El Genio
Jade no habría sobrevivido diecinueve años si no supiera escabullirse por una sala enorme, con suelos de mármol y con gran acústica sin ser apercibida. Con el único objetivo en mente de cumplir su parte del plan y salvar a Tori.
Sintió que se le revolvían las tripas al escuchar a Ryder relatar sus planes para con la princesa y la sangre le ardió con tanta furia cuando la tiró de un golpe que le hizo falta hacer acopio de toda su voluntad para no tirarse sobre él al instante. Pero no podía arriesgarse a revelar su presencia antes de tiempo. No podía fallar, o Ryder ganaría.
Se mordió la lengua al escuchar el deseo del príncipe. Pero entonces los ojos de Tori encontraron los suyos. Si hubiera sabido leer, y hubiera tenido acceso a las grandes baladas que, entre otras grandes obras, abarrotaban la biblioteca de palacio, hubiera tenido tal vez palabras para describir lo que sintió en ese momento. Pero jamás había leído los grandes versos dedicados al latir de dos corazones en la distancia, ni a cómo el amor podía robarte hasta el último hálito. Por lo que sólo fue capaz de pensar, incapaz de exhalar un solo aliento, en lo mucho que necesitaba pedirle perdón y en lo caliente que sentía el pecho al saber que Tori no apartaba la vista, que no rehuía su mirada, sino que parecía arder con esa misma comprensión mutua. Más tarde habría tiempo para la culpa y el reproche, ahora eran simplemente aliadas en una guerra que estaba por acabar, para bien o para mal.
Las palabras de la princesa se clavaron en su alma, incluso si sabía que no podían ser reales, que André no tenía ese poder. Se mordió la lengua, y esta vez no de forma figurada, para que el dolor la obligase a reaccionar.
-Así me gusta- sonrió con arrogancia Ryder, apartando de sí al genio y encaminándose de nuevo hacia la princesa-. No era tan difícil, ¿no es así?
-No sé cómo he podido tratarte así- siguió Tori, recorriendo con la mirada cada facción del muchacho con adoración-. ¿Cómo he podido hacerte esto? ¿Cómo pude permitir que esa bruja me apartara de ti? La culpa carcome cada parte de mi alma, y pesará sobre mí eternamente. Juro que voy a dedicar cada instante de mi vida en compensar esta traición.
-No desesperes, amor mío- respondió él cautivo por la embriaguez del poder, mientras rodeaba la cintura de la princesa con los brazos-. Pronto nos vengaremos de ella.
-Nada de eso me importa ya. Sólo tú. Te amaré hasta el final de mis días.
Y aunque Jade supiera que no era más que una actuación no pudo evitar trastabillar con sus propios pies justo antes de que sus dedos se cerraran sobre el báculo que descansaba apoyado en el trono. Ryder frunció el ceño a causa del ruido, así que cuando hizo ademán de girar la cabeza para descubrir de qué se trataba Tori apenas tuvo tiempo de apresar su rostro entre las manos y lanzarse sobre sus labios con fuerza, intentando hacer pasar la agresividad desesperada por ardiente desesperación.
Holly jadeó de la impresión. Cat chilló con sorpresa. La boca del André se desprendió hasta tocar el suelo, literalmente. E incluso Robbie, oculto a un lado de la entrada, berreó su enfado. Pero Jade no, Jade invirtió la furia que los celos encendían en su interior en estallar la cabeza de cobra contra el suelo. Advertido del engaño Ryder empujó a la princesa, derribándola, pero ya era demasiado tarde. Su arma mágica se esparcía ya en mil añicos sobre el mármol.
-¡Idiota!- bramó furioso.
-¡Ya no tienes poder, Ryder!
-Niñata estúpida. Mi ejército ya está aquí y sigo teniendo la lámpara. No vais a poder detenerme- pero a pesar de la confianza en sus palabras las narinas se le dilataban con cada expiración-. Mas ahora creo que me ocuparé de ti a la antigua usanza.
El sonido acerado de la hoja al salir de su vaina alertó a Jade sin verlo siquiera. Para cuando el príncipe se abalanzaba sobre ella blandiendo en alto su espada esta apenas tuvo tiempo de registrar que en su poder lo único que tenía era el resto de su bastón. Cuando el primer golpe bajó sobre ella estaba preparada. Desvió la hoja con cierta facilidad, la primera, segunda y tercera vez. Sabía apañárselas con la vara, lo había practicado antes, pero para la cuarta estocada se dio cuenta de que no podía defenderse con ella de un príncipe que llevaba toda su vida siendo entrenado para batirse con la espada. Desde fuera tal vez fuera aparente que se las estaba arreglando en ese combate, pero desde dentro sabía que no podría derrotarlo, y sabía además que Ryder también lo sabía.
Los movimientos del muchacho eran más amplios que los suyos, más rápidos, más certeros, y ella no era capaz de abarcar todas las aberturas de su defensa. Solo fue cuestión de tiempo que este encontrara un descubierto. Hasta que con un quiebro apartó el bastón de su trayectoria, desviándolo de tal forma que ella no pudiera corregir su ángulo a tiempo, y la punta de su espada se adentrara en su costado hasta salir por el otro lado de su chaqueta.
Jade se inclinó con un jadeo ahogado, el shock evidente en sus pupilas, y el tiempo pareció detenerse a la vez que el grito de Tori le llegó a los oídos. Jade se inclinó hacia adelante, ocultando la zona por donde la espada había penetrado, intentando evitar que esta volviera a moverse. Cuando levantó la vista se cruzó con los ojos embriagados de triunfo y poder de Ryder, henchidos de orgullo y de un placer sádico, a apenas un palmo de los suyos.
No tuvo el valor de mirar a Tori.
-Por favor, dime que no tenías la más mínima esperanza de ganarme- pidió él con un regocijo burbujeante-. Ni por un solo segundo.
Entonces el sonido de la batalla atravesó los pasillos del palacio. Lejano pero evidente. Desviando la atención de ambos hacia las puertas del gran salón.
-El rey está libre y ya no tienes el poder de controlar a sus guerreros.
-Sigo teniendo la lámpara. Sigo siendo todo poderoso.
-No eres todo poderoso, sólo tienes un deseo más- casi rio ella.
- Casi me das hasta pena- le escupió antes de apretar el pomo de su espada, con la intención de retorcerla, de volver a enterrarla.
Entonces se dio cuenta. Jade lo notó al instante, así que dio un paso más hacia delante, reteniendo todavía la hoja bajo su brazo y llevándose la otra mano al costado.
-Es curioso…- respondió ella con rapidez, sin darle más tiempo a reaccionar.
Apartó la espada de sí con un giro rápido de muñeca, revelando su desenmascarado engaño. La cuchilla rasgó la tela por completo, dividiéndola en dos jirones casi idénticos, pero no cortó nada más. Y lo siguiente que notó Ryder era el dolor inciso bajo sus costillas, cuando la daga de Jade, la misma que le había entregado La Cueva de las Maravillas, se perdió en su carne.
-…yo iba a decirte exactamente lo mismo.
El muchacho cayó de rodillas y Jade se hizo con su arma. Le temblaba la mano, pero si tenía que matarlo para salvar a Tori no iba a dudarlo.
-Yo que tú no lo haría- habló entonces un hombre a su espalda.
-¡Tori!- escuchó gritar a Cat antes de darse la vuelta.
Allí, en pie, sujetando a una Tori cuyas esposas no le permitían la huida, se encontraba Steven. El mismo Steven que les había engañado en el bosque, que había intentado matarles a la entrada de La Cueva de las Maravillas, que le había robado la lámpara. Y ese mismo Steven sujetaba ahora a la princesa, su princesa, amenazando su vida y su cuello con un cuchillo curvo cuyo afilado filo laceraba el aire con un brillo ominoso causado por el ondular de las llamas de los candelabros. Y Jade casi podía ver ese brillo opacarse bajo una sangre espesa y brillante. El terror le cortó el aliento, pero se obligó a mantener la calma, a pensar con toda la claridad que fue capaz.
-No te atreverías. Tu señor la necesita.
-Más necesita su vida. ¡Ahora apártate!
Lo examinó con cuidado, sin apartar todavía la espada ni la atención de Ryder. Los ojos del hombre la examinaban también. En su actitud no había confianza, no había seguridad, aunque se erguía creyéndose con la mano superior en ese momento. No dominaba la situación, no calculaba los riesgos, ni los pros y los contras. No era un líder como Ryder, pero sí estaba asustado, y su mano temblaba a pesar de cerrarse firme sobre el mango. Y una rata cuando estaba asustada era más peligrosa.
Y era Tori. ¿Podría afrontar equivocarse en su seguridad y perderla? ¿Podría seguir viviendo sabiendo que su vida había sido puesta en sus manos y había elegido la opción errónea? La Jade de otra época habría respondido que su instinto era acertado, hubiera confiado en aquello que la había mantenido con vida tanto tiempo. Pero la Jade de ahora no era la misma, la Jade de ahora estaba enamorada, y mientras el amor era idóneo como fuente de inspiración era a la vez el peor aliado de la razón.
-¡No lo hagas, Jade!- escuchó a Tori, pero su mano ya se abría con derrota.
El chillido lacerante del metal replicando contra las losas de mármol le contó a sus oídos su derrota, acompañado del rápido empujón que le propinó Steven para apartarla de su señor. Miró a Tori, aun con remordimiento en las pupilas, sentada en el suelo junto a su madre y su amiga. Fue entonces cuando apreció el fino hilo de sangre que velaba su cuello. Se dio cuenta de lo mucho que deslizaba la tela de su pantalón cuando recorrió más de tres palmos sobre las rodillas en su prisa por llegar hasta ella. Sus manos apresaron sus mejillas de forma desesperada, buscando sus ojos con mayor impaciencia. Pero Tori contenía la misma avidez por ella, y agarró sus dedos temblorosos apresurándose a encontrarse con esas pupilas que bajo el haz de las lámparas eran más verdes que azules.
-¡Lo siento!- brotó de inmediato de los labios de Jade-. Tori, lo siento. No debí mentirte.
Y Tori recordó, vagamente, que estaba enfadada con la ladrona, con la mentira que había estado a poco de convertir en el resto de su vida. Pero ese rencor y ese dolor retumbaban con un eco lejano, cada vez más tenue en su alma ahora que Jade volvía a estar a su lado, recordando con más pesar aún cómo se le había roto el corazón aquella tarde en aquel edificio vacío. Cuando pensó que jamás volvería a verla.
-Está bien. No importa- no pudo evitar contestar-. Yo no te di más opción.
-¡No, no está bien! Yo sólo…
-Tú sólo querías evitar que todo esto pasara.
-Y no debí haber permitido que mi orgullo se interpusiera. No debí haberme marchado ese día. Estaba tan enfadada, Tori. Pero no podía dejar que te hiciera daño.
-Debí haberte creído desde el principio- Tori notó las lágrimas caer mientras la culpa la obligó a apartar la mirada-. Pero no podía afrontar mis sentimientos y a la vez deseaba tanto que estuvieras celosa.
-Tenías razón- admitió Jade con dulzura, en un tono que Beck aprendería más tarde que sólo podía usar con Tori, y apartó el rastro mojado de sus mejillas con los pulgares-, estaba celosa.
-No sabes cuánto deseaba escucharte decir eso.
La princesa se abrazó a la ladrona con fuerza, llorando por todas esas veces en las que los brazos de Jay la habían envuelto sin saber que todo ese tiempo, mientras la había añorado a ella, habían sido en realidad los brazos de la muchacha los que la envolvían.
-Y yo te mentí, Jade. Te mentí- confesó ella también, desconcertando a la otra chica-. Te mentí.- susurró con una sonrisa tan melancólica que se le quebró la voz de nuevo. Se apartó apenas unos centímetros para poder mirarla a los ojos de nuevo-. Sí te quiero, Jade. Te quiero. ¡Dioses, te quiero!
No era el momento, ni el lugar. Ni Tori recordaba que tanto su madre como su prima estaban presentes, sentadas a su lado, abrazadas entre ellas y divididas entre la incomodidad y la dulzura que les inspiraba a partes iguales la escena. Pero para Jade el resto del mundo había desaparecido y solo existía la princesa que se acercaba para sellar aquella confesión, esas palabras que se había muerto por oír desde el primer instante ante esa fuente en el jardín, incluso si jamás se lo hubiera admitido siquiera a ella misma. Y como, obviamente, no era el momento, ni el lugar, ni estaban solas en el mundo, el destino tuvo que interrumpirlas.
-¡Ahora sí que vas a arrepentirte hasta de haber nacido, sucia rata callejera!- gritó Ryder, recordándoles que a pesar de todo habían perdido- ¡Genio, deseo que me conviertas en un hechicero!
André, cuya lealtad forzosa a Ryder lo había obligado a mantenerse en segundo plano, volvió a hacer acto de presencia, agitando los dedos con una expresión de tremendo pesar en sus facciones. Y Jade se sintió culpable y se maldijo a si misma entre dientes. La lámpara. Se había olvidado de la maldita lámpara. Había tenido la oportunidad de arrebatársela y la había dejado pasar.
-¿Un hechicero? ¡Ja!- se apresuró Jade encontrando un punto flaco, uno muy arriesgado.- Menuda forma de desaprovechar tu último deseo.
-¡Detente!- Ryder levantó una mano hacia André para enfatizar su orden.- ¿Crees que voy a caer en algún truco estúpido, rata callejera?
-No, pero ese último deseo es tu último as bajo la manga. Y admítelo, Ryder, vas a perder.
-No te atrevas a volver a pronunciar mi nombre- amenazó entre dientes.
-Si nos matas Tori no va a ayudarte- siguió ella-, y tomando el reino por la fuerza no vas a conseguir la lealtad de nadie. La familia Vega lleva demasiado tiempo en el trono como para no tener lealtades fuertes entre sus gentes y su nobleza. Tarde o temprano se te revelarán.
-Puedo hechizarlos a todos.
-No, no puedes- lo desafió, colocándose delante de Tori de manera inconsciente-. Un hechicero jamás tendrá tanto poder, si ese fuera el caso estos ya habrían tomado reinos antes, y lo sabes. Estoy segura de que ya barajaste ese tipo de alianzas antes de decidir que hacerte con el trono de Hollywood por las buenas era lo más sensato. Un hechicero no es todo poderoso. No podrás hacer que el reino confíe en ti. No podrás evitar que sus gentes te odien. Y no serás capaz de parar un complot si no llega a tus oídos. Así que en el fondo lo sabes. En cuanto consumas ese deseo vas a perder.
-Eso lo veremos, muchacha. Por ahora con verte sufrir me es suficiente. ¿Crees que voy a dejar que juegues conmigo? ¿Qué vas a distraerme lo sufriente como para engañarme? Hoy es tu último día sobre la tierra, sucia rata callejera, y tus estúpidos truquitos no lo van a evitar.
-No me importa que me mates, sé que el genio siempre será más poderoso que tú. Y sé cómo entrar en La Cueva de las Maravillas para volver a hacerme con la lámpara y me he asegurado de que el rey y el resto de sus súbditos lo sepa también. Mientras una sola persona noble quiera derrotarte habrá esperanzas para Hollywood. Siempre. Mientras el genio siga existiendo, mientras haya un genio en la tierra podremos vencerte. Nada es más poderoso que un genio.
-Jade, ¿qué haces? ¿Para qué me metes?- intervino la voz temblorosa de André por detrás.
La sonrisa de Ryder creció entonces, de forma ominosa y aterradora. Y Tori había visto la cara del muchacho opacarse con maldad muchas veces tan sólo esa noche, pero esta vez, lejos de presentar bravura ante ella, notó un temblor incómodo recorrerle el cuerpo. Esta vez, el Ryder que veía desprendía un fuerte tinte de demencia. Y el miedo que sintió fue tan real que tuvo que sujetarse del brazo de Jade en un intento inconsciente de alejarla de él.
-Entonces seré un genio.
Alzó la lámpara entre sus manos y miró a André, que intentaba parecer menor en esa gran sala en la que todo se había salido de control. Escuchó a Tori negar en voz alta, a Jade jadear como si aquello la hubiera pillado por auténtica sorpresa, a la reina preguntarle a la ladrona que qué había hecho, pero lejos de detenerlo, todo ello lo llenó de una gran satisfacción. Esa idiota le había dado la clave de la victoria.
-¡Mi último deseo es que me conviertas en un todopoderoso genio!
André lo apuntó con un dedo tembloroso mientras que con la otra mano se tapaba los ojos, negándose a presenciar cómo convertía en invencible al mayor enemigo de sus amigos. Cuando el rayo impactó sobre su cuerpo Ryder se dobló sobre las rodillas, envuelto en un brillo ominoso mientras boqueaba, agarrándose el abdomen como si le ardieran las entrañas. Una corriente de humo, espesa, roja y funesta lo elevó por los aires, mutando su piel hasta adquirir un brillo brumoso, y atando dos grandes brazaletes de oro a sus muñecas. Jade no los había notado antes, o no les había dado importancia, pero eran iguales a los que apresaban las muñecas de André. Todo aquello sólo duró unos segundos, y cuando sus pies volvieron al suelo parecía casi un palmo más grande y los dientes le asomaban por entero detrás de la sonrisa más malévola que jamás pudieran describir los grandes autores.
-¡Vas a pagar por todo!
Y ahora, en el suelo, ante él, había ahora una lámpara igual a la del genio, pero su color era de un negro tan oscuro que podía rivalizar con todas las sombras titilantes que las antorchas arrancaban a esa gran sala.
Jade lo intentó, saltó tan rápido que tomó por sorpresa a todos, y sus dedos rozaron el frio del metal, pero entonces Ryder agitó una mano y notó como su cuerpo era lanzado de pronto en dirección contraria. El golpe contra la pared le quitó el aliento y apagó los gritos de las damas. Había estado tan cerca. No vio el siguiente ademán, pero volvió a sentir el mismo tirón y el nuevo choque contra una de las columnas de la sala. Creyó escuchar a Tori implorar su nombre pero el dolor sordo que sólo podía reconocer como una fractura de costilla le taponó los oídos. Y al instante siguiente una mano invisible le apretó la garganta con tanto acierto que le paralizó los pulmones por completo, mientras flotaba lentamente sobre el suelo hacia el muchacho.
-Así que ese era tu plan desde el principio. Una pena que te saliera mal, porque ha sido verdaderamente brillante. Mucho más que toda tu treta para engañar a la princesa. Sin embargo, ahora vas a arrepentirte inmensamente, porque voy a torturarte tan lentamente que suplicaras tu muerte.
-¡Suéltala, Ryder!
-¡Oh, princesa!- casi rio este lanzando nuevamente a Jade al otro lado de la habitación,
Se acercó a ella. Con un simple roce de sus dedos deshizo por entero las cadenas de oro que ataba a las mujeres al trono y garró su brazo, atrayéndola hacia sí. En sus ojos brillando una mota de burla antes de volver a hablar.
-Contigo no he acabado todavía. Ya sabes lo que quiero pero no pienses que voy a gastar una palabra más en tratar de convencerte. De hecho, se te acaba el tiempo.
Lo siguiente que supo Tori es que ahora estaba atrapada dentro de un gigantesco reloj de arena que comenzaba a verterse a una velocidad alarmante sobre ella. Y tuvo la certeza de que cuando toda esa arena cayera se ahogaría de forma inevitable.
Las intenciones de Cat fueron buenas, y nadie podría jamás cuestionar su coraje, pero su sutileza era como la de un elefante al atravesar una sabana. Por descontado, resta decir que Ryder la detuvo cuando todavía le faltaban unas buenas zancadas para llegar hasta la lámpara. La chica salió volando por los aires como lo había hecho ya Jade, pero como ya hemos dicho, su coraje por atreverse a intentarlo siquiera era incuestionable.
Ryder chasqueó la lengua un par de veces, pero sonriendo como si todo aquello le divirtiera. Ebrio de poder, disfrutando de los desesperados intentos de salvación con los que nada podían hacer contra él. La lámpara flotó entre sus manos entonces para ser envuelta al instante por una esfera negra, brillante y opaca, que se mantuvo así, suspendida, incluso cuando el hombre se alejó de ella.
-Eso ya no será un problema. ¿Y ahora por dónde íbamos? ¡Ah, sí! La rata callejera.
La magia del chico la arrastró sobre el suelo hasta llevarla a su lado. Jade se había librado de la muerte cuando parecía imposible en más de una ocasión. Su mente parecía volar con eficacia, más eficacia que nunca cuando las papeletas iban todas en su contra, pero esta vez, viendo como no tenía control ni sobre su propio cuerpo, no se le ocurría una forma de salir de esta. ¿Cómo podía vencer a la magia? Magia en cuya existencia ni siquiera había creído hasta hacía apenas unas semanas. Magia que mientras había estado bajo su poder sólo había usado para traicionar a toda la gente que quería.
La espada de Steven salió de su funda, la del príncipe se suspendió en el aire, el filo de ambas le atravesaron las palmas, anclándola al suelo, y no pudo tragarse el grito de dolor. Los pasos de Ryder tan sólo se detuvieron cuando la suela de su bota se le enterró en el cuello. Y ella se había salvado de la muerte en las circunstancias más insospechadas, pero esta vez… Esta vez no veía salida.
-¿Sigues pensando que no ganaré, niña idiota?
El filo de una tercera hoja le acarició la garganta.
-¡Ryder!
Jade no se atrevió a girar la cabeza para no tentar a la espada que amenazaba su cuello. Pero no le hacía falta para saber que era Beck quien había entrado por la puerta principal.
-¡Ya has perdido, Ryder! ¡El plan de Jade ya ha prendido! El rey David ha sido liberado. La guardia real lucha contra tus tropas ahora mismo y hemos conseguido mandar mensajeros a alertar al resto de señores de Hollywood. En poco tiempo todo el reino será alertado de lo que has hecho. Incluso si nos vences ahora jamás llegarás a gobernar este reino, y dudo que en Northridge te perdonen fácilmente.
La espada que azoraba el cuello de Jade salió despedida hacia Beck. La hoja se enterró hasta el mango en su hombro, justo bajo la clavícula y su fuerza lo arrastró hasta la pared a su espalda, incrustándose en la piedra. El dolor lo noqueó un momento, mordiéndose el labio con tal fuerza que comenzó a sangrar.
-¿Por qué todo el mundo se empeña en interrumpir mi momento?
De un aspaviento otra de las hojas salió de la mano de Jade y saltó hacia el muchacho. Pero a mitad de camino fue perdiendo impulso hasta caer sobre las losas del suelo.
-¿Pero qué demonios…
Beck apretó los dientes y, aprovechando el torrente de adrenalina que le inundaba las venas para ignorar el dolor, garró el pomo del arma que lo mantenía aprisionado y la desclavó de un único tirón, antes de abalanzarse contra Ryder con ella.
-No, no- chistó el príncipe.
El brazo del ladrón se dobló por tres sitios de pronto. La espada cayó y el grito que soltó reverberó con tanta intensidad que les demostró a todos que el chute de adrenalina no le había servido para nada. Pero cuando Ryder volvió a hacer un ademán con los dedos y espada volvió a elevarse hasta llegar hasta su pecho volvió a caer a sus pies de golpe.
-¿Qué estupidez es esta? ¡Maldita sea! ¡Genio!
-¡Ja!- rio entonces Jade, en un intento desesperado por alejar la atención de Beck-. Existen una serie de salvedades, ilustrísimo idiota. Pero como no te molestaste en escucharlas siquiera.
Jade era egoísta, siempre lo había sido. Siempre lo había sabido y esta vez tampoco iba a mudar su costumbre. No podía soportar la idea de ver morir a su amigo, antes prefería someter a este a la tortura de verla morir a ella.
Una patada en la boca la dejó medio atontada, de nuevo.
-¡Explícate!
-Tres salvedades, idiota- soltó ella girando sobre el costado que todavía tenía ensartado al suelo y esputando la sangre que le dificultaba las palabras-. No puedes usar la magia para matar a nadie.
Los ojos de Ryder brillaban ya con una intensidad de locura tal que parecía completamente inhumana. Y bajo ellos, bajo esa mirada desquiciada de rabia contenida bailaba una sonrisa sádica tan amplia que Jade, sintió un miedo agudo y sincero. Le arrancó la espada de la palma de la mano junto a otro grito de dolor.
-Con magia no- dijo con un tono tan calmo que le heló la sangre mientras levantaba la hoja sobre su cuerpo-, pero nunca he necesitado la magia para matar a nadie
Bajó con un destello acerado que se le quedó gravado en la retina incluso después de haber cerrado los ojos con fuerza. En apenas un instante fue capaz de recapacitar sobre su propia muerte, aceptar que aquel era el final y rendirse a él. Estaba preparada para morir, lo estaba cuando sintió el golpe de otro cuerpo caer sobre el suyo y abrazarla con fuerza. El grito entrecortado la obligó a abrir los ojos y encontrarse con esa maraña de pelo castaño eclipsándole la vista, justo antes de notar la sangre escurrirse hasta ella.
Y es que Beck podría haberse tirado sobre el príncipe, podría haber intentado detener la hoja derribando el cuerpo del muchacho y luchado por recuperar esa arma en una batalla que sabía que de todos modos no podría ganar. Pero es que cuando ves a quienes quieres al borde de la muerte, cuando crees que vas a perder alguien por quien estarías dispuesto a dar la vida, es realmente difícil ser racional. Y es que Beck podría haber elegido no interponerse entre el filo de una espada y su mejor amiga, pero es que Beck,
Beck también era egoísta.
Lamento la enorme tardanza con este capítulo, no esperaba que se me fuera a atragantar tanto.
Por otro lado, ya llegamos a la recta final de esta historia que, a pesar de ser tan sencilla y excesivamente romántica, me ha hecho mucha ilusión desarrollar.
ZR
