Atención: Todos los personajes y lugares mencionados en esta historia son propiedad de Square-Enix. Y quien diga lo contrario, miente.

Aviso: Este es un fanfic yaoi –relaciones chico-chico.

Comentarios: Ya hemos terminado la historia, al principio, cuando la escribí, no salí para nada convencida de lo que había escrito, pero según vosotros, es una de las mejores. Espero al menos haberos hecho pasar un buen rato y olvidaros por un momento de todo. Gracias a quienes habéis estado ahí. Un abrazo.

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OBJETIVO: MI COMANDANTE

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EPISODIO 12: UNA PELÍCULA CON FILTRO SENSIBLE

"Ahora que somos pareja oficial, debo amarte formalmente", le había dicho, y nos pasamos todo el domingo en su habitación. El cuarto de Squall es tan grande, y da para mucha imaginación. La noche en la que aclaramos todo, lo tumbé en la cama y me dispuse a hacerlo mío. Lo desnudé despacio, maravillándome de su perfecta anatomía, mientras su pecho subía y bajaba rítmicamente por el deseo. Enredando sus manos en mi pelo —debe tener alguna fijación porque siempre pide que me lo suelte cuando intimamos—, me dirigió de cintura hacia abajo, hacia un miembro clamando atención por mi parte. Acaricié sus muslos suaves ausentes de vello, jugueteé con sus sacos y lamí la parte interior de los muslos. En ese momento, el comandante comenzó a revolverse.

—¿No te gusta? —dije, desilusionado.

—Me da cosquillas —dijo, con lágrimas de risa en los ojos.

—Oh, así que he averiguado un punto débil… veamos si tienes más.

—¡Eh! Oye, Irvine, si haces eso no se me levantará.

Le guiñé el ojo.

—Oh, claro que sí, cariño, yo me encargaré de eso.

Recorrí toda la pierna derecha de Squall con mi lengua hasta llegar a su pie, donde se revolvió otra vez. Sonreí, maravillado por su sensibilidad, chupé su dedo más grande, y sus espasmos disminuyeron.

—Oh, joder, eso es tan erótico… —le oí susurrar desde arriba.

—Veamos la otra pierna —indiqué, y le suministré las mismas atenciones.

Para cuando hube lamido todo su cuerpo, Squall tenía una erección considerable, y que me aspen si no trataba de aguantar su inevitable ola de deseo. Me coloqué sobre él, acaricié su pelo con vehemencia, es tan irreal tenerle aquí, conmigo… uno de mis dedos fue atrapado por su envolvente boca y humedecido sin parar por su experta lengua; cautivado, no pude apartar la mirada de él.

Las manos de Squall acabaron en mis caderas, y sus dedos pulgares hicieron presión donde el muy capullo sabe son zonas erógenas, comenzando un masaje circular que me elevaba poco a poco.

—Ah… —gemí descontroladamente.

Squall siguió succionando mi dedo índice con insistencia, usando sus dientes para volverme aún más loco de lo que podía estar.

En unos minutos me desprendí de mi ropa interior y, mientras Squall me miraba con entusiasmo, me coloqué junto a él y comencé a besarle con dulzura extrema —sí, yo también soy un romántico, ¿lo dudabas?, hasta podría hacer carrera escribiendo relatos eróticos… mmm… los encuentros entre él y yo… no estaría mal—, rozando su piel en el proceso. Squall jadeaba cada vez más, así que apliqué más presión en su cuerpo, hasta que nuestras erecciones se tocaron, lo que produjo un gemido por parte de él.

—Uh, no voy a aguantar mucho si sigues así —indicó, apartándose.

Me quedé mirándolo, apoyado en mi brazo, sonriente.

—Pareces disfrutar de mi incomodidad —se quejó.

—¿Estás incómodo? Yo diría que cuando uno está incómodo, no le sale ese color en la cara.

—¿Qué vas a hacer? Me das miedo… ligón…

Le guiñé un ojo, prometiéndole que jamás haría algo que le desagradara, y que, además podría intentar pararme en cualquier momento, lo que constituiría una herida en mi orgullo.

A horcajadas sobre él, envolví su henchido miembro en mis manos, tocándolo con suavidad, conectando con el mío en lo que fue una explosión de sensaciones múltiples. Apliqué más presión, de modo que se frotaban sin pudor alguno.

—Aaah, Irvine… me gusta… aaah

Mientras mi mano derecha obligaba a nuestras erecciones a seguirse frotando sin piedad, mi otro brazo se deslizó por su cintura, para atraerlo más hacia mí. Alrededor no había nada, sólo el placer que nos consumía presente en nuestros corazones.

Squall agarró un bote pequeño y extendió su contenido a lo largo y ancho de mi órgano, con rapidez.

—Eh… espera… quiero prepararte antes.

—Ni hablar, si lo haces no aguantaré.

—Pero te haré daño…

—¿Después de todas las sesiones de sexo que llevamos te preocupa eso?

Me incliné para susurrarle:

—Tú me has penetrado más veces… seguro que necesitas más ayuda que yo.

—¿Apostamos un beso? —dijo, irónico, y reí.

Le hice ponerse a cuatro patas para facilitar la penetración y accedió, sin más ruegos ni ayuda. La visión de Squall desnudo, espatarrado ante mí, con su espalda arqueada y su pelo color chocolate cayéndole sobre los hombros, era indescriptible. Abrí sus nalgas despacio para acceder mejor, me deslicé cuidando de no lastimarle, y todo lo que recibí como respuesta fueron más ruegos por su parte.

—Aaah, más, Kinneas…

Procedí a introducir sólo el prepucio, y al verlo agonizar, se me ocurrió una idea. Lo metí y lo saqué varias veces, para acostumbrarlo y, por qué no decirlo, para torturarlo un poco…

—Aaah, eres… cruel… deja… de hacer… eso…

—¿Dices algo, Squall? —pensé que era maravilloso sentir su ano envolviéndome.

Sus nudillos se tornaron blancos por la presión ejercida contra las sábanas. Decidí acabar con su sufrimiento y deslicé despacio el tronco hacia su entrada. Squall no quiso esperar más y se empaló completamente, quitándome el aliento por un momento.

—¡Ah, joder, Squall, eso debe haberte dolido!

—Es por tu culpa… eres un torturador…

Varios hilillos se deslizaron entre su muslo y mi ingle. Miré, horrorizado.

—Estás sangrando. Dejémoslo. Nadie sangra conmigo en la cama —dije, algo enfadado porque hubiera estropeado el momento.

Squall se giró con una expresión desconocida por mí hasta entonces.

—Si paras ahora, te juro que te echo del Jardín, soldado.

Hice una mueca, extrañado. ¿Quién hubiera podido imaginar que nuestro amigo iceberg fuese masoca? No pude más que admirarle.

—A la orden, mi comandante.

Me quedé abrazado a él un instante, para no abrir más su herida, y después comencé a moverme despacio, saboreando cada embestida, pura gloria, para luego aumentar el ritmo, cogido ya a sus caderas, presionando esos puntos que en mí producían locura. Su cavidad tan jugosa, tan apretada, alrededor de mí y el hecho de saber que Squall se estaba acariciando a la vez que yo le producía placer, gritando mi nombre, me enviaron muy pronto al éxtasis. Squall se tomó un poco más de tiempo y, tras alcanzar la cima, cayó redondo sobre la cama. Aún medio ciego debido a los efectos del orgasmo, alcancé a agarrar la sábana para echarla sobre ambos. Squall tenía los ojos cerrados, pero no me importó. Había disfrutado amándome, del mismo modo que yo lo había hecho con él, y eso fue todo lo que necesité para convencerme de nuestra nueva relación como novios formales.

La primera persona en saberlo, fue, inevitablemente, Selphie. De vuelta de su fin de semana, me visitaron en mi cuarto, ella y Zell.

—Eh, chicos, tengo una noticia que daros —dije, dándome un aire misterioso.

Selphie cruzó las manos en señal de bendición, y, con ojos brillantes, instó a que yo hablara.

—Sí, Selph, tengo pareja.

—Enhorabuena, tío —dijo Zell, dándome una palmada en la espalda.

—Dímelo, Irvy —los ojos de Selph se llenaban de lágrimas—. Dime que es él.

Miré a Zell. ¿Cómo reaccionaría? Qué divertido.

—Sí, Selph. Es él. Squall.

Su reacción no se hizo esperar.

—¿Squall accedió a salir contigo? ¿Estás de coña?

Asentí, y ambos nos abrazamos llenos de júbilo. Zell, todo confuso, nos miraba, incrédulo.

—Squall nunca saldría contigo…

Sequé las lágrimas de mi compañera, que no daba crédito.

—En serio, Irvy, me alegro tanto…

—Lo sé…

—¡Eh, dejad de ignorarme! —zarandeó a Selphie por los hombros—. Tú, cuéntamelo. ¿Cómo que Squall? ¿Este no es un mujeriego?

—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? —rió Selphie.

El rubio luchador, frente a mí, no sabía qué decir, ni cómo reaccionar. Me miró de arriba abajo y por fin dijo:

—¿Eres marica, Irvine?

—¿Puedo pegarlo? —pregunté, visiblemente afectado.

—Oh, no, no, no, espera, espera. ¿Va en serio eso que dices? ¿Squall sale contigo?

Selphie le golpeó en la nuca.

—¿Tú bromearías con algo así? ¡Idiota!

Zell se llevó la mano al corazón, afectado. Se sentó en mi cama, en estado de shock.

—Irvine… el mujeriego… con Squall… el comandante de hielo…

—Puedes ponerlo en la sección de anuncios —dije, sarcástico, y lo levanté de la cama—, nada me complacería más. Llévatelo a la enfermería, necesita tratamiento para el shock.

—¡Descuida! Ya me lo llevo. Me alegro mucho, de verdad. Hacéis una buena pareja.

Cuando la puerta se cerró, volvió a abrirse otra vez. Pude precisar que Selphie mostraba un gesto… ¿vicioso? en su cara.

—Ejem… Irvy, está cerca la Navidad… a Selphie le encantaría tener un vídeo de sus dos chicos predilectos en actitud... salvaje.

Se retiró para no ser golpeada por un cojín que le lancé. Pequeña morbosa…

Aquel lunes comí con Squall, y por la tarde, nos vimos en cuanto acabó su trabajo. Nos abrazamos a la vista de todos.

—¿Cómo está mi princesa? —dije.

—¿Quieres que te demuestre que soy un hombre? —dijo, pinzándome el trasero.

—Mmm… no te quedaría mal el traje de Quistis…

—Además de ligón, fetichista.

—Tú eres masoquista, empate.

Caminamos sonrientes hacia el patio. No había nadie, así que le besé con ternura.

—Bonita vista —dijo alguien detrás.

Nos volvimos para ver a Seifer acompañado de Rinoa, quien se adhería a su brazo. Noté que a mi lado, Squall, incómodo, se había apartado un poco.

—Me alegra que seas tú quien vaya a follarse al comandante. Necesita mucha caña.

Squall se enfrentó a él, molesto.

—Si no te importa, estás hablando de tu superior. ¿Quieres que te baje el rango?

—Oh, no, por favor —dijo, teatrero—. Aunque sí me gustaría repetir alguna parte. Como —se le ensanchó la sonrisa—… cuando nos besamos.

Rinoa se escandalizó, y yo herví de celos.

—No te sulfures, Kinneas, ya sé que te hubiera gustado ser el primero. Míralo por el lado bueno, ahora lo tienes todo para ti. Por cierto, me han dicho que el consejo dio resultado.

Enrojecí hasta las orejas, y asentí. Su consejo. Mi promesa. Seifer parecía estar esperando.

—Y bien, ¿vas a tardar mucho? Vengo a por la recompensa —dijo, cantando.

—Estás loco —dije, temeroso de que hablara en serio.

—Mmmm… no, digamos que me gusta que cumplan lo que prometen.

Está bien. Si no lo hago ahora, me pondrá en una situación aún más difícil. Seifer sabe cosas, no quiero que arruine mi relación.

—Seguro que lo disfrutarás y todo, enfermo.

—O quizá seas tú el que lo haga —me miró, desafiante.

Suspirando, di un paso adelante y me disculpé por lo que ocurriría:

—Squall, Rinoa, perdonadme lo que voy a hacer, pero no me apetece. Por favor, no os enfadéis conmigo.

Crucé los pocos pasos que nos separaban y besé a Seifer con violencia. Él me correspondió, incluso cerró los ojos, y cuando nos separamos, su cara vestía una sonrisa de satisfacción.

—Y dime, Kinneas, ¿ha sido como en tus sueños?

—Yo… no sueño contigo, más quisieras —dije, frotándome la boca con la manga hasta dejarla enrojecida.

Rinoa y Squall tenían el rostro tan blanco como una sábana. Más tarde le preguntaría al comandante si lo había disfrutado. Esperaba que no hirviera de celos, y si fuera así, tanto mejor, podríamos paliar eso en la cama esa misma noche. Volví enseguida junto a Squall, tomándole del brazo para dejarle claro a quién pertenecía.

—¿Veis? Como ya os dije, Kinneas es un jodido marica. Ha perdido la cabeza por mí, pero en fin, no le culpo…

Rinoa lo abofeteó fuerte.

—¿Qué significa esto? —dijo Rinoa, ahora muy enfadada, mirándonos.

—Yo te explicaré todo, querida —Seifer la arrastró lejos—. ¡Nos vemos, perdedor!

Bajé la cabeza. Ahora Squall se iría. Me equivoqué.

—Perdóname, Squall, no fue un beso real.

Tenía las manos en las caderas y parecía realmente lastimado.

—¿Por cuánto?

Lo miré, confuso.

—Sí, dime, ¿cuál era la apuesta?

Me froté la nuca, aliviado de que entendiera.

—Me ayudó a… empezar una relación contigo… estaba un poco desesperado.

—¿Y por qué te apostaste un beso? —quiso saber.

No tenía palabras.

—Eh, bueno, perdona, es lo único que se me ocurrió.

Squall se puso aún más serio.

—¿Y te gustó?

Sus ojos grises relampagueaban de celos. Recordé haberme sentido traicionado una vez.

—¡Eh, yo podría hacerte esa misma pregunta!

—¿Y? La diferencia es que tú te has besado con medio Jardín: Selphie, Quistis, Rinoa, Squall, ahora Seifer… ¿quién te falta?

Miré al cielo despejado y de un brillante color azul. La voz de Selphie se apareció en mitad de aquel azul tan limpio "cuando todo esté bien, las nubes darán paso al sol, y podrás ver las estrellas".

—No he besado a Zell —concluí, pensativo, y huí en busca de la víctima. Bueno, sólo bromeaba, pero jamás se me había ocurrido algo tan ingenioso. Crucé los pasillos llenos de estudiantes, cuando me percaté de que alguien corría tras de mí.

—¡No vas a ninguna parte, Irvine Kinneas, tú eres mi novio!

Casi me caigo por la sorpresa al ver a Squall perseguirme, con sus vaqueros negros, sus caderas moviéndose rápidamente, intentando alcanzarme. Seguí corriendo, lleno de júbilo. Había llegado el verano en mi interior. Y en cuanto a Squall… bonita forma de declarar su amor por mí a todo el Jardín.

FIN