La próxima semana, el fanfic culmina del todo con el epílogo. ¡Nos leemos!
Capítulo 11:
— Entonces, ¿mamá y tú sois novios?
Setsu los vio besarse; desde entonces, lo perseguía. Sabía que Setsu estaba deseando que fueran una familia, pero no le parecía adecuado pedirle matrimonio a Kagome cuando tan solo habían pasado dos días desde que dejó al banquero plantado en el altar. ¿Qué período de espera era razonable? De todas formas, Kagome no se casaría con él de una forma tan espontánea. Sabía que ella buscaba seguridad, y no se la jugaría ni aunque se tratase de él.
Podrían empezar por salir juntos, como novios. Sentía que ya era muy mayor para esas cosas y que no podía esperar tanto. No obstante, Kagome era joven, tenía todo el tiempo del mundo y no iba a permitir que le metieran prisa. Tendría que aminorar su ritmo al suyo y esperar que sintiera lo mismo. No era lo mismo sentirse atraída por él que estar enamorada de él. La verdad era que, en ese sentido, no tenía nada claros los sentimientos de Kagome hacia él. Juraría que se había puesto celosa de Tsubaki, que su presencia le afectaba, que lo miraba con otros ojos… Juraría un millón de cosas, a decir verdad, pero eso no lo sacaba de la incertidumbre. Kagome no hablaba.
En esos últimos dos días, se habían acostado juntos todas las noches en su dormitorio y habían hecho el amor durante horas. Durante el día se daban besos a escondidas en cualquier parte, aunque, teniendo en cuenta que Setsu era conocedor de todos esos besos, no debieron planearlo demasiado bien. ¡Si hasta habían caminado de la mano cuando volvieron de hacer la compra! Había sido tan natural... Estuvieron todo el camino hablando y no hubo ningún silencio incómodo. Nunca se había sentido así con ninguna mujer. ¡Amaba a Kagome! Y ella lo sabía.
Esa mañana había recibido una llamada desde su trabajo. Le llamaron muy temprano. Salió de la habitación para no despertar a Kagome un sábado por la mañana; parecía agotada. Al parecer, lo necesitaban en la ciudad y sus vacaciones ya habían sido lo bastante largas. Debía estar en una semana como máximo en casa. ¿Cómo iba a contárselo a Kagome ahora que las cosas iban tan bien? ¿Y qué pasaba con su hijo?
Bajó la mirada y se encontró con la mirada emocionada de su hijo ante la perspectiva de que sus padres pudieran volver a estar juntos. No quería abandonarlo otra vez. No quería marcharse sin él y sin Kagome. Estaba dispuesto a coger un avión todos los viernes para pasar el fin de semana con ellos, pero sabía que, a la larga, era una solución inviable. Lo necesitaban allí todos los días, y temía que su relación con Kagome se enfriara.
— ¡Contesta! — insistió.
Suspiró pesadamente y se reclinó en el sillón.
— No, Setsu.
— ¡Pero os habéis besado! — le replicó.
Un beso no era suficiente para convertir a un hombre y a una mujer en pareja. Ni siquiera el haber consumado en infinidad de veces. Él no se lo había pedido a Kagome todavía. Además, aunque ella aceptara esa proposición, le parecía poco elegante pedirle relaciones para después decirle que se tenía que marchar. No obstante, si le pidiera que lo acompañara, ¿lo haría?
— ¿No tenías entrenamiento hoy?
Sí, pero su hijo estaba mucho más interesado en averiguar si por fin sus padres estaban juntos. Le costó una infinidad sacarlo de la casa para llevarlo en coche al campo de fútbol. El camino fue una auténtica tortura. No lo dejó en paz ni un solo segundo, insistiendo, insistiendo e insistiendo en que Kagome y él debían estar juntos. Al parecer, con la ruptura de su madre con el niño pijo, su hijo había recuperado las fuerzas perdidas.
De vuelta a casa se detuvo en el pueblo, frente a una joyería. No era ni por asomo como Tiffany´s, pero tenía su encanto. Las sortijas eran bastante bonitas y se topó con una en el escaparate que le pareció perfecta para Kagome. No pudo controlar el impulso de entrar en la joyería, y la compró. Si al fin se atrevía a pedirle matrimonio, podía dársela.
— Veo que no pierdes el tiempo.
Ninguna otra voz le habría podido resultar más desagradable que la de Houjo Akitoki. Despedía veneno en cada palabra que pronunciaba. Guardó la caja con la sortija en el bolsillo de su chaqueta y se volvió. Desde luego, ese hombre no había sufrido ni un poquito por la pérdida de lo mejor que podría haberle pasado en la vida. Lucía igual de pedante y de presuntuoso, lo que no podría darle más rabia. ¡Estúpido! — pensó — Lamentarás el resto de tu vida haber perdido a Kagome.
— Yo te veo muy recuperado. No pareces afectado por la pérdida.
— Kagome me humilló. Nunca olvidaré que…
— ¡Eres más estúpido de lo que imaginaba! — le espetó en respuesta — Nunca encontrarás a otra mujer como Kagome.
Eso era lo único que le importaba, lo que pensaban los demás. Se merecía justamente lo que tenía. No pudo evitar fijarse en la nariz cubierta por gasas y esparadrapo. Esa nariz rota era lo único que rompía con su imagen de "aquí no ha sucedido nada". Kagome tenía un gancho de derecha formidable. Desde el sábado, le había pedido en más de dos ocasiones que le narrara cómo zurró a esa nenaza. Estaba deseando que se le curara para rompérsela él en esa ocasión.
— Hay mujeres bonitas por todas partes. — se jactó para después adoptar una expresión solemne — No dejaré pasar lo que me ha hecho. Pagará caro el haber…
— Si le tocas un solo pelo a Kagome, a mi hijo o a Kaede, el infierno te parecerá un paseo en comparación con lo que yo haré contigo.
Nadie se metía con su familia. Se metió las manos en los bolsillos y se dirigió hacia su coche, pero la voz de Houjo lo interrumpió en mitad del camino.
— No eres muy diferente de mí. Hiciste exactamente lo mismo que yo en el pasado…
Eso era verdad. Él le hizo lo mismo a Kagome. Se aprovechó de una niña bonita que tomó por estúpida. Kagome y él ya habían pagado más que suficiente por ello. Vivió un auténtico infierno en vida por su crimen y por aquello a lo que renunció; no estaba dispuesto a repetirlo. Le daría el anillo y rezaría para que ella lo aceptara.
— Entonces, te voy a adelantar tu futuro. — se encogió de hombros — Te arrepentirás de haberla perdido, lamentarás haberle causado el más mínimo daño y no podrás vivir en paz. Kagome no es una mujer fácil de olvidar, ya lo descubrirás.
— No se casará contigo. — dijo a su espalda — Tenías razón en una cosa, no es tan tonta como yo imaginaba. No volverá a cometer ese error contigo.
— Esta vez no se equivocará…
Iba a marcharse, de verdad que iba a hacerlo. Si solo Houjo no hubiera musitado que Kagome no era más que una puta, se habría ido sin provocar una pelea. Sin embargo, Houjo lo dijo y se vio en la obligación de defender el honor de su amada. Le dio un puñetazo en la nariz ya rota. El inmediato aullido de dolor de Houjo se escuchó en todo el pueblo. Cuando cayó al suelo, tenía las gasas ensangrentadas y sus manos temblaban sin saber si tocarse la zona dolorida o no.
Sacó el talonario, escribió una cantidad y lo firmó. Después, lo dejó caer junto a Houjo de la forma más humillante que se le ocurrió. ¿Quién era la puta en esos momentos?
— Con eso podrás comprarte una nariz nueva. — le explicó con frialdad — Te hará falta.
Nadie acudió en ayuda de Houjo. Todos habían presenciado lo sucedido, todos sabían al fin lo que opinaba de su ex prometida y todos preferían defenderla a ella. Al parecer, no era el único enemigo que ese idiota se había granjeado en el pueblo. Seguro que en su trabajo era un auténtico hijo de puta con los empleados y los clientes. No le extrañaría que les estuviera robando dinero.
Como recompensa por sus heroicos actos, escuchó rock mientras volvía a casa. Le gustaba ese sitio más de lo que nunca habría imaginado. En ese último mes junto a Kagome, Setsu y Kaede, había sido más feliz que en toda su vida. Habían vivido grandes momentos en ese hogar y no podría darle más lástima tener que marcharse. Si Kagome aceptaba ir con él, comprarían una bonita casita familiar en la zona residencial de la ciudad. Se convertirían en una de esas encantadoras familias americanas con hijos, piscina y perro.
Apenas puso un pie en el porche, Kaede lo llamó. Rodeó la casa para dirigirse hacia su pequeña huerta, preocupado.
— ¿Necesitas ayuda?
— Me ha dicho un pajarito que le has dado su merecido a Houjo.
Las noticias volaban en ese pueblo.
— Se lo tenía merecido. — se cruzó de brazos — Me he asegurado de que no vuelva a molestaros.
Al escucharlo, la anciana dejó de regar los tomates y levantó la vista conmocionada. ¿Qué había dicho que le hubiera afectado tanto?
— Te marchas…
¿Cómo lo sabía? No le había dicho nada a nadie todavía.
— Tienes que decírselo a Kagome cuanto antes. — lo apremió — Y debes darle ese anillo.
Señaló el bulto en el bolsillo de su pantalón. Bueno, al menos le parecía mucho más lógico que se hubiera percatado de que llevaba un anillo. La caja se marcaba bastante bien en su ropa.
Entró en la casa por la puerta de atrás. En seguida llegó hasta sus oídos la voz de Kagome tatareando una vez más la canción de su caja de música. Estaba preparando una ensalada de pasta y ni se había percatado de su presencia mientras cortaba el huevo cocido. Esperó a que terminara con el cuchillo y empezara a condimentar para acercarse. Le rodeó la cintura con los brazos, pegándola a su torso, y hundió la cabeza en su cabello suelto. No quería marcharse sin ella.
— ¿A dónde has ido? — le preguntó.
Kagome no debía haber recibido todavía la noticia por parte de ningún pajarito. Seguro que Kaede no tardaría en dársela.
— Llevé a Setsu al entrenamiento.
— Pero… — levantó la vista para consultar el reloj — Has tardado mucho…
— Me entretuve en el pueblo.
Kagome cogió unos tomates y empezó a trocearlos.
— ¿Te resulta entretenido destrozarle la nariz a Houjo? — tragó hondo al escucharla — Me ha llamado Tsubaki por teléfono. Resulta que está en el hospital con su amante, muy enfadada, por cierto, porque hayamos destrozado su cara bonita.
Deseó pedirle que rebobinara. ¿Tsubaki y Houjo eran amantes? Entonces, ¿por qué lo había acosado sexualmente de esa manera? Y lo mejor de todo, ¿cómo se atrevía a llamar por teléfono a Kagome? Le daba igual cuál fuera el motivo, no pensaba consentir que la molestara. Por lo visto, también tendría que ocuparse de ella.
— Si te lo estás preguntando… — echó el tomate en la ensaladera — te perseguía a ti porque, cito textualmente, parecías un pez más gordo.
No debió sacar dinero en ese maldito banco, pero era el único de los alrededores. Seguro que esos dos habían estado fisgando en su cuenta y frotándose las manos mientras creían que les estaban tomando el pelo. En verdad eran tal para cual. Ojalá fueran muy felices y no se atragantaran con toda su ponzoña.
— Bueno, Houjo ya tiene a su chica bonita y estúpida entonces.
Los dos se rieron. Era bueno comprobar que Kagome ya se había recuperado por completo de esa venenosa relación y de la desastrosa boda.
— Entonces, tú se lo dijiste a Kaede.
— Yo no le he dicho nada a Kaede. — le aseguró.
— ¿Cómo ha sabido lo que ha pasado?
Los dos fruncieron el ceño pensando en el asunto. Kagome juraría que en toda la mañana solo sonó el teléfono cuando llamó Tsubaki, y Kaede estaba fuera mientras hablaban. No había llamado a la puerta ninguna vecina y no vio a Kaede hablar con nadie. ¿Acaso sería adivina? No había forma de que la anciana se hubiera enterado de lo acontecido en el pueblo. ¿Cómo se las ingeniaba para saberlo todo?
— Tenemos que hablar, Kagome.
Se le cayó el cuchillo al escucharlo, y a punto estuvo de clavárselo en el pie. Inuyasha se inclinó para asegurarse de que no se hubiera cortado y volvió a dejar el cuchillo en su lugar.
— ¿Qué sucede?
— Todas las conversaciones que empiezan por esa frase, terminan mal. — se retorció las manos — Te marchas, ¿verdad?
¿Qué demonios estaba pasando ese día? ¿Acaso era tan evidente que le habían pedido que volviera al trabajo? ¿Lo tenía escrito en la frente? ¿Por qué todo el que lo miraba lo sabía sin que él hubiera pronunciado ni una sola palabra? O igual se sentía tan mal y estaba tan deprimido que no podía evitar que aquellos que lo rodeaban se percataran. No quería marcharse del pueblo, ni del lado de Kagome y de su hijo. Era padre, deseaba ser también marido y algún día todavía muy lejano abuelo.
— Me han llamado esta mañana de mi trabajo. — empezó a relatar — Necesitan que me reincorpore cuanto antes y mis vacaciones ya han sido bastante largas.
— ¿Cuándo te vas? — le preguntó en un hilo de voz.
— Esta tarde…
Eso era demasiado pronto. No estaba preparada todavía. Se giró, dándole la espalda, para que no pudiera ver sus lágrimas e intentó continuar con la tarea con total normalidad, pero no podía. Iba a marcharse otra vez; volvería a perderlo. Tal vez no estuvieran destinados a estar juntos. Siempre surgía algo que los separaba. Aunque Setsu hacía de puente entre los dos, no era suficiente para unirlos de una punta del continente a otro.
Las manos de Inuyasha se colocaron sobre sus hombros y los masajearon. Kagome tuvo que hacer grandes esfuerzos para contener los violentos sollozos que la asaltaban a cada segundo. Quería salir corriendo a su habitación, tumbarse sobre la cama y llorar como si volviera a ser aquella adolescente inocente y dolida que comprendió al fin que no la querían, que todo fue un engaño. Recordaba cómo su madre acunó su cabeza en el hueco de su hombro, le acarició el pelo y le cantó una dulce nana para consolarla. Ya nadie lo haría. Debía aparentar ser fuerte por Setsu.
— ¿Setsu lo sabe?
— No.
¿Cómo iba a decírselo a Setsu? No entendería que su padre volviera a marcharse, que no estuviera todos los días con él, que ya no pudieran jugar a fútbol. Tendría una pataleta monumental porque ella sola ya no era suficiente para su hijo. Se había acostumbrado a tenerlos a los dos a su lado y no era justo.
— Vendré a visitarlo todos los fines de semana.
Sintió ganas de preguntar si también iría a visitarla a ella, pero su orgullo la ayudó a contenerse.
— Quisiera pedirte una cosa.
¿Qué más quería? Le quitó su virginidad, su inocencia, su familia, su hogar, su felicidad, su nueva vida, su marido, el gusto de monopolizar toda la atención de su hijo. Se lo había llevado todo. Desde que la conoció, no hizo más que tomar, tomar y tomar más y más de ella. La había exprimido como a una naranja y ya no le quedaba nada más. ¡Ya lo tenía todo! Incluso la tenía a ella en la palma de su mano. No podía pedirle absolutamente nada más.
— ¿Qué quieres?
La obligó a girarse. Se arrodilló ante ella y sacó una cajita de terciopelo de su bolsillo. Abultaba muchísimo, pero estaba tan molesta por lo que le dijo que no se había percatado de ello. Con mucho cuidado, abrió la cajita y le mostró la sortija más bonita que había visto nunca. Era de oro, fina. En el centro tenía una preciosa esmeralda que lanzaba destellos verdosos. Le encantó en cuanto la vio e Inuyasha debió notarlo.
— ¿Quieres casarte conmigo, Kagome?
No podía responder a esa pregunta tan de repente. Todo había sido demasiado precipitado desde que Inuyasha llegó. Mentiría si dijera que, en esos últimos días, no se imaginó siendo su mujer, pero nunca creyó que se lo pidiera realmente. No sabía qué hacer, ni qué decir. Casarse con Inuyasha cambiaría su vida por completo. Sabía que querría que ellos se fueran con él a la ciudad, pero ella, ¿quería irse? ¿Y Setsu? Seguro que él estaba deseando que se casaran, pero no conocía todas las consecuencias de esa decisión.
Si se casaban, Setsu al fin tendría el apellido de su padre. De hecho, nadie mejor que él para reclamar su paternidad, puesto que era su verdadero hijo. Si no se casaban, podría arrepentirse el resto de su vida. ¡Apenas se conocían! No habían salido juntos todavía. No le daba seguridad casarse de esa forma y mucho menos después de la historia que habían vivido juntos. No se casaría con él solo para que no tuvieran que separarse. Necesitaba algo más, algo…
Setsu llegó en ese instante. Lo trajo el padre de un compañero de clase y entró en completo silencio en la casa hasta la cocina. Ninguno de los dos lo escuchó entrar en la cocina. Cuando al fin lo descubrieron, ya era demasiado tarde. Se le había iluminado la mirada y parecía a punto de empezar a saltar por toda la casa.
— ¡Os vais a casar!
No podría estar más equivocado. En cuanto averiguó que su padre tenía que marcharse, frunció el ceño, se cruzó de brazos y les dirigió miradas asesinas a ambos. De repente, estaba enfadado con los dos. Se enfadó con Inuyasha por marcharse y con ella por no aceptar su oferta de matrimonio. No hubo forma de apaciguarlo durante la comida más incómoda de toda su vida. Después de comer, Inuyasha se fue a preparar la maleta. Ella se quedó en la cocina fregando, con el corazón en una mano. No quería que Inuyasha se fuera y tampoco quería aceptar su oferta de matrimonio tan fácilmente. Tenía que haber alguna forma, un punto intermedio para los dos.
— ¡No dejes que se vaya!
Setsu tiró de la falda de su vestido hasta el punto de rasgarlo. Lo regañó y se cambió el vestido por otro sin dejar de despotricar. Entonces, Setsu salió huyendo de ella, diciendo que si seguía de tan mal humor, se iría con su padre y no volvería nunca. Al escucharlo, se dejó caer sobre la cama, abrazó un cojín y empezó a llorar. Ya era bastante doloroso que Inuyasha se marchara, pero Setsu… ¡Eso no podría soportarlo!
Se quedó dormida mientras lloraba. Cuando despertó, atardecía y la casa estaba en completo silencio. ¿Dónde estaban todos? Sintió terror. ¿Y si se habían marchado y la habían dejado sola? Salió corriendo de la habitación. No había nadie arriba, ni abajo. El pánico la inundó por completo. No podían marcharse sin ella. Su hijo la necesitaba; ella era su madre. Inuyasha se suponía que la amaba, eso le dijo. Y ella… Ella… ¡Ella también lo amaba! Fue un completo alivio admitirlo por fin. Después de seis años repudiándolo por rechazar su amor, por fin podía volver a decir aquello que encerró bajo llave en su corazón. Amaba a Inuyasha, siempre lo había amado y siempre lo amaría. Había cosas que no cambiaban nunca y esa era una de ellas. ¡No podía permitir que se marchara sin ella!
Echó a correr hacia el exterior. Entonces, se dio de bruces contra el torso de Inuyasha. Todos estaban fuera. Kaede sujetaba a un Setsu con la cara roja de tanto llorar. El coche de Inuyasha ya estaba listo para salir. Inuyasha iba a entrar para despedirse de ella. No se iba a marchar sin decirle adiós a pesar de haberlo rechazado. Se rompió a llorar en ese instante contra su pecho. Cuando sus brazos la rodearon, sollozó como una niña pequeña. Tuvo miedo de no haber llegado a tiempo, de haber perdido su oportunidad por ser tan testaruda. Era cierto que aún podía hacerle mucho daño, pero se arriesgaría porque lo amaba y porque su hijo merecía una familia de verdad. ¡Los amaba a los dos!
— ¡No te vayas sin mí! — gritó contra su pecho.
— Kagome…
Inuyasha intentó tranquilizarla con dulces palabras, pero ella no se tranquilizaría hasta que estuviera completamente segura de que no se iría sin ellos.
— ¡Llévanos contigo!
— Kagome, no sabes lo que dices. Estás muy alterada, deberías…
— ¡Te amo!
Esas palabras le cerraron la boca.
— Te amo… — repitió más bajo.
Ya era tarde para susurros entre los dos, teniendo en cuenta que tanto Kaede como Setsu habían escuchado su confesión y esperaban ver cómo se iba a resolver todo. La respuesta llegó cuando Inuyasha la alzó en brazos y empezó a dar vueltas con ella. Ya nadie los separaría. Cuando dejaron de dar vueltas, se besaron como si fuera la primera vez. Setsu se abrazó a las piernas de sus padres, emocionado.
— ¿Nos vamos contigo, papá?
— Claro que sí. — alzó la vista hacia Kaede — Cuidaré de ellos, te lo prometo.
Kaede asintió con la cabeza y abrazó a los que para ella eran sus hijos y su nieto. Después, los acompañó al coche. En ese momento fue cuando recordó que ni Kagome, ni Setsu llevaban maleta.
— ¿No os lleváis nada?
— Vamos a recorrer todo el país, les comparé algo por el camino.
Se asomaron a la ventanilla para despedirse de Kaede mientras desaparecían por la calle. Recorrieron todo el pueblo en el coche, contemplando cada lugar en el que habían estado, a cada vecino y recordando. Habían sido muy felices en ese lugar y esperaban fabricar nuevos recuerdos en su nuevo hogar. Visitarían a Kaede todos los años, en cada estación, lo tenían muy claro.
— ¿A dónde vamos? — le preguntó a Inuyasha.
— Se me ocurre un buen sitio como primer destino.
Inuyasha le sonrió en respuesta a su curiosidad y le lanzó una misteriosa mirada que le adelantó que le estaba reservando una grata sorpresa.
…..
¿Cómo no pudo imaginarlo? Reconocía aquellos campos de girasoles a la perfección. ¡Aquel era su molino! Allí solía jugar cuando era niña, vagueaba cuando era adolescente e hizo el amor con Inuyasha por primera vez. Hacía seis años que no volvía a ver ese lugar. Aunque le daba miedo regresar, se alegraba mucho de haberlo hecho. Estaba todo tal y como lo recordaba y no le importaba que en el pueblo todos observaran descaradamente su coche, a ella y a su hijo. ¿Qué le importaba su opinión?
Su casa no se parecía tanto a sus recuerdos. La recordaba más limpia, con la pintura siempre como nueva, más luminosa y menos lúgubre. Parecía como si no viviera nadie por allí desde hacía mucho tiempo. Eso sí, las gallinas seguían correteando por el patio tal y como recordaba. Le dio miedo bajar del coche, y encontrarse con que sus padres también eran diferentes. Hacía seis años que no se veían y su despedida no fue la más adecuada. ¿La reconocerían?
Inuyasha puso una mano sobre la suya y la animó a bajar del coche. Él se quedó dentro con Setsu, a la espera de que ella hiciera primero lo que tenía que hacer. Agradeció su discreción y su comprensión, pero no sabía si sería capaz de hacerlo sola. Había pasado demasiado tiempo y había demasiado dolor. ¿Cómo se perdonaba a unos padres que la abandonaron? Entonces, se percató de que solo tenía que mirar a Setsu. Él perdonó a Inuyasha por todo y lo aceptó tal cual era. Hizo borrón y cuenta nueva con él, lo que la inspiró para subir al porche y llamar al timbre.
Llamó hasta tres veces sin obtener respuesta. Estaba a punto de marcharse extrañada porque no hubiera nadie en la casa a esa hora del día cuando la cortina se descorrió. No reconoció a la persona que la miraba desde dentro, pero ella sí que fue reconocida. La puerta se abrió de golpe y una mujer salió. Dio un paso atrás sin reconocerla. ¿Quién era esa mujer? Estaba cubierta con una bata, tenía las manos arrugadas y también tenía arrugas alrededor de los ojos. Su cabello tenía muchas canas y sus ojos parecían cansados. También tenía algunas manchas que ella no recordaba. ¿Era su madre?
— Kagome…
Desde luego, era su voz.
— ¿Mamá?
Su madre la envolvió entre sus brazos y le dio tal abrazo que le cortó por completo la respiración. Era su madre de verdad y la seguía queriendo. Sus brazos también se movieron para responder al abrazo de su madre y, sin darse cuenta, empezó a llorar contra su hombro. Nunca imaginó tan siquiera hasta qué punto la había añorado hasta aquel día.
— Ha cumplido su promesa… — musitó contra su cabello — Te ha traído a casa…
Se estaba refiriendo a Inuyasha sin duda alguna.
— Le sigo amando, mamá. — le confesó — Y él me ama a mí.
— Es verdad. — asintió — Ahora lo sé. Tuviste razón desde el principio…
Se separaron y las dos se rieron con la cara empapada en lágrimas. Apenas empezaron a hablar de sus vidas en esos últimos años cuando se escuchó un disparo. Su padre quería practicar con el coche de Inuyasha, pero seguía teniendo una pésima puntería. ¡Diablos, no se lo consentiría! Amaba a Inuyasha y tanto él como su hijo estaban ahí adentro. Corrió hacia el coche, estiró los brazos y se puso delante de él en un claro gesto de protección.
— ¡Basta, papá!
Y los disparos se detuvieron. Al igual que su madre, su padre también parecía haber envejecido más de la cuenta en los últimos seis años, pero lo reconocía. Nadie tenía tan mala puntería como su padre.
— ¿Ka-Kagome?
Takeo Higurashi se echó a llorar al verla. Se arrodilló ante ella, se abrazó a su cintura y le suplicó perdón por ser el peor padre de todo el mundo. Ella ya no lo veía de esa forma. Al principio, lo odió, las cosas como eran. Años después, ya no lo odiaba. Al contrario, lo añoraba terriblemente. Añoraba ir a pescar con él los domingos por la mañana; añoraba verlo fallar todos sus disparos; añoraba atrapar gallinas junto a él. Ya no tenía nada que perdonar; así se lo dijo.
Después de seis años, volvió a abrazar a sus padres. Tenía a sus padres, a Kaede en su otro hogar, a su hijo y al amor de su vida. De repente, le parecía que había estado vacía hasta ese momento. Escuchó a Inuyasha y a su hijo salir del coche y se volvió hacia ellos para presentarlos. A Inuyasha ya lo conocían muy bien, pero no al niño que se escondía detrás de las piernas de su padre y le mandaba miradas furtivas a sus abuelos.
— ¡No me digas que es él!
Sus padres se convirtieron en abuelos tan rápido que se sintió desplazada. Los dos se tiraron sobre Setsu y le hicieron tantas carantoñas que el niño terminó pidiéndole auxilio.
— ¿Por qué no pasáis? — los invitó Sonomi — He preparado pastel de carne para comer y hay de sobra. También pondré una tarta de manzana en el horno.
— ¡Mi favorita! — exclamó encantada Kagome.
Su madre asintió con la cabeza dando a entender que no lo había olvidado y que lo hacía expresamente para su hija. Sonomi y Takeo, sintiéndose como los más orgullosos abuelos, cogieron cada uno de una mano a Setsu y lo guiaron al interior de la casa sin parar de hacerle preguntas sobre el colegio, sus amigos y sus aficiones. Los dos estaban deseosos de saberlo todo sobre él y de recuperar los años perdidos.
Kagome los contempló entrar con una sonrisa. Entonces, sintió los brazos de Inuyasha rodeándola. Su cabeza se apoyó en el hueco de su hombro y los dos suspiraron al mismo tiempo. De repente, recordó algo muy importante.
— ¡He olvidado mi caja de música! — exclamó.
— No te preocupes, el próximo fin de semana volveremos. — le aseguró.
— ¿No empezabas a trabajar?
— Diré que estoy enfermo. — se rascó la cabeza — Aunque os he comprado mucha ropa de camino, estoy seguro de que Setsu y tú necesitáis recuperar muchas cosas. Además, ya echo de menos a Kaede. — admitió — Me he acostumbrado a ella…
Ella también la echaba de menos.
— Bueno, — se soltó y se adelantó unos pasos con una sonrisa — ¿cómo te sientes después de haber reconciliado una familia?
— Hambriento…
Su estómago gruñó para reafirmar su respuesta.
— Y yo que pensaba que querrías una recompensa… — hizo un mohín.
— Ya la tengo, Kagome. — sonrió — Os tengo a ti y a Setsu.
Y eso era mucho más de lo que cualquier hombre podría desear tener nunca.
FIN
