Disclaimers: Final Fantasy no me pertenece, así como sus personajes, algo que sus fans probablemente agradecerán aunque no lo sepan.
Comentarios:
—Bla bla bla Diálogo.
«Bla bla bla» Pensamientos.
Bla bla bla Recuerdos, palabras dichas con remarcada ironía y Jenova.
Final Fantasy IIIX
por Ayumi Warui
Capítulo 12. ¡Yeh, tronch!
—Mm... —musitaba Tifa, mirando las cinco anchas tuberías que se iniciaban ante ella, bajaban, entrelazándose, varios metros, y acababan en distintas alturas. Tenía que escoger cuál de ellas los llevaría al punto de grabación, felizmente acompañado por un miniboss de turno—. Era por la segunda de la derecha... ¿o será por la quinta?...
—Vamos, Tifa, ¿no se supone que tú ibas a ser la guía para el viaje por el Monte Nibel cuando Sephiroth y Cloud vinieron hace cinco años? —se impacientó Aerith.
—Sí, ya, es que... la verdad es que nunca había estado aquí —confesó—. Como siempre usé el atajo...
—¿Qué atajo? —se interesaron Barret, Aerith y Redypuchi, mientras Vincent miraba en otra dirección y Yuffie intentaba averiguar qué era lo que tenía tan entretenido al ex Turco.
—Pues ¿cuál va a ser? —intervino Cloud—. Saltar del puente colgante.
—¡¿QUÉ?! —corearon los tres, con incredulidad, y luego se giraron hacia la morena, buscando una explicación.
—Es que —empezó ella— me eligieron a mí como guía porque sólo Cloud y yo nos habíamos adentrado en el monte Nibel, una vez, de niños; el resto tenía demasiado miedo de encontrar algún monstruo o, peor, una cucaracha. Pero aquella vez, igual que cuando fuimos con Sephiroth, caímos por el puente colgante, así que nunca había llegado a esta sala.
—¿También entonces se rompió el puente? —se asombró Redypuchi.
—Ehm... No, lo que pasa es que... bueno, mejor que lo juzguéis vosotros mismos, que yo aún no he puesto ningún flashback en este juego —decidió la chica.
—
En una imagen de color sepia, de distintas tonalidades, caminaba una niña morena, decidida a descubrir si era verdad que crecían flores de siete colores cerca del reactor de Nibel, como le había contado el viejo de la posada. La seguía un grupito de niños pijos y asustados y, a lo lejos, un muchachito rubio que aún no caminaba con mucha seguridad con zapatos sin tacones, ya que no hacía ni un año desde que se había atrevido a revelar a su padre–madre que él en realidad no era una niña.
Uno a uno, los niños pijos fueron aprovechando que Tifa, concentrada en sus propios pensamientos, no dirigía la mirada atrás, para largarse disimuladamente de regreso al pueblo. De este modo, cuando aún quedaba un tramo para alcanzar el puente colgante, ya sólo estaban allí Tifa y Cloud. El rubio, por temor a ser descubierto, mantenía una distancia prudente hasta que...
—¡Aaaaaah! —gritó, asustada, la niña cuando, en medio del puente colgante, la asaltó una especie de pájaro morado que empezó a escupir disparos luminosos que, misteriosamente, ninguno daba a su objetivo—. ¡Socorrooooo! ¡Johnny, Brian, Steve! —llamaba Tifa a sus amigos pijos, ignorando que en esos momentos estaban intercambiando cromos en la plaza del pueblo.
—¡Tifaaaaaaaa! —exclamó Cloud, dispuesto a dar su vida, si era necesario, para salvar a la niña que llevaba admirando en silencio desde que tenía uso de razón (la única del pueblo, por cierto).
Rápido, antes de que se arrepintiera de esa decisión, echó a correr hacia el centro del puente, con los ojos cerrados para dar énfasis a su movimiento y, de paso, no tener problemas con su vértigo. Su intención había sido la de llegar hasta donde ella estaba, cogerla por la mano y llevársela de allí. La primera parte del plan fue todo un éxito, pese a su ceguera, algo que supo en cuanto asió la muñeca derecha de Tifa. Sin embargo, un pequeño fallo estratégico sin importancia derivó en que Cloud, en lugar de guiar a la pequeña Tifa al otro lado del puente colgante, la arrastrase con él al fondo del abismo que se extendía bajo el puente.
—
—¡¿Estás diciendo que Cloud te empujó, tirándote del puente?! —corearon espantados todos menos Vincent y ellos dos.
—Bueno, él resbaló —lo disculpó Tifa—. No era su intención tirarme, es que me tenía cogida. Además, él también cayó, ¿no?
—Es cierto, fue un pequeño fallo que, sin duda, no habría cometido si por aquel entonces ya hubiese estado en SOLDIER —declaró Cloud, con orgullo.
—Es increíble que no os matarais —admitió Redypuchi, recordando el abismo en cuestión, que no hacía ni diez minutos que habían salvado gracias al puente.
—Bueno, yo, como soy el protagonista, salí indemne de la caída, sólo me desmayé un ratito y me hice un chichón. Pero Tifa quedó en coma durante semanas, no veáis el susto que nos llevamos todos... El padre de Tifa me echó las culpas —explicó, mientras Aerith, Yuffie y Barret pensaban: "¡con razón!"—, y por eso todos me despreciaban, me escupían y me tiraban piedras cuando salía de mi choza.
—¿Y salías? —se sorprendió Yuffie.
—Valía la pena —sentenció con una sonrisa tonta en los labios. Recordaba que sufría todo aquel odio y toda aquella repudia con valentía para tener la oportunidad de cruzarse por la calle con Tifa que, desde que se recuperó, cada vez que lo veía, le dedicaba una tímida sonrisa que hacía sentir a Cloud que todo aquello valía la pena.
—Papá intentó convencerme de que no debía dirigirle una sola mirada a Cloud nunca más porque por su culpa casi me había matado —explicó Tifa—, pero yo no lo escuchaba porque, para mí, era mi héroe. ¡Había venido a rescatarme de un monstruo, aun a riesgo de su vida!
—Ya veo —dijo Barret, con súbita comprensión—. Fue el golpe que te diste en la cabeza y los daños cerebrales derivados del coma lo que hizo que admires tanto a este inútil... Ahora todo cobra sentido.
—¡Ey! —se quejó Cloud.
—Ahí —habló de pronto Vincent, captando la atención del grupo. Con su garra señalaba una pequeña puerta que había en una pared, un piso por debajo de donde ellos estaban.
—¡Anda! —exclamó Tifa—. ¡Igual nos lleva a algún lugar conocido! Y sólo hay que bajar por esta escalera.
—Suena más tentador que lanzarnos por una tubería oscura que no se sabe dónde acaba —concedió Aerith—. Probemos.
Cuando alcanzaron la pequeña puerta y la abrieron, se asombraron al encontrarse justo ante el reactor de Nibel.
—¡Wow! ¡Qué atajo! —se admiraron Tifa y Cloud—. Si hubiésemos conseguido pasar el puente, el general Sephiroth habría ahorrado muchos puntos de magia viniendo por aquí —añadió Cloud.
—Menos mal que tenemos a Vincent en el grupo —sentenció Aerith—, que si tenemos que fiarnos de vosotros dos para recorrer el monte de detrás de vuestro pueblo, nos dan las uvas aquí, dando vueltas.
—Bueno, es que él estuvo con los Turcos —recordó Yuffie—. Eso debió enseñarle algo.
—Bah, los Turcos... —pronunció Cloud, con menosprecio, algo ofendido por el comentario previo de Aerith—. Esos sólo son tipos que no tienen la categoría suficiente para estar en SOLDIER.
Todos se giraron hacia Vincent, esperando una réplica, pero éste simplemente les devolvió la mirada, sin pestañear.
—¿No vas a defender a los Turcos? —se sorprendió Redypuchi.
—¡Eso! ¿No te sientes ofendido? —añadió Yuffie.
—Pues no —admitió Vincent, con su tranquilidad de siempre.
—¿Es que te avergüenzas de haber pertenecido a los Turcos? —quiso saber Tifa, que podía entender que al hombre no le gustase haber sido de Shinra.
—No.
—¡No me digas que tú también te enorgulleces de haber trabajado para esa maldita Shinra! —se quejó Barret.
—No.
—¿Entonces te da igual? —propuso Redypuchi.
—...
—¡Vamos, no puede ser! —exclamó Cloud—. ¡Aunque los Turcos no lleguen al nivel de los que estamos en SOLDIER, para entrar hay que superar unos exámenes teóricos supercomplicados sobre armamento, estrategia, política e idiomas, aparte de sacar notas muy altas todos los exámenes físicos y realizar las prácticas de resistencia en Iciclos! ¡Nadie supera tantos obstáculos si no desea mucho entrar en los Turcos!
—Suena razonable —admitió Vincent, sacándolo de quicio con su desidia.
—Oye —empezó Aerith, mosqueada—, escama mucho esta actitud tuya tan cerrada. Da que pensar y, teniendo en cuenta que ya han intentado colarnos un espía en el grupo —indicó mientras Cait Sith tragaba saliva sonoramente—, y que has estado en Shinra, podrías ser tú también un espía. Tienes el deber de contarnos algo de tu vida para que sepamos algo con lo que chantaj... quiero decir, para que nos conozcamos mejor y se creen lazos de amistad y unión y todas esas cosas —se corrigió a tiempo.
—¡Buena idea! —aplaudió Tifa—. Nosotros ya sabemos bastantes cosas de los demás. Por ejemplo, conocemos el terrible destino que corrió la ciudad natal de Cloud y mía, la cual Sephiroth quemó, acabando con nuestros padres, así como que Cloud estuvo en SOLDIER y que yo me uní a Avalancha. También conocemos que Barret fue líder de Avalancha y que Shinra embargó su pueblo natal, Corel, y a varios de sus amigos. Sabemos que Aerith es una cetra, huérfana, que los Shinra quieren capturar para encontrar la Tierra Prometida; y que Redypuchi es hijo de un antiguo héroe de Cañón Cosmo y uno de los últimos de su especie. Y de Yuffie... de Yuffie... bueno, sabemos que es de Wutai, ¿no? —dudó.
—¡Claro que soy de Wutai! Y viajo por el mundo para aprender muchas cosas que contarle a mis hermanitos pequeños y conseguir dinero para pagar sus escuelas —inventó, recibiendo miradas de incredulidad por parte de Cloud, Barret, Cait Sith y Aerith.
—Ahora es tu turno, Vincent —invitó Tifa, animada, olvidando que estaban en una zona llena de monstruos, no de acampada, para contarse historias alrededor de la hoguera.
—Sabéis que fui Turco y lo mío con Lucrecia y Caos. ¿No es suficiente? —le señaló, con parsimonia.
—Pues... visto así... —dudó.
—Nada, nada, faltan detalles emotivos de infancia o saber tu motivación para unirte al viaje —indicó Cloud—. Es decir, Tifa y yo buscamos venganza contra el asesino de nuestras familias y salvar el mundo de paso, Barret putear a cualquiera que sea de Shinra y salvar el Planeta, Redypuchi hace piña para salvar al mundo, Aerith viaja con nosotros para que los Shinra no la secuestren más y Yuffie... Yuffie seguro que para nada bueno.
—¡Oh, ¿cómo puedes decir eso?! —dramatizó la ninja—. ¡Lo hago para salvar el mundo en el que viven mis hermanitos y para protegeros a vosotros, mis grandísimos y maravillosos amigos!
—Lo que sea —le dio la razón—. ¿Y tú? —inquirió, mirando fijamente al moreno, preguntándose si no tendría calor con esa ropa.
—Tú me lo pediste —le recordó Vincent, como si hiciera más de dos horas desde aquello.
—Vamos... tiene que haber una razón más profunda y sentimental —insistió el ex–SOLDIER.
—Para purgar los pecados del pasado y honrar la memoria de los caídos —empezó Vincent, con expresión seria, es decir, la de siempre—, abandonaré la oscuridad del retiro y el olvido y otorgaré la luz de la verdad a quien le fue negada.
—Ehm... ¿es un acertijo? —preguntó Cloud—. Se me dan fatal.
—A mí también, pero a mamá le encantan —añadió Aerith, diciéndose que debería enviar un sms a Elmyra diciéndole que estaba viva y la habían rescatado del edificio de Shinra. Sí, lo haría cuando recargara la tarjeta, que se había gastado ya todo el saldo en llamadas y mensajes a Sephiroth.
—Jo, Vin, hablas más raro que los enemigos del Kingdom Hearts 2 —se quejó Yuffie—. No estarás haciendo méritos para que te recluten para el 3, ¿verdad?
—... —El hombre la miró largamente, y la muchacha no supo si tomarse aquello como que había acertado o como que Vincent pensaba que su pregunta era demasiado estúpida para ser contestada.
—¡Ya sé! —saltó Redypuchi—. ¿Y si haces un par de flashbacks a tu pasado para que te conozcamos mejor? Así no tendrás que hablar, que se ve que no te gusta mucho, ni nosotros que desencriptar lo que dices.
—No es mala idea —concedió Aerith, algo que llenó de orgullo al anaranjado animal—. Por ejemplo, podrías enseñarnos cómo fue tu infancia... o qué te llevó a unirte a los Turcos... o incluso qué pintaba un Turco con dos científicos en la mansión de Nibelheim.
—Vale... —aceptó, no se sabe si porque no le importaba mucho o para que dejaran de darle la lata de una vez. Todos, muertos de curiosidad, se dispusieron a ser testigos de apasionantes escenas del pasado de aquel misterioso personaje, mientras él empezaba a mirar al vacío, para proyectar sus memorias...
—
Se podía ver una imagen en blanco y negro de lo que parecía el patio de una escuela. En ella, un pequeño Vincent, de alrededor de unos seis años, estaba sentado en el suelo, dedicado a la apasionante actividad de ver crecer la hierba. Un niño pecoso, rubio, corpulento y más alto que Vincent se acercó a donde estaba el pequeño y se plantó ante él, asegurándose de que el otro captaba su presencia con el sencillo método de darle un golpe en la cabeza con el puño cerrado.
—Tú te llamabas Vincent, ¿verdad? —exigió saber el niño, con aspecto que deseaba que fuera amenazador, mientras Vincent lo miraba inexpresivamente, con aquellos inquietantes ojos rojos. Los camaradas del rubio pecoso estaban a pocos pasos tras él, riendo entre dientes.
—Sí.
—Pues, como eres nuevo en la escuela, y a mí, que soy el líder de la clase, me da la gana, me darás todos los días tu almuerzo —decidió, coreado por las risas de sus compañeros—, porque, si no lo haces, mi amigotes y yo...
—Vale —lo interrumpió Vincent, sin alterarse.
—Veo que eres un chico listo, pese a tu cara de panoli. Pues también me darás tu paga semanal, me llevarás la mochila, limpiarás la clase cuando sea mi turno y harás mis deberes —siguió, empezando a ponerse nervioso al no ver horror en la mirada de Vincent.
—Vale.
—¿Vale? —se asombró. Tal vez es que lo tenía aterrado con su imponente presencia, aunque no lo pareciese, y sólo era que el miedo había congelado los rasgos faciales de Vincent—. Pues, ya que estamos, también te declararás culpable de todas mis travesuras, me darás coartadas cuando me escape de las clases, me harás los recados y limpiarás mi habitación.
—Vale.
—¡Y me dejarás copiar en los exámenes, te comerás lo que no me guste, sacarás a pasear mi perro, irás al dentista en mi lugar, me servirás de escudo humano, me regalarás todas las cosas tuyas que me gusten y harás todo lo que yo te diga, aunque sea lanzarte desde un puente! —añadió, esperando que esta vez el moreno sí que se negase.
—Vale.
—... —El gamberro lo miró largamente y, de pronto, hizo algo que dejó sin habla a todos los que lo conocían: sonrió ampliamente. Luego, apoyando su manaza sobre la cabeza del otro, declaró—: Vincent, acabas de convertirte en mi mejor amigo.
—
—Esto... —empezó Redypuchi, temiendo preguntar—. ¿Y realmente hiciste todo lo que te pidió?
—¿Por qué no? —respondió Vincent, como si encontrase absurda la cuestión.
—... —Nadie supo qué responder a aquello y, mientras lo pensaban, apareció el siguiente flashback.
—
Vincent, con nueve años, caminaba junto a su "mejor amigo" y el resto de la clase, en medio de una excursión a la selva que habían organizado los del campamento de verano de la escuela. Los profesores, en un alarde de responsabilidad, habían dejado a los niños a su aire mientras ellos tomaban unas copas y jugaban a las cartas.
—¡Vamos a cruzar el río! —ordenó el rubio pecoso, Leo.
—Los profesores nos lo han prohibido —le recordó la delegada empollona de la clase.
—Por eso mismo, ¿por qué si no voy a querer hacerlo? —replicó con desdén.
—Pero, Leo... —empezó uno de sus camaradas— es que hay monstruosos caimanes salvajes en el río.
—No os preocupéis, Vincent los distraerá —reveló—. ¿Verdad, Vincent?
—Vale —aceptó, y el resto no supo si considerarlo valiente, estúpido o ambas cosas.
—
—¡¿Y le hiciste caso?! —exclamó Tifa, horrorizada—. ¡Si eras muy pequeño y estabas desarmado! ¡Seguro que ni siquiera tenías materia!
—No fue para tanto —señaló Vincent—. En menos de cuatro meses me dieron el alta en el hospital.
«¿Seguro que era humano antes del experimento de Lucrecia?», se preguntaron todos, antes de ser asaltados por el siguiente recuerdo.
—
Vincent, con trece años, estaba sentado en su mesa en la escuela, aunque ya habían acabado las clases, mientras redactaba el trabajo que Leo tendría que presentar al profesor de Literatura la semana siguiente.
—¿Vincent? —oyó una voz femenina a su derecha. Cuando el chico alzó la mirada se encontró con una joven que le era absolutamente desconocida, aunque el resto de la escuela la conocía como "la chica más fea del Planeta"—. Sé que no me conoces de nada, y que yo a ti tampoco, que tú eres el que saca mejores notas y yo la más estúpida, que tú caes bien a todos y a mí no me traga ni mi madre, que tú eres el más guapo y yo la más fea, que tú eres tranquilo y silencioso y yo histérica y no callo ni bajo el agua, que nuestros gustos son opuestos, que tú tienes cientos de mascotas y yo soy alérgica al pelo de animal, que yo vivo en una floristería y tú eres alérgico al polen, que nuestras familias se odian, que tu padre es un famoso científico de Shinra y el mío un becario–esclavo; pero, aun así y sin saber por qué, ¡me gustas! ¡Sé mi novio!
—Vale —aceptó, y, dando la conversación por concluida, continuó con el trabajo de Literatura de Leo.
—
—¿Alguna vez te negabas a hacer algo que te pidiesen? —quiso saber Aerith.
—No —admitió.
—Ya veo —dijo ella, pensando que en eso le recordaba un poco a Sephiroth, que tampoco sabía decir que no cuando le pedían favores—. Entonces lo mejor será que te saltes la parte de los emotivos recuerdos y vivencias de infancia y juventud y pases directamente a algo interesante como, por ejemplo, por qué entraste en los Turcos.
—Vale.
—...
—
En esta ocasión, Vincent, de catorce años, se hallaba en el salón de su casa, de pie, frente a un hombre de largos cabellos negros al que se parecía mucho.
—¡No puedes seguir así, Vincent! —reprendía el doctor Grimoire Valentine, famoso científico de Shinra que estaba a cargo de la investigación del proyecto Omega. Caminaba de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, frente a su apático hijo—. ¡No es normal que le sigas la corriente a todo el mundo y te dejes llevar por cualquier marea! ¡Dejé pasar que te hicieses mejor amigo de aquel impresentable que te mangoneaba! ¡Dejé pasar que te arrojases a las fauces de caimanes salvajes! ¡Dejé pasar que te apuntases al club de payasos de la escuela! ¡Dejé pasar que te hicieses cargo de las mascotas de todos tus conocidos, convirtiendo la casa en un zoológico! ¡Dejé pasar que gastases nuestro dinero en los caprichos de tus amigos! ¡Dejé pasar que salieses con aquella mocosa insoportable! ¡Dejé pasar que estuvieses en primera fila en aquella manifestación contra Shinra! ¡Pero no estoy dispuesto a dejar que cualquier día a un conocido tuyo le dé por pedirte que te hagas barrendero o criador de chocobos y deshonres a nuestra familia! ¡De ahora en adelante tienes que empezar a tomar decisiones por ti mismo!
—Vale, padre —aceptó y, tras un largo silencio, añadió—: ¿Qué decisiones he de tomar?
—¡Aaaaargh! —aulló, con impotencia y desesperación—. ¡¿Qué he hecho mal?! ¡¿Qué he hecho mal?! ¡¿Qué he hecho mal?!
Tras media hora de histeria por parte del doctor, gracias a su mente privilegiada y analítica de científico, llegó a una conclusión:
—Está claro, hijo mío, que eres un caso perdido. Eres inteligente, ágil, diestro, estás lleno de virtudes y no te faltan habilidades; pero tienes un insalvable problema de motivación. Como las cosas están así, y está visto que lo tuyo es recibir órdenes y cumplirlas sin rechistar, tendré que olvidarme de que sigas mis pasos y orientarte en la dirección para la que pareces haber nacido: formarás parte del ejército de Shinra —decidió.
—Vale.
—Pero sigues siendo mi hijo —continuó Grimoire—, así que no puedo permitir que pases la vida como soldado raso, haciendo caso al primer estúpido que te toque de superior, todo porque no tienes interés en ascender en la escala militar; así que me ocuparé de que te presentes al examen para ser Turco —sentenció. Dado que por aquel entonces SOLDIER no era el grupo de élite de los tiempos de Sephiroth (más que nada porque aún no tenían células de Jenova con las que mejorar las habilidades de sus miembros), los Turcos eran sin duda el grupo más respetado entre los guerreros de Shinra—. Tendrás que estudiar muy duro, que renunciar a tu vida, a tus amigos, a tu libertad, a tu felicidad... incluso a la moda, porque siempre vestirás con traje chaqueta negro; pero serás el orgullo de tu madre; así que ya puedes ir empezando a estudiar, que yo voy a sacarte de ese instituto al que vas.
—Vale.
—
—Ya veo —empezó Tifa—, entonces te metiste en los Turcos para hacer feliz a tus padres... Qué buen hijo.
—Tu padre no tenía un pelo de tonto —admitió Aerith—. Supo sacar partido a tu debilidad para convertirla en una ventaja, ya que así trabajabas haciendo lo que te gustaba: seguir órdenes.
—A eso se le llama vocación —puntualizó Redypuchi.
—Pero, Vin, ¿no es aburrido estar siempre siguiendo órdenes? —opinó Yuffie, que no recordaba haberlas obedecido prácticamente nunca.
—Al menos le permitió conocer a la madre de Sephiroth, ¿no? —indicó Cloud.
—No sé yo si fue bueno para él —musitó Barret—. Según me habéis contado, fue por eso que lo mutaron y tal... ¡Esos malditos Shinra, que no respetan ni a sus empleados!
—Bueno, Vincent —dijo Aerith—, pues nos cuentas qué pintabas tú con Hojo y Lucrecia en la mansión Shinra y te dejamos en paz —prometió, planeando mentalmente el robo del PHS de Cloud para llamar a Sephi y charlar con él durante el resto del camino que quedaba hasta salir del Monte Nibel.
—Bueno... —aceptó el ex Turco, mirando al vacío una vez más.
—
Un siempre atractivo Vincent, con veintisiete años recién cumplidos, entró en el despacho de una de sus superiores en los Turcos, Luisita, tras haber sido convocado por ésta. La mujer dejó unos papeles sobre la mesa del despacho, se levantó y caminó al encuentro del hombre.
—¿Vincent Valentine?
—Afirmativo.
—¿Sabes por qué te he mandado llamar?
—Negativo.
—Mm... —musitó la mujer, mirándolo de arriba abajo. Parecía ser que los rumores que le habían llegado del hijo del doctor Valentine no eran falsos, tanto los que hablaban de lo bueno que estaba como los que describían su personalidad prácticamente plana y su rostro imperturbable—. Te he llamado para informarte de que Shinra ha decidido otorgarte una condecoración y un consecuente y sustancial premio en metálico como reconocimiento a tus méritos. Paso a leerte la cosa esta: "Shinra Inc. se enorgullece de entregar esta condecoración al Turco Vincent Valentine, elegido el miembro del ejército con mejor puntería y habiendo demostrado que es el que con más ahínco vela por los intereses de Shinra Inc. al ser también el soldado que menos munición desperdicia, no habiendo disparado todavía más de una sola bala por objetivo, todas ellas mortales y certeras, incluso cuando está a cargo de la torreta, artilugio de manejabilidad y precisión casi nula. Por eso, por hacernos ahorrar millones en munición, nos permitimos adjuntar a su condecoración una paga extra de treinta millones de gils, para que la disfrute el cuarto de hora a la semana que tiene libre. Sin más, se despide el Presidente Shinra." —terminó de leer Luisita—. Puedes estar orgulloso de tu logro, Valentine, pero, como tu superior, me veo en la obligación de hacer una puntualización que el presidente ha olvidado añadir: los hombres y mujeres que van con trajes iguales al tuyo o con uniforme azulo o rojo y casco son de nuestro bando, así que sería muy amable por tu parte que no los abatieses.
—Vale —aceptó Vincent, preguntándose porqué nadie se había molestado en decirle aquello en los trece años que llevaba trabajando allí.
—Y ahora, para liquidar el asunto rápido y que puedas ir a seguir con tu trabajo, sólo tienes que firmar un par de papeles que tengo en la mesa. Sígueme —ordenó, empezando a caminar.
Vincent obedeció como de costumbre, pero a medio camino se detuvo. Luisita, al percibirlo, se dio la vuelta a ver qué había distraído a un individuo como él, y lo encontró observando una fotografía que la mujer tenía en la pared de su despacho.
—Oh, es una fotografía de los miembros del club de coleccionistas de chapas de Midgar —le explicó Luisita, sorprendida todavía porque Vincent mostrara curiosidad por algo—. Al contrario que vosotros, los superiores tenemos mucho tiempo libre y nos podemos permitir tener aficiones y todo.
—¿Quién es? —preguntó, señalando una de las personas fotografiadas.
—¿Esa? Es Lucrecia Crescent, una chica algo rarita, pero maja. —Al ver que Vincent no se daba por satisfecho ni se desentendía de la foto, añadió—: Se casó no hace mucho con el científico estúpido ese que trabaja con Gast, Hojo, para conseguir así la nacionalidad y que la aceptaran en el departamento científico de Shinra como algo más que mísera ayudante. De hecho, ahora mismo está en un pueblo perdido de la mano de Dios, haciendo no se qué investigación con Hojo.
—¿Qué pueblo? —quiso saber Vincent, sin que nada en sus rasgos dejase deducir qué pensaba.
—A ver... ¿Es que no me has escuchado? Sé que es una lástima, tan guapa y tal, pero está CASADA con ese imbécil. Ya sabes, en la enfermedad y la miseria... hasta que la muerte los separe...
—Solicito que me destine a ese pueblo, en calidad de guardaespaldas personal de la doctora Crescent —declaró, con decisión en su mirada.
—¿Guardaespaldas? ¡¿Para qué va a necesitar Lucrecia un guardaespaldas, en ese pueblo pacífico, si no sale de la mansión que Shinra tiene allí nada más que para ir de picnic o a hacer la compra?! Además, ¡no voy a enviar a mi mejor Turco a...!
—¿Lo haría a cambio de la paga extra que me acaban de otorgar? —sugirió.
—Valentine —llamó, con expresión grave—, ve haciendo las maletas, que mañana partes hacia Nibelheim.
—
—¡Oh, debió de ser amor a primera vista si pagaste tanto por tener la oportunidad de conocerla! —se emocionó Tifa.
—Lo fue —asintió él.
—¿En serio no desperdiciabas ni una bala de torreta? —añadió Cloud, con un profundo respeto—. Creía que Sephiroth era el único capaz de algo así.
—Esos de Shinra... —murmuraba Barret—. No gastan ni dos gils en mejorar la vida de sus ciudadanos y pagan millonadas a sus Turcos... Gr... ¡Y encima son fácilmente sobornables!
«Grrrr... A mí nunca me han dado una paga extra», pensó Cait Sith, con mosqueo.
—Hombre, por treinta millones yo también lo habría enviado a Nibelheim —le señaló Yuffie.
—Tú y cualquiera —asintió Aerith—. Siempre me ha impresionado lo estup... quiero decir, lo poderoso que puede ser el amor —expresó mientras empezaba a teclear números en el PHS de Cloud—. Bueno, chicos, yo tengo una llamada que hacer. Barret, ocupa tú mi lugar en el grupo de combate si eso, ¿vale?
—¡No hay problema!
—Pongámonos en marcha —decidió Cloud en vista de que ya no les quedaban excusas para seguir interrogando a Vincent—. Podemos comentar durante el camino.
o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o n.n o
—Tiene que estar en este pueblo —sentenció Cloud—. Sephiroth dijo que lo siguiese al norte, más allá del Monte Nibel, y aquí no hay nada más que este pueblo.
—No se me ocurre qué se le puede haber perdido por aquí —confesó Barret—. Aunque tampoco es que tengamos muy claro cómo piensa hacer eso de darle el Planeta a su madre.
—La última vez nombraron algo de un meteorito —apuntó Tifa.
—Sí, y de una Reunión que convertiría a su madre en una catástrofe o algo así —añadió Redypuchi.
—¿Qué más da lo que planee? —preguntó Yuffie—. Lo buscamos, estropeamos sus planes y au.
—Es difícil estropear lo que se desconoce —puntualizó Vincent.
—No creas, a los protas de los juegos se les da bien —aseguró la ninja—. Sobre todo a Cloud, que es especialista en hacer explotar cosas que no sabemos que tienen sistema de autodestrucción.
—¡Ey, dejad ya de quejaros por eso! —pidió—. ¡Ni que me hubiese pasado tantas veces!
—Mejor no las recordemos y entremos al pueblo este —decidió Aerith.
El grupo no había dado ni cuatro pasos cuando se detuvieron, sorprendidos.
—¡¿Qué es eso?! —corearon todos, incluido Cait Sith, menos Vincent, que dijo:
—Hace treinta años no estaba.
Hablaban de algo que sobresalía en la parte trasera del pueblo, alzándose de modo que era perfectamente visible por encima de los tejados. Parecía una especie de cohete, aunque había que decir que algo extraño y de aspecto sospechoso.
—Me recuerda un poco a la recicladora de Corel... —murmuró Barret, con desconfianza.
—¿En qué? —quisieron saber.
—No sé, en el aspecto plano y satinado de su superficie, supongo.
—Preguntemos —sugirió Vincent.
—Es refrescante tener en el grupo a alguien que piensa, aparte de mí —susurró Aerith, procurando no ser oída.
—¿Decías algo? —quiso saber Cloud.
—Que seguro que ese viejo que está ahí sabe algo.
Se acercaron a dicho anciano, que tenía la mecedora en la puerta de su casa, pero en lugar de darle la espalda a la puerta se la daba a la entrada del pueblo, de modo que podía contemplar el cohete o lo que fuese.
—Señor... ¿Qué es eso de ahí? —preguntó Tifa, esperando no molestarlo.
—¡¿A que es genial?! —saltó en vejete—. Es el Súper Prototipo Espacial de Cohete de Altísima Velocidad de Shinra Inc. número 24; 24 para los amigos —les indicó—. Se suponía que era para ir al espacio, pero ahora es un adorno más del pueblo y una atracción turística. De hecho, como es más grande que el pueblo en sí, decidimos cambiar el nombre del pueblo y ahora, en vez de llamarse Villa Skellzerkewchevitchz, lo llamamos Villa Cohete. Los turistas lo agradecieron.
—No sé por qué —confesó Barret.
—¿Queréis mirar a 24 conmigo? —sugirió el anciano, con ojos brillantes.
—Seguro.
Perdieron unos preciosos minutos mirándolo.
—Nunca me canso de mirarlo —confesó el pueblerino—. Hasta enciendo la cámara para grabarlo mientras duermo o voy al servicio, para no perder ni un segundo.
—Pero, si el resto del tiempo lo está mirando, ¿cuándo ve las grabaciones? —se extrañó Tifa.
—Tifa, no confundas al pobre hombre —pidió Aerith—. Dejémoslo que continúe con su apasionante hobby y preguntemos en la taberna, que es donde la gente suele saber algo.
Entraron en la taberna todos menos Yuffie, que dijo que iba a mirar si vendían alguna materia nueva por allí, y fueron recibidos, con una sonrisa, por el tabernero.
—Un martini doble —fue el saludo de Aerith.
—Yo un whisky —pidió Cloud, ya que le daba vergüenza pedir un zumo después de oír a la cetra.
—Una cerveza —corearon Barret y Tifa.
—Un vaso de leche —solicitó Redypuchi.
—Yo sangre humana... —empezó Vincent—, pero en botella de cristal, no en lata —especificó.
—¡Oído cocina! —respondió el tabernero.
—Pues a mí las cosas en lata me saben mejor —comentó Barret
—Supongo que irá por gustos —imaginó Tifa.
—Señor —empezó Cloud, mientras el tabernero le entregaba su bebida—, ¿ha visto algún tipo vestido con una capa negra o a alguien con pelo plateado y una espada muy larga?
—La única espada larga que he visto es la tuya, muchacho —declaró mientras una camarera se esforzaba en intentar arrancar una cucharita de café de la imantada espada de Cloud.
—Vaya... ¿Y no hay nada que nos puedas contar para pasar el rato?
—Pues... Lo único medianamente interesante que ha pasado aquí en los últimos cincuenta años es cuando los Shinra quisieron poner en marcha el plan espacial, construyeron el cohete, y eligieron como piloto para el primer viaje espacial al Capitán. Lástima que al final todo se fuese al garete el día del lanzamiento y se abandonase el proyecto.
—¿Quién es "el Capitán"?
—El único tipo medianamente interesante de Villa Cohete —admitió—. Vive en la casa del fondo, la que está a la derecha del camino que lleva al 24. Id a la casa del fondo y lo encontraréis.
—¿Por qué cuando dices "la casa del fondo" las letras de tu dialogo se vuelven de otro color? —se extrañó Cloud, que siempre había querido averiguar la naturaleza de aquel extraño fenómeno que había vivido innumerables veces a lo largo de su vida.
—No lo sé, siento la imperiosa e inexplicable necesidad de remarcaros que DEBÉIS IR a la casa del fondo.
—De acuerdo, nos ha quedado claro —asintieron todos, intuyendo la mano de los programadores tras ese fenómeno.
Después de tomar sus consumiciones y pagarlas (invitando entre el resto a Barret, que aún no se había recuperado de la ruina en la que lo sumió la cucaracha cuando se quedó el dinero del hombre como botín), salieron de nuevo a la plaza. Allí los esperaba Yuffie, con una sonrisa de satisfacción que asustaba.
—No vale la pena que miréis las tiendas, no venden materia —declaró ella, añadiendo en su pensamiento: «Al menos, YA no. Ñij, ñij, ñij...».
—Vamos a ir a visitar a un tal Capitán —explicó Cloud— que, aunque no tenga absolutamente nada que ver con Sephiroth y por tanto nos importe un rábano, se ve que tenemos que conocer.
—¡Vale!
Sin llamar a la puerta ni pedir permiso, entraron en la casa del fondo, pasando a un amplio salón–cocina donde sólo destacaban un par de muñecas de trapo sentadas en las sillas, como si estuviesen tomando el té.
—No parece que haya nadie —se sorprendió Redypuchi.
—Cotilleemos por la zona, a ver si hay algún cofre que saquear —propuso Yuffie.
—Empecemos por la puerta del fondo —eligió Cloud.
—Si es la más alejada...
—Da igual, presiento que tenemos que ir ahí.
Para no discutir, lo siguieron hasta la salida al patio trasero, donde encontraron un helicóptero pintado de color rosa y que tenía el logotipo de Shinra.
—Llevémonoslo —decidió Aerith.
—Pero ¿para qué? —quiso saber Tifa.
—No sé... Para irnos de aquí más rápido y sin combates aleatorios —propuso.
—Pero ¿sabe alguien conducir esto? —añadió Redypuchi.
—¿Hace falta? —preguntó Barret.
—Yo sé —tranquilizó Vincent a su anaranjado compañero.
—Pues nada, secuestrémoslo —apoyó Cloud la moción.
—No podemos cogerlo sin pedir permiso —les recordó Tifa.
—¿Por qué no? —corearon todos menos Vincent y Redypuchi.
—¿Hola? —saludó una mujer de cabellos castaños recogidos en una cola de caballo. Vestía una bata blanca, aunque estaba llena de manchas de aceite—. Perdonen, no los oí llegar. Estaba poniendo a punto el coche, en el garaje... ¿Querían algo?
—Esto... no, solo mirábamos el helicóptero —mintió Cloud.
—Ah, el Tiny Bronco... Es el orgullo de Cid.
—¿Cid? —corearon.
—Bueno, por aquí suelen llamarlo "el Capitán".
—¿Crees que si se lo pedimos nos lo prestaría? —preguntó Tifa.
—¿Cid? Ni por todo el oro del mundo —sentenció, con convencimiento—. Ni aunque la vida del Planeta dependiese de ello. Vamos, que antes se congelará el infierno. Pero, si queréis perder el tiempo intentándolo, estará en el 24. Le gusta ir allí todos los días, al menos un ratito —explicó—. Por cierto, no me he presentado. Me llamo Shera.
—Nosotros somos —empezó Cloud—: Aerith, Tifa, Barret, Redypuchi, Vincent, Yuffie y yo... ¡Cloud Strife, 21 años, YO estuve en SOLDIER, en el que entré con sólo catorce años y a los dieciséis ya era conocido por todos por mi habilidad sin igual, mi destreza, mi agilidad, mi...!
—Oh, ¿entonces sois una avanzadilla que ha enviado el Presidente? —preguntó Shera, con súbita desconfianza.
—¿Avanzadilla? —corearon, extrañados.
—Por vuestras caras diría que no —sonrió, visiblemente aliviada—. Veréis, es que esos impresentables de Shinra nos enviaron un mensaje diciendo que hoy vendría el Presidente Rufus a visitar a Cid.
—¡¿Rufus?!
—Sí. Cid cree que es para reabrir el proyecto espacial, pero, la verdad, sea para lo que sea, yo preferiría que no viniesen más por aquí.
—Veo que no te gustan los Shinra —aprobó Barret, sintiendo simpatía por la mujer—. A nosotros, tampoco. Nada. Ni un poquito.
—Me alegro.
—Pues vamos al 24 a ver si hay suerte y se ha congelado el infierno —anunció Cloud.
—De acuerdo —aceptó Shera—. Ah, ya que vais, decidle a Cid que pase a comprar un par de cartones de leche antes de que cierre el súper.
—Vale.
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—Cuanto más lo miro, más raro me parece —comentó Aerith, observando con desconfianza el cohete.
Visto de cerca, se apreciaba que era una construcción con cuatro lados perfectamente rectangulares y de superficie totalmente plana, brillante y satinada, sólo interrumpida por dos puertas: una a nivel de suelo, cerrada con una cadenas y precedida por una valla electrificada, y otra en lo alto, a la que se accedía gracias a una escalera de madera que había apoyada contra el cohete. Era imposible apreciarlo desde allí, pero apostaban lo que fuese a que la parte superior del cohete, en vez de acabar en punta, era plana y cuadrada.
—¿No os parece como si... no sé... cómo si alguien hubiese dibujado un cohete sobre un prisma y luego lo hubiesen pintado niños de primaria? —añadió Tifa.
—Bah, Marlene lo hace mucho mejor —declaró Barret.
—¿Qué más nos da cómo sea? —razonó Cloud—. Lo que nos interesa es el Capitán.
—Pues yo paso de subir, que me inspira poca seguridad esa escalera —declaró Aerith—. Ni siquiera está sujeta por algo.
—La verdad es que no hace falta que subamos todos —asintió Cloud—. Iré yo sólo.
—Suerte —deseó el resto—. Si quieres, nosotros sujetamos la escalera desde aquí, para que no te mates.
—¡No hace falta! ¡Yo estuve en SOLDIER! ¡Sé escalar por cuerdas rasgadas y cubiertas de aceite! ¡Sé atravesar puentes en llamas! ¡Sé recorrer vigas mientras soy objetivo de decenas de francotiradores y llueve! ¡Sé bailar flamenco sobre cuerda de piano! ¡Sé...!
—¡Sube de una vez!
El rubio arriesgó su integridad ascendiendo por la escalera, que en más de una ocasión amenazó con venirse abajo, hasta que alcanzó su objetivo. Por la puerta del cohete pudo ver (gracias a la luz que entraba desde fuera y un farolillo que colgaba del techo) que se accedía a una sala totalmente cuadrada. Tanto el suelo como las paredes, hasta la altura de la cintura, eran completamente de mimbre; y ocho gruesas cuerdas iban desde el mimbre hasta el techo en el que, a través de pequeños agujeros, accederían, seguramente, a pisos superiores del cohete. Dejando de lado el extraño diseño de la sala, y la inquietante cuestión de que no había puertas o escaleras que llevasen a otras habitaciones, había un hombre aún más extraño que el cohete, si cabe. Al ver que el tipo tenía la cabeza rodeada por una especie de niebla, Cloud estuvo apunto de ofrecerle un colirio, creyendo que el extraño era víctima del estado alterado ceguera, pero un segundo vistazo le hizo notar que el humo lo producía con su puro aquel hombre de cabello rubio y barba de día y medio (es decir, la suficiente para pinchar a todo el que tuviese el valor de acercarse lo suficiente).
—Hola, ¡cof, cof! —tosió Cloud cuando el otro se giró y le tiró el humo en la cara—, ¿es usted el Capitán? —dedujo del hecho de que llevase unas gafas de aviador como si fuesen una diadema.
—Yeh, tronch —saludó—. ¡Por supuesto que yo soy el amo, o, lo que es lo mismo, Cid!
—¡Ooooh! —se asombró Cloud—. ¡Has dicho #¬&·& sin que te lo censuren!
—¡Me ca*go en l'hos*tia p*uta, por supuesto que digo lo que me da la p*uta gana sin la jo*dida censura, tronch!
—¡Ooooh! ¡¿Cómo lo haces?! ¡Barret mataría por conocer tu secreto!
—¡Fácil! ¡Pongo un p*uto símbolo en medio de la j*odida palabra para que el filtro de m*ierda no lo detecte! ¡¿Es que nunca has jugado al Ragnarok online o qué, tronch?!
—Es impresionante, jamás se me habría ocurrido... —admitió lo evidente—. Pero siento decirte que tendrás que dejar de engañar al filtro si no quieres obligar al fic a subir de rating por lenguaje.
—¡Todo sea por el bien del #&ç#&!¬+# fic! —aceptó—. Y ahora, ¿qué quieres, tronch?
—Shera dice que compres dos cartones de leche antes de que cierren el súper —recordó de pronto.
—Ok, tronch. ¡Y ahora, saca tu ç/¬ culo de mi 24! —ordenó con la vena hinchada.
—¡Espera, espera! —pidió al ver que el otro parecía dispuesto a lanzarlo por la puerta—. ¡También venía a preguntarte si me dejarías el Tiny Bronco!
—¡:#¬·&/()+´ç#&ç#&!¬+#!
—¿Eso es un sí? —dudó.
—¡Ni lo sueñes, tronch! ¡Ni por todo el oro del mundo! ¡Ni aunque el Planeta dependiese de ello! ¡Antes se congela el ç+ infierno!
—Wow, sí que te conoce bien Shera —se admiró, instantes antes de, en un alarde de valentía y estupidez comparable al de la infancia de Vincent, añadir—: Sólo será un ratito, te lo devolveremos entero ¡lo prometo!
—¡CIERRA TU #&ç#&!¬+# BOCA Y LÁRGATE DE UNA +)#¬&·&ç/¬ VEZ! —gritó, con los ojos tan brillantes de la cólera que eran claramente visibles entre la niebla, instantes antes de ayudar al protagonista a bajar del cohete con un hechizo fuego3 que lo lanzó por los aires.
En cuanto los otros del grupo vieron aterrizar al ex–SOLDIER corrieron a rodearlo y comprobar que estaba consciente y no necesitaba una cola de fénix.
—Cloud... —musitó Tifa, preocupada.
—Eso es que no nos deja el helicóptero, ¿verdad? —dedujo Aerith.
—Se hace el duro... —logró decir Cloud, antes de poner los ojos en blanco.
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—Hola, hemos vuelto porque no teníamos un lugar mejor al que ir —explicó Aerith mientras entraban en la casa del fondo, tras haber hecho una breve visita a la posada para que todos recuperasen los puntos de magia y a Cloud se le curasen las fracturas múltiples por la caída.
—¡Hola! —saludó Shera, alegremente—. Tranquilos, pongo un puñado de garbanzos más en la olla y os podéis quedar a comer.
Apenas habían dado cinco pasos dentro de la casa cuando la puerta principal volvió a abrirse, dejando paso a Cid que, rodeado como siempre por la ligera niebla que creaba su puro, cargaba en un brazo los cartones de leche.
—¡Ya estoy en casa, tronch! —saludó a nadie en particular.
—Bienvenido —respondió Shera, mientras él dejaba la carga en el suelo—. ¿Qué prefieres primero: el baño o la comida?
Al volver a erguirse, Cid se percató de que estaban allí Cloud y los demás.
—¡Pero ¿qué #&ç#&?! ¡Tenemos invitados! —gritó, entre enfadado y sorprendido—. ¡Shera, ¿es que estás ciega, tronch?! ¡Al menos sírveles una +#&ç#¬ taza de té!
—Pero, Cid —empezó Shera, con voz dulce y sin alterarse en lo más mínimo, como si el hombre no le estuviese gritando órdenes como un histérico—, no tenemos té. ¿Es que no recuerdas que el dentista nos lo prohibió porque nos macha los dientes?
—¡Pues ponles un café!
—Sabes que el médico te prohibió terminantemente el café para curar tus insomnios.
—¡Pues una copa!
—Tú médico del hígado dijo que...
—¡ENTONCES DALES UN #&ç#&!¬+# VASO DE AGUA! —estalló, con la vena hinchada y los ojos enrojecidos—. ¡Que nadie pueda decir que los Highwind no somos hospitalarios!
Antes de que Shera pudiese contestar o Cloud y sus compañeros decir que en realidad no tenían sed, se abrió una de las puertas de la sala y por ella entraron, en estampida, siete niñas de cinco años, idénticas a excepción del color de su ropa.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! —coreaban las niñas, enganchándose a las piernas de Cid.
—¡Yeeeh, mis tronch favoritas! —las recibió él, agachándose para poder abrazarlas (por turnos)—. ¡¿Quiénes son las septillizas más guapas del Planeta?!
—¡Nosotras! —respondieron, encantadas.
—¡¿Venís a ayudar a papá a sacar brillo al Tiny Bronco?! —propuso.
—¡Síiiiii!
Y, sin hacer caso al resto de los presentes, los ocho se marcharon felizmente al patio trasero de la casa, dejando un rastro de humo de tabaco por el camino.
—Tomad, vuestros vasos de agua —les ofreció Shera con una sonrisa.
—Esto... gracias —respondieron, aún asimilando lo que acababa de pasar.
—Unas... niñas muy monas —logró decir Barret—. Muchas, por cierto.
—No creas, Cid es mucho más problemático y escandaloso él solo que las siete niñas juntas.
—Una cosa, Shera... —empezó Tifa—. ¿Por qué Cid te trata de esa manera tan brusca?
—¡Oh, ¿lo dices por lo de la bebida?! —supuso—. ¡No se lo tengas en cuenta, es siempre así cuando hay gente delante! ¡Es tan tímido!
—¿Tímido? —dudaron, por lo poco que habían visto.
—Entonces —añadió Cloud—, ¿no es que te guarda rencor por algo que hicieses en el pasado como, por ejemplo, destruir su sueño al obligarlo a detener el cohete para no freírte en la sala de máquinas?
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Qué ocurrencia! —rió la mujer—. ¡Qué va! Si yo soy mecánico de coches, de cohetes no tengo ni idea. Aunque he de admitir que siempre me ha dado desconfianza el 24, me parece rarito.
—Pero, si es así... —continuó esta vez Aerith— ¿qué pasó para que el proyecto espacial se fuese al garete el día del lanzamiento?
—Oh, aquello. Pues resulta que este pueblo, como está perdido de la mano de Dios, aun más que Nibelheim, que al menos tiene un reactor al lado, pues no tiene electricidad, porque los Shinra pasan de construir tanto cable. Al ser así, para poder llevar a cabo el lanzamiento del 24, habíamos pasado diez años reuniendo entre todos energía que generábamos pedaleando por turnos en una bicicleta estática que había conectada a una megabatería que serviría para arrancar el cohete que nos habían prometido los Shinra. Pero, el día que al fin se iba a llevar a cabo el lanzamiento, justo durante la cuenta atrás, el anciano que adora el 24 saboteó el generador, dándole al botón de "descargar" y así haciendo que toda la energía reunida con esfuerzo, sangre y sudor, mucho sudor, se esfumase en unas milésimas de segundo. Cid quedó tan traumatizado por lo que sucedió que ni siquiera le quedaron fuerzas para insultar al anciano y, como a él era al único que realmente le importaba si el cohete despegaba o no, pues no hubo represalias contra el vejete por su sabotaje.
—¿Por qué haría algo tan cruel ese amable anciano? —se preguntó Tifa—. Destruir de ese modo el sueño de Cid, echar por tierra los esfuerzos de todos...
—Mira que eres cortita a veces —dijo Yuffie—, es obvio: para seguir admirando el cohete, ¡que si hubiese despegado se habría quedado sin hobby! ¡Auch! —se quejó cuando Cloud le golpeó con el puño cerrado en la cabeza.
—No te metas con Tifa. Una mente tan noble como la suya no puede entender motivaciones tan egoístas.
—No pasa nada, Cloud... —aseguró su amiga de la infancia, mientras Aerith rodaba los ojos en un gesto de exasperación.
—¡Buenos días! —saludó un hombre bastante gordo que entró en la casa sin llamar—. ¡Mmmm! ¡Huele a puchero valenciano! ¿Me puedo llevar una ración?
—Seguro —asintió Shera—, tengo unos tuppers...
—¡Espera, Shera! —interrumpió Barret—. ¡No te dejes engañar por su aspecto de inútil! ¡Este tipo es Palmer, de Shinra! ¡Nunca confundo a la gente a la que hago bailar a base de plomo!
—¡Iiiiiiih! —chilló Palmer, súbitamente pálido—. ¡El loco del día del asesinato del presidente! ¡No me matéis! ¡Yo sólo vengo a avisar a Cid Highwind de que el Presidente Rufus está fuera esperándolo para hablar con él!
—¿Alguien ha llamado al gran Cid? —les llegó la voz del piloto, que entraba en aquel momento, seguido por sus hijas y su nube de humo.
—Parece que el Presidente está fuera —informó Shera—. No te entretengas mucho, que se enfriará la comida.
—Tranqui, tronch.
Como buenos cotillas que eran, todos, menos Vincent, que prefirió quedarse dentro de la casa con la familia Highwind, salieron tras Cid, para espiarle desde la puerta, ya que, aunque Rufus estuviese en medio de la plaza con sus soldados, ellos podrían oírlo sin temor a que los descubriesen (?).
—¡Yeh, tronch! —saludó Cid a Rufus, que alzó una ceja al oírlo—. ¿Qué pasa?
—Pues he venido para pedirte que...
—¡Ya, ya, no hace falta que lo digas, tronch, lo sé! Has venido a suplicarme que sea el piloto del nuevo proyecto espacial, porque habéis decidido traer un generador.
—Ni borracho gasto un gil en una estupidez como ir al espacio —casi escupió Rufus—. He venido a ordenarte que me prestes el Tiny Bronco.
—¡¿QUÉ?! ¡¿Y para qué #&ç#&!¬+# necesitas el Tiny Bronco si ya tienes el "Macizorra en Bikini"?! —hizo alusión a una enorme nave de Shinra que solía estar aparcada en Junon y que había recibido su nombre del dibujo que tenía en uno de sus laterales.
—Para nada en realidad, pero me apetecía putear a alguien y tu pueblo era el más cercano.
Cuando Cid empezó a soltar insultos ininterrumpidamente, Cloud oyó una voz a su espalda. Shera se había asomado por la puerta.
—Chicos... ¿Podéis entrar un momento?
—Seguro.
En el salón–cocina, las septillizas jugaban con la comida y Vincent, estratégicamente colocado junto a una pared, mostraba sus habilidades de Turco esquivando los proyectiles que las pequeñas lanzaban.
—Veréis —empezó Shera—, es que el tipo ese de Shinra se ha colado en el patio trasero, pero yo no puedo ir a ver qué hace porque si dejo a las niñas solas me queman la cocina.
—No te preocupes, nosotros nos ocupamos de partirle los dientes —se ofreció Barret, con una sonrisa.
—Vin, acompáñanos —añadió Yuffie cuando pasaron por su lado, imaginando, y no equivocándose, que, si no se lo decía, el hombre no se movería.
Al salir al patio, pillaron a Palmer in fraganti, intentando subirse a una de las alas del Tiny Bronco.
—¡Apártate de nuestro helicóptero —exigió Aerith—, que romperás el ala con tu peso!
—Nuestro, nuestro... —musitó Tifa—. Cid no parecía muy dispuesto a prestárnoslo.
—Seguro que él preferiría que lo robásemos nosotros a que lo robase él —declaró Cloud.
—No veo diferencia —señaló Vincent.
—Este no es momento de remilgos, sino momento de apalizar a un tipo de Shinra —les recordó Barret, tras colocarse su arma más potente en el brazo.
—De acuerdo, Cloud —empezó Aerith—, tú (porque no tienes más remedio), Barret y... ¡Yuffie! vais a darle una paliza al tipo. Mientras, Vincent nos explicará a Tifa, a Redypuchi y a mí cómo poner en marcha el trasto este.
—¡Vale! —aceptó el rubio, y los tres encargados del trabajo sonrieron con maldad a Palmer, que temblaba como un flan.
Con sonidos de balas, explosiones, risotadas y súplicas de fondo, Aerith y compañía subió hasta colocarse sobre el helicóptero.
—Uy, cuántos botones... —se asustó Tifa.
—Si uno de ellos sirve para autodestruirlo, seguro que es el primero que llama la atención de Cloud —se dijo la cetra, y su amiga y Redypuchi asintieron, de acuerdo.
—¿Seguro que sabes cómo funciona esto, Vincent? —inquirió el anaranjado animal, teniendo cuidado de no hacer rayas en la pintura con las uñas.
—Afirmativo.
—¿Y cómo es? —quiso saber Aerith.
—On —dijo señalando un botón y una llave—, arriba, abajo, derecha e izquierda —añadió, señalando dos palancas—, radar —Indicó una pantalla—, velocidad —Apuntó otra pantallita—, combustible —Un tercer contador—, misiles...
Al mismo tiempo, en tierra firme...
—¡No, por favor! —suplicaba Palmer—. ¡No me deis más! ¡Ya me he rendido y os he entregado todo mi dinero, materias y objetos!
—¡El placer de pegar a un tipo de Shinra no tiene precio! ¡Jua, ja, ja, ja, ja! —reía Barret, como loco, disparando a los pies del hombre.
—Oye, Palmer —empezó Cloud, que ya hacía rato que había guardado la espada y sólo observaba cómo Barret se divertía, algo que Yuffie no encontraba lo suficientemente apasionante, así que la ninja prefirió volver a sacar brillo a sus materias—. Tú eras el encargado del proyecto espacial si no me equivoco...
—¡Pero no es mi culpa que el antiguo Presidente quisiese embolsarse unos cuantos millones y decidiese fingir que iba a abrir un programa espacial para excusar ante los demás la desaparición del dinero! ¡No fui yo quien le dio la idea de dar un cohete falso a la ciudad para encubrirlo, sabiendo que los pueblerinos no se darían cuenta de la estafa!
—Claro... Ahora todo tiene sentido... —asintió Cloud—. No me cabía en la cabeza que Shinra hubiese gastado tanto dinero en hacer un cohete sólo para ir al espacio. Pero... entonces... ¿qué es el 24?
—Pues... ¡aaaah! —gritó cuando un golpe de la cola del Tiny Bronco lo lanzó por los aires, instantes antes de que una de las hélices casi arrancase la cabeza a Yuffie.
—¡Uuuups! ¡He pisado un par de botones! —confesó Redypuchi.
—¡Yo creo que al caer por el brusco movimiento he roto una palanca! —temió Tifa.
—¡Nada! ¡Larguémonos de aquí! —decidió Aerith—. ¡Subid o quedaos!
No tuvo que repetirlo dos veces. Cloud, Barret y Yuffie se engancharon a una de las alas cuando pasó cerca de ellos, justo cuando el Tiny Bronco empezaba a coger altura, levantando una nube de polvo.
—¡¿Quién conduce?! —quiso saber Barret, aún desde el ala—. ¡Porque, quien sea, ¡que deje de una #¬ç+ vez de dar vueltas de campana!
—¡Yo no soy! —aseguraron al unísono Aerith, Tifa y Redypuchi.
—¡¿Vincent?! —se sorprendieron los otros.
—¡Creí que en los Turcos te enseñaron a pilotar sin hacer eses y dar vueltas! —se quejó Cloud, mientras Yuffie, verde por el mareo, no podía pronunciar palabra.
—Y lo hicieron —sentenció Vincent, mostrándoles con una mano un par de palos metálicos que, tiempo ha, junto a los botones, habían servido para guiar el Tiny Bronco—, pero nadie me enseñó a hacerlo sin esto.
—¡Lo siento! —pidió Tifa—. ¡Es que les di con la bolsa de los elementos y...!
—¡Por lo que más quieras, Vincent —gritó Cloud, pálido—, aprende a pilotar sin eso, que vamos directos al cohete!
El ex–SOLDIER no se equivocaba. Tras dar muchas vueltas por el aire y casi destrozar un par de tejados, el Tiny Bronco se dirigía al 24 en línea extrañamente, dadas las circunstancias, recta. Mientras, tanto Cid como Rufus y los soldados estaban demasiado sorprendidos para reaccionar.
—¡Nos vamos a matar! —aullaba Yuffie.
—¡Y no hemos salvado la partida desde que fuimos a buscar a Aerith al edificio Shinra! —recordó Barret.
—¡Es imposible que nos matemos, aún estamos en el primer disco! —añadió Cloud.
—¡Eso sólo se aplica a ti, como protagonista! —le recordó Aerith—. ¡Cualquiera de nosotros podría morir antes de que el disco acabe!
—Ñij, ñij, ñij, ñij... Moriréis todos y os lo tendréis merecido —declaró Cait Sith—. Lástima por Tifa, pero es un sacrificio necesario...
—¡¿Has dicho algo, Tifa?! —quiso saber Redypuchi.
—¡¿Quéeee?! —preguntó Tifa, que pese a estar junto a su compañero, no podía oírlo por culpa de los gritos de pánico de casi todos los demás.
—Un poco de silencio ayudaría a que me concentrase —hizo notar Vincent pero, por supuesto, no lo escuchaban.
—¡Ya casi estamos encima!
—¡Si es que TODO tengo que hacerlo yo! —se quejó Aerith, alzando su vara—. ¡Que el Planeta se apiade de nosotros! ¡Tornado!
La materia contener de Aerith brilló en el mismo instante en que un enorme torbellino se creó entre el helicóptero y el cohete, atrapando al Tiny Bronco, que empezó a dar vueltas en la corriente de aire. Otra cosa que el viento logró arrastrar fue cuatro enormes y rectangulares láminas de cartón piedra que tenían dibujadas un cohete, dejando al descubierto la verdad sobre el proyecto espacial de Shinra: lo que habían llevado al aquel pueblo no era un cohete... ¡sino un globo aerostático, apenas compuesto por una enorme cesta de mimbre y ocho cuerdas que finalizaban en una gran bolsa llena de aire! Esto, que aún no había salido volando porque una cadena lo tenía fuertemente atado al suelo, había estado oculto tras el camuflaje de cartón piedra.
—¡PERO QUÉ #¬·&/()+´ç#&ç#&!¬+#+)#¬&·&! —aulló Cid al verlo—. ¡¿ME QUERÍAIS LANZAR AL ESPACIO CON UN +ç#&ç#&!¬+# GLOBO DE #&ç#&!+)#¬&?!
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —exclamaba Shera, asomada por la ventana—. ¡Sabía que ese cohete me daba mala espina!
—Lástima, se ha descubierto —expresó Rufus, sin alterarse—. Si aquel viejo no hubiese saboteado el lanzamiento, cuando el globo se hubiese estrellado, tras quemarse al intentar salir del Planeta, si es que llegaba tan lejos, podríamos haber tapado todo el asunto para que pareciese un desgraciado accidente... —explicó—. Yo siempre le dije a mi padre que es mejor simplemente putear al personal en vez de hacerlo y fingir que no se hace, pero él era así... ¡Soldados! —llamó a los hombres uniformados, que aún no daban crédito a sus ojos—. ¡Eliminad a los del helicóptero! ¡Y al tipo este también! —señaló a Cid—. No soporto a la gente malhablada.
—¡Sí, señor Presidente! —corearon mientras cargaban sus metralletas, bazucas y lanzamisiles.
—¡Sálvese quién puedaaaaaa! —gritó el piloto, echando a correr hacia el 24, donde por fin desapareció el tornado, lanzando el Tiny Bronco y a sus mareados tripulantes en dirección opuesta a la que corría Cid, volando tan bajo que lo atropellaron, llevándoselo detrás al encajarle una de las alas en el estómago.
—¡Capitán Cid, ¿está bien?! —se preocupó Tifa, mientras Cloud y Barret lo arrancaban del borde del ala para subirlo encima.
—¡#¬ç#&ç#¬+##¬&&!
—Tomaremos eso como un sí —decidió Cloud.
—¡Aerith, casi nos matas! —se quejó Redypuchi.
—¡Pero no nos hemos estrellado contra el cohete y eso es lo que cuenta! —replicó ella.
—¡Nos atacan! —se percató Yuffie cuando un misil le pasó a escasos centímetros de la cabeza.
—¡Vincent, sácanos de aquí!
—Se hace lo que se puede —replicó el ex Turco, reconectando cables cortados y haciendo puentes a diestro y siniestro.
—¡Lánzales tú también misiles! —sugirió Aerith.
—Pero eso destrozaría el pueblo... —hizo ver Tifa.
—¡CIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIID! —oyeron la voz de Shera en el momento en que pasaban por encima de la casa de al lado, poco antes de que un objeto cuadrado envuelto en una tela, pero no por ello menos contundente, se estrellase contra la cara de Cloud y luego cayese en manos del piloto—. ¡¿AVÍSAME CUANDO SEPAS SI VAS A VENIR A CENAR?!
—¡TRAENOS REGALOS, PAPI! —coreaban las septillizas, desde el patio trasero de la casa.
—¡DADLO POR HECHO, TRONCH!
—Ya está —dijo Vincent, haciéndose al fin con el mando del Tiny Bronco y dirigiéndose con él a la playa—. ¿Adónde vamos?
—¡Lejos! —coreó el resto.
Sin embargo, la situación sólo estuvo bajo control medio minuto, ya que uno de los disparos de lanzagranadas acertó en el Tiny Bronco, haciéndolo descender hasta que se estrelló en el mar. Eso sí, por suerte, bastante lejos de la costa del Continente Delaizquierda.
—Aterrizaje de emergencia finalizado con éxito —anunció Vincent.
—¡Eso ha estado cerca, ¿eh?! —rió Barret—. ¡Esos Shinra se han quedado con un palmo de narices! ¡Jua, jua, jua, jua!
—Mi pobre Tiny Bronco... —lamentó Cid—. Ya no volará más...
—¿Qué es lo que te ha lanzado Shera? —curioseó Redypuchi, mientras todos se acomodaban en los restos del helicóptero, que iba a la deriva.
—A ver, tronch... —murmuró quitando la tela y descubriendo ocho tuppers llenos de puchero valenciano, con sus correspondientes tenedor, cuchara y cuchillo de plástico.
—¡Qué amable, nos ha mandado la comida! —exclamó Tifa, emocionada.
—¿Qué vas a hacer ahora, Cid? —quiso saber Redypuchi—. Si vuelves al pueblo, igual te pillan los de Shinra.
—¡Iré con vosotros, tronch, ¿qué si no?! ¡Y me vengaré por lo del cohete falso!
—Pero... ¿y qué pasará con tu mujer y las niñas? —preguntó Cloud.
—¡¿Mi mujer?! ¡¿Quién os ha dicho que Shera sea mi mujer?!
—...
—El Tiny Bronco aún puede servir de bote —analizó Vincent—. Las probabilidades de que lleguemos a tierra con él, teniendo en cuenta que entra agua, son de un 0.00001 por ciento, pero no son 0.
—¡Wow, Vin, es de las frases más largas que te he oído decir! —se sorprendió Yuffie—. ¿Y cuántas son las probabilidades de que, aparte de encontrar tierra, sea antes de que nos deshidratemos?
—¡Si aquí se va a usar mi Tiny Bronco de bote, yo lo comandaré, que para algo soy un &/#¬·# capitán, &+ç&¬#! —decidió—. ¡El del equipo A y el pelo–chocobo, vosotros ocupaos de la proa! ¡La mocosa y el vampiro de la popa! ¡Tetuda, culona, vosotras girad a babor! ¡El chucho que achique agua!
—¡¿Cómo me has llamado?! —corearon todos menos Vincent.
—¡¿Qué #&ç#&!¬+# queréis, tronch?! ¡No os habéis presentado!
—Yo soy Tifa —se apresuró ella, mientras el resto aguantaba las ganas de sacarle los ojos al piloto, y Vincent calculaba porcentajes para satisfacer la curiosidad de Yuffie—. Y ellos son: Barret y Cloud, el prota. Yuffie y Vincent. Y Aerith y Redypuchi.
—¡Como sea, tronch! ¡Obedeced mis órdenes!
—Tengo una curiosidad —expresó la morena, mientras Redypuchi tosía por el humo que Cid acababa de echarle en la cara—, si tú eres el capitán de este "barco" y estamos en alta mar, ¿es cierto que puedes realizar bodas?
—¡Por supuesto, tronch! ¡Mira esto! —indicó y, girándose hacia Vincent y Yuffie, dibujó en el aire una cruz ante ellos con el dedo al tiempo que decía—: ¡Os declaro marido y mujer, tronch!
—¡¿QUÉ?! —corearon todos, menos Vincent y Cid.
—¡¿Qué acabas de hacer?! —exigió saber Yuffie.
—¡¿Qué #&ç#&!¬+# va a ser?! ¡Casaros, tronch!
—¡No me lo creo! —insistió la ninja—. ¡No es válido!
—¡Si no te lo crees, mira tu #&ç#& carné de identidad!
—¿Mi carné? —repitió, temerosa, sacándoselo del bolsillo. Todos menos el piloto y el supuesto esposo miraron por encima del hombro de la ninja para leer—. ¡No puede ser!
—¡En el estado civil pone que está casada! —gritaron a coro.
—¡Esto no es justo! —se quejó Yuffie, encarándose, enojada, a Cid, que le echó humo en la cara—. ¡Cof, cof! ¡Yo no he dicho en ningún momento que quisiese casarme! ¡¿Qué te hace pensar que quiero pasar el resto de mi vida con un tipo alto y guapísimo que está dispuesto a regalarme su materia y hacer lo que le pida...?! —Yuffie calló de pronto y se giró hacia Vincent, que le devolvió la mirada como si aquello no fuese con él—. ¡Pero, bueno, lo hecho, hecho está! —decidió, de pronto contenta—. ¿Ahora toca el beso?
—¡No te embales! —cortaron los otros, sujetándola antes de que se lanzase sobre Vincent.
—¡Cid, ¿no puedes anularlo?! —pidió Tifa, sintiéndose culpable.
—¡No, tronch, es hasta que la muerte los separe!
—¡No os preocupéis por nosotros! —dijo Yuffie—. A nosotros no nos molesta. ¿A ti te parece bien, Vin? —preguntó, sabiendo la respuesta de antemano.
—Vale —aceptó sin inmutarse—. Pero, si no nos movemos, nos hundiremos pronto.
—¡Que estamos hablando de tu futuro! —señaló Cloud—. ¡¿Cómo puedes estar dispuesto a aguantarla el resto de tu vida?!
—¡Es una mocosa inaguantable y una choriza! —añadió Barret.
—¡Es muy joven para ti! —adujo Redypuchi.
—¡Y ronca cuando duerme! —aseguró Cait Sith.
—¡Ey, tíos, no os paséis tanto! —se quejó la afectada.
—En serio... —musitó Aerith—. ¡Qué fuerte es lo de este tipo! ¡Mira que aceptar el matrimonio por las buenas!... —resopló, pero de pronto una idea pasó por su mente, haciendo que frunciese el ceño: «¿Será capaz Sephiroth de dejarse engatusar tan fácilmente por la primera buscona que se tropiece?...».
—¡Lo siento mucho! —se disculpaba Tifa, con lágrimas en los ojos, sin saber qué más decir—. ¡Lo siento mucho!
—Tronch, sois más raros que un perro verde —sentenció Cid, encendiendo otro puro.
Fin del capítulo 12
Notas de la Autora(versión original): Tee–hee! Este capítulo sí que se las trae xD Por fin aparece Cid (y su adorable e inesperada familia), se descubren cosas del pasado de Vincent y ¡se nos casa! XDD Dios, sé que más de uno me vais a odiar por esto, pero necesitaba hacerlo xD Este capítulo me ha costado menos de escribir, supongo que porque enlazaba casi directamente con el anterior, pero no os malacostumbréis, que yo tiendo más a pasarme de largo el mes que tardo en actualizar que a adelantarme xD
Hablando de otra cosa, ya que os gustan las parodias alocadas (si no, no leeríais esto), si también os gusta el FF8, os aconsejo fervientemente que leáis el fic de mi amiga Sakae Kaze (en el apartado de autores favoritos de mi ficha podréis encontrarla). Os advierto que casi todo lo que sé de la comedia lo he aprendido de ella n.n.
Aclaraciones:
SOLDIER — Tal vez debí hacer esta aclaración al principio, pero como no tenía gran relevancia, lo dejé pasar. Es simplemente explicar que cuando en el fic se habla de "haber formado parte de SOLDIER" o de SOLDIER en sí, sólo me estoy refiriendo a la primera clase. Me explico, a mí no me quedó nada claro cuando jugué al ff7 si SOLDIER sólo era un pequeño grupo de élite del ejército de Shinra o si SOLDIER era TODO el ejército de Shinra y los que eran la élite eran sólo los primera clase (como Zack o Sephiroth). Para no andar con rangos y cosas de esas, decidí que en el fic cuando se hable de SOLDIER me referiré a la élite, sin que hayan primera, segunda o tercera clase. El resto del ejército de Shinra serán los típicos del uniforme azul o rojo (sin exposición Mako) y los Turcos, que seguirán siendo lo que son, esa especie de policía secreta. Digo todo esto por la reflexión del padre de Vincent y la referencia a que en aquellos tiempos SOLDIER todavía no existía como lo que se conoce en el momento presente.
Cartón de leche — Por si no es común llamarlo así (que en mi casa se haga no significa que los demás también lo hagáis xD), decir que un cartón de leche es una caja de esas de cartón que suelen llevar d briks de leche o así.
Tuppers— Ya se sabe, los tupperwares, las cajitas de llevar comida de toda la vida, por si alguien no lo asocia de primeras xD
Materia contener — Una materia de magia de ataque que era especial y cada nivel era de un elemento: Congelar era de elemento hielo y provocaba parálisis, Romper de tierra y petrificaba, Tornado de aire y creaba confusión y Flama sólo hacía daño de fuego, creo. Simplemente para quien no conociese o recordase la materia, que sepa que el "tornado" que grita Aerith es un conjuro de dicha materia.
Pues eso es todo por hoy para mí. Vosotros ya sabéis, a dejar reviews como si la vida os fuera en ello xD Ya sabéis que acepto cualquier tipo de duda, crítica, comentario, amenaza de muerte, abucheo, el envío de donuts bomba, bollos envenenados... ¡Y no olvidéis pasaros por el fic de mi amiga! ¡Nos leemos!
