12º capítulo: Pequeños y grandes enigmas.

Otra vez esos pitidos, y ese empalagoso olor agrio que inundaba la atmósfera. A Ghechis no le producía ningún placer encerrarse en el laboratorio, junto con esos dos científicos, Nathan y Dudley, que últimamente sólo sabían comunicarse mediante su inentendible lenguaje biológico-matemático. Gruñó mentalmente, al tiempo que repasaba con los dedos el marco del inmenso cuadro que había conseguido en Ciudad Porcelana. Miraba atentamente al contenedor que encerraba al pokémon. Seguía inconsciente, pero ahora, en lugar de simplemente flotar entre ese espeso líquido verdoso lleno de repugnantes burbujas, le recorrían sutiles espasmos que le hacían agitar la cabeza. Ghechis tragó saliva y desvió la mirada hacia los dos científicos.

-Indudablemente, la fase dos ha sido un éxito- murmuró inicialmente para sí, pero Nathan alcanzó a oírlo.

-Efectivamente, señor, sólo tiene que ver a Tafari para comprobarlo- contestó sin desviar su atención del ordenador.

Ghechis hizo una mueca y se estremeció. Hacía frío, siempre hacía frío, y por más que se tapaba o se exponía al sol sentía frío.

-Señor, los orbes están en posición- informó Dudley, que tecleaba con ansias-30% completado.

-Excelente- una buena noticia- Dad paso a la fase tres.

Nadie respondió, pero Ghechis comenzó a vislumbrar un cambio en el contenedor del pokémon. Un aura negra y humeante empezó a emanar de su cuerpo y se deformó en tres tentáculos que atravesaron el cristal de la cámara. Los tentáculos etéreos tocaron el suelo y se ensancharon hasta que tomaron forma y materia. El anciano saboreó la situación, reviviendo con gusto aquellos ojos encharcados de terror y angustia de White. Pronto pagaría caro su ruina…

-Amigos…- susurraron, y Ghechis se volteó para ver a Tafari junto a la puerta del laboratorio. Una sonrisa diabólicamente triunfante se dibujaba en su hocico.


Red estaba ausente, contemplando el paisaje desde una cueva cuando escuchó un suave ronroneo. Pikachu, sobre su hombro, pronunció una advertencia, pero no había nada que temer. Un joven Diglett observaba con curiosidad al entrenador desde una distancia prudente. Red se agachó y extendió una mano hacia el Topo, quien respondió con un chillido y desapareció en su agujero, pero él sabía que no se había marchado. Cambió de táctica y sacó de su bolsillo una pequeña bolsita con un par de galletas. Partió una en dos mitades y lanzó una de ellas hacia el orificio. La media galleta aterrizó justo en el límite y se partió en trozos pequeños, pero había cumplido con su cometido: una nariz rosita y redonda como una pelota de tenis se asomó y olisqueó los restos de comida. Poco a poco, Diglett fue dejándose ver hasta que la gula se sobrepuso al miedo y descubrió todo su cuerpo dúctil. Mientras devoraba la galleta, Red se preguntó en si alguien habría conseguido verle los pies a un Diglett. Era una cuestión que intrigaba a todo el mundo, y, a pesar de lo absurdo que podría resultar el tema, se habían hecho estudios sobre la supuesta figura del pokémon Topo. Según los rumores populares, si levantabas a un Diglett te llevabas un trozo de tierra consigo que no eras capaz de sacudir ni colocándolo delante de un ventilador. A Red le entró la curiosidad.

Aprovechando la distracción que ofrecía la jugosa galleta, Red se aproximó con sigilo al hambriento Diglett y, justo un segundo antes de que el pokémon tierra se percatara de sus intenciones, lo agarró con las dos manos y tiró de él. Diglett obviamente protestó con insistencia y Pikachu le hizo eco con un bufido. Sin embargo, logró levantarlo y, efectivamente, el resto de Diglett estaba oculto tras una bola de tierra dura y compacta llena de piedras de mediano tamaño. Desilusionado, volvió a colocarlo dentro de su agujero y Diglett, emitiendo miles de gruñidos se olvidó de la galleta y desapareció. Red escuchó un correteó bajo sus pies y supo que esta vez sí que se había ido. Pikachu saltó del hombro de su entrenador y lo miró profundamente serio.

-No me digas que te ha molestado- le dijo, sonriendo.

Pikachu parpadeó y movió la cola como afirmación. Red resopló y se dejó caer sobre el suelo de roca, apoyando la espalda en la pared de la cueva, concretamente Cueva Diglett. Pikachu se acurrucó a su lado.

-Eh, Red, ya he terminado de organizar mis cosas- escuchó decir a Blue tras él- Cuando quieras, partimos.

Red, sin girarse, le enseñó el pulgar.

-¿Por qué tienes la mano tan llena de tierra?- le preguntó.

Red se miró ambas manos y las encontró terriblemente sucias y llenas de polvo. Sorprendido, se las sacudió en el pantalón.

-Intentaba verle los pies a un Diglett- contestó sin emoción.

-Ah ¿y lo lograste?

-No, sólo comprobé que eran ciertas las palabras de la gente sobre el montón de tierra que hay en su lugar.

Blue silbó.

-Interesante.

Hubo silencio. Blue se sentó junto a su amigo y rodeó sus rodillas con los brazos. Lo contempló un par de segundos y luego preguntó:

-¿Piensas en lo que ocurrió en la base del Equipo Plasma?

Red no contestó inmediatamente. Se rascó la sien y bajó la cabeza.

-Fue todo tan extraño, Blue, que no sé cómo asimilarlo. Alguien nos vigila, alguien que no sabemos si está de nuestra parte o quiere vernos con un pie en la tumba. Y lo peor es que no podemos hacer nada por evitarlo.

-¿No crees que si fuese enemigo nos hubiese dejado morir?

-Sí, pero entonces ¿por qué no se presenta? ¿Por qué, por Arceus, se oculta y no nos echa un cable?

Tras escapar de la base del Equipo Plasma, Red y Blue quedaron inconscientes debido a que la nave explotó justo al instante en que salían por un boquete. Cuando despertaron, se hallaron en perfecto estado en la Cueva Diglett y Pikachu, que había quedado magullado por su pelea con Za, cuidaba de ellos, tan sano como si jamás en su vida hubiese participado en una batalla. Ambos jóvenes habían cavilado con profundidad sobre lo ocurrido, pero de lo único que estaban seguros es que alguien les había guiado mentalmente para huir, mostrándoles el camino hacia la máquina de curación y, quizás, abriendo el boquete hacia el exterior.

Red cruzó las piernas y sacó de la manga una hoja de papel cuadriculada totalmente arrugada. Era lo único que su salvador les había dejado, al lado de una fogata, como prueba de su acción.

-"Isla Canela"- leyó en voz baja- Tenemos que ir a Isla Canela.

Blue abrió los ojos de par en par.

-¿Tenemos? Di mejor que quiere que vayamos a Isla Canela, está jugando con nosotros- agitó una mano con desdén- Bah, además ¿qué hay de interesante allí?

-Bueno, Blue, pues varios lugares. Está el laboratorio, la mansión, el Gimnasio Pokémon- recitó, mientras los numeraba con los dedos- Incluso el volcán- finalizó, encogiéndose de hombros.

-Y piensas que nuestro querido colega quiere que vayamos a alguno de esos lugares- Red asintió lentamente, a lo que Blue respondió con una risotada- Estamos perdiendo el norte- se puso tenso y, perdiendo la paciencia, dijo con voz ronca- Red, es hora de que me dejes las cosas claras de una maldita vez, más que nada porque me estoy jugando la vida por ti.

-Nadie te obligó a acompañarme- dijo tranquilamente.

-Tienes razón, seguramente lo hago porque me importas demasiado- gruñó y se plantó ante el ganasor de Kanto bruscamente- Pero tengo que saberlo ¡tengo que saber por qué ocultas a tu hermana! Joder, he dejado Ciudad Verde por ayudarte con ésto ¡estoy en mi derecho!

Red lo miró seriamente, estudiando la expresión de su compañero. Si no le había dicho nada era para protegerle. Si no tenía ese conocimiento ¿qué le podían sonsacar? La ignorancia era la única clave para mantenerle vivo. Pero por otra parte, Blue tenía razón, si estaba con él debía saberlo, aunque ni él mismo conocía todos los detalles de la historia. Sólo su hermana.

Como Red no se dignaba a contestar, Blue hizo las más cierta de las revelaciones.

-Red, pueden utilizarme como soborno para que cantes y lo van a hacer. Estoy en peligro de muerte aunque no me cuentes nada porque, sí, sé que lo haces para mantenerme a salvo.

-Está bien, Blue- suspiró y se frotó con fuerza la frente- Buscan a mi hermana por algo que posee desde que era pequeña. Se lo regaló el profesor Oak, y no sé qué es, no, Blue, aunque te cueste creerlo no tengo ni la menor idea de qué se trata- se apresuró a decir en el momento en que presintió que iba a protestar- Verás, mi hermana lo pasó muy mal los cinco primeros años de escuela. Sus compañeros de clase no hacían más que hacerla sufrir y todo porque era demasiado buena. Se aprovechaban de ella hasta tal punto en que llegaba a casa con tareas que no eran suyas. No tenía amigos. Y cuando llegó Oak con su regalo cuando cumplió ocho años, todo cambió de la noche a la mañana. Siguió sin relacionarse, pero la dejaron en paz y ella empezó a ser verdaderamente feliz- hizo una pausa- Jamás me quiso decir qué era ese regalo, y sigo sin saberlo. Sólo sé que es por eso por lo que va el Equipo Plasma y fue entonces cuando la escondí.

-¿Y dónde la escondiste?- le interrogó al ver que no continuaba.

Red sonrió.

-Eso sí que no te lo voy a decir. Confío en ti, pero no puedo arriesgarme a que lo sueltes ya sea porque te torturan o porque te leen la mente con pokémon. Quiero a mi hermana, es mi familia, y no entra dentro de mis planes ponerla en peligro.

Blue no insistió más. Comprendía que no fuese más allá.

-¿Por qué la escondiste? Era más sencillo que le dieseis a los soldados lo que querían. No estarías metido en esta situación ¿no?

-Cierto, pero…- su voz se apagó- Mi hermana me rogaba, me suplicaba con toda su alma que no lo hiciera. Tendrías que haberla visto para entenderlo. Estaba al borde del llanto, y no me dejó otra opción. Debía ayudarla.

Blue se levantó de golpe con un suspiro y miró al exterior. Hacía un día nublado pero la temperatura era agradable. Recorrió con la vista el camino que seguía a su derecha. Estaban a pocos kilómetros de Ciudad Carmín, por lo que no podían quedarse allí mucho más tiempo ya que corrían el riesgo de que alguien les viese. Ya habían tenido demasiada suerte de que nadie los descubriese en un día entero, pero no podían arriesgarse más.

-Debemos irnos, Red. Da igual adónde pero tenemos que movernos.

-Vamos a Isla Canela- decidió con una sentenciosa palmada.

-¿Y si nos equivocamos?

-Si es así- Red se inclinó hacia su compañero- que nuestro amigo nos rescate de nuevo.

Blue no se quedó nada convencido con esas palabras, pero no tenía ánimos para discutir. Cogió su equipaje y llamó a Pidgeot, así como Red sacó a su Charizard. Charizard saludó con entusiasmo a su entrenador y Red lo correspondió abrazándose a su feroz hocico de dragón. Blue pudo ver la devoción en su rostro mientras se montaba en su esbelto cuello y se acomodaba entre los hombros, justo antes del nacimiento de las alas. Con una débil sonrisa, Blue lo imitó y fue entonces cuando Red le señaló que despegasen.

Charizard y Pidgeot salieron a trompicones de la Cueva Diglett, uno detrás de otro, y alzaron sus poderosas alas al cielo para despegar con increíble impulso. El Llama realizó una sencilla pirueta en el aire, contento de volver a volar con Red y se adelantó a Pidgeot. Cuando ambas criaturas alcanzaron una altura considerable en la cual divisaban Ciudad Carmin como casitas del tamaño de hormigas, se estabilizaron y volaron en línea recta sobre la ruta 14. Desde arriba, divisaron a decenas de entrenadores transitándola y batallando contra pokémon salvajes. Estaban seguros de que podían divisarlos, pero era imposible que les reconocieran debido a la gran distancia que los separaba de la tierra.

Red se sentía profundamente en calma allí, en el cielo, lejos de la civilización y de los problemas que acarreaban. El viento era fresco pero no gélido y aquello le daba una comodidad extra de la cual disfrutar. Era muy agradable sentir algo de brisa.

El trayecto duró menos de lo que esperaban debido a que el viento cambió de dirección a pocos minutos de despegar. Comenzaron a descender en cuanto vieron en el horizonte las humildes viviendas de Ciudad Fucsia y aterrizaron en una pequeña colina cubierta de árboles, relativamente lejos de la ruta 15. Era un buen lugar, ya que les permitiría bajar de incógnito a Fucsia en un espacio de tiempo breve y estaban bien protegidos de gente curiosa que llegara desde la ruta.

Con gran añoranza, Red y Blue se sentaron y contemplaron la villa. Estaba muy activa y jubilosa, pero no era de extrañar. Todo indicaba que la gran atracción, la Zona Safari, estaría abarrotada de jóvenes prometedores que buscaban tener un compañero más en su equipo. Red recordaba haber capturado un pokémon allí, pero no lo había usado mucho y al final acabó devolviéndolo al Safari. Apoyó la cabeza sobre las rodillas y miró de reojo a Blue. Le brillaban los ojos con tanta nostalgia que temió por un momento que rompiera a llorar. Pensó en lo difícil que le resultaría todo aquello, lejos de su gimnasio y su familia, viendo como su reputación caía a cada paso que daban. Realmente esperaba que la Liga Pokémon no hubiese encontrado un sustituto permanente. Y todo lo había hecho por él, Red.

-Blue- dijo.

-¿Sí?- contestó, pero no se movió.

-Gracias.

Parpadeó lentamente y Red oyó como le temblaba la respiración.

-¿Qué te parece si echamos un combate amistoso?- propuso- Estaría bien, como en los viejos tiempos.

Blue no mostró exaltación alguna, pero su semblante se iluminó sutilmente. Un amago de sonrisa nacía en la comisura de sus labios.

-No…no estaría mal- dijo despacio.

Ambos chicos se incorporaron y se internaron entre los árboles. Pikachu, que dormitaba en el campamento, se acercó a ellos, oliendo la futura batalla. Red escogió un sitio en donde la vegetación estaba un poco más dispersa, así no entorpecerían a sus pokémon y, a su vez, podrían usarla como elemento defensivo. Entonces, se alejaron el uno del otro y, cuando creyeron que estaban suficientemente separados, enfrentaron miradas. Agarraron sus respectivas pokéball, se olvidaron de todo y dejaron de ser amigos para convertirse momentáneamente en acérrimos rivales.

-¡Adelante!- exclamó Red, lanzando su cápsula.

Un elegante Butterfree hizo su aparición, llenando la atmósfera de un fino polvo plateado al batir las delicadas alas. Blue sacó a su rival sin ninguna actuación: un brillante Beedrill de agujas tan largas como su cuerpo. A Red le hizo gracia enfrentar dos contrapartes. Aquello demostró que, pese a que Red y Blue eran grandes colegas, sus diferencias eran enormes y era lo que en verdad los unía tan íntimamente. Los dos pokémon bicho revolotearon, ansiosos por realizar el primer movimiento.

-¡Butterfree, Psíquico!

Butterfree se tensó y se quedó inmóvil. A su vez, Beedrill perdió el control de su propio cuerpo y empezó a volar en ninguna dirección aparente. Un sutil brillo púrpura envolvía su contorno y su rostro de insecto estaba marcado con angustiosas arrugas. Butterfree se elevó, y con él Beedrill cuyo resplandor se intensificó a medida que el Mariposa mantenía el ataque.

-¡Agilidad!- gritó Blue.

Las translúcidas alas de Beedrill aletearon con fuerza hasta que desaparecieron a la vista de los dos entrenadores. Con ligero esfuerzo, se sobrepuso al Psíquico de su oponente y recuperó el control de sí mismo para retroceder en el aire a velocidad exagerada. La maestría de Blue, Líder de Gimnasio de Ciudad Verde, quedó probada: aunque el objetivo de Agilidad era dar impulso al pokémon, él lo había utilizado para proporcionarle a Beedrill el envite necesario para escapar del poderoso Psíquico de Butterfree.

Los dos tipo bichos estaban igualados. No solo por su coincidencia de tipos, sino porque, a medida que transcurría el combate, quedaba de manifiesto que estaban prácticamente al mismo nivel, un nivel muy alto. Butterfree se defendía bien con ataques como Protección o Somnífero, mientras que Beedrill aprovechaba su rapidez innata con acciones directas y precisas. De esa manera, ambos pokémon quedaban igual de dañados. Toda esa impresionante habilidad derivaba de años de entrenamiento y crianza. Ambos pokémon tuvieron que soportar arduas batallas, gratificantes victorias, humillantes derrotas, acompañado con el sudor de la superación. Aquello había convertido a Butterfree y Beedill en lo que eran: dos pokémon excelentes que apenas cometían errores, dos ancianos en el mundo de los combates. Toda la experiencia ganada se vertía en sus elevados niveles y en la potencia de sus movimientos.

Dieron por terminado el encuentro cuando las criaturas ya boqueaban insistentemente. No querían desgastarlos demasiado porque no podían recurrir a un Centro Pokémon para sanarlos. De esa manera, con un breve descanso en sus pokéball recuperarían las fuerzas necesarias para una situación
de emergencia. Aun así, la balanza de la victoria se inclinaba más hacia Red, quien supo estudiar con detenimiento la estrategia de Blue y sacar partido de ella. Sellaron la ocasión con un buen apretón de manos.

El sol empezó a caer, dándole la bienvenida a las luces doradas del atardecer. Red (junto con Pikachu) y Blue recogieron el campamento y bajaron la colina. Se internaron en un bosquecillo y se escondieron, muy cerca de los límites de Ciudad Fucsia. Allí se quedaron hasta que se hizo completamente de noche. Los dos jóvenes resoplaban, nerviosos y aburridos. A Pikachu le temblaba el lomo. Estaban ansiosos de entrar de una vez en la villa y hurtar algo de alimento, pero debían esperar hasta altas horas de madrugada para asegurarse el éxito.

-Mira al cielo- indicó Blue.

Red alzó la vista y sus ojos se encontraron con un mar de estrellas fulgurantes embebidas en un mar de oscuridad, dibujando constelaciones o protagonizando ríos de intensos colores violetas, azules y blancos que circulaban estáticamente en el cielo nocturno. Red se descubrió a sí mismo intentando tocar una de aquellas joyas celestiales, tan brillantes que parecían luciérnagas que volaban delante de su rostro. La luna, plateada y magníficamente redonda, cuidaba de los pequeños astros con su luz espectral. Allí, en lo alto del mundo, se le presentaba un mínimo fragmento del universo, un microbio dentro de todo un organismo entero que era el espacio exterior, con sus millones y millones de misterios sin resolver. Red trató de imaginarse qué otras maravillas podría haber en aquel lugar. Muy vagamente, conocía por libros, revistas e informativos de ese estilo las teorías de los agujeros negros, agujeros de gusano y demás fenómenos casi inexplicables cuyo fundamento escapaba de la simple comprensión de Red, pero creía con total seguridad que el espacio no se limitaba a encerrar asteroides, planetas, cometas, satélites, sino que era el escenario de un popurrí de increíbles acontecimientos sin descubrir por el ser humano. Y que dentro de todo es caos sin igual, había más almas vivas en planetas más o menos exóticos que la Tierra. Red estaba convencido de que no era el único en todo el vasto cosmos en contemplar las estrellas que ahora se exhibían como diosas ante él.

-Vayamos ya. No veo luces en las casas- informó Blue, sacando a Red de sus ensoñaciones. Absorbido como estaba en ese enigmático paisaje, no se había percatado en absoluto de que habían pasado tres horas.

-Muy bien, ven detrás de mí y no te separes- con un gesto, ordenó a Pikachu que trepara hasta su hombro-Tú miras a la izquierda y yo vigilo nuestra derecha- se señaló el brazo- Dame un tirón si ves alguna sombra sospechosa. Y- siseó, haciendo pasar el aire entre los dientes- quizás tengamos que manipular un poco la caja registradora.

Los dos entrenadores se pusieron en marcha y se internaron en Ciudad Fucsia. Nadie podía verles, porque les reconocerían. Red y Blue se internaron en la primera callejuela, hacia la Tienda Pokémon. Se llevarían todo lo que pudiesen al mismo tiempo que luchaban encarecidamente con su remordimiento de conciencia. Se consolaban con la intención de devolver todo el dinero robado cuando se hubiesen librado de ese embrollo. Esperaban, con todo su corazón, que fuese muy pronto pero lo dudaban. Red miró de nuevo hacia el cielo. Las luces artificiales de las farolas habían borrado el rastro de las estrellas, pero la luna seguía en su sitio, vigilándole como si fuera el ojo de una descomunal bestia. Sin embargo, se sentía protegido por ella y su esplendor le daba ánimos para continuar con su labor.

Una estrella fugaz cruzó frente a la luna, dejando un translúcido rastro adamantino como única prueba de su paso por la bóveda celeste, pero Red ya no estaba mirando. Sin embargo, el cometa desgarrado sí se reflejó en las pupilas de Pikachu, y éste cerró los párpados, quien sabe si para pedir un deseo.