—Se me está agotando la paciencia, Madara.
A Obito no le hacía gracia la falta de respeto con la que Nagato se dirigía a él, y la leve intención homicida que emanaba del que se creía líder de Akatsuki lo obligaba a permanecer alerta.
—¿Y eso debería preocuparme por...? —respondió Obito, tras pensar qué es lo que Madara diría.
—No sólo no me traes resultados. Las cosas parecen ir a peor cada vez. Primero perdimos a Sasori, luego a Hidan y Kakuzu, y ahora resultaba que Itachi todo este tiempo podría haber sido un espía.
—Ah. No sabía que me culpabas por todo eso. Qué equivocado estás. Aún está por ver que Itachi sea un espía. Habría que escuchar lo que tiene que decir.
—No hay nada que escuchar, ha huído —le respondió el camino Deva de Nagato, su rinnegan más abiertos que nunca—. Ese es un detalle que yo debería haber aprendido hace mucho tiempo. Que me lo haya ocultado deliberadamente y ahora corra a ocultarse es sospechoso. Ya no me fío de él. Hay que matarlo.
Entonces, Nagato había decidido prescindir de Itachi. Eso era bueno, aunque para mantener su farsa no podía mostrarse muy complacido por el tema.
—Comprendo el tema de la falta de confianza, pero creo que primero deberíamos escuchar lo que tenga que decir. Perder a otro miembro más sin darle una oportunidad a defenderse no nos conviene.
—Ya he mandado a Zetsu y a dos de mis caminos a buscarlo, devorarlo y traerme su anillo. Konan está revisando libros bingo en busca de ninjas renegados que quieran unirse a nuestra causa de cara a las invasiones venideras. ¿Qué es lo que estás haciendo tú? Pensé que nuestro objetivo era el mismo.
"Pasando un inmejorable momento en el futón jinchuuriki del yonbi."
—Y lo es. Y probablemente tenga más interés que tú en ejecutarlo.
Tendo Pein se alejó de él, observando la lluvia que caía a mantas sobre los sombríos edificios de Amegakure.
—Eso es lo que tú dices.
Obito no podía permitirse perder la confianza de Nagato. Era verdad que en los últimos tiempos todos sus planes habían salido mal. Deliberadamente mal. Pero le costaría menos desmantelar la organización desde donde estaba en lugar de como enemigo.
—Te recuerdo que este proyecto era mío antes que tuyo. Espero que sea la última vez que te oigo dudar de mí así —lo advirtió Obito.
—Entonces, cumple las espectativas que tengo en ti, tráeme al yonbi. ¿A qué esperas? No me hagas tener que ir yo mismo a invadir Iwa. Kumo y Konoha van a costarnos... Y por lo que veo... Se nos han colado dos ratas. Puedo sentirlas. Eso es todo lo que tenía que decirte por ahora, estaremos en contacto.
El camino Deva de Nagato saltó al vacío. Tras la máscara, Obito frunció el ceño, pensando en a por quién iba a ir después. Si estaba en lo correcto, ese par de intrusos que Nagato había sentido a través del justu de la lluvia perpetua eran la misión conjunta de Iwa y Konoha. Sin Konan y cuatro de los seis caminos a los que enfrentarse, deberían estar bien. Obito llegó a la conclusión de que ayudarlos era riesgoso si pensaba mantenerse como aliado de Nagato. Tendrían que arreglárselas solos. Él por su parte, iba a estar demasiado ocupado planeando quién iba a ser la siguiente baja.
O pensando en Deidara.
Sonreía feliz, satisfecho porque nadie tuviese ni la más mínima idea de lo que estaba pasando al otro lado de la máscara mientras rememoraba una y otra vez lo que había vivido en el futón del chico que se supone debía capturar en la cara del mismo Pein-sama. No sabría decir exactamente por qué, pero ese detalle le daba a la situación un irresistible toque extra. A Obito le hubiera gustado haber estado un poco menos nervioso, pero se consolaba pensando que Deidara también lo había estado y era una situación nueva también para él. Lo había hecho bien para ser un virgen de treinta y un años de edad. Suspiro, sonrisa, recuerdos del día. Así era como había asistido al informe diario de Zetsu, asintiendo en piloto automático, ajeno a lo que le explicaba el compinche cuya traición estaba orquestando.
Se trasladó con el kamui a su dimensión personal. Los grises cubos se estaban volviendo de un color más blanco que antes. A Obito le desconcertaban los cambios. Lo consideraba un lugar impredecible, a pesar de que teóricamente, debería poder moldearlo a su antojo, así como Itachi hacía. Lo que no le extrañó, teniendo en la cabeza los últimos acontecimientos con Deidara, fue que el texto de uno de los libros de la colección Icha Icha Paradise apareciera en el cubo. Estaba todo ahí, impreso a fuego, de tantas veces que Kakashi debió haber leído esos libros mientras trabajaba. A diferencia de otras veces, Obito no apartó la mirada esa vez. Quizá podía encontrar algo útil en aquel texto, algo que le permitiera hacer disfrutar más a Deidara...
Tuvo que quitarse la máscara cuando se dio cuenta que le faltaba el aire. Su cara estaba ardiendo.
"...tomó uno de sus pechos en la mano y acarició con el pulgar el apretado pezón. Kaori gimió de placer..."
Y la realidad cayó sobre él como una pesada losa. Chico y chica. De eso iba el libro. Buscó otros capítulos con la esperanza de ver a dos chicos, pero en todos la combinación era la misma, en las más variopintas posturas y escenarios. Obito ni siquiera estaba de humor para seguir sonrojándose o avergonzándose por el erotismo de las escenas. Si hubiera conocido a Deidara por otros medios, si esa roca nunca le hubiera caído encima y se hubieran encontrado como jonins de sus respectivas aldeas, era evidente que también iban a tener eso en contra. En esa situación, no solo era un criminal buscado, también eran dos hombres. Por supuesto que el rechazo iba a ser mucho mayor. Por cada nuevo capítulo que pasaba, más decaía su ánimo. Pero él no quería a una chica, quería a Deidara, sólo a él. Se negaba a reprimir sus sentimientos. Estar enamorado de él lo hacía sentir mejor que nunca, no podía ser algo malo.
Casi estaba a punto de llorar de rabia cuando llegó al último de los relatos.
La historia se llamaba símplemente "Kuro", por el nombre protagonista y estaba narrada en primera persona. Obito ojeó el texto que aparecía en el cubo sin demasiadas esperanzas, pero prestó más atención a la historia cuando se dio cuenta que el narrador era otro hombre. Darse cuenta que el relato estaba ambientado en la tercera guerra ninja hizo que inmediatamente apartase la vista, dolido, detestaba leer de ese tema. Apretó el puño frustrado. Sólo quería conocerse mejor, y ahí estaba la respuesta a sus dudas que posiblemente no encontraría en ninguna otra parte. Pero no sabía si podría soportarlo. Aún estaba indeciso cuando volvió a girarse hacia el cubo para seguir leyendo. Ambos protagonistas estaban atrapados en una cueva, incapaces de salir debido a una tormenta de arena que ya había durado dos días. Ambos pertenecían a la villa menor oculta entre la hierba, subcontratada por Suna para defender las fronteras, pero su desconocimiento de la geografía hizo que acabasen perdidos. Compartieron sus provisiones y se curaron las heridas el uno al otro, pensaron que iban a morir juntos. Obito comenzó a preocuparse por ambos personajes, y a desear que ambos saliesen de ahí sanos y salvos.
Leyó como ambos compartían sus secretos, y miraban hacia afuera con la esperanza de que la tormenta pasase, y a fuerza de conocerse mejor, y tener que dormir pegados para conservar el calor, Kuro comenzó a sentirse atraído por Yukichi, el cual era quien estaba en peores condiciones. Obito se sintió otra vez tentado por dejar de leer y dejar de sufrir por ellos. Se sintió estúpido, puesto que no eran más que personajes ficticios. Fue el tercer día al anochecer cuanado todo paró. A pesar del dolor de cabeza y el mareo propio de la falta de agua, Kuro salió de ahí cargando a su compañero que a ratos perdía el conocimiento. Iban a morir ahí, en medio del desierto y pensando que el otro no lo oiría por estar inconsciente, Kuro le confesó lo que sentía por él, le dijo que no lo dejaría mientras estuviera con vida, aunque eso lo retrasase y lo matase.
"Tonto. Déjame aquí y sálvate."
Obito quería llorar cuando Kuro se sonrojó y le contestó que antes muerto que dejar a un amigo abandonado. Así era como él solía pensar, quería ser cínico y pensar que era estúpido. Que en las historias todo se pintaba de color rosa, cuando la realidad era cruel. Una de las cosas que más le molestaban era ver a alguien creyendo en sus viejos ideales. Las ganas de mover hilos para ver como se derrumbaban por su propio peso eran casi irresistibles. Pero siguieron adelante, alumbrándose con una linterna, hasta vieron su salvación frente a ellos. Un círculo de maleza, arbustos y palmeras rodeando un lago.
Qué conveniente, pensó Obito aunque no sin cierta culpabilidad, que apareciera frente a ellos justo lo que necesitaban. Quizá Deidara era su propio oasis, quizá él nunca debió haber perdido la esperanza. Pensar en él lo reconcilió con aquellos sentimientos que la lectura le había desencadenado. A partir de ahí, el relato se volvió menos dramático. Ambos bebieron hasta saciarse de las aguas del lago, comieron tantos dátiles y bayas como pudieron y usaron su recién repuesto chakra para curarse el uno al otro.
El contenido erótico comenzó dos párrafos después. Obito mentiría si dijera que no estaba deseando llegar a esa parte. Ambos estaban sentados a orillas del lago. Kuro narraba cómo miró hacia el cielo y lo vio con más estrellas que nunca, las cuales se reflejaban en la superficie del lago. Una parte de él estaba avergonzado por haber dicho la tontería de antes, pero comparado con el hecho de haberse salvado, era algo insignificante. Estaba en mitad de su comentario sobre el cielo cuando Yukichi lo tomó con suavidad de la barbilla y lo besó. Obito sintió el calor subir a su rostro de golpe. Estaba leyendo la escena sin parpadear si quiera, su único ojo desmesuradamente abierto mientras leía y leía sin poder parar, fantaseando que hacía todo eso con Deidara, cada beso, caricia y cada prenda que caía, incluso que estaban ahí en ese lugar. ¿Le dejaría Deidara hacerle todo eso? ¿Se sentiría a gusto? ¿Se atrevería él? Ellos parecían estar pasándoselo bien, y su propio cuerpo parecía estar pidiéndoselo, tenía demasiado calor, hasta los cubos parecían haber tomado una tonalidad rojiza.
Leyó la escena varias veces, tomando nota de todos los detalles importantes, si es que Deidara accedía a que lo tocase de forma tan íntima. Los nervios mezclados con el entusiasmo por la novedad le habían secado la garganta. Debía volver a la guarida antes de que Zetsu comenzase a hacerle preguntas. El problema era, que no tenía ningunas ganas de volver. De poder, se quedaría con Deidara, a pesar de que sabía que necesitaba descansar. Después de lo que acababa de leer, no sabría cuanto podría aguantar resitiendo esa atracción que lo llevaba a querer estar a su lado a cada momento.
Obito se preocupó, preguntándose si no se estaba obsesionando más allá de su capacidad de autocontrol.
Cuando se despertó, Obito ya se había ido y era de noche. No le gustó haber sucumbido al sueño, ni que él no le hubiera avisado antes. Ya que no podía controlar o predecir sus apariciones lo menos que podía hacer era despedirse en condiciones.
Bajó a cenar. Su madre le había traído comida del nivel inferior, estaba ya fría pero al menos no tuvo que preocuparse por la cena. Después de asearse volvió al futón. Tenía la esperanza de dormir de un tirón, pero se despertó varias veces. Conocer a Obito le había quitado el sueño. Literalmente.
No supo cuanto tiempo pasó, sólo que estaba a medio camino entre el sueño y la vigilia. Sus oídos zumbaban y por eso pensó en un principio que la voz que susurraba su nombre era un producto de su imaginación.
—Psst, Deidara.
La segunda vez, se volteó.
—¿Obito? —Lo encontró junto a la ventana, su silueta distinguible por la penumbra creada por las luces de la calle—. ¿Qué haces aquí a esta hora?
Se sentó para verlo mejor, llevaba la máscara pero no la túnica y tenía la espalda apoyada en la pared.
—No podía dormir, pero tampoco quería despertarte. Iba a susurrar tu nombre, lo suficiente como para que pudieras oírme de estar despierto. Pensaba irme si no contestabas.
Deidara sonrió halagado, pero también contento porque hubiese ido.
—Tampoco podía dormir, hm —admitió.
—¿Te importa que me quede un rato contigo?
—Quédate. Pero no podemos hablar muy fuerte. Vamos, entra al futón —dijo, retirando un poco las mantas para hacerle sitio.
Obito se sentó junto al futón, cruzándose de piernas.
—Ah... Aquí estaré bien.
—¿Por qué? —preguntó Deidara.
La mano salió de entre las sábanas y acarició la rodilla del otro. Le desconcertó su educada negativa. Quizá se estaba arrepintiendo de lo del día anterior. Deidara no lo hacía ni lo haría, pero cayó en la cuenta en ese momento que él tal vez sí.
—Hmm... De acuerdo.
Deidara alzó una ceja, echándose a un lado para hacerle espacio bajo la manta. Obito se recostó de lado para mirarlo.
—Aún quiero saber por qué no querías.
—Sí quería —se apresuró a decir, tomando su mano—. Pero no sabía si debía. No se si soportaré tenerte tan cerca y tener que contenerme.
—No lo veo como algo malo que no te contengas. ¿Es eso todo?
—También... me asusta. No puedo pensar en nada más que no seas tú.
—No me parece algo malo, hm.
—Me he abandonado demasiado a esa felicidad que siento por primera vez en muchos años y ayer, mientras te tenía durmiendo en mis brazos comencé a tener miedo porque todo se repitiese y... —susurró, tras lo cual pasó un brazo por su cintura y lo atrajo a él.
Molesto de repente, Deidara le agarró la cara con una mano y la estrujó, haciendo que sus labios se arrugasen.
—¿Piensas que esto es un error? —preguntó con firmeza pero sin poder ocultar su descontento.
Incapaz de hablar, Obito sacudió la cabeza y él lo soltó.
—Bien, hm.
—De acuerdo a mi antigua forma de pensar sí lo sería. Por eso he tenido que desecharla. Siempre me pensé superior a los demás por haber decidido dejar de lado lo que yo creía que era una debilidad.
Deidara no dijo nada, pues Obito no lo estaba mirando. Prefirió dejarlo pensar en lo que fuera que estuviese pensando.
—Me siento tan estúpido... Por tantos años pensé que lo que estaba haciendo era bueno. Quise mantener a salvo a todos, y al final sólo hice lo contrario. Sé que estoy concentrándome en acabar con Akatsuki, pero fui yo quien provocó su fundación e implantó el objetivo que a mí me convenía en la mente del líder en primer lugar. Básicamente sólo estoy deshaciendo un error.
Puede que una de las cosas que se le daba peor a Deidara era consolar a la gente. Pero debía intentarlo.
—Al menos ahora ya piensas por ti mismo, hm.
—Eso no me basta para sentirme redimido. Nada lo hace.
Obito escondió la cabeza en el hueco de su cuello y Deidara lo abrazó. No le importaba en realidad lo que había hecho. Un shinobi sólo era una mano ejecutora de misiones. Era raro ver al jonin que no tuviese en su historial misiones de asesinato. ¿Por qué esas personas merecían morir? También tenían familia, también tenían vínculos. Pero a alguien le convenía hacerlos desaparecer por la razón que fuera y podía permitirse contratar un ninja para que le hiciera el trabajo. Y nadie se estaba cuestionando si eso estaba bien o mal. Así era el sistema, y Deidara podía entender por qué Obito aborrecía lo hipócrita del mismo.
—Quédate conmigo esta noche —susurró—. Al menos no estarás solo dándole vueltas a las cosas inútilmente, hm.
—¿Estará bien?
—Si no hacemos ruido, sí. Tú puedes desaparecer rápido en caso de ser necesario.
—Me encantaría quedarme y no irme nunca.
Obito pasó un brazo por su cintura y Deidara hizo lo mismo con tu torso. Casi a tientas, buscó sus labios. Le llevo un par de intentos encontrarlos. Estaban ligeramente más fríos que los suyos, y algo más secos. Deidara podría pasarse horas enteras besándolo.
—Deidara... ¿Qué opinas de mí?
—¿Qué quieres decir? —contestó acariciando su pelo.
—Imagino que tu opinión sobre mí ha mejorado. Pero eso no significa necesariamente que sea alta.
—Opino que eres un shinobi, y yo soy otro. Yo cumplo las órdenes del Tsuchikage y tú seguías ese estúpido plan. Sólo imagina toda la libertad que tienes ahora, con ese poder y sin una villa oculta que te vapulee de un lado a otro. Me da hasta un poco de envidia, hm.
—Te causé mucha angustia y estrés.
—Me inspiraste, me gustan los retos. Creé una técnica nueva sólo para matarte. Tengo que pensar en lo que la voy a usar ahora. Gracias a ti me volví más fuerte. Además me gusta la idea que mi enemigo sea mi amante, hmm.
—¡Ya no somos enemigos! —contestó sin pensar.
—Pero ellos no lo saben. Y a mí me pone que ellos estén ahí buscándote por todos lados mientras tú estás aquí en mí futón.
Dudó entre decir eso último o no, pero quería ver su reacción. Hubo un breve silencio.
—¿T-te pone? —preguntó, le gustó ver que ya no sonaba tan desanimado—. Vaya... Eh... Nadie... Nunca... Me dijo algo así.
Deidara encendió la pequeña lámpara de gas junto al futón para ver lo rojo que se había puesto el otro. En efecto, jamás había visto antes a alguien tan sonrojado. Sonrió orgulloso y al darse cuenta, Obito se puso nervioso y se escondió bajo la manta.
— Antes cuando me agarraste y me pusiste encima tuyo no estabas tan tímido, hm.
Se puso de costado, apoyándose en un codo, mirando los mechones de cabello negro que asomaban por la manta. Esa falta de costumbre por ir sin máscara salía a relucir a veces.
— Deidara... ¿Por qué me besaste aquel día? —su voz sonaba amortiguada por la tela.
Él apoyó un dedo en la manta, moviéndolo hasta que se encontró con su nariz. No tuvo que pensarse demasiado la respuesta.
—Me apetecía.
—¿Así sin más?
—Tenía asimilado que iba a matarte, pero me intrigabas cada vez más... No sé, pensé que sería una anécdota graciosa. Besarte, incomodarte, ponerte nervioso, tal vez histérico, hacer que te fueras de nuevo huyendo avergonzado... Además quería saber qué se sentía. Te acercaste demasiado, no lo pude resistir —observó sonriente como Obito se ponía rojo de nuevo—. Lo que nunca imaginé fue que me corresponderías ese beso.
La solicitud de una explicación quedó implícita en su tono.
—Bueno... Llevaba días sin poder apartarte de mi mente. Primero detestándote porque no podía capturarte, luego poco a poco... Eso fue cambiando. Así que cuando me besaste sólo me dejé llevar. Ya había pasado varias veces en mi cabeza de todos modos.
Deidara se metió dentro de la manta con él. El aire estaba más caliente ahí adentro.
—Hmm interesante. Cuéntame más. ¿Qué fue lo que te gustó de mí tanto como para hacerte cambiar?
Obito se tomó un rato para responder.
—No sabría decir. Tal vez... Aquel día en el río. Rompiste mi máscara, me mordiste el pie y te agarraste a mí con las piernas como siempre haces. Hacía mucho que alguien no me hería o conseguía tocarme en una pelea, sin embargo tú estabas ahí, burlándote, sin miedo de mí, un paso por delante de mis juegos sucios. Me hiciste sentir vulnerable, sacaste a relucir cosas que creía haber superado hace mucho tiempo.
—Lo que dices suena como a que te enamoraste locamente de mí porque te humillé y te mordí el pie.
Con esa idea en la cabeza, Deidara intentó aguantarse la risa pero al final explotó, cubriéndose con las manos para amortiguar las carcajadas.
—Deidara no fue así, es más complejo...
—Ojalá me hubieran dicho que era tan fácil seducir a alguien —dijo entre risas, incluso cuando sintió que Obito le cubría la boca, no podía parar.
—Si no te calmas nos van a oír y me tendré que ir. Tú mismo pusiste esa norma —lo avisó.
Pensando que tenía mucha razón, Deidara apretó mucho los labios en un esfuerzo por parar de reír, pero ni dos segundos después, explotó de nuevo. No podía evitarlo, la idea era demasiado graciosa. Ya ni siquiera le importaba si su madre los oía. Obito volvió a taparle la boca y esta vez, la nariz también, hasta que él se quedó sin oxígeno y sacudió la cabeza como un loco para librarse de su agarre.
—¡Hey! —se quejó en cuanto pudo—. Ya basta.
—No fue así —repitió Obito—. Pero es verdad que desde ese momento empecé a verte de otra manera.
—Ni siquiera era yo. Era mi clon. Fue una buena explosión, hm. Aunque me metí en problemas por inundar el nivel intermedio. Tengo todas las memorias como si lo hubiera vivido en primera persona.
Recordó cómo también le afectó estar agarrado a él en el agua.
—Da igual, fue un movimiento ingenioso. Aprovechaste que necesitaba mis pies tangibles para permanecer sobre el agua y me hiciste perder el equilibrio. Debí haberlo visto venir.
Antes de que pudiera volver a lamentarse, Deidara cambió de tema.
—Recuerda que tenemos que hablar de Akatsuki. Tienes que contarme el chisme de Itachi Uchiha.
Obito suspiró.
—Era algo que le debía a Konoha. Además, necesitaba a Itachi para una parte posterior de mi plan. Para demostrarte que no planeo echarme atrás, lo he dejado ir.
—¿Qué ha pasado con él?
—Huyó. Al líder de Akatsuki no le gustó saber que su más célebre crimen se derivó de lealtad hacia su aldea. Ya no se fía de él.
—¿Es una amenaza?
—No lo creo. La supervivencia de un ninja fugitivo que necesita medicación a diario se complica.
—Es un final muy poco digno para un shinobi, hm —dijo Deidara, podía incluso sentirse mal por el pobre diablo. Si lo encontrase por ahí, le gustaría enfrentarse a él y terminar con su sufrimiento.
—Aunque no tan indigno como acabar en el estómago de Zetsu. Honestamente, espero que no le pase eso. Itachi no debe ser subestimado, aún con una salud tan deteriorada sigue siendo poderoso y muy inteligente.
—Bueno, igual no me importa tanto, vayamos al tema importante. ¿Cuándo voy a poder pelear? —dijo, la impaciencia presente en su tono.
—Quizá antes de lo que crees. Pein ha expresado su plan de atacar Iwa si no consigo atraparte. Tal vez no pueda evitar que eso suceda, pero puedo ayudar.
Ante la idea de invasión, Deidara no pudo evitar que su sonrisa se ampliase. A él no lo iban a asustar unos cuantos ninjas renegados, los convertiría en algo hermoso antes de hacerlos desaparecer para siempre.
—¿Bromeas? Aquí los espero con toda mi arcilla lista para ser moldeada.
—Son más fuertes de lo que crees. Harías bien en no subestimarlos. Si te capturan, tendré que intervenir en su contra. Cuanto más tiempo confíen en mí, más fácil será pararlos.
—¿Y qué vas a hacer si me capturan? ¿Pelear contra todos y rescatarme, hm?
Deidara pegó de nuevo su nariz a la de él. Obito no se hizo de rogar, lo tomó de la cintura y lo puso de nuevo sobre él, apretando con firmeza.
—Tal vez. Lo que no sé es quién va a rescatarte de mí —dijo en su oído, lo cual le provocó un agradable escalofrío—. ¿Te diste cuenta? Te tengo atrapado. ¿No vas a hacer nada para soltarte?
—Mmm, depende de cuales sean tus planes...
Giró el cuello para buscar sus labios y unirlos en un beso. La postura era incómoda, pero Obito lo tenía tan bien agarrado que a no ser que usase chakra no veía cómo podría darse la vuelta.
—Eso no puedo decírtelo —susurró, el aliento cálido de Obito en su oído llevaba camino de convertirse en una de sus cosas predilectas, todo le gustaba, o puede que fuera la novedad—. Te tengo oficialmente en mis manos entonces. ¿Qué diría Akatsuki?
—Diría que pagaste un precio muy alto por mi, hm.
—¿Oh, en serio?
Y debajo de la manta comenzó a hacer mucho calor mientras los dedos se metían bajo la camisa de su pijama.
—Ah... Estás loco por mí —contraatacó Deidara.
—Por eso quiero que seas mío nada más, no de Akatsuki —Sus manos estaban en todas partes, ahora sentía el aliento en su cuello. Deidara no quería moverse de ese futón en la vida—. ¿Qué es esto que llevas puesto?
—Un pijama.
—¿Puedo verlo?
Obito lo soltó y Deidara, cumpliendo su petición, echó la manta a un lado y se irguió. La tela de la camisa y el pantalón era blanca, con estampado de pequeñas zanahorias. Era ridículo, sí, pero era cómodo y a Deidara le gustaba llevarlo. La cara del Uchiha mientras lo miraba hipnotizado casi le provocó otro ataque de risa. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces se había sonrojado desde que llegó, pero esa vez parecía que le iba a dar algo. Hasta que el hilo de sangre no bajó de su nariz, Obito no salió de su trance.
—¿Te pongo en pijama? Tienes gustos extraños, hm —dijo sin poder creerlo.
—Me imaginé arrancándotelo —contestó, tapándose la nariz.
—Pues no lo hagas, es mi favorito. Y límpiate.
El rollo de papel higiénico aún seguía ahí, Deidara arrancó una tira y se la pasó.
—¿Te lo puedo quitar con cuidado entonces? —preguntó, una vez se hubo limpiado con gesto avergonzado.
—Eso me gusta más, hmm —contestó, con voz sugerente.
Obito suspiró mientras lo observaba con una mezcla de deseo y frustración, su mano acariciando su rodilla.
—¿Cuándo nos quedamos solos otra vez?
—No lo sé. La semana que viene imagino. ¿No hay otra parte a la que podamos ir?
Teniendo la oportunidad de experimentar aquella faceta de la vida que se había estado perdiendo, Deidara quería ahora vivirla en tiempo record. Lo que no quería era que sus primeras experiencias estuvieran condicionadas por la necesidad de no hacer ruido, si es que podía evitarlo. Si tenía que frenarse, no iba a disfrutarlo tanto.
—Hay un lugar... Ya te estuviste ahí una vez. Mi dimensión personal. Ahí tendríamos toda la privacidad posible.
—Es una buena idea, pero no suenas muy convencido, hm.
Deidara recordó aquel extraño y sombrío lugar lleno de cubos. De seguro ahí nadie les molestaría, aunque también tenía sus dudas. Aquellos cubos le habían mostrado una escena.
—Es porque... Ese lugar está directamente conectado a mí, muy condicionado por mis emociones. Nadie nos encontraría ahí, ni el espía de Akatsuki que es quien más me preocupa de todos. Pero no sé si es una buena idea. ¿Quién sabe cómo va a reaccionar el lugar a tu presencia?
Aquella escena... La canción, aquel salón tan ornamentado, Obito fingiendo tocar la guitarra con una escoba. Alegre y vivaz como nunca antes lo había conocido. Ya en aquel momento sintió como que había visto algo que no era para sus ojos, algo demasiado personal. Aunque si él decía que el lugar estaba conectado a él y sus emociones, ¿significaba que haber visto esa memoria feliz era porque Obito estaba feliz en ese momento? Feliz por estar con él. Feliz por estar pasando tiempo juntos.
—Siempre podemos esperar a la semana siguiente, hm... En verdad... Esperar tanto es un asco.
Pero la tentación de tocar era difícil de resistir. Después de luchar contra sus propias ansias de contacto físico consiguió doblegarlas. No sin quedársele mirando primero como si fuera algo inalcanzable pero que a la vez, deseaba como ninguna otra cosa.
—Aunque quizá debamos centrarnos en lo importante. Akatsuki, la posible invasión de Iwa, y después cuando no tengamos nada de lo que preocuparnos, podremos celebrarlo —dijo Obito, sus miradas encontrándose, fijas en la otra por unos segundos, intentas por el deseo frustrado—. Pero si sigues mirándome así, entonces me va a dar igual que tu madre nos oiga.
—Vamos a tu dimensión, hm —dijo sin poder reprimirse.
Su expresión cambió, denotando preocupación.
—Deidara... Me gustaría tanto poder realizar lo que quieres. Pero aún no me atrevo.
Cuando las cosas no salían como él quería, Deidara solía frustrarse de forma muy poco razonable. Incluso sabiendo que la otra persona tenía razón.
—¿Por qué? ¿Qué es lo que no quieres que vea, hm?
—He pasado muchos años solo. Dame tiempo a adaptarme y te mostraré cuanto quieras. Aún no sé cómo manejar esta situación bien.
El problema, era que él no quería dejarlo adaptarse. Quería que lo hiciera. Quería sacarlo de su zona de confort a gritos y patadas.
Pero no podía, y él comenzaba a sentirse superado. Giró el cuerpo hacia el lado contrario, pensando en alguna manera silenciosa de descargar su rabia.
—Hey —susurró Obito, abrazándolo por detrás—. ¿Quieres que me vaya?
No. Deidara tampoco quería que Obito se fuera. Puso su mano sobre la de él y fue acariciando con lentitud su antebrazo, luchando contra sus lenguas que empujaban tras las bocas extra, bien cerradas.
—Quiero que te quedes. Odio cuando desapareces y no se a donde ni cuando volverás.
Sintió que Obito lo abrazaba con más fuerza aún.
—Yo nunca me iré por demasiado tiempo. Te tengo a sólo un kamui de distancia —sostuvo su cara, obligándolo a girar el cuerpo para darle un pequeño beso en los labios—. Vendré todos los días a verte. Todas las noches que me sea posible.
Cuando Obito retiró sus labios de los de Deidara, él los siguió para conectarlos otra vez conteniendo la violencia con la que lo quería besar. Todo le sabía a poco. Sin romper el beso, se sentó de nuevo en sus piernas, una mano en su cabello, la otra agarrada con firmeza a su hombro, dirigiéndose con lentitud a la parte de atrás de su cabeza. Una vez ahí, rompió el beso para empujarla hacia su cuello y sentir la calidez de su aliento contra la piel.
—Juguemos a algo ya que no podemos hacer ruido. ¿Qué me dices? —dijo Obito.
Eso consiguió intrigarlo, era el tipo de propuestas que le divertían.
—Cuéntame, hm.
—Creo que no te va a gustar la idea.
Deidara soltó un bufido de decepción.
—¿Entonces para qué lo propones?
—Te va a gustar. Lo que no te va a gustar es la idea.
—¿Y qué es?
—Quiero aprender mejor todo lo que te gusta. Así que tú deberás quedarte quieto sin hacer nada mientras yo experimento.
Era cierto, no le gustaba esa idea. Lo que más lo solía desesperar era tener que quedarse quieto.
—O sea, que el único que se lo va a pasar bien serás tú.
—Nos lo pasaremos bien ambos —susurró, tras darle un suave mordisco en el cuello por el que Deidara tuvo que reprimir un jadeo—. Pero tú el que más —otro bocadito, mierda, aquello iba a ser difícil—. Así puedo controlar mejor que no seas muy ruidoso. Y el conocimiento adquirido... Me será útil.
Y con una maniobra que no se esperó, el cuerpo de Deidara quedó otra vez sobre el futón, con Obito sobre su pecho, deshaciendo los botones de su pijama poco a poco a la vez que iba dejando besos sobre su pecho y su torso. Tentado por romper nada más empezar la única regla del juego, giró el cuerpo hacia Obito para frotar las caderas suave y perezosamente contra su muslo. La reacción por su parte vino cuando terminó de desabrochar todos los botones, dejando su pecho al descubierto. Obito lo empujó de nuevo para devolverlo a la postura anterior, agarrando una de sus muñecas. Deidara no pudo contener más la lengua dentro de su mano, la cual se abrió paso hacia el exterior. Sus labios se separaron para dejar salir un gemido que él consiguió reprimir cuando Obito comenzó a lamer con lentitud sus dedos. Inhaló con fuerza al sentir la lengua cálida y húmeda recorrerlos mientras sentía su propia lengua lamer el mentón del otro hombre, que al darse cuenta de lo que estaba pasando, tiró un poco más de su muñeca, ambas lenguas enredándose la una con la otra, moviéndose al compás.
—Mh.
Con su mano libre, Obito le tapó la boca. Sus dientes se clavaron con fuerza en sus dedos. Deidara estaba en trance con el espectáculo ante él, perdido en las sensaciones placenteras que recorrían su cuerpo. Empujó con brusquedad su mano, metiendo toda la lengua en la boca de Obito, podía sentir su nariz aplastada contra sus dedos. Sin poder evitarlo, siguió empujando y empujando, agarrando su cara a pesar de que al otro no parecía importarle su brusquedad. La falta de control era tal, que podía sentir como en el interior de la boca de Obito, la lengua de su boca extra ganaba en poder a la de él, explorando todo con frenesí, dientes, techo, interior de la mejilla, sin que él pudiera hacer nada por detenerla.
No fue hasta que no pareció quedarse sin respiración, cuando Obito empujó su muñeca para separar su mano de su cara.
—Creo que eso te gustó —comentó, y agarrando su otra muñeca, llevó ambas manos a su cara otra vez, las tres lenguas enzarzadas, jugueteando entre sí.
Deidara mordía con fuerza su labio inferior, ahogando cualquier sonido posible, los dedos de sus pies encogidos sobre sí mismos. Obito pasó después a lamer y mordisquear sus dos muñecas por turnos. Jamás habría pensado en lo sensible que estaba la piel ahí.
—Obito... —susurró muy suavemente, frustrado por no poder gritarlo.
—Lo estás haciendo bien —contestó él y lo remangó para seguir besando el revés de su antebrazo derecho hasta llegar al codo, otro grito estrangulado se le escapó, mientras ese cálido cosquilleo hacía convulsionar su cuerpo—. Mmm... El codo también. Lo tendré en cuenta.
—Si nos oye mi madre será tu culpa, hm.
Obito sonrió, su expresión denotaba que lo acababan de pillar en mitad de una travesura.
—Nunca dije que te iba a poner fácil el juego, pero está en tu interés que eso no pase, recuérdalo. Ahora sácate el pijama. Me gusta como te ves con él, pero molesta.
Él obedeció, Obito ayudándolo y tirándolo a un lado. Una vez estuvo la prenda fuera de su camino, se echó sobre él, para seguir el camino hacia su hombro y de nuevo a su cuello. Deidara aprovechó para abrazarse a su cuerpo, le daría algo con lo que desahogarse en caso de ser necesario. Él accedió a quedarse quieto, pero nunca dijo que no pudiese clavarle las uñas. Temía que lo de ayer volviese a ocurrir y no iba a permitirlo.
La erección en su pantalón rozó de nuevo la de Obito, pero esa vez no intentó evitarlo, sino que se frotó disimuladamente contra él, a la vez que comenzaba a lamer su pezón derecho, la lengua dando vueltas en círculos, lenta y sensualmente. Deidara comenzó a restregarse con un poco más de energía, provocando que el mismo Obito tuviese que reprimir un jadeo.
—Hey —dijo, a modo de advertencia—, eso no vale.
Deidara consiguió evitar reír, y le dio un golpecito con la rodilla. Sus suaves manos, demasiado para tratarse de un shinobi, recorrieron sus costados con delicadeza mientras la boca de Obito sigue bajando, llenando de besos su abdomen. Su erección estaba peligrosamente cerca de rozar su pecho, si seguía así, no sabía como iba a aguantar sin hacer ruido cuando él siguió bajando, estaba ya acariciando sus muslos por encima de la suave tela del pijama. Querría haber dicho que no le iba a ser posible, pero perder no era una opción.
—Me gustaría verte sin el pantalón —susurró él—... ¿Te lo puedo quitar?
Los dedos de Obito no paraban de amasar la piel de su muslo, sentir su tacto sobre la tela no lo dejaba pensar bien, Deidara estaba sin palabras, algo a lo que no estaba acostumbrado en abosluto. Asentir con la cabeza fue lo único que consiguió hacer para comunicarse. Levantó las caderas para ayudarlo a sacar la prenda. Ni bien estuvo afuera, Obito estiró el brazo para cubrirle la boca antes de mordisquear la parte interna de su muslo derecho, succionando gentilmente. Sentía la lengua arder mientras recorría su piel y cada vez se le hacía más difícil el contener los gemidos.
—Tram... poso... hm.
—Por eso te he ayudado un poco. Recuerda que que no te oigan es tarea tuya. La mía ponértelo difícil.
—Tch...
Y lo decía así, tan convencido. Deidara lo agarró del pelo, su boca se abrió a pesar de que consiguió reprimir el gemido, arqueándose cuando cambió al muslo izquierdo, su piel sensible como nunca a cada estímulo. Un instante después, Obito se detuvo, irguiéndose un poco para mirarlo a la cara.
—¿Necesitas un respiro?
A la vez que decía esas palabras, un dedo se apoyó en la punta de su miembro cubierto por el boxer, dando vueltas en círculos muy lentamente antes de comenzar su descenso. Deidara recordó lo que le pasó el día anterior y tragó saliva.
—Ya no me gusta este juego.
Trató de levantarse pero sin perder ni un segundo, Obito lo tumbó otra vez.
—Hay algo que quiero probar contigo, si tú quieres.
—¿Qué es, hm?
—Necesito que estés desnudo para ello.
Hubo una pausa, Deidara esperó para ver si él quería agregar algo más.
—Bueno, ¿y a qué esperas? —preguntó, cuando ya le quedó claro que no iba a hacerlo.
—Q-quizá tú no te sientes preparado aún para que te vea —contestó, apartando la vista.
Deidara notó cómo se estaba sonrojando, pero no hizo comentarios. No era como si le avergonzase, en los baños del cuartel de las Bakuha Butai ya todos lo habían visto. Pero era una situación completamente distinta. Agarrando el elástico del boxer con ambas manos, empezó a bajarlo. Quería evitar verse como si fuera el más avergonzado de los dos. La verdad era que sí lo estaba un poco, pero él no era de los que dejaban de hacer algo por esas idioteces. Obito estaba ahora más sonrojado aún que antes. Le parecía gracioso verlo apartar la mirada con nerviosismo de vez en cuando. Ese era el tipo de reacción que quería obtener.
—¿Por qué apartas la vista, hm? Me ofendes —dijo, en cuanto la prenda estuvo fuera, se la lanzó a la cara, donde quedó enganchada.
Por unos segundos Obito no se movió, luego llevó una mano hasta su cara, cubierta por la tela. Deidara sonreía satisfecho, hasta que la tela comenzó a replegarse sobre sí misma y la sonrisa desapareció junto con su boxer. Obito tenía el mangekyo sharingan activado.
—¿¡Qué...!? —dijo, algo más alto de lo normal.
Obito se llevó un dedo a los labios, lo cual hizo que se calmase.
—No nos preocupemos por eso ahora —susurró.
Si no fuera por las circunstancias, Deidara no habría dejado que se saliese con la suya con respecto al tema, pero se vio obligado a dejarlo pasar. Tomó su miembro entre sus manos, frotándolo levemente. Escudar su cuerpo con el brazo lo hacía sentir menos expuesto a pesar de que en teoría, masturbarse en presencia de alguien sonaba como algo mucho más avergonzante. Obito lo detuvo, y apartó su brazo mientras lo observaba con atención.
—Eres tan... —dijo distraídamente, acariciando su vientre, el adjetivo nunca llegó—. Soy afortunado. No puedo creer cuanto.
Deidara sonrió orgulloso, disfrutando esa sensación de sentirse adorado. Podría acostumbrarse rápido a ello.
—¿Era eso lo que querías hacerme, mirar hasta desgastarme? —bromeó.
—No —dijo, aún distraído por su desnudez—. Pero sólo lo haré si tú te sientes bien con ello.
Rodó los ojos. Estaba tal y como vino al mundo, con las piernas separadas a cada lado del tipo más atractivo que había visto en su vida y una erección dura como una roca. ¿En serio él creía que no iba a querer seguir? Deidara se irguió abrazándose a su cuello.
—Si no quisiera no estaría así ahora, hm —susurró. Luego se dejó caer de nuevo al futón, arrastrándolo con él. Obito pareció rendirse a sus encantos—. Y sí, estoy haciendo trampa otra vez.
E hizo lo que llevaba rato deseando hacer, puso la mano en su pecho para sentir la dureza de sus músculos bajo su ropa, bajó y bajó hasta agarrar con firmeza el tremendo bulto que se había formado en su entrepierna. Oyó a Obito tomar aire entrecortadamente mientras la lengua salía de su escondite para lamer con descaro.
—D-Deidara... —dijo con dificultad en el tono más bajo que se pudo permitir, también notó que estaba temblando un poco.
Lo besó, los cálidos jadeos de ambos rompiendo el contacto momentáneamente mientras seguía frotando. Cuando Obito comenzó a frotarse contra él, otro gemido se le escapó sin querer a Deidara. Eso pareció ser lo que necesitaban para que la cordura se interpusiese al calentón. Tras agudizar su sentido del oído sólo para asegurarse de que la casa seguía en silencio, ambos se relajaron.
—Deja de hacer trampas —lo regañó.
—No pude evitarlo —respondió Deidara, su necesidad de acabar iba en aumento, era hora de dejar de perder el tiempo—. Hazme lo que quieras, hm.
Al tono desvergonzado de su frase lo acompañó un movimiento de caderas. Deidara separó las piernas para dejarle más espacio. Su corazón latía como loco, por los nervios y la intriga de lo que pasaría a continuación. Vio a Obito meter dos dedos en su boca e inclinarse sobre la parte inferior de su cuerpo, agarrar su erección con la mano izquierda, esparciendo el líquido preseminal en el proceso. Aún no se había recuperado de reprimir los gemidos producto de aquel primer contacto directo cuando Obito sacó los dedos bien cubiertos de saliva y apoyó el glande en sus labios antes de introducirlo en su boca. Tener de repente la parte más sensible de su cuerpo adentrarse por esa cavidad suave y caliente no ayudó a Deidara a reprimirse. Se mordió la mano tan fuerte como pudo, el dolor acompañando a aquel placer inmenso y desconocido, mientras no se perdía detalle de cómo su miembro era envuelto hasta la base en aquel calor torturante. Obito dio marcha atrás para lamer en círculos su glande y Deidara tomó la almohada para amortiguar mejor unos gemidos que ya no podía aguantarse.
En medio del vaivén, sintió sus dedos presionar entre sus nalgas, apoyándose en su entrada trasera. Deidara se tensó por la falta de costumbre.
—Quiero llegar hasta el final contigo —confesó, pasando a masturbarlo otra vez—. Quizá el viernes que viene, si tú quieres. No quiero que la necesidad de sigilo lo condicione.
Deidara casi se corre ahí en ese punto y Obito debió sentirlo, pues se detuvo. Quería llegar hasta el final con él, necesitaba llegar hasta el final con él. No sabía si era un deseo fruto de lo caliente que iba, pero al imaginar la escena en su cabeza, lo único que sentía eran ganas porque la semana pasase más rápido.
—El viernes... —contestó asintiendo.
Mierda ¿a qué día estaban? ¿A sábado? ¿Recién empezado?
—Hay algo que quiero poner en práctica hoy —susurró Obito.
Y el dedo se adentró unos centímetros en su cuerpo. Deidara volvió a tensarse, no era doloroso, pero aún debía acostumbrarse a la idea de tener un dedo hurgando en su trasero.
—Si te hago daño, házmelo saber —insistió.
—Me dijiste... Que no habías hecho esto antes, hm.
Obito sacudió la cabeza.
—Sé que a mi edad es difícil de creer. Pero no quería hacerlo mal, por eso he estado leyendo algunas cosas.
—¿Qué cosas? —se interesó Deidara.
—Literatura. Fue un testimonio muy útil. Al menos ahora no voy a ciegas.
Concentrado en reprimirse, Deidara no pudo contestar. Obito iba a hacerle lo que había leído en un libro y él no tenía razones para oponerse. Lo estaba sorprendiendo y las sorpresas eran algo que él apreciaba.
—¿Qué tal? —dijo un rato después.
—Es raro, hm...
—Voy a agregar otro dedo ahora, prepárate.
Ambos dedos entraron juntos esa vez. Se sentía más lleno que antes, y cuando Obito los separaba, no le resultaba demasiado agradable. Pero tampoco dolía. Nada que él no pudiera aguantar, de todos modos. Los dedos se abrieron paso en su apretado interior poco a poco mientras que su otra mano lo seguía masturbando con extrema lentitud, dejándolo en una insatisfacción perpetua.
—Esto lo leí en el libro. Era una de las cosas que más quería probar.
La muñeca de Obito giró, haciendo que los dedos en su interior girasen. Los sintió curvarse y presionarse hacia arriba. Tras frotar un poco, unas intensas oleadas de calor comenzaron a generarse en su pelvis. Deidara mordió la almohada, sus piernas contrayéndose, su cuerpo temblando.
—¿Q-qué has hecho? —preguntó entre jadeos.
No sabía qué era, pero de repente tenía ganas de más.
—Veo que te ha gustado —dijo Obito, sonriendo—. ¿Quieres que lo haga otra vez?
—N-no... Ah... Sí...
Los iba a oír pero necesitaba sentir eso otra vez. Urgentemente. Obito volvió a inclinarse sobre él y tomar su miembro en la boca, reanudando a la vez el masaje a ese punto sensible. Deidara cerró los ojos con fuerza, aplastando la almohada contra su boca, mordiéndola hasta hacerse daño en la mandíbula. No podía ver, pero cada vez que imaginaba su erección entrando y saliendo de su boca, cada vez que una nueva oleada de placer se originaba en su bajo vientre, se sentía en el paraíso. No quería que parase. No quería que parase nunca...
—Ah... Obito... —dijo, cuando sintió que estaba cerca—. Voy... Ah...
Casi no podía hablar. Su aliento se volvió más entrecortado, sus dedos, sus uñas, sus dientes, se hundían en la maltratada almohada. Era imposible contener sus gemidos, al menos, deseó que eso fuera suficiente porque de repente su orgasmo estalló, su cuerpo quedando encorvado hacia arriba, temblando. Se estaba corriendo en su boca, podía sentir los espasmos en el interior de la misma mientras el semen salía disparado.
Obito retiró la almohada de su cara segundos después, para encontrarlo sudoroso, agotado y falto de aire, aunque satisfecho.
—¿Estás bien? —Él asintió como pudo y Obito sonrió—. Lo has hecho bien. No has sido muy ruidoso al final.
—Te lo has tragado —comentó Deidara sintiéndose algo torpe.
—Así no hay que limpiar. Pero no te preocupes, si eso es lo que te preocupa, me ha gustado... ¿Te gustaría... Probar a ti también?
Deidara lo miró a la cara, sus ojos muy abiertos. Nunca lo había oído hablar así. Quizá lo había leído en aquel libro. El caso era, que estaba funcionando. De repente se moría por probar el sabor de su semen y por ver si era capaz de hacerlo acabar sólo con su boca. Se dio la vuelta en el futón, gateando hasta donde Obito estaba arrodillado, desabrochándose el pantalón. Él lo ayudó a terminar de liberar la erección, acariciándola entre sus manos una vez que estuvo fuera. Debía hacerlo bien. Ahora le tocaba a Obito sufrir un poco.
Le dio un lametón a la punta para obtener una primera impresión y empezó a permitir que se deslizase dentro de su boca.
—D-dei... Ah... —suspiró Obito, empleándose a fondo en no jadear muy alto.
Tuvo especial cuidado en que no se rozase con sus dientes. Deidara no sabía si lo estaba haciendo bien o no, pero mientras sintiese esas pequeñas convulsiones y pequeños empujones de cadera que Obito parecía hacer sin intención de ello, sabía que estaría en el buen camino. Deidara se atrevió a metérsela entera, a pesar de que le dolían las comisuras de los labios. Cuando miró hacia arriba, mientras la erección entraba y salía sensualmente de su boca, vio el único ojo de Obito fijo en él, brillando de deseo, curiosidad y sorpresa. Era la primera vez que le hacían eso, Deidara recordó, y para él también era la primera. Quería hacer que fuera jodidamente memorable para ambos. Bajó a lamer la base del tronco mientras una de sus manos lamía la punta.
—Mmm... Me encanta lo que me haces —susurró—. Sigue.
Poco a poco, Deidara fue ganando algo de soltura, tragándose su miembro hasta que le llegase a la garganta una vez, y alternándolo con masturbación mientras lamía su base y testículos. Cuando se sintió más seguro aún, aumentó la velocidad, escuchando como Obito jadeaba grave y entrecortadamente, tragando aire con desesperación. Y mierda, cómo le ponía oírlo. Podría hacerle eso toda la noche si él aguantase. Le pareció que dijo su nombre, cuando su cuerpo comenzó a temblar cada vez más fuerza. Estaba a punto, esa le pareció que era la señal. No se equivocó, al segundo siguiente estaba saboreando el primer chorro de semen, caliente y salado que le llenaba la boca. Deidara se retiró antes de tiempo, recibiendo un último disparo de líquido blanco en sus labios y mejilla derecha. Se relamió, antes de tirársele encima a Obito y derribarlo en un abrazo, ambos quedando con medio cuerpo fuera del futón.
Al parecer, Obito no podía parar de sonreír. Se veía bien así.
—No vas a dormir nada —le susurró.
—Es un poco tarde para preocuparse por eso, hm.
—Igual no quiero irme.
—Y yo no quiero dormir.
Quería quedarse ahí entre sus brazos, ambos satisfechos y cansados.
—Vendré a verte a todas horas. Quiero que estés presente en cada minuto de mi vida. Me da igual lo que pienses, tenía que decírtelo. Creo que me estoy obsesionando...
—Bueno, obsesiónate entonces. Me gusta eso, hm. En verdad, podemos quedar el martes. Voy a necesitar ayuda.
Obito acarició su cabeza, y él tomó aire, abrazándose aún más a su espalda.
—Cualquier cosa.
—Es el cumpleaños de Kurotsuchi y ya ha dicho que no puedo aparecer por la fiesta sin un regalo apropiado.
—¿Cuándo es la fiesta?
—El miércoles. ¿Por qué?
—¿Puedo ir?
Deidara ahogó una carcajada. A veces Obito tenía sentido del humor.
—Claro. ¿Qué podría ir mal? Hola enana, te presento a Tobi, el tipo que quería secuestrarme y robar a Son Goku. ¿Lo recuerdas? Ahora nos llevamos mejor, hm. Bastante mejor.
—Lo digo en serio, seguro que puedo ir disfrazado sin que nadie lo note. Es tu compañera de equipo, me gustaría conocerla mejor. Quiero... Ser parte de tu vida.
Él aún no sabía si eso era posible, pero no estaba de humor para terminar la noche con mal sabor de boca. Además, la idea era atrayente a la par que peligrosa. Pasear a Obito en presencia de todos. De las Bakuha Butai, del Tsuchikage y todos los invitados.
—Si me ayudas a encontrar shurikens de adamantita, puede que te deje venir conmigo, hm.
—Tengo unos mejores —susurró—. Son de vidrio hecho de las escamas del pez sabio legendario. Son transparentes, imposibles de rastrear y muy resistentes. Únicos en el mundo.
—¿Pez sabio legendario? Un momento, no quiero gastarme tanto en extravagancias raras.
—No tendrás que gastarte nada, porque son de mi propiedad ahora. Puedo hacer lo que me plazca con ellos, y quiero que ese sea nuestro regalo.
Deidara aún no estaba seguro del todo. Parecían como un artefacto importante, demasiado para una chuunin. ¿Y qué iban a decir los demás? ¿Cómo iba a explicárselo al Tsuchikage y justificarlo?
—¿De dónde los sacaste?
—Reliquia del clan Uchiha. Los tenía Madara en su arsenal.
—Mmmm... De acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros—. Aún me parece una mala idea, pero quiero ver sus caras. Sí. Hagamos eso. ¿Por qué no, hm?
—¡Bien!
Después del orgasmo, Obito parecía otra persona. Más animada, más sonriente, sin ese aire melancólico y decaído que siempre acarreaba consigo. Deidara iba a dormir muy poco aquella noche, por lo que poco después de la conversación, se arroparon correctamente e intentaron dormir, Obito abrazándolo desde atrás, algo que deseó que ojalá ocurriese todas las noches de su vida.
La primera parada de Obito tras dejar a Deidara fue la celda de los jinchuuriki. Ahí estaban, Han del gobi, Utakata del rokubi, Fû del nanabi inconscientes, bien atados con las cadenas de la estatua gedo que los mantenían con el mínimo de energía como para seguir viviendo. Así era como los tenían después de que Fû, la chica de la cascada oculta, casi consiguiera fugarse con éxito.
Al estar faltos de personal, a penas había vigilancia en la celda, a parte esa forma de retenerlos era infalible, no necesitaban vigilancia, la cadena se había creado en exclusiva para dominar a los biju después de todo.
Obito activó el Mangekyo y los miró por última vez antes de absorberlos con el kamui, sin sentir remordimiento o duda alguna. Estaban inconscientes, no pensó que le diesen demasiados problemas. Dejó la puerta de la celda abierta. Eso les daría unos cuantos quebraderos de cabeza a los otros. Tras terminar su trabajo ahí, se teleportó a su apartamento personal donde Zetsu blanco ya lo estaba esperando. Mierda.
—¿Dónde estabas, Tobi? —preguntó, no sin una buena razón para ello, pues no había aparecido por ahí en toda la noche.
—Meditando en soledad —respondió, mientras la imagen de Deidara tragando su erección entera volvía a su mente—. Lo necesitaba para pensar mejor. Y ha dado sus frutos. Se me ha ocurrido un plan.
—Kirigakure ha apresado a Itachi. Pein-sama te pedirá más tarde que te infiltres en la prisión para matarlo tú mismo.
—Olvida al maldito Itachi. Posiblemente se muera él solo antes de mañana. Este plan no va a fallar. Tendremos al yonbi al fin y podremos centrarnos en los dos restantes sin tener que invadir Iwa innecesariamente. Pero para que funcione te necesito. Serás una pieza crucial del plan.
No le sería muy difícil engañar a Zetsu blanco. Vivía por y para el proyecto, cualquier mención del mismo lo mantendría interesado.
—¿Qué es lo que necesitas que haga?
—Te transformarás en mí. Y cuando toda Iwa tenga la atención puesta en ti, yo iré por detrás y tomaré al yonbi.
Zetsu blanco lo miró con una expresión indescifrable en sus ojos amarillos.
—¿Y cuándo dices que haremos eso?
Ah, si Zetsu supiera como de amplia era su sonrisa bajo la máscara.
—El jueves —respondió.
Y el viernes lo celebraría a lo grande.
Reescribí la primera parte de este capítulo varias veces. Tenía varias ideas para seguir y no sabía por qué camino ir así que anduve indecisa, pero ya me decidí. ^^ Poquito a poco van avanzando, como dije, me gusta escribir a Deidara virgen y aprendiendo todo y un poco inseguro también asdasldkas. xD Parece que va a ser una semana muy movida para ellos :D XD
¡Gracias por leer y hasta el siguiente!
