero no había tenido otra opción al verse acorralado por los propios Reyes.
La Princesa fue la siguiente en salir, asintiendo antes a Astrid en un gesto mudo para que la acompañara, cosa que hizo sin dudar un solo segundo. La cogió de la mano y se la apretó en un signo de apoyo: quería decirle que no iba a dejarla sola ni en ese momento ni en ninguno si así se lo pedía, pero no quiso romper el silencio en el que estaba sumida.
Los Reyes la esperaban. El semblante serio de ambos lo decían todo: no iba a ser una conversación sencilla y Eir no parecía tener las de ganar.
—Te hemos dado tiempo de sobra, Eir. Hemos decidido que ya está bien, basta de juegos y de marearnos — el Rey hizo un gesto para acallarla y la menor obedeció—. Nos has tratado como estúpidos, culpa nuestra por darte una libertad que, claramente, no has sabido cómo manejar.
—Con todo mi respeto, Su majestad —Astrid dio un paso hacia delante, soltando a Eir en el proceso—. No creo que a nadie se le deba conceder libertad, todos somos libres de hacer lo que mejor nos parezca.
—No cuando un reino depende de ti y tus decisiones.
—Lo único que cambiaría serían las relaciones comerciales, y no es que vayan mal desde que Arthur y yo nos conocimos —Eir frunció el ceño—. No es necesario un matrimonio para mantenerlo.
—Ya no nos importa el comercio, Eir ¿cómo tenemos que explicártelo? —la Reina se cruzó de brazos, fulminándola con la mirada—. Ni la economía, ni nada que tenga que ver con eso: el reino necesita conocer ya quién va a gobernarlo cuando nosotros no estemos y a tu edad deberías estar ya más que casada, no jugando por ahí como una cría. Corren rumores por las ciudades: se dice que no eres más que una malcriada que no sabe lo que quiere, demasiado niña aún como para tomar la más mínima de las decisiones.
—¡Es una decisión de por vida! Me da igual lo que opinen de mí los nobles, los plebeyos o el resto de los soberanos; no voy a aceptar a quien no quiera solo para que se callen y tengan su estúpida boda real.
Las puertas volvieron a abrirse para dar paso a Arthur. El rubio se coló en silencio dentro de la habitación, pero no pudo evitar llamar la atención hacia él.
—¿Sabes por qué hemos decidido que sea él? —su padre señaló a Arthur, haciendo un gesto para que se acercara—. Ha tomado todas las decisiones que tú no has hecho durante los meses que ha estado aquí. Al principio solo vino para pasar unos días, pero sus aportaciones al reino (que deberían haber salido de ti), han sido lo suficientemente buenas como para que apreciemos su compañía aquí en palacio.
La rubia frunció el ceño hacia su amigo, que no la miró, sino que permaneció con la vista al suelo.
—Incluso decisiones tan básicas como contratar a la nueva jardinera, vinieron de su mano —señaló a Astrid, que había vuelto junto a la princesa.
Eir pasó la vista del rubio a Astrid, primero sin comprender y después estupefacta. ¿De verdad había sido Arthur el que había llevado eso a cabo? ¿Cuánto de casualidad tenía que consiguiera convencer a su madre que debía ser justamente ella la que fuera contratada? Una ligera curvatura en la sonrisa de su amigo le bastó para saber que nada de eso había sido coincidencia; saber que su amigo la había apoyado desde el principio en todo lo de la chica del baile, Astrid, le infundió el coraje que siempre le había faltado frente a sus padres.
Cuadró los hombros, alzó la barbilla en un gesto altanero que nunca había puesto frente a los Reyes y habló con seriedad y dureza.
—No pienso casarme con Arthur, es mi mejor amigo pero jamás podría ser algo más —su madre fue a abrir la boca, pero siguió hablando sin darle la oportunidad—. Me da igual lo que hayáis decidido para mí, vosotros mismo acabáis de decir que no tomo decisiones; bien pues voy a hacerlo ahora: no pienso casarme con nadie… nadie que no sea Astrid —en otro momento se habría sonrojado hasta las orejas por esas palabras, pero sin embargo solo se pudo adivinar una ligera coloración en las mejillas de la chica.
Astrid, por el contrario, la miró estupefacta. Ni de lejos se habría imaginado que Eir diría algo así, menos delante de sus padres y sin que ella tuviera la más mínima idea. Bien podría ser una decisión impulsiva de la chica, que no sabía qué otra solución encontrar para conseguir lo que quería, pero algo en la mirada altanera que dirigía a sus padres hizo que Astrid descartara esa idea en favor de pensar que Eir sabía muy bien lo que estaba diciendo.
Un silencio tenso se instaló en la sala, todas las miradas pasaban de Eir a Astrid y de nuevo a Eir, que seguía esperando una respuesta, salvo que no llegó de alguien que ella conociera.
—No veo ninguna ventaja a un matrimonio con una chica como ella —Astrid no necesitó girarse para saber quién hablaba, pero el resto sí que miró a Berwald en la puerta. El mayor llevaba a su hermano a rastras.
—No eres quién para opinar al respecto de las decisiones de la Princesa, Berwald. —La rubia se giró a encarar a su hermanastro, con fuego en los ojos. Ni siquiera ella había considerado aún las palabras de Eir, pero no iba a permitir que el entrometido de su hermanastro tomara cartas en el asunto.
—En realidad sí que lo es -—murmuró Arthur—. Ha sido nombrado consejero del reino… o lo será cuando Eir llegue al trono.
«La Princesa hacía rato que había desaparecido del gran salón de baile y al parecer, Arthur era el único que también notaba la ausencia de la jardinera. El rubio charlaba tranquilamente con unos y otros cuando Berwald se le acercó; el chico le resultaba conocido, pero no lo ubicó hasta que este no le recordó una promesa que había hecho hacía ya demasiados meses atrás.
—Espero que Sus Majestades hayan escuchado hablar de mí, tal y como dijo —se acercó a él tras hacer una leve reverencia.
El hermano de Astrid. Cierto que había dicho que hablaría a los Reyes de él, incluso había indagado sobre su historia, había encontrado que el chico era prometedor, pero no encontró el momento para hablar con los Reyes. Además, no quiso calentar más el ambiente de los últimos meses.
—¿Berwald, cierto? —preguntó tras buscar unos segundos en su memoria hasta recuperar su nombre—. He escuchado maravillas sobre tu manera de manejar el dinero, sin embargo, Sus Majestades aún no han escuchado nada en lo referente a ti, por lo menos de mis labios.
—Pensé que los nobles eran hombres de palabra —frunció el ceño hacia Arthur.
—Y lo somos, solo no he encontrado el momento adecuado —admitió—. Aunque no encuentro por qué no podría presentarse ahora mismo y en persona a ellos, seguro causará mejor impresión de lo que puedan hacerlo unos papeles.
El de gafas no se lo pensó y asintió con un brillo ávido en los ojos, aunque primero se excusó para ir a buscar a su hermano, admitiendo que esa oportunidad no siempre se presentaba y no iba a dejar que la dejara pasar también él.
La conversación con los Reyes fue más sencilla de lo que Arthur en persona hubiera pensado y no tardaron en admirar la capacidad de raciocinio y organización de Berwald, quien no perdió la oportunidad de señalar varios puntos en los que se podrían llevar a cabo pequeños cambios que mejorarían distintos aspectos del reinado.
De ahí a ser nombrado futuro consejero apenas se necesitó media hora más de conversación. Arthur se preguntó si fue una decisión tan repentina solo porque confiaron en que la seriedad del chico pudiera luchar contra la terquedad de la propia Princesa, quien debería escuchar los consejos de Berwald cuando reinara.
Los ojos le brillaban con una codicia mal disimulada cuando los Reyes le citaron al día siguiente para hablar de las condiciones del contrato, pero pareciera que ellos no lo notaron».
—¿Qué? —Astrid pasó la mirada de Arthur a Berwald, que le dirigió una mirada gélida—. Es imposible.
—No, no lo es. Ha sido una muestra más de los beneficios que podría aportar Arthur al reino como su gobernante —la Reina le sonrió al de ojos verdes con orgullo, que no le devolvió el gesto.
Eir era la única que aún no había mirado a los recién llegados. Sabía de su historia gracias a lo que Astrid le había contado de su pasado, sabía de los golpes que la chica recibía (y devolvía muchas veces) y de lo mal que lo había pasado por culpa de ese chico que, al parecer, no sabía cuándo abandonar.
—Me da igual lo que opine el futuro consejero real —desestimó con un gesto—. El mismo nombre de su cargo lo dice, solo aconseja, la última palabra sigue siendo mía y no voy a echarme atrás. La única persona que puede hacer que esto no siga adelante, es Astrid —buscó su mirada, correspondida con un guiño y una sonrisa. No se negaba. En realidad no tenía la menor idea de en lo que se estaba metiendo, y aún así Astrid no se negaba.
—Lo que necesita el reino es un rey, no una jardinera —la Reina fulminó a ambas chicas con la mirada.
—El reino necesita gobernantes, independientemente de cuál sea su procedencia —Eir se cruzó de brazos.
—Rey y reina, príncipes y princesas; eso es lo que se necesita, que la línea sucesoria prosiga su curso. Dos reinas no conseguirían eso —Berwald negó, aún con la mirada inundada de odio hacia su hermanastra. Acababa de conseguir un puesto real y no pensaba quedar por debajo de Astrid, costara lo que costase.
Emil, que hasta entonces había pasado totalmente desapercibido, se removió incómodo.
—O el reino podría abrir un poco su mente y aceptar que no todo tiene que seguir como ha sido hasta ahora —murmuró, aunque se escuchó sin problemas debido al silencio tras las palabras de su hermano.
—¿Por qué debería el pueblo aceptar ese cambio? —preguntó el Rey directamente a Emil.
—P-porque han aceptado a Eir como su futura reina. Además, las historias de amor suelen gustar al pueblo, seguramente si conocen la historia, aceptarán con mayor facilidad todo esto.
—Yo también lo creo así —apoyó Arthur—. Todo el mundo habla de lo difícil que es conquistar a la Princesa y los rumores también dicen que la mayoría de sus pretendientes son unos tiranos que ya ni siquiera piensan en ella cuando piden su mano, sino en el cargo que ostentarán. Incluso si soy yo quien acaba casándose con ella, se sabrá que no ha sido decisión suya y no me aceptarán con la misma facilidad que si se conoce toda la historia de Eir y Astrid.
—Me da igual el pueblo —volvió a hablar Eir con frialdad-—. Si quieren tener una futura reina, tendrán dos o no tendrán ninguna —dictaminó, buscando la mano de Astrid.
—Sé lo que quiere el pueblo, me he criado rodeada de gente de a pie —asintió la rubia, estrechando la mano de Eir—. Quizás no he sido educada para un cargo como este, pero sí que puedo comprender las necesidades del pueblo mucho mejor que alguien que solo sale de palacio para pasear rodeado por escoltas.
Los monarcas evaluaron a las dos chicas durante minutos que parecieron horas. El silencio era total y la tensión, peor. Finalmente, tras susurrarse unas palabras al oído, ambos asintieron a la vez.
—Esta será la primera decisión que tomes de manera seria, Eir. Esperamos que no hagas que nos arrepintamos —su padre relajó un poco el ceño—. Porque, aunque no lo creas, ante todo buscamos tu felicidad; si ella te la da, nosotros somos los primeros que la aceptamos.
Su madre asintió y, aunque no parecía aún convencida del todo, dedicó una sonrisa a Astrid. La mayor no sabía qué decir. Hasta ese momento no había pensado en lo que acababa de hacer, pero ahora era una futura reina, no solo eso, sino que iba a estar con Eir de verdad. Nada de verse a escondidas y temer demostrar más confianza de la que cualquier trabajador del palacio debía mostrar con la Princesa. Para intentar demostrar que todo eso era real y no más que un sueño, acercó a Eir con un tirón de la mano y la besó con ganas. No pasó nada salvo el gritito sobresaltado de la chica, que aún así le devolvió el beso hasta recordar que estaba frente a sus padres entre otros y se apartó azorada.
El final de la noche fue mucho mejor de lo que cualquiera de las dos chicas hubo imaginado. El mismo Arthur fue el que aclaró que no iba a casarse con Eir y presentó a Astrid al resto. Para sorpresa de los monarcas, casi todos parecieron tomarlo bien, además que la mayor no tardó en ganarse a todos con su carisma y risa fácil.
El mote de "Princesa de hielo" que Eir se había ganado tanto tiempo atrás, de repente dejó de tener sentido. La chica bromeaba y se reía mientras bailaba con Astrid por todo el salón o cuando ésta le robaba algún beso entre paso y paso de baile.
Ambas bailaban rodeadas de una privacidad que las hacía sentir las únicas de todo el salón, bebían la una de la otra con la tranquilidad de saber que no tendrían que esconderse más y que tendrían toda la vida para hacer lo que quisieran. Juntas.
