Si es que hay alguien ahí, hola.

No, realmente no tengo una excusa lo suficientemente buena como para justificar tantos meses de espera. Y tampoco me siento muy contenta conmigo misma y sé que he sido una ingrata, porque ustedes me dejaron unos reviews hermosos y yo los dejé bastante abandonados, la verdad. Así qYue les ofrezco mis más sinceras disculpas, no sólo por la tardanza, sino por haber sido tan ingrata e injusta con ustedes.

Y supongo que la mejor manera de disculparme es haber escrito un capítulo lo suficientemente bueno como para comenpensar, aunque sea un poco, la espera. Así que hoy más que nunca espero que disfruten de la lectura.

Disclaimer: todo lo que reconozcan es de J.K. Rowling; el resto es mío.


Make You Feel Better.

Capítulo 11. Ascenso.

Los alumnos en Hogwarts, casi de forma literal, se cayeron de culo al piso una mañana cuando vieron a Scorpius Malfoy y Rose Weasley besándose en el vestíbulo. Dejando de lado la legendaria rivalidad entre ambas familias, lo más extraño fueron las variadas reacciones de los primos Weasley. Fred Weasley, por ejemplo, les lanzó una mirada fulminante. Y, por el contrario, Lily Potter, Hugo, Dominique y Molly Weasley sonrieron con sorprendente aceptación. Y James Potter los contempló un segundo con distante e impasible atención antes de dar media vuelta y entrar en el Gran Salón.

Sebastian Blishwick, a pesar de lucir un poco tenso, sonreía burlonamente al ver los rostros estupefactos de la gente. Thalia Zabini, por su parte, no podía evitar reír entre dientes cuando todos se detenían para mirarlos besarse, como si nunca antes hubieran visto a una pareja haciendo eso.

La gente comenzó a hacer apuestas. Algunos opinaron que Rose era un ligue de Malfoy; otros dijeron que era una relación pasajera, que era la opción más apoyada. Y todos, a pesar de las discrepancias, opinaban que no durarían mucho.

No obstante, las cosas no sucedieron así.

Durante la primera semana todos los miraban con asombro cuando se tomaban de las manos, se abrazaban o se besaban. Luego, con el paso de los soleados días, dejaron de prestarles atención. Ya era algo normal verlos juntos, aunque la mayoría persistía en su idea de que aquella relación, por muy mona que fuera, no sería de larga duración.

Y hay quienes opinan que las mayorías siempre llevan la razón.

De todos modos, a Scorpius y Rose no podían importarles menos los comentarios de la gente. Estaban juntos y eso era lo importante. ¿Importaba en algo, acaso, que Fred ya no le hablara a su prima? ¿Qué peso tenía que Sebastian mirara con preocupación los frasquitos de poción para dormir sin soñar apilados en la mesilla de noche de su mejor amigo? ¿Era significativo que sus padres se odiaran desde hacía muchos años, y ya ni hablar de sus abuelos? ¿O que las Casas Slytherin y Gryffindor fueran enemigas?

No, nada de eso importaba, porque ellos eran más felices que nunca al estar juntos.

Y porque Rose volvía a tener un motivo por el cual sonreír.

.

.

A su típica manera estoica, aguantó la clase de Aritmancia de ese día, que pasaba con irritante lentitud. Scorpius seguía sin entender ni jota de aquella disciplina que lo mareaba y lo confundía completamente. Era en esos momentos cuando entendía a Sebastian y su abierto aborrecimiento hacia Cuidado de Criaturas Mágicas.

La profesora Serwin hablaba y hablaba de algo, pero el joven Malfoy sentía que estaba explicando la materia en chino. Decidió que escuchar a la profesora no tenía más sentido y se dispuso a mirar por la ventana junto a la que se sentaba.

Los campos verdes lucían una tonalidad ligeramente dorada bajo la luz del sol, cuyo áureo reflejo se proyectaba en la cristalina superficie del lago. Los árboles habían recuperado sus hojas verdes, que se acariciaban unas a otras con delicadeza. Los capullos de flor, que comenzaron a gestarse durante los últimos días del helado invierno inglés, se habían abierto hacía poco y miles de variedades de flores se apreciaban a simple vista. Escuchó a un par de gorriones piar cerca de su ventana.

La primavera estaba en todo su hermoso y joven esplendor. Curiosamente, la estación encajaba perfectamente con el estado de ánimo de Scorpius, si dejaba de lado, claro, la clase de Aritmancia.

Lo cierto es que, desde que salía con Rose, todo lucía más... bonito, por decirlo de alguna manera. Más brillante, más precioso, más flamante, más alegre. Mejor. Como si no hubiera conocido bien al mundo hasta que sus labios hicieron contacto con los de Rose.

No es como si pudiera dejar de tomar las pociones para dormir sin soñar, porque las pesadillas seguían agazapadas en el fondo de su mente, listas para invadirlo por la noche ante el menor descuido. Sebastian, si bien no estaba enfadado, seguía mirando de mala manera la decisión de Scorpius, o más bien su resultado. Pero, curiosamente, todas esas cosas solían carecer de importancia cuando estaba con Rose.

¿Eso era el amor, entonces? ¿Que las cosas parecieran mejores y relucieran más que las malas? ¿Pecar de optimismo sin remordimientos? ¿Ser feliz aunque no todo fuera perfecto?

Scorpius no podía quejarse de mucho, la verdad, aunque volverse un idiota a causa del amor era lo único que no le gustaba (si se dejaba de lado el asunto de las pesadillas).

Suspiró con aburrimiento cuando se volvió a centrar en el presente. Casi quedó estupefacto ante el complicado ejercicio escrito en el pizarrón mágico y deseó que Rose estuviera allí para explicarle.

Aunque, pensándolo bien, quizá lo mejor no fuera que ella estuviera allí. Se estaban cuidando mucho de cara a los profesores, porque no querían que corriera la noticia ya no tan novedosa de que ellos salían juntos. El motivo era simple: no querían que el profesor Longbottom se enterara de la situación y les fuera con el cuento a los padres de Rose.

Porque, lógicamente, ninguno había corrido a escribirle a sus padres sobre el tema. Ni hablar.

Suspirando, volvió a concentrarse en la clase. La profesora hablaba de quién sabe qué métodos y estuvo tentado de fingir algúnrepentino malestar para escapar de allí.

Finalmente la clase terminó y Scorpius prácticamente corrió fuera del aula. Los pasillos no tardaron en concurrirse y la masa estudiantil comenzó a dirigirse hacia los jardines, ya que se encontraban en el período de receso, para disfrutar un poco la inesperada calidez de la primavera en Escocia.

El joven Malfoy comenzó a subir las escaleras hasta la cuarta planta y se dirigió hacia el aula de Encantamientos para buscar a Rose. En el camino, alguien gritó a su espalda:

— ¡Eh, Scorpius, espérame!

El muchacho se giró, encontrándose con una embalada Thalia Zabini, que casi corría a su encuentro.

— ¿Y a ti qué te sucede? —inquirió el muchacho cuando su amiga llegó a su altura y se vio arrastrado por ella pasillo arriba.

—Jackson —gimió ella—. Es insoportable. Me detuvo en la salida de Transformaciones para decirme que quería hablar conmigo.

— ¿Y Jackson es...?

— ¡No seas idiota! ¡Les he dicho a Sebastian y a ti mil veces quién es Jackson!

—Lo siento, no te presté atención.

—Me he dado cuenta —replicó la muchacha, sin dejar de conducirlos por quién sabe qué caminos—. Seguro te andabas morreando con Rose, como siempre —suspiró. Su amigo ni se inmutó—. Jackson es un idiota aburrido que no me deja sola ni a sol ni a sombra.

— ¿Quieres que le diga algo? —se ofreció Scorpius, sin alterarse mucho.

Thalia dejó de caminar y se giró para ver a su amigo, quien también se había detenido.

— ¿Desde cuándo eres tan amable y protector? —inquirió—. ¿Esto también es obra del maravilloso poder del amor?

"El maravilloso poder del amor" era últimamente la broma más frecuente que le hacían Sebastian y Thalia a Scorpius. Cada vez que el muchacho hacía algo que normalmente en meses anteriores no hubiera hecho, ellos lo achacaban al cambio operado en él desde que había empezado a salir con Rose.

La actitud de Scorpius era realmente muy distinta a como era antes. Seguía siendo tan imperturbable como antes y aún tenía esa habilidad para ocultar sus sentimientos, pero ya no era tan retraído. Se reía con más frecuencia y sus ojos brillaban más de lo normal. Su humor había mejorado considerablemente, estando casi siempre muy animado, a su manera, claro está. Era, en una palabra, feliz.

A pesar de todos estos cambios tan sorprendentes en Scorpius, Thalia podía jurar que Rose era la que presentaba más transformaciones. Ya no era la muchacha traumatizada, insensible y angustiada de después del incidente en el callejón. Volvía a ser la vieja Rose Weasley bromista y de eterno buen humor, siempre alegre, siempre sonriente. Incluso, más vivaz que antes.

No podía deberse a otra cosa que al amor que le inspiraba Scorpius.

—No seas idiota —rodó los ojos Scorpius—. Siempre he sido un excelente amigo, Thalia.

—Nadie lo pone en duda —sonrió ella—. Pero no eres un bravucón sin cerebro, para eso está Potter.

La obvia referencia a James hizo sonreír a Scorpius.

—No seas así.

—Él es un idiota, Scorpius —repuso ella, sonriendo anchamente. Lo decía mitad en serio mitad en broma—. Y es pariente tuyo.

—Por favor, Rose y yo no estamos casados. Potter no es familia mía.

—Sí, bueno, no falta tanto para que lo sea —dijo Thalia. Echó una mirada al pasillo, dándose cuenta de que estaba considerablemente más vacío que antes y que su acosador no se encontraba a la vista. Miró a su amigo—. Ibas a buscar a Rose, ¿no? —Scorpius abrió los ojos como platos y salió disparado. Thalia suspiró. También se podía decir que su amigo ahora se distraía con más facilidad que antes—. Ah, el maravilloso poder del amor...

Y fue a paso lento detrás de Scorpius.

.

.

Por supuesto, Rose ya no esperaba a su novio en la puerta del aula de Encantamientos, sino que se había dirigido junto a Mia hacia el jardín, donde iban a reunirse con el resto del grupo que, naturalmente, desde hacía ya un mes era más amplio que antes.

— ¿Y Scorpius? —inquirió Albus con extrañeza al no verlo con su prima.

—Ni idea, no fue a buscarme a la salida de Encantamientos —contestó la Weasley, sentándose en la hierba junto a Sebastian, repantigado cómodamente.

—Qué hay, hermana —saludó el muchacho, levantando dos dedos en señal de paz.

Rose enarcó las cejas.

— ¿Disculpa? —preguntó, riendo ligeramente.

—Estoy practicando para Indonesia —contestó el joven Blishwick—. Cuando esté en Hawái, saludaré a todo el mundo así.

Los demás se miraron un instante.

—Estúpido, Hawái no está en Indonesia

Se giraron para ver llegar a Thalia, acompañada de Scorpius.

— ¿Cómo? ¿Hawái no está en Indonesia? —repitió Sebastian, descolocado, sin prestarle mucha atención a su mejor amigo, que saludaba a su novia con un fugaz beso.

—Por supuesto que no —La joven Zabini puso los ojos en blanco.

—Esta es la decepción más grande de mi vida.

Rose rió, divertida por la exagerada decepción de Sebastian.

—No te preocupes, ya podrás decirle a otra persona "hermano" —sugirió ella, sonriente. Luego, hablando un poco más bajo, se volvió hacia su novio—. ¿Qué te retrasó, cariño?

—Thalia escapando de no sé quién. Me hizo correr en dirección contraria.

La sonrisa de Rose fue mayor y besó a Scorpius en la mejilla.

—Oh, Dios —le dijo Sebastian a Thalia cuando vio a la pareja—. De nuevo el temible y maravilloso poder del amor.

Ambos rieron. Antes, Scorpius nunca hubiera permitido semejantes muestras de cariño en público.

Sebastian había olvidado su anterior enfado, cuando una nueva pesadilla había atormentado a Scorpius la misma noche que comenzó a salir con Rose. No podía evitar observar los cambios operados en su amigo, la felicidad que dejaba traslucir, y pensar que, de alguna manera, quizá las pesadillas valieran la pena para mantener aquella felicidad. Si Rose le hacía tanto bien, ¿por qué no pensar que eso sería suficiente para que la culpabilidad de Scorpius disminuyera y, con el tiempo, las pesadillas desaparecieran?

Porque, por mucho que el joven Malfoy quisiera reservárselo, Sebastian sabía lo culpable que se sentía cuando, una vez a la semana, llegaba la carta de sus padres. Scorpius sentía que los estaba defraudando, especialmente a su progenitor, y la carta semanal era un recordatorio constante. El rubio trataba de no pensar demasiado en eso el resto de los días, pero era inevitable que no lo hiciera cuando llegaba el correo.

Sebastian estaba convencido de que, si no fuera por la carta semanal de los padres de Scorpius, éste podría dejar de tomar las pociones para dormir sin soñar.

Se sacudió aquellos pensamientos con un movimiento de cabeza. Al fin y al cabo, el maravilloso poder del amor hacía milagros en Scorpius, pensó.

.

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— ¿Y esa cara, Sebastian? —preguntó Albus a la mañana siguiente durante el desayuno.

Ese día se habían sentado en la mesa de Gryffindor, algo que no hacían con mucha frecuencia. Generalmente, el grupo de amigos se sentaba en Slytherin, principalmente porque Scorpius se sentía más cómodo allí. Las serpientes no los miraban mucho a él y a Rose, al contrario de los leones, que cuchicheaban y los observaban abiertamente. Además, enfrentarse a los comentarios capciosos de Fred Weasley no era muy agradable, aunque le eran más bien indiferentes.

—Se ha tenido que retrasar el viaje —contestó el joven Blishwick con decepción—. El hijo de Harrison Foster, el explorador con el que voy a viajar, ha nacido con dos meses de antelación, así que ahora nos iremos de viaje una semana antes del fin de curso.

—Bueno, al menos no se ha cancelado —comentó Thalia, removiendo la avena.

—Supongo —asintió Sebastian.

—Y seguirás faltando a clase una semana —añadió Albus.

El joven Blishwick asintió, ligeramente desalentado, pero luego se esforzó por mantener en alto el buen ánimo.

Scorpius y Rose, que se habían reunido antes del desayuno para "estudiar" para un examen de Aritmancia, aún no habían llegado. Pero eso no evitaba las miradas desagradables de Fred Weasley hacia ellos.

—Podría no vernos así —refunfuñó Thalia.

—Déjalo, Thalia. No vale la pena.

—Aun así, es una mierda que se comporte de esa manera. ¡Y luego dicen que en Slytherin está la intolerancia...!

Sebastian carraspeó disimuladamente y Thalia se interrumpió, suspirando. Albus, que últimamente pasaba mucho tiempo con ellos dos a causa del noviazgo de sus amigos, la miró empáticamente y murmuró:

—Mi primo es un idiota.

Ella suspiró, pensando en Maria Nott, quien, más que el grito de alegría que todos esperaban, parecía haberles enviado un suspiro a través de una breve carta de felicitaciones. Pero no pudo entretenerse mucho en ese pensamiento, porque en ese momento llegaron Scorpius y Rose, tomados de la mano.

La pareja se sentó junto a ellos.

—Buenos días —saludó alegremente Rose con una sonrisa. Su novio saludó al resto con un asentimiento—. ¿Dónde está Mia, Albus? —preguntó despreocupadamente la chica, untando una tostada con mantequilla.

Su primo se encogió de hombros, incómodo. No hablaba con Mia Hewitt desde aquel día en el vestíbulo, cuando había ido a entregar la carta de su hermano. Pero era lógico que Rose le preguntara a él por su amiga, ya que, después de todo, compartían Sala Común.

— ¿Qué tal el estudio? —preguntó con sorna Thalia.

Las mejillas de Rose se tornaron ligeramente rojas.

—Estupendo —contestó Scorpius, inmutable como siempre.

—Tienes correspondencia —comentó entonces Sebastian, señalando con su tenedor una carta junto al plato de su mejor amigo; luego, se llevó un trozo de tarta a la boca. El rubio miró el sobre y, tras identificar el remitente, frunció el ceño. El único que lo notó fue Sebastian, pues los otros tres se habían zambullido en una conversación diferente—. ¿Qué? —inquirió en voz baja.

—Es una carta de mi abuela —respondió en el mismo tono de voz—. Ella no suele escribirme.

—Quizá quiera que le compres algo en Honeydukes. Ya sabes, las varitas de regaliz han aumentado en calidad y sabor...

—No seas idiota —lo cortó Scorpius mientras guardaba la carta de su abuela con una ligera opresión en el pecho. Pero eso se esfumó cuando Rose se giró hacia él, y decidió centrar su atención en ella.

Quién sabe, quizás sí querría algo de Honeydukes.

.

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James Potter, acodado en una de las ventanas sin vidrio de la torre de las lechuzas, tenía la mirada perdida en el cielo azul, tan impropio al normalmente gris cielo escocés. A su lado, Eugene, su fiel lechuza, le picoteaba cariñosamente la tela de la camisa del uniforme.

Una imponente y majestuosa lechuza gris oscura, que acababa de entregarle una nueva carta, permanecía un poco apartada, mirando con arrogancia a aquel chico ya familiar. Oh, odiaba tanto tener que ir hasta Hogwarts por ese chico...

James era consciente del desagrado de la lechuza, pero ¿qué podía hacer él? El odio del animal lo había notado desde la primera carta que le había entregado y, en ese primer momento, había pensado que seguramente no la vería por mucho tiempo. Que aquella correspondencia recientemente iniciada no duraría mucho. Pero, oh, maldición, cómo se había equivocado.

A veces pensaba que podría hacer eso por siempre, escribir aquellas cartas eternamente sin cansarse y ser completamente feliz, aunque la confusión que le provocaba la situación a veces le impidiera concentrarse en otra cosa que no fuera ella.

Sin embargo, a veces creía haber encontrado una salida a ese problema. Lo de su prima con Malfoy era simplemente...

Un gorjeo de la lechuza gris lo sacó de sus pensamientos y se giró a verla; Eugene clavó en ella sus indignadas orbes doradas. Ambos sabían lo que quería la lechuza, así que James se acercó y ató con un cordel la carta que acababa de terminar a la pata del animal. Luego, sin esperar siquiera un mimo o una migaja del pan que siempre rechazaba de James, levantó el vuelo y salió por la ventana más alejada del joven Potter.

Bueno, se dijo a sí mismo, supongo que tendré que ir acostumbrándome...

.

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—De acuerdo, el asunto es así: este año no tendremos los acostumbrados entrenamientos de la última semana, porque yo estaré ausente. Ahora, si desean entrenar, puedo delegar a alguien...

Meredith dejó de escuchar, sintiendo un alivio tan absoluto en su interior que anuló cualquier otra cosa. ¡Iba a tener a Sebastian allí por tres semanas más de lo previsto! ¿A quién le importaban los entrenamientos finales, si Sebastian iba a estar allí?

— ¿Por qué estarás ausente? —gruñó ásperamente Warrington.

—Iré de viaje —contestó de forma escueta Sebastian. Eso le hizo preguntarse a la pequeña Johansen qué habría pasado con eso.

—Lo cual no debe importarte —replicó Zabini con mala leche. Por alguna razón, estaba de mal humor.

— ¿Y tú qué sabes, Zabini?

—Oh, de seguro mucho más que tú, idiota...

—Zorra...

—Ya basta —los interrumpió Sebastian con voz impaciente—. No soportaré sus peleas hoy. No estoy de humor.

Meredith se tensó. Era en esos momentos que se sentía más pequeña de lo que era, cuando los tres jugadores mayores y de más poderosa personalidad se encontraban con los nervios de punta.

Warrington era hosco y buscaba atacar a las personas con todo lo que le fuera posible; Zabini era tan mordaz y acaparadora que daba miedo; y Sebastian Blishwick, a pesar de su personalidad lánguida y despreocupada, podía morder con más fuerza en una herida abierta que muchas de las serpientes de Slytherin.

Pero ella había sabido ver más allá de todo eso. Sabía lo mucho que Warrington se preocupaba por su joven hermana, madre soltera de un bebé de apenas un año. Y había visto los lazos que subyacían entre Zabini, Blishwick y Malfoy.

Malfoy. Sospechaba que el rubio sabía que ella solía espiarlos, así que, por precaución, había dejado de acercarse a ellos. Aunque, pensándolo bien, quizá ni siquiera hiciera falta. Scorpius Malfoy parecía estar tan centrado en Rose Weasley... Era como en las historias que le contaba su madre de pequeña, en la que el príncipe se enamoraba de la princesa y la miraba como si no hubiera absolutamente nada más en el mundo y como si nunca pudiera haber otra cosa.

A Meredith le daba la sensación de que él estaba más enamorado de ella, que ella de él. Y no podía evitar pensar que Malfoy tendría que andarse con cuidado. Un corazón tan expuesto como el de él era muy fácil de romper, aún inintencionadamente.

Pero prefirió abandonar esos pensamientos inútiles (la felicidad de esos dos parecía indestructible) y centró su atención en Sebastian.

.

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—Scorpius —murmuró Rose entre los labios del aludido—. Deberíamos estudiar.

—Ya estoy estudiando —replicó él, sin abandonar en absoluto su anterior tarea.

— ¿Qué cosa, si puede saberse?

Como toda respuesta, él imprimió más fuerza al beso brevemente interrumpido. Rose suspiró, firmando su derrota voluntariamente, y devolvió la suave caricia de la lengua de Scorpius. Ése era el poder de los besos de Scorpius: la hacían olvidar absolutamente todo lo que tuviera en la cabeza hasta que no existiera en el mundo nada que no fueran ella, Scorpius y sus labios unidos.

Rodeó el cuello de su novio con sus brazos; él afianzó el abrazo sobre la cintura de Rose y comenzó a acariciar las curvas de ella. Continuaron besándose durante unos instantes más hasta que la necesidad de respirar se hizo presente; pero Scorpius no abandonó por completo las caricias y comenzó a atender el cuello de Rose.

Ella cerró los ojos y evitó un gemido. Los labios y dientes de Scorpius sobre su cuello eran malditamente placenteros, pero no quería incitarlo a más y tener que detenerlo cuando todo pareciera ir a mayores. Estaba segura que, si no fuera por el mal recuerdo del intento de violación que había sufrido, su virginidad ya sería cosa del pasado. Pero no podía olvidar el incidente y no soportaba pasar a mayores con Scorpius, pues el recuerdo invadía su mente.

Él se lo había tomado bastante bien y, cuando captó su mirada sobresaltada la primera vez, se disculpó calmadamente y le prometió que no volvería a pasar. Y no había vuelto a pasar, para su alivio y, paradójicamente, frustración. Le hubiera encantado entregarse a él y al maravilloso placer que le proporcionaba con sus labios y manos.

Una punzada de placer la recorrió desde el cuello hasta la última de sus terminaciones nerviosas. Jadeó lo más disimuladamente que pudo, que no fue mucho. Y fue precisamente cuando los labios de Scorpius volvieron a llenarla de manera eléctrica que recordó algo que hubiera deseado olvidar.

—Scorpius, el examen de mañana... —dijo entrecortadamente.

Él gruñó contra su piel, subiendo por su cuello hasta su mandíbula, donde se detuvo.

— ¿Tenías que recordármelo?

— ¿Quieres reprobar?

—No.

—Entonces comencemos. Tengo que explicarte el Teorema de Shaskovik.

—Genial —dijo Scorpius con marcado sarcasmo, separándose de su novia y alcanzando uno de los libros de Aritmancia—. Me muero de ganas por ver ese teorema de no sé quién.

Ella rió y se dispuso a explicarle a su novio todo lo que no entendiera.

Estaban en la Sala de los Menesteres. A Rose no le gustaba mucho utilizarla, pero era uno de los contados lugares donde tenían intimidad. Como aquella era, supuestamente, una tarde de estudio, podrían haber ido a la biblioteca, pero ella no quería que los miraran como si fueran dos alienígenas... Además, pasar un rato completamente a solas con Scorpius era una idea demasiado seductora como para dejarla pasar.

Una hora y media y varios pergaminos llenos de ejercicios después, Rose y Scorpius detuvieron el estudio y se tomaron un descanso. Al contrario de lo que sucedían cuando estaban juntos, no se tocaron o besaron. Había veces, como ésa, en la que podían estar juntos y en completo silencio, sin hacer absolutamente nada, y esos momentos eran tan agradables como cuando se besaban, aunque de una manera diferente.

Rose se giró para mirarlo y sonrió al verlo con los ojos cerrados. Parecía un niño pequeño, y la idea la enterneció.

— ¿Tienes sueño? —preguntó, posando una mano en el hombro de él.

Scorpius asintió, sin decir nada y continuando con los ojos sin abrir. Ella tiró suavemente de su hombro y el rubio descendió hasta descansar su cabeza sobre el regazo de su novia. La sonrisa de Rose se hizo más dulce a medida que la felicidad la embargaba desde dentro. Enredó sus dedos entre el pelo de Scorpius.

Minutos después, ambos estaban durmiendo plácidamente.

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Los meses pasaron rápidamente, casi sin que Scorpius se diera cuenta. Entre Rose y las constantes horas de estudio para los exámenes, el tiempo pasaba volando. Había veces en las que su novia se ponía histérica por la cantidad de cosas que debía estudiar y él no era de mucha ayuda para calmarla, así que solía alejarse para que sus nervios no se crisparan más de lo necesario. También se entretenía bastante viendo la ansiedad de Sebastian a medida que se acercaba la fecha de su viaje.

Pero, por lo general, su tiempo se veía bastante consumido por el estudio. Los profesores disfrutaban sádicamente, en su opinión, de la ingente cantidad de tarea que les encargaban. En más de una ocasión estuvo a punto de dejar Aritmancia, pero Rose y Thalia se lo impedían.

Para el alivio de todos y la tranquilidad de Rose, los exámenes llegaron y, luego de dos tediosas semanas, se fueron.

Las tres semanas que le siguieron fueron las mejores de la vida estudiantil de Scorpius hasta el momento. Unido a Rose como estaba, sentía sus sentimientos hacia ella más firmes que cualquier otra cosa en el mundo. Estaba seguro de su relación como nunca antes había estado seguro de algo. Podría apostar su vida por ello.

Junto a Rose estaba transitando un camino. Un camino que ascendía hacia la felicidad.

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Thalia no tenía ni idea de por qué Sebastian la había citado en la biblioteca para hablar con ella. Había muchos lugares donde podrían conversar perfectamente, como las cocinas, algún pasillo poco concurrido, los jardines. O su Sala Común, que era lo más lógico.

También era extraño que la hubiera citado. Al día siguiente en la madrugada partiría con Harrison Ford a Indonesia y no lo verían hasta fines de agosto, antes de que comenzaran el séptimo curso en Hogwarts. Se suponía que tendría que estar ultimando los detalles del viaje.

Habían pasado quince minutos desde la hora convenida para que se encontraran y Sebastian no aparecía, así que se puso en pie, dispuesta a irse, cuando lo vio llegar. Volvió a sentarse al mismo tiempo que él llegaba a su altura y tomaba asiento frente a ella, en una estrecha mesa en uno de los rincones más alejados de la biblioteca, entre polvorientos libros de historia muggle.

— ¿No has buscado un rincón bastante apartado? —murmuró Sebastian.

—Me imaginé que, si no querías hablar conmigo en la Sala Común, era por algo lo suficientemente importante como para no querer que nadie se enterara. Así que elegí este lugar. ¿Quién querría revisar la historia muggle una semana antes de las vacaciones?

— ¿Un hijo de muggles, tal vez? —dijo con sorna el joven Blishwick.

Thalia puso los ojos en blanco.

—Dime qué pasa, Sebastian.

La expresión del muchacho se tornó seria y vio la preocupación en los ojos de Thalia después de pronunciar las siguientes palabras:

—Es sobre Scorpius. Él... no se encuentra bien, Thalia. No se encuentra bien.


Ah, no puedo creer que realmente haya terminado de escribir este cap.

Entonceees, ¿el capítulo estuvo bien, aunque sea un poquito? Sinceramente espero que sí.

Tuve muchísimos problemas para escribirlo. Sobre todo la absoluta falta de inspiración para esta parte de la historia. Es decir, sé perfectamente qué pasará en el cap que sigue y lo que resta de fic, que no es mucho, pero sencillamente no podía escribir este cap. No me salía y era como forzarme a escribirlo; opino que escribir es algo hermoso y dejó de serlo en el primer momento en que intenté forzarme a escribirlo. Y sabiendo que no estaría satisfecha y que sería una mierda de capítulo, lo dejé reposar (durante muchos meses, lo sé) y recién ahora pude terminarlo.

Ése es el único motivo de mi tardanza, además de la obvia falta de tiempo algunas veces. Sólo espero que hayan disfrutado leyendo y que, bueno, sepan comprenderme.

Hoy más que nunca quiero agradecer a las personas que me leen y que me esperaron. No importa si dejan o no review, porque igual sufren la espera.

Bueno, en resúmen: perdón por la tardanza y ojalá que les haya gustado el cap. Como sé muy bien qué pasará a partir de ahora y sí estoy inspirada, lo más probable es que no tarde mucho en actualizar. Probablemente una semana y media o así.

Un beso, Keiian.