Capítulo Doce

Kenshin tamborileó con los dedos el mostrador y observó los sentimientos que cruzaban el rostro de Kaoru.

Se convenció entonces de que no se había equivocado anteriormente: Kaoru le estaba ocultando algo. Y aquella vez estaba decidido a no abandonar la cocina hasta que no hubiera recibido la respuesta que esperaba.

Kaoru lo miró con los ojos abiertos de par en par i mordiéndose el labio con expresión preocupada. Desordenados mechones de pelo azabache enmarcaban su rostro, haciéndole parecer más inocente y vulnerable todavía.

Se retorcía la yukata con los dedos, estaba muy nerviosa. Pero Kenshin sabía que cuando hablara lo haría con la misma sinceridad que se reflejaba en su mirada.

Esperó.

El viento sacudía las ramas de los árboles, haciéndolas chocar contra el cristal de la ventana. La tensión del ambiente aumentaba.

Kaoru pestañeó varias veces; Kenshin continuaba contemplando la batalla que se estaba desatando en su interior. Tenía las cejas ligeramente fruncidas y los hombros inclinados hacia delante. Evidentemente, estaba intentando protegerse a sí misma. Sabía que Kenshin no se conformaría con menos que la verdad.

Desde que Kenshin había llegado a aquella casa, habían sido completamente sinceros el uno con el otro, incluso en las peores circunstancias, y ninguno de ellos se habría atrevido a romper aquel lazo de sinceridad que los había unido.

–Me vas a dejar.

A Kenshin se le encogieron las entrañas. Se sentía como si le acabaran de dar un puñetazo en el estómago.

Peor aún. Kaoru lo había herido en su punto más débil. Le había golpeado directamente el corazón.

Sus palabras habían sido cuidadosamente escogidas, palabras sucintas y directas. Y habían penetrado en el corazón de Kenshin con la precisión de un rayo láser, impidiéndole pensar con claridad.

Cerró los ojos. La navidad debía ser una fecha de júbilo y expectación. De hecho, eran ambas cosas las que pretendía regalarle a Kaoru.

Pero en vez de eso, lo único que había conseguido había sido provocarle una inmensa angustia.

Kenshin había intentado enseñarle el verdadero significado de la navidad y había fracasado.

Abrió los ojos. Kaoru estaba temblando. Maldijo en silencio, pero ni la más dura de las palabras podía servirle en ese momento de desahogo.

Quería consolar a Kaoru, quería hacer desaparecer para siempre la angustia de sus ojos, quería hacerle olvidar todos sus sufrimientos. Pero para ello necesitaba lo único que era absolutamente incapaz de darle: un futuro.

Kenshin comprendió, con repentina lucidez, que su viaje había sido un error. Después de aquella excursión, tenía menos ganas que nunca de regresar a casa. No quería perder a Kaoru.

–Vente a Tokio conmigo –le pidió.

La sorpresa reemplazó a la tristeza en los ojos de Kaoru.

Y Kenshin estaba tan sorprendido como ella. Pero a pesar de lo absurdo de su petición, sabía que no podía haberse ido sin hacerla.

Quería que kaoru estuviera a su lado. La necesitaba a su lado para siempre. Quería amarla, cuidarla, compartir con ella todos aquellos sentimientos que antes de conocerla no le parecían tan importantes.

–¿Qué me vaya a Tokio?

Kenshin asintió, preso de la anticipación y del miedo.

Por el rabillo del ojo de Kaoru resbaló una lágrima. Lentamente sacudió la cabeza.

–No puedo –sollozó–. Mi vida está aquí –susurró–. No puedo vivir en una gran ciudad. No, no puedo volver a hacerlo. Ya sobreviví una vez –pestañeó con fuerza para apartar las lágrimas–. Por favor, no me pidas que vuelva a intentarlo.

Kenshin era consciente de que no tenía ningún derecho a hacerlo.

–No te preocupes por mí –añadió Kaoru. Se acercó a él y acarició su mejilla con un dedo–. No me debes nada, no me has hecho ninguna promesa.

–Kaoru, no…

–Todo irá bien –lo interrumpió. Tragó saliva y añadió–: Los dos estamos solteros, es normal que hayamos tenido una aventura en estas circunstancias, y eso no…

–¡No! –una oleada de intensa furia se apoderó de Kenshin. La agarró por la muñeca y le espetó–: No permitiré que rebajes lo que hemos compartido diciendo que ha sido una simple aventura.

Kaoru lo miró a los ojos sin pestañear. Y Kenshin admiró su coraje, a pesar de lo despreciable que le habían parecido sus palabras.

–¿Cómo lo llamarías entonces?

–Kuso, Kaoru, esto ha sido mucho más que una aventura.

–¿De verdad?

Kenshin estaba empezando a darse cuenta de la fuerza con la que la estaba sujetando y de que, a pesar de que Kaoru no había protestado, probablemente estaba haciéndole daño. Aflojó la presión, aunque una parte de sí mismo deseaba hacerle al menos tanto daño como estaba haciéndole ella a él.

También aquel era un nuevo sentimiento para él. Ninguna mujer había conseguido herirlo hasta entonces. Nunca le había preocupado suficientemente una mujer como para poder infligirle dolor.

Hasta que había conocido a Kaoru.

Sí, Kaoru le importaba. Y mucho. Pero aún así no se atrevía a identificar ese sentimiento con nada más profundo. Pronto, muy pronto seguiría su propio camino y aquellos días se convertirían en un hermoso recuerdo de una navidad.

Pero lo aterraba pensar que ya no podría compartir con ella otra navidad.

El sonido de la voz de Kaoru interrumpió sus pensamientos.

–Dejémoslo como una buena experiencia que ambos recordaremos –dijo, demostrando un valor que Kenshin envidió–. Han sido unos días especiales, y te lo agradezco.

Kenshin selló entonces su boca con los labios, exigiendo de su cuerpo un compromiso que ninguno de los dos era libre de cumplir.

La levantó en brazos y la llevó al cuarto de estar, frente a la chimenea. Aquella vez hicieron el amor de una forma especial, desesperada y tierna al mismo tiempo. Y tan apasionada como siempre.

Pero cuando se separaron, Kenshin ya sólo albergaba un sentimiento: arrepentimiento. Arrepentimiento por lo que podía haber sido. Arrepentimiento por lo que jamás iba a ser. Arrepentimiento porque sus vidas iban a separarse para siempre.

–¿Te vas a quedar a comer?

Kenshin asintió lentamente.

–Si haces comida para dos…

Horas atrás, antes de comenzar a reparar la moto, Kenshin había vuelto a meter todas las provisiones que habían almacenado en el cobertizo en la nevera, entre otras cosas, un pequeño pavo. Kaoru lo había comprado el día de acción de gracias y al final había renunciado a hacerlo porque le parecía demasiado grande para una sola persona.

Y al verlo, se alegró de poder contar con un pavo durante la que iba a ser su primera comida navideña.

Aunque no, eso no era realmente cierto. Sabiendo que al final del día le esperaban la soledad y la tristeza, aquello no podía ser una auténtica navidad. De hecho, sospechaba ya que iba a ser uno de los peores días de toda su vida.

–¿Y ya…? –se le quebró la voz y tuvo que carraspear para poder volver a hablar–. ¿Ya funciona la moto?

–Sí. Prácticamente he podido arrancarla al primer intento.

Kaoru no estaba preparada para la repercusión que tuvieron aquellas palabras en su corazón. La noche anterior habían vuelto a hacer el amor y, aunque ninguno de ellos lo había dicho, Kaoru había sabido en todo momento que aquella era la última vez.

Gracias a la llegada de Kenshin a su vida, había descubierto el amor. En un principio, había pensado que se trataba de un redescubrimiento, pero pronto había aprendido que eso no era cierto. Jamás había amado a Enishi, por lo menos no con la intensidad que con la que amaba a Kenshin.

La noche anterior éste le había ofrecido la oportunidad de pedirle que se quedara a vivir con ella. Y había sido incapaz de hacerlo. Aunque por un instante, se había visto irresistiblemente tentada a aceptar la oferta de irse con él a Tokio.

El sentido común se había impuesto sobre sus sentimientos, advirtiéndole de las posibles dificultades con las que podría encontrarse. Pero sabía que si en algún momento Kenshin le hubiera dicho que la amaba, nada, absolutamente nada podría haberla detenido. Por Kenshin estaba dispuesta a sacrificar cualquier cosa.

–Voy a lavarme un poco antes de comer –dijo Kenshin. Se inclinó hacia delante y le dio un beso en la frente. Pero la pasión que en otras ocasiones envolvía aquellos besos se había desvanecido para ser sustituida por una cierta torpeza.

Ya no eran amantes. Jamás volverían ya a compartir sus secretos y sus miedos.

Mientras se sentaba a la mesa, Kaoru oyó el sonido del agua por las cañerías. La presencia de Kenshin invadía la atmósfera; en cualquiera de los rincones de la casa se escondía un recuerdo de Kenshin.

De pronto, deseó con una fuerza salvaje que se hubiera ido aquella mañana, antes de que ella se hubiera despertado. Habría sido cruel, pero torturarla de esa manera era todavía peor.

Mientras sacaba las patatas de la cazuela, advirtió que ya no se oía nada. Kenshin ya había terminado de ducharse. Yuki-chan entró en ese momento a la cocina y se sentó a los pies de Kaoru, dejando caer la cabeza entre las patas con un débil gemido, como si compartiera su melancolía.

Cuando Kenshin entró en la cocina, Kaoru se volvió y esbozó una falsa sonrisa. En el pasado se había convertido en una experta en esconder sus sentimientos y aquel día iba a tener que poner en práctica aquellas habilidades ya olvidadas.

–Mmm. Que bien huele –dijo Kenshin nada más entrar–. ¿Puedo ayudarte en algo?

–¿Te importaría trinchar el pavo?

Intentando controlar el temblor de sus manos, Kenshin hizo lo que le pedía y sirvió el pavo en los platos. Kaoru se preocupó de repartir las patatas y la salsa de arándanos, comportándose en todo momento como si aquella fuera una cena cualquiera.

–Está riquísimo –comentó Kenshin en tono aprobador en cuanto probó su comida–. Gracias.

Pero Kaoru solo comía porque se sentía obligada a hacerlo. En realidad ni siquiera distinguía los sabores de lo que se llevaba a la boca.

Veinte minutos después, cuando vio a Kenshin doblar su servilleta dando por terminada la comida, tuvo que recordarse a sí misma que se había propuesto esconder sus sentimientos.

Como no tenía los ingredientes necesarios para una tarta, había renunciado a preparar un postre, pero aun así, no tenía ninguna gana de que Kenshin se marchara y quería prolongar su presencia tanto como fuera posible.

–¿Quieres que te prepare un chocolate caliente?

Sus miradas se encontraron. Kenshin sacudió la cabeza. Y aunque Kaoru esperaba que rechazara su ofrecimiento, no estaba preparada para las palabras que siguieron a continuación.

–Me gustaría aprovechar la luz del día. Quiero llegar a Tokio antes de que anochezca.

–Entiendo.

–Kaoru, lo siento. No pretendía…

–No te disculpes –lo interrumpió con voz baja.

–He comprobado el estado del teléfono esta mañana. Han reestablecido la línea. He llamado a Misao, mi hermana. No comenzarán la fiesta hasta que yo llegue.

Kaoru esbozó una sonrisa que duró menos tiempo en su rostro que una estrella fugaz.

–Así que quieres llegar con la luz del día.

–Sí.

Kaoru se humedeció los labios.

–Antes de que te vayas, me gustaría darte algo –le dijo.

–Kenshin arqueó las cejas.

–Es un regalo… de navidad. Voy a buscarlo. Ahora mismo vuelvo.

Subió las escaleras lentamente, intentando alargar cada segundo. Tomó el ángel, lo metió en una caja y lo envolvió con papel de regalo y un lazo.

Cuando volvieron a encontrarse en el piso de abajo, Kenshin ya tenía la chaqueta y la mochila en el sofá.

–No tenías que haberte molestado –le dijo Kenshin.

–Quería hacerlo.

Kenshin aceptó la caja y deshizo lentamente su envoltorio. Sacó el ángel y durante un buen rato permaneció con la mirada baja, acariciando su aureola, perdido en sus pensamientos.

Kaoru se retorcía los dedos nerviosa. Ninguno de sus ángeles había significado tanto para ella como la abuela Kaede.

–¿Y bien? –preguntó por fin con un hilo de voz.

–Kaoru, es… –la miró a los ojos y tosió. Kaoru se preguntó si no sería para ocultar la emoción que se reflejaba en sus ojos. Se aclaró la garganta–. Es extraordinario.

Aquella vez, Kaoru vio en sus ojos el brillo de las lágrimas.

–Es exactamente igual que mi abuela. Has sabido plasmar su expresión – Acarició la figurita. En su enorme mano el ángel parecía mucho más frágil y delicado–. La cuidaré.

Kaoru sabía que lo haría.

–Tiene nombre. Puedes verlo en el fondo.

Kenshin volvió la figurita y leyó lo que Kaoru había grabado.

–Kaoru, eres increíble –y le dio un beso en la frente, diciéndole con aquel gesto lo que no era capaz de expresar con palabras.

Entonces volvió a meter el ángel en la caja, lo envolvió en una camisa y lo guardó en la mochila. Después, buscó algo en uno de sus bolsillos y se volvió hacia Kaoru.

–Tengo algo para ti –le dijo y le tendió un objeto envuelto en la sección de humor del periódico–. No tenía papel de regalo.

Kaoru quitó el envoltorio con tanto cuidado como Kenshin había mostrado. Y cuando vio el ángel tallado en madera que el papel ocultaba, le temblaron las manos.

Kenshin había grabado hasta el último detalle de un ángel que parecía caso real.

–¿Lo has hecho tú?

–Feliz navidad, Kaoru.

–Es sorprendente –tomó aire y añadió–: simplemente maravilloso.

–Tiene un agujero, para que puedas colgarlo en el árbol.

–Un ángel.

–Para que te cuide siempre.

Kaoru se acercó a él y le dio un beso con el que quería agradecerle tanto el regalo como los días que habían compartido.

–Antes de irte, ¿te importaría ayudarme a ponerlo en el árbol?

–Claro.

Kaoru se puso de puntillas y Kenshin inclinó la rama para que pudiera colocarlo.

–Me encanta, Kenshin –a Kaoru le habría encantado decirle eso mismo a él, pero no tenía valor suficiente como para enfrentarse a un posible rechazo. No, era preferible dejar que se marchara sin complicar las cosas más de lo que ya estaban.

–Cuando hablé de ayudarte a ampliar tu negocio lo estaba diciendo en serio –comentó Kenshin.

Kaoru asintió, dudando que volviera a acordarse de ella en cuanto se montara en su moto.

–¿Tienes una tarjeta –le preguntó Kenshin.

–No, pero puedo apuntarte mi teléfono en un papel.

–Espera –Kenshin buscó su cartera y sacó dos tarjetas. En una de ellas escribió un número de teléfono–. Esta es mi línea privada – Kaoru tomó la tarjeta–. Quiero que me llames si necesitas algo, cualquier cosa, ¿entendido?

–Prometido –mintió.

–¿Me vas a enviar los cincuenta ángeles que pretendo comprar?

Kaoru asintió en silencio.

–Me pondré en contacto contigo cuando hable con Misao. Y para el año que viene, habremos distribuido tus ángeles por todo el país. Vas a tener tantos encargos que no vas a poder dar abasto.

Pero a Kaoru eso no le importaba. Lo único que quería era estar con él. Su capacidad de control estaba ya a punto de sucumbir. Y si Kenshin no se marchaba pronto, iba a terminar suplicándole que se quedara.

De pronto, ansiosa por poner fin a aquella agonía, tomó la chaqueta de cuero y se la ofreció.

Kenshin se la puso sin decir palabra, se colocó a continuación los guantes y se acercó a la puerta.

–¿No me vas a dar un beso de despedida?

Kaoru debería haberse resistido. Pero su desesperación la instaba a quedarse. Y allí permaneció.

Aquel beso supo a la sal de las lágrimas, a la ternura de Kenshin y al dolor de la separación. Kaoru sabía que desde aquel día jamás volvería a ser la misma.

Con evidente desgana, Kenshin dio por terminado su beso. Posó una mano en los labios de Kaoru y ésta la presionó contra su boca, como si quisiera conservar para siempre su sabor.

Kenshin abrió la puerta y, sin decir palabra, volvió a besarla antes de montarse en la moto. El ruido del motor quebró la tranquilidad del lugar, haciendo que los pájaros salieran volando de sus nidos.

Se miraron a los ojos.

–Te llamaré –dijo Kenshin.

Pero Kaoru no lo creyó.

Kenshin se puso el casco. Y Kaoru comprendió que siempre lo recordaría de ese modo, vestido de negro y emanando una atractiva aura de peligro.

Kenshin alzó la mano a modo de despedida y se fue, llevándose el amor de Kaoru con él.

La joven jamás sabría cuánto tiempo permaneció allí, escuchando como se perdía en la distancia el sonido del motor. Lo único que supo fue que de repente sentía mucho más frío.

Y que estaba completamente sola.

Caminando como un autómata, volvió al interior de la casa y cerró la puerta tras ella.

Y por segunda vez en muy poco tiempo, el alma se le cayó a los pies.

Yuki-chan había tirado el árbol de navidad. Había agujas de pino, galletas y palomitas por doquier.

El árbol que con tanto amor habían decorado tenía un aspecto devastador. Y entonces Kaoru vio algo que estuvo a punto de hacer que se le detuviera el corazón.

El ángel.

Ahogando un grito, cruzó corriendo la habitación, se puso de rodillas y tomó el ángel. Con extrema delicadeza, acarició la madera tallada, intentando asegurarse de que no había sufrido ningún daño.

Afortunadamente, el ángel no había sufrido ningún arañazo.

Sin soltar el ángel, Kaoru sacó la tarjeta que Kenshin le había entregado. Se quedó mirando aquel pequeño e impersonal recuerdo que le había dejado, e incapaz de contenerse, estrecho el ángel contra su corazón y sucumbió a las lágrimas que durante tanto tiempo había estado conteniendo.

Cansada, agotada, herida, se levantó y colocó el ángel en la copa del árbol.

Se acercó después a la chimenea y se quedó mirando durante largos segundos la tarjeta de Kenshin. Si no podía tenerlo a él. No quería conservar tampoco aquel recuerdo que sólo serviría para recordarle constantemente lo que podía haber sido.

Kenshin había prometido alejar el dolor de su vida, y llenarla de felicidad.

Pero a pesar de sus mejores intenciones, lo único que había conseguido había sido romperle el corazón.

Kaoru ahogó un sollozo.

Jamás en su vida había imaginado tanto dolor. Se agachó y arrojó la tarjeta a la chimenea. Con lágrimas en los ojos vio como se iban transformando en cenizas el nombre, la dirección y el teléfono de Kenshin.

Después de todo, era navidad y se sentía más sola que nunca.

Continuará…………………………

Mil perdones por no actualizar durante tanto tiempo, pero he tenido problemas con mi embarazo, no son graves pero sí muy molestos y no tenía ganas de hacer nada. Les prometo que lo poco que falta lo actualizo a la brevedad.

Les pido mil disculpas y espero que nos leamos pronto.

Besos y gracias por los RR.

Mattaneeeeeeeeeeeeeeeeeee