Disclaimer: Todo lo que reconozcan le pertenece a J. K. Rowling, a mí sólo se me fue la olla.

Este fic participa en el reto "Long Story 2.0" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black"


Capítulo X: Cabos sueltos

"Un día podré contarle a mis hijos que luché por ellos. Por su futuro. Porque vivieran en un mundo sin guerra"

(Miembro desconocido de la Orden del Fénix, entrevista a Xenophilius Lovegood, para el Quisquilloso)


12 de marzo de 1999

Cuando la noticia llegó al Ministerio, Pansy Parkinson acababa de ocupar su escritorio. No le gustaba aquel trabajo, pero de alguna manera se había acostumbrado a la rutina que le imponía. No era demasiado pesado y las influencias de su padre la habían colocado donde podía hacer como que, efectivamente, nada había pasado; como que nada pasaba. Como que pisos más abajo, ajusticiaban a hijos de muggles que sólo eran culpables por haber nacido. Estaba en un escritorio alejada del tumulto general, de los gritos, de las desapariciones.

Aquella mañana, acababa de ocupar su escritorio cuando la noticia voló y se extendió como un rumor por todo el ministerio. Todos los memorándums lo comentaban, de alguna manera u otra. Con cierto optimismo, con ilusión, con miedo, con sorpresa. Se hizo imposible vigilar todas las conversaciones porque los memos viajaban de un lago a otro sin parar. Las noticias se extendieron como pólvora encendida.

«La Orden del Fénix tomó Hogwarts». Se oía de un lugar a otro. Para algunos, significaba esperanza y para otros que tenían el tiempo contado. Pansy no supo exactamente qué significaba para ella hasta que su cerebro reaccionó, recordando lo último que había dicho Blaise la noche anterior: «Estaré en Hogwarts está noche, será tranquilo». Evidentemente no lo había sido. Abrió el Profeta, pero no había nada sobre Blaise, ¿por qué iba a haberlo? El titular sólo decía que rebeldes habían irrumpido en Hogwarts. Había un texto corto que Pansy leyó rápidamente sin prestar demasiada atención, sin encontrar el nombre de Blaise. La nota continuaba en otra página y Pansy las pasó sin ningún interés.

Hasta que llegó a la que indicaba la primera plana y una foto la dejó congelada. Tracey Davis en todo su esplendor, al lado de otro chico de slytherin al que ella nunca le había prestado demasiada atención. Tracey Davis. La persona a la que Blaise Zabini nunca había dejado de querer, por mucho que ella se había esforzado.

La cosa no había sido exactamente fácil. Ella estaba cubierta por la larga sombra de Draco Malfoy y él siempre había querido a Tracey Davis. Habían empezado esa relación porque les convenía a los dos. Ella para que su madre dejara de buscarle pretendiente, él para que nadie cuestionara sus lealtades. La primera regla era no enamorarse, y la había puesto él —porque nunca había planeado enamorarse de ella—. Pansy había acabado quebrantándola y no porque él se hubiera esforzado.

Se preguntó cómo estaría. Prisionero, quizás. Pero ella pagaría lo que fuera necesario en rescate, aunque él no lo apreciara.

Entonces, llegó el primer memo de la mañana a su escritorio y suspiró. Como había supuesto, el trabajo de siempre no se detendría por una noticia tan extraordinaria. Sin embargo, algo le resultó extraño: el departamento. El memo tenía como remitente a alguien del Departamento de la Aplicación de la Ley Mágica, División de Aurores. Pansy nunca tenía comunicación con ese departamento. Las manos le temblaron al abrirlo.

La caligrafía de Theodore Nott le devolvió la mirada y a ella se le cayó el alma a los pies.

«Está muerto. La viuda negra recibió el mensaje esta mañana. –T»

No había necesidad de aclarar a quién se refería.

Pansy Parkinson se puso en pie, sin preocuparle por lo que la chica del escritorio pensara —en seis meses, ni siquiera se había molestado en aprenderse su maldito nombre— y salió casi corriendo. O caminando tan rápido como los tacones bajos que traían le permitían. En el ascensor intentó disimular su prisa, pero Pansy nunca había aprendido a disimular nada. Taconeaba, desesperada, esperando que la puerta se abriera en el piso al que ella quería ir y, cuando llegó, salió primero que nadie.

La gente no comentó nada sobre eso, sólo se quedó mirándola.

Finalmente, entró al desastre que era la División de aurores. O más bien, el nuevo refugio de los carroñeros. No quedaba nadie que hubiera sido auror antes de la guerra, a menos de que lo hubieran sometido a una buena imperius. En vez de perseguir magos oscuros, peleaban para ellos y atrapaban a los supuestamente inocentes. Pansy, cuya conciencia estaba todo lo tranquila que podía estar, procuraba ignorar todo aquello para no calentarse el cerebro. Después de todo, ella no iba a arreglar nada. Caminó entre los cubículos de gente que simulaba hacer tarea de oficina por hacer algo y, finalmente, irrumpió en la oficina apretada que Theodore Nott compartía con otras dos personas —Miles Bletche y y un desconocido que Pansy jamás había visto—. Theodore, con su calma habitual, bajó el periódico cuando la oyó llegar.

—Te esperaba —dijo él, intentando aparentar calma, pero incluso había algo extraño en él.

—¿Quién más lo sabe? —ladró ella, en su desesperación.

—Tú, yo, la viuda… —se encogió él—. Daphne lo sabrá cuando le llegue la lechuza… —agregó. Pansy se quedó viéndolo. Aparentar se le daba demasiado bien, todo lo que a ella no se le daba, pero aun así, Blaise Zabini había sido el único amigo verdadero de Theodore. Algo tenía que dolerle. Ella no había llorado hasta ese momento, porque se había aguantado, pero en cuanto estuviera sola sabía que iba a hacerlo.

Contener las lágrimas demasiado tiempo no era su talento.

Entonces, Pansy notó la foto del periódico, la misma que había visto hacía dos segundos. Tracey Davis con la mirada fija en la cámara, mucho más joven de lo que debía estar. Se acercó aún más al escritorio y puso su dedo sobre la fotografía.

—Ella tiene la culpa —musitó—. Blaise nunca pudo dejar de querer a esa furcia de pelo rojo… —soltó, con todo el veneno que le quedaba—. Theodore… —musitó, con la mirada ya casi suplicante, desesperada y aun así, furiosa. Theodore alzó la ceja, pero entendió la súplica.

—Algo tendremos que hacer, sí, Pansy… —respondió él—. Algo haremos…


12 de marzo de 1999

Cuando despertó, con el pecho vendado y la piel ardiéndole aun del dolor, preguntándose qué le había hecho Alecto Carrow, ella estaba allí sentada, como si no hubiera dormido en toda la noche, mirándolo. Los ojos marrones ya cansados, como si estuviera perdiendo la esperanza de que despertara y el cabello cayéndole desordenado por la cara. Se quedó viéndola como si fuera un sueño, como si no pudiera creer que estaba allí. Por el lado al que estaba peinado su cabello, la reconocía.

—¿Y Flora? —preguntó, haciéndola alzar la cabeza.

Hestia tardó en contestar. Primero sonrió, porque Vaisey estaba despierto y porque no lo había visto en casi un año. Empezaba a temer por su vida cuando él había aparecido allí, magullado y casi deshecho, cargado por Tracey Davis y un desconocido. Vaisey notó que no sabía exactamente qué decirle.

—Fue a desayunar y dijo que me traería algo… —musitó ella.

—¿Entonces… tus tíos?

—En las mazmorras, supongo —Hestia se encogió de hombros—. No me he movido de aquí en toda la noche, Vaisey. Estaba preocupada… —se atrevió a confesar.

—No tenías que preocuparte por mí… —le soltó Vaisey.

—¡¿Y cómo quieres que no lo haga?! —exclamó ella, borrando la sonrisa, quizá más fuerte de lo que habría debido hacerlo. Cuando continúo hablando, bajo un poco la voz—: Chorreabas sangre cuando te vi… ¿por qué lo hiciste?

Vaisey se encogió de hombros. No sabía cómo explicarlo y entonces abrió la mano. El ojo del fénix seguía allí, aunque más tenue. Se borraría después de unas horas y volvería a aparecer hasta que la Orden convocara a otra reunión. Hestia se quedó viéndolo, como si no pudiera creerlo.

—El ojo del Fénix… —musitó—. ¿Te uniste a ellos? ¿Para arriesgar tu vida por nada…? —preguntó.

—Por ti —corrigió él—. Por ti. Quería participar en esto. Era la manera más sencilla de sentirme cerca de ti… y mira, no estaba tan mal… —sonrió—. Me trajo cerca de ti.

—Y también te causó un montón de heridas —marcó ella, aun sin devolverse la sonrisa.

—Las heridas sanan, Hestia… —respondió él—. Las cicatrices que dejen son sólo la marca de que sobreviví. No importa. Sólo… quería… salvarte… Tu tía ya me había dejado claro que no te quería cerca de ti…

—Por eso huiste.

—Siguió dejándomelo claro la noche pasada —reveló él.

—¿Qué? —Hestia abrió mucho los ojos. No sabía quién había dejado a Vaisey chorreando sangre, pero él lo acababa de revelar.

Hestia siempre había tenido que luchar contra una familia complicada en la que sus dos tíos psicópatas eran sólo una mancha más de la pintura completa. Un padre sobreprotector y excesivamente preocupado que había querido tener un heredero y no dos hijas, una madre italiana que añoraba su país y estaba constantemente enferma. Además, era obsesiva y por alguna razón estaba constantemente deprimida.

Alecto y Amycus Carrow eran sólo una mancha más en una familia demasiado complicada. Vaisey a menudo no comprendía del todo cómo las gemelas habían logrado crecer y desarrollarse casi normalmente.

—No importa… —intentó calmarla Vaisey.

Pero ella ya estaba llorando. Había veces que parecía que sólo necesitaba un poco de aliento para soltar las lágrimas, más desde que tenía a sus tíos tan cerca. Antes de eso sólo había intentado ser feliz, alejada de casa, en Hogwarts, donde nadie la juzgaba del todo y podía sentirse normal. Casi feliz. Pero entonces sus tíos habían empezado a ejercer de profesores y habían empezado a vigilarla a ella y a Flora.

Amistades, relaciones.

Todo lo habían condenado. Se habían asegurado de apartarlas de todo lo que no consideraban digno. En otras palabras, las habían aislado de todo.

—Ey, Hestia, ey… —Vaisey intentó incorporarse, pero le dolía todo el abdomen, así que al primer intento ahogó una exclamación de dolor, sin poder hacer nada—. Hestia… No llores. No importa. No van a poder decirte nunca más quién está bien y quién está mal. Ya no importa…

Poco a poco, Hestia se fue calmando. Acercó un poco la silla a la cama de Vaisey, esperando que Madame Pomfrey no la echara nunca de allí.

—Vaisey…

—¿Sí?

—Gracias por quererme tanto.

Él sólo sonrió. La quería tanto, que había hecho todo aquello por ella. Por supuesto, sólo sería una de todas las batallas que tendrían que pelear, pero habían ganado esa. Tenían cicatrices, en el cuerpo y en el alma y mirárselas quizá en un futuro les recordara que habían ganado. Vaisey la querría siempre. Sólo necesitaría mirar las líneas que iban a quedar en su torso para recordar cuánto había sufrido por ella.

La verdad era que otros habían ganado la batalla por ellos. Vaisey sólo había hecho su parte y Hestia sólo había estado allí, en el momento correcto, en el lugar correcto.

Eran sólo los cabos sueltos.


19 de Marzo de 1999

Había pasado una semana larga allí encerrada, sabiendo que Roger estaba muerto. Ni siquiera sabía quién lo había matado, quizá alguien de su mismo bando y su marido había sido sólo víctima del fuego cruzado. No lo sabía, nadie se lo había dicho. Los habían confinado a todos en habitaciones de las mazmorras, sin varitas y sin posibilidades en cuanto habían podido reducirlos a todos. Sin embargo, ella había sido de las que había caído primero, para su gran vergüenza. Si sólo no hubiera ido con Amycus esa noche… si sólo… Podía repetírselo mil veces y a la mil y una seguía sin tener sentido para ella lo rápido que los habían desarmado tres adolescentes. Y Roger… Roger… ¿qué le había pasado a Roger? Debería de haber estado a su lado.

Porque ahora él seguramente la estaba maldiciendo desde el cielo, el infierno, o a donde quiera que fueran los magos después de morir. Ella lo había arrastrado a todo eso y él, por amor, se había dejado arrastrar.

Entonces se abrió la puerta y ella tuvo algo más interesante que hacer que perderse en sus pensamientos. Era Minerva McGonagall, la bruja que le había dado clase de Transformaciones a ella y a otras cincuenta generaciones.

—Vaya, vaya… —estaba acostada en la cama, con una túnica limpia que el habían dejado por allí, con los brazos de la túnica arremangados, dejando ver la marca tenebrosa que había conseguido después del triunfo de los mortífagos casi un año antes—. Así que merezco una visita.

—Creo que puede ser útil mientras está aquí, Ffion Lancaster —le dijo McGonagall, que jaló la silla y se sentó. Por supuesto, llevaba una varita en las manos, no fuera que Ffion fuera a intentar algo contra ella—. Quizá usted esté dispuesta a dar un poco de información.

Ella se encogió de hombros. ¿Realmente creían que podían sacarle información? El único profesor que había logrado motivarla con algo había sido el jefe de su casa, Filius Flitwick, pero de todos modos jamás la había entendido. Ffion procedía de una familia de tradición galesa, de donde venía su nombre, cuyo padre había sido encarcelado cuando ella tenía ocho años por ataques contra muggles. Había aprendido desde muy pequeña que los muggles eran inferiores por su incapacidad de controlar la magia y siempre los había asociado con los culpables de que, cuando ella tenía quince, su padre hubiera muerto en prisión. Había llegado a Hogwarts con el estigma de una familia purista de manera extrema y siempre le había costado hacer amigos.

Se recluyó en los libros durante siete años, leyendo casi cualquier cosa que pasara por sus manos. Magia blanca, magia oscura, magia prohibida, magia antigua. Cuando había salido de Hogwarts había ingresado a Gringotts como una discreta rompedora de maldiciones y había ido escalando posiciones gracias a su talento. Ser parca de palabras y fría en general —ya que no había tenido amigos en Hogwarts— la ayudaban a tratar con los duendes. Había conocido a Roger allí, diez años mayor que ella, ex Slytherin, purista. Tenían ideas que se entendían, así que iniciaron una amistad que se transformó en una relación sentimental y acabó en matrimonio.

Abandonó su apellido, que aun hacía que algunos recordaran a un asesino de muggles y se convirtió en Ffion Lancaster para siempre.

—Nunca.

—Podría pensar sus opciones, señora Lancaster, no tendrá otra oportunidad de hacerlo por las buenas… —respondió Minerva McGonagall. Pero Ffion estaba segura de que ya no traicionaría a nadie más.

Años atrás había oído hablar de Lord Voldemort y había acudido, deseosa de unirse. Había superado todas las pruebas para obtener la marca, una detrás de otra, había impresionado al Señor Tenebroso y, en el camino, había arrastrado a Roger con ella.

Cuando él la había descubierto, en un deseo de protegerla, había hecho lo mismo. ¿Si creía fielmente en lo que hacía el Señor Tenebroso? Ella nunca lo había preguntado. Estaba deseosa de poder y junto a Lord Voldemort iba a conseguirlo. Todo había ido a mejor cuando había conseguido un puesto de profesora en Hogwarts y había empezado a codearse con los dos Carrow, que tenían la confianza del señor tenebroso desde hacía más tiempo que ella.

—Tendrán que arrancarme las palabras, profesora McGonagall —espetó.

La vieja profesora suspiró, como si estuviera esperando otra respuesta.

—Que así sea, supongo… —musitó y con un movimiento de varita abrió la puerta—. Espero no arrepentirme de confiar en usted, señorita Davis.

Ffion Lancaster vio entrar a una pelirroja mucho más joven. La examinó con la vista sin encontrar nada que temer hasta que movió la varita y la dejó atada a la cama con una velocidad que ni siquiera Ffion podía haber previsto.

—Le aseguro que no se arrepentirá, profesora —dijo la prelirroja y se acercó a la cama—. Siento las ataduras, son para que no te quejes mientras tomas esto… —alzó un frasco. Ffion lo reconoció y supo que, de una manera y otra, la harían decir todo lo que sabía.

Veritaserum.

Se removió, pero Tracey Davis le metió el líquido en la boca y la sostuvo hasta que lo hubo tragado.

—Ahora sí… —dijo—. Quizá quieras contarnos de todos los planes de tu señor. Todo lo que conozcas, al menos.


25 de Marzo de 1999

Las cosas habían ido acomodándose en Hogwarts. A Dennis le parecía que sólo intentaban acostumbrarse a una extraña normalidad. Algunos padres —sobre todo puristas y allegados de Voldemort—, estaban retirando a sus hijos del colegio. McGonagall había accedido a aquellas peticiones simplemente porque sabía que muchas veces la razón para retirarlos era que pendía sobre ellos una amenaza. Sólo se negó en un caso: el de las gemelas Carrow; eran mayores de edad y se habían negado a marcharse, asó que la directora había respetado sus deseos y les había prometido protección. Pero a pesar de todo aquello, Dennis seguía viendo el colegio lleno de gente.

Hogwarts, que antes había sido un premio de guerra, volvía a ser un colegio, pero también un refugio. Para muchos aquel lugar era el primer refugio seguro en muchos meses. Todas las materias que se habían quedado sin profesor volvían a tener a alguien al frente. Ron Weasley y Hermione Granger se encargaban de Defensa Contra las Artas Oscuras, a veces ayudados por Longbottom; Bill Weasley se defendía en Aritmancia, pero decía que nunca podría sustituir a Vector. Charlie Weasley y un recién llegado de cara medio ratuna, Rolf Scamander, de Cuidado de Criaturas Mágicas. Aún faltaba gente que cubriera Astronomía y Adivinación, pero Dennis podía decir que progresaban.

Esa mañana, se sentó al lado de Tracey Davis. La mesa era de Slytherin, pero, entre tantos refugiados, las mesas habían perdido su propósito.

—McGonagall me sugirió que podía terminar mis estudios —soltó, metiéndose un pedazo de comida a la boca. La directora lo había llamado a su despacho el día anterior—. Empezando en cuarto, claro. Si este mundo no estuviera tan mal, el próximo septiembre entraría a sexto. Pero ni siquiera tengo cuarto. Perdí dos años de mi vida.

—Hazlo —le dijo Tracey, sin pensarlo mucho—. Yo me tengo que quedar aquí, de todos modos —comentó—; no tengo a donde ir. Quizá pueda estudiar para presentar los ÉXTASIS, cuando se pueda…

—Así que… ¿así de fácil? —preguntó Dennis. Tracey dejó de comer y se quedó mirándolo esperando una aclaración—: ¿Así de fácil volvemos a ser estudiantes? ¿Después de todo lo que hicimos?

Tracey se encogió de hombros, como si no le importara demasiado. Ella era consciente de que en la orden y en el ED no los querían especialmente. A Dennis por ser menor —y se sentían con la responsabilidad de cuidarlo— y a ella por lo que había hecho. Vaisey era otra cosa. Su habilidad como duelista le había conseguido la confianza de Longbottom.

—¿Qué más hacemos? —inquirió ella—. A ti aun te consideran un niño, por más que hayas hecho sólo lo mismo que ellos hicieron a tu edad y yo… —se volvió a encoger de hombros—. No les gusta lo que soy. O lo que era, porque después de lo de Yaxley dudo que pueda seguir haciéndolo. Siempre luché sola, Dennis —confesó—; sólo me uní a la orden porque Vaisey quería ayudar a las Carrow y eran los únicos que en algún momento iban a asaltar Hogwarts. Pero no les gusto. No les gusta que no tenga ningún escrúpulo. Yo podría cargarme a todos los mortífagos si eso reviviera a mi padre, pero ellos sólo los encerraran.

Siguió comiendo, mientras la gente seguía llegando al Gran Comedor, como si no estuvieran hablando de nada en especial. Dennis hizo lo mismo, pensando en qué haría. Andromeda Tonks no estaba allí, estaba en su casa, protegida, cuidando a su nieto; así que las posibilidades de que Dennis volviera al techo que había llamado casa hasta entonces eran demasiado reducidas. Le había dado techo, sí, pero a la hora de la verdad, lo que más importaba era su nieto.

—Tracey… —musitó él, interrumpiendo el desayuno por segunda vez en menos de diez minutos—, cuando murió Colin, creí que no volvería a querer a nadie más.

Tracey se quedó con la tostada a medio camino, visiblemente sorprendida. Casi todo lo que tenía que ver con aquella relación extraña, la suya, la sorprendía. No había empezado como una relación exactamente convencional. Tracey Davis se había quedado con los restos de inocencia de Dennis Creevey y él con sus lágrimas.

—Creo que te quiero, Tracey —terminó él.

Se quedó mirándolo, intentando grabar a fuego aquel momento en su corazón. Ella no había creído que alguien volvería a quererla después de Blaise Zabini. Pero allí estaba, y acababa de decírselo.

Dennis siguió comiendo como si nada. Como si nada hubiera pasado y no hubiera dicho nada. Le había costado mucho encontrar dentro el valor para decirlo. Quizá era cierto eso que decía: «Hace falta más valor para el amor que para la guerra». Para la guerra sólo hacía falta la rabia.

Estaba sumido en esos pensamientos cuando Vaisey los interrumpió.

—Madame Pomfrey me ha dejado marcharme esta mañana —anunció antes de ocupar el lugar al lado de Tracey—. Me miró mal cuando le dije que me consiguiera whisky de fuego. ¡Si soy mayor de edad!

—Vaisey, esto es un colegio, no les importa que seas mayor de edad… —espetó Tracey.

—Pero…

—No, tampoco se apiadan de ti aunque hayas estado en peligro de muerte recientemente —agregó Tracey y siguió comiendo su tostada—. ¿Cómo están las gemelas, por cierto? —se interesó.

—Bien, McGonagall les ofreció protección. —Vaisey empezó a llenar su plado, deseoso de poder elegir que comer, lejos de la rigurosa dieta de Madame Pomfrey—. A mí me dijo que podía terminar mis estudios… —dijo, finalmente—. Le dije que me lo iba a pensar… —siguió llenando su plato de cosas hasta que le pareció lo suficientemente lleno y se lo puso enfrente—. ¿Ustedes se quedarán?

—Creo que sí… —respondió Dennis.

—Bien… —Vaisey sonrió, picando con el tenedor la fruta que se había puesto—. Así le puedo decir que me quedo. No pensaba quedarme si ustedes se iban a largar de aquí…

Tracey sonrió.

—Vaisey, tú no te ibas a separar de Hestia jamás. Y de Flora… pero principalmente de Hestia —le dijo.

—Sí, sí, sí… pero nosotros somos un equipo, ¿vale? —le dijo—. Todos para uno, y uno para todos y esas tonterías, ¿cierto? Ahora que está a salvo, Hestia me puede esperar, pero ahora que dicen que nos quedamos… —sonrió, como si tuviera un plan.

Tracey sacudió la cabeza.

—Que bien te conozco, que bien te conozco.

—¿Y qué haremos después? —preguntó Dennis.

—Vivir —respondió Vaisey.

—Esperar la siguiente batalla… —agregó Tracey.

—Y volver a arriesgar nuestras vidas de manera estúpida —añadió Vaisey—. Eso siempre es parte del plan.

—¿Te parece poco? —preguntó Tracey.

Dennis sonrió. Seguían siendo un equipo. Sus nombres no iban a aparecer en los libros de historia, probablemente. Nadie los recordaría cincuenta años después, quizá. O quizá sólo a uno, o a dos. Pero eran un equipo y seguirían siéndolo. No eran la élite de la resistencia, tampoco les interesaba. Eran los cabos sueltos de una guerra, personas rotas, daños colaterales. Tracey tenía un largo historial, Vaisey heridas en todo el cuerpo, Dennis recuerdos de un mortífago que lo atormentaba y marcas en el alma. Probablemente eso nunca se iría. Probablemente siempre tendrían aquellos problemas. Probablemente. Pero eran un equipo.

—Ah… por cierto, Dennis… —musitó Tracey—. Sobre lo que dijiste, antes… —parecía titubear—. Yo también, yo también.

Vaisey se había quedado mirándolos con curiosidad, hasta que, al notar la sonrisa de Tracey, puso una cara difícil de leer.

—¡No me jodan! ¡Estamos en guerra y ustedes se enamoran! ¡No me jodan! —casi gritó. La gente lo volteó a ver, pero no Tracey o Dennis.

Dennis se atrevió a devolverle la sonrisa a Tracey, y le puso su mano sobre la suya. La apretó. Se habían enamorado en medio de una guerra. Cosas que pasaban.


¡Este es CASI el final! Aún falta el epílogo, pero está narrado como el Preludio y el Interludio, así que… bueno, sobre los personajes, este es el final. Quizá escriba una segunda parte, aunque lo dudo, ya escribí todo lo que deseaba de Ginny, de Peakes, de Tracey, de Vaisey y de Dennis. Son los grandes protagonistas del fic. O quizá si escribo una segunda parte los protagonistas cambien un poco (algunos se mantendrán, otros no).

Andrea Poulain

A 26 de enero de 2015