CAPÍTULO DOCE
FRACASO EN SICILIA
Maravillosa. Así es Sicilia. "La Sicilia", pronunciando la "c" como "ch", al estilo italiano.
Harry apenas prestaba atención a las palabras del guía turístico que explicaba los detalles del paisaje por el que avanzaba el micro en el que Harry, Malosetti, Williamson y un incómodo Mundungus Fletcher habían decidido viajar.
Todos habían acordado en hacerse pasar por unos turistas ingleses. Con ello esperaban distraer la atención de los posibles espías que vigilaran los medios comunes de transporte de los magos.
Si el grupo mortífago estaba tan bien organizado como Malfoy aseguraba, ninguna precaución resultaba pequeña.
Harry volvió a correr un mechón de cabello rubio que caía sobre su rostro. Si bien el Departamento de Furtividad y Rastreo había realizado un buen trabajo disfrazando sus rasgos, aún le costaba reconocerse en el reflejo que le devolvía el espejo.
Allá adelante, el guía continuaba con sus interminables explicaciones.
¿Qué imágenes nos vienen a la cabeza cuando se piensa en la Sicilia? Inevitablemente, mafia: Don Corleone, pistolas, vendettas. Bandidos en cada esquina, sonrisas amenazadoras, hurtos repetidos e inevitables. También tradicionalismo católico severo: pueblitos de casas blancas, muy soleados, mujeres siempre vestidas de negro, familias que casan a sus hijas sin pedirles opinión, hombres aferrados a un exigente sentido del honor, y todo en un ambiente rural tercermundista.
Mundungus se removió inquieto en su asiento y Harry le pinchó el costado con su varita sólo para hacerle saber que no debía intentar nada.
Kreacher había logrado atraparlo en mucho menos tiempo que la vez anterior.
Kreacher ya conocía sus trucos – fue la sencilla explicación del elfo.
¿Qué quieres conmigo, Potter? – los ojos pequeños de Mundungus barrieron rápidamente la habitación en busca de una salida.
Que me ayudes en una misión.
Mis días de salvar al mundo terminaron. Ya no soy un miembro de la Orden Del Fénix. Mi deuda con Dumbledore ha sido pagada y no recuerdo tener asuntos pendientes contigo.
Kreacher balanceó la sartén sobre su pequeña cabeza y descargó un golpe justo entre los omóplatos del viejo rufián.
No debe dirigirse al amo en ese tono, ladrón.
Mundungus Fletcher lucía tan pequeño, sucio y desaliñado como el elfo en sus peores épocas.
Ahora que lo pienso… – dijo Harry fingiendo hacer memoria -, nunca denuncié el robo de mi propiedad. Estoy seguro de que no será difícil enviarte a Azkabán una buena temporada.
Mundungus tragó saliva. Sin embargo, no perdió tiempo en suplicar ni en intentar defenderse.
¿Qué deseas, Potter?
Entonces, Harry le había explicado brevemente que intentaban vender un artículo en el mercado negro y querían que él realizara los contactos preliminares. Sabiendo lo cobarde que era Mundungus evitó entrar en demasiados detalles.
El viejo ladrón no tuvo otra salida más que aceptar.
La voz del guía sacó a Harry de sus reflexiones.
La gente de Sicilia es sumamente agradable, cortés y cariñosa. También debo precisar que nadie los robará o intentará hacerlo. Es normal que los turistas se sientan un tanto paranoicos, por hacerse eco de los estereotipos y estén todo el tiempo a la defensiva, pero les aseguro que nada tienen que temer.
Harry pensó en lo mucho que le hubiera gustado que Ron y Hermione estuvieran a su lado en esos momentos.
El recuerdo de Ron le trajo a la mente lo que había comentado algo sobre los envíos que Sortilegios Weasley estaba realizando a Italia. Quizás fuera una coincidencia, pero decidió que la misma bien valía pedirle algunos detalles más.
Finalmente, el micro llegó a la estación y el grupo de magos esperó que todos los pasajeros descendieran antes de hacer lo propio.
La primera impresión de Sicilia fue el caos vial más grave que hubieran visto. No existía el menor orden, los peatones se movían entre los automóviles, los autobuses ganaban el paso a acelerones, cruzar por las esquinas era confiar la vida al azar, con vehículos apareciendo de cualquier sitio...
Y lo peor de todo: las vespas. Había ejércitos de motonetas invadiéndolo todo, con su estrepitoso zumbido, cruzándose a coches y peatones, en sentido contrario o, de plano, en sentido transversal.
Harry estaba seguro de que el tío Vernon y la tía Petunia habrían odiado Sicilia con cada fibra de su ser.
Finalmente, luego de un viaje de pesadilla en un taxi, llegaron al sitio de reunión convenido, en el casco viejo de la ciudad, a un lado de la estación del ferrocarril. Un deslucido letrero rezaba "Hotel Vitoria", aunque en realidad se trataba una pensión sencilla, sin el menor gusto, con baño comunitario, instalada en el primer piso de un edificio antiguo.
Bienvenidos. Es un honor recibir a tan ilustres personajes en esta humildes morada - saludó un hombre pequeño de pelo ensortijado y espeso mostacho -. Soy Luigi. ¿Quién de ustedes es Potter?
Harry se adelantó y estrechó la mano del mago italiano.
¡Alla Madonna! ¡Han hecho un buen trabajo contigo ragazzo! No luces para nada como en tus fotos.
Todos sonrieron.
Supongo que estarán hambrientos y cansados. Han preparado pasta acompañada con un buen vino. Luego les mostraran sus habitaciones.
Harry dijo:
¿Hay alguna chimenea que pueda utilizar?
Luigi asintió y haciendo un ademán con el brazo dijo:
Por aquí.
No se trataba de una chimenea propiamente dicha, en todo caso no era parecida a ninguna que Harry hubiera visto en Inglaterra, sino más bien de un precario hogar de ladrillos. Pero, al menos estaba conectado a la red flú.
Harry esperó hasta que Luigi hubiera salido de la habitación y luego sacando su varita murmuró: "Muffliatio".
Recién entonces tomó un puñado de polvos y los arrojó en el pequeño fuego que ardía sobre el suelo enladrillado.
Luego, metiendo la cabeza en las llamas verdes gritó:
¡¡HOLA!! ¿Alguien allí?
Durante unos instantes no escuchó nada. Harry volvió a repetir el llamado y entonces oyó unos pasos apresurados acercarse hasta la chimenea.
¡Cielos, Harry! ¿Realmente eres tú? Por un momento creí que George me estaba gastando una broma. ¿Qué sucede, amigo? ¿Qué le sucedió a tu cab…?
Harry llevó un dedo a sus labios indicándole a Ron que guardara silencio.
Ron tardó un par de segundos en comprender lo que Harry le pedía y luego asintió indicándole que había entendido.
Harry había estado pensando muy bien en lo que le diría a su amigo.
Escucha con atención. No estoy seguro de que está comunicación no esté siendo vigilada. Evita mencionar nombres o cualquier otro dato.
Ron volvió a asentir.
Necesito que me des las señas del lugar al que realizan los envíos de sus artículos en Italia.
¿Por qué? ¿Piensas que puede…? ¡Oh, lo siento! Iré a buscar lo que me pides.
Unos instantes después regresó con un grueso atado de pergaminos.
Veamos, Italia… Italia.¡Aquí está! Via Giusseppe Garibaldi 245, Messina, Sicilia!
¿A nombre de quién van dirigidos?
Es un nombre extraño… Astanbra Eglantres.
Gracias, amigo.
¡Oye! Si llegas a necesitar mi ayuda, no dudes en llamarle y estaré a tu lado en un instante. Será como en los viejos tiempos.
Harry sonrió.
No esperaba menos de ti. Gracias.
Luego de cenar, Harry fue conducido a su habitación. Una vez que Luigi se retiró colocó su baúl encima del escritorio y comenzó a acomodar sus prendas en el armario. Después extrajo el bolsito peludo de piel de topo que colgaba de su cuello y sacó de su interior la capa invisible y la única piedra antigua que quedaba en el Departamento de Misterios.
La examinó con cuidado a la luz de su varita. Los caracteres que cubrían toda su superficie, le resultaba totalmente incomprensibles. Seguramente Hermione podría haber encontrado algún libro que le diera una pista sobre el significado de los mismos. Pero, dado el estado de sus relaciones con Ron y su ocupadísima agenda laboral no había querido molestarla.
Mientras se desnudaba, pensó que la misión dependía de la habilidad de Mundungus de establecer contacto con alguien del bajo mundo y de las capacidades idiomáticas de Mervin. Un bribón y un cobarde.
Ambos recorrerían los barrios bajos de la ciudad mientras Harry los seguía con su capa invisible.
Williamson seguiría haciéndose pasar por un turista y se movería por separado actuando como respaldo en caso de que algo fallara.
Antes de dormirse, colocó los hechizos protectores que se había habituado a utilizar desde los días en que Ron, Hermione y él acampaban en los bosques en busca de horcruxes.
Mientras conciliaba el sueño, pensó si no les ahorraría tiempo darle un vistazo al 245 de la via Giuseppe Garibaldi.
***
Durante varios días, Mervin y Mundungus recorrieron las calles de Sicilia, hasta volverse parte del paisaje. Poco a poco, y gracias a distribuir estratégicamente algunos galleons, lograron ir ascendiendo en la escala de contactos, hasta obtener la dirección de un bar donde supuestamente solían reunirse ciertos personajes importantes interesados en la adquisición de artículos oscuros.
Harry iba siempre con ellos, escondido debajo de la capa invisible, listo para entrar en acción en cuanto algo se saliera mal.
La entrada del bar se encontraba en un oscuro y sucio callejón. El último contacto les había informado que el lugar sólo abría después del anochecer.
Una amplia arcada conducía a unos pocos y anchos escalones. Un pequeño globo de cristal derramaba su luz sobre las gastadas hojas de la puerta. Tomando coraje, Mervin accionó la manija y penetró en el lugar cuidando de hacerlo de manera que Harry pudiera entrar sin ser notado.
La puerta se cerró a sus espaldas, dejándolos en la oscuridad. Los ojos de Harry tardaron unos instantes en acostumbrarse a la penumbra. Alguien entonaba una antigua canzonetta con voz aguardentosa, y unas voces desafinadas se alzaban en coro.
Los parroquianos lanzaron grandes risotadas y aplausos cuando el canto cesó.
Los tres magos se encaminaron hacia el mostrador tratando de no llamar demasiado la atención. Algunos marginales se dieron vuelta para contemplarlos. Rostros duros bronceados por la intemperie. La mayoría volvió a sus asuntos sin prestarles demasiada atención.
Las paredes estaban revestidas con los más extraños y fascinantes artefactos. Figuras de hierro y madera, cabezas de animales disecados, antiguos anuncios publicitarios, redes y aparejos de pesca colgaban sin orden ni armonía cubriendo literalmente cada espacio vacío.
Un hombre desgarbado de rostro afilado se interpuso en su camino y clavó los ojos en Mundungus. Parecía esforzarse por recordar algo.
¿Posso aiutarlo? –preguntó Mervin con voz temblorosa.
El hombre, sin responder, continuó su camino.
Finalmente, a fuerza de codazos, lograron alcanzar la barra.
¿Qué le sirvo, stranieri? — preguntó un hombre bajo, gordo y calvo de piel rosada mientras pasaba un mugroso trapo delante de ellos.
Cerco una persona – susurró Mervin acodándose en la barra.
Chi sono molte persone, come si chiama l'uomo chi voi cercate?.
Si chiama…
Harry que se había retirado a un rincón para evitar que alguien se topara con él, presa de una súbita inspiración se acercó lo más que pudo al oído de Mundungus y susurró: Astanbra Eglantres
Astanbra Eglantres – repitió Mundungus en voz alta.
El encargado escupió en el piso y preguntó:
Cosa desiderano?
Un par de individuos dejaron sus bebidas y fijaron sus miradas en ellos.
Servíle dos whiskies de fuego, Chapa — ordenó una voz ronca a sus espaldas -. Creo desde aquí podemos continuar en inglés, caballeros. ¿En qué puedo ayudarlos?
Harry observó detenidamente las facciones del hombre que se había acercado. A pesar de la oscuridad reinante, estaba seguro de que no lo había visto nunca.
Estamos en posesión de cierta clase de mercancía que creemos que encontrarán valiosa – dijo Mundungus extrayendo la fotografía de la piedra y colocándola boca abajo sobre el mostrador.
El hombre la tomó la observó detenidamente durante varios minutos y volvió a colocarla sobre el mostrador.
¿Es auténtica?
Mundungus simuló sentirse ofendido.
¿Con quién piensan que están tratando? Sólo comercio con artículos de primera calidad
¿Cuánto pide?
Un inocultable brillo de codicia asomó a los ojos del viejo bribón.
Harry aferró la varita debajo de la capa invisible.
Si sabe de la clase de artículo que se trata estará de acuerdo conmigo en que vale todo lo que pidamos y más – susurró Mundungus.
El hombre estudió a los dos hombres durante unos segundos que parecieron eternos.
Mundungus lucía exactamente como lo que era. Mervin, por su parte, apenas podía disimular el temblor que le recorría el cuerpo, pero extrañamente eso le daba mayor credibilidad a la comedia que representaban.
¿Puedo preguntar cómo obtuvieron este artículo?
Mervin palideció, pero Mundungus soltó una corta risita y alzando las cejas respondió:
¿Acaso importa?
El hombre convino con un movimiento de su cabeza.
Mañana a la cinco en esta dirección – dijo por fin dejando una tarjeta sobre el mostrador. Y volvió a perderse entre la multitud.
Mundungus tomó la tarjeta y la leyó.
Harry no pudo evitar la tentación de espiar por encima de su hombro.
En letras impresas se leía claramente:
Collezionismo. Arte Antico
Via Giuseppe Garibaldi 245
****
¿Por qué no puedo acompañarlos, Potter? — preguntó por enésima vez Williamson —. Este asunto no me gusta nada. Podrían estar metiéndose directamente en una trampa.
Ya lo sé. Por eso, yo acompañaré a Mervin y a Mundungus escondido bajo la capa invisible.
El grupo se hallaba sentado en el interior de una camioneta muggle que Mervin había alquilado en una agencia. Hijo de padres muggles, Malosetti dominaba varias habilidades que habrían provocado la admiración del señor Weasley como la de conducir un automóvil. El auror los había guiado con seguridad a través del intenso tránsito italiano hasta un antiguo almacén que ostentaba el número 245 en la calle Giuseppe Garibaldi.
Un rótulo descolorido encima del arco de la puerta, anunciaba
"Collezionismo, Arte Antico".
Y en letras más pequeñas:
"Arte medievale, gotico, quattrocento, cinquecento, seicento".
La vecindad no era un sitio que inspirara sospechas. Montones de tiendas y almacenes; exhibían anuncios similares.
La calle estaba muy transitada por turistas y personas bien vestidas con maletines en busca de obras de arte.
Harry pensó que habían elegido una fachada muy inteligente.
Tú eres nuestro respaldo — le dijo Harry a Williamson antes de colocarse la capa invisible sobre la cabeza.
Como tú quieras —convino el auror —. Pero que conste que hay muchas cosas que no me gustan.
¡A mí tampoco! Por eso, a la primera señal de que algo no anda bien entrarás en acción.
¿Y cómo sabré si me necesitan?
Harry le entregó un galleon. El auror lo miró desconcertado.
Es un antiguo sistema de comunicación que ideamos en Hogwarts para comunicarnos sin ser descubiertos. Si sientes que el galleon se calienta será tu señal para entrar en acción.
Williamson observó el galleon con una sonrisa
Realmente ingenioso, Potter. Debo concederte eso.
El crédito corresponde a Hermione Granger. Fue su idea.
Y dirigiéndose a Mervin y Mundungus dijo:
Recuerden que es sólo una misión de reconocimiento. Si llega a haber algún mortífago conocido, nos retiramos lo antes posible y damos aviso al Cuartel general. No pierdan contacto con la piedra en ningún momento.
Los otros dos asintieron en silencio, dándole a entender que habían comprendido perfectamente:
Bien. Entremos y terminemos con esto.
Se apearon de la camioneta y atravesaron la estrecha acera que los separaba de la entrada del negocio. Ascendieron unos pocos escalones gastados y usaron el llamador de bronce.
Luego de aguardar algunos instantes, oyeron que alguien venía hacia la puerta.
La misma se abrió de un golpe y apareció en su umbral un tipo de rostro bronceado y negro mostacho. Los miró un instante y finalmente preguntó:
¿Qué se les ofrece? Estamos refaccionando y no atendemos al público.
Su hablar no mostraba el clásico acento del sur de Italia.
Con actitud algo torpe, que muchas veces le había sido útil, cuando suponía que sus interlocutores le tomarían por un infeliz, Mundungus extrajo la tarjeta y se la entregó.
Entren — exclamó el individuo lanzándoles una ojeada penetrante y dando un paso atrás, para dejar libre la entrada.
Harry ingresó lo más pegado que pudo al grupo y parpadeó para acostumbrarse a la penumbra que reinaba en el interior. El vestíbulo era muy reducido y polvoriento. Al fondo se veía una sala o local mucho más amplio en el que había varios hombres. Todos tenían rostros bronceados, cabello negro y denotaban poseer fuerte musculatura. La mayoría alzó la cabeza y miró a los recién llegados con rostros carentes de expresión.
Mervin, Mundungus y Harry aguardaron en silencio y, por fin, apareció de nuevo el tipo del bigote, saliendo por una puerta que se hallaba en el último extremo del vestíbulo.
El señor Eglantres los recibirá ahora — dijo escuetamente.
El hombre los condujo a través del vestíbulo, pasaron una puerta que cerró tras ellos y ahora Harry guiñó los ojos, pero por um motivo distinto que en la ocasión anterior. La nueva estancia era clara y soleada por demás. Quedó deslumbrado y transcurrieron unos instantes antes de que se diera cuenta de la persona que estaba sentada en una mecedora y que miraba intensamente a los recién llegados.
El corazón le dio un vuelco.
Era Rabastan Lestrange.
Soy el señor Eglantres — dijo con voz lenta y suave, si bien con ligera entonación aguda—: ¿Puedo examinar la mercancía?
Primero queremos ver el dinero – intervino Mundungus antes de que nadie tuviera ocasión de decir nada más.
El mortífago sonrió complacido e hizo una leve seña a uno de los hombres que estaban parados detrás de él.
Debajo de la capa invisible, Harry tensó los músculos y sostuvo firmemente su varita.
El hombre salió de la habitación y regresó unos instantes después con una pesada bolsa de cuero, la cual depositó en manos de Lestrange.
Este la arrojó sobre la mesa. Un familiar tintineo resonó en la habitación.
Luego, mirando hacia Mundungus comentó:
Estoy seguro de que encontrará que el pago es extremadamente generoso.
Mundungus se adelantó y aflojó el cordel que cerraba la bolsa.
Sus ojos brillaron a la par del resplandor del oro.
¿Puedo ahora ver la mercancía? – el tono de voz del mortífago no había variado, sin embargo había un claro matiz perentorio.
Mervin buscó en el bolsillo interior de sus ropas muggles y extrajo un estuche de terciopelo que colocó sobre la mesa, junto a la bolsa de galleons.
No lo retire de esta habitación –advirtió Mundungus
Rabastan Lestrange hizo una seña, y uno de los hombres se adelantó, tomó el estuche de la mesa y se lo entregó.
El mortífago se levantó de la mecedora y se sentó frente a escritorio en un extremo de la pieza. De debajo de la mesa extrajo una caja pequeña y de ésta un extraño artefacto, que colocó en el centro de la mesa.
Rabastan Lestrange estaba absorto en la contemplación de la piedra.
Harry, que había esperado un examen tan minucioso, se felicitó por haber seguido el consejo de Harrison y traer la piedra auténtica con ellos.
El mortífago asintió con gesto satisfecho, mientras depositaba suavemente la piedra sobre el trozo de terciopelo.
Caballeros, creo que podemos dar por finalizada nuestra transacción.
Harry tocó el galleon falso con la punta de su varita lo más discretamente que pudo, y deseó que Williamson no encontrara mucha resistencia.
Luego, comenzó a moverse lentamente hacia sus dos compañeros que permanecían inmóviles, hasta el extremo que pareció que habían cesado de respirar.
Debes ganar tiempo - susurró al oído de Mundungus.
El bribón asintió levemente y en voz alta dijo:
Creo que esa piedra vale más que lo que hay en esta bolsa.
Transcurrieron unos segundos y por fin Rabastan Lestrange murmuró monótonamente:
La codicia es un vicio muy feo.
Los dos hombres que estaban a su lado, sacaron sus varitas y apuntaron a Mervin y Mundungus.
En realidad, yo creo que es bastante generosos… Mi amigo y yo tomaremos el dinero y nos largaremos de aquí… - comenzó a balbucear Mervin con la frente perlada de sudor.
¿En realidad pensaron que los íbamos a dejar salir así sin más para que alguien del Ministerio del Magia los apresara y contaran todo? – dijo Rabastan con una sonrisa burlona en el rostro.
Mervin tragó saliva y balbuceó:
Nosotros nunca haríamos eso, se lo juro. Seremos dos tumbas.
Eso es justamente lo que serán. Pero no antes de que hayan servido al Amo - comentó el mortífago con una sonrisa escalofriante.
Totalmente fuera de sí, Mervin se puso a a gritar.
Nosotros somos aurores. Si eme hacen algo el Ministerio de Magia los perseguirá hasta enviarlos a Azkabán.
Un de los mortífagos sacó su varita y comenzó a gritar:
¡Incarce…!
En ese momento Harry salió de debajo de la capa invisible y gritó:
¡Stupefy! ¡Stupefy!
Dos rayos salieron de su varita derribando a los dos mortífagos que estaban junto a Rabastan Lestrange.
Una explosión hizo temblar el edificio y en seguida se escucharon claramente ruidos de pelea provenientes de la habitación contigua.
Lestrange hizo un rápido movimiento con la varita y bramó:
¡Serpensortia!
Hubo un estallido en la punta de su varita y salió una serpiente negra que cayó ante los dos atónitos hombres.
No te muevas, Mervin – advirtió Harry y por un momento deseo que aún pudiera hablar pársel. Un par de frases hubieran bastado para controlar al reptil.
Pero su habilidad había desaparecido luego de que se librara del trozo de alma que Voldemort accidentalmente había colocado en su interior.
La serpiente se elevó con un escalofriante siseo y con furia se lanzó hacia delante clavando sus colmillos en el antebrazo del aterrorizado Mervin.
Un segundo después, Harry aturdió a la serpiente, la cual salió volando a través de la habitación.
Antes de Harry pudiera reaccionar, Rabastan Lestrange lanzó algo en el aire y todo se volvió oscuro. Un sonoro "crack", retumbó en la oscuridad.
Harry gateó buscando llegar hasta el lugar don de se encontraba el auror caído.
En ese momento, la puerta de la habitación en que se encontraban saltó de sus bisagras y Harry escuchó la voz de Williamson.
¿Están bien? No puedo verlos.
Sí, respondió Harry – Utilizaron polvo peruano de oscuridad instantánea.
Harry logró arrastrar a Mervin fuera de la habitación. El lugar donde la serpiente lo había mordido sangraba profusamente
Fue mordido por una serpiente – explicó Harry
Williamson, que también mostraba signos de pelea tardó sólo unos instantes en reaccionar.
Hay que llevarlo a un hospital antes de que el veneno surta efecto - dijo por fin -¿Dónde esta Fletcher?
Seguramente aprovechó la confusión para huir – Harry sintió una punzada en el pecho.
¡Ese maldito cobarde! Luego nos ocuparemos de él. ¿listo, Potter?
Unos segundos después los tres aurores desaparecían engullidos por la sofocante negrura.
