Capítulo XI: "Tierra" (parte III)

Mientras más escuchaba, me sorprendía de la cantidad de vida que Len podía encontrar en un lugar como era el desierto; en cuanto a que yo seguía allí: solo con él y casi al borde de mi propia desesperación por reparar infructuosamente una radio de pacotilla. De nuevo creía que el principito podía ser sólo una divagación de mi cabeza o que el chico tenía demasiada imaginación.

No muy lejos del pueblo pudo encontrar una plataforma ferroviaria, donde un inspector controlaba horarios, cortaba boletos imaginarios y se fijaba la hora en su reloj de pulsera, anotando todo en su Smartphone.

—Buenos días —clamó el rubio a espaldas del hombre, casi causándole un ataque cardiaco.

—Buenos días —respondió él luego del susto primario, con una voz de barítono.

—¿Se puede saber qué haces en este lugar? —preguntó, cómo no, curioso mi amigo, viendo de un lado a otro de la plataforma, casi callándose a las vías del tren de no ser por el hombre.

—Pues, varias cosas —explicó el ferroviario—: controlo los horarios, despacho correspondencia, hablo con los maquinistas, etcétera.

Dicho esto, un tren de vapor se acercó a gran velocidad a la plataforma y se detuvo frente a la misma, el empleado subió unos segundos, bajó y miró interrogante al principito.

—¿No vas a subir, acaso?

—¿A dónde va esto, de todas formas? —interrogó Len, viendo cómo el vehículo no esperó la respuesta del hombre y siguió su marcha.

—Oh, bueno, creo que eso ya no importa —dijo él, fijando sus ojos en la marcha del tren—. Ese es el problema con los expresos: siempre van muy rápido como para dejarte pensar.

—¿Y a dónde van? ¿Qué es lo que buscan? —inquirió el rubio.

—Preguntar eso es cómo pedirle a cada ser humano en el mundo que defina el significado del Universo: va a ser diferente según quién sea la persona —Se dio libertad literaria el hombre de cabellos negros y ojos grises—. Incluso puede que ninguno de ellos lo sepa.

—¿Entonces para qué van? —El empleado sólo rió ante esa pregunta.

—Dios nos dio piernas para algo, y creo que muchos no las desaprovechan para nada.

—Conozco a una camaleón ámbar que también tiene piernas, pero ella sí se toma el tiempo para…

De pronto, otro tren que iba en dirección contraria pasó a su lado, levantando un viento que terminó por despeinarlos y llenarles de arena los ojos. Mientras ellos desperdiciaban el tiempo tallándose los ojos, la estructura de metal aprovechó a retomar su marcha y desaparecer en el horizonte.

—¿Se enojaron por lo que dijiste y por eso vinieron a tirarnos arena a los ojos? —habló Len, escuchando también cómo el artefacto lanzaba un sonoro sonido de bocina al horizonte.

—No, no es el mismo tren. Éste viene de vuelta al lugar donde van los demás —. Es un cambio.

—¿Por qué vuelven, acaso no les gustó el lugar y decidieron darse la vuelta? Debieron advertirle a los otros —pensó en voz alta el muchachito, casi en tono de alarma.

—¿De qué serviría? Por más que le digas a una persona que algo le hará daño o está prohibido, lo hará de todas formas y tal vez con más entusiasmo que antes —divagó el hombre, mirando cómo el tren se volvía un punto negro en la distancia.

—Buena deducción —admitió mi pequeño amigo—, ¿cómo te llamas?

—Tonio.

Se hizo un momento de silencio entre los dos, que se cortó luego por un nuevo tren, que repasó la misma rutina que el primero: se detuvo, esperó a que Tonio entrara y saliera y siguió su curso entre las vías.

—¿Esos van a buscar a los demás? —volvió a descargar su curiosidad el chico rubio—. ¿Tratan de perseguirlos?

—No lo creo: la época de los enamorados desesperados y los vengadores sin miramientos se fue hace mucho tiempo. Pocos serán los que realmente miren a la ventana y sueñen despiertos con aires risueños —comentó su interlocutor, mirando su teléfono—. Ahora esto no es más que una simple estructura de metal que transporta gente de un lugar a otro para que vuelvan a su aburrida vida. Ya ni los niños asoman sus narices a contemplar los paisajes que se mueven afuera de él, sólo están concentrados en sus juegos portátiles o llenan sus oídos con su música estrafalaria, gracias a sus dispositivos portátiles.

—Eso es triste —afirmó el chico, con una pesadez en su voz.

—Normal, es la realidad de estos días. Lejanos eran los tiempos en que perder a tu muñeca de trapo favorita se volvía la peor calamidad de toda la historia, ¿para qué llorar cuando se puede comprar una nueva en la próxima estación? Creo que la culpa también la compartimos los adultos: ellos aprendieron de nuestra propia frialdad —habló el de cabellos negros, controlando otra vez el horario.

—Aún así, ¿crees que guarden algo de inocencia dentro suyo? —interrogó mi amigo, viendo cómo otro tren se perdía en el horizonte.

—Creo que todavía es muy temprano como para perder esa esperanza —respondió el empleado luego de un largo silencio.

—Menos mal… —suspiró con aires renovados Len.

Cuando decidió que era suficiente plática, volvió a caminar por las arenas del desierto, perdiendo poco a poco la plataforma, su eterno trabajador, las metálicas líneas ferroviarias y los ruidosos y silbantes trenes que se perdían en un destino incierto.

Le llevó mucho tiempo encontrar otra cosa con la cual interactuar, por lo que se podría decir que él lo encontró. Era un vivaz comerciante de cabellos y ojos color aguamarina, con mirada brillante y traje pomposo, que llamaba la atención a cualquiera. Como era de esperarse, Len lo contempló fascinado, como una mosca a un pedazo de pastel.

—Ah, mira qué linda criatura que camina bajo este maravilloso Sol —saludó el extraño, deteniendo su carrosa comercial—. Ven, acércate al gran Mikuo, que él te mostrará los nuevos y exclusivos artefactos recién traídos de tierras muy lejanas.

Sin decir ni una sola palabra (por más milagroso que parezca) Len hizo caso y miró con ojos curiosos cada nueva cosa que mostraba el muchacho de cabellos aguamarina. Pudo ver desde cosas insólitas, como un elixir mágico para atraer la buena suerte, hasta las más simples, lo que era un modesto pero bonito collar de hueso venido de una tribu de nombre impronunciable.

—¿Y bien, qué dices de mi mercancía? —preguntó con su carácter jovial Mikuo.

—Bueno, me parecen bastante peculiares —admitió Len, encogiéndose de hombros—, pero, ¿para qué las personas las necesitarían?

El interlocutor de mi amigo ensanchó su sonrisa, complacido por esa pregunta.

—¡Esa es la mejor parte de todo: no las necesitan! —dijo él, extendiendo los brazos.

—¿Entonces para qué las vendes? —preguntó con curiosidad el rubio.

—Para que las demás personas crean que las necesitan —explicó el comerciante, haciendo malabares con algunas de sus mercancías—. Algunos no se conforman con lo sentimental, ellos siempre buscan más: un objeto tangible para demostrar afecto, sentirse seguros o llenar un vacío que tal vez no exista. También buscan cosas insólitas, casi inútiles, para creerse especiales por poseerlas. Yo sólo los ayudo suministrándole algo para que intenten complacerse, ganando dinero para que otra persona intente hacer lo mismo conmigo.

—Parece un círculo vicioso bastante pesimista —comentó el rubio, mirando a sus pies.

—Y lo es, ¿pero cómo romperlo? La Tierra, los planetas, tu propia cabeza… todo es redondo, es algo que se crea naturalmente. Aún si convencieras a toda la población mundial que tal cosa es mala es mala y no deben buscarla o comprarla, ya aparecerá alguien más mostrando una nueva, mostrándoles cómo esa reemplaza lo malo y lo mejora en cierto porcentaje, casi obligándotelo a comprar. Venderíamos al propio aire si éste se dejara atrapar, es la única cosa que nos falta comercializar.

—Entiendo —cortó Len, comenzando su marcha—. Que tenga buena estrella con sus ventas, entonces.

—Gracias, lo mismo te deseo con tu viaje —respondió Mikuo, poniendo en marcha otra vez su caravana.

Escuché las últimas palabras del viaje de Len tomando mi última gota de agua con pesadez. Ya habían pasado los cinco días y, efectivamente, mis provisiones vitales se habían acabado, lo que incluía tanto a agua como a cigarrillos. Aunque me molestaba admitirlo un poco, me sentí algo identificado —seguramente por mi profesión— con el comerciante.

—¿Sabes? Hay un dicho muy popular: "Lo esencial es invisible a los ojos" —le hablé al principito luego de dejarlo narrar su aventura—, pero ahora, en medio del desierto y casi seguro de que tendremos una muerte lenta y dolorosa, ya no sé si de verdad se pueda ver algo bueno en todo esto.

Podía haber sonado pesimista, pero ya en la condición en que me encontraba sólo pensaba en eso. Tiré la radio de una vez por todas a un costado, completamente seguro de que ni en otros cinco días o cinco años podría armarla correctamente. El rubio me miró estoico, para abrazar sus rodillas.

—Si quieres algo bueno… encontraste un amigo.

Yo lancé una pequeña risa sarcástica mientras me levantaba para estirar mis piernas (ya cansado de estar sentado y lleno de heridas) y miré al cielo de la media tarde.

—Sin ofender, pero prefería haber encontrado un oasis.

—¿Por qué? —preguntó él con un tono algo alto.

—Porque vamos a morir, ¿no te parece una buena razón? —Como siempre, otra pregunta al aire.

Len pareció volver a meditar, pero luego continuó fastidiándome:

—Aún si morimos, al menos moriremos como amigos. Yo estoy feliz de haberte encontrado, y también a Lui, mi perro. Estoy tan contento.

"A este le afectó el calor u otra cosa" medité, mirándolo incrédulo. "No mide el peligro de lo que dice, como si no tuviera miedo de morir, como si no necesitara algo para subsistir y el Sol sobre su estúpida cabeza le bastara."

—Yo también me siento débil —Se levantó, haciendo que todos sus huesos tronaran—, vamos a buscar algo para revitalizarnos.

Iba a sugerirle que metiera los dedos en un enchufe —debido a su procedencia—, pero creía que en esas condiciones no habría una reacción muy favorable que digamos. Sólo puse una expresión de cansancio, pensando en lo absurdo que sería buscar así como así algún milagro en medio del Sahara. Si tan sólo me hubiera quedado un cigarrillo, sólo uno…

"Bueno, al menos él tiene muy buena suerte, puede que sí encontremos agua en algún sitio" pensé, a la vez que comenzaba a ponerme en marcha junto a mi amigo.

Con mucho pesar y caminata infructuosa, la noche cayó sobre nosotros. El manto negro del cielo era llenado por millones de estrellas y le daban un toque platinado a la arena bajo nuestros pies. Para mí, fue una visión más delirante que hermosa, pues al parecer el calor sobre mi cabeza había creado estragos en mi sistema, creándome una leve fiebre. El rubio miraba más a la noche sobre nosotros que los propios pasos que daba.

—¿No tienes sed? —pregunté, tratando de pensar que era una angustia compartida.

Tonto de mí, silencio fue la respuesta. Len caminó otro poco más y se sentó en la punta de una duna. Yo me senté a su lado y pensé por un segundo en encender un cigarrillo, casi cayendo en una depresión crónica al recordar que no me quedaba ni uno solo.

—Nunca había visto el cielo luego del sonido que salía de él, ordenándome dormir —admitió mi amigo—. Ahora sé de lo que me perdía: es hermoso, místico, bastante diferente al día —enunció, lanzando un suspiro.

—Lo nuevo y desconocido siempre resulta interesante —dije, notando cómo se me había pegado sus aires de poeta—. Sólo en la noche las estrellas y la Luna pueden mostrar su esplendor sin ser opacadas.

—El Sol será grande y brillante, pero no puede competir con la belleza que emanan miles de estrellas juntas, compartiendo su brillo —agregó el principito, completando mi frase. Yo sólo asentí con mi cabeza—. El desierto es hermoso, no entiendo por qué hay tan poca gente en él.

—Porque es peligroso. Dime acaso si tú traerías a Rin a un lugar como este, sin comida, ni agua, con un calor abrasador y noches de frío —expliqué yo, aplicando la lógica.

—Por supuesto, con tenerla a mi lado basta, yo la protegería de todo eso y más —dijo él sin pensarlo dos veces—. Aunque, seguramente, no podría concentrarme en todas las bellezas que habría a mi alrededor, pues sólo podría ver el brillo que desprenderían los ojos de Rin —Suspiré y golpeé mi frente (aunque la cara del principito era más tentadora), con un enamorado no hay que pedir o tratar de encontrar razones.

Era como un problema de doble sentido… como mi acertijo: algunos podían ver una cosa, pero yo estaba seguro que habría algo más oculto allí. Puede que mi mente cerrada sólo viera arena y una muerte casi segura, pero Len seguramente divisaba un paisaje esplendoroso, un cielo claro y —por qué no— un oasis esperándonos.

Sonreí, creyendo que comenzaba a entender un poco más a mi pequeño amigo.

—Sí, el desierto es muy bello.

No recibí una respuesta, así que miré a mi costado y descubrí la cansada figura de Len a mi lado, durmiendo a pata tendida y una pequeña sonrisa en sus labios. ¿Por qué rayos no le propiné un buen golpe? Tuve compasión de él y decidí tomarlo y cargarlo sobre mis espaldas, aún si mis heridas comenzaron a doler inmediatamente; me tragué todo mi dolor como un verdadero macho y retomé la marcha.

Al poco tiempo, me acostumbré a ser el caballo de Len, por lo que la carga se volvió más liviana a medida que avanzaba. Sin saber porqué, sentí como si portara algo frágil en mis espaldas. Aún así, su respiración contra mí me daba un efecto calmante parecido a la nicotina.

Miré la luz de la Luna y las estrellas que la acompañaban, pensando que el rubio podría estar berreando en estos instantes una magnificencia que tal vez yo no observaba.

Él lanzó un pequeño suspiro que pareció un gruñido, por lo que me preocupé un poco, pensando que mi amigo estaba mucho peor de lo que demostraba. Me detuve un segundo, comprobando que aún respiraba.

—R-rin —terminó de pronunciar, devolviéndome el alma al cuerpo.

Pobre e ingenuo muchachito: aún en las entradas de la muerte seguiría clamando por su amada; le sería fiel a esa figura parecida a la suya, mandona pero frágil, que seguramente lo estaría esperando en algún lugar recóndito de una computadora, tal vez también susurrando su nombre, evocando su presencia…

No sé porqué, pero comparé a Len con una figura de cristal, mostrándome lo débil que era él también; que incluso con un mínimo toque brusco, podría romperse.

"Tú también necesitabas a alguien que te protegiera" momento extraño para que los instintos paternales afloraran en mí.

Caminé durante Dios sabe cuánto, con el delicado cuerpo de mi amigo sobre mis espaldas. Cada paso se volvió un reto que, al hacerlo, se convertía en un triunfo del cual jactarme. Mi garganta sentía escozor y la cabeza me daba vueltas, debido a la fiebre; pero aún así, no me doblegué.

Finalmente y al despuntar el alba, encontré mi recompensa: debajo de la duna en la cual estaba parado, un espléndido oasis nos esperaba…

-.-.-.-.-

Siento como si hubiera hecho de Mikuo un gitano, pero el resultado final me ha agradado bastante.

Bien, ya vamos casi por la recta final. Seguramente tengamos dos capítulos más de la parodia y luego el epílogo, así que trataré de hacer los capítulos tan largos como pueda.

El 12 de Mayo, Neko C. (la cuenta) cumple un año de vida, aunque yo en la página ya llevo como cinco años registrada (mi vieja cuenta, que ahora es Cleopatra Bastet pero antes tenía un nombre raro xD, cumplió esa edad el 30 de Abril), así que seguramente haga un fic para conmemorarlo, esperen noticias pronto.

¡Saludos!

Neko C.