Capítulo XII

En algún lugar de los Estados Unidos.

Lunes, 25 de abril de 1898.

Querida mente en blanco:

Ayer recibí este cuaderno de tapas duras de cuero color marrón, como un pequeño regalo de las personas que me están cuidando. El señor Stuart dice que debo hacerle caso al Dr. Smith. Según ellos, escribir me ayudará a recordar. ¿Será? Yo tengo mis dudas…

Sólo vienen a mi mente imágenes borrosas… Y nieve, mucha nieve… También hay noches en que me parece escuchar llantos de bebé… ¿Por qué? ¿Qué significará todo aquello? Hay veces que hasta me duele la cabeza de tanto pensar…

Según la señora Rose es muy probable que haya tenido hijos, ya que aparentemente estuve casada. Ella lo dice por la alianza dorada que descansa en mi dedo anular derecho… Tal vez… La verdad es que casi siempre sueño con una fiesta en la que estoy bailando con un apuesto caballero de cabellos negros como la noche y ojos azules como el cielo… Nunca hablamos, sólo bailamos y bailamos…

¿Quién eres querido príncipe de mis sueños?

¿Quién era en mi pasado? ¿Cuál será mi verdadero nombre? Porque no creo que Natalie lo sea…

Natalie… El nombre que me pusieron la señora Rose junto con el señor Stuart cuando desperté, luego de estar más de un mes inconsciente… Más de un mes inconsciente… ¿Quién era hace exactamente dos meses?

¿Y por qué me suenan tanto aquellas palabras? Winds… Winds… Winds ¿Hollow? ¿Winds of Hope?

-.-.-

Sábado, 30 de abril de 1898.

Queridas hojas en blanco:

Algo muy extraño acaba de pasar…

Hoy se quedó a cenar un viajante que pasaba por la granja. Aparentemente andaba viajando en carreta durante días, pasando de pueblo en pueblo, vendiendo utensilios para la cocina. Obviamente, ni la señora Rose, ni el señor Stuart estaban interesados, pero como lo vieron demasiado cansado, por amabilidad le invitaron a pasar la noche. Es un muchacho joven, creo que no debe pasar de los 18 años, se llama Clark. Pero lo que más me impresionó es que ni bien me vio, se quedó unos cuantos minutos en silencio… Luego de la cena me pidió disculpas por ello y me explicó que me había confundido con alguien más… Me contó que le hago recordar a una joven que lo cuidaba cuando era pequeño. Aquella dama se llamaba Emily, y dice que era una mujer muy amable y hermosa, casi idéntica a mí… Él cree que yo tengo los mismos ojos, el mismo color de pelo, y hasta las mismas pecas… Increíble ¿no?

Desde entonces el nombre "Emily" gira en mi mente sin cesar…

No tardé mucho en preguntarle dónde él vivía cuando era pequeño ¿y adivina qué me contestó, querido cuaderno? Su pueblo natal, y donde además vivía aquella joven dama que lo cuidaba por las noches cuando sus padres salían, se llamaba nada más y nada menos que "Winds Hollow" ¿Puedes creerlo? Es cosa de locos… Había sido aquel nombre que daba vueltas y vueltas en mi mente era un pueblo… Según él, Winds Hollow está a tres días de viaje en tren… Me explicó más o menos cómo llegar, pero desde que me dijo aquel nombre mi mente quedó en blanco y ya no lo escuché más…

Ahora me siento rara… Y de tanto pensar ya me empezó a doler la cabeza nuevamente…

¿Por qué será que desde entonces me parece tan familiar el nombre Emily?

-.-.-

Madrugada… Martes, 3 de mayo de 1898.

Oh, por Dios…

Acabo de recordarlo…

Mi amado Joseph… Mi dulce Candy… Mi pequeña… Mi bebé…

Desde mi ventana logro ver cómo el rocío moja la hierba, pero sin embargo aquella frescura yo no la siento… Desperté completamente transpirada y agitada luego de aquella horrible pesadilla… El calor aún me envuelve y mi corazón sigue sin tranquilizarse…

Aún no puedo creerlo…

Candy… Te dejé…

Te dejé en aquel convento…

¿Cómo pude hacer una cosa así? ¿Qué clase de madre soy?

Oh Candy… ¿Estarás bien? ¿Te alimentarán bien? ¿Estarás sana y salva? ¿Estarás viva?

Oh por Dios… Perdóname… Dios mío… Por favor, cuídala, cuídala siempre… Y que esté viva, sólo eso pido… Por favor Dios… Que esté viva…

-.-.-

Madrugada… Domingo, 8 de mayo de 1898.

Estoy tan desesperada… No sé qué hacer…

Siento en mi pecho un dolor infinito… Tan pero tan profundo que si no respirara, pensaría que me estoy muriendo…

Ayer luego de contarle mi pesadilla al señor Stuart, le pedí por favor que me llevara al lugar donde me encontraron… Quería ver si tal vez, por allí cerca no se encontraba aquel convento donde dejé a mi pequeña… Pero ni bien llegamos, vimos que el lugar se encontraba a un costado de un camino, muy lejos de toda civilización. Un camino desolado, sin nada alrededor. Nada más que un valle rodeado de pinos, arbustos y árboles…

Luego fuimos al pueblo más cercano, pero tampoco encontramos aquel convento…

Oh Joseph… Mí amado Joseph… Tú me pediste que te esperara ahí, en aquel pueblo cerca de las vías del tren… ¿qué me pasó? ¿Por qué no te hice caso?

Sigo sin poder entender… Me siento tan mal, tan pérdida…

Aunque recuerde mi verdadero nombre, aunque recuerde a mi dulce Candy y a mi amado Joseph, sigo sin recordar claramente aquellos días… ¿Cómo diablos no puedo recordar el nombre de aquel pueblo? ¿O tal vez nunca lo supe? No, no lo creo… No creo que haya estado en un pueblo sin saber siquiera el nombre… No, es imposible…

El señor Stuart me pidió disculpas por no poder ayudarme más… Pobre, está tan angustiado… Sin conocerlo demasiado, me doy cuenta que es una buena persona… Tanto él como su esposa, la amorosa Rose… Según ellos hay muchos pueblos con estaciones de trenes en todo el estado, pero por más que desean con todo el corazón ayudarme a recorrer cada uno de ellos, me pidieron por favor que los comprendiera, ya que no pueden dejar la granja por muchos días, además de que cuentan con lo justo y necesario para sobrevivir…

Los comprendo… ¿Y cómo no hacerlo? No es justo que abuse de su bondad dejándolos en quiebra para ir en busca de las migajas que deja mi memoria…

No, no es justo… Y por más que sienta este dolor crecer cada vez más y más en mi pecho… No es justo abusar de ellos…

Además… Ahora pienso…

¿Y si nada de esto es real? ¿Y si todo esto fue un sueño tan vívido que me confundí con la realidad?

Oh, Dios… ¿Qué me sucede? Por favor, necesito tu ayuda… Dios…

-.-.-

En algún lugar de los Estados Unidos.

Madrugada perdida… Martes, 17 de mayo de 1898.

Sentir a mi corazón romperse en mil pedazos…

Sentir al sueño perderse entre mis dedos…

Sentir que el aire me falta…

Sentir al mundo detenerse…

Sentir a cada segundo morirse…

Sentir todo aquello y ni siquiera estar a una milésima del gran dolor que va creciendo poco a poco en mi interior…

¿Será un sueño?

¿Será realidad?

No, no lo creo…

Porque los siento aquí, en mi corazón…

Los siento recorrer mis venas…

Los siento nadando en mi confusa memoria…

Sí, algo me dice que sí fueron reales y que todavía lo son…

Sí, algo me dice que un Joseph me ama, y que una dulce Candy me espera…

-.-.-

Candy leía aquellas palabras en medio de la penumbra.

Se había despertado a mitad de la noche y desde entonces no había podido cerrar más los ojos. Sin nada más que hacer y sin pensarlo demasiado, encendió una pequeña lámpara y tomó el cuaderno de tapas de cuero marrón que su madre le había obsequiado. Y desde entonces no había dejado de suspirar…

Luego de leer las primeras páginas, cerró el cuaderno sin hacer el menor ruido. Unas tibias lágrimas recorrían sus frías mejillas y sin poder evitarlo, sus manos temblaban levemente. Estos viajes al pasado de su madre no iban a ser nada fáciles, eso lo sabía, pero aún así quería continuar, debía continuar… Era muy importante conocer cada pequeño detalle de aquellos días oscuros.

Cada pequeño detalle de aquellos oscuros días… ¿Cada pequeño detalle? Rápidamente abrió el cuaderno de nuevo y hojeó hasta leer cada línea por segunda vez…. Hasta leer cada fecha por segunda vez…

"25 de abril del 1898… 30 de abril… 3 de mayo… ¡8 de mayo de 1898! ¿Entonces…? Entonces si retrocedemos 2 meses partiendo del 25 de abril… A ver, eso sería… A mitad del mes de febrero del año 1898…Sí… Aproximadamente esa fecha yo había… Nacido…"

Unas pequeñas lágrimas seguían mojando sus enrojecidas mejillas… Ahora se daba cuenta… Había descubierto su cumpleaños. Y pronto, muy pronto, descubriría la fecha exacta en que había nacido…

Lentamente, dejó el cuaderno sobre la mesita de luz y abrigándose bien, caminó hasta asomar su verde mirada por el empañado cristal, para perderla por el oscuro paisaje que había detrás de la ventana.

No sabía qué pensar, un remolino de sentimientos y sensaciones se agolpaban en su pobre corazón. No sabía si iba a poder con todo aquello, era demasiado grande… Pero aún así, no podía evitar que una tímida sonrisa se dibujara en sus labios… Poco a poco estaba descubriendo su pasado… Sí, poco a poco se estaba conociendo… Y eso, inevitablemente era algo mágico…

o-o-o

Habían pasado unos cuantos días desde que recibió aquella urgente llamada de George, y ahora Albert se encontraba en Chicago.

Chicago… El paisaje era tan diferente a Lakewood. La ciudad, la gente hasta el cielo tenía una tonalidad distinta. Por un lado, aborrecía el hecho de tener que cortar sus vacaciones para cerrar unos negocios con unos clientes importantes, pero por el otro agradecía infinitamente el haber podido escapar de aquel infierno. Nunca pensó que las cosas se le complicarían de tal manera… ¿Cómo había sucedido eso? Hacía algunos días era el hombre más feliz del mundo y ahora era el hombre más desdichado… ¿Qué había pasado? En vano se hacía todas esas preguntas, porque la respuesta ya la conocía de antemano. Sí, bien sabía lo que pasaba…

Candy, eso pasaba…

Pensar que hacía dos años había decidido olvidarse de aquel amor imposible que ahora sentía renacer como el ave Fénix… Pero ¿cómo diablos había ocurrido eso? ¿No la había desterrado para siempre de su corazón? ¿Acaso no había visto cómo aquel amor se convertía de a poco en una sana y hermosa amistad? ¿Por qué ahora y justo ahora, cuando por fin había decidido casarse con otra mujer y ser feliz, ese viejo sentimiento hacía su reaparición? ¿Y si tal vez nunca se había ido? ¿Y si tal vez lo que vio era una simple ilusión para calmar a su pobre corazón que sufría horrores por amar tan intensamente sin ser correspondido?

No… Él estaba seguro que ya no amaba a Candy, porque había amado a Josephine… ¿Había amado? ¿Desde cuándo hablaba de Josephine en pasado? ¿En qué momento comenzó a dudar sus sentimientos por su prometida? ¿Cómo todo se había vuelto un caos en tan poco tiempo?

Candy… Su dulce y tierna Candy… La había amado desde que su verde mirada encontró sus ojos celestes en aquel humilde apartamento que compartían juntos. Y la siguió amando por mucho tiempo más, pero luego, como siempre, las cosas se complicaron y la memoria anunció su regreso trayendo consigo la responsabilidad familiar. Maldijo aquel momento, como así también maldijo el horrendo papel que legalizaba la unión con su pequeña. Maldito el momento en que se había enamorado de Candy… ¿Cómo había ocurrido eso? Ah, sí… Esos hermosos ojos verdes eran los culpables y esa encantadora sonrisa… Todo en ella era hermoso hasta sus defectos…

Pero pasó el tiempo y apareció Josephine, su salvavidas… Josephine, la mujer que no tendría problemas de acompañarlo esté donde esté… La mujer que lo había sacado de aquel pozo del desamor para introducirlo en un torbellino de felicidad y compañía… Josephine, la mujer hecha y derecha para él y sólo para él… La mujer que había sido preparada única y exclusivamente para él… La mujer que tanto el consejo como la tía Elroy habían aprobado… Josephine, su actual prometida y futura esposa…

Meditabundo Albert se encontraba con la mirada fija en la calle atiborrada de gente. Parado en su despacho del banco principal de Chicago. Con el escritorio lleno de pendientes y contratos que firmar, a pesar de todo eso su mente no encontraba la concentración que siempre presentaba. William Albert Andrew siempre había sido un as en los negocios, lo llevaba en su sangre, lo había heredado de su padre, siempre… Menos esa mañana…

Un apuesto hombre de traje, cabello negro y bigote, lo observaba desde el marco de la puerta. Lo conocía como la palma de su mano y sabía muy bien cuándo le ocurría algo.

-Hacía mucho que no te veía pensando en la señorita Candy…

Albert se sobresaltó al escucharlo, se giró de inmediato y sonrió.

-Buen día George… ¿Nuevamente leyéndome el pensamiento?

-Sabes perfectamente que cuando se trata de ti, mis poderes se potencian. –Respondió George en tono de broma.

Albert no dijo nada, sólo sonrió y se sentó en su escritorio.

-William… Los estamos perdiendo…

-¿Eh? –Preguntó Albert que no entendía a qué se refería George.

-Los estamos perdiendo, a los Macbean William…

-Ah... ¿Por qué dices eso? Yo no lo veo así. Solamente están dudando un poco, es normal ya que es su primer negocio en los Estados Unidos, pero de ahí a perderlos, lo dudo mucho.

-No William, estás equivocado. Los estamos perdiendo…

La mirada de George era penetrante. Albert sabía cuándo George hablaba en serio y se encontraba preocupado, no en vano lo consideraba su segundo padre. Habían vivido tantas cosas que ambos se conocían completamente, y hasta a veces no necesitaban palabras para entenderse.

-William… Debes reconocer que últimamente te encuentras un tanto distraído, y eso inevitablemente los Macbean lo sintieron. Algo me dice que no sienten la confianza suficiente en nosotros.

-¿Pero, cómo…? George, está bien, lo reconozco, mi cabeza últimamente está llena de muchas cosas y demás. Pero sabes bien que no dejo que mi vida personal interfiera en los negocios… Sabes bien que siempre lo he hecho así, y hasta ahora no hemos tenido problemas.

-Hasta ahora… Tú mismo lo dijiste William… Hasta ahora…

Ambos caballeros se quedaron mirando fijamente por varios minutos. Albert, aunque no quería reconocerlo sabía que George tenía razón. En las últimas reuniones con los Macbean lo que menos hacía era pensar en los negocios y contratos que había entre ellos. Y cuando trataba de concentrarse, todo intento era en vano, ya que irremediablemente se le cruzaban un par de ojos verdes esmeralda en su memoria y todo quedaba en blanco… Era algo desesperante, y no podía controlarlo.

-William… Creo que… -George dio un pesado suspiro y se sentó frente al escritorio de Albert. –Creo que te vendría bien continuar con tu descanso.

-¿Qué?

-Sólo escúchame un momento ¿quieres? –George levantó una mano, en señal de que se calmara. –Sólo creo que no fue justo para ti sacarte de tus tan esperadas vacaciones. Es comprensible que estés así, distraído, nervioso y estresado. Hace tres años que lo único que haces es trabajar día y noche, y cuando por fin decides tomarte unos días, se te interrumpe para asistir a una reunión de negocios.

-No sé a dónde quieres llegar con todo esto George…

-Creo que debes volver a tus vacaciones. El señor Cornwell ya está entrenado para este tipo de situaciones, además de que ya tiene un título universitario que lo avale, y si ocurre algún inconveniente yo lo puedo asesorar.

–Tenía entendido que me llamaste con urgencia porque yo era el único capacitado para hablar con estos clientes ¿no es así? Entonces, ¿por qué ahora me dices que Archie y tú pueden hacerse cargo? –El ceño se frunció de golpe en la frente de Albert. No le gustaba para nada lo que acababa de escuchar. No era que no confiara en George y en Archie, sabía perfectamente que entre los dos podían hacerle frente a cualquier negocio de la empresa. El problema era que el hecho de que lo estén sacando del medio le dejaba un cierto sabor agrio en la boca… Era la primera vez que ocurría algo así, y aunque a veces deseaba con todas sus ansias dejar todo e irse a vagar por el mundo como antes solía hacerlo, ahora que le daban esa oportunidad no le agradaba del todo la idea.

-Vamos, William… Tú sabes muy bien por qué te llamé con tanta urgencia. Eres el presidente de esta empresa, es obvio que al primero que debo llamar es a ti. Pero lo que veo en este momento no me agrada y a los clientes tampoco. Estás distraído, te pasas el día con la mirada perdida y suspirando, casi ya ni comes, ni duermes, lo sé por las inmensas ojeras que tienes en este preciso momento y hasta tu higiene personal está en decadencia. Si no me crees, respóndeme… ¿Hace cuánto que no te afeitas? Y algo me dice que ese traje que llevas puesto, es el mismo que utilizaste en el viaje desde Lakewood…

Albert dejó caer sus codos en el escritorio y apoyó su frente en sus manos. Sabía muy bien que todo lo que George le estaba diciendo era cierto, porque así se sentía, terriblemente mal… Cada mañana, al despertar le costaba cada vez más y más respirar… Era algo insoportable, pero no lo podía evitar…

-El señor Cornwell me contó lo de la señorita Candy… No lo sé… Sabes bien que no soy de meterme en tu vida privada, pero… Algo me dice que no te vendría mal hacer un viaje para conocer aquel pueblo llamado "Winds Hollow"… No lo sé… Yo sólo opino…

-No creo que quiera verme… -Dijo de repente Albert con voz meditabunda, sorprendiendo a George.

-No puedo creer que lo digas en serio.

-George… Ella acaba de encontrar a su madre… Ya tiene a toda una familia que la proteja, yo… Yo ya no soy necesario en su vida…

-¿Pero, qué demonios estás diciendo? –Exclamó George golpeando con un puño el escritorio, sobresaltándolo. Era la primera vez en su vida que Albert lo veía así, tan enojado a George, como así también, era la primera vez que éste se animaba a levantarle la voz. –No puedo creerlo. Tú, el gran William Albert Andrew se encuentra enormemente asustado, increíble… ¿Cómo puedes siquiera pensar en algo así? Aquella jovencita sí, encontró a su madre, pero ¿qué te hace pensar que no te necesita? Jamás podrá olvidar al único hombre que la ayudó cuando era apenas una chiquilla, cuando apenas era una pequeña huérfana del hogar de Ponny… Y escúchame bien William lo que voy a decir, jamás podría no necesitarte, tú eres mucho más importante para ella de lo que imaginas… Sólo eso te digo…

George permanecía de pie enfrente a Albert sin levantar el puño del escritorio. Su seño fruncido y sus labios apretados señalaban que realmente estaba hablando en serio.

-Ahora te recomiendo que dejes aquellas dudas y miedos de lado y vayas a acompañarla, que muy bien no la debe estar pasando, ya que según me enteré la madre está terriblemente enferma. O si lo prefieres, regresa a Lakewood y termina de disfrutar tus días de descanso, pero haz algo para aliviar tu estrés y combatir tus demonios, porque así, querido amigo, no puedes seguir… No puedes estar aquí y allá al mismo tiempo… No es bueno ni para ti ni para la empresa.

Y diciendo esto George dio media vuelta y salió del despacho, dejando a un pensativo Albert detrás.

No podía creerlo, George se había enojado y le había levantado la voz. Y no sólo eso, había golpeado con un furioso puño el escritorio. Oh vaya, uno nunca termina de conocer a las personas, pensaba el rubio de ojos celestes mientras continuaba con la mirada perdida sobre la gran puerta de donde había partido su mano derecha momentos antes. Pero aún así, agradecía aquella sinceridad por parte de sus seres queridos. Lo agradecía infinitamente, porque sólo así regresaba a la tierra, sólo así se daba cuenta de que estaba errando.

Lentamente tomó una hoja en blanco y comenzó a escribir. Si iba a hacer lo que tenía pensado, debía mandar unos cuantos mensajes antes, y sobre todo hablar primero con Archie.

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, iluminándolo completamente… Sí… Después de todo, cambiar un poco los aires no le vendría nada mal…


Continúa en el siguiente capítulo ;)