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"No es mejor Amo quien castiga, lo es quien castiga y cuida"
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Closer
Capítulo 11: La otra cara de la moneda
Levanto la cabeza para ver una vez más a mi familia en el umbral de la casa, todos sonríen con ese afecto especial que se tienen las familias, mientras tanto sólo respondo con una torcedura de labios que, creo firmemente, no es una sonrisa propiamente dicha, pero eso parece complacer a todas las personas a mi alrededor que, al parecer, necesitan alguna señal de afecto. Pero claro, no puedo evitar agrandar el gesto en mi rostro a una verdadera sonrisa, al ver el torbellino de pelos rubios y sonrisa encandilante que brinca al lado de Rosalie para llamar mi atención, agitando su manita y lanzando besos al aire. Los niños n son mi fuerte, jamás me he planteado tener hijos pero con Chloe es diferente, con ella, un ser humano inocente, puedo tener una sonrisa verdadera o, en mejores palabras, dejarme llevar por la cálida sensación que produce en mí.
Cursi de mierda. Me recrimino, eso me sucede por pasar demasiadas horas en compañía de Chloe en lugar de pasar más horas desocupadas en el Club. Miro de nuevo a mi familia que, al parecer, no tienen intenciones de entrar a casa sino hasta que desaparezca, así que es hora de hacerlo, entro al auto porque es tiempo de marchar directo al aeropuerto.
Me dirijo a Rochester, Minessota, a destinar un congreso sobre Ultrasonido Musculoesqueletico. El trabajo en el hospital, últimamente, ha estado un tanto aburrido y salir, aunque sea a un congreso, es bueno para despejarme un poco. Reacciono de mis pensamientos notando la vibración del celular en el asiento del copiloto, presiono el mando para responder ya que en el auto siempre procuro mantener el audio conectado al altavoz del vehículo.
— ¿Edward?—escucho la voz al otro lado del teléfono. No muchas personas me llaman por mi nombre de pila y con eso me refiero a que sólo lo hace mi familia y algún allegado excepcional. En mis años de aprendizaje sobre la disciplina he asimilado que siempre se debe establecer un margen de respeto para con las personas, una línea que se refuerza con el carácter. Sin embargo, conozco perfectamente la voz que me habla desde el otro lado del auricular.
—Victoria—respondo a manera de saludo, manteniendo el tono de voz monótona.
— ¿No vendrás hoy al club?—pregunta con evidente curiosidad. Mi primera reacción es bufar.
—No, en este momento voy camino al aeropuerto, viajo a Minessota en un par de horas—respondo.
— ¿Por qué no dijiste nada anoche, cuando estuviste con nosotros?—pregunta, sé que su interrogatorio esta nada más dirigido por la curiosidad, pero siento la exasperación crecer al escuchar su exigencia por explicaciones, yo no hago eso con nadie.
— ¿Supone eso alguna diferencia? No tengo porque comentarte mis pasos, Victoria—le aclaro cortante.
—Oh vamos, cálmate Cullen. Sólo tengo curiosidad, pero tu genio de porquería no cambia nunca—es ahora su turno para bufar y gruñir con exasperación. Nuestras actitudes siempre han chocado por lo mismo, a ambos nos gusta llevar el control de las situación, no que nos controlen.
—Bien pues, ya lo sabes; arréglatelas sin mí—le digo.
—Ya… es extraño no ver tus sesiones, con eso de que llevas casi un año de continuidad—vuelvo a bufar ¿Qué le pasa a esta mujer? cirro los ojos con gesto cansado pero los abro rápidamente, aprovechando estar en un semáforo en detención.
— ¿Eso es todo, Victoria?—es lo que respondo.
— ¿Sabes que hoy vinieron a adoptar a Renata?, creo que la extrañaras—murmura ¿buscando un tema de conversación? Probablemente está muy aburrida para buscar molestar precisamente a mí. La acción de suponer no es de mi agrado, no puedes andar por la vida suponiendo cosas de los demás por la sencilla razón de que nunca conoces a nadie lo suficiente, no sabes lo que verdaderamente pasa por su cabeza, a menos que ese alguien sea tan tuyo que se abre completamente a ti, y aun así, porque nunca sabes con certeza si conoces por completo cada recoveco de la mente de otro ser humano.
— ¿Y qué te hace suponer eso?—respondo tajante aunque la verdad estoy sonriendo, que ella crea que me importa me resulta de lo más gracioso.
—Bueno, has sesionado solo con ella desde hace más de una semana, en algún momento pensé que te la llevarías tú—dice. No puedo evitar reírme con mucho de sarcasmo en ello.
—Victoria, más de cinco años conociéndome y ¿aún no sabes nada de mí? Extrañar es de esos sentimientos que no juegan conmigo, si… ella es una buena sumisa para sesionar, ocasionalmente claro está. Como ella hay otras, así de simple y no… no vas a verme adoptando sumisas del club, no van conmigo—le informo sin querer ahondar mucho en el tema.
—Pero necesitas una—ruedo mis ojos, ella está consiguiendo mi peor carácter.
—Victoria, ¿No tienes a tu puta para atender? Voy llegando al aeropuerto, hablamos a mi regreso—de inmediato cuelgo. No me apetece escuchar nada más de su parte.
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Intento leer uno de esos libros que tengo pendientes de hace tiempo durante el vuelo, leer es una de las cosas que prefiero hacer… entre otras tantas. Siempre lo he considerado la mejor forma de aprender, no solo una materia, sino cultura referencial de todo el mundo, cualquier cosa que desees: formas de vida, gustos, actos, en fin, los libros ofrecen un sin número de universos enteros alternativos.
Pero pese a mis esfuerzos por intentar leer o distraerme, me encuentro todo el trayecto del vuelo rememorando sobre mi vida y no tengo ningún motivo para ello, pero simplemente están ahí todos esos pensamientos, recuerdos de la universidad y cada uno de los pasos que he dado para ser quien soy: cada momento y persona, y todo me parece absolutamente innecesario de recordar ahora, por lo que una vez más trato de concentrarme en el libro que aún mantengo abierto en las manos; en medio de ese intentar concentrarme y volver a perderme en pensamientos, escucho como anuncian el aterrizaje.
Tomo un taxi que me lleve de inmediato al hotel, no tengo más nada que hacer excepto descansar, quizá bajar un rato a la recepción que ofrece el congreso y luego subir para reposar hasta el día siguiente. Llegando al hotel, tomo la pequeña maleta de viaje que utilizo en cada congreso y voy hacía la recepción para confirmar mi llegada y poder solicitar la llave de la habitación. Me acerco ahí totalmente distraído en el celular.
—Buen día—levanto la mirada del celular para ver quien habla, ¡ah! La recepcionista.
—Buenos días, Edward Cullen—le informo con el fin de que confirme lo que necesito, vuelvo a mirar mi celular.
—Para el congreso, ¿cierto?—pregunta. Vuelvo a llevar la mirada y enarco una ceja en su dirección, apenas un segundo tardo en percatarme de su postura y la insinuación en cada uno de sus movimientos. Me he acostumbrado a este tipo de acercamiento por parte de las mujeres, muchas de ellas tan vivaces que pretenden acercarse como si ellas pudieran llevar el control de las situaciones, quizá lo consigan, pero nunca conmigo. Endurezco la mandíbula sintiéndome molesto, la chica debería dedicarse a hacer su trabajo y me muestro impaciente ante la necesidad y la prisa por llegar a la habitación, acomodar las cosas y tumbarme. Sé lo que hay que hacer, así que busco sus ojos clavando los míos ahí, puedo ver con claridad sus intentos de seducción pero ¿acaso no se da cuenta que no tengo ningún interés en ella? Dos segundos luego no es capaz de soportar la mirada y se gira hacía su computador, entonces me permito por primera vez mirarla por completo.
Si algo he aprendido a través de los años, es a ver más allá del físico que presenta una persona, una mujer, si bien es un detalle más, algo así como un agregado, no es meramente relevante en mis propósitos y necesidades. Puede que el cuerpo de esta chica este hecho, como muchos hombres consideran, perfecto. Puede que tenga las curvas exactas y de la proporción correcta, pero al mirar su piel puedo ver el desgaste por los bronceados, una piel reseca y de un color que no me resulta llamativo, considerando que un látigo no dejaría una marca apreciable sobre esa piel que debo decir, la hace muy poco apetecible. Sus facciones son un tanto prepotentes, altaneras, alejando completamente la sensación de dócil suavidad, con una postura descuidada y que… en definitiva, nunca me fijaría en algo así.
—Aquí tiene, Señor Cullen—indica girándose y ofreciendo la tarjeta de la habitación. La tomo y hago el ademan de girarme para seguir el camino. —No dude en comunicarse si ha de necesitar algo señor Cullen—con sus palabras rápidamente formo una sonrisa en mis labios, ese "señor" nunca se ha escuchado tan mal en la boca de una mujer dirigiéndose a mí, no le respondo y termino por ir directo hacía el elevador.
Muchas personas se encuentran esperando por subir, entre mis pensamientos cruza la idea de esperar el siguiente o tomar algún otro, pero hay tantas personas como en éste esperando por cada uno, y lo que menos me apetece es encontrar algún "colega" o rostro conocido que quiera entablar alguna conversación en este momento, por lo que me quedo esperando, un segundo más, para entrar directo y pegarme a la pared del fondo del elevador.
Mi estatura me permite ver a todas las personas que suben en el elevador, hay un calor sofocante por la acumulación de cuerpos, molesto, porque el espacio reducido hace que se peguen los unos con los otros, finalmente las puertas se cierran y el mecanismo inicia su marcha.
Doy una aburrida mirada alrededor, ancianos, jóvenes, adultos hombres y mujeres, hay de todo dentro de este estrecho espacio, pero algo captura mi mirada, quedando enfrascada en una persona en particular, una mujer. Mis ojos se han quedado capturados en la curva de su cuello, con el cabello echado hacía un lado dejando espacio para apreciar la piel suave. Siento el tirón que me causa la palidez de su piel, queriendo tocarla, queriendo… cosas. Me sorprendo cuando veo sus hombros tensarse y lentamente su postura pasa de ser distraída y desgarbada a recta, perfecta. De inmediato una sonrisa surca mis labios, con un pensamiento viniendo a mi mente, aunque no estoy seguro de ello, no podría estarlo. Veo como mueve la cabeza hacia los lados, como intentando mirar hacia atrás, pero nunca llega a completar el movimiento y, eso está muy bien. Un piso más arriba las puertas del ascensor se abren, nunca quito mi vista de ella, tiene algo, algo que me llama, algo que invita a ella y, confirmando mis sospechas, ella sale del elevador, apenas alcanza dos pasos cuando la veo girarse, la aprecio por completo en esa brevedad de tiempo, aunque para ella es tarde, las puertas del elevador se cierran antes de que sus ojos capten cualquier cosa.
Con mejor humor del que esperaba llego a la habitación, acomodo las pocas cosas que traigo conmigo y voy directo a lavar mi rostro para después tirarme a la cama. Quiero algo de descanso antes de hacer presencia en la recepción que va a darse previa al congreso.
Despierto de la corta siesta y de inmediato voy a darme una ducha rápida, enjabonando mi cuerpo y cabello de forma metódica, desconecto la mente de todo, inclusive del deber, sólo sintiendo como el agua se lleva los residuos del viaje y los resquicios de mal humor consigo.
Me veo al espejo y me debato si afeitarme, pero no, me gusta mi aspecto así y el congreso no amerita un cambio, así que me visto rápido y, echándole un vistazo a la hora, salgo de la habitación tomando antes el carnet que acredita mi posición laboral.
Al entrar al salón me veo rápidamente envuelto por varias personas: colegas, entre otros. Me los sacudo porque, sinceramente, por muy de buen genio que parezco tener, ellos podrían arruinármelo con conversaciones estúpidas, además, todo lo referente al congreso puede tratarse luego, me excuso ante un grupo de personas haciéndome a un lado y continuando con mi recorrido en búsqueda de Marco. Con éste no es que seamos muy allegados, es más una cuestión de conveniencias por nuestra profesión común, trabajos e investigaciones conjuntas, así como favores hechos con el propósito de una retribución futura.
Consigo hacerme a un lado lejos de la vista de todos, repaso todo en búsqueda de Marco, mis ojos por fin lo encuentran pero no es eso lo que captura mi atención, si lo es el cuerpo menudo de una castaña a su lado, de contextura delgada pero firme, con un vestido corto de rayas negras y blancas entallando su cuerpo, su piel, y hablando de forma natural con Marco. No basta más de un segundo con mi mirada sobre ella para notar como se tensa y su postura se alza adoptando una posición recta, firme, a pesar de que un principio no se le veía mal. Veo, con verdadero interés, como Marco la observa con preocupación entonces noto la respiración de la chica, alterada y me pregunto ¿por qué? Entonces Marco es distraído y la chica empieza a girarse en varias direcciones, la observo y no puedo poner en duda que ella es verdaderamente atractiva, con esa bonita piel, facciones delicadas y una fragilidad propia que invitan a… más. Y todas esas cosas son las que me tienen mirándola con tanto interés, más del que quizá debería.
Por supuesto, ella no encuentra lo que busca pero yo sé que puedo conseguir algo, algo que no estaba realmente preocupado por conseguir pero que al parecer, empieza a cobrar un interés especial para mí.
La imaginación del hombre no tiene límites y yo no estoy exento de ello, mucho menos ahora; en el momento en que hago mi camino entre las personas para llegar hasta donde Marco y ella se encuentran, con mis ojos fijos en ella, veo todas las reacciones que anhelo, supongo y espero, sin embargo eso no es relevante ¿no¡ no debo tomarle importancia aunque claro, sonrío, eso no quita que podría divertirme un rato si es tan… receptiva, como al parecer lo es.
—Marco—digo llegando finalmente donde se encuentran, ella de espaldas a mí, ambos con una copa en la mano y, eso no está bien, ella no tendría por qué estar bebiendo ahora, siendo tan temprano, es así como cuando me mira le doy una mirada desaprobatoria sin siquiera proponerme, molesto con su accionar. Fugazmente, veo un destello en el fondo de su mirada cuando se detiene a observarme, ella hace una revisión de arriba abajo, disimulada, pero demasiado obvia para alguien que está absorbiendo cada acción suya, mantengo mi postura molesta y sigo mirándole reuniendo toda esa emoción en el gesto hasta que ella alcanza mis ojos, es tan claro lo que es, lo que ocurre en ella, lo que estoy viendo y como me es fácil predecir sus acciones, agacha la cabeza, ella lo hace, sin decir una palabra. Sintiéndome un poco mejor con su reacción me vuelvo hacía Marco exigiéndole la atención que requiero, él se excusa con ella pero de reojo noto que no vuelve a levantar la cabeza, no en mi presencia.
Hablando con Marco, la miro de reojo y quiero reírme porque ella no aparta sus ojos de mí, bebe nerviosamente, se comporta con torpeza, entonces decido que es hora de que se vaya. Sé que voy a lograrlo y la miro mientras espero una respuesta de Marco sobre algo de lo que le he comentado, ella me mira y me mira, un segundo o dos, agacha la cabeza y es como un perro yéndose con el rabo entre las piernas, así lo asemeja cuando se gira y se va.
Al siguiente día y primero de los dos días del congreso, no planeo nada más que hacer mis deberes laborales, pero hay cosas que suceden simplemente porque si, sin ser planeas, es así como en un abrir y cerrar de ojos Marco la trae hacía mi, tan inesperada como innecesaria y, desde ese momento, hablándole y dándole una orden sutil que ella obedece para mi deleite, siento una abrumadora necesidad de poseerla en todos los modos que muy bien conozco, la evalúo todo lo que el congreso me permite hasta que llega su fin y cada quien volvió por su cuenta a casa. No hice en ningún momento ademanes de acercarme aunque en el segundo día, ante mi afán de ejercer algún tipo de control sobre la menuda y, aparentemente, desafiante mujer, fui empujado a ir tras ella.
Flash Back
Llego al salón y voy directo a por una botella de agua, aunque en el camino la busco a ella, ayer ví a la señorita Isabella compartir durante todo el día de congreso con el joven Alec Vulturi, sobrino de Marco. Ayer mismo me informe al respecto del chico ¿razones? Fácil, siento la constante necesidad de controlar todo lo que oscila alrededor de la castaña, me digo esto para no ahondar en mis verdaderas motivaciones, me permito actuar por impulsos en lo que será mi estadía o lo que queda de ella en este dichoso congreso.
Busco con la mirada y como un imán que me jala, ahí está ella, distraída mirando algunos papeles, sin notar la presencia de nadie a su alrededor, sin pensarlo demasiado voy caminando hacia donde se encuentra, quiero jugar un poco… divertirme.
—¿Llegando tarde, Doctora Swan?—le digo manteniendo un tono de voz monótono parándome a su lado y manteniendo mi vista en un punto alejado de ella, aunque observándola de reojo, su cuerpo da un salto y se envara provocando una sonrisa para mis adentros, trago agua y espero su respuesta.
—Puedes llamarme Isabella—una parte de mi quiere reñirla por el atrevimiento de tutearme, por ser confiada, por ser ella, pero me limito a negar tajante.
—No—sus ojos me muestran que la he asustado y quiero sonreír pero me contengo—Me gustan los formalismos, Doctora Swan—le digo.
—Yo… lo sient…—empieza a decir, me giro por completo en su dirección al escuchar un intento por disculparse, mis ojos escrutan cada movimiento en sus facciones delicadas. Sin embargo ella se detiene en sus palabras y veo la confusión y el reproche vacilar en sus ojos.
—No te estoy pidiendo que te excuses—reprendo—No tolero la impuntualidad—sigo hablándole con sinceridad, reprochándola con toda mi postura sobre ella.
—No… no es algo que me suela suceder, es solo que tuve una mala noche—sigue apresurada, sin embargo me enfrasco más en el sonido de su voz, suave, sutil, respetuosa y eso me calma y me hace sentir satisfecho. Sin embargo que ella llegue tarde sigue pareciéndome un tópico molesto, cualquier cosa negativa en ella parece molestarme más de lo que debe.
Por el rabillo del ojo veo como aquel chico, Alec Vulturi, con quien ella pasado todo el día de ayer se acerca hasta llegar donde estamos, no repara en absoluto en mi, pero a ella la toma por sorpresa cuando se acerca saludándola con efusividad. Mido sus reacciones y apruebo la forma en que ella intenta zafarse al chico de encima, tal vez ella no lo note y estoy casi seguro de que es así, pero en cada intento desesperado por sacarse al chico, su mirada viene hasta mí, no a mis ojos, no me mira directamente y eso me complace, una muestra muda de respeto aunque no le estoy exigiendo nada, también me complace ver que busca ayuda en mí, ella necesita y ¿yo que hago?
Finalmente tras una negativa cortante de su parte el chico se va, suspirando derrotado, lo catalogo como un chico con aspiraciones y deseos, que dudo mucho consiga.
—Que descortés, Doctora Swan. Probablemente el chico sólo quiere ser bueno contigo—le digo.
—No, solo no tengo hambre y quiero retomar esto—usa las mismas palabras que con el chico, señalando sus notas—Y quiero hacerlo sola—recalca la última palabra, ella es audaz, creo que no del tipo que puedes simplemente manejar. Ella puede negarse y eso me dice que es alguien en quien confiar, alguien para llevar y tratar, ella realmente puede. Con esos pensamientos no controlo la sonrisa cínica que se extiende en mis labios, ella me mira y veo la chispa del triunfo en sus manos y quiero tanto reprenderla pero me contengo, una vez más. Me inclino hacía ella lentamente, viendo y sintiendo su respiración engancharse, sus ojos se ensanchan con nervios y tomo el camino a su mejilla, hay algo, una curiosidad que me persigue desde el momento en que la vi, no son mis labios lo que llevo a su mejilla, no, ella no tiene merecido un beso de mi parte, pero si hago lo que deseo rozando varias veces mi barba contra su mejilla, sintiendo como se calienta su piel.
—Nos vemos pronto—susurro en su oído y me separo para ver su mejilla tornarse de un rojo exquisito gracias al roce, complacido con lo que veo doy media vuelta y me alejo con paso firme y decidido.
Fin del Flash Back
Una vez en casa todo parece volver, aparentemente, a la normalidad, con una sola diferencia, en los días siguientes a mi regreso, no volví al club, no he vuelto, recibo a diario la información que envía Victoria. Yo tengo un régimen, cada vez que tengo una sumisa no voy al club a menos que sea estrictamente necesario, pero ahora no tengo ninguna sumisa, y sin embargo, estoy pensando, pensando mucho y más de la cuenta en mis siguientes pasos.
En los siguientes días me dedico a reunir información sobre Isabella Swan, no demasiado sólo la información justa y necesaria, y cada vez me siento más interesado en ella, en tenerla, llevarla a mi casa y acabar con la autoimposición de no contratar a nadie hasta no creer que voy a sentirme bien con lo que obtengo. De hace un tiempo he dejado de conseguir sumisas para llevar a mi casa, de contratar y lidiar con ellas, ¿la razón? No estoy interesado en tener un gran historial, si bien soy un dominante y eso te crea cierta fama dentro de la comunidad, yo ya no quiero más sumisas, es decir, yo quiero o más bien yo necesito "la sumisa", no un monigote que puedo tratar a mi antojo, no… necesito un ser pensante y racional con suficiente inteligencia como para entregarse voluntariamente y saber lo que está haciendo; y por alguna razón, pienso que eso podría ser ella, pero tengo que asegurarme antes de dar cualquier paso definitivo y eso es en lo que he estado trabajando toda la semana. Ya sé que trabaja aquí en Chicago, sé además que es una excelente profesional, conozco de sus pocos amigos y sus actividades diarias, algo de su comportamiento, descrito como una intachable manera de comportarse; cada detalle que obtengo la vuelve más atrayente.
Llegado el último día de la semana, sé lo que tengo que hacer, ya está decidido, ahora solo es cuestión de esperar que ella tome la decisión que podría ser la última de su propia voluntad o, que por el contrario, la aleje definitivamente de mí y mis intenciones. Tengo fuertes esperanzas que sea lo primero.
Muchos piensan y pensaran tal vez, que encontrar a una sumisa es cuestión de cualquier cosa, es dominar a una mujer que simplemente muestra una actitud pasiva, o capacidad de doblegarse, pero no… es mucho más que eso; no cualquier mujer es capaz de soportar ciertas… exigencias, los requerimientos de un Amo. No cualquier mujer nace para tales fines y encontrar a la indicada es una tarea que por cortado puede no dársele a muchos; a mis 28 años he comprendido mucho de ello, y me he cansado de lo inservible, de lo fácil, quiero algo útil o no quiero nada. No quiero ser malinterpretado, no hablo de sentimientos mundanos y básicos como lo es el "amor", que trae consigo muchas más emociones tontas que ocupan los seres humanos día a día, trastornándolos en su comportamiento y decisiones habituales.
Tomo un papel, un trozo de papel y un bolígrafo para escribir las palabras que rondan mi cabeza para ella, y dan juicio y sentencia a mi decisión:
Doctora Isabella Swan.
La Ciudad.
4515 N Sheridan Rd (Entre Sunnyside y Windsor)
Te he observado, te he medido y he concluido
Ahora tienes la oportunidad de elegir.
Mañana, 1.00 pm, recuerda que no tolero la impuntualidad
Edward Cullen
El deseo de posesión que invade mi ser, deja claro lo que quiero ahora, pero debo esperar su elección, posiblemente su última elección, sé que ella no es inmune a mí, su cuerpo… y eso que está en ella y va más allá de lo que puede verse, me ha reconocido por lo que soy, he visto sus reacciones, estoy seguro de ello. No pasé ningún detalle por alto sobre ella, en ningún momento.
Por la tarde hice llegar la nota a su consultorio, siendo una tarea fácil averiguar los datos sobre ello. Marco habla de más cuando se trata de alguien a quien ha representado, y él definitivamente habla con mucho orgullo de Isabella, tanto que ofrece datos de sobra, cosa que a mí me favoreció en todo momento.
…
Llego unos minutos antes de lo pautado al restaurante donde la cité, un sitio que suelo visitar con frecuencia siempre y cuando la disponibilidad me lo permita, de lo contrario suelo terminar con un almuerzo de cafetería. Algunos trabajadores me saludan y les devuelvo el gesto con un asentimiento, voy directo a la mesa reservada y no más al sentarme traen mi botella de agua, me dispongo a esperar. Tengo la plena seguridad de que ella asistirá, solo espero que sea puntual o… no responderé de mi poca tolerancia a ello.
Faltan apenas cinco minutos para que sean la una de la tarde, me mantengo distraído con la tapa de la botella de agua, haciéndola girar con mis dedos y entre ellos, esperar nunca ha sido lo mío, hacer esperar es mucho mejor. Aunque en esta oportunidad quise llevar las cosas de esta manera para mejorar las causas, debo manejar su ansiedad desde el principio.
Hay pocos ruidos distinguibles en el lugar, los murmullos son bajos, por eso cuando el inconfundible ruido de unos tacones golpeando la madera del suelo se acerca, sé que es ese el anuncio de su llegada. Levanto mi vista directamente hacía donde sé que ella viene, efectivamente ahí está, con sus ojos marrones clavados en mí, tan estancados como su cuerpo mismo parece estar, de pie, quieta, un instante que me permite robar un vistazo de arriba abajo por su cuerpo, apruebo su buen gusto, la manera en que luce, y luego fuera de la parte física, aprecio el ligero temblor en sus manos, el suave zapateo de su tacón, la exaltación de su pecho y las pupilas de sus ojos… dilatadas, alertas, me agrada. La miro a los ojos indicándole que continúe, aprobándola abiertamente.
Ya había ordenado, por esa misma razón el mesero que la acompaña se marcha no más ella llega a la mesa, nos deja a solas. Me pongo de pie porque por muy egoísta que pueda ser, aún quedan algunos rastros de caballerosidad infligidos por papá, vagos pero ahí están. Solo si mi papá supiera.
—Doctora Swan, veo que ha decidido—digo suavemente cuando ella está justo frente a mí, hay muchas cosas que nacen en mi pecho ahora mismo y entre ellas está el anhelo profundo de arrodillarla, de borrar su mirada directa y exigente, de exigirle respeto, de verla tan dócil y doblegada como una pequeña perra—No puedo negar que me alegra tenerla aquí—le sonrío suavemente, porque es cierto, tenerla frente a mí es casi una confirmación a mis propósitos, aunque más que tenerla aquí, quiero llevarla a casa.
—Doctor Cullen—responde simplemente y eso está bien, no esperaba más. Doy un paso en su dirección queriendo comprobar más detalles, completar mi rompecabezas sobre ella. Tomo su mano temblorosa, ella esta fría al tacto, arrastro mis dedos por su suave piel hasta su muñeca, ahí bajo su piel se siente el bombeo de sangre por sus venas, es una dulce sensación sentir cuan viva está.
—El color rojo le luce a tu piel—le digo haciendo pausa para enfatizar mis palabras, aplicándole doble sentido al ejercer una leve presión a su muñeca para ver como su piel de un delicioso color blanco, crema, se empieza a tornar de color rojo, demasiado tentador sobre su piel. La veo estremecerse y mirarme, buscando algo en mí… ¿confirmando tal vez? —Toma asiento—le ordeno, no pienso andarme con rodeos, no con ella. Ella obedece mientras yo hago lo propio. —Puedes mirarme, Isabella—le digo mientras veo como intenta distraerse con sus manos, sumamente cohibida.
Pero por más de que no quiero andar con rodeos, quiero jugar con ella, llevarla quizá al límite de su paciencia, agotarla, estremecerla, comprobar que tanto respeto puede ofrecer sin conocerme, que tanto se siente atraída hacía lo que represento para ella, hacía mi mundo, y entonces, cuando tenga eso, podre decirle con toda certeza lo que espero de ella.
—Supongo que te peguntaras el por qué te cite ¿no? —le digo suavemente, midiendo poco a poco sus reacciones. Simplemente asiente— ¿No te haces una idea? —Le pregunto—Apenas cruzamos tres palabras y estas aquí—señalo con sorna, veo como su expresión se endurece, su rostro parece ahora una máscara ilegible de emociones, ¡jodida puta! La azotaría solo por eso. — ¿Eres así siempre?—ataco mientras tomo toda la diversión por dentro. Ella parece indignada.
—No—responde con altanería, enarco una ceja en desaprobación, lo que podría hacerle a su boca altanera—No sé porque estoy aquí, solo vine pero… si le molesta, puedo irme—sigue, la ansiedad se filtra en sus palabras así como la exasperación que mis palabras le han causado, mal por su parte, demasiado rápido para que su paciencia se haya agotado, no es nada bueno.
Dejo que el silencio hable un poco, mientras la observo y ella se encoge un poco en su posición, creo que ella no lo nota.
—No me gusta que me hables así, cuando te digo algo no es para hacerte molestar, estoy tratando de decirte que ese no es el modo correcto de actuar. Puedo ser cualquier tipo con cualquier intención—reprendo, mintiendo un poco porque si he querido jugar con ella, pero siendo sincero a fin de cuentas. Ella tiene que ser más cuidadosa, aunque no la culpo, después de todo ella es como una polilla. —Aunque si hubieses hecho lo que te digo y no estuvieses aquí, estaría completamente decepcionado—le expreso queriendo calmarla un poco, que sepa que me agrada tenerla aquí—Me complace bastante que estés aquí, como ya te he dicho, así como el hecho de que llegases a tiempo, debo decir… justo a tiempo—reflexiono, para mí y para ella, entonces sonrío porque de verdad estoy complacido.
Ella no dice nada a mis palabras pero veo en sus ojos un brillo que también me gusta.
—Doctora Swan o… Isabella. Debo escoger uno. Y para que vayamos entrando en confianza, será Isabella—le digo—Aunque, como te dije, me gustan los formalismos, así que para mí serás Isabella pero tú te debes dirigir a mí con respeto ¿de acuerdo?—pregunto, su respuesta es algo crucial para mis siguientes palabras, un anzuelo. Ella lo sabe, asiente y lo hace de una manera tan delicada, un gesto tan… sumiso, que quiero gemir de satisfacción.
Es el momento de hablar, ya no quiero esperar más y necesito saber su respuesta de una vez por todas.
—Bien, te he observado todo el fin de semana—le digo haciendo referencia a los días del congreso—He estudiado cada movimiento, paso y palabra. Y lo que vi en ti… lo quiero—declaro— ¿Tienes idea a lo que me refiero? —voy directo a por lo que busco, ella lo sabe, puedo verlo en sus ojos. — ¿Quieres esto, Isabella?—se que estoy presionándola demasiado rápido, pero es tomarlo o dejarlo, sin embargo, soy muy consciente de la consternación en su mirada, voy a ser claro entonces.
Voy a darle tiempo.
—No me respondas ahora—le digo, aunque no muy agradecido con mi propia decisión—Respóndeme al final del almuerzo—declaro, ella amplia la mirada como si fuese una sorpresa el tiempo que le doy ¿quiere más? ¡Imposible! —No soy de buenos tratos Isabella, te quiero para mi… sometida, entregada, a mi voluntad—susurro penetrando sus ojos, ella está atenta a cada palabra, veo el cambio, su respiración se altera y sus mejillas adquieren un suave tono rosa del cual ella no parece consciente. Sus ojos… ellos me hablan de lo mucho que ella quiere esto.
Le explico del informalismo en mis acciones, normalmente no procedería así, pero normalmente yo ya conozco más de trato a la sumisa en cuestión o, en otras circunstancias, la sumisa se encontraría suplicando por un poco de atención. Sin embargo, con ella no, quiero tomarlo despacio y a la vez no demasiado lento, porque si algo es cierto en todo lo que he dicho este tiempo, es que la quiero, de todas las formas posibles en que conozco. Le pregunto, solo para confirmar, sobre su experiencia como sumisa, sin ser explícito en mis palabras, pero ella está conmigo, sabe de qué estoy hablando, el mesero llego interrumpiendo antes de que ella pueda darme una respuesta, solo cuando se va, me mira y responde, una sola experiencia, y eso es suficiente.
—Es suficiente, no me gusta entrenar putas—digo con una mueca, nunca me ha gustado, solo hago eso en el club, disgusta tener una sumisa inexperta que más que satisfacción te da molestias en exceso por su carencia en disciplina.
Por ahora basta, la tengo y esa es la única razón para que estemos en este lugar, le indico que coma, ella lo hace aunque sus nervios siguen siendo evidentes, aunque ahora parece un poco más relajada que en un principio. Mientras cómo y pienso, hay algo que quiero saber, algo que siempre me pregunto por mucho que he aprendido, por muchas experiencias que he escuchado, siempre me hago la misma pregunta, inclusive en algún momento me la hice a mí mismo, ¿Por qué?
Su respuesta es sencilla y concisa.
—Me gusta… confiar en alguien hasta el punto de poder entregarlo todo, complacer y servir—me gusta su respuesta, puedo halagarla por ello, una pequeña puta también merece halagos.
—Me complace tu respuesta, no esperaba menos. Eres inteligente, honesta y calculadora, sé que me has observado tanto como yo a ti—le digo cuando veo que ya ha terminado de comer, sonrío por mis últimas palabras—No me interesa saber más de lo que ya sé, no para escogerte, sé que tienes veinticinco años, que eres una buena chica, dedicada y aplicada a tu trabajo, vives sola. Sé lo que eres y sé lo que quiero. ¿Quieres confianza? La confianza la construimos a base de respeto, ante ti me presento, soy Edward Cullen, conoces mi trabajo, tengo veintiocho años, sabes lo que me gusta y lo quiero de ti, por tanto, aceptando que esta es la manera informal de decirlo, pero necesaria para empezar, ¿aceptas?—le pregunto, presionando sus límites.
Pero contrario a lo que espero de ella, me enfado, su letargo para responder, en no saberse definir me molesta, sus ansias por saber más ¿Qué necesita saber? ¿Qué la ataría, azotaría y luego la follaria? ¿Qué la orientaría para educarla de modo correcto? ¿Necesita un contrato ya? Sus dudas y vueltas me obligan a sacarla del restaurante, siendo rudo con ella. Conduzco en silencio directo a la torra Hacock, ahí donde se encuentra uno de mis lugares favoritos en medio de esta jodida ciudad llena de ruidos y congestión, me encanta estar ahí, poder apreciar todo desde lo alto, desde la distancia que me permite alejarme de todo y todos, pensar, dejar, alejar. Son muchas cosas las que hago en ese sitio, pero ahí también reposa el documento que he elaborado durante la semana para Isabella, sí, he guardado todo este tiempo una actitud positiva respecto a su aceptación final.
Le explico lo que sé que ella necesita saber, mis condiciones, mis necesidades y las cosas que espero de ella. Discutimos mientras está muy cerca y sé siente muy bien, puntos sobre el contrato, permito que exprese su opinión hasta que finalmente todo queda dicho y ella, de manera muy dócil, firma el contrato, entregándome así su voluntad. Mi pecho se llena de orgullo viéndola, el flujo de adrenalina ya conocido recorre mis venas al verla tan dispuesta, tan decidida, y mucho más cuando un "Si, Señor" brota de sus labios al recibir unas primeras instrucciones. Puedo ver el anhelo en sus ojos pero, contrario de eso, la envío a casa y le indico cuando debe llegar a la mía, porque ella será mi sumisa las veinticuatro horas, los siete días de la semana. La despido acercándome a ella, confundiendo su juicio y deleitándome con el deseo en sus ojos, soy distraído por su labio inferior y mi propio deseo de causar reacciones en ella, tomo su labio inferior entre mis dientes, ese pequeño trozo exuberante, rosado y grueso, escucho su gemido mientras mis dientes aprietan y tiran de su labio hasta que siento el sabor de su sangre en mi boca, ahora ella luce mejor. Y es mía.
…
Que ella firmase, que ella sea mia, que nos una el contrato, me hace sentir completo. Voy a casa de mis padres para tener una cena. De vez en cuando puedo complacer a otros ¿no?
El regreso a mi casa es tranquilo, vivo en una zona alejada del centro de Chicago, pues como ya he mencionado, me gusta la paz, la tranquilidad que te ofrece cierto aislamiento, y eso considero mi casa, un sitio aislado y lleno de paz. En ella cuento con dos personas que son los encargados de mantener todo en orden, Carmen y Michael, ambos fueron contratados desde que mi casa estuvo lista y desde entonces han sido personas de mi entera confianza. Sin embargo ninguno tiene permitido a ir más lejos de la planta baja, por mucha confianza que les tengo, existen ciertos límites, cosas que ellos no necesitan saber.
Unas cuantas mujeres han pasado por mi casa, cada una en distintas condiciones dependiendo de mi tolerancia hacia ellas, ellos jamás han hecho comentarios al respecto, ninguna palabra, opinión o cuestionamiento sobre comportamientos fuera de lo común en mi casa, eso es lo que los ha mantenido unos cuantos años bajo el asilo que puedo brindarles.
Al entrar a casa, saludo a ambos, y me voy directo a mi habitación. Entro y voy por una ducha para que, después de un par de llamadas, me permito descansar tranquilamente.
No es posible negar que me encuentro ansioso el sábado, luego el domingo, al despertar y hacer lo habitual con algunos estiramientos que me permitan despejarme. En un punto en que no consigo que hacer, voy por mi violín y me concentro en mirar hacia el jardín, la tranquilidad e imperiosidad del cielo azul que se extiende más allá de los muros que rodean la casa, entonces empiezo a mover mi mano para darle forma a lo que cruza por mi cabeza, forma de música. El sonido y la paz frente a mis ojos consigue aplacar mi espíritu, quiero solo saberla mía, ella ya lo es, pero aun no la tengo, bajo mi casa, sirviendo para mí; no puedo explicarlo, resulta casi imposible a menos que consiga trasmitir lo que pasa dentro de mi cabeza.
¿Cuántas melodías voy a tocar? No lo sé, pero permito que mi mente se pierda entre notas, una y otra, acostumbro a tocar por las mañanas, para comenzar un nuevo día con calma, la música es el mejor remedio para la ansiedad, para calmar los ánimos y bajar la guardia, la música permite liberarse y perderse de un modo que, al acabar, vuelves a tu habitual exterior pero por dentro sabes que algo ha cambiado.
Tan tranquilo como solo la música consigue ponerme, soy irrumpido en casa por una visita, siento algo de molestia cuando Carmen me hace saber que Rosalie, Emmet y Chloe se encuentran abajo esperando por mí, sé que cuando se trata de Rosalie nunca hay un previo aviso, ella llega cuando quiere y siempre ha sido así. Claro que Carmen sabe que estoy solo, por eso confirmo mi disponibilidad a ellos, en caso de no ser así, ella habría dicho que no estoy en casa.
—Rosalie—digo una vez estoy abajo, acercándome a mi hermana de pie en el umbral de la casa, Emmet ya está de camino a algún sillón y Chloe, no la veo así que de seguro está corriendo en el jardín.
—Edward—ella se acerca y me aprieta en sus brazos, supongo que es un abrazo.
— ¿A que debo la visita?—pregunto cordial—Carmen, ¿les ofreciste algo?—pregunto.
—Sí señor, pero han rechazado cualquier cosa—dice, le hago una seña para que se retire entonces.
—He venido a visitar a mi hermanito, ¿no puedo?—bufo en respuesta.
—Emmet—me acerco para saludar a quien es mi colega y cuñado.
—Edward, que bueno verte—dice, es difícil buscar el punto en el que Emmet y yo podemos congeniar, él es un personaje bromista, muy pocas cosas son tomadas en serio por su persona, pero conmigo es distinto; él puede acompañarme en mis silencios y hablarme cuando es necesario, casi puedo considerarlo un amigo.
Nos sentamos, los tres, en diferentes sillones de la sala e iniciamos una conversación sobre cosas de la familia, del trabajo, del mío y el de Rose, entre otras cosas.
Al menos, gracias a su visita, el día se me pasa rápido; por la tarde envío un texto a Isabella con las indicaciones finales que necesita para llegar a casa mañana, temprano.
En algún momento con Rosalie jugando con Chloe afuera, Emmet se acerca a mi posición dando un leve golpe en mi hombro, llámese saludo o aviso, es muy su estilo.
—Te noto más extraño de lo normal, Edward—dice deteniéndose a mi lado. No respondo. — ¿Algún problema?—me molesta su intromisión pero mantengo la calma, mis asuntos son míos pero ¿puedo acaso reclamarle por tomarse la molestia de preguntar? La única respuesta es, no.
—No pasa nada, Emmet—respondo.
—Desde que llegaste de aquel congreso, no pareces el mismo, y eso es raro en ti—dice.
—Estás viendo quizá, una faceta de mí que no habías tenido oportunidad de ver, Emmet. Tengo una ocupación más ahora, pero no es nada importante—digo, indirectamente hago una referencia a ella.
—Cuando hablas de ocupación supongo que te refieres a una mujer—afirma más que preguntar. Le doy una mirada. —Si sabes que las mujeres no son una ocupación, ¿cierto?—sigue, buscando entrar sutilmente.
—Emmet, no empieces—le digo—Para mí es lo que son y ya, no un pasatiempo, no un momento de diversión, tampoco una carga, pero si una ocupación.
—Hablas como si fuese un trabajo—me dice, como siempre mostrándose reticente en el tema, hace tiempo se enteró sobre mis… gustos particulares, y por supuesto siempre ha tratado de hacer cambiar mi forma de ver las cosas.
—Tiene toda la pinta, Emmet. Mira, ahora no quiero explicártelo, ¿de acuerdo? Mejor corta el tema acá, entiendo que no estés de acuerdo pero soy yo y ya—le digo dándome vuelta para volver dentro de la casa.
— ¿Con que no está de acuerdo Emmet?—pregunta Rosalie haciéndome dar cuenta que se encuentra muy cerca de nosotros, le doy una mirada amenazante al mencionado y camino dejándolos solos, a ver que va a decir. Después de un rato todo sigue normal y me encuentro en una charla sobre "experiencias de la vida" con Chloe.
—Bueno Chloe, despídete de tu tío porque ya nos vamos—anuncia Rose.
Despido a la pequeña y voy junto a ellos hasta la puerta para lo mismo. Cuando desaparecen a través de la verja del jardín, respiro tranquilo. Volviendo a casa y a la tranquilidad que ella alberga. Una vez más, solo, voy camino a descansar, sintiéndome raro por haber estado todo el día aquí sin hacer nada.
…
Ahora bien, puedo recordar todo lo anterior como un borrón de días pasados, sentado en el escritorio de mi consultorio con una goma anti estrés en mi mano derecha meditando sobre todo lo ocurrido el pasado fin de semana. Pienso en su llegada y la decepción que me supuso cuando entré y noté que se iba, sin embargo logré entender entonces que debía manejarla con suavidad y no ser tan imperioso, gracias a eso las cosas avanzaron permitiéndome notar que lo dicho era y es cierto, ella es una excelente sumisa, a pesar de los tropiezos que cualquiera tiene, ella se ha ido adaptando fácilmente a mis exigencias y con ello ha permitido que todo tome un curso cómodo para ambos. De modo que ya no se trata simplemente de una sesión, de un rato en la mazmorra para mi placer y el suyo desde luego. Ahora se trata de confianza, de un respeto bien infundado, de poder hablar, de tener una persona con quien desahogar y sentir tranquilidad sin necesidad de llevarlo a términos prácticos. Ella es receptiva en más de un sentido, responde positivamente a casa cosa que le pido, todo esto hablando en un plano de emociones y hechos. Si hablo en el plano sexual, las cosas son mucho mejor, aunque siempre me gusta mantenerla a la expectativa, jugar con sus ansias y nervios, la anticipación hace las mejores cosas en ella. Me gusta verla de rodillas, entregada, obediente, follarla es un acto de posesión pura, su manera de entregarse es algo digno de apreciación. Sus ojos transmiten ese respeto que yo tanto he buscando obtener y que tan pocos logran conseguir, me siento bastante a gusto con ella y eso se nota día a día. Incluso aquella noche, junto a sus amigos, tratando de tapar mi personalidad y comportarme de una forma distinta, nunca me habría atrevido hacer algo como aquello, jamás cruzó por mi mente dejar de ser lo que soy, con ella o alguien, para ayudarla a quedar bien con sus amigos. Sin embargo ella lo merecía y merece, e inclusive me sorprendí a mí mismo divirtiéndome aquella noche, con su cara de sorpresa y consternación, aunque finalmente las personalidades siempre terminan saliendo a flote.
Pero ese mismo fin de semana las cosas se vinieron abajo, había recibido una llamada de Garrett, viejo amigo y ex compañero de la universidad, pidiéndome el favor de ir al club para sesionar con una de sus sumisas. No quería hacerlo porque la tengo a ella, es más se lo dije, pero mientras las palabras cruzaban entre nosotros tuve una idea cruzando mi mente, tal vez podría comprobar algo sobre ella durante la sesión y ¿Por qué no? Después de todo, ella debía obedecerme en lo que le pidiera; cuando se lo comenté, a pesar de ponerse en evidente nerviosismo, no se negó. Le recordé que tenía una palabra segura, que no estaba obligada a hacer nada que no quisiera. Igual accedió.
Ese domingo empezó bastante bien, luego de una sesión que catalogo como apoteósica, donde ella se estregó al máximo, permitiéndome disfrutar de su cuerpo y hacerla disfrutar en el proceso. Aun puedo sentir en mis oídos sus lamentos y gemidos, sus suplicas porque parara y luego para que siguiera, sus gritos ahogados, todo.
Gracias a ello tuve un muy buen ánimo durante todo el día, mejorando cuando al pedirle que se reuniera conmigo en el salón de la biblioteca, me sentí con un orgullo inmenso al verla vestida de tal manera, sabiendo que lo había hecho para mí, con las marcas de mi látigo en su cuerpo, algunos pensarían que es presunción lo que yo sentía, pero era total orgullo en su estado más natural. Le di indicaciones e hicimos una modificación necesaria al contrario pues ya existía la suficiente confianza entre nosotros como para dejarme manejar su voluntad de forma más directa e intensa, que era exactamente lo que me proponía.
Desde que la vi por primera vez quise ajustar alrededor de su níveo cuello un collar con mis iniciales, que llevase una marca mía, marcada como mi propiedad, pero ella dejó muy en claro su punto y yo lo respetaba, esa tarde logre persuadirla para que lo utilizase, aunque más que persuasión le dije la verdad: en el club, por más que fuese conmigo, existen aquellos llámense maestros, amos o dominantes, que no respetan presencia sino marca y yo no tenía pensado permitir que algo así sucediera, no con ella, ella no sería compartida a menos que yo así lo dispusiera y esa noche no era para eso. Mi propósito era medir, entre otras cosas, su capacidad de concentración en mí, el respeto que parece tenerme, ella debía honrarme esa noche, comportarse tan mía como parecía y decía ser y, aparte de es, iba a obtener placer porque algo que muchas personas llevan dentro pero no lo dejan salir por opresiones sociales, es el placer que les da ver a otros en una situación en la que tal vez ellos quisieran estar, el placer entre por todos los sentidos y la vista es una de las más fáciles de estimular.
La llevé hasta el vehículo tirando de la cadena, controlándome al sentir como cada musculo de mi cuerpo quería explotar de éxtasis al sentirla así a mi lado, y no solo eso, el tenerla así tan sumisa y entregada, hacía que el deseo de poseerla fuese casi irrefrenable, casi, pero no lo suficiente para superar mi autocontrol. Pudimos llegar al club pronto, sin ninguna estupidez de camino. Le di indicaciones, de cada cosa que esperaba de ella esta noche, contando con que le quedase claro y no se dejara persuadir de aquello que estaba más allá de lo que podía controlar, por contado sabía que ella nunca había estado en un sitio de estos y fácilmente su atención podía ser distraída, pero eso era parte de su prueba, parte de lo que esperaba de ella.
Al entrar, de reojo observaba cada una de sus reacciones para corregirla en caso de que fuese necesario, afortunadamente ella estaba comportándose a la altura. Mientras entrabamos Victoria se acercó, era de esperarse, pero la hice alejarse antes de que posara sus manos sobre Isabella, nadie que no fuese yo iba a tocarla esta noche. La llevé al salón de sesiones y le dije una última vez lo que podía y no podía hacer, finalmente la deje para ir a cumplir con lo que tenía que hacer. Fui hacía la parte de atrás de la habitación donde llevaría a cabo la sesión, era una sumisa a la cual Garrett estaba entrenando para llevarla con él, si a mí no me gustaba tener para mí una puta novata, a Garrett mucho menos, y para evitar castigarla más de lo necesario, prefería "educarla" en el club con anticipación.
Me cambie la ropa que traía por un jean negro, bastante oscuro, y un chaleco de cuero del mismo color. Finalmente entré en aquella habitación cuyas cortinas ya se encontraban abiertas para permitirles a todos ver hacía el interior y hacerse una idea del contexto de la sesión, así como la posición en la cual se encontraba dispuesta la sumisa en cuestión. Por petición mía ella se encontraba dispuesta sobre la rueda, atada de sus cuatro extremidades. Me gusta la rueda porque aumenta el placer de sentirte dominante de la situación, así como para quien está atada, aumenta el placer que da la sensación de vulnerabilidad y exposición a los deseos de su Amo.
Se reojo observé hacía donde esta ella, mi puta, sus ojos perdidos en la habitación, en mis movimientos, quise sonreír. Caminé alrededor de la rueda, dando la sensación de estar deliberando mis próximas acciones, la verdad solo quería crear expectativa, alimentar sus ansias a través de su oído, tal vez la putita no podía ver pero sus otros sentidos estaban alertas y, en casos como esos, el más sensibilizado es el sentido del tacto, al menor contacto ella sentiría todo en mayor grado, y era parte de la lógica sencilla de que al privar un sentido, los demás se intensifican o amplifican. Por eso tomé un par de pinzas de las cuales guinda una pequeña pesa, lo suficiente como para que la presión y el tirón la hicieran sentir miserablemente adolorida, pero al adaptarse su cuerpo a la presión, sienta un gran places y se excite.
—Preparada—susurré, posicionándome cerca de su rostro, no di tiempo para que pensara, cuando ajusté la pinza sobre uno de sus erectos pezones, dio un grito agudo producto de lo inesperado, también lo hacía para alentar a la audiencia, su dolor levantaba euforia entre las masas, su agonía excitaba a los espectadores. Eso es por lo que ellos estaban ahí, y ellos eran la razón para que ella reaccionara exagerada. Instalé la otra pinza y su respuesta fue más leve, ya sabía lo que podía esperar, de nuevo volteé la vista de reojo hacía Isabella, su cuerpo entero describía las sensaciones que invadían su cuerpo justo ahora. Ajusté la última pinza sobre su clítoris, la excitación de su cuerpo ya era muy notoria, que fuera novata no la dejaba exenta pues, a pesar de que su mente aun luchaba con las sensaciones, repudiando todo aquello, su cuerpo lo aceptaba, lo toleraba hasta convertirlo en una necesidad.
Era fácil notar la aceptación en el cuerpo de la sumisa y sus ganas de más, más dolor o más placer, pero siempre más. Sus gritos, sus gemidos no eran claros pues debajo de la bolsa que cubría su rostro, su boca estaba cubierta por una mordaza de bola; me incliné para tomar un látigo que usaría para brindarle unos cuantos azotes, no era necesario que existiera una razón como desobediencia para que hubiesen azotes en una sesión, tampoco se debía a que los azotes excitaban aunque muchos los usaban por esa razón, y aunque evidentemente ese era el efecto al que conllevaba, estaba el hecho de domar en su forma más primaria, demostrando quien lleva la voz de mando. Puede sonar primitivo, básico, pero no se puede olvidar jamás que todo se hace bajo un consentimiento mutuo, nunca es una decisión unilateral.
El látigo estaba conectado a una fuente de poder, al impactar la punta del látigo con su cuerpo, dejaría una pequeña descarga eléctrica que junto al golpe, haría convulsionar su cuerpo, acoplándose a la sensación de dolor y convirtiéndolo en placer líquido que resbalaría por sus piernas.
Eso era quien yo era, soy, mi elemento por completo. Gruñidos que escapaban de mi pecho no se hicieron esperar, igual a la tensión que se formaba en mi cuerpo queriendo explotar en mi propio placer de ver a una mujer, tildada con el nombre de sumisa, vulnerable y entregada a mis deseos y exigencias, mi polla se sentía a reventar, necesitando una liberación de cualquier manera. Mis ojos se desviaban con mayor frecuencia hacía Isabella, era imposible olvidarme de su presencia del otro lado del vidrio que separaba la habitación del resto del salón, sin embargo mi mente estaba nublándose por el placer de dar. Tomé un huevo vibrador soltando por fin el látigo y lo coloque sobre los pliegues resbaladizos del sexo de la sumisa, de inmediato su cuerpo entero vibró perdido en las sensaciones, ella necesitaba un orgasmo y estaba suplicando por ello y su comportamiento parecía merecer algún tipo de recompensa. Observe todo su cuerpo, ella tenía ambas manos firmemente sujetas aunque en realidad una de ellas estaba libre, si la soltaba y alzaba, era suficiente señal para detener todo, sin embargo podía observar cómo le gustaba lo que estaba ocurriendo, lo estaba soportando de la mejor manera y eso hablaba bien de ella. Dejé el huevo sobre su clítoris y me moví a su espalda para susurrarle al oído preguntándole si se encontraba bien, era importante en medio de sesiones, aunque ella diría que estaba bien, y la cosa es que nunca sabes y nunca puedes confiar completamente en alguien que está influenciado por la lujuria, una gota de cordura podría cambiar el curso de un evento.
Me alejé de ella y me moví más cerca del vidrio, aprovechando la oportunidad para buscar a mi puta con la mirada, encontrándola perdida viendo en otra dirección, su mirada desenfocada, anonadada y admirada, ella se encontraba absorta y hasta hipnotizada viendo hacía otro salón. ¡Mierda! Sabía que algo así podría ocurrir, pero eso no quitaba en menos la molestia que empezó a tomar forma en mi interior, con una sensación poderosa creciendo en mi pecho. Cambiando totalmente el ambiente en el que me sentía hace unos segundos antes, le permití llegar al orgasmo a aquella sumisa, no era tan cabron como para cobrar mi enojo con ella, no soy partidario de pagar mis frustraciones con personajes ajenos. En un chasquido de mis dedos cerraron las cortinas y pude liberar a una sorprendida puta que más le valía no hacer comentarios al respecto, le hable de lo bien que lo había hecho mientras la soltaba y luego salí de la habitación yendo directo a un baño privado para asearme y cambiar de nuevo la ropa. Esperaba con ahínco que Isabella hubiese cumplido con el resto de cosas que le había indicado, estaba bajo advertencia, ella no era estúpida y sabía las consecuencias que podía acarrear un mal acto por su parte. Estaba molesto porque no hubiese prestado atención todo el tiempo, un fervor calentaba mi pecho porque ella quitó su mirada de mí porque algo más capturara su atención, sin embargo, era algo que podía manejar, porque siendo su primera vez en un sitio como este, ella podía distraerse muy fácilmente. Me cambié rápido y volví al salón con rapidez.
Pero grande fue mi sorpresa al levantar la vista hacía las personas reunidas en el salón y ubicar a Isabella, de espaldas, con una postura tensa pero perfecta, frente a ella, tan cerca, se encontraba Nick, su nombre solo un diminutivo que el permitía usar para Niklaus, un Amo joven aunque bastante popular e irreverente, las normas no existían para él y eso quedaba evidente en su acercamiento a Isabella. Mis puños se crisparon y el enojo bullo en mi interior, no era por él, él no tenía problema alguno. Era ella, mis indicaciones habían sido lo suficientemente claras y odiaba repetirlas, pero con ella lo había hecho varias veces, que no hablara con nadie. Ahora ella estaba dejándome como un reverendo imbécil frente a los demás, faltándome el respeto de la forma más absurda en que podía, inclinando la cabeza y, atenta y perdida, en él, en otro Amo, como si ella se debiese a él. La idea se formó muy rápido en mi cabeza, si eso era lo que ella quería, si se quería comportar como la puta que finalmente era, entonces eso tendría, no iba a detenerme en darle eso y de esa manera, ella se llevaría una lección.
Vi la cabeza de Nick alzarse en mi dirección mientras sonreía con amplitud, su juego estaba hecho y el castigo vendría pero él quedaría exento de ello, ya me encontraba lo suficientemente cerca para oír las últimas palabras que le dirigió a Isabella.
—Nos veremos de nuevo, pequeña zorra. Pórtate bien—le dijo, ella se quedó anonada e hipnotizada viéndole ¿Qué sentía? No podía describir como me sentía, podía sentir sobre mí, quemando, las miradas de otros pero todo eso era mierda que no importaba, la cosa era ella y la forma en que me sentía… decepcionado, en un grado que nunca esperé. Ella se había comportado como la mierda de sumisa común que simplemente está para dejarse llevar por cualquier Amo, su cuerpo, ella, respondería a las exigencias, ordenes e imposiciones de un dominante cualquiera, ella no era lo que yo buscaba. Me había equivocado.
—Veo que te estas divirtiendo, Isabella—dije de pie detrás de ella, utilizando el tono más neutral que me fue posible, me hice frente a ella. Podía ver los miles de conflictos que pasaban por su mirada ¡Menuda puta! Tenía ganas de sacarme el cinturón y darla una lección pública, una idea que quería monopolizar mi gente, pero yo era mucho más que eso y sabía lo que sería más conveniente para ella, lo que en realidad se merecía más que ser mancillada por mí.
Intentó llamarme, pero yo no quería escucharla, ella no debería dirigirse a mí de ninguna manera, con rabia contenida tomé su mandíbula con mis manos, sin medir la fuerza que estaba usando o preocuparme por ello.
—No quiero escucharte, Isabella. Ahora quiero que disfrutes la noche—lleve mis manos a su cuello y solté el collar que, después de todo, no había significado nada en su cuello. —Ve—indiqué—Disfruta, compórtate como la perra que eres. No hay nada que te represente—vi en sus ojos dos cosas, sorpresa y reconocimiento, la estaba soltando a una jauría, pero eso era exactamente lo que ella deseaba, y las putas obtienen lo que desean. —Iré a disfrutar de la noche también, ahora se una zorra y sigue divirtiéndote—fue lo último que le dije antes de girarme para ir hacía la planta de abajo, no me apetecía en lo más mínimo tenerla en mi enfoque visual.
Cuando llegué abajo me reuní junto a Victoria, quien afortunadamente no hizo mayor mención de lo que acababa de ocurrir, le pedí a uno de los "esclavos" del club, que mantuviera vigilada a Isabella, y aunque intenté divertirme, toda mi noche había sido jodida, mi puta noche se había reducido a mierda.
Aquel esclavo me indico que ella estaba en manos novatas, mala suerte para ella, fue el único comentario que hizo Victoria, y yo estuve de acuerdo con ella, muy mala suerte para la pobra puta haber caído en manos novatas que apenas y saben cómo manejar algo. Le indiqué que me avisara cuando terminaran con ella, entonces la recogería.
Exactamente así lo hice, Victoria me acompañó y reí ante su apreciación al verla tirada en el suelo, echada es la palabra correcta para una perra, estaba aovillada y sus nalgas destapadas dejaban ver lo horriblemente marcada que se encontraba. Lo dicho, la mala suerte de caer en manos novatas.
—Hora de irnos, Isabella—le dije llegando a su lado, viéndola desde mi posición, por un leve momento sentí el impulso de tomarla en brazos, estaba muy magullada, pero me negué a mí mismo eso. La vi hacer ademan de levantarse junto a la expresión de dolor en sus facciones. —Las perras no caminan en dos piernas, vamos al auto—le dije, ella obedeció, anduvo a gatas hasta el auto, Victoria sonrió entretenida con la situación y a mi poco podía importarme. Hice que Isabella se montara en el asiento de atrás del auto y me encaminé hacía casa nuevamente. No dije palabra alguna en todo el trayecto, porque era incapaz de reunir con entereza las palabras que quería expresarle.
Llegamos a casa en medio de silencio, sabía que ella estaba bastante adolorida, pero todo formaba parte de su castigo, un castigo que ella había buscado. Me baje del auto y fui al interior de la casa vacía, les había otorgado el fin de semana libre a Carmen y Michael. Esperé hasta verla entrar, gateando. No había ningún placer en verla tan reducida, todo lo quería y veía a través de mis ojos, era castigo.
—Señor—llamó cuando pudo ponerse en pie. La miré.
—Ahora no, Isabella—dice recostándome a la pared, calmando mi ser y enfocándome en el control y la disciplina que había aprendido a través de los años. —No quiero escucharte, no quiero verte, no quiero olerte, no quiero saberte en mi presencia—solté, dejé las llaves para que se quitara el cinturón que traía y me giré para ir directo a mi habitación.
Decidí no pensar más, y luego de una ducha rápida me metí a la cama. El día siguiente iba a ser un nuevo día.
Sin embargo, al despertar, si bien era un nuevo día, las cosas y mis emociones, seguían tal cual, mi mente no había dejado de trabajar al respecto. Aún era de madrugada, así que me levanté y fui a tomar mi violín viendo como empezaba, poco a poco, a aclarar en el cielo. Dejé que mi mano se moviera al compás que deseaba, sacando notas atípicas a lo que acostumbraba, aunque eran significativas.
Cuando me sentí más calmado y satisfecho, un nuevo panorama se pintó para mí, debía pensar con pausa y mesura, pero antes de tomar decisiones trascendentales debía encargarme de ella. A pesar de todo, ella seguía siendo mi responsabilidad, debía cuidarla. Caminé hacía su habitación, entré y miré la cama tendida, como si nadie hubiese dormido allí, en el suelo, sobre la alfombra, había una almohada. No me sorprendí realmente con lo que veía, pero me daba una pista de que ella estaba asimilando las consecuencias de sus actos.
Escuché ruido y alcé la vista para verla salir del cuarto de baño, su cuerpo envuelto en una toalla. Si antes la veía pequeña y vulnerable, ahora no tenía palabras para describir como se veía. Sus ojos llorosos y enormes ojeras debajo de estos, sus facciones totalmente demacradas.
—Quítate la toalla—indiqué, necesitaba verla completa. —Acércate—pedí y dando pasos inseguros llego frente a mí, intuía el temor en su mirada. Le di una última indicación pidiéndole que se girara, cuando lo hizo apreté mis facciones y tensioné mi cuerpo, yo jamás haría eso con una sumisa, con una mujer, yo había dejado que esto le ocurriera pero eso no quitaba lo hijos de puta que habían sido aquel par de imbéciles que desde ya, tendrían la entrada vetada al club. Sus nalgas estaban más que moradas, negras, su carne hinchada y parte de su piel raspada.
La hice recostarse suavemente sobre la cama y tomé una crema que había traído conmigo, la unté en mis dedos y trate de pasarlos lo más suave que pude sobre sus nalgas, en cada espacio donde había una herida o restos de azotes. La dejé ahí con la indicación de que esperara y fui por una pastilla para el dolor junto con un vaso de agua. Al regresar ella estaba en la misma posición y le ofrecí el vaso de agua con la pastilla luego de ayudarla a ponerse en pie.
—Vístete con alguna falda o vestido, un jean te hará daño—asintió. Puse mis manos sobre sus hombros para que me mirara. —Escúchame bien—llamé su atención—Toma un bolso, guarda alguna ropa y cuando salgas del hospital, vete a tu apartamento. No te quiero en casa, cuando te quiera de vuelta te lo haré saber—le dije, no espere para ver reacciones, me di la vuelta y salí de su habitación yendo a la mía para tomar mis cosas e irme al hospital, si bien era temprano, no quería estar más tiempo en casa.
…
De eso que fue el lunes, ya han pasado unos días, tres para ser exactos. Me he abstraído de todo enfrascándome en el trabajo del hospital, operaciones y casos particulares que han llenado cada gota de mi tiempo estos días, lo suficiente para no pensar pero la verdad es que tengo que hacerlo ¿Qué debo hacer ahora? Cualquiera puede pensar que un Amo, un Maestro, debe saber todo lo que hay que hacer, pero no puede olvidarse lo que somos, que soy un ser humano al igual que el resto. Tener gustos diferentes no te hace ser algo discrepante. Sin embargo hoy, jueves, caigo en cuenta de algo, he estado dándole muchas vueltas al asunto y la verdad es que no tengo que pensar en lo que viene o lo que debo hacer, no, no hay un cambio relevante, lo que sucedió no es motivo suficiente como para dar por finalizado un contrato. Sin embargo, las cosas van a cambiar en la forma de aplicación, yo me he estado comportando de cierta forma con Isabella, formas que pocas veces se había visto en mí, he sido condescendiente y cuidadoso con ella aun cuando sé que ella ya ha experimentado este mundo; siempre me he preocupado por su placer al mismo nivel que por el mío, procurando nunca dejarla atrás, ahora todo eso iba a cambiar, porque sencillamente una decepción acarrea cambios y pérdida de confianza, ahora hay un nuevo trecho que recorrer y ya veríamos que curso tomaban las cosas.
En los días anteriores he evitado mandar a averiguar sobre ella, ignorando punzadas que pretenden llevarme a su encuentro. Tengo claro que no hay peor castigo que la ausencia y eso es lo que estoy haciendo, me encuentro ausente por completo de su vida. Cada vez que ha habido una intención de llamarla me detengo, más que nada porque no sé cómo ella ha ido asimilando el cambio, necesito saber que ha estado haciendo e iba a solucionarlo con un par de llamadas.
Un par de llamadas que me indican que, efectivamente fue a trabajar el lunes, pero solo eso, al siguiente día y los demás, incluyendo hoy, no ha ido al hospital gracias a un permiso otorgado por el director del mismo, en el cual alegan descompensación a causa de una infección leve en la garganta.
Hago otra llamada, a su edificio, para saber que no ha salido en todos esos días, que desde que entro a su apartamento el lunes por la tarde no lo ha hecho y solo ha recibido visitas de Alice Brandon, su amiga.
Eso me deja un poco más tranquilo. Las cosas van a cambiar, pero antes voy a hacérselo saber, ahí voy una vez más, siendo un tanto condescendiente con ella, ofreciéndole la oportunidad de elegir. Me encuentro recogiendo las cosas y saliendo del consultorio. Voy al auto y conduzco introduciéndome en el centro de Chicago.
Llego a su edificio en tiempo record, dejando el auto en un estacionamiento fuera voy directo al interior. Le digo al portero que no me anuncie, comprando lealtades con dinero, cerciorándome además que ella está sola.
Llego a la puerta de su apartamento, toco y espero.
— ¿Alice, eres tú?—escucho su voz al otro lado y siendo un extraño alivio correr mi cuerpo. No respondo pero vuelvo a tocar con los nudillos la puerta. — ¿Alice?—pregunta, su voz más cerca de la puerta. Entonces ésta se abre por completo y puedo deleitarme con su figura y los cambios en su rostro: sorpresa, angustia, miedo, nervios y luego… la caída. En un segundo se descompone totalmente frente a mis ojos, cayendo de rodillas en un llanto profundo, un llanto que no espero y que me deja pasmado. Mis emociones no salen a flote, yo nunca dejo que eso ocurra, pero ahí está ella dejándome sin saber qué hacer. Viste apenas una baya blanca de casa, sus pies están descalzos y su cabello se ha convertido en una maraña enredada, aunque más allá de eso, puedo ver su alma rota. Me debato entre ayudarla a levantar o dejarla ahí, pero su apariencia me desarma.
—Isabella, levántate—pido, espero y veo como ella se esfuerza por levantar la vista hacía mí, dejándome sin opciones, me inclino y la tomo de los brazos para ayudarla a levantar.
—Se-señor—llama.
—Shhh ¿puedo pasar?—pregunto, por alguna razón, por extraño que parece, siento la necesidad de ser suave. Ella se ve bastante mal como para empeorarlo con un comportamiento inadecuado de mi parte.
—S-sí, pa…se—dice, tartamudeando y sin hacer ademan de soltarse de mi agarre. Puedo sentir las pulsaciones debajo de su piel, casi a la par de las mías. Camino al interior de su apartamento, siendo mi primera vez aquí aunque no se siente como un lugar ajeno. Miro alrededor, apreciando lo que hay y aceptándolo, todo parece limpio y ordenado, y en cada objeto aprecio definiciones de su personalidad que había creído conocer, pero que realmente parece no conozco del todo. Eso me trae de nuevo a la realidad de lo que vengo a hacer, ella sigue prendada de mí, la miro. —Señor, ¿desea tomar algo?—ofrece con la cabeza gacha.
—Está bien, ahora no quiero nada. Ven, vamos hacía el sofá—le digo caminando junto con ella hacía allí. Suelto mi agarre y veo como sus facciones se crispan.
Tomo asiento esperando a que ella me sigue, sin embargo su mirada consternada no se borra.
—Ven acá—golpeo el sillón justo a mi lado.
Ella parece tímida y más frágil que nunca. Se acerca y se sienta de lado haciendo una mueca de dolor, aún le duelen sus nalgas. ¡Mierda!
—Señor, yo… quiero—dice, entrelazando sus manos una y otra vez con nerviosismo.
—Shhh, calla Isabella. No he venido a hablar de lo que ya paso, vístete, vamos a casa—le digo, al instante su cabeza se alza, sus ojos se iluminan de la misma forma en que los ojos de Chloe lo hacen cuando le prometes una ida al parque, no tengo otra comparación para lo que veo.
—Pero, Señor… yo—balbucea. Odio que tenga un pero, me estaba manteniendo sereno.
— ¿Quieres volver, Isabella? ¿Realmente quieres seguir haciendo esto? Créeme, no me toma nada dar el contrato por terminado si es lo que quieres, es más, puedes cancelarlo ahora mismo, es tu opción. Podrías entonces hacer lo que quieras sin el temor de sentirte atada a algo o alguien, si eso es lo que crees mejor para ti, entonces adelante, hazlo—le digo, empezando a retomar el enojo.
—No, Señor… yo ¿usted que quiere? —pregunta de repente, eso me hace explotar.
—¡No se trata de lo que yo quiero, Isabella! Si se tratara siempre de lo que yo quiero, las cosas fuesen diferentes, no estaría aquí, ahora, hablando contigo, dándote una oportunidad. Tú vales, tú importas y tú tienes una opción ahora, es ¡tuya! Habla, decídete de una puta vez que quieres, un contrato, ser sumisa, ser ¡mi sumisa! O puedo dejarte en el club y ser la sumisa de todos, ¡decídete!—grito exasperado tomando respiraciones profundas para calmar las emociones que fluyen en mi interior. La veo, asustada mirándome entre la incredulidad, las lágrimas caen por sus mejillas.
Odio mi comportamiento en estos momentos ¿Qué pasa conmigo? No tengo claro porque estoy actuando de este modo ¿Por qué le doy una oportunidad? Fácil habría sido decirle que la quería en casa, fácil habría sido tomarla ahí mismo pero ¿Qué demonios pasa? Y verla ahí… rota y vulnerable ¡Mierda!
