Guirnalda
Rosa, azul, morada, mas rosa, ¿negra? De ninguna manera. Era la quinta tienda que visitaba y tampoco ahí encontró la guirnalda que buscaba. Sensei fue muy específica al darle la lista de colores: blanco y dorado. ¿Tan difícil era conseguir seis metros de guirnalda? Si no conseguía los colores del listado, ya podía olvidarse de sus créditos extras en química y de un signo promedio para competir por la vicepresidencia del Consejo Estudiantil. ¿Lo peor del asunto? No tenía a su monstruo pechugón para reclamarle su mala suerte.
Sakurako se sentó en la primera banca que encontró. Suspiró resignada a no encontrar el pedido de Nishigaki-sensei. En otras circunstancias, le habría importado poco el color de las guirnaldas y en lugar de los colores navideños, hubiese llevado varios metros negros y rosados, después de todo, ya se las ingeniarían para arreglar su falta de cuidado. Pero en ese momento la situación no le permitía semejante descuido. Estaba a nada de reprobar química y en verdad necesitaba los créditos que su maestra le prometió si le ayudaba con los preparativos del festival navideño de Nanamori. Por esa razón estaba tan centrada en cumplir con su labor. ¡Si tan solo le hubiesen pedido eso antes! Con la cercanía de las fiestas navideñas, los adornos de ocasión escaseaban en todas las tiendas y hasta los negocios más pequeños veían limitadas sus mercancías. De la frustración pasó a la desesperación y de ahí a un arrebato de ira, todo en menos de un minuto. ¿Por qué toda la ciudad tenía que agotar lo que necesitaba? Pero no por eso se rendiría, insistiría hasta que cayera la noche si hacía falta. Pero antes, necesitaba un bocadillo para calmar el hambre que le provocó tanta caminata.
Mientras alimentaba su estómago (y cerebro) con patatas fritas, vino a su mente una idea más que brillante. Compraría una guirnalda de cualquier color, hasta la negra serviría, y la pintaría de los colores que necesitaba. ¡Eso! Si no encontraba lo que necesitaba, ella misma lo haría. Debía aplaudirse por tan brillante idea, era imposible que el plan fallara y con Himawari lejos, nadie la detendría. Se puso de pie de un salto y tras comer la última fritura, inició su marcha triunfal hacia la tienda más cercana. No habría nada que le detuviera, ni el dinero extra que gastaría en pintura… o eso creía. Antes de entrar al negocio, vio que cerca de ella caminaba Akari cargando unas bolsas llenas de… ¡guirnaldas blancas y doradas!
—¡Akari-chan! —gritó con gran entusiasmo. ¿Esa repentina llegada sería lo que llamamos un milagro de Navidad? A Sakurako no podría importarle menos—. ¡Akari-chan! ¡Por aquí!
—¡Hola! —sonrió de manera adorable la pequeña con bollos en su cabeza.
—Dime… ¿Qué llevas ahí? —preguntó Sakurako con los ojos iluminados.
—Son unos cuantos metros de guirnalda que le sobraron a mi hermana. También en su universidad decoraron por Navidad, pero le sobró todo esto. Me las dio para llevarlas a la escuela, por sí hacían falta.
—¡Akari-sama! —chilló la semirubia, abrazando a su amiga de pronto. Akari solo pudo dar un grito de sorpresa como respuesta y un pequeño sonrojo en sus mejillas apareció al escuchar el honorario sama—. ¡Es justo lo que buscaba! Sensei me pidió guirnalda de estos colores y no la encontraba… ¡pero Akari me salvó! Rápido, vamos a dejar esto en la escuela.
—Bueno, yo tengo que ir por ¡Ah! ¡Sakurako! —alcanzó a decir Akari cuando fue jalada por todo el entusiasmo de Sakurako.
¿Quién necesitaba una idea tan tonta como la de pintar guirnaldas de otros colores cuando un milagro navideño camina a tu lado?
